Tu hermano apenas tenía un mes de casado cuando recibiste el telegrama desde Japón, tu padre estaba muy enfermo, a punto de morir. Lo meditamos por horas, incluso a pesar del los problemas, querías ir. En el fondo siempre deseaste que tu padre te amara o estuviera orgulloso de ti. Yo misma quería arreglar las cosas con mis padres, aunque sería una tarea mucho menos sencilla. Era hora de arreglar todo lo que dejamos pendiente cuando huimos de Japón.
Serían sólo unos días, pero Eiri se negaba a ir. Cuando Kitazawa se ofreció a cuidarlo, la opción nos pareció conveniente y casi natural. Yuki ya era un adolescente independiente, no era que necesitara una niñera, pero no lo habríamos dejado solo sin que eso nos generara ansiedad. A veces creo que sí hicimos mal en cuidarlo tanto, supongo que ese es sólo es extremo de lo mucho que puedes lastimar a quien amas sin siquiera darte cuenta de ello.
Volver a Japón fue una sobrecarga para ambos, la comida, la gente. Sólo pisar el aeropuerto de Narita nos recordó lo mucho que extrañábamos nuestro hogar. O más bien, lo mucho que nos gustaría hacer de nuestro país un verdadero hogar ahora que estábamos juntos y éramos felices. Las cosas con tu padre fueron relativamente sencillas de arreglar, estar al borde de la muerte lo había vuelto muy receptivo. Al enterarse que yo era tu esposa, al menos agradeció que indirectamente su promesa de unir con un matrimonio a las familias Seguchi y Uesugi se hubiera concretado. También se sintió orgulloso de ver que habías construido una fortuna por ti mismo.
Mis padres se negaron a recibirme, si no hubieras hecho uso de las influencias de tu nombre y las amistades que aún tenías en Japón –y mis padres no hubieran cedido ante tu chantaje para cuidar su buen nombre- habría terminado en prisión por secuestrar a Eiri y sacarlo del país con documentos falsos. Cuando los amenazaste percibí un poco de la violencia de tu hermano, pero de inmediato supe que era diferente. Tú sólo la usarías para defender a quienes amas.
Kusakabe, al contrario de lo que creí, no quiso hacernos daño ni nada parecido. Sólo le interesaba heredar la fortuna de sus padres, para ello necesitaba una esposa que ellos aprobaran, en realidad le daba igual quien fuera. Cuando le aseguraste que no querías tener ningún contacto en él en el futuro eso pareció bastarle. En retrospectiva me parece ridículo lo mucho que llegué a temer su reacción.
Todo parecía marchar muy bien hasta el quinto día en Japón, cuando ni Eiri ni Yuki contestaron ninguna de nuestras múltiples llamadas. Algo estaba mal, yo lo presentía, era imposible conseguir un vuelo, al final sólo hallamos un boleto y tú te adelantaste a Nueva York a toda prisa.
