¡Qué trabajo me ha dado éste capítulo!. No pensaba que me iba a tardar tanto, pero me ha pasado una cosa de lo más extraña : tenia bastante claro lo que quería que ocurriera, pero no sabia como convertirlo en palabras :P. Fue todo un proceso, pero tengo que decir que ahora que lo he conseguido, ha sido bastante gratificante. Espero solo que les guste ;)

Crepúsculo y sus personajes no me pertenecen, yo solo me adjudico las tramas de mis historias.

La flor y el jardinero.

-Esto es absurdo, aun sigo sin entender qué es lo que estamos haciendo todos aquí – se quejó como por lo que parecía la millonésima vez Edward, con todo y morro.

Hice lo mejor que pude por reprimir la risa que se subía por mi garganta, en estos momentos Edward parecía tener más ocho años en lugar de dieciocho.

-Creo que me parece obvio, ¿Qué se puede estar haciendo en un concesionario de coches? – Replicó Rosalie con un sarcasmo no requerido.

-¡Te vamos a comprar tu propio coche! - anunció Alice, como si fuese necesaria una explicación, dando saltitos en su lugar emocionada.

A esa mujer simplemente le encantaban las compras, no importa de qué tipo fueran o si ella no se iba a comprar nada. Por un momento me preocupé por su estado, con tres meses y medio ya se empezaba a notar los síntomas de su embarazo, pero el doctor le había asegurado que el bebé estaba perfectamente y ella por el momento podía seguir con su ritmo de vida habitual.

-Si, eso ya lo sé – Edward puso los ojos en blanco – Si se prestaba atención a lo que dije antes, os habríais dado cuenta de que quería saber por qué tenemos que venir todos – hizo énfasis en la última palabra – Con que me hubiese acompañado Bella ya era más que suficiente – apretó la mano por la que estábamos cogidos y giró el rostro para lanzarme una mirada llena de amor y complicidad.

Mi corazón dio un vuelco, era en momentos como éste que me sentía la chica más feliz y afortunada del mundo.

-Alguien tiene que conducir tu coche de vuelta a casa, Edward – le explicó Jasper, con la paciencia que utilizarías para explicarle a un niño pequeño cosas como por qué el sol desaparece cuando se hace de noche; el día de hoy Edward se estaba comportando bastante como un niño.

Creo que era una buena cosa, que de vez en cuando recuperara esas etapas de su vida que no había atravesado, visto que para él su infancia terminó hace diez años atrás.

Según Edward, Peter le había advertido que cosas por el estilo ocurrirían. Finalmente se estaba abriendo y afrontando sus miedos, y era normal reaccionar de esa manera ante de lo desconocido, sobre todo si se trataba de cosas que se llevan una década evitando. El día que Edward me pidió que lo acompañara a su consulta porque Peter quería probar una terapia conmigo presente, fue la primera vez que su terapeuta nos informó que comportamientos como el de hoy eran normales. Aunque tengo que reconocer que Edward parece haber avanzado mucho en las tres semanas que lleva visitando un psicólogo.

Esa fue una conversación interesante, la primera vez que le sugerí que fuera a terapia.

Flash back.

Me desperté con un terrible dolor de cuello, de esos que no te permiten mover la cabeza hacia un lado o hacia el otro, dependiendo de donde era que dolía. Produje un sonido parecido entre un bufido y un suspiro, mientras me desperezaba, feliz de que no hubiese nadie aquí que me pudiera escuchar. Como si no fuera suficiente el yeso que desde ayer me inhabilitaría por las próximas tres semanas. Cuando por fin abrí los ojos, busqué mi alarma para ver qué hora era y me asombré al descubrir que ya era el medio día pasado.

No estaba muy acostumbrada a despertarme tan tarde, y aun así no me sentía del todo descansada. Será porque la noche anterior no era que hubiese dormido mucho que digamos, la necesidad de mirar me lo impedía, lo cual era también el motivo por el cual ahora tenia dolor de cuello, mejor no entremos en detalles.

Me levanté y bajé hacia la cocina para desayunar o comer algo, ya no sé muy bien cual de los dos términos se aplicaba mejor. Estaba sola en la casa, sabia que Edward ya no estaría, ayer Charlie le había dicho que Emmett lo pasaría buscando hacia las nueve de la mañana y seguramente eso es lo que pasó, pero aun así lamentaba no haberme despertado ésta mañana para saludarle antes de que se marchara.

Era una suerte que hoy entrara a trabajar a la una, porque de lo contrario llegaría tarde con varias horas de retraso. Me comí una tostada con un vaso de leche, y después de garabatear un nota para Charlie en la que le decía que había lasagna en la nevera, por si tenia hambre cuando llegara de la comisaría y yo aun no estaba en casa, subí hacia mi cuarto para cambiarme.

Cuando salí de la casa, me acordé que me había quedado sin medio de transporte, casi quise maldecir a todo pulmón : ya iba a llegar tarde y ahora encima tenia que caminar yo no sé cuantas cuadras. Me puse a caminar intentando no perder tiempo, agradeciendo a que por lo menos no daba la impresión de que fuera a llover por el momento.

¡Diez cuadras!, diez largas e interminables cuadras era la distancia que separaba mi casa de la tienda, en coche el trayecto parecía más corto. Para cuando llegué a la tienda, ya estaba agotada y con un humor de los mil demonios. Está bien, de acuerdo, puede que tal vez estuviera exagerando en mis quejas, pero es solo que se me había olvidado lo que era moverse a pie a todas partes. Incluso cuando aun vivía en Phoenix, desde que cumplí los 16 Renée me había dejado usar su coche para moverme por la ciudad, visto que su trabajo quedaba bastante cerca de la casa.

Había una cosa que me había quedado clara, necesitaba otro coche.

Entré en la tienda, lista a disculparme por el retraso con el que estaba llegando.

-Lo siento, lo siento – me apresuré a decir cuando me crucé con Rosalie cerca de las cajas.

-¿Qué estás haciendo aquí? - fue lo que me contestó, una pregunta hecha con bastante brusquedad si tengo que dar mi opinión.

-Eh … eh... ¿Vine a trabajar? - mi respuesta sonó más a interrogación, pero ese era el efecto que tenia Rosalie en la gente cuando estaba molesta.

-No te quiero aquí – dijo tajante.

Me quedé de piedra, ¿No me quería aquí?.

-¿Me estás despidiendo? - casi chillé al preguntar.

Esto tenia que ser una broma.

-¿Qué!, ¡No! - ella sí que chilló, llamando la atención de varias de las clientas a nuestro alrededor.

Solté el aire que no sabia que estaba reteniendo.

-Entonces, ¿Qué quieres decir?

-Bella, ¿Se te ha olvidado tu mano?. No puedes trabajar en éstas condiciones. Alice y yo simplemente dimos por hecho que no vendrías – se dio la media vuelta y se alejó de mi en dirección a la oficina – Vete a casa y descansa – dijo a sus espaldas.

¿De verdad se esperaba que me iba ir así, sin rechistar?. La seguí a poco distancia.

-Rosalie, de verdad estoy bien. Sé que no puedo estar en caja o levantar cosas pesadas, pero podría hacer trabajo de oficina, revisar los pedidos. Yo qué sé.

Había llegado detrás de ella, mientras abría la puerta de la oficina y esperaba su respuesta. Pero ésta nunca llegó, porque en cuanto la puerta se abrió y entramos, escuché la voz de Alice.

-¿Bella, qué estás haciendo aquí? - me preguntó.

Iba a contestarle, pero Rosalie se me adelantó.

-No te preocupes, Bella ya se iba. Ya lo hemos hablado – le aseguró Rosalie.

-No, hablaste solamente tú. Yo no he podido replicar nada – sabia que me estaba comportando como una terca, pero era parte de mi naturaleza – Te lo aseguro, puedo trabajar.

-Bella, te propongo esto. O te vas a casa a descansar esa mano, o te despido – dijo Rosalie – Ya no es aconsejable que discutas con una mujer embarazada, no te digo con dos.

-Está bien. Cuando lo pones así – murmuré con sequedad, pero por su sonrisa, sabia que me había escuchado.

-Lo decimos por tu bien – me dijo Alice, levantándose de la silla del escritorio y acercándose a nosotras – apenas estés bien puedes venir a trabajar todo lo que quieras, en ese momento no te voy a detener. Pero por ahora no te preocupes, aquí tenemos todo cubierto. Nos la podemos arreglar unos días sin ti.

Bueno, si no me quedaba de otra. Dos contra una era bastante injusto.

-El problema es que ahora no sé cómo volver a casa, - suspiré – tuve que venir andado y estoy agotada. Y la verdad, no me apetece hacerlo una vez más. Además en casa me voy a aburrir toda sola – intenté jugar mi última carta.

-No hay ningún problema, - me atajó Alice – yo voy de salida. Tengo cita con el doctor, y de camino al hospital te puedo dejar en tu casa.

-¿En serio? - me asintió – Porque si quieres te puedo acompañar al doctor, no tengo ningún problema.

De verdad, no tenia ganas de aburrirme en casa.

-No te preocupes cariño, Jasper me está esperando en el consultorio. De hecho – se miró el reloj de muñeca – voy con un poco de retraso, seguro que se está preguntando dónde estoy – se giró hacia su cuñada – Bueno nos vemos en una hora.

-Claro, buena suerte – le sonrió.

Después Alice se giró otra vez hacia mi.

-¿Nos vamos? - le asentí y salimos de la oficina.

-Nos vemos Rosalie – le dije antes de que la puerta se cerrara detrás de nosotras. A malas penas escuché su saludo sofocado detrás.

Salimos de la tienda y nos dirigimos a su Porsche amarillo. Cuando entramos en el coche, me esperaba que lo encendiera enseguida, pero se quedó en silencio como esperando algo.

-Eh, ¿Alice? - la llamé insegura.

-¿Sabes?, Edward está solo en casa y seguro que él también se está aburriendo. Podría llevarte a mi casa, así se hacen compañía mutuamente y seguro que pasarían un buen rato juntos – culminó con un guiño del ojo, y una sonrisa bastante sugerente.

Pude sentir como hasta los dedos de mis pies se sonrojaban por lo que había apenas dicho.

-¿Te has dado cuenta que es de tu hermano de quien estás hablando, verdad? - fue mi seca respuesta.

-Que sea mi hermano, no quita que no sea también un hombre; de hecho desde ayer ya es libre de hacer lo que él quiera oficialmente.

No contesté a eso, ¿Cómo podías decirle a la hermana mayor de tu novio que habían tomado la decisión mutua de no dar aun ese paso?

-Entonces, ¿Qué dices?. ¿Te llevo a mi casa?.

-Como si yo necesitara un pretexto para querer ver a Edward – murmuré por lo bajo.

-¿Qué has dicho? - su voz sonaba realmente solícita, pero por la sonrisa de sus labios y el brillo que ocultaban sus ojos, estaba claro que había escuchado perfectamente.

Como si yo le fuera a dar la satisfacción de caer en su trampa. Así que en cambio le dije :

-Si, claro. ¿Por qué no? - me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

Cuando la verdad es que por dentro estaba hecha todo un remolino. No veía a Edward desde la noche anterior, nos habíamos quedado dormidos los dos en el sofá de mi sala. Después de que él llegara a mi casa con la intención de dejarme, porque estaba convencido de que le había caído una maldición y quería protegerme de ella.

Luego, en medio de la madrugada me desperté acurrucada contra su cuerpo en una posición bastante incómoda (de allí el origen de mi dolor de cuello), porque tenia que ir al baño. Cuando volví me di cuenta que no era capaz de volver a dormir, porque verlo a él mientras lo hacía era algo que me gustaba mucho más; y eso fue lo que me quedé haciendo durante las siguientes horas. Incluso preocupándome en un par de ocasiones cuando le veía removerse, seguramente preso de alguna pesadilla. Hasta que noté que faltaban pocos minutos para que Charlie se despertara, y pensé que lo mejor era ir a mi cuarto a dormir, si no quería que mi padre me sorprendiera viendo a mi novio dormir como una psicópata.

Solo que el sueño no llegó a mi de inmediato, porque no me podía sacar la imagen de Edward revolviéndose en sueños. Y se me ocurrió una idea que podría ayudarle, aunque no sabia si él la iba a aceptar tan bien como yo deseaba. Pero por lo menos tenia que intentarlo.

-Ya llegamos – la voz de Alice me sacó de mis cavilaciones, y noté que efectivamente ya habíamos llegado a su casa.

Vaya, ni cuenta me había dado luego del momento en el que había encendido el motor de su coche.

-Supongo que te vas directamente al hospital – le dije, abriendo la puerta para bajarme.

Asintió.

-Supones bien. Si necesitas, ya uno de nosotros te acompañará a tu casa más tarde.

-Muchas gracias, Alice.

-No hay de qué.

Me bajé del coche, y antes de cerrarla me agaché para saludarla.

-Espero que vaya todo bien con el doctor – le deseé.

-Gracias, y yo espero que te vaya bien con mi hermano – dijo con una sonrisa pícara.

-No tienes remedio – le dije cerrando la puerta.

Y mientras el coche se alejaba, podía ver su perfil mientras se reía de mi.

Respiré hondo y subí los escalones que estaban en el porche de la mansión de los Cullen. Cerré un momento los ojos para tranquilizarme, y cuando los volví a abrir llamé al timbre de la puerta. Tuve que llamar otras dos veces antes de que hubiera respuesta dentro.

-Ya voy, ya voy – escuché la voz de Edward y sus pasos acercándose.

Giró el pestillo de la puerta desde adentro, y ésta se abrió, apareciendo Edward en frente mio en todo su esplendor. Como siempre, mi corazón se detuvo cuando reparé en su aspecto. Muy probablemente había apenas salido de la ducha, porque las gotas de agua aun chorreaban por su cabello mojado, que ahora se veía de un castaño mucho más oscuro de lo habitual. Tenia las mejillas arreboladas, como si el agua caliente o quizás las prisas por contestar al timbre, las hubiesen puesto así. Unos tejanos oscuros y una camisa negra manga corta, que le daban un aspecto de modelo para firmas como Calvin Klein.

Tuve que hacer esfuerzos sobre humanos para conseguir que mi mandíbula no se cayera.

-¿Bella?, ¿qué estás haciendo aquí? - preguntó con voz asombrada Edward.

Sabia que era una pregunta con justa razón, y no tenia nada de malo. Pero es que ya ésta era la tercera vez que alguien me la hacia el día de hoy, y escucharla de los labios de Edward, había tocado una fibra sensible de mis nervios.

-Me gustaría que la gente dejara de preguntarme eso – contesté con brusquedad.

Y se ve que lo tomé desprevenido, porque me miró sin entender.

-¿Cómo dices? - incluso quizás parecía hasta un poco herido.

-No nada, estaba divagando – me apresuré a improvisar, restando importancia con un gesto de la mano – Me trajo tu hermana, aparentemente tengo prohibida la entrada en la tienda hasta que no me quiten esto – bromeé levantando la mano que tenia enyesada.

-Así que pensaste que para pasar el tiempo, podías venir a hacerle compañía a tu novio, que te echa tanto de menos – adivinó con una media sonrisa – Por el momento estoy solo en casa, no tenia intenciones de salir hasta más tarde – dije, sin especificar a dónde iría, aunque no era necesaria esa explicación.

-Si, algo por el estilo – me encogí de hombros, fingiendo una indiferencia que claramente no sentía.

-Bien, entonces pasa – se hizo a un lado y sostuvo la puerta abierta para dejarme pasar. Cuando ya estaba dentro cerrá la puerta detrás de sí y se acercó a mi lado, se agachó hasta depositar un suave beso sobre mis labios – Hola – susurró a dos centímetros de mi rostro.

-Hola – contesté.

La máxima expresión de elocuencia jamas existida.

-¿Ya has comido algo? - preguntó – estaba por prepararme algo, y no me molestaría cocinar también para ti – sonrió con anticipación.

-Picoteé algo antes de salir de casa, pero lo cierto es que empiezo a temer hambre otra vez – mi estómago gruñó ante la mención de comida.

Edward rió por lo bajo y después de hacerme un elegante movimiento con el brazo para decirme que me adelantara a la cocina, me siguió. A insistencia suya me senté en una de las sillas, mientras él rebuscaba entre los estantes y la nevera, y sacaba diferentes ingredientes.

-¿Y exactamente, qué es lo que piensa cocina el chef el día de hoy? - pregunté, viéndole trabajar.

-Había pensado en una ensalada César, es algo simple y además sé que te gusta mucho.

La emoción me invadió, se acordaba de detalles como ese. La primera vez que habíamos salido a cenar (cuando Charlie nos organizó una cita improvisada), me había pedido una ensalada César, y la verdad era que me había gustado tanto, que las otras dos veces que habíamos vuelto a ese restaurante, me había vuelto a pedir el mismo plato.

-Si, así le – le sonreí.

Nos quedamos en silencio, mientras yo le veía cocinar y moverse con una elegancia digna de un felino. Muy pronto estuvo lista la ensalada y le ayudé a preparar la mesa para los dos y empezamos a comer.

-Edward, esto está delicioso – le dije después de haber tragado mi primer bocado.

Un ligero rubor tiñó sus pómulos.

-Em... gracias.

Lo adoraba cuando se veía así.

-Ésta mañana cuando me desperté ya no estabas más en la sala – me dijo después de dos minutos de silencio.

Tragué con calma el bocado que estaba masticando y después bebí un buen sorbo de agua. Todo con tal de ganar un poco de tiempo.

-Huh … si. Ésta madrugada me desperté para ir al baño y se me ocurrió que era mejor si me iba a dormir a mi cuarto, no fuera que Charlie nos descubriera – no era mentira lo que estaba diciendo, pero tampoco contaba toda la verdad.

-Ya veo. Si, hiciste bien – pareció pensativo por un momento – Es solo que me hubiese gustado saludarte ésta mañana, antes de irme.

Sonreí. Apoyé mi mano izquierda sobre la suya, que estaba a su vez encima de la mesa.

- Pero ahora aquí me tienes.

Él maniobró su mano hasta que nuestros dedos quedaron entrelazados.

-Ahora aquí te tengo – repitió mis palabras. Y se acercó para darme un beso.

Cuando volvió a comer, me quedé un momento pensando en lo que acababa de ocurrir, había tocado el tema de la noche anterior. Edward sin saber me había dado la oportunidad perfecta para sacar a colación el tema del que deseaba hablar.

-¿Edward? - le llamé con cautela.

-Mnn … dime – murmuró distraído, más absorbido por la comida que por cualquier otra cosa.

Puse los ojos en blanco, en ese momento me recordaba tanto a Charlie o incluso a Emmett. En fin, supongo que todos los hombre son iguales en determinados aspectos.

Suspiré para infundirme valor.

-He estado pensado en una cosa bastante delicada, que me gustaría comentar contigo.

Eso pareció ser suficiente para lograr capturar su atención.

-¿De qué se trata? - me miró con el ceño preocupado.

Dudé un segundo antes de hablar.

-Creo que deberías ir a ver a un psicólogo – susurré, pero aun así sé que me escuchó, porque su semblante se endureció de inmediato.

-No – dijo con bastante rotundidad, y enseguida volvió a fijar su atención en el plato que tenia delante.

Sabia que era una respuesta que tenia que haberme esperado, pero aun así no pude evitar fruncir el ceño cuando le escuché.

-¿Por qué no? - pregunté.

Él soltó el tenedor que tenia en la mano sobre la mesa con bastante brusquedad.

-Se me ha ido el hambre – espetó, se levantó de la mesa y guardó su plato, lleno con la ensalada que no había llegado a comerse, en la nevera. Cogió su vaso y sus cubiertos y los llevó al lavavajillas.

Todo eso mientras me daba la espalda. Todo su cuerpo parecía bastante tenso. Me levanté yo también y fui hasta él.

-Edward – dije su nombre, sospechaba que era lo único que me permitiría decir.

Él se giró con rapidez e interrumpió cualquier pensamiento que pudiese tener, mostrándome unos ojos que delataban vulnerabilidad.

-¿Crees que estoy loco? - me preguntó de sopetón, eso me dejó sin habla.

Parecía herido, furioso, desmotivado y temeroso, todo al mismo tiempo. Si es que eso era posible.

-¿Qué?. ¡NO! - chillé, casi sin poder creer la absurdidad de su pregunta – Pero creo que necesitas un poco de ayuda para superar todo lo que te ha ocurrido.

-Yo no tengo nada que superar, eso es ridículo – dijo convencido, y apartó la vista de mi rostro. Pero por lo menos ésta vez no se alejó de mi, no pude evitar pensar que eso tenia que ser una buena señal.

-Estoy segura de que en todos estos años no has hablado con nadie del tema – continué insistiendo.

Él me miró otra vez, ahora con incredulidad.

-¿Pero qué dices?. Si yo hablo de ello todo el tiempo, incluso lo he hecho contigo.

-Me refiero a alguien especializado, alguien que te pueda ayudar.

-Yo no necesito ayuda, gracias – apretó la mandíbula y parecía querer que el argumento terminara aquí.

Parecía que no me conociera, como si yo me fuera a rendir con tanta facilidad.

-¿Lo sabias que anoche tuviste pesadillas? - probé con otra técnica.

Me miró sorprendido, como si no pudiese creer lo que estaba escuchando.

-¿Lo dices en serio? - casi susurró.

-¿No lo recuerdas? - contesté con otra pregunta. Él negó con la cabeza, incapaz de hablar – Si, y creo que fueron bastante vividas. Supongo que eso es uno de los síntomas que sugieren que aun no has superado lo que pasó hace diez años atrás, sin contar que es muy probable que el accidente de ayer haya abierto viejas heridas.

-Pude haber soñado con cualquier otra cosa – dijo con terquedad.

Yo casi pierdo la paciencia.

-Vamos Edward, los dos somos bastante inteligentes como para saber que no es así – repuse. Y, a pesar de que no me contestó, pude ver como mis palabras iban haciendo poco a poco mella en su resolución – Y si piensas que las pesadillas no son argumento suficiente, entonces permítete que te muestre otros. ¿Te parece poco tu reticencia a subirte en el asiento trasero de un coche, o a aprender siquiera a conducir?. Eso sin contar la reacción que tuviste ayer, y la extraña conclusión a la que llegaste de que todo lo ocurrido había sido culpa tuya, que tenias una maldición – sabia que mis palabras estaban siendo duras y me sentía fatal por ello, pero a la larga esto le ayudaría. Tenia que seguir recordándomelo – Eso sin contar la reacción que tienes a los cambios.

Seguía sin contestarme. Acorté la poca distancia que nos separaba y posé la mano suavemente sobre su mejilla.

-Edward – dulcifiqué el tono de mi voz - ¿Me puedes decir por que te niegas tanto a considerar al menos mi sugerencia?.

Él me miró otra vez y se mordió un momento el labio inferior antes de contestar.

-Porque ir a ver un psicólogo sería como admitir que soy una persona débil – dijo casi con vergüenza.

Me dejó de piedad. ¿Débil?. ¿Débil él?. Lo abracé lo mejor que pude, teniendo en cuenta mi yeso.

-Cariño te puedo asegurar que tu eres muchas cosas – susurré cerca de su oído – Eres guapo, inteligente, bueno, simpático, educado, caballeroso, divertido, honrado, cortés, terco, y muchos otros adjetivos que ahora no me vienen a la mente, pero definitivamente débil no es uno de ellos.

Cuando nos separamos, sus labios mostraban una sonrisa triste.

- Yo no estoy muy seguro de ello.

-Eres simplemente una persona a la que necesita que le echen una mano, no hay nada de malo necesitar ayuda de vez en cuando.

-Tú pareces no necesitarla nunca – dijo con convicción – Eres tan fuerte. Eres como mi pilar, y yo ya no sé que sería de mi vida sin ti.

-Eso es por ti – me miró confundido – Tú y solo tú me has hecho fuerte, y aunque en éste momento no te lo creas, tú también lo eres.

-Puede ser, pero a veces tengo como la impresión de que las cosas están disparejas entre nosotros. Que soy siempre yo en tener problemas, que me derrumbo en mil pedazos cada dos por tres, y tú eres la que tiene que recogerme y volver a armarme.

Sonreí, mientras levantaba otra vez mi mano, solo que ésta vez me dediqué a acariciar sus cabellos.

-Eso es porque tú eres mi flor – solté sin pensarlo. Y apenas me di cuenta de ello me quise morir, que me tragara la tierra.

Edward empezó a reír.

-¿Qué? - preguntó entre risas y las lagrimas que se escapaban con éstas.

Respiré otra vez profundo, supongo que al fin de cuentas no tenia importancia si me humillaba un poco más. Edward se merecía una explicación.

-Cuando Renée empezó a salir con Phil – narré – le dio por comprar libros de auto-ayuda sobre las relaciones. Un día estaba aburrida y se me ocurrió que podía leer uno de esos para pasar el tiempo. El libro decía que para que una relación funcionara, muchas veces uno de los dos tiene que cuidar del otro, como un jardinero cuida de su flor.

Ahora que lo había dicho en voz alta, me daba cuenta de lo tonta que había sonado. ¿Cómo se me ocurriría comparar a Edward con una flor?.

Pero él solo continuó sonriendo.

-¿Así que soy una flor? - preguntó con diversión, y pensé que si a él no le había molestado, entonces no tenia por qué preocuparme.

-Bueno si lo prefieres, puedes ser un árbol, o un arbusto. Lo dejo a tu elección – bromeé.

-No, no. La flor me parece perfecto. Queda bien dentro de la alegoría. Aunque con una sola condición – pidió.

-La que tú quieras – se acercó a mi y depositó otro beso sobre mis labios.

-Yo también quiero ser el jardinero de vez en cuando. Siempre que tú lo necesites.

Sonreí.

-Te llamaré cada vez que necesite que me rieguen.

Reímos juntos, olvidando por un momento todo lo que nos llevó a éste momento. Ayudé a Edward a recoger la mesa, cuando estaba claro que ninguno de los dos iba a comer nada más, y cuando el lavavajillas estaba en funcionamiento, pensé que tenia que asegurarme que había conseguido mi propósito.

-Prométeme que por lo menos vas a pensar en lo que te he dicho – no hizo falta que especificara nada, los dos sabíamos de lo que estaba hablando.

Me miró seriamente y profirió un pequeño suspiro antes de contestar:

-Te lo prometo – y por el momento era todo lo que yo quería.

Sonrió una vez más con un deje de diversión.

-Justo para satisfacer mi curiosidad – empezó - ¿Qué clase de flor soy exactamente?.

Sonreí yo también.

-Aun no lo he decidido. Tengo que pensarlo bien.

-¿Una rosa? - preguntó.

Fingí que lo meditaba un momento.

-No.

-¿Un girasol?

-No.

-¿Un tulipán?

Ésta vez simplemente negué con la cabeza, con la risa que estaba conteniendo se me hacia imposible hablar.

-Tarde o temprano lo descubriremos.

-Estoy segura que si.

Fin Flash Back.

-¿Bella?, ¿Bella? - me sacó Edward de mi ensoñación – Cariño, ¿Te encuentras bien?.

Sacudí ligeramente la cabeza.

-Si, si. Es solo que me quedé pensando en una cosa y supongo que me encanté sola.

Frunció imperceptiblemente el ceño mientras me veía.

-Mi reino a cambio de saber tus pensamientos – declaró con dramatismo.

Me reí.

-Te aseguro que mis pensamientos no valen tanto, es más ni siquiera valen un céntimo.

-Eso es una cuestión de opiniones. Para mi tus pensamientos son infinitamente valiosos.

-Si tú lo dices – me encogí de hombros, como si no me importara lo que decía. Pero tanto él como yo sabíamos que por dentro un calorcillo agradable estaba invadiendo mi cuerpo.

-Claro que lo digo – pareció pensar en algo un momento – Pero al final no me has dicho que fue lo que apartó tanto tu mente de éste mundo.

Cuando se comportaba de esa manera, siempre pensaba en que ahora entendía la frase "Un perro que no quiere soltar su hueso". Edward nunca lo dejaba estar hasta que no conseguía lo que buscaba, en eso somos muy parecidos. Puede que si existía alguien más terco que él, esa era yo.

-Me estaba acordando del día que me preparaste esa ensalada César tan sabrosa – no iba a especificar nada más, sabia que él entendería que en realidad me refería a lo que hablamos después.

Sus ojos brillaron con el reconocimiento del recuerdo.

-Ah - Y ese "Ah" encerraba todo un mundo de significados - Esa fue una conversación interesante.

-Si, eso mismo pienso yo.

Inútil decir que al final accedió y ya llevaba más de un mes visitando un psicólogo, que había sido colega de su padre en el hospital. Y hoy, sábado 31 de julio Edward estaba dando un gran paso : se estaba comprado su proprio coche. Había dicho que aun no tenia intenciones de aprender a conducirlo, pero ya bastante que estaba haciendo.

Sonrió con picardía antes de hablar.

-¿Una azucena? - preguntó.

Casi elevo los ojos al cielo en un gesto de falso fastidio.

-No.

-¿Un lirio?

-No

-¿Una violeta?

-No

-¿Una dafne?

-No.

-Ya empiezo a quedarme sin flores – me informó – Tarde o temprano tendrás que escoger alguna.

-Lo intento, pero ninguna es la idónea – bromeé.

Desde ese día en el que le había hablado de la idea que tenia de nuestra relación, Edward había inventado el juego que querer descubrir qué flor era. Y cada tanto volvía a retomarlo, citando una larga lista de todas las flores existentes, en realidad he descubierto nombres de flores que ni siquiera sabia que lo eran. Y yo me divertía diciéndole que no a todas, aunque supongo que al final tendré que escoger alguna.

Su melodiosa risa llamó la atención de varias de las personas a nuestro alrededor, y su familia, que se nos había adelantado varios pasos, se giró a vernos con el interrogante escrito en el rostro.

-¿Por qué os habéis quedado atrás? - nos preguntó Emmett.

-Porque estamos hablando de cosas privadas – fue la respuesta de su hermano.

Emmett y Jasper no nos dejarían en paz si se enteraban de que yo había comparado a Edward con una flor.

-Pues las conversaciones de novios empalagosos y enamorados ya las dejan pasa después – dijo tajante –.Es tu coche el que venimos a comprar Edward, ten por lo menos la decencia de venir a verlos para que escojas uno – parecía agotado, y yo no lo culpaba.

Éste ya era el tercer concesionario que veíamos. Pero aparentemente era difícil encontrar un coche che satisficiera las exigencias de los cinco. Aunque a la hora de la chiquita, Edward era el que menos estaba opinando; y eso que, como había apuntado Emmett antes, se trataba de su coche.

-Ya te lo dije, Emmett. Aquí no lo vamos a encontrar – dijo con determinación Alice – ninguno de estos animales de coches es el indicado para Edward.

Emmett se enfurruñó.

-¿Qué tiene de malo un Jeep, perdóname? - preguntó a la defensiva.

Después de haber tratado con Emmett lo suficiente, había llegado a la conclusión de que habían tres cosas que para él eran sagradas : Rosalie, su familia y finalmente su Jeep. Y meterse con una de ellas era prácticamente entrar en su lista negra.

-Para un troglodita como tú, nada – le contestó, y se ganó otra mirada asesina de Emmett – Pero Edward necesita algo diferente, algo que vaya más con su personalidad. Que combine con él.

Emmett soltó un bufido.

-No tienes ni idea de lo que hablas.

Los ojos de Alice brillaron de furia.

-Tengo un máster en estilismo y personal shoper. Yo mejor que ninguno de ustedes me entiendo de éstas cosas.

-Te entenderás cuando se habla de ropa y accesorios. Pero aquí estamos hablando de coches – le recordó.

-Es el mismo principio. Hay que intentar siempre que todo lo que tengamos y usemos vaya en concordancia con nosotros.

-Eso es ridículo.

-¿Sabes qué te digo?. Vete a …

-Muy bien, - se apresuró a interrumpir Jasper, antes de que ocurriera un fratricidio entre Emmett y Alice, y aun no estaba muy segura de cual de los dos iba a saltar primero sobre el cuello del otro – ya estamos todos de acuerdo que aquí no encontraremos el coche para Edward, – recalcó su nombre – así que sugiero que intentemos en otra parte. ¿Estás de acuerdo Edward? - se giró a preguntarle.

Edward había permanecido callado durante toda la discusión y no me sorprendía. En una ocasión me había comentado que cuando sus hermanos se ponían de esa manera, por lo general él prefería mantenerse al margen, porque no quería arriesgar de que uno de los dos lo acusara luego de comportarse como el abogado del diablo, por ponerse de parte de uno de ellos.

-Si - corroboró su respuesta con un asentimiento – de cualquier manera no es que me sienta muy cómodo con los coches grandes.

-¿Lo ves? - le dijo con aire triunfal Alice a Emmett, hundiendo aun más el dedo en la yaga.

No, en serio. ¿Quién de los tres es el menor en realidad?.

- Lo siento Emmett – le susurró Edward casi apenado, porque sin querer había terminado tomando partido por uno de los dos.

La mirada de Emmett se suavizó enseguida.

-No pasa nada – le restó importancia con un gesto de la mano – Pero vamos de una vez al siguiente concesionario, cuanto antes encontremos el coche ideal, antes terminaremos.

-Si, vamos – le dijo su mujer, que tomó su mano y nos empezamos a encaminar los seis hacia la salida.

-Aunque no entiendo por qué nos está resultando tan difícil – volvió a hablar Emmett, a nadie en particular –. Con el coche de Bella no nos costó tanto. En media hora entramos, los escogimos, Edward pagó y salimos.

-No me lo recuerdes – repicó Alice, con residuos de resentimiento en la voz – Aun no os he perdonado que no hayáis dicho nada, y no pude ir de compras con ustedes.

-Habrá sido por eso – contestó Edward por lo bajo, y todos, excepto Alice naturalmente, reímos por su comentario.

Ah, mi coche. ¿Qué no lo dije antes?. Edward me había regalado un coche. Menuda sorpresa la que me dio ese día.

Flash back.

Blanca … de color … blanca … blanca … blanca … de color … de color … blanca … de color …

Estaba dividiendo la ropa para hacer la colada, con todo lo que se había acumulado tendría que hacer como mínimo tres lavadoras. Por suerte ya me quedaban solo dos días para que me quitaran el yeso, ya no podía más con él.

Creo que la primera cosa que haré, cuando tenga finalmente la mano libre será ponerme a limpiar a fondo. En cada rincón, bajo cada mueble y sobre todas las superficies. La casa estaba hecha un verdadero estropicio, era una suerte que Edward se hubiese ofrecido a venir a ayudarme en varias ocasiones. El problema era que con la mano inhabilitada como la tenia, era muy poco lo que podía hacer para mantener el trabajo que él había hecho.

Suspiré mientras empezaban a meter la ropa blanca en la lavadora, echaba terriblemente de menos a Edward. Me había dicho que tenia que hacer yo-no-sé-qué y que el día de hoy no nos veíamos. No tuvo importancia cuantas veces insistí, no logré sonsacarle qué era lo que tenia que hacer o a donde iría, me dijo que solo que tuviese confianza en él y que ya hablaríamos más tarde.

Ahora bien, yo sé que me había propuesto no ser de esas novias acosadoras, que parecen no poder vivir sin sus novios y necesitan saben qué es lo que hacen y dónde están las veinticuatro horas del día. Pero eso no podía evitar que no lo extrañara o que no añorara su compañía. Me había acostumbrado demasiado a él.

Cuando ya había activado la lavadora y le había agregado el detergente, tomé nota mental de que se estaba acabando el suavizante. Aun quedaba suficiente para las lavadoras de hoy, pero pronto tendría que comprar otro. Salí del cuarto de lavado para ir a la cocina y agregarlo en a lista de la compra, escribiendo garabatos más que letras con la mano izquierda.

Cuando escuché el sonido de una bocina que provenía de la calle, y por un momento me pregunté qué había ocurrido. Pero no le di importancia y continué buscando cosas que hacer. Hasta que el sonido continuó y ya me empecé a alarmar. ¿Por qué tanta persistencia?. Me dirigí hacia la puerta principal para ver qué sucedía.

Solo que no me esperaba lo que encontré afuera.

En la entrada al garaje de mi casa estaba aparcado un Toyota Auris (lo supe porque leí el nombre en el maletero del coche, no es que yo me entienda mucho de éstas cosas) color granate, parecía nuevo de fabrica. Edward estaba apoyado en la puerta del copiloto con una media sonrisa, sin apartar los ojos de mi. Rosalie se bajó del lado del conductor y fue hasta Edward a entregarle algo.

-Gracias – le murmuró Edward.

-De nada – se giró hacia mi y me saludo con aire jovial – Buenas tardes Bella – pero no esperó a recibir respuesta y se empezó a alejar de nosotros. Hasta que entró en el Jeep de Emmett, dónde él la estaba esperando, el cual estaba aparcando en la acera en frente de mi casa.

-Hola cariño – dijo Edward llamando mi atención, mientras se apartaba del coche y se acercaba a mi con paso tranquilo.

-¿Qué es esto? - murmuré, sin molestarme primero en decir cualquier otra cosa.

-¿Me dejas hacerte una pregunta? - contestó con otra pregunta, hablando con bastante seriedad.

Alcé una ceja desconfiada.

-¿Que sería? - no me gustaba su cambio de argumento.

-Objetivamente hablando, ¿Qué es lo que piensas de éste coche?. Míralo bien antes de contestar.

Eso levantó todas mis sospechas. Pero decidí complacerlo y contestarle con la verdad. Mi giré a ver otra vez el coche.

-Está muy bonito, lo reconozco. Y aunque no me entiendo mucho de marcas de coche, tengo entendido que la Toyota es una de las mejores, que son muy seguros.

Su sonrisa se volvió radiante en medio segundo.

-¿Entonces te gusta?

Cada vez me gustaba menos como sonaba todo esto.

-Si, la verdad es que me gusta – dije con cautela.

-Perfecto. Es tuyo – dejó caer lo que tenia en la mano y de forma instintiva alargué la mía para cogerlo.

Cuando abrí la palma, noté que se trataba de un par de llaves de coche. Y mi cerebro tardó su buen minuto en asimilar lo que acababa de ocurrir. Hasta que los hechos me golpearon como si de un boxeador se tratase.

...

-¡Estás loco! - exclamé casi al borde de la histeria y tomé su mano, para volver a depositar sobre la palma las llaves. Con bastante fuerza, tengo que añadir con orgullo.

-¿Y eso por qué? - me dijo él, como si ya se esperaba mi reacción y se hubiese planificado todo lo que iba a decir – Tú necesitas un medio de transporte y yo tenia deseos de hacerte un regalo.

-¡Me has comprado un coche! - parecía demasiado denso como para entender la magnitud del asunto.

Él se encogió de hombros.

-Comprado, regalado, viene a ser lo mismo. Es solamente un detalle que quise tener contigo, nada más.

-¿Un detalle! - casi chillé – Edward, esto es demasiado – intenté razonar.

Él puso los ojos en blanco.

-Bella, tú sabes que lo que me costó éste coche, no me volverá pobre. La verdad es que en un primer momento había pensado en un Mercedes o en un Audi, pero sabia que entonces no tendría ninguna posibilidad de que lo aceptaras – y tenia razón – pero Rosalie me aseguró que éste en un excelente vehículo y cumpliría todas tus necesidades. Sus palabras, no mías.

-Pero es que yo no puedo aceptarlo.

-Mira te lo voy a dejar muy claro – habló con determinación – O aceptas el coche, o yo termino contigo.

Mi mandíbula cayó por la sorpresa de sus palabras, pero una vez que las había asimilado no pude evitar cruzarme de brazos, tratando de tener mucho cuidado con mi yeso.

-¿Lo estás diciendo en serio? - pregunté con desafío.

Edward se mordió el labio inferior y me mostró una sonrisa apenada.

-¿Y si te digo que si, aceptarás el coche?.

-No.

-Entonces no – contestó con resignación.

-Esa ha sido una jugada muy sucia – le regañé.

-Lo sé, pero es tu culpa.

-¿Mi culpa? - pregunté con incredulidad.

Asintió con dramatismo.

-Si, no me estás dejando otra opción.

-Te estoy dando la opción de aceptar que yo no acepto el coche. Vaya, me estoy haciendo un lío – dije cuando me di cuenta de que había caído en la redundancia.

-Vamos Bella, en realidad no te estoy pidiendo mucho. Si quieres prueba por una semana y si no te gusta, aceptaré que me lo devuelvas sin rechistar. Te lo prometo – me propuso – No me quites eso, por favor.

Estaba por decirle que no, porque ya sabia lo que vendría a continuación. Me mostraría esos ojitos de cachorro que nadie sabe hacer tan bien como él, ni siquiera Alice. Y que sabia que yo no podría resistir. Pero fue demasiado tarde. Allí estaban en su máximo esplendor, haciéndome sentir como si yo fuese la mala del cuento, solo por no aceptar su regalo.

Suspiré con derrota. Esos ojos iban a ser mi perdición, estaba segura de ello.

-Está bien – accedí.

Él sonrió una vez más, y volvió a posar las llaves sobre mi mano. Después se acercó y me depositó un suave beso en los labios.

-Muchas gracias – susurró cerca de mi oído.

Casi pongo los ojos en blanco.

-Ah no – le atajé – eso sí que no. No tergiverses las cosas. Permiteme que esas palabras las diga yo.

Me puse de puntillas y junte las manos detrás de su cuello. Un momento antes de que nuestros labios se encontraran, le dije :

-Gracias a ti – y lo besé con bastante efusión. Él me ayudó asiéndome por la cintura, para tener un mejor acceso. Para cuando nos separamos, los dos respirábamos con dificultad y no parecíamos muy inclines a acabar con el beso, pero el oxigeno se estaba echando en falta.

-Ven, vamos para que lo pruebes – le dijo, tomando mi mano y llevándome hacia el coche – Ya sé que no puedes conducir con la mano así, pero por lo menos conocerlo por dentro, y así te empiezas a familiar también con él.

Asentí, aun estaba bastante arrebolada por el beso y no era muy capaz de articular palabra. Hasta que noté que el Jeep de Emmett seguía estando en el lugar en el que lo vi la última vez, y ellos aun estaban dentro. Me había olvidado por completo de su presencia. Me sonrojé aun más al pensar en que ellos habían sido testigo de todo. Desde la pelea, hasta el beso, pasando en medio por mi derrota.

Entramos en el coche, y tuve que admitir que por dentro era mucho más espacioso de lo que me imaginaba, y bastante cómodo además. No era ni demasiado ostentoso, pero tampoco rústico. Digamos que era el punto justo entre elegancia y utilidad.

-¿Qué te parece? - me preguntó Edward a mi lado, en el asiento del copiloto.

-Vaya … - fue lo único que logré decir, apoyando mis manos sobre el volante.

Edward sonrió.

-Si, "vaya" está muy bien. Es un respuesta que me gusta más.

Le sonreí, pero no dije nada. Estuvimos en silencio durante un par de minutos, antes de que él volviera a hablar :

-Entonces, ¿Una margarita? - preguntó.

Reí antes de contestar.

-No.

-¿Una orquídea?

-No.

-¿Una gardenia?

-No.

Fin Flash Back.

Tres horas y otros tres concesionarios luego, yo ya estaba agotada y por sugerirle a todos que nos rindiéramos. No sabia como era posible que ningún coche entre la Ford, Toyota, Jeep, Mercedes, Audi y la BMW hubiese conseguido la aprobación de los cinco. Si no era porque Emmett no lo encontraba lo suficientemente masculino, era que a Jasper no le parecía práctico, si no era porque Alice consideraba que no iba a juego con la personalidad de Edward, a Rosalie no le convencía el motor. Y Edward simplemente dijo que no a unos cuantos, sin dejar lugar a argumentos.

Si alguien me hubiese dicho que iba a realizar un tour por los concesionarios de Seattle, habría traído una cámara. Cuando entramos en la Volvo, el séptimo ni más ni menos, rogué en mi interior porque éste fuese el afortunado. Porque de lo contrario era muy posible que terminara haciendo una pataleta en frente de todos, como si fuera nuevamente una niña de dos años que solo quiere ir a casa.

-Oh Bella – me dijo Alice parándose a mi lado – se me había olvidado decirte una cosa.

-¿Cosa?.

-Visto que la tienda estará cerrada las próximas dos semanas por vacaciones, te quería decir que por qué no vienes con nosotros a la playa éste lunes, es una tradición nuestra pasar un día entero todos juntos en la playa. Y naturalmente tú estás más que invitada. Sé que Edward te lo iba a decir él, pero por una vez quiero que seas mi invitada – dijo, viendo puntualmente a su hermano para asegurarse que no la estaba escuchando.

Aunque no corría tal peligro, Edward estaba más ocupado inspeccionando un coche que había llamado su atención.

Le sonreí.

-Claro Alice, me encantaría.

Ella me correspondió la sonrisa y estaba por abrir la boca para decir algo más, cuando fuimos interrumpidas por Edward.

-Éste – apuntó al coche que tenia al lado – éste es el que quiero.

Era un s60R de color plata (una vez más especifico que supe el modelo que se trataba, solo porque sé leer), que era bastante elegante y moderno. Y estaba de acuerdo con Edward, de alguna manera no podía dejar de pensar en que parecía estar hecho para él.

A mi lado Alice ahogó un asombro y empezó a dar saltitos en su lugar, parecía una niña en Disneyland.

-¡Ese es! - exclamó emocionada y se acercó a Edward para ver mejor el coche.

Edward le sonrió.

Pronto el coche recibió el visto bueno de todos; incluido el mio, porque aunque parezca absurdo, Edward preguntó también mi opinión. Y antes de que me diera cuenta Jasper ya lo estaba conduciendo de vuelta a Forks.

Entonces es cierto eso que dicen : el siete es el numero de la suerte. Fue en el séptimo intento que Edward había encontrado su coche.

Su coche.

Hace algún tiempo atrás no creía posible que algo así pudiera pasar. Pero ahora era una realidad. Edward se había comprado un coche.

Continuará …

Hacedme saber lo que pensáis ;)

Besos, Ros.

PS : estoy consciente de los recientes eventos que han ocurrido con la Toyota, pero desde el inicio de la fic había decidido que ese sería el coche que le regalaría Edward a Bella, y la verdad es que no me apetecía cambiarlo. Así que vamos a fingir que nada de eso a sucedido en ésta realidad ;)