¡Dios mío, he actualizado! Ni yo misma lo creo ._. Llevaba tiempo sin escribir, lo cierto es que apenas tengo tiempo ni para leer. Accio vacaciones!
Que le vamos a hacer, ya intentaré seguir cuando tenga un rato. Disfrutad.
Capítulo dos
La partida se volvió cada vez más interesante a medida que avanzaba el juego. Yo estaba nervioso, no tenía confianza en mí mismo. Miraba de un lado para otro, observando a Harry, que ocupaba la casilla del rey negro, y observando a Hermione, que se había quedado sin fuerzas para seguir golpeando los barrotes de la jaula. Yacía tendida en el suelo, sin fuerzas, abrazándose el cuerpo mientras observaba la partida atentamente. Me desconcentré y no me di cuenta de que cuando conseguía proteger una pieza ponía en peligro otra. Cosas de principiantes que fueron reduciendo poco a poco las fichas de color blanco del tablero.
-Estás acabado –me dijo Harry con toda la seguridad del mundo. Sólo quedaban a mi alrededor dos peones, protegiéndome.
Harry disponía de un caballo, cinco peones y las dos torres. Además, su rey, es decir él, estaba sin proteger. La única opción que me quedaba era mover alguno de los peones o moverme yo, y yo tenía miedo de moverme, por lo que ordené a uno de los peones que avanzara casilla a casilla hacia delante. Harry, sin embargo, parecía regodearse en mi sufrimiento. Estaba disfrutando de lo lindo, lo veía en su cara.
El peón que había ordenado moverse se acercaba cada vez más a Harry, pero éste no le hizo caso alguno. Sin poder hacer nada para evitarlo, iba acorralándome poco a poco con las dos torres y el caballo, no sin antes poner fin a la vida del único que peón que me protegía. Yo hui, pero los reyes solo pueden moverse de casilla en casilla, por lo que mi tortura era cada vez más lenta. Pero a Harry le gustaba la lentitud, le gustaba mi sufrimiento.
Entonces el momento llegó y no pude hacer nada, era algo inevitable: Harry me acorraló e hiciera lo que hiciera no tenía escapatoria.
-Se acabó, Weasley –me dijo con toda la convicción del mundo.
Y yo lo sabía: había perdido por primera vez en mi vida una partida de ajedrez, pero además, la había perdido a ella.
-Jaque mate.
El caballo de color negro empezó a avanzar hacia mí, primero dos casillas a la derecha, luego una a la izquierda. Cuando lo tuve delante de mí alzó las patas delanteras y me golpeó fuertemente en la cabeza con ellas, consiguiendo que todo lo que me rodeaba se volviera negro.
Cuando abrí los ojos no sabía donde estaba. El lugar en el que me encontraba estaba sumido en una total oscuridad. No se veía por allí ninguna luz, parecía un lugar cerrado. Estaba seguro de que ya había estado antes en ese lugar, pero no recordaba qué había estado haciendo allí. Unos pasos resonaron a lo lejos y me incorporé de golpe, jadeante. Cuando intenté levantarme del suelo me di cuenta de que unas cadenas me tenían prisionero y no me dejaban moverme más de un metro del lugar en el que estaba. Los pasos iban haciéndose cada vez más fuertes a medida que avanzaban hacia mí y una tenue luz los acompañaba, a lo lejos.
-¡Harry! ¡Harry, tienes que ayudarme a salir de aquí! –le supliqué cuando apareció sujetando una vela que estaba apunto de consumirse.
-No recuerdas nada, ¿verdad? –me dijo con una sonrisa maligna dibujada en el rostro.
Harry. Un ajedrez. Una jaula. Hermione dentro de la jaula…
-Ganaste la partida de ajedrez y ahora tienes a Hermione… -lo dije en un susurro, como si no pudiera creerlo. Pero sabía que todo eso había sido real.
Harry empezó a pasearse de un lado a otro. La luz de la vela que llevaba en la mano iluminaba la sala, por lo que pude hacerme una simple idea de dónde estaba. Por lo poco que había podido ver, me di cuenta de que me encontraba en una sala no muy grande, con las paredes y el suelo de piedra. Las paredes, además, estaban mohosas, como si muy cerca de ellas brotara continuamente un río. Las cadenas que me retenían estaban enterradas bajo las piedras de las paredes, así que me hice a la idea de que si quería salir de allí, necesitaba una varita.
-¿Qué le has hecho? –le pregunté con furia, controlando el impulso de escupirle en toda la cara.
-Está bien… Sólo duerme. Digamos que no me lo puso nada fácil para traerla hasta aquí.
-¿La has encadenado? –grité, presa de la desesperación.
-No seas tonto, Weasley. Hermione es demasiado especial para pudrirse en un lugar como éste –dijo mientras echaba un vistazo a su alrededor.
-¿Dónde estoy? –le pregunté.
-En la sala de los Menesteres.
Mis ojos se abrieron como platos, y por un momento creí que se me iban a salir de las órbitas.
-¡No pongas esa cara! No sé de qué te sorprendes. Yo abrí la puerta, yo deseé el lugar… Sigo dentro, así que puedo desear lo que quiera y lo tendré, dentro de la sala pero lo tendré. Por si intentas salir de aquí, que sepas que esto es un castillo lleno de pasadizos de los que no serías nunca capaz de salir, no voy a decirte por qué…
Tragué saliva intentando asimilar sus palabras. Estaba encerrado en la sala de los Menesteres, que se había convertido gracias a la retorcida mente de Harry en un gran castillo con sus mazmorras y todo. Me encontraba en una de ellas, encadenado a la pared mientras el chico que en algún momento había sido mi amigo se reía de mí y me echaba en cara que tenía prisionero a Hermione, aunque se negara a confesarlo y simplemente dijera que estaba bien.
-Disfruta de tu pesadilla –me dijo con una sonrisa en la cara. Harry abandonó el calabozo, llevándose con él la única fuente de luz. Me quedé a oscuras.
Cuando los pasos de Harry dejaron de resonar en la penumbra, escuché una voz que susurraba mi nombre. Bueno… Mi apellido.
-Weasley, ¡eh!
-¿Malfoy?
-Sé como salir de aquí. Sólo hay que tener cuidado con el elfo.
No sé que me sorprendió más: que Harry me tuviera preso en un calabozo o que Malfoy quisiera ayudarme.
-¿Elfo? –le pregunté extrañado.
-Dobby, el elfo libre. Lleva meses ayudando a Harry en esto –me aclaró.
-Continúa.
Malfoy respiró entrecortadamente. Llevaba el cabello despeinado y sucio, al igual que toda su ropa. No podía verle los ojos, pero pude deducir que indicaban nerviosismo, porque la forma en la que respiraba no era normal en él.
-Harry me atrapó ayer. Fue rápido, creí que hasta letal. Pero entonces me desperté en la más profunda oscuridad, en este sitio húmedo y encadenado. Me quitó la varita y todos los demás artilugios mágicos que llevaba encima… Hubo un momento en el que creí que me iba a morir de hambre. No había luz a mi alrededor y no tenía la más remota idea si cerca de mí habría comida, agua o cualquier otra fuente de alimento. Fue entonces cuando, como si me hubiera leído el pensamiento, Dobby apareció aquí. Llevaba en sus brazos una bandeja con comida y agua y la dejó a mis pies. Te juro que no era el Dobby que yo conocí, el que servía en mi casa… Ya no tenía miedo.
-Le maltratabais. Ojalá te hubiera dado la comida envenenada…
-¿No te das cuenta, Weasley? Dobby está ayudando a Harry. Él no sirve a nadie, lo está haciendo por gusto propio. ¡Necesitas asumir de una vez que tu amigo está como una cabra!
-Bueno, ¿quieres ir al grano y decirme cómo salir de aquí?
-Tranquilízate, que no he acabado.
-¿Y por qué paras?
-Porque me has interrumpido –me recriminó.
No aguantaba a ese tío, en serio. Podría salvarme la vida millones de veces y seguiría sintiendo lo mismo hacia él. Ese aire de superioridad… ¡Me ponía de los nervios!
-Bien, a lo que iba –continuó Malfoy-. Poco después de que Dobby apareciera con la comida y el agua, Harry irrumpió en el calabozo. Sujetaba una vela en sus manos, al igual que ahora, así que eso me permitió ver un poco el interior del calabozo. La única salida es la puerta.
-¿No me digas? –le pregunté sarcásticamente- Por si no te habías dado cuenta, yo mismo había llegado a esa conclusión.
-Si no colaboras, en la vida vamos a salir de aquí.
Me tomé sus palabras muy en serio. Sabía que tenía razón.
-¿Pero has visto como estamos? –Le pregunté- Encadenados. Sin varitas. Necesitamos la magia…
-Los elfos domésticos no necesitan una varita para hacer magia.
Le miré, aunque con la oscuridad que nos rodeaba no pude ver nada.
-Hay un hechizo… Mi padre me lo enseñó cuando era pequeño. En realidad es la maldición Imperius, con la única diferencia que puede aplicarse sin varita. Es un hechizo muy difícil que requiere mucha concentración, pero juntos podemos conseguirlo.
-¡No voy a hechizar a nadie, sea elfo, muggle o mago! –le dije.
-Tú no lo harás, lo haré yo.
Unos pasos resonaron a lo lejos, indicándonos que alguien se acercaba. Busqué a Malfoy en la oscuridad de la mazmorra, palpando el aire para encontrarle. Cuando una brillante luz se fue acercando cada vez más, Malfoy me susurró:
-Distráelo.
Dobby entró al calabozo sujetando con la mano izquierda una vela recién encendida, y sujetando con la mano derecha una bandeja con comida y agua. Gracias a la luz pude ver a Malfoy, que me asintió con la cabeza.
Cuando el elfo estaba apunto de irse, me tiré por el suelo y fingí estar agonizando de dolor.
