Disclaimer:Bones no me pertenece. Es de FOX, Hart Hanson, Stephen Nathan y todos sus productores. Incluyendo a Kathy Reichs quien hizo esos maravillosos libros sobre Temperance Brennan. No lo hago con fines de lucro sino por diversión, ningún personaje me pertenece.
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Curando
Inglaterra, 1815
-¡Ouch!- exclamó Teresa al sentir el agua caliente en su rodilla.
-Lo siento, pero es necesario.- le dijo, y le dedicó una pequeña sonrisa.
-No, está bien. Yo no debería quejarme tanto.- Hubo un pequeño silencio. A la distancia se podía oír un pequeño riachuelo pasar, uno que otro grillo cantar, estaban en el taller de su padre, el cual carecía de una puerta delantera, y tenía unos cuantos agujeros en el tejado donde se filtraba la luz de la luna.
-¿No les molestará a sus padres?
-¿Qué cosa?- preguntó confundido. Se levantó y se dirigió al botiquín. Teresa intentó no prestarle atención a esa vocecita que le decía que tenía un tono muy varonil.
-Tenerme aquí. A estas horas de la noche.
-¡Ah!- exclamó mientras sacaba una venda del dicho lugar. –No, a mi padre no le molestara.
-¿Y a su madre?
Sebastián sonrió, se acercó a la chica, y comenzó a ponerle el objeto alrededor de la rodilla, sabía que toda esa aura misteriosa de él acabaría asustándola, pero tanto ella como él sabían que eran unos perfectos desconocidos, así que no lo podía culpar por tenerle un poco de desconfianza. Al terminar, vio esos perfectos ojos azules que lo habían dejado sin habla la primera vez que se hablaron.
Teresa olvido su pregunta por completo al verlo tan concentrado en lo que hacía, algo en su cuerpo empezó a reaccionar porque sus latidos se aceleraron, y no podía quitarle la vista de encima, además, le parecía un poco incómodo la posición en la que estaban, su falda estaba por encima de sus rodillas, y él de vez en cuando rozaba su piel con su mano al vendarle la parte lastimada, de alguna absurda manera confiaba en que su vista no subiría de ese punto, pero algo dentro de ella la hacía acalorarse con ese sólo pensamiento. Al terminar la vio con esos ojos marrones, nunca le había gustado tanto un color en su vida como ese.
-Mi madre murió ya hace mucho tiempo.- le dijo, sin apartar la vista, sacándola por completo de sus cavilaciones. –Así que no creo que le moleste.
-Yo… lo siento. No tenía idea.
-No se preocupe, ¿Cómo iba a saberlo?
-Se supone que por esto las mujeres no deben hablar.- musitó más para sí que para él.
Odiaba eso. Sí, era hombre, pero si algo le había enseñado su padre era a respetar a las mujeres, y odiaba que los demás no hicieran eso, pero detestaba más que ellas mismas no se valoraran.
-Si sigue pensando así, ¿Quién la respetará?
Teresa se dio cuenta de que había hablado en alto, así que rectificó. –Oh, no. Yo no pienso eso, creo que las mujeres somos tan capaces como los hombres, es sólo que… mi padre, mi madrastra, casi todos los que conozco me dicen que las mujeres nacimos para vernos hermosas, cocinar, casarnos, y muchas otras cosas que tienen que ver con las tareas domésticas. No está entre nuestros principales derechos estudiar. Es más, dicen que no lo necesitamos.
Sebastián asintió, de las pocas mujeres que conocía, podía decir con seguridad que la que tenía delante no era como ellas, así que podía especular que no era como las demás.
-Por cierto, ¿Cuál es su nombre?
-Sebastián Born.- le dijo, y sin darse cuenta ya tenía clavada la mirada en esos mares que yacían en sus ojos, no podía dejar de verlos. -¿Y usted?
Rió para sus adentros, ¡Cómo si no lo supiera!
-Teresa Belmonte.
-¿Belmonte?- dijo Sebastián, sorprendido. Nunca hubiera imaginado que tenía enfrente a la mismísima hija de Maximiliano Belmonte III. Era un comerciante exitoso, y si no estaba mal, su padre trabajaba con él, no directamente, cuando hacían una entrega, él se encargaba de llenar los barcos con el material indicado.
-Sí.- afirmó Teresa con miedo.
-Sí.- afirmó Sebastián decepcionado.
-Será mejor que la lleve a su casa. Su padre debe estar… bastante preocupado.- dijo, y comenzó a caminar, se preguntó como podía ser tan iluso.
Belmonte, sigue soñando Sebastián. Se dijo a sí mismo. Sintió una mano tomarlo de la muñeca.
-No. Sé qué no ha notado mi ausencia,- dijo, segura de su afirmación. –Por favor.- suplicó.
Y él no pudo hacer más que ceder, no podía resistirse ante ese par de pupilas azules que iluminadas bajo la luz de la luna se veían hermosas, ante esa piel de porcelana, ante esa figura de muñeca que parecía querer afecto. En ese momento un deseo irremediable de protegerla lo embargó, se sentó junto a ella.
Teresa al sentirlo tan cerca, su respiración se aceleró, intentó convencerse de que era simplemente porque nunca había tenido a ningún hombre tan cerca, que no era porque él estuviera cerca. –Y… ¿Cómo es que una joven como usted anda tan tarde por estos rumbos?
-Yo…- sabía que inventarle cualquier mentira sería fácil, pero necesitaba desesperadamente alguien que la escuchara. Miró hacia la luna, haciendo que esta iluminara su perfil, lo que le hizo que Sebastián pudiera apreciar más su belleza.
–Me siento demasiado sola. Así que salgo de noche porque… prefiero sentirme sola fuera que dentro de mi casa.
Sebastián no podía comprender como una joven tan bella, rica, que lo tenía todo, podía ser tan desdichada.
-Quizás es difícil para usted comprenderlo, digo, seguro piensa que soy sumamente feliz, tengo padres, tengo… soy rica, tengo todo lo necesario.- Él asintió avergonzado.
-Oh, no sienta vergüenza.- le reconfortó con ligereza. –Así debería de ser, pero yo necesito algo más. Puedo tenerlo todo, pero siento que no tengo casi nada. Mi gran mansión se ha convertido en mi prisión, y las joyas que poseo en mis cadenas.- le confesó y una pequeña lágrima rodó por su mejilla, él sintió la necesidad de limpiarla, pero no lo hizo porque sabía que Teresa no tomaría bien el gesto, así que dejó que lo hiciera por sí misma.
-Eso fue… muy poético.- le dijo, para aliviar un poco el ambiente.
-Gracias por notarlo.- dijo con la voz ronca. –Me gusta escribir poesía, y también historias, pero… soy mujer. Jamás me tomarían en serio como escritora, si es que me dejan serlo en primer lugar.
Esta vez no pudo evitarlo, y tomó su mano delicadamente. Teresa al sentir el contacto de otro ser humano, sintió que algo se removía en su interior, y se recostó en su hombro, no le importó mucho si lo tomaba mal, necesitaba eso, necesitaba ese simple contacto, un pequeño abrazo, un hombro en el cual llorar. Necesitaba saber que alguien se interesaba por ella.
Sebastián no pudo más que dejar que llorara en su hombro.
No entendía de donde había sacado tanta confianza como para decirle los problemas que tenía, pero no iba a oponerse a escucharla, era un alma rota, perdida, y si él podía curarla, entonces lo haría.
Washington D. C. 2011
-¿Cómo está?- preguntó Booth al doctor que la había atendido. Llevaba media hora esperando, simplemente la había visto desplomarse sin previo aviso en el suelo, no lo admitiría pero estaba bastante asustado.
-Ella está bien. Simplemente pescó un resfriado.- dijo el doctor. –Lo que me preocupa son los niveles de cortisol* en su organismo, es muchísimo mayor que el de una persona adulta normal, lo cual ha bajado sus defensas.- dijo preocupado. -¿Ha estado bajo situaciones estresantes últimamente?
-Bueno, su trabajo en sí es muy estresante.- dijo Cam. –Pero se rehúsa a tomarse unos días de vacaciones. Creo que eso ha afectado su salud.
-¿No toma vacaciones? Bueno, creo que debería. Una semana sin trabajo y veremos si los niveles bajan. ¿Alguna otra fuente de estrés para la señorita? No sé, ¿Problemas económicos?
-No lo creo, Brennan, digamos que tiene suficiente dinero como para no tener que trabajar nunca más.- protestó Ángela.
El doctor sonrió ante la afirmación de la muchacha. -¿Amorosos?
La expresión de Booth cambió, y todas las miradas se dirigieron a él. -¿Qué? ¿Por qué me ven a mí?
-Bueno, pensamos que quizás tú puedes saber la respuesta a esa pregunta.- inquirió Hodgins.
-Ah, no. No que yo sepa.- mintió. Debió haberse medido ayer, el estado de su compañera se reducía a una cosa. Estrés. ¿Por qué? Por él.
-Bien. Entonces sigo recomendando una semana sin ir a trabajar, le haré una receta, y una nota médica para que su jefe…- pero fue interrumpido a media oración.
-Su jefe está de acuerdo.- dijo Cam. El doctor la vio de modo curioso. –Yo soy su jefa. Y si fuera por mí le daría más días, ya le debo muchas vacaciones, festividades, etcétera.
El doctor volvió a sonreír, sin duda se había topado con un grupo muy singular.
-Entonces, le haré sólo la receta.- dijo, y entró a su consultorio.
Booth se dejó caer en la silla, sentía como el peso de la situación caí sobre él, siempre supo que confesarle sus verdaderos sentimientos a Brennan sería una mala idea, pero nunca imagino la magnitud que podía llegar a tomar.
-¿Booth?- dijo Ángela. -¿Estás bien?
El aludido asintió, no muy consciente de su acción. Estaba distraído y ella pudo notarlo, pero no siguió presionando.
-Creo que necesitamos alguien que la cuide.- dijo Cam.
-¿A qué te refieres?- preguntó Hodgins.
-Ya saben como es Brennan, en el momento menos esperado se pondrá a trabajar, o a llenar formularios. O a intentar resolver un crimen tan sólo viendo las radiografías. Deberíamos turnarnos para…
-Yo lo haré.- dijo Booth desde su silla. Todos voltearon a verlo. ¿Acaso era culpa lo que oían en sus palabras?
-Ya saben, porque es mi compañera, mi mejor amiga. Por esa clase de cosas.
Ángela sonrió y enarcó una ceja. –Nadie sugirió lo contario.
Booth simplemente se le quedó viendo. No iba a responder a eso. –Yo la cuidaré, es la semana de capacitación, puedo saltármela.- agregó.
-¿No te meterás en problemas?- preguntó Cam, preocupada.
-Nah, puedo pedir un permiso especial. En realidad, me han dicho que yo debería dar esos cursos en vez de recibirlos.- dijo.
-Ese ego.- agregó Cam divertida. –un día será tan grande que te aplastará.
-Esperemos que no sea pronto porque sino nuestro hijo se quedará sin padrino.
Booth, quien tenía la cabeza recostada en la pared, la irguió. -¿Padrino?
Ángela y Hodgins asintieron. Una sonrisa se dibujó en el rostro del agente. Se sentía halagado de tal petición.
-Claro, claro. Me sentiría honrado.- agregó, y abrazó a la feliz pareja.
-Ya pueden entrar a verla.- dijo una enfermera al final del pasillo.
Todos se dirigieron a la sala, Booth tenía una enorme sonrisa, pero claro, tratando de ocultar la culpa que sentía.
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-¡No entiendo porque tienes que hacer esto!- exclamó Brennan mientras abría la puerta. Se sentía como una niñita pequeña, nadie tenía porque cuidarla, pero Booth insistió, e insistió en hacerlo.
-Eres mi compañera, ergo, mi deber es cuidarte.
-No creo que sea el uso correcto de "ergo".- dijo, y vio como Booth dejaba su maleta en el suelo.
-Como sea Bones, te cuidaré, te guste o no.
-Puedo cuidarme sola, seguiré las indicaciones del doctor. Estaré bien.- dijo, intentando que accediera a su petición.
-Y yo me aseguraré de que no te vuelvas a desmayar otra vez. Y si lo haces te llevaré al doctor tan rápido como una agente del FBI puede hacerlo. - Ella negó con la cabeza.
-Creo que haces esto porque te sientes culpable.- dijo, sin verlo a la cara. -Mi estado no tiene nada que ver contigo.
-¿Ah no?- dijo indignado. -Entonces explícame algo. ¿Por qué justamente la mañana siguiente a… ya sabes, te desmayaste?
-Booth no soy una niña pequeña a la que tienen que cuidar.- le espetó como evasiva.
-Pues ahora mismo te comportas como una.- le dijo. Ella sintió su rabia arder a su punto máximo. Se dirigió a la cocina, enojada. Booth suspiró pesadamente, el propósito de esa semana era no estresarla, y era lo primero que estaba haciendo. Sintiéndose culpable, fue a la cocina a buscarla.
-Bones.- le llamó desde el umbral de la puerta. Brennan no lo volteó a ver.
-Bones, por favor. Lo siento.- Ella intentó fingir que lavaba los platos. Booth se acercó a ella, Ella dejó caer su cabello, y así tapar su rostro. El agente quitó delicadamente esa cortina que le impedía ver sus ojos, cuando lo hizo notó que ella lloraba.
-Bones.- dijo con ternura, tomándola del mentón, al ver que ella evitaba su mirada, intentó abrazarla, al principio se resistió, pero luego no pudo hacer más que dejarse llevar por la calidez que el cuerpo de su compañero le proveía.
-Lo siento,- se disculpó, tratando de impedir que las lágrimas escaparan de sus ojos, -es sólo que… me siento tan abrumada.
-No tienes porque disculparte.- le susurró al oído. –Lo sé, y por eso estoy aquí.
Se quedaron abrazos un poco más, Brennan no se lo iba a decir, pero se sentía tan bien cuando lo abrazaba, la hacía sentirse menos sola. Y ese simple contacto, de alguna manera, incluso aunque no lo admitiera, curaba sus heridas emocionales, sanaba su alma.
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Continuará…
*Cortisol, es la hormona del estrés.
Sé que Brennan está un poco OoC, pero en mi defensa, ¿No les pasa que cuando están muy estresado/as como de que no son ustedes mismo/as?
¿Qué les pareció?
Y una cosa más, una pregunta para quienes han leído mis fics. ¿A qué la última parte es el cliché más grande que he escrito? Y eso contando lo del perro que guío a Booth hacia Brennan. XD
Bueno mejor ya dejo de escribir porque un día mis notas de autor van a ser más grandes que el fic mismo.
