Sólo tengo algo que decir respecto al último capi del francotirador. ¿Qué?

Disclaimer: Bones no me pertenece. Es de FOX, Hart Hanson, Stephen Nathan y todos sus productores. Incluyendo a Kathy Reichs quien hizo esos maravillosos libros sobre Temperance Brennan. No lo hago con fines de lucro sino por diversión, ningún personaje me pertenece.

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Cercanía

Washington D. C. 2011

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Brennan se encontraba enfrascada en la tarea de escribir un nuevo capítulo para su libro, aprovechaba el tiempo que Booth no estaba, hacia tres días que estaba en casa, durmiendo en el cuarto de huéspedes, pero le era imposible concebir a un hombre tan sobreprotector, sabía que lo era, por sus pasadas experiencias con él, pero nunca imagino que tenerlo en su apartamento sería tan… aburrido.

No era que él fuera eso, era que no la dejaba hacer nada, y ella se estaba aburriendo soberanamente. Así que aprovechaba esos pequeños lapsos de tiempo para poder hacer algo productivo.

Escribía una escena de Kathy y Andy, hablando sobre sentimientos, sin querer se encontró escribiendo un "Booth" en lugar de Andy, sonrió ante la tremenda confusión. Quiso borrar la palabra, pero cuando sintió dos manos tomarla de los hombros, se paró rápidamente sin pensar que su brusco movimiento la dejaría a centímetros de la cara de Booth.

Él, más nervioso que otra cosa por la cercanía de su compañera, apenas podía pensar y articular palabra.

-Bones,- tragó saliva. –¿Qué? ¿Qué… hacías?

-Yo… estaba escribiendo un nuevo capítulo de mi libro.- dijo tratando de cubrir el computador, no había tenido tiempo de suprimir la última línea. Lo que no sabía era que su compañero estaba muy lejos de ponerle atención al ordenador.

-Sabes… que no- su mirada se desvió por un segundo a sus labios. –deberías trabajar.

-Sí, yo, tengo que entregar un capitulo nuevo para el lunes.- objetó. Ella pensó que Booth le diría algo sobre hacerle caso al doctor, pero simplemente se apartó.

-Bones, traje la cena.- dijo alzando dos bolsas de comida Thai. Brennan aprovechó esto para cerrar su laptop.

-Gracias Booth.- le dijo. –Tengo unas cervezas en el refrigerador.

Ella fue a buscar las bebidas, él se sintió tentando a ver lo que había escrito pero no lo hizo, porque Brennan confiaba en él, así que no merecía violar esa confianza.

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Ambos estaban riendo luego de que Booth le contara su experiencia con la chica del mostrador. La niña quizás acababa de cumplir los dieciocho, y cuando pasó a caja, ella le coqueteó descaradamente. Brennan sintió que algo en su estómago se revolvía al escuchar eso, pero le reconfortaba saber que él no le había hecho caso.

-¿Sabes? Tengo una idea.- le dijo de repente. –Quiero llevarte a un lugar.

-¿Qué? ¿Ahora?

Él asintió. –Ven conmigo.

-Pero… son las nueve de la noche.- discutió.

-Vamos. Por favor.- le pidió. Y ella no pudo resistirse a sus ojos achocolatados que parecían estarse derritiendo ante su posible negativa.

-Está bien. Vamos.- le dijo con una sonrisa.

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Media hora después se encontraban en la pista de patinaje donde pasaron la noche en vela la vez que Booth no podía dormir después de que tuvo una concusión.

-¿Aquí es donde me querías llevar?

-Pues es obvio.- le respondió. -¿Quieres?- le preguntó, y tendió la mano. Ella sonrió. Y la tomó, para luego empezar a patinar atrayéndolo hacia la pista.

-Vaya, te has vuelto muy buena en esto.- comentó.

-Aprendí del mejor.- Él le dedicó una sonrisa enternecida. –Quien eres tú.

-Lo sé, Bones.- dijo entre obviedad y poca modestia.

-Bien, sólo quería aclararlo.

Booth acercó a su compañera hacia él, y le dio una vuelta. Brennan rió ante el repentino movimiento, luego la llevó por la pista, entre risas y miradas, fue entonces cuando ella dio un paso en falso, y cayó al suelo junto con su amigo.

-Ouch.- musitó Booth. -¿Estás bien?- le preguntó.

-Sí, estoy bien. No siento ningún daño considerable.

-Bien.- dijo, y se levantó. Luego levantó a su compañera, pero no midió su propia fuerza y tiró demasiado fuerte, dejando a Brennan cerca nuevamente. Ya eran dos veces en un día. Se quedaron así, viéndose a los ojos profundamente, sin estar seguros de cuál sería el siguiente paso.

Que mal que no tuvieron tiempo de decidirse.

-Temperance.- dijo alguien detrás de ellos. La aludida volteó. Booth también vio al hombre que la llamaba, era de al menos su misma altura, ojos grisáceos, cabellos castaños con reflejos cobrizos, y una sonrisa petulante.

-¿Antonio?- dijo confundida. -¿Qué haces aquí?

-Trabajo aquí.- afirmó el muchacho. –Para pagarme los estudios de post grado.- comentó al ver la mirada de Booth. –También trabajo como asistente de profesor de Antropología.

Oh Dios no, un antropólogo. Pensó Booth con pesadumbre.

-Sí, ya me lo habías dicho. Y mi memoria es muy buena, así que no necesitabas repetírmelo.- inquirió Brennan, sin saber que era una lucha de poderes entre los dos hombres. –Además, fue lo único que me dijiste sobre ti. Era imposible que lo olvidara.- comentó al ver que ninguno de los dos soltaba prenda.

-Sí,- susurró Antonio. –Bueno, ahora que te veo nuevamente, me gustaría retomar las cosas donde las dejamos esa noche.- dijo. –A menos que…

Vio a Booth y a Brennan, haciendo entender que a menos que fueran pareja no la estaba invitando a salir.

-Ella y yo no somos pareja.- sentenció Booth. –Aunque si por "donde las dejamos" te refieres a lo que presencie esa noche. Entonces no está disponible.- e inconscientemente posó su mano en su espalda. Brennan le vio ofendida.

Se maldijo internamente, se había propasado, lo sabía, y sabía las consecuencias de sus actos.

-¿No estoy disponible?- preguntó en retórica. -¿Desde cuándo? ¿Desde que vives en mi casa? ¿Crees que eso te da derecho a decidir por mí?- Booth iba a hablar pero ella le cortó.

-No. No te da el derecho.- y sin darse cuenta, por primera vez en mucho tiempo no pensó en lo que salió de su boca. –Como bien dijiste, tengo derecho de salir con cualquiera.

Y eso hirió mucho más a Booth que la bala que recibió por ella. Mucho más que cualquier otra cosa que jamás le hubiera dicho.

-Vámonos Antonio.- le dijo, con cierto afán de hacer enojar a Booth.

El aludido sonrió victorioso. –No me esperes despierto.

Él sólo pudo ver como se alejaban, no era capaz de articular palabra, sentía una ira asesina, tenía que irse de ahí, ahogar sus penas de alguna manera.

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Estacionó su auto en el Founding Fathers, haría lo mismo que hizo cuando Hannah se fue, tomar hasta embriagarse y olvidar su nombre aunque fuera un momento, sólo que esta vez no estaría su mejor amiga para salvarlo de sí mismo.

Entró al lugar, y pidió uno, luego otro, y otro. Luego de media hora de varias rondas, sintió lástima de sí mismo, perseguía a una mujer inalcanzable, una que nunca lo tomaría enserio, ni le haría caso, muchas veces lo había intentado ya, y la amaba como a ninguna otra, pero él no era ningún santo y su paciencia tenía límite. Se había cansado. Así que cuando una mujer rubia, de ojos claros, piel blanca con pintas de fácil se le acercó, y comenzó a coquetearle, no se resistió, y devolvió los halagos.

Luego cuando la chica en cuestión le preguntó si tenía novia, y él respondió no. No tuvo ningún tipo de pudor, y se abalanzó a sus labios. El Booth mismo se sorprendió al encontrarse respondiendo con igual pasión a sus besos, y aunque le resultaba placentero, no podía dejar de pensar en que ninguno se podía comparar con los de su Bones.

-¿Podemos llamar un taxi?- preguntó la chica.

Él, con el afán de olvidar a Brennan, respondió. –Pensé que nunca lo dirías.


Inglaterra, 1815

-Teresa, necesitamos que bajes.- le pidió su madrastra.

Ella bajó obedientemente, últimamente lo estaba siendo más de lo normal, pero su madrastra prefirió tomarlo como una muestra de aprecio hacia su padre.

-¡Hija mía!- exclamó su padre. –Hace días que no te veo.

Si te dedicaras a mí como te dedicas a tu trabajo tal vez me verías más seguido. Pensó para sus adentros, pero en el exterior se divisaba una sonrisa amable.

-Bien, como te decía mi querida esposa. Él es el prometido ideal para Teresa. Y Teresa, de seguro encontrarás en él un esposo atento y cariñoso.

Ella tragó en seco. Quería saber si había oído bien. –¿Esposo?

-Sí, sí. Se encuentra muy interesado en ti.- le dijo. –Es un Duque.

-No, no, no, no, no.- musitó ella. –No me puedo casar.

-¿Por qué no?- inquirió su padre.

-Porque… porque no está en mis planes.- objetó, con cierto orgullo.

-Teresa, ya déjate de tonterías y ven, que está en la sala esperando conocerte.- le dijo Maximiliano. Ella no tuvo más remedio que seguirlo.

-Duque.- saludó su padre cuando entró.

-Oh, vamos Maximiliano, dime Anthony.- le pidió, Teresa puso un pie delante del otro, levantó su falda por los lados, y se inclinó en forma de saludo. Luego vio al muchacho, tenía al menos el doble de su edad, su tez blanca combinaba bien con sus ojos grisáceos, y sus cabellos castaños con reflejos cobrizos le atrajeron de sobremanera, pero cuando vio su sonrisa, supo que no todo lo que brilla es oro, ya que vio que sonreía petulantemente, entonces su vista viajo otra vez a sus ojos. Se dio cuenta de que estos eran vacíos, frívolos, y por un momento un escalofrío viajo por su espina dorsal.

-Y tú preciosa, debes ser Teresa.- le dijo. –Tu padre ha dicho maravillas de ti.

Mi padre no sabe nada de mí. –Sí, espero cumplirlas al pie de la letra.- le dijo, con una sonrisa cálida. Su padre, Maximiliano, se sorprendió de lo que oyó, después del pequeño arrebato que había tenido hacia unos momentos, pensó que su hija estaría reticente a conocer al Duque, pero aparentemente, se mostraba de lo más amable.

Lo que no sabía es que su hija había conocido a un muchacho, que le había enseñado de la vida, a quien veía casi todas las noches, con quien podía hablar libremente, lo cual había reducido mucho sus arrebatos, sus rebeldías causadas por el enojo. Porque había aprendido que en la vida siempre había una salida, y que un día ella encontraría la suya.

Pero en ese momento ya no estaba tan segura.

-Así que…- comenzó. –Mi padre ha dicho que tú quieres proponerme matrimonio.

Los ojos de Maximiliano se abrieron a más no poder, Anthony enarcó las cejas, más interesado que confundido.

-¡Teresa!- exclamó su padre.

-No,- interrumpió Anthony. –Me gusta que sean directas.- le dijo sin dejar de ver a la criatura que tenía enfrente, ella intentó mantener la mirada, pero le resultaba tan incómodo hacerlo, y no era porque le tuviera miedo o lo considerara alguien mejor que ella, sino porque al hacerlo sentía que un terrible vacío la invadía.

-Así que, Teresa. Veo que eres una chica… especial, no muchas jovencitas inocentes como tú serían tan poco sensibles respecto al matrimonio.- inquirió con una sonrisa que casi podía decirse malévola. –A muchas le haría ilusión.

-Pero yo no soy muchas.- le respondió tajante.

-De eso ya me he percatado, pero como te decía antes de que me interrumpieras tan insolentemente, creo que soy el candidato perfecto para evitar tus días de soledad.

A Maximiliano le resultaba incomoda la forma en que se trataban, eran tan sinceros con el otro que le parecía extraño. -¿Quién quiere té?- preguntó de repente. Tratando de desviar la conversación.

-No me siento con ánimos.- declinó Anthony.

-¿Y tú Teresa?

-No gracias.

-Pues yo muero de sed.- sentenció y tocó la campanita. La sirvienta de la casa vino enseguida.

-Tamara.- dijo. -¿Podrías traernos el té?- le pidió, ella asintió y fue a traer lo pedido.

-¿No crees que eres demasiado amable con ella?- inquirió Anthony. –Mírala, su color de piel es profano, ¿Viene de América?

-Sí, de hecho, era una hija ilegitima de una sirvienta que residió en este hogar poco antes de que Teresa naciera. La madre de Teresa, que en paz descanse, y yo la criamos como nuestra hija hasta que cumplió los nueve, luego la convertimos en nuestra sirvienta.- se explicó Maximiliano. Anthony lanzó una risa fría, los ojos azules del padre de Teresa se posaron en él.

-Le tienen demasiado cariño, al parecer no son tan duros como la gente cree.

Tamara entró al cuarto con la charola de plata y las tazas de té. La dejó en la mesa, a punto de retirarse estaba cuando oyó la voz del otro hombre que estaba en la sala y no era su amo.

-Tamara,- le llamó. –Dígame algo, ¿No se siente mal por ser tan diferente a nosotros?

Teresa intentó detenerlo pero fue impedida por la mirada severa de su padre.

-Digo, nosotros somos de piel y cabellos claros porque no hemos nacido del pecado, en cambio, usted, ¿qué se siente saber que cada día su propia piel delata lo que en un pasado hicieron tus padres?

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas, intentó irse pero sabía que no podía abandonar la sala hasta que alguno le diera el permiso, Teresa se dio cuenta de ello, así que, a pesar lo que su padre pudiera decirle, hizo lo que sabía que era correcto.

-Tamara puedes irte.- La aludida salió corriendo de la habitación.

Los presentes voltearon a ver a Teresa, su padre con indignación, y Anthony con una sonrisa triunfadora.

-Bien Teresa, veo que tendremos que trabajar arduamente para que seas una señorita digna de casarse con un hombre de mi categoría. Tendremos que quitarte el entrometimiento y tus ideas revolucionarias para que no me avergüences en público. De hecho, me gustaría anunciar nuestro compromiso lo más pronto posible.- Ella lo vio sorprendida e indignada a la vez.

-¿Nuestro compromiso? ¿Cuándo he aceptado?

-No hace falta hacerlo.- le espetó. –Estoy casi seguro de que tu respuesta sería negativa, pero como tienes diecisiete años, edad insuficiente para decidir por ti misma, he tomado la respuesta de tu padre.- Sintió como su mundo se desmoronaba trocito por trocito, aún así, no iban a verla llorar, no iba armar ningún escándalo, así que se comporto lo más cordialmente que le fue posible.

-Me parece aceptable. Déjame decirte que no me opondré.- le dijo, esto último con cierta ironía. -Aceptaré ser tu esposa, porque no me queda de otra. ¿Verdad padre?- dijo, viendo a su padre directamente a los ojos, dolida. -Ves, al parecer eres un candidato aceptable para ser mi esposo y engrandecer el buen nombre de mi familia, lo que si te pido es que no esperes que en casa me comporte igual que en sociedad.- Él la vio con recelo, no se tragaba eso de haberla domado tan fácilmente.

-Es un acuerdo justo, incluso yo mismo lo había pensado así, pero no sé si creerte Teresa. No eres alguien que se deja vencer tan fácilmente.

Algo dentro de ella le gritó que él no podía saber eso, que simplemente la manipulaba, pero otra parte le decía que tuviera cuidado.

-Pues ya ves, parece que encontraste mi talón de aquiles.- le dijo. Pero ambos sabían que no era verdad, y cada uno tenía sus razones.

Cuando el duque se marchó, su padre le reprendió sobre su comportamiento.

-Ese no es modo de tratar a un duque Teresa, pensé que te había educado bien.

-Pero padre,- discutió. –Es un pedante, ¿No ves qué ha tratado mal a Tamara?

-Pues sus razones tendrá, además, es la servidumbre, no la ha tratado mal ni bien. No importa si le ha hecho algo.

-¿Cómo puedes decir esto?- le dijo, decepcionada. –Tamara es como tu hija.

Una risa burlona se oyó en el salón. –Dios nos libre.- espetó su madrastra.

-Teresa tienes que dejar de hacer eso, no puedes seguir comportándote así, me has decepcionado. Creo que no te he educado bien después de todo.

Y eso fue lo que le colmo la paciencia. -¿No me has educado bien? ¡No me has educado para nada! ¿Qué acaso no ves que no estás siendo un padre? Simplemente te preocupas por tus negocios o sólo tienes tiempo para esa malcriada que osaste haberla convertido en tu esposa. En cuanto a tu hija, te has olvidado de mí. Espero que mamá, donde sea que se encuentre, vea lo que haces conmigo. Ella jamás me habría abandonado así.

-Teresa detente.- intentó advertirle su madrastra al ver la cara furíca de su esposo. Pero ella no la escuchó.

- Ella me amaba a diferencia de ti.- sintió como las manos de su padre se asían fuertemente en sus hombros y como la estampaba en la pared.

-Escúchame jovencita, has ido muy lejos está vez. Está es mi casa, son mis reglas.- le empezaban a doler los hombros, él la sacudió fuertemente para que le pusiera atención.

-Así que si yo digo que te vas a casar con él, te casarás con él y no quiero oír discusión acerca de ello. ¿Qué si es muy malo contigo? Bien, no me importa. Traté de ser tolerante, pero te has aprovechado de eso. Ya no más.

-Padre, yo no puedo…

-¡Puedes y lo harás!- gritó.

-¿Por qué te empeñas en hacerme infeliz?- musitó desesperada. Fue ahí cuando su padre le dio una cachetada que la tiró al suelo. Luego la levantó bruscamente, doblando su pequeña mano entre la suyas. Se detuvo cuando notó que su hija le miraba como a un monstruo, le tenía miedo, volvió tirarla al suelo y se fue a la cocina por un trago de lo primero que encontrara ahí.

Ella se quedó el piso, sin saber muy bien qué hacer, su madrastra se retiró sin hacer ningún tipo de ruido. Y una soledad inmensa la invadió, como pudo se levanto, pero en vez de dirigirse a su habitación, salió por la puerta delantera, casi como hipnotizada. Como si sus pies tuvieran vida propia y se dirigieran al único lugar donde podría escapar de la inevitabilidad.

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Sebastián se encontraba tirando piedras a la oscuridad, su padre no se encontraba en casa, y no tenía tareas, además, se encontró a sí mismo extrañando a Teresa, había pasado casi un mes y ella había venido a él cada uno de esos días sin excepción. Pero ese día no apareció y ya habían pasado más de las diez, supo que no iba a llegar.

Tal vez se dio cuenta lo que era estar conmigo. Pensó. Y justo ahí se dio cuenta de lo importante que se había volvido para él.

-Claro, ¿Cómo iba fijarse en un pobre diablo como yo?- musitó para sí. En ello estaba, cuando percibió algo moverse entre la oscuridad. Tomó la primera piedra grande que encontró y la alzó del suelo.

-¿Quién anda ahí?

Entonces fue cuando vio a Teresa, alzó la vela que yacía en el suelo, y pudo ver su perfecta carita de porcelana con un moretón en la mejilla derecha que hizo su corazón se hinchara de dolor, corrió hacia ella.

-Teresa, ¿Qué le pasó? Hábleme.- le pidió desesperado.

Ella le vio, con una mirada perdida, cosa que a él le asustó. –¿Quién le hizo esto?

-Mi padre.- musitó. Él maldijo internamente, agradeció que su padre no fuera así, y también deseo poder proteger a Teresa de todo lo que la atormentaba, que siempre solía ser su familia.

-Estará bien.- le susurró. Intentó abrazarla pero ella no se dejó. En vez de eso, tomó las manos de él entre las suyas y las poso en su pecho, justo encima de su corazón.

-Aquí no hay nada.- susurró. Él la vio confundido por sus palabras y sus gestos. –Quiero sentir algo más que la simple superficialidad que me rodea.- le dijo. –Quiero sentir amor.

Y antes de que él pudiera decir nada, Teresa se acercó y le plantó un beso en los labios. Su primer beso para ambos.

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Continuará…

Creo que HH me enseño algo, y es a dejar a las personas en una espera que no se la creen. Yo aún no lo hago. Me quedé con la sensación de ¿Aquí que rayos ha pasado?

Bien, el próximo capi es el porque de que este fic sea M. Adivinen quien de las dos parejas es. XD