Angst, Angst, Angst. D:
Disclaimer: Bones no me pertenece. Como siempre, es de FOX, Hart Hanson, Stephen Nathan y todos sus productores. Incluyendo a Kathy Reichs quien hizo esos maravillosos libros sobre Temperance Brennan. No lo hago con fines de lucro sino por diversión, ningún personaje me pertenece.
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Errores
Washington D.C. 2011
Se quedaron inmóviles, el sueño que habían sentido hacia algunos momentos ya no estaba presente, ninguno de los dos sabía cómo reaccionar, uno, porque su mente aún no podía aceptar lo que había oído, y el otro, temía que cualquier reacción de su parte podría hacer aún peor la situación.
-¿Qué?- fue lo único que pudo susurrar.
-Booth, no es lo que parece.
-¿No es lo que parece?- musitó indignado. Se levantó rápidamente de la cama. -¿Qué no parece, Temperance? ¿Qué te acostaste con él? Porque es exactamente lo que parece.
-No, yo no… ¡sabes que soy incapaz de mentirte!- exclamó al ver que se ponía su ropa rápidamente. –Booth, por favor. Escúchame.
-¡No! ¿Por qué debería? Tú…- lanzó un suspiro frustrado, al mismo tiempo que luchaba por retener su enojo. –Tú me mentiste, eres una mujer de hechos ¿eh? Pues entonces no puede negar lo que he oído.
-Booth, yo y él nunca… es decir, nos besamos, e incluso fuimos a un hotel, pero no tuvimos sexo. Tienes que creerme.
-Sí claro, por eso es que te pregunta si son sólo amigos, y te dice que quiere repetir lo de esta noche. Quiere que lo vuelvas a rechazar. ¿Es eso? Porque no importa cuántas veces rechaces a un hombre, siempre volverá arrastrándose hacia ti.- siseó con rabia.
Ella se levantó de la cama, envuelta en la sábana. Tomó a Booth por el antebrazo. –Booth, créeme, nunca te he mentido, y no mentiría con eso. Por favor.- le pidió con lágrimas en los ojos. Sus instintos lo traicionaron y levantó una mano para limpiar su rostro, pero no lo hizo, se quedó a mitad del camino.
-Tergiverso todo. Eres tú a quien quiero.
Por un momento pensó en creerle, quería creerle, pero luego las palabras volvieron a su mente. Quisiera volver a repetir lo que vivimos hoy. No puedes negar que tú también. Se soltó del agarre de su compañera, y caminó hasta la sala donde aún yacía su maleta en el suelo.
-¡Booth!- exclamó Brennan frustrada, se sentía impotente, no podía hacer nada para que él le creyera. Lo siguió hasta la sala, vio como tomaba sus cosas, y se dirigía a la puerta.
-¡No puedo creer que… que me mintieras tan descaradamente! ¡No te reconozco!- exclamó. -¿Qué ibas a hacer? ¿Probarías tener dos novios otra vez?- tomó la perilla y jaló de la puerta.
No abrió. Volvió a repetir la misma acción, sacudió la puerta, al ver que no cedía le lanzó un puñetazo, era como si el universo quisiera que se quedase en ese apartamento. Se recostó en la pared, cansado de luchar contra las ganas de llorar, desesperado, restregó sus ojos.
-No te entiendo, realmente, no te entiendo.- dijo, viéndola nuevamente.
-Yo tampoco,- replicó, y se acercó a la puerta para quitarle el seguro. –Dices que me quieres, que confías en mí. ¿Por qué no lo haces ahora?
Él desvió la mirada. –No lo sé, simplemente, no puedo, no ahora.- la puerta destrabó, y Brennan la abrió, fue ahí cuando notó el mar de lágrimas que caía por sus mejillas. Y por más que eso le rompía el corazón, su ira y decepción podían más.
-Me voy.- musitó y salió; cerrando la puerta tras sí. Dejando a la antropóloga sola en la inmensidad de su casa, donde minutos antes lo único que había sido inmenso era su felicidad. No supo cómo reaccionar, simplemente se quedó recostada en la puerta, viendo al vació, dejando que varias lágrimas hicieran su recorrido por sus mejillas.
-Te amo.- murmuró antes de echarse a llorar. –Te amo.- repitió entre sollozos. Como implorando que la oyera, como si eso pudiera borrar el dolor que sentía dentro.
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Afuera, en el estacionamiento, él también lloraba, pero de rabia, de dolor, se encontraba recostado en su automóvil, le dio un golpe a la pared, luego un puntapié a la maleta, maldijo por dentro y por fuera infinidad de veces. Luchó contra las ganas de volver a ese apartamento, sabía que aunque le hubiera mentido, estaba sufriendo, y no soportaba la idea de que nadie estuviera ahí para ella, quería subir a consolarla, a decirle que todo estaba bien, pero no podía.
No podía porque su misma rabia le nublaba el juicio, no sería nada sano para ninguno de los dos porque luego de hacerlo ¿Qué? Él se iría, dejándola igual o peor, quedándose muchísimo más enojado, y no se quedaría porque el resentimiento se volvería veneno puro en su relación.
Subió a su auto, e intentó permanecer concentrado en el camino hasta su apartamento.
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Luego de darse una ducha, y tirarse al sofá, se preguntó como estaría ella. Pensó en llamarla, pero se dio cuenta de lo inadecuado que sería eso. Optó por esperar al día siguiente.
Pero no contaba con la llamada que cierta artista le haría.
-Booth.- contestó.
-Hola. ¿Cómo estás?
-Bien. Gracias. ¿Qué pasa?
-Simplemente quería saber si Bren no está contigo. No contesta su teléfono.
Él suspiró. –No, no está conmigo.- dijo tajante. Pero una parte de su alma no le dejaría dormir tranquilo si no decía lo siguiente. -¿Podrías ver si…- volvió a suspirar, la imagen deBones llorando regresó a su mente. -¿Podrías pasar a ver si… digo, a ver cómo está?
Ángela no era tonta, se dio cuenta por la voz rasposa del agente que algo había sucedido.
-Booth.- le llamó. -¿Está todo bien?
-Sí, ¿Por qué no debería de estarlo?
Booth casi pudo verla alzar las cejas al otro lado de la línea. –No cuestiones mi intelecto, ¿Qué ha pasado?
-Yo… Brennan y yo no… no estamos bien.- Y no creo que lo estemos en un futuro cercano. Pensó. -¿Podrías? Por favor.
La artista suspiró. –Claro, cariño. Le diré a Jack que me lleve.- respondió, comprensiva. –Debió ser una discusión muy fea.- agregó.
No tienes idea. Pensó para sus adentros. –Gracias, Ángela. Eres una buena amiga. Adiós.
-Adiós, Booth.
Cuando colgó el teléfono, su mente volvió a revivir su pelea, las cosas que le dijo, y en acto de pura autodestrucción, revivió la noche que pasaron juntos, no podía creer que todas esas cosas que se dijeron, y las que no, que las caricias y los besos, que todo eso había sido en base a un engaño, y eso era lo que le dolía.
Que le había mentido. Sabía que ella era humana, y que mentir era de humanos, pero… quizás si, tan sólo hubiera admitido la verdad luego de que oyó el mensaje en vez de negarlo, consideraría la opción de perdonarla. Pero le seguía mintiendo.
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-¡Bren! ¡Cariño! ¡Abre la puerta!- gritó su amiga desde el otro lado.
-Mierda.- musitó para sí. Le dolía la cabeza de sobremanera, estaba hecha un ovillo en su cama, se había puesto un pijama liviano, sólo quería tiempo y espacio. Otra oleada de lágrimas amenazó con salir, hacía tiempo Booth le había dicho que simplemente necesitaba tiempo. No espacio.
Ahora eran ambas cosas, lejos de ella.
-¡Brennan! Sé lo que pasó.- Y esa simple frase la hizo levantarse de la cama, y caminar hacia la puerta. La abrió de un tirón.
-No sé qué te habrá dicho Booth, pero estoy segura de que no es cierto.- le dijo.
El corazón de Ángela se encogió al ver a su amiga en ese estado, tenía los ojos rojos de tanto llorar y tenía una mirada de tristeza. –Oh, cariño.- fue lo único que pudo decir, y la abrazó.
Ella al sentir los brazos de su amiga rodearla, no pudo evitar dejar que las lágrimas que había contenido hacia momentos salieran.
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-Así que… ¿Lo sabes?- preguntó Brennan, quien sostenía una taza de té caliente, que la misma Ángela había preparado.
-En realidad, no. Lo dije sólo para que me abrieras.
-Pero… ¿Booth te llamó?- preguntó, con algo que quizás se podría definir como esperanza.
-No. Yo le llamé. No respondías mis llamadas.
-Ah.- susurró, decepcionada. –entonces, él te contó algo de…
-Tampoco. No quiso decir nada más.
Temperance bebió un poco de su taza. -¿Nada?- preguntó viendo el objeto en sus manos.
-No, simplemente que las cosas entre él y tú no estaban bien.- Pude notarlo cuando te llamó Brennan. Pensó, pero no lo dijo en alto, solamente heriría más a su amiga. –Me pidió que pasara a verte.
-¿Por qué haría eso?- dijo con desdén.
-Porque se preocupa por ti.
Ella rió con ironía. –Si se preocupara por mí, me hubiera creído ¿no? Digo, se supone que si quieres a una persona, le crees.
Ángela asintió, e intentó hablar pero fue interrumpida por Brennan. –Y si la conoces realmente, sabes lo que piensa, lo que siente, si has estado ahí para ella en toda ocasión, sabes que no te mentirá nunca. Mucho menos con cosas importantes. ¿Verdad?
La artista volvió a asentir. –Entonces, siguiendo ese razonamiento, si no le crees a esa persona, entonces jamás confiaste en ella totalmente, por lo cual, no la amas.
-No, no, Bren. Hay cosas que… escucha, Booth te quiere, y en lo que a mí respecta, debió haber sido algo muy fuerte para que él dudara de ti de la manera en que dices.
Bajó la mirada. –Juro que no paso nada. Se lo dije, y no me creyó.- musitó antes de presionar el botón de la contestadora.
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-Whoa.- fue lo único que pudo susurrar luego de escuchar el mensaje. –Pero… ¿tú y él?
-¡No!- exclamó. –No pude, no podía pensar en… no quería pensar en nadie más que en Booth.
-¿Y qué le molesto tanto a él? Sé que Booth puede llegar a ser un completo celoso, pero siempre ha sabido que tienes amantes de una noche, casi novios, y amigos con derecho. No veo por qué llegó al punto de pelear contigo.
Se mordió el labio inferior tratando de retener un sollozo. –Anoche… le dije que no me había acostado con Antonio, como parte de la confesión donde le decía que lo necesitaba y no sé cuántas cosas más.
Una lágrima cayó por su mejilla, ella la limpió rápidamente, vio hacia arriba, tratando de calmarse.
-Terminamos haciendo el amor… y luego… el mensaje. Booth se puso como loco, no quiso escucharme.
-Oh, Bren. Pero… no dormiste con Antonio. ¿Verdad?
-¡No!- gritó, exasperada. ¿Por qué nadie la creía?
-Lo siento, es que… un chico que rechazaste no te deja un mensaje así.
-¡Lo sé!- exclamó, al borde del llanto. -¡Eso hasta yo lo sé, pero no sé por qué razón él me dejó ese mensaje! ¡Le dejé claro que no podía seguir viéndolo!
Ángela se levantó, y abrazó a su amiga. –Bien, bien. Tranquila. Todo saldrá bien. Booth estaba molesto, no me pongo de su parte pero lo entiendo. Mañana, cuando las cosas se civilicen, hablaran. Y todo estará bien.
-Gracias, Áng. Sé lo difícil que debe ser venir aquí, en tu estado, deberías estar acostada, las últimas semanas de embarazo son…
-Bren. Tú me lo has dicho, no estoy inválida. Y siempre estaré para cuando me necesites.
-Lo siento, me preocupo por ti.
-Y yo también.- dijo mientras Brennan dejaba caer su cabeza en su hombro.
-Eres una gran amiga.
Inglaterra, 1815
-Hola mi pequeña florecita.- dijo Sebastián.
-¡Por Dios! ¡Sebastián! ¿Qué hace aquí? Lo pueden ver.- susurró Teresa al ver al muchacho colgado de su ventana, y entrar a su habitación.
-Supe que está castigada.
-Como si eso fuera impedimento para que saliera.- dijo, arrogante.
Sebastián resopló. –Eso fue muy irrespetuoso de su parte señorita Belmonte.
-Y lo dice el joven que entra a las habitaciones de jóvenes doncellas en la noche.
-No, ahí se equivoca.- dijo acercándose a ella, quien estaba sentada viéndose al espejo. –No entro a las habitaciones de jóvenes doncellas. Sólo una joven me interesa.- dijo, y posó sus manos en sus delicados hombros.
Ella sonrió. –Me alegra saberlo.-se levantó, y volteó a verlo. Quedando cara a cara. –En fin, ¿Cómo entró?
-Un hombre mueve cielo y tierra por conquistar el corazón de la mujer que ama.
-En primer lugar, mover cielo y tierra es imposible, y en segundo, ya ha conquistado mi corazón. Así que, responda a mi pregunta.
-Bien, subí la enredadera. Es muy fácil a decir verdad.- agregó, presumido. Teresa rodó los ojos, quiso dirigirse a su armario pero Sebastián la tomó por la cintura, impidiendo su paso. –Quería verte.- dijo, ella sintió derretirse al ver esos ojos marrones verla con tanta intensidad. Habían pasado casi dos semanas desde que se habían prometido ser algo más que amigos, y estaban cumpliendo al pie de la letra la condición de amantes, excepto quizás…
¡Teresa! Se regañó a sí misma. Quizás no era la muchacha más recatada del pueblo, pero tampoco se podía permitir pensar de esa forma en Sebastián. No mientras siguiera comprometida.
-¿Qué pasa?- preguntó Sebastián dulcemente. Pudo sentir como un escalofrío recorrió el cuerpo de Teresa, sonrió. –No sabía que podía causar ese efecto en ti.
-¿Qué pasó con lo de tratarse con distancia?- retó, no le gustaba sentirse vulnerable, ni que la notaran vulnerable, así que trató de cambiar de tema.
-Lo siento, pero… no pude evitarlo.- susurró en su oído. Rió entre dientes al sentirla suspirar profundamente. No podía evitarlo, tenerla tan cerca de él, poder oler su perfume, el olor de su cabello, la piel tersa de su mejilla contra la de él, su piel blanca como la nieve, toda ella lo volvía loco.
Y eso, sumado a que simplemente llevaba un vestido de dormir ligero.
-Sebastián, deje ya de hacer eso.- dijo, alejándose de él. -¿Qué tal si alguien entra y lo ve?
-¿Quién entrará?- preguntó, soltando su cintura para que ella pudiera seguir con sus actividades.
-Pues, eh,- intentó pensar en un nombre, alguien a quien le importara su bienestar en esa casa. -¡Tamara!- exclamó triunfante. Tal vez demasiado fuerte.
-¿Sucede algo señorita?- preguntó la muchacha desde afuera de la habitación. Ambos se vieron por un momento, asustados. Sebastián fue a esconderse debajo de la cama.
-¿Me llamó?- preguntó Tamara asomando la cabeza por la puerta.
-Ah, yo… ¿Le llamé? No me di cuenta, siento la confusión.- mintió. Tamara entrecerró los ojos.
-¿Y a quién más llamaría si no es a mí?- cuestionó, intentando esconder una sonrisa.
-A nadie. Fue una confusión.- aclaró, tajante.
-Claro, una confusión. ¿Quiere que le cambie el edredón? No le diga a su padre, pero se me olvidó cambiarlo esta mañana.
-¡No!- exclamó, corriendo en dirección a su cama y sentándose en ella. Tamara la vio asustada. –Digo, no, no hace falta. Y no le diré a mi padre. Por mí está bien. Amo este edredón.- dijo, con una falsa sonrisa.
-Bien, entonces… que descanse.- dijo extrañada, y salió de la habitación.
Teresa con un suspiro, se dejó caer en la cama, luego de un rato, Sebastián salió de su escondite, y se unió a ella.
-Eso estuvo cerca.
-Demasiado cerca.
-Creo que debería irme.- dijo, viendo hacia el techo.
-Creo que sí, antes de que nos descubran.- ambos se vieron con una pequeña sonrisa de complicidad en los labios. Sebastián se levantó, Teresa lo imitó pero se quedó sentada en la cama.
-Nos veremos,- musitó Sebastián, y tomó su mano. –cuando el sol se esconda de nuevo.- y besó el dorso de ésta.
-¿No se supone que la poetisa soy yo?- bromeó.
-Sí, pero el romántico aquí soy yo.- dijo, y le plantó un beso en la frente. –Hasta mañana.
Se volvieron a ver a los ojos, él se volvió a perder en esas pupilas que le parecían el cielo, se acercó y la besó despacio en los labios. Las manos de ella se posaron en su nuca.
En menos de cinco segundos ya estaban besándose como lo habían hecho hacia casi dos semanas antes cuando su amigo los descubrió en el bosque, pero esta vez, en la cama de Teresa. En la casa de su padre, con muchas más personas quienes pudieran descubrirles.
Las manos de él descendieron a las caderas de la muchacha, mientras las de ella acariciaban el nacimiento de su cabello; luego sus besos bajaron a su cuello, le encantaba sentir la delicada piel blanca bajó sus labios, como su corazón palpitaba con intensidad al mismo tiempo que el suyo, y cuando ella lanzó un gemido al sentir sus manos en sus pechos fue como música para sus oídos.
Pero también el balde de agua fría que lo regresó a la realidad. Se alejó rápidamente, quedando al otro costado de la cama, desde ahí, podía ver sus labios hinchados, su pecho que subía agitado por su respiración acelerada, y sus ojos que antes eran el azul más celestial, en ese momento eran unos lagos oscurecidos por el deseo.
Y por más que daría todo por hundirse en ellos, no podía. Cuando ambos se calmaron, Teresa fue la primera en hablar.
-Gracias.
-¿Por qué?
-Por detenerse.-admitió avergonzada, un ligero rubor cubrió sus mejillas. Sebastián tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no ir hacia ella y volverla a besar.
-Creo que, esta vez es mejor que me vaya.- dijo, dirigiéndose a la ventana.
Teresa simplemente asintió, y antes de salir, le dedicó una sonrisa.
-Adiós Sebastián.
Le devolvió el gesto. –Buenas noches, mi princesa.
-Sabe que odio que me llame así.
-Lo sé. Que descanse.
-Igualmente.- fue su respuesta. Y lo vio desaparecer por su ventana.
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-Intenté mantenerse quieta.- le pidió Tamara al intentar ponerle el corsé.
-Lo sé, lo siento. Es que vestir esto es una tortura.- se quejó Teresa.
-Me imagino. Sólo un poco más, lo prometo.- dijo, mientras amarraba una cuerda. Luego una sonrisa juguetona apareció en su rostro.
-Y… ¿Con quién hablaba anoche?
Abrió los ojos en sorpresa. -¿A qué se refiere?
-Podía oírla hablar con alguien, y una voz masculina le respondía. ¿Acaso el duque pasó por su habitación?- preguntó. Para Tamara, Teresa siempre había sido como una hermana, desde que el joven Anthony había entrado a su vida, pues, a pesar de que hacia la de ella un infierno, Teresa parecía feliz, y eso era todo lo que le importaba.
Así que cuando la oyó hablar con alguien la noche anterior, no quiso interrumpir, imaginó que, como ambos estaban enamorados, no podía pasar mucho tiempo alejados. Pensó que era Anthony.
Pero al ver que Teresa se había quedado quieta y callada luego de su pregunta, supo que algo andaba mal.
-¿Teresa? Era Anthony. ¿Verdad?- la aludida volteó. Con una expresión de culpa. –Oh, Dios. Señorita, ¿Quién era?
-Nadie del que deba saber, pero… vamos, usted más que nadie sabes que Anthony es un idiota, un maldito arrogante, que hará todo para hacer nuestra vida miserable. Juro que sí no tuviera a este joven tan maravilloso en mi vida, no sé cómo habría podido soportar estas dos semanas junto a él.
-Pensé que... era feliz con Anthony.
Ella se sentó en la cama, y vio a la joven mucama. –El matrimonio está arreglado, mi padre quiere casarme con alguien que pueda darme los lujos a los que me tiene acostumbrada.- dijo con desdén. –pero eso no me importa, sino jamás me hubiera fijado en Seba…- se interrumpió.
-¿Sebastián?- dijo, sorprendida. -¿El joven Born?
-¿Lo conoce?
-Claro, es un buen muchacho. Siempre me ayuda a cargar mis bolsas cuando voy al mercado del pueblo.- dijo con una sonrisa. –Nunca pensé que… no pueden hacer esto.
-¡Lo sé! Es un error, pero es hermoso.
Tamara suspiró, frustrada. -¿Y qué pasará si el duque se entera? Lo matará.- sentenció.
-Lo he pensado muchas veces, pero al parecer, es casi imposible mantenernos alejados. Por favor, Tamara, te lo pido. No le digas a mi padre.
La joven dudó un segundo. –Está bien. Pero no encubriré nada, no quiero meterme en más problemas.
-Claro, y si lo descubren. Espero que no sea así. Negaré que tú supieras algo. Lo prometo.- añadió aliviada.
-Sólo esperemos que el duque no se enteré.- agregó Tamara.
-¿Enterarme de qué?- preguntó Anthony, abriendo la puerta.
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Continuará…
Uy, las cosas se van a poner feas.
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