Aquí hay un capi recién salido del horno. :D Después de varios meses, pero ya vamos progresando, y por progresando quiero decir, publicando más rápido. ;) Qué lo disfruten!

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Disclaimer: Bones no me pertenece. Como siempre, es de FOX, Hart Hanson, Stephen Nathan y todos sus productores. Incluyendo a Kathy Reichs quien hizo esos maravillosos libros sobre Temperance Brennan. No lo hago con fines de lucro sino por diversión, ningún personaje me pertenece.

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Cartas

Inglaterra, 1815

El inminente día se acercaba, estaban a una semana de la cena de ensayo y al día siguiente, la boda, Anthony se estaba comportando, y al decir, comportando es que se no se había acercado a ella para nada. Agradecía eso. Y era lo único que agradecía porque al parecer su vida se encaminaba hacia un infierno.

Casada con Anthony, amando a Sebastián.

Y para colmo no lo había visto ni oído de él desde la fiesta de compromiso de Ángela. Por una parte, sabía que era lo correcto, por otra, temía que quizás le hubiera pasado algo. Él no era de los que se rendían fácilmente, lo conocía, era de los jóvenes que actúan hasta las últimas consecuencias.

Quizás intentó subir a su habitación de nuevo…

No, él está bien, debe de estarlo. Quizás siguió mi consejo y en este momento está hablando con una muchacha que conoció en el mercado del pueblo.

Pero ese pensamiento sólo la hizo sufrir más. Se sentía impotente, no podía reclamarle a Sebastián nada, tenía derecho de besar otros labios que no fueran los suyos, en teoría, ella hacía lo mismo.

Tenía un prometido, se suponía, lo besaba, aunque Sebastián supiera que no era así. El coraje la invadió. Si él besaba a otra, entonces la engañaba, le mentía. ¿Cómo sabía ella que no era así? ¿Qué no tenía una novia afuera? ¿Cómo sabía que la amaba realmente?

Sintió lágrimas formarse en sus ojos azules, si era así se sentía como una estúpida por creerle.

Luego se sentía culpable por dudar de él, sabía que tanto amor no se fingía.

-¿Señorita? ¿Se encuentra bien?- preguntó Tamara.

Ella vio a la muchacha de cabellos negros y tez morena. –Sí, estoy bien.- dijo, levantándose de la cama.

-Sí, eh, Teresa, ¿recuerda que le comenté que conocía a Sebastián?

De repente, toda su atención se centró en ella. –Sí, lo recuerdo. ¿Qué hay con ello?- le preguntó, sin ocultar su interés.

-Bueno, me he topado con él hoy en el mercado.- Teresa dejó salir un suspiro de alivio. –Lo que no le dije es que él es mi amigo de toda la vida.

Teresa la vio extrañada, recordó la fantasía que tuvo de él engañándola con otra. Negó con la cabeza, desterrando esos pensamientos al hacerlo.

-Me contó que la extrañaba. Y me pidió que le diera esto.- sacó un sobre de su delantal. Teresa lo tomó, al frente de este se podía ver su nombre escrito. La letra de Sebastián. Pensó.

-Resulta que la ama, lo puedo ver en sus ojos, luego, me lo dijo él mismo.- dijo con una sonrisa. –Dije que no me involucraría pero, no pude decirle que no. He visto como ha estado estos días, quería darle aunque sea un poco de esperanza, además, imposible decirle que no a este jovencito. Si algo tienen en común ambos, es que son unos cabezotas.- Teresa rió.

-Gracias Tamara, gracias por todo.- le dijo, sintiéndose realmente agradecida con su amiga.

-De nada, señorita. Ahora, iré a terminar de preparar la cena.

Tamara dejó la habitación, cuando Teresa se encontró sola, se dispuso a abrir la carta. Sentía una mezcla de emoción y miedo, de alivio y pena.

Emoción y pena, porque si decía que la amaba y lucharía por ella, sonreiría a pesar de saber que él tenía las de perder ahí.

Miedo y alivio porque si decía que tomaría su consejo y se alejaría de ella, lloraría porque lo perdería, pero al menos, él estaría bien.

Sacó la carta con lentitud y empezó a leerla.

Querida Teresa:

He pasado la noche en vela intentando descubrir cómo escribirle esta carta, sé que debe ser especial, que debe ser sincera pero simplemente no sé cómo describirle lo que siento. Quizás estas palabras no sean suficientes para demostrarle cuanto la amo, pero aquí voy.

Porque siento que muero sin usted, pero al mismo tiempo es usted quien me mantiene vivo.

Mi padre lo ha notado, sabe que estoy enamorado pero no está seguro de quien es. Se siente feliz por mí, porque nunca he sido más feliz en mi vida, no desde que mi mamá murió. Teresa, te amo. No hay otra forma de decirlo, te amo más que a nada en este mundo y sin ti no sabría quien soy, eres mi otra mitad puedo sentirlo con cada fibra de mi ser.

Sé que debería olvidarte, lo he intentando desde aquella noche hace casi dos meses, y he llegado a la conclusión de que es imposible. Te envió esta carta esperando que me perdones, primero, por haber siquiera pensado que podría dejarte ir, y segundo, porque no te dejaré ir. No me rendiré, Teresa.

Siempre tuyo, S.B.

No pudo evitar sentirse feliz, preocupada pero feliz. Los días pasaban, y con cada día, era otra carta que Tamara traía, un día, ella decidió responderle, una carta suya, una de él, una suya otra de él. Hasta que…

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-¡No puedo creer lo que haces Teresa!- chilló la rubia. -¡Engañar a tu prometido y arriesgar a nuestra familia así es muy irresponsable de tu parte!- dijo sacudiendo el papel en su mano. -¡Quiero que esto acabe ahora! Por suerte para ti, soy muy bondadosa y no se lo diré a tu padre… esta vez, pero si descubro otra carta, siquiera otra línea hacia este… pordiosero entonces le diré, y sabes cómo está tu padre estos días.

Teresa simplemente miró al suelo. Su padre había tomado cierto "cariño" hacia las bebidas alcohólicas, si no trabajaba, estaba en su casa borracho. Era mejor no darle motivos para estallar.

-Ya no le escribiré, Deborah.- prometió, y eso era absolutamente verdad.

Su madrastra abandonó la habitación, fingiéndose molesta y ofendida pero la verdad, estaba celosa. No entendía como Teresa podía tener a dos hombres a sus pies y ella sólo tenía a un borracho excesivamente trabajador e indiferente.

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-Mi amada.- susurró alguien que la abrazó por detrás. Teresa sintió asco cuando sus dedos bailaron en la curvatura de su cintura. –No hemos tenido mucho tiempo para estar juntos.- dijo dejando unos cuantos besos en su cuello. Ella trató de moverse pero él no la dejó.

-Tranquila, recuerda lo que pasó la última vez.- le advirtió. Teresa encajó la mandíbula. Odiaba tenerlo tan cerca, odiaba sentir la respiración pesada sobre ella. Sintió sus manos buscar el nudo de su corsé y desatarlo.

Teresa lo detuvo. –¿Qué haces?

-Lo que debí hacer hace mucho tiempo. Marcar mi territorio.

"Marcar mi territorio" ¿Cómo se atrevía a decirle aquello? Era un patán, un abusivo y un malnacido, de sólo pensar en sus manos sobre ella…

-¿Qué quieres decir?- preguntó, esperando que quizás hablar de ello lo avergonzara.

-Quiero decir que voy a hacerte mía.

Por primera vez, Teresa sintió miedo, su cabeza comenzó a dar vueltas, se estaba mareando. –No hasta la noche de bodas.- logró decir.

-Vamos, nadie lo sabrá.- le susurró mientras la encerraba en él y la cama. Un paso más y caerían en ella, lo sabía y por eso Teresa se mantuvo firme.

-No. Las reglas son claras, hasta la noche de bodas.- dijo, convencida.

-¡A cenar!- vociferó Tamara desde las escaleras.

-¿Quién se cree que es para llamarnos así?- murmuró Anthony entre dientes.

Atrajo hacia él y la besó. –Bien, tú ganas sólo porque es hora de cenar pero es una promesa.- la besó otra vez con más brusquedad o así le pareció a Teresa. -¿Alguna vez te han dicho que eres hermosa?

Sí. Pensó para sus adentros. Pero él si lo demuestra con su actuar.

-No veo la hora de que sea nuestra noche de bodas.- dijo con una sonrisa y la dejó en su habitación.

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Para su sorpresa, Anthony se quedó a la cena. Comenzaron a comer en silencio, lo único que se escuchaba en esa habitación era el sonido de los cubiertos chocando con los platos. Fue entonces cuando Anthony decidió romper el silencio.

-¿Has oído sobre un joven llamado Sebastián Born?- preguntó, Deborah y Teresa abrieron los ojos sorprendidas. Maximiliano no se percato en ellas.

-Sí, creo que es hijo de uno de mis cargadores. ¿Por qué preguntas por él?

Anthony vio de soslayo a su prometida. –Quería saber si era de confiar, se dice que sale con la hermana de un duque.

-Claro, ¿y sus padres están de acuerdo?

-No lo creo. Mi familia no lo acepta.

-¿Qué?- exclamaron Deborah y Teresa al unísono.

-Sí, mi hermana Catherine lo encontró un día en el puerto, se intereso mucho en él y lo ha invitado a nuestra boda.- le sonrió a Teresa, rayando el descaro. -Quizás, él hasta le pida casarse con ella. Cosa que creo imprudente ya que los ingresos de él son escasos y mi hermana está acostumbrada a los mejores lujos.

-¿Tu… tu hermana? No sabía que tuvieras una.- musitó Teresa.

-Claro, la conocerás en la boda, amor mío.

-Bueno, por lo que sé, es un joven muy bueno, pero no creo que deba casarse con su hermana. Convénzale que es una atracción de momento y dejará de estar encaprichada con él.

Teresa asintió y se comenzó a pensar detenidamente las cosas. Si la hermana de Anthony estaba interesada en Sebastián… -¿Y él aceptó ir a la boda?

Anthony sonrió misterioso. –Claro, es la oportunidad perfecta para conquistarla completamente. Debo intentar separarlos.

-Oh, ¿es decir que usted tampoco está de acuerdo?- preguntó la madrastra de Teresa.

-Digamos que Sebastián Jeremiah Born se ha ganado mi desprecio poco a poco entrometiéndose en mi vida personal.- comentó sin un ápice de enojo en su voz, fue más bien de burla. –Y no dejaré que lo haga nunca más.

Maximiliano lo vio extrañado, se encogió de hombros y siguió comiendo.

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Esa noche Teresa no podía dormir. ¿Sería cierto o sólo una treta de Anthony? ¿O acaso era una advertencia y no existía tal hermana? ¿Se habría referido a ella? Pero si había tal hermana, ¿ella y Sebastián estarían cortejando? ¿Es decir que él la engañaba? Para empezar, ¿tenían algo en realidad? En lo que a ambos constaban, eran amantes, ella tenía un prometido y estaba por casarse.

Entonces él tenía el derecho de hacer de su vida lo que le placiera, si quería cortejar a una joven de clase alta estaba en todas sus facultades para hacerlo.

Pero ellos tenían algo. Se lo habían prometido el uno al otro. Tenían algo y se llamaba amor. A menos que… él no lo sintiera.

Sólo había una forma de averiguarlo.

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Sebastián oyó pasos cerca de su casa, imaginó que sería su padre llegando del trabajo, cuál sería su sorpresa al oír que tocaban su puerta. Se dirigió hacia ella y la abrió, sus ojos no creyeron lo que veía.

-¿Teresa? ¿Qué hace…- pero fue interrumpido por la inesperada cachetada por parte de ella.

Washington D.C., 2011

-¡Deja de llamarme!- gritó Brennan en el auricular del teléfono. Lo colgó bruscamente y se dejó caer en la silla. No habían pasado ni dos segundos desde la última llamada cuando su celular comenzó a vibrar. Respiró profundo y vio el identificador de llamadas.

Bien, era Booth. Podía manejar eso. –Brennan.- respondió.

-Te necesito…- esas palabras le sonaron extrañamente reconfortante. –en la escena del crimen, iré a recogerte dentro de unos minutos, claro, si no interrumpo nada.- Y ahí estaba otra vez, el Booth insensible.

-No, no interrumpes nada. Aunque por tu tono de voz deduzco que sólo estabas siendo sarcástico.

Él sonrió por un momento, recordando lo mala que solía ser Brennan para diferenciar el sarcasmo. Estuvo a punto de hacer una broma sobre ello pero se calló. –Claro. Nos vemos allá.- y colgó.

Brennan dejó el aparato en su escritorio. Quizás tampoco podía manejar el asunto de Booth.

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Al regresar de la escena del crimen y revisar el cadáver con su interno Clark. Fue a su oficina, esperaba encontrar llamadas perdidas en su celular, pero lo que encontró la asustó más. Un sobre azul. Lo tomó entre su mano derecha, pudo ver perfectamente un escudo en la esquina superior derecha de éste. Lo abrió y sacó una carta.

Querida Temperance:

No sé cómo expresar lo que siento por usted

Desde que la conocí mi felicidad ha sido infinita

No puedo más que amarla con todo lo que tengo

es la luz de mi vida y mi total agonía.

Porque no tenerla a mi lado me vuelve loco, amor

y me hace amarla muchísimo más.

Temperance negó con la cabeza. No tenía dirección, remitente o destinatario. Ningún mensajero había entrado a dejarla.

Había sido él.

Fue él. Él había entrado a dejarle ese poema, había pasado la seguridad del Jeffersonian. Tomó la carta y se dirigió a la oficina de Cam. Al menos ese era el plan, al segundo que volteó se encontró con el hombre que la creía mentirosa parado en el marco de la puerta.

-¿Ahora te manda poemas?- preguntó, tratando de parecer casual. –Debes gustarle mucho.- comentó. –O el sexo debe ser muy bueno.- dijo entre dientes. Brennan lo vio enojada.

-¿La leíste?- le preguntó, pero siguió hablando sin darle oportunidad de responder. –¿Quién te crees para venir a revisar entre mis cosas, Booth? ¡No eres más que mi compañero!

Booth lanzó una risita, para esconder su amargura. –La leíste en voz alta, Temperance, yo sólo entré en un momento inoportuno.

Brennan lo vio, entre apenada y enfadada. –¿Y por qué te quedaste a escuchar?

Se formó un silencio incómodo. Aunque quisiera negarlo, sabían porque el agente se había quedado a escuchar. –Tenía algo urgente que hablar.- mintió.

-¿Y qué es?

-Cam y Clark descubrieron algo extraño en los huesos. Quieren que vayas a verlos.

Ella enarcó las cejas. -¿Algo más?- Booth negó con la cabeza. –Bien, gracias. Iré en un momento.- dejó el sobre en el escritorio. El agente asintió.

-Bonita rosa.- dijo antes de abandonar la oficina.

La antropóloga dirigió su vista hacia su escritorio, y la vio. Una rosa roja sobre el teclado de su ordenador. Estaba segura de que no estaba ahí antes. ¿Acaso Booth… Dejó la pregunta incompleta, no había sido él. Había sido Antonio.

Brennan, estás perdiendo la razón. Se repitió por enésima vez en la semana. Recogió su cabello, inhaló hondamente y exhaló. Se dirigió a la sala de autopsias.

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El caso se resolvió en menos de dos semanas, en las cuales, Temperance se volvió paranoica, trataba de no quedarse sola en lugares como el limbo y evitaba su oficina a toda costa, se aseguro de que cada guardia del Jeffersonian recordara la cara de Antonio. Aún así, las cartas y las rosas seguían apareciendo. Nada parecía poder detenerlo. Además, el hecho de casi no haber visto a Booth tampoco ayudaba.

-Cariño…- Brennan saltó de su asiento, estar en su oficina no le gustaba, y cada vez que alguien iba a buscarla se sobresaltaba. Literalmente, no podía ver una sombra sin sospechar de ella.

-Lo siento Ángela. Me asustaste.

-Últimamente has estado muy nerviosa, ¿qué sucede?

-Nada, Ánge.- mintió.

-¿Sabes? Si algo no has aprendido aún, es a mentir. Aún si supieras, a mí no me engañas.

Ella frunció los labios. –Estoy muy cansada. Nada más.

Ángela dudó, sabía que había algo que no le decía pero, presionarla jamás había sido la respuesta. –Ok, pero sabes que si necesitas hablar. Aquí estoy ¿verdad?

-Sí, Ángela. Estoy consiente de…- levantó la vista y se quedó a media oración. Vio a Antonio parado detrás del cristal de su oficina. De haber creído en Dios, le hubiera agradecido que Ángela estuviera ahí.

-¿Qué? ¿Qué pasa? – La artista volteó y pudo ver parado frente a ellas al supuesto antropólogo o asistente de antropólogo, lo que fuera, al diablo, podía ser el mismísimo presidente de los Estados Unidos y aún así no le gustaría que estuviera cerca de su amiga.

Lo vio con un deje de desprecio mientras entraba a la oficina.

-Hola Tempe. Ángela.

La artista hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa. –Creo que me iré a…- volteó para hablarle a su amiga pero lo que vio en sus ojos la heló por completo.

Paseó su mirada entre Brennan y Antonio, decidió que lo mejor era no dejar sola a su amiga. Podía ver miedo puro en los ojos de ella. Y Temperance Brennan no había temido a nadie antes. Nadie.

-¿Qué haces aquí?- le espetó Brennan.

-Te extrañaba, Bones.

La antropóloga lo vio con ira por el apodo fuera de lugar. –No me vuelvas a llamar así nunca más. Ahora te pido que te retires.

-Oh, vamos. ¿No me has extrañado también?- Él dio un paso hacia adelante, y Brennan retrocedió instintivamente. Para Ángela fue suficiente.

-Mira, Antonio. Ella te ha pedido que te retires, así que no, no te ha "extrañado"- dijo haciendo comillas en el aire. Antonio bajó la vista hacia su estómago.

-Apuesto que será un bebé muy lindo. Espero que no le pase nada.- comentó con una mirada que le heló los huesos pero mantuvo su posición. –Te veo después Temperance.

La artista inhaló. -¿Acaba de amenazar a mi bebé?

Busco la mirada de su amiga pero no la encontró, estaba mirando al suelo.

-¿Qué pasa? ¿Él es quien te ha tenido así toda la semana?- preguntó, preocupada.

-No, ya te dije que he estado cansada. Antonio sólo… es un problema más.- mintió. Su amiga definitivamente no se iba a creer eso, pero tenía que seguir fingiendo. Por el bien de todos.

-Bren, ya deja de fingir…

La antropóloga empezó a tomar sus cosas del escritorio. –Te lo he estado diciendo, Ángela. Estoy bien. Sólo no te acerques a Antonio…- Y con eso se fue. Dejando a su amiga con la palabra en la boca.

Ella sabía que Brennan estaba al borde de un precipicio, y que Antonio estaba detrás de ello. Sólo tenía que encontrar algo que lo probara para poder alejarlo de la vida de su amiga.

Esperaba no hacerlo demasiado tarde.

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Continuará…

¿Qué les pareció?

¿Les he dicho que me encantan sus reviews? Jeje

¡Feliz Día! :)