Disclaimer: Harry Potter y todo su universo me pertenecen... ¡que no! ¡que es broma!
Advertencia: palabrotas, palabrotas. No encuentro el momento de meter sexo sin que se vea forzado... xD
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2. Sonríele un poquito al paparazzi.
- Recúerdame por qué estoy aquí - suspiró Harry mirando distraído.
- Porque eres un buen amigo - afirmó Diego.
- Es verdad - murmuró - que buena persona soy.
El sarcasmo fue tan evidente que Diego sólo pudo sonreír.
- ¿Qué hora es? - preguntó Harry.
- Han pasado treinta segundos desde la última vez que me lo preguntaste.
- Pues entonces llegan tarde.
Hacía frío. Noviembre no estaba siendo especialmente crudo pero aquella noche la humedad hacía que el frío te penetrara en los huesos, obviando cualquier tipo de ropa de abrigo de la que fueses provisto. Llevaban allí casi media hora por culpa del atroz sentido de la puntualidad de Diego.
- Como tarden un minuto más...
- Calla un poco anda. Ahí están.
Efectivamente. De entre la niebla que abrazaba la calle surgieron dos figuras. Una de las cuales estaba coronada con una densa melena pelirroja que se mecía al viento.
24 horas antes.
- Me voy a casa chicos - Violet terminó de guardar todos sus pergaminos en el cajón de arriba del escritorio - No os olvidéis de recoger esto, no quiero tropezar mañana cuando entre.
Harry y Joe murmuraron algo sin mucho sentido y Violet lo interpretó como un "entendido jefa".
- Siento no tener más datos sobre el estado de la misión pero... ya sabéis como funciona esto.
La alusión a la "misteriosa" misión que podrían encomendarles pareció sacar a Harry de su sopor.
- No te preocupes Violet, seguro que la espera merece la pena.
Joe resopló con sorna. Violet le lanzó un rollo de pergamino a la cabeza y este lo esquivó con agilidad, sin levantar la vista de su "prisma de íncubo".
- En fin. ¡Buenas noches!
Harry y Joe no se dieron mucha prisa por recoger. No es que quedarse en el ministerio más horas de las que debían fuera una situación placentera, pero llegar a casa para cenar y acostarse no era una perspectiva mucho más halagadora.
Cuando se disponían a salir, unos nudillos golpearon en la puerta del despacho.
- Adelante - concedió Joe.
- Hola tíos - la melena alborotada de Diego apareció en el quicio de la puerta.
- ¿Qué hay Diego? - Joe lo saludó con un intento de efusividad.
- ¿Qué haces aquí? - Harry no pretendía sonar reprobatorio, sólo estaba sorprendido. Diego parecía intimidado.
- Emmm, Harry, podríamos hablar un momento.
- Claro - concedió.
- En privado, no te ofendas Joe.
- Nada, nada, tortolitos. Os dejo solos, que tengo hambre. Hasta mañana Potter.
- Buenas noches Carrick - se despidió Harry.
Cuando la puerta se cerró, Diego no sabía donde mirar exactamente.
- ¿Pasa algo?
- Ejem, esto...
- Sí - Harry miró a Diego con paciencia.
- Ha venido Ginny.
- Ya lo sabía - Harry empezaba a ponerse nervioso - Me lo dijiste ayer.
- No ha venido sola.
- ¿Con quién ha venido? - la voz le sonó más ansiosa de lo que pretendía.
- Con una amiga.
Harry enarcó una ceja.
- ¿Con una "amiga"?
- No te imagines cosas, que no van por ahí los tiros.
- Vale, vale - Harry no pudo evitar que la imagen de Ginny desnuda, abrazada a cualquiera de las chicas que habían estado en su casa en el último mes, le cruzara por la cabeza. "¿Pero en que coño estás pensando pedazo de enfermo...?"
Hubo un silencio inoportuno.
- ¿Esta conversación lleva a algún sitio Diego?
- Sí, pero déjame a mi ritmo. - Harry rodó los ojos. Maldita Hermione, le había pegado aquel tic - Verás, ha insistido "demasiado" en que la conociese.
Harry encajó de pronto todas las piezas del rompecabezas y sonrió.
- Comprendo.
- El caso es que al final nos ha organizado una cita.
- Y tú le has dicho que no ¿verdad?
- Sí, ya sabes que soy muy tímido para estas cosas...
- Eres muy tímido para todo Diego.
- Harry, si sigues haciendo comentarios mordaces y obvios sobre mi personalidad esta conversación va a ser eterna - dijo Diego muy serio.
- Sigue. Porque no creo que Ginny te concediera el premio de evitar esa cita.
- Efectivamente.
- ¿Y entonces?
- Le propuse una pequeña modificación a su plan.
- ¿Qué clase de modificación? - Harry empezaba a asustarse del repentino rol de negociador de Diego.
- Una cita doble.
El colmo.
- ¡Ah no! ¡Ah no! - Harry se apartó de Diego como si tuviese una enfermedad muy contagiosa - Espero que NO se te haya ocurrido lo que estoy pensando.
- Por favor Harry, no he conseguido a nadie... ¡y te prometo que lo he intentado!
- ¿Pero de verdad has pensado en lo que me estas proponiendo? - definitivamente Diego se había vuelto loco.
- No te estoy pidiendo que tengas una cena romántica con Ginny, sólo que me acompañes en calidad de apoyo moral.
"La madre que te trajo al mundo Diego..." Aquello no podía ser verdad. No podía ser verdad.
- Por favor Harry, sabes que no te lo estaría pidiendo si no fuese una emergencia.
- ¿Y por qué no le has dicho simplemente que no? - Harry lo miró ceñudo.
- Ya conoces a Ginny.
- Sí, ya la conozco. Y por eso sé que si tú le dices que no, lo hubiese respetado.
Diego se miró con interés los cordones de los zapatos.
- ¡Eres un "cabrón"! ¡Te gusta la amiga de Ginny! - exclamó Harry. "Cabrón" era uno de esos insultos en castellano (lenguaje rico en blasfemias, maldiciones y otros apelativos cariñosos) que había aprendido de Diego.
- Julia, se llama Julia.
- ¡Me importa un knut como se llame! - contestó Harry a mitad de camino entre el enfado y el divertimento infinito.
- Para una vez que me decido a ligar, ¿me vas a cortar las alas?
Otra vez esa cara. Diego era un hombre "curioso", por usar un adjetivo, a la hora de usar expresiones faciales. Mientras la mayoría de la gente tenía una cara para cada estado de ánimo (alegría, enfado, suspicacia, seriedad, dolor, tristeza, euforia...), Diego mezclaba pequeños matices para crear expresiones nuevas que se acercaban peligrosamente a esa amalgama de sentimientos que inundan la mente humana. Era como si supiera descifrar que porcentaje de cada uno de ellos sentía en cada momento y lo expresase. En estos momentos, su cara era una especie de supliño (como un superhéroe, mitad súplica, mitad cariño).
Aquel sentimiento de antipatía fue creciendo. Era como si todo lo que Diego hacía le molestara intensamente. Era un inexplicable, y aún así irresistible.
- Harry, ¿puedo preguntarte algo?
- Sí, claro - dijo el chico con una sonrisa plastificada.
- Es sobre Ginny...
Harry casi se atraganta con el zumo. Tragó con fuerza y preguntó con un hilo de voz.
- ¿Qué pasa con Ginny?
- Tú crees... bueno, quiero decir. ¿Crees que podría tener alguna posibilidad con ella?
Harry no pudo disimular su cara de asombro. ¿Acaso se trataba de una broma?
- ¿Y por qué debería de saber yo eso?
- No sé, es la hermana de Ron, que es tu mejor amigo, y además creo que sois bastante íntimos...
"No te lo imaginas tú bien" pensó con una sonrisa maliciosa.
- Pues no sabría decirte Diego. Lo mejor es que le preguntes tú. Aprovecha la cena de Halloween, que suele ser bastante entretenida.
- Bien, ¡gracias Harry!
- De nada hombre.
La perspectiva de ver a Diego humillado ante el hecho de que Ginny escapase ante sus ojos sin ninguna posibilidad le levantó el ánimo.
Harry le dio una pequeña patada a Ron por debajo de la mesa. Diego acababa de hacer su aparición en el Gran Comedor. Había intentado engominarse el pelo y lo había conseguido no sin cierta dificultad. Se dirigía con paso decidido a la esquina dónde Ginny charlaba animadamente con Luna. Cuando llegó saludó a ambas y después de algo que Harry no pudo oír, Luna se fue a por otro vaso de zumo a la mesa del fondo. Aunque apenas si podían verse sus caras desde allí Harry pudo imaginar toda la conversación que transcurrió entre Ginny y Diego. Tras mucho meditarlo él le había confesado su amor. Ella halagada pero algo avergonzada había señalado vagamente a Harry con la mano alegando que ya estaba saliendo con alguien. Diego le había dirigido una fugaz mirada antes de disculparse repetidas veces intentando quitarle importancia y echando parte de la culpa al alcohol. Después había salido apresuradamente sin siquiera mirar a la mesa dónde estaban sentados Harry y Ron. Pero en su cara se adivinaba una expresión de decepción aderezada con dolor, y una pizca de odio.
Cuando Luna regresó y Ginny le hubo contado todo, estas se acercaron a la mesa y Harry no pudo aguantar más.
- ¿Qué quería Diego? - preguntó inocentemente - Os he visto hablar.
- Sí, bueno, quería... nada, cosas nuestras - contestó Ginny evadiendo la mirada de Harry.
- Pues ha tenido que pasar algo muy gordo por la manera en que ha salido corriendo - estaba disfrutando de lo lindo.
- No, era una tontería.
- ¿Te ha confesado que le gustas o algo así?
El tamaño que adquirieron los ojos de Ron le indicó a Harry que había caído víctima de su propio ego. Ahora Ginny sí lo miraba pero no con cariño precisamente.
- ¡Lo sabías!
- En realidad me insinuó algo y...
- ¡¿Y no fuiste capaz de decirle que estabas conmigo verdad?!
- Bueno tampoco ha sido para tanto ¿no? - preguntó Harry que empezaba a enfadarse por la actitud de su novia - Yo sólo le omití cierta información.
- ¿Y puede saberse por qué? - Ginny levantaba cada vez más la voz.
- Pensé que te gustaría ver que tienes al fantástico Diego colado por tus huesos - y por primera vez en toda la noche Harry se dio cuenta de lo infantil que era su razonamiento.
Ginny se mordió el labio inferior y le lanzó una mirada de desprecio. Aquello era como un deja vú de algo que había visto alguna vez en el pensadero.
- Eres un gilipollas Harry.
Y Ginny salió corriendo camino del recibidor. Harry intentó seguirla pero Luna se interpuso en su camino con una expresión tan seria que no se atrevió a contradecirla.
Cuando Harry y Ron llegaron aquella noche a La Buhardilla, Diego ya estaba (o por lo menos fingía estar) durmiendo.
Se lo debía. Había pasado años y aquel recuerdo todavía seguía revolviéndole el estómago.
Al principio, era una simple manera de limpiar su culpa. Pero con el tiempo, el hecho era que, fuera lo que fuera que Diego dijese, propusiera e incluso impusiese, a Harry le parecía una buena idea.
Y aquel plan suicida no iba a ser una excepción.
- Te odio con toda mi alma.
- Lo sé.
- ¿A qué hora? - Harry lo soltó rápido, como si fuera un zumo de escarabajos.
- Mañana, a las ocho, en Le liqueur du soleil.
***
- ¡Hola Diego! - saludó Ginny con efusividad - ¿Quién es tu...?
Decir que la expresión de Ginny denotaba sorpresa, sería ser muy poco justo con la realidad. De hecho, Harry no tenía ni idea de que los párpados humanos pudiesen llegar a contraerse tanto. Tras apartar la vista de Harry con un deje de ¿asco?, Ginny fulminó a Diego con la mirada.
Pero este ni siquiera se percató. Estaba demasiado ensimismado mirando de reojo a la tal Julia. Era guapa, pensó Harry, para que mentir. Llevaba una ondulada melena rubia dorada, como la miel. Los ojos redondos color avellana y la boca pequeña con unos labios carnosos. Era un poco más pequeña que Ginny y estaba bien proporcionada... muy bien proporcionada. Llevaba un vestido corto de color negro y un gran escote con una flor morada en uno de los tirantes, unos tacones de charol morados también y una capa de terciopelo a juego.
Ginny tosió para que Diego decidiese prestarle la atención que merecía.
- Julia, a Diego ya lo conoces. Y este es Harry Potter... aunque supongo que también lo conoces. Harry, esta es Julia, juega como buscadora en mi equipo.
Julia sonrió con amabilidad y estrechó la mano de Harry, que agradeció el gesto con otra sonrisa.
- Bien, lo mejor será que entremos, me estoy helando.
Harry y Diego secundaron la idea. Le liqueur du soleil era uno de los restaurantes mágicos más elegantes de todo Londres. Allí acudían con asiduidad la gran mayoría de la clase alta mágica, periodistas, empresarios de éxito, políticos y un largo etcétera de snobs con mucho dinero y pocas cosas en que gastarlo. A Harry aquel sitio no le gustaba en absoluto, pero conocía a Ginny, y sabía que tampoco era muy aficionada a ese tipo de lugares. Así que si había decidido cenar allí era por alguna razón.
El restaurante era una inmenso caserón antiguo del que habían hecho desparecer las paredes. El resultado eran varias naves pintadas de un amarillo pastel e iluminadas por lámparas de araña. O mejor dicho, de lámparas-araña, pues de vez en cuando agitaban sus brazos o trepaban por el cable que las sujetaba del techo. Había montones de mesas con manteles de color blanco marfil, apretujadas unas contra otras y la clientela charlaba animadamente, probablemente de algún tema vacío y sin sentido.
Ginny se acercó al atril de maître, un cuarentón de pelo escaso y gafas de concha. Éste le dedicó una mirada de evaluación a todo el grupo intentando decidir si su apariencia les permitía ser clientes del restaurante, o al menos no suponía que no lo fueran.
- Hola, soy Ginny Weasley, teníamos una mesa reservada.
El maître agachó la cabeza y consultó su carpeta. Pareció encontrar el nombre de Ginny en la lista, porque cuando la levantó tenía una sonrisa pintada en el rostro.
- Bienvenida señorita Weasley. Verá, hemos tenido un problema con su reserva... - el maitre intentaba sin mucho éxito guiñar un ojo con disimulo - ...y no hemos conseguido una mesa para cuatro. Pero hemos preparado dos mesas para que...
- Ya, ya, emmm, el caso es que "eso" que le dije... bueno... ¿no podríamos tener una mesa de cuatro?
El maître la miró estupefacto. Seguramente se habría pasado toda la tarde preparando aquella pantomima por encargo, que él consideraba digna del un BAFTA, por supuesto.
- Pues... - el maître volvió a consultar la lista - No. Me temo que no. Lo siento mucho señorita Weasley.
- En fin - Ginny resopló - Está bien.
- Acompáñenme por favor.
Ginny era una mujer previsible. Encantadoramente atrevida, pero no obstante previsible. Y el plan de dejar a Diego a solas con Julia y disfrutar ella de una agradable velada con algún apuesto desconocido se había ido al traste. Por alguna extraña razón, tenía ganas de reírse. Diego no tenía tantas ganas de reírse. El curso de los acontecimientos le había causado una expresión de pánico mal disimulado.
Llegaron a la primera mesa, al lado de un cuadro que representaba a una trucha bailando una especie de ritmo caribeño. Diego y Julia se sentaron, ayudados por el maître.
- Bueno chicos, que disfrutéis, nos vemos luego.
Diego le lanzó a Harry una mirada de súplica antes de que este se fuera. "¡Tú te lo has buscado, chaval!" pensó.
Harry y Ginny recorrieron la distancia que restaba hasta la mesa sin dirigirse la palabra. El maître se despidió con una sonrisa empalagosa que ninguno de los dos le devolvió. Ginny cogió la carta y empezó a hojearla, mientras Harry se servía un poco del vino que el maître les había dejado en la mesa.
- ¿Qué vas a pedir?
Ginny levantó la vista de la carta y miró a Harry con cara de circunstancia.
- Vamos a dejar las cosas claras Potter - a Harry le seguía pareciendo raro que después de toda la confianza que habían tenido, aunque reconocía que las cosas habían cambiado, sólo se dirigiese a él como Potter - Si estamos aquí es porque me he empeñado en que Diego y Julia salgan juntos. Y porque en un momento de debilidad decidí concederle a Diego una ventaja que me ha salido rana.
Harry la miraba muy serio, casi sin respirar.
- Así que, vamos a cenar, porque anular la reserva me saldría por un ojo de la cara. Pero ya está, pedimos, comemos y nos vamos. ¿Entendido?
- Claro como el agua.
Harry decidió concentrarse en el menú. Todo tenía un nombre rarísimo: bogafantes con revuelto de algas azules, trufitas de horklump al limón congelado, costillas de nogtail con espuma de aceite de salamandra, crujiente de shrake aderezado con especias de monte, chuletón de basilisco al whiskey de fuego... Harry sólo había visto un basilisco en su vida, pero si eran todos así, la palabra "chuletón" debía de ser una broma. El resto de los platos tenían nombres igual de exóticos o incluso peor.
- ¿Qué demonios es el vatapanuccio?
- Creía que habías dicho que no íbamos a hablar.
Ginny le lanzó una mirada de desprecio y apretó los labios. Harry buscó hasta encontrarlo: vatapanuccio del pacífico con helado de frutas del bosque.
Aguardaron en silencio a que el camarero les tomara nota. Harry decidió pedir las trufitas de horklump al limón, que era lo único que, por su nombre (los horklump eran unos hongos que Harry había visto cocinar más de una vez a la señora weasley), era improbable que resultase mortal. Ginny pidió el vatapanuccio, sólo por curiosidad.
El camarero apareció unos minutos después con una torre de platos humeantes flotando sobre su cabeza. Con un movimiento de varita iba repartiendo la comida entre los comensales con una precisión milimétrica. Las lámparas-araña, por su parte, colaboraban apartándose de las altas pilas de platos, evitando así que se produjera un auténtico desastre.
Comieron en silencio. Las trufas no estaban malas. Un poco insípidas, pero el limón les daba el sabor que les faltaba. El vatapanuccio de Ginny no parecía merecer la misma opinión. Había resultado ser una masa informe de color verde lima, como un montón de espaguetis fluorescentes, y además Harry juraría que lo había visto retorcerse e intentar escapar del tenedor de Ginny.
- Hola, esto... Señor Potter... Harry Potter, podría usted... - Harry había visto llegar a aquella chica desde una de las mesa del fondo. No debía de tener más de dieciséis años: el acné y ese rubor inocente la delataban. Miraba a Harry con cautela y hablaba deprisa - firmarme aquí - la joven le mostró un papel arrugado.
- Por supuesto - sonrió Harry, y lo que hizo que la chica se sonrojara aún más. - ¿Cómo te llamas?
- Henrietta - contestó la niña con una voz apenas audible.
- Muy bien, aquí tienes Henrietta. ¡Disfruta de la cena!
- Muchas gracias, y perdón por... - pero se quedó muda al percatarse de la presencia de Ginny, que peleaba con su vatapanuccio que, definitivamente, intentaba huir del plato. - ¡Usted es Ginevra Weasley, la cazadora de las Harpies!
Ginny casi se cae del asiento debido al susto. Estaba tan absorta intentando pinchar un poco de carne en aquel plato salido de la cocina del mismísimo infierno que no había reparado en la muchacha. Su tenedor voló hasta la mesa de al lado, y a punto estuvo de dejar tuerto a un hombrecillo pequeño que tenía un bigote gris plateado peinado en espiral. El vatapanuccio por su parte, se asustó y salto a la cara de Ginny, que lo tiró al suelo con un grito.
La chica se había asustado y decidió alejarse de la mesa. Harry estaba intentando por todos los medios no reírse. Porque una carcajada en ese momento podía significar una muerte lenta y dolorosa a manos de la pequeña de los Weasley.
- Fantástico. Potter levanta, nos vamos - tras reponerse del susto, Ginny miraba como Henrietta volvía a su mesa y se había puesto muy seria.
- ¿Disculpa? Yo iba a pedir postre. Además tú no te has acabado el vatapa...
- ¿Sabes lo qué va a pasar ahora?
- No tengo ni la más remota idea. Pero no puede ser tan malo como para que me olvide de una mousse de chocolate.
- Tendremos a la prensa en la puerta menos de... trece minutos.
- ¿Cómo?
- Hay que ver, con lo famosísimamente famoso que eres, y todavía no dominas las leyes básicas del paparazzi - Harry empezaba a plantearse si Ginny no se habría vuelto loca - En cuanto esa chica llegue a su mesa, le contara a sus amigos, familiares o lo que sean, que estábamos cenando juntos. Y por alguna extraña reacción que ni siquiera la magia ha conseguido desentrañar, en siete minutos, los mejores huelebraguetas de la ciudad estarán enterados. En tres tendrán preparadas las cámaras y el equipo. Y en un minuto estarán en la puerta.
- Has dicho trece, y según mis cálculos... - Harry se tocó los dedos de la mano contando.
- No me gusta pillarme los dedos con los cálculos, prefiero pensar que son once.
- ¿Entonces?
- Hay que largarse.
- Vale, a ver, espera un momento - Ginny ya se había levantado y lo miraba desde arriba - Si salimos los dos juntos nos acribillarán a preguntas y mañana saldremos en todas las portadas. Vale. Así que ¿por qué no salimos por separado? Podría ir yo primero y...
- Entonces la noticia será que estamos juntos pero no queremos reconocerlo.
- ¡Pero es que no estamos juntos!
- Pero son periodistas Potter, ¡no les importa la verdad!
Harry había pensado toda la vida que la frase era justo al contrario. Pero Ginny tenía mucha más experiencia que él con la prensa. Al fin y al cabo, ella llevaba casi tres año lidiando con entrevistas, sesiones fotográficas y rumores sin fundamento debido a su ascendente trayectoria como cazadora de las Holyhead Harpies. Y él... bueno, los novatos no se encargaban de hablar con la prensa en el ministerio... después de todo, ¿qué iban a contar? ¿Lo aburrida que era su vida?
Resignado a no disfrutar de un merecido postre, Harry se levantó. Ginny se dirigió entonces hacia la mesa de Diego.
- Hola Ginny - saludó Julia.
- Hola, hola chicos, esto... - tamborileó con los dedos en la mesa - ... Harry y yo nos vamos a ir. Él trabaja mañana y a mí creo que me ha sentado mal lo que he pedido. No os preocupéis de la cena, está todo pagado. Vosotros solo disfrutad. Ciao muchachos. Nos vemos en el hotel, Julia.
Lo dijo tan rápido que a Diego no le había dado tiempo a tragar lo que tenía en la boca para despedirse cuando Ginny ya se estaba poniendo la capa para salir a la calle. Su expresión estaba más relajada aunque aún tenía ese deje de pánico que se le ponía en la cara con las mujeres que le gustaban.
El maître se despidió de Ginny, o al menos de aquel borrón pelirrojo que pasó por su lado a toda velocidad hacia la entrada. Harry la seguía como podía, abriéndose paso entre clientes hambrientos y mesas abarrotadas de vajillas de oro y comida de aspecto poco apetecible.
Por fin llegaron al recibidor. Harry estaba colocándose la bufanda en el cuello cuando la voz de Ginny retumbó en toda la habitación.
- ¡Mierda! Mierda, mierda, mierda... ¡Diez minutos! ¿Qué come esta gente?
Harry contempló anonadado cómo una multitud de periodistas se agolpaban a escasos metros de la escalinata de entrada al restaurante. Casi sesenta objetivos de todos los diámetros y longitudes apuntaban a la única puerta que permitía la entrada al local, y tras la que Ginny se parapetaba, como un soldado atrincherado observando al enemigo.
- Se rumorea que... fetos humanos.
- ¿Cuantas fotos crees que podrían hacernos? - preguntó Ginny haciendo caso omiso de la broma de Harry.
- Pues... - Harry entornó los ojos para enfocar bien a los periodistas - Si hay unas sesenta cámaras, teniendo en cuenta que nos separan seis metros hasta la zona donde podremos desaparecernos... a unas tres fotografías por segundo... - Harry apretó los ojos - Creo que salen más de mil.
- Oh Dios. Estamos perdidos.
A Harry le hacía gracia que Ginny le diese tantísima importancia a aquella situación. Vale, a él tampoco le divertía la idea de ver al día siguiente una portada con la imagen de ambos saliendo de cenar del restaurante más elegante de Londres, cosa que seguramente dispararía los rumores y Lollipop Karmatt y algunos de sus amigos convertirían su vida en un infierno... Ya no le hacía tanta gracia.
Ginny había empezado a reírse. No era una risa cantarina como aquella que recordaba Harry. Era una risa nerviosa. Casi demente.
- Ginny que...
- Creo que ya sé como vamos a salir de aquí.
- ¿Sí?
- Protégete.
- ¿Qué?
Ginny alzó la varita. Cuando Harry comprendió lo que iba a pasar solo alcanzó a gritar "Estas loc...". Acto seguido una explosión levantó la mitad del techo del recibidor. El trozo de edificio cayó con un pesado estruendo frente a las escalinatas, desperdigando a los periodistas. Los gritos no tardaron en escucharse y la gente huyó despavorida del restaurante.
Entre el polvo y las piernas de la muchedumbre, Harry distinguió la figura de Ginny que ya emprendía la huída hacia la zona donde podrían desaparecerse. Se acercó a paso rápido. La agarró fuerte de la muñeca y cuando sintió esa pequeña ondulación invisible que marca el fin de un campo mágico, pensó en Grimmauld Place y giró sobre sí mismo.
***
- ¿Pero qué coño haces?
Antes incluso de sentir el asfalto bajo sus pies, un picor caliente se extendió por su nuca. Tardó unos segundos en percatarse de que Ginny le había dado una colleja.
- ¿No me has oído? ¿Por qué me has traído aquí?
- No sé - se sentía muy confundido - Simplemente he pensado que como habíamos salido juntos, nos íbamos a desaparecer...
- Juntos - Ginny contemplaba la fachada del número 12 de Grimmauld Place - ¡Pues mal pensado Potter!
- Lo siento. ¿Pero cómo se te ocurre volar medio restaurante?
- El dueño tiene dinero, no le costará mucho. Les haré una donación...
Se hizo el silencio. Un silencio incómodo. Muy incómodo.
- En fin - el enfado de Ginny había disminuido - me voy al hotel. Buenas noches.
- Buenas noches Ginny. Me alegro de haberte visto - en la vida se había sentido tan sincero.
- Sí, yo también me alegro... Harry.
Y despareció en un remolino de de hojas secas y magia, haciendo que el aire temblara, como la superficie de un estanque.
Lo que ninguno de los dos había visto era el flash que, desde uno de los árboles del jardín de al lado, se había confundido con la pálida luz de la luna, enmarcando el momento en el que Harry Potter, auror del ministerio y héroe de guerra, y Ginny Weasley, famosa jugadora de Quidditch, se despedían en la penumbra de la casa del primero tras una cena romántica.
- Vaya titular - pensó Lollipop Karmatt, mientras guardaba la cámara y sonreía. Seguía siendo mucho más astuto que sus compañeros de profesión. Mucho más.
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¡Hey! Bienvenidos una vez más hipotéticos lectores. Os robo un poco de vuestro tiempo.
Estoy contento con el resultado del primer capítulo. Los reviews han escaseado en cantidad pero no en calidad (gracias a Yani, a ginalore y a Laura, que aunque no me comenta es la primera en leerlo). Teniendo en cuenta que soy novel y que el argumento puede estar algo trillado, no me ha sorprendido en absoluto. Pero no pierdo la esperanza, y esperaré a ver el resultado de este.
Cuando Harry dice "¡Eres un "cabrón"!" quiero que os lo imaginéis cómo sonaría en inglés, diciendo algo así como "¡you,"cabrón"!".
Sí, me gustan los flashbacks, y voy a poner uno en cada capítulo. ¿Por qué? Pues porque me da la gana y además creo que es interesante ir desenredando poquito a poco lo que sucedió...
Como comentario al título de este capítulo debo confesaros que soy un apasionado de la música de casi cualquier estilo. Y en este caso "Smile a little while for the paparazzi" es una canción de Cobra Starship que os recomiendo encarecidamente. Probablemente esta tónica se repita próximos capítulos.
Saludos a todos. ¡Cuidaos mucho!
