Disclaimer: yo no soy Jotacaroulin

Advertencia: por fin un poquito de sexo. Espero que a los sectores más ultraconservadores de mis lectores no les desagrade mi estilo con la novela erótica.

-------

4. El doctor Devous, supongo.

La quietud que reinaba en el puerto de Aberdeen se vio alterada por un curioso sonido. Una especie de "plop", una botella de champán al descorcharse.

En medio de la nada aparecieron tres personas, dos hombres y una mujer, y comenzaron a andar hacia el muelle. Ella llevaba un abrigo largo acolchado de color crema. El más alto de los hombres llevaba también un abrigo largo, pero era de ante color negro y además le quedaba un poco estrecho. Se cubría la cabeza con un gorro oscuro, lo que unido a la dificultad con la que andaba por culpa del apretado abrigo, lo hacía parecer un gigantesco alfil de ajedrez andante. El otro hombre llevaba una gabardina gris y llevaba gran parte del rostro tapado por una bufanda de color granate. Aún así, se le podía escuchar como maldecía.

- Me tenía que haber traído el bañador... – ironizó Harry limpiándose la lluvia de las gafas, por enésima vez en lo que iba de noche.

- No te quejes tanto Potter, tú por lo menos puedes respirar con normalidad – replicó Joe.

- ¿De dónde has sacado eso Joe? ¿Se lo has quitado a tu hermano pequeño? ¿O a alguna de tus muñecas? – preguntó Violet divertida.

- Te lo he robado a ti, canija – Joe soltó una risotada.

A Violet no le hizo no pizca de gracia. Simplemente giró la cabeza y murmuró "vamos, se nos hace tarde" mientras aceleraba el paso.

Joe miró a Harry con cara de "¿Y a esta qué coño le pasa?". Harry se limitó a encogerse de hombros.

A Violet normalmente no le hubiese molestado el comentario de Joe, de hecho le habría hecho alguna réplica mordaz e inteligente como "cabezón", y habrían empezado un auténtico duelo digno del mejor patio de guardería: mocosa, narigudo, fea, tonto... ellos se trataban así. A veces intentaban integrar a Harry en aquella magnífica terapia de grupo llamándolo "gafotas", y él les seguía un poco el juego. Pero Violet llevaba unos días muy rara.

El suelo estaba muy mojado y sus pies chapoteaban con cada paso. No había encontrado nada que lo cubriera más que aquella gabardina, pero aún así se estaba quedando helado debido a que la humedad le metía el frío en el cuerpo. Por las indicaciones que les había dado Harrington a Violet, el barco debía de estar cerca de dónde se habían aparecido. Pero como ninguno de ellos estaba familiarizado con Aberdeen, la aparición había sido un poco chapucera y ahora casi doscientos metros los separaban del buque.

No había mucha gente en el puerto. En parte porque era miércoles, en parte porque eran las once de la noche. Sólo algunos pescadores rezagados que terminaban de recoger sus aparejos y las tripulaciones de un par de barcos de transporte de mercancías que reemprendían su viaje hacia tierras más lejanas después de una parada de descanso en tierra firme.

Harrington los estaba esperando frente a la pasarela de acceso al barco, y muchos de los marineros lo esquivaban al subir, o bajar, con grandes bultos.

- Llegáis temprano, así me gusta – el Jefe de la División de Aurores gritaba para hacerse oír por encima de la lluvia y el fuerte oleaje.

- Buenas noches señor Harrington – saludó tímidamente Violet. Probablemente estaba intentando cambiar la expresión ofuscada que llevaba hasta hace unos segundos.

- Bien, pensaba daros un discursito para animaros pero... el capitán quiere salir antes de lo esperado. Dice que no le gusta cómo se presenta la noche en el puerto, y prefiere estar en alta mar cuanto antes – señaló a un hombre que estaba de pie en cubierta gritando como un poseso, al que Harry no veía muy bien por culpa de la lluvia.

- ¿Y el doctor Devous? – preguntó Joe.

- Está en su camarote, ha subido hace casi una hora. Lo veréis en un rato, quiere reunirse con todos para planear el viaje.

- ¿Debemos guardar las varitas? – preguntó Harry. Ninguno de aquellos hombres tenía apariencia de mago. Aunque le parecía extraño que el Ministerio dejara en manos de un montón de muggles el transporte de un "hombre con muchos amigos".

- No hace falta, saben lo que sois – Harry enarcó una ceja – Pero tampoco alardeéis mucho. Los squibs son muy irritables. Y más si llevan toda su vida en un barco.

La boca se le abrió tanto a Harry que una gota de lluvia cayó con fuerza en su garganta, provocándole un ataque de tos. Joe parecía tan sorprendido como él, pero había tenido la precaución de no abrir la boca. Violet no movió un músculo. Y Harrington los miró entretenido.

- ¿Os sorprende? – Harry iba a decir algo pero la tos se lo impidió – Cuando un mago hijo de muggles descubre sus poderes, no suele importales. Pueden compaginar los dos mundos, es fácil, tienen lo mejor de ambos. Los squibs son diferentes. Saben lo que es la magia y por eso cuando descubren que ellos nunca podrán usarla, el mundo muggle les asusta. No pertenecen a ninguno de los dos, y en este caso se quedan con lo peor de ambos: el desprecio de algunos magos, muchas veces incluso de su familia, y la hostilidad de una sociedad que no entienden y que creen que no merecen. Así que ¿que habríais hecho vosotros? La mayoría de los squibs se embarcan en este tipo de aventuras. El océano les garantiza lo que necesitan: tranquilidad, soledad y la única compañía de gente que, como ellos, está peleado con el mundo.

Harry nunca había pensado en la suerte que tenía Argus Filch en Hogwarts. Así que era por eso por lo que el hecho de disponer de cierto poder sobre los magos, aunque estos estuvieran todavía en edad jugar a los muñecos, lo ponía tan eufórico.

Una ronca sirena tronó en el puerto y Harrington se volvió hacia el barco asustado.

- Bueno, creo que es hora de que os marchéis. Confío en que dejéis el nombre de la División de Aurores en el lugar que se merece. Cuidaos muchachos.

Harrington se despidió con un gesto paternal y desapareció como tragado por una aspiradora gigantesca e invisible.

Subieron por la pasarela con sumo cuidado pues, a parte de que la madera crujía y desprendía un insano olor a podredumbre, resbalaba muchísimo. Arriba los esperaba un hombre.

No era el capitán. Se trataba de un hombre joven, de unos treintaitantos años, de pelo lacio y oscuro peinado con flequillo hacia un lado y con una barba corta pero muy descuidada, como si llevara una semana sin afeitarse. Llevaba unas gruesas gafas de pasta y hablaba con voz grave. Su inglés no era perfecto, tenía un deje latino, muy similar a Diego, aunque no era exactamente igual.

- Bienvenidos al Charybdis, aurores. Soy Luca Fontana, el primer oficial. Los acompañaré a sus camarotes.

A Harry le alegró la idea, pues aunque Fontana iba ataviado con un impermeable amarillo que lo protegía de la lluvia, al igual que el resto de sus compañeros, el plantón había causado estragos en su gabardina y ahora más que protegerlo, lo mojaba todavía más.

La primera regla de un auror es reconocer el entorno, de manera que Harry aprovechó el paseo por cubierta hasta su camarote para hacer un esquema mental de todo.

Desde luego no era un barco espectacular, aunque sí muy grande. Se trataba de un pesquero, probablemente un atunero, de unos cuarenta metros de eslora.

En cubierta, sobre los camarotes de la tripulación, se erguía el puesto de mando junto a una gigantesca. Por lo que Harry había visto, la tripulación estaba compuesta por una docena de hombres de edades variopintas: mientras que algunos doblaban en edad a Harrington, otros no debían de tener más de dieciséis años.

Dentro del casco, se encontraba la sala de máquinas, y dónde en un atunero normal se hubiesen dispuesto las cámaras frigoríficas de almacenamiento, el Charybdis había sido modificado para albergar ocho camarotes perfectamente amueblados (cama, escritorio, armario, una estantería y un pequeño aseo) y, sorprendentemente, bastante espaciosos, además de un amplio comedor.

Harry, Joe y Violet se alojarían cada uno en un camarote diferente. El doctor Devous se encontraba ya acomodado en otro.

Cuando Harry se disponía a abrir su maleta para colocar la ropa en el armario, la sirena volvió a sonar, anunciando que el barco zarpaba de Aberdeen. Segundos más tarde, un estruendo mecánico estremeció el gigante de hierro y, acompañado de un inquietante chirrido estructural, el Charybdis emprendió su viaje hacia... algún lugar que Harry todavía desconocía.

***

La cena en el comedor transcurrió sin muchas novedades. El capitán no los acompañó, pues se encontraba controlando la salida de puerto del Charybdis junto con parte de la triupulación. Aunque Violet había insistido en cenar después y supervisar ella también la maniobra, Fontana dejó muy claro que el capitán no quería allí a nadie ajeno a la embarcación.

Durante la cena Harry pudo corroborar algo que ya había sospechado: no había una sola mujer, sin contar a Violet, a bordo. La tripulación la formaban exclusivamente hombres. Hombres muy sobrios, en todos los sentidos, pues a parte de no abrir la boca durante toda la cena siquiera para entablar conversación entre ellos, el alcohol brillaba por su ausencia: ni una botella de vino, ni una cerveza de mantequilla... No obstante Harry agradeció aquella circunstancia, pues la perspectiva de Joe con unas copas de más y la nariz colorada haciendo chistes sobre la homosexualidad de los marineros no lo tranquilizaba mucho.

- ¿Carne o pescado señor Potter? – Luca Fontana señalaba con el tenedor dos bandejas cerca de Harry.

- Creo que prefiero pescado, gracias – el chico se ruborizó. ¿Habría dicho algo en voz alta?

- ¿El doctor Devous tampoco piensa bajar a cenar señor Fontana? – preguntó Violet visiblemente irritada.

- Me temo que no señorita Fiennes. Por lo que me ha comentado, quiere dejarlo todo preparado para la reunión que mantendrá esta noche con nosotros y con el capitán.

- ¿Y a qué hora será esa reunión?

- Cuando el capitán acabe con su labor en el puente de mando y el doctor tenga todo dispuesto, me encargaré de avisarles, no se preocupe.

- No lo hago – contestó Violet engullendo con violencia un langostino.

***

Debía ser cerca de media noche cuando Luca Fontana llamó suavemente con los nudillos en la puerta del camarote de Harry y le comunicó que acudiese al camarote del doctor.

Harry recorrió el pasillo respirando profundamente y agarrándose a las paredes para no caerse. Lo más parecido a una aventura marítima que había tenido era el paseo en barca por el lago de Hogwarts durante su primer año. De manera que el continuo vaivén de la embarcación le estaba pasando factura. "Cuando acabe la reunión" pensó Harry "subiré a cubierta, el aire frío me despejará".

Llegó a la puerta del camarote que Fontana había indicado como él del doctor Devous. Violet y Joe lo esperaban. La muchacha parecía sufrir las mismas penurias que Harry, pues estaba pálida como la cera.

No se molestaron en llamar, sabían que los esperaban. De manera que Joe simplemente abrió la puerta e invitó a Violet a pasar primero con galantería. Ella ni siquiera lo miró.

- Bienvenidos – el doctor Devous estaba sentado en un inmenso sofá que había en su camarote. Era más grande que el de Harry y estaba abarrotado de estanterías con libros y un montón de artilugios: catalejos, astrolabios, telescopios, campases, alambiques, brújulas, algunas reglas con forma de media luna y una especie de barra cónica de metal con agujeros de distintos tamaños.

En medio de la estancia, una gigantesca mesa redonda de roble se escondía bajo varios mapas: uno del planeta, otro ampliado de la zona norte del océano Atlántico y otro que parecía más antiguo que el mismo mundo, con unas extrañas espirales dibujadas y en el que Harry reconoció el color rojo fluorescente de la tinta mágica usada para hacer anotaciones.

El doctor Devous era un hombre ya entrado en años, alto, delgado, con las facciones de la cara afiladas. Tenía el pelo de un rubio platino algo deslucido por la edad recogido en un elegante moño y unas cejas alarmantemente espesas teniendo en cuenta la ausencia de vello facial de ningún tipo. Harry no podía evitar pensar que le recordaba a alguien.

A su derecha se encontraba Luca Fontana, y al lado de este, el capitán.

Lo más lógico hubiese sido "suponer" que era el capitán. Pero es que "era" el capitán. Un tópico hecho realidad.

Tenía una larga barba rubia que le rozaba el pecho, la piel curtida por el salitre, un grueso jersey de cuello vuelto y un gorro de lana calado hasta las orejas. Sostenía en la boca una pipa humeante que desprendía un suave olor a incienso. Tenía los ojos amarillentos. "De haberse pillado más de una borrachera" Harry comprendió entonces porque en aquel barco no había una gota de alcohol.

- Ah, sois los aurores – habló el capitán con su voz de cazalla – Jason Buchan, capitán del Charybdis - le tendió una mano a Harry y le sonrió con una boca de dentadura insalubre.

Se sentaron alrededor de la mesa. El profesor esperó educadamente a que se acomodaran y comenzó a hablar con una de esas voces acostumbradas a dar largos discursos y exponer complicadísimas tesis científicas.

- Bueno, cómo vengo de buena familia y me enseñaron a ser educado, me presentaré. Soy el doctor Julien Nicolas Devous, licenciado en Historia de la Magia, Ingeniería Esotérica y Mecánica Celeste de Energías Universales. A ustedes ya los conozco, pues tengo la precaución, dada la magnitud de mis investigaciones, de informarme acerca de las personas con las que viajo. Así que no hace falta que se presenten. El objetivo de éste viaje en concreto, voy a mantenerlo en secreto por el momento, si ninguno de ustedes tiene inconveniente.

Nadie se atrevió a replicar ante aquella retahíla. El profesor inspiró solemnemente y reemprendió su charla.

- No obstante, les diré que estamos buscando algo en medio de la inmensidad del océano. Algo que cambiará por completo el concepto del mundo mágico moderno. Algo que hará que se tambaleen los cimientos de algunas de las teorías más antiguas de nuestra sociedad.

Por desgracia no dispongo de fuentes fiables para asegurar el paradero del objeto de nuestra búsqueda, pero tengo fe en que conforme nos vayamos acercando, los datos serán más claros.

- ¿Dispondrá al menos de un rumbo? – fue el capitán quién habló. Al fin y al cabo era el único con suficiente autoridad en la habitación para interrumpir a Devous.

- Por supuesto capitán Buchan, no voy a emprender una búsqueda millonaria sin el menor indicio. No obstante, como ya he dicho, este rumbo irá modificándose y perfeccionándose conforme nos acerquemos a ese "algo". Mientras tanto, les pediría a todos que no intentasen saber más de lo que yo les diga, porque cualquier detalle omitido será únicamente por total desconocimiento.

El tono de la última frase no admitía réplica, así que los presentes se limitaron a asentir embobados.

- ¿Alguna pregunta? – el doctor sonreía con autosuficiencia - ¿No? Bien, pues si me perdonan, estoy algo cansado y quiero acabar de hacer algunas anotaciones antes de acostarme.

- No se preocupe doctor, ya nos retiramos – el capitán se levantó y los demás lo imitaron.

Cuando se levantó, apoyado en un bastón de ébano con la empuñadora plateada y en forma de sirena, Harry cayó por fin en la cuenta de a quién le recordaba el doctor Devous.

- Lo sé señor Potter, me parezco mucho a mi primo Lucius, nos lo llevan diciendo desde muy pequeños - la sorpresa debía ser evidente en el rostro de Harry.

- ¿Perdón? – rezongó Joe.

- Así que es usted primo de Lucius Malfoy.

- Primo segundo, para ser exactos. Su padre y mi madre eran primos. De niños pasamos muchas horas juntos. Aunque hace tiempo que no lo veo... ¿Es verdad que ahora vive en Francia?

- Eso creo – contestó Harry con timidez.

A Lucius Malfoy su estancia en Azkaban no le había sentado nada bien. Tenía los pulmones delicados y los médicos le recomendaron marcharse a un lugar más cálido. Y teniendo en cuenta que los Malfoy provenían de Francia, decidió volver a la tierra de sus antepasados a descansar. Por lo que Harry sabía, Narcissa había viajado con él, y Draco marchó a tierras galas tras acabar su último año en Hogwarts.

***

Fontana y el capitán subieron al puente de mando, mientras Violet y los chicos se repartían los turnos de guardia. Joe sería el primero, después Harry y por último Violet se encargaría de la ronda a la hora del amanecer.

El estómago de Harry parecía haberse calmado durante la charla con el doctor Devous, de manera que pospuso su paseo por cubierta hasta que la guardia lo hiciese estrictamente necesario. Además, el silbido que se colaba por uno de los ojos de buey del casco le había recordado la "agradable" temperatura exterior.

Así que volvió a su camarote y se tumbó en la cama. Le dolía ligeramente la cabeza, probablemente por la presión. Cerró los ojos y se los apretó con fuerza.

Había sido un día demasiado largo. Demasiadas emociones en tan poco tiempo.

No hacía ni veinticuatro horas que Ginny había hecho saltar por los aires medio recibidor de Le liqueur du soleil. Estúpida pelirroja... era una inconsciente. Una egocéntrica.

Pero por desgracia estaba irremediablemente enamorado de ella.

Llevaba dos años tratando olvidarla. Sin éxito, por supuesto. Intentaba no pensar en ella, lo intentaba con todas sus fuerzas. Pero Ron era su hermano, Hermione su mejor amiga y gran parte de su mundo estaba relacionado con ella de una manera u otra.

Quizás por eso Harry había encontrado la válvula de escape perfecta en sus relaciones esporádicas, puesto que el trabajo en el Ministerio no era lo suficientemente absorbente. Cuando la ansiedad lo acechaba, salía, bebía lo justo y necesario para tirarle los tejos a una chica y, si había suerte, pasaba la noche consolándose entre sus sábanas.

La cosa no marchaba mal. Se sentía más seguro de sí mismo y "la caza" se había reducido casi a puro placer.

Pero entonces ella había tenido que aparecer. Para hacer añicos todo el esfuerzo que había dedicado a superar el hecho de no poder abrazarla, besarla, reír con ella...

En el Charybdis no había alcohol. Y tampoco había ninguna mujer. Estaba atrapado.

- Diego me ha dicho que querías hablar conmigo – Ginny habló sin mirarlo.

- ¿Nada más? – preguntó Harry con voz ronca.

- También me ha dicho que te ha perdonado. ¿Cuánto le has pagado para que me mienta?

- No es mentira. Diego es un gran tipo.

- A diferencia de ti – golpe bajó. Harry seguía sin estar seguro de aquello.

- Siéntate por favor.

Ginny resopló con fuerza y se sentó frente a él. No había mucha gente en la biblioteca, apenas algunos alumnos acabando los deberes antes de irse a cenar.

- ¿Qué es lo que quieres Harry?

- Disculparme.

- Por ser un celoso, un egocéntrico, un gilipollas y un "cabronazo".

Dichosa palabrita. Se había convertido en un éxito.

- Sí – la miró a los ojos con todo el valor que encontró, que era más bien poco.

- Bien. Pues no pienso disculparte.

Ginny se levantó dispuesta a marcharse, Harry la agarró de la muñeca.

- Por favor Ginny. – su reacción no lo había cogido por sorpresa, después de todo, era Ginny.

- ¿Por favor qué Harry? No tienes ni la más remota idea del daño que me has hecho.

- ¿Cómo? – Harry no lo entendía.

- ¿Crees que soy una putita malcriada? – la señora Pince chistó desde su mesa. Seguramente sólo había oído a alguien levantar la voz, pero no la frase.

- Ginny, yo no...

- Tú no, ya lo sé. Pero ¿cómo crees que me sentí cuando insinuaste que me gustaba llevar a Diego arrastrando la lengua detrás de mí? – Harry iba a contestar pero Ginny lo interrumpió – Estuve un año Harry, un año esperando a que volvieras de "salvar al mundo" para estar contigo. Y cuando por fin podemos estar juntos, tú... – aunque Harry no veía su cara, la voz de Ginny se ahogó un momento, como si estuviese reprimiendo las lágrimas – tú te inventas algo que no existe para saciar tu ego de macho.

Harry se incorporó un poco. Intentó tocar el hombro de Ginny, pero no estaba muy seguro de si debía.

- Yo, te quiero Ginny.

- Lo sé. ¿Y te crees que yo a ti no? – Ginny volvió la cara. Tenía los ojos enrojecidos.

Harry meditó un segundo. Conocía a Ginny lo suficiente como para saber que le importaba. Si no, no estaría allí. No habría acudido. Habría pasado la tarde jugando a algo con Luna. O entrenando para el Quidditch. Pero no allí.

- Supongo – fue lo único que consiguió decir.

- Supones – sonrió Ginny amargamente.

- Lo sé – contestó Harry decidido.

- No, no lo sabes.

- Te demostraré que te equivocas.

Ginny lo miró por fin a los ojos. Y una chispa cálida brillaba en ellos.

Harry no pudo aguantar más. La besó. Fue un beso tenso, de esos que se dan con os labios muy juntos. Llevaban un mes jugando al ratón y al gato y aquella mirada marcaba el punto y final. Era el infierno o la salvación.

Por suerte para Harry, ella abrió un poco los labios, transformando aquella cómica mueca en un beso de verdad. Estuvieron un rato allí, de pie, sin prestar atención al mundo. Hasta que la voz de la señora Pince y una amenaza de castigo los devolvió a la realidad.

Ginny se separó bruscamente de él y se perdió detrás de una de una gigantesca estantería en la que, según el rótulo, se encontraban todos los volúmenes de la H a la T sobre Grandes Astrólogos del siglo XVII.

Harry la siguió intrigado. Ginny serpenteaba por entre las estanterías de la biblioteca. Era como si buscase algún sitio. Pero en aquel laberinto de papel viejo y polvoriento era difícil definir un camino a ningún sitio.

Por fin Ginny se detuvo. Estaban en alguna de las esquinas de la biblioteca. Un rincón encajonado entre estanterías. Un par de velas de color púrpura flotaban a pocos metros del suelo, y con su mortecina luz dibujaban la silueta de una mesita de sólo unos palmos de altura. Dos sillas de similar tamaño descansaban contra los libros.

Ginny se sentó en una de ellas y cruzó las piernas con aire de mujer fatal. La iluminación le confería un aire misterioso y sensual.

- ¿Qué es esto? – dijo Harry señalando la mesa y las sillas, más acordes a un jardín de infancia que a aquel rincón lúgubre y misterioso.

- Cuentos Infantiles Transilvanos – contestó Ginny, y acto seguido intentó imitar una risa malvada, que acabó mezclándose con su verdadera risa – Los vampiros tienen un gusto extraño para la literatura infantil. Hace años que nadie lee nada de aquí. Dan un poco de... grima.

- ¿Y tú cómo lo conoces? – preguntó Harry sorprendido. Acarició el lomo de algunos libros: "Caperucita Roja se comió un lobo y tuvo indigestión", "El triste murciélago"...

- Luna – suspiró – Ven.

La mirada de Ginny fue tan intensa que Harry no pudo reprimir que la sangre le fluyera más al sur del ombligo.

Se acercó a ella, con cuidado. Todavía no estaba seguro de que aquello significase nada. Ginny era imprevisible. Era parte de su encanto.

Pero Ginny no esperó a que Harry se acercara. Se levantó de un salto y le rodeó el cuello con los brazos, besándolo apasionadamente. Lo empujó hacia la mesa y se sentó sobre su regazo.

Harry notaba las manos de Ginny arañándole la espalda en un desesperado intento por quitarle la camiseta. En un acto de, por llamarlo de alguna manera, caballerosidad, Harry la ayudó y terminó por quitársela él mismo, para después hacer lo propio con la camisa de Ginny.

El resto de la ropa no les duró mucho más tiempo puesta en el cuerpo. Estaban allí, desnudos en el rincón más escondido de la biblioteca, dejándose llevar por las hormonas, sin preocuparles lo que pudiese pasar.

Ginny separó su boca de la de Harry por unos segundos para desplazar la lengua por su barbilla, hacia el pecho. Harry sabía lo que intentaba, pero no la dejó. Puede que lo hubiese perdonado, pero él seguía sintiéndose mal por haberse comportado como un imbécil, y aquello era una especie de redención sexual.

Pero la redención no le prohibía disfrutar del momento. Así que agarró a Ginny con fuerza por la cintura y se dio la vuelta sobre sí mismo tumbándola en la mesa. Le acarició los pechos, blancos como la nieve, con la lengua y dejó que sus pezones se tensaran en su boca. Después recorrió su vientre hasta que el vello pelirrojo de Ginny le hizo cosquillas en la barbilla. Las gafas de Harry chocaron contra el suelo cuando el chico realizó un brusco movimiento de cabeza entre las piernas de Ginny.

La chica intentaba, con poca eficacia, disimular los gemidos mordiéndose los labios. Hasta que uno de ellos fue más fuerte y necesitó taparse la boca con fuerza mientras arqueaba la espalda.

Harry se disponía a demostrar su talento digital de buscador de Quidditch cuando Ginny lo agarró suavemente del pelo invitándolo a levantar la cabeza. Acercó sus labios a los del chico y le susurró algo demasiado directo como para rechazarlo.

Harry buscó la varita en sus pantalones, apuntó con ella a "su otra varita", como decía siempre George, y murmuró "profilax".

Se abalanzó con escasa delicadeza sobre Ginny y la embistió con la furia de los amantes reencontrados. Ginny decidió que la manera más eficaz de que sus gritos no alertaran a todo el castillo, era enterrar la boca en el cuello de Harry. Pero pronto eso no fue suficiente, y al orgasmo lo acompaño un fuerte mordisco.

Harry notó como él también llegaba justo a tiempo para evitar que los dientes de Ginny le rompieran algún vaso sanguíneo. Se incorporó con dificultad.

- ¡Auch! – bromeó mientras se frotaba el cuello. Aunque le dolía de verdad.

- Es el lugar, que me inspira – Ginny sonreía pícaramente. Echó un vistazo a toda la ropa revuelta por el suelo. – ¿Crees que somos los primeros?

- No, no creo. Lo que no creo es que el que construyó la biblioteca concibiera este rincón para esto – Harry se quedó pensativo un momento – Aunque Dumbledore siempre decía que al mundo le faltaba amor.

- Dudo mucho que se refiriese a este "tipo" de amor – contestó Ginny divertida.

- No, yo tampoco. Pero, ¿quién sabe? – la imagen del antiguo director de Hogwarts posando como una modelo de bañadores con un calzoncillo blanco estampado de corazoncitos le provocó a Harry una carcajada. Por alguna extraña razón era incapaz de imaginarse a Dumbledore con ninguna mujer. Lo más parecido que el conocía a una relación romántica había sido... Oh, claro. Por eso no podía imaginarlo con ninguna mujer.

Ginny le agarró la mano con suavidad.

- ¿Esto significa que estoy perdonado? – preguntó el chico, aún temiendo que la pregunta no fuera apropiada para la situación.

- Esto significa que me vas a ayudar a liberar tensiones por un tiempo. Entonces, puede que te perdone – Ginny le guiñó un ojo y lo besó con dulzura en la mejilla.

- ¡¡Potter!! – bramó Joe golpeando la puerta.

Harry sacó la cabeza de la pequeña vasija de piedra. ¿Dónde estaba?

Cuando se acostumbró a la luz y reconoció su camarote, lo comprendió todo. Había quedado tan sumamente concentrado en sus recuerdos que no había oído a Joe las, por el tono de su voz y la cantidad me maldiciones que profería, primeras quince veces qua había llamado a la puerta.

Se sacó la mano del pantalón y se levantó hacia el baño. Estaba mareado y las náuseas volvían a acumulársele en la garganta. Se mojó la cara y la nuca con agua fría y se miró al espejo. "Hecho añicos" pensó.

***

Harry paseaba por la cubierta con la varita iluminando el camino. Apenas cuatro marineros se movían también por ella. Fontana vigilaba el timón en el puente de mando. El capitán se había retirado a su camarote hacía casi una hora.

El muchacho todavía se sentía algo aturdido. Se había comprado aquel pequeño pensadero, poco más grande que un plato sopero, porque un compañero de la instrucción le había comentado que para un auror, era importante no tener siempre todos los recuerdos en la cabeza. Así que cuando recopilaba alguno que no quería compartir con algún brujo malintencionado, lo guardaba allí.

La razón por la que se lo había llevado a aquel viaje era un misterio hasta para él. Pero desde luego, no pensaba volver a utilizarlo. El pensadero podía absorberte de tal manera que olvidabas que estabas mirando un recuerdo, no viviéndolo otra vez.

Había tenido suerte de que Joe tuviese la voz potente y sólo se reclamaba su presencia para patrullar por el barco. En caso de un ataque o de un hundimiento el resultado podía haber sido fatídico.

"¡Qué te pasa joder!" se reprendió a sí mismo "es la primera oportunidad de demostrar lo que vales como auror, ¿y vas a dejarla escapar con tanta facilidad? ¿por una mujer? Mejor dicho, ¿por el recuerdo de una mujer?". No, a partir de ahora mantendría la cabeza fría y la mente despejada.

Harry se apoyó sobre la barandilla de cubierta. El mar, ahora más tranquilo, lamía con grandes olas el casco del barco. En aquella oscuridad absoluta, las estrellas brillaban con un fulgor acuoso. Empezaba a lloviznar otra vez.

Un resplandor rasgó el cielo en la lejanía. La tormenta los alcanzaría probablemente a media tarde del día siguiente. Eso, claro, si mantenían el rumbo.

-------

¡Hey! ¿Cómo va hipotéticos lectores?.

Esta vez he sido bueno y he decidido sacar un poquito más de tiempo (echarle la culpa de mi total abandono del capítulo anterior a El Nombre del Viento, de Patrick Rothfuss, que me tenía secuestrado) para escribir.

El resultado es este, no sé si bueno o malo. Eso lo decidiréis vosotros. Lo que si os diré es que he tenido que documentarme un poco para todo el tema marítimo (cualquiera diría que soy de costa... pero coño, ¡atuneros en el Mar Menor no hay!). Para que os situéis más, buscad en Wikipedia "Playa de Bakio" (que pasó por una situación parecida al Alakrana) que tiene un dibujo muy majo y que es el tipo de barco en el que me he basado para el Charybdis.

Como podeis ver, la historia ha dado un pequeño giro de ambientación y a partir de ahora os vais a hartar de agua. Prometo un poco más de acción y también algún capítulo de relajación para saber lo que pasa con el resto de personajes (sobretodo con Ginny, que me gusta demasiado como para olvidarme de ella, me pasa como aquí al señor Potter).

Saludos a todos. ¡A cuidarse!