Disclaimer: ya me gustaría a mí ser el dueño de esa máquina de dinero llamada Harry Potter...

Advertencia: no creo que nada en este capítulo pueda escandalizaros... aunque las lectoras femeninas igual quieren sacarme los ojos. Ya lo entenderéis.

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5. Círculos.

La vida en el Charybdis no era precisamente apasionante. De hecho, y para ser más justos con la realidad, la vida en el Charybdis era aburridísima.

Harry se levantaba temprano, desayunaba, paseaba por cubierta, comía, paseaba por cubierta, iba a al baño, paseaba por cubierta, cenaba, paseaba por cubierta y esperaba descansando en su habitación a que llegara el momento de la guardia... para patrullar por cubierta.

El chico se encontraba en uno de aquellos numerosos momentos en los que el tedio le podía y decidía que la mejor manera de emplear el tiempo era contemplar el paisaje. El sol se alzaba perezoso en el horizonte y apenas se escuchaba nada, a parte el rumor de las olas. "Quizás, aunque sólo sea por esto, merezca la pena estar aquí" pensó el chico contemplando como los rayos luminosos desteñían el azul oscuro del cielo matinal, como un disolvente dorado.

Joe apareció refunfuñando a su espalda. Cuando se apoyó en la barandilla de proa, junto a él, exhaló un suspiro.

No necesitó mucha indagación por parte de Harry para acabar contándole lo que había pasado y por qué estaba tan enfadado. Al parecer todo había comenzado porque Violet, en su línea de los últimos días, no le había respondido a un "buenos días". Joe le había preguntado entonces que si le ocurría algo. Ella había contestado que no era de su incumbencia. A lo que él había contraatacado alegando, con toda la razón del mundo bajo el punto de vista de Harry, que sí le incumbía puesto que estaba provocando que ni siquiera lo mirara al hablar. Entonces ella había dado un portazo y él había subido a cubierta.

Harry se hubiera indignado, hubiera consolado a Joe, se hubiera extrañado de la actitud de Violet. Pero llevaban tres semanas con la misma tonadilla, aquello era el pan de cada día.

- Mujeres – zanjó Joe. Y desapareció hacia su camarote.

Tres semanas. Y el final de aquel viaje todavía no se veía por ningún lado.

Harry no entendía mucho de navegación. Pero había aprendido a orientarse durante su adiestramiento como auror. Y por eso sospechaba que, hasta el momento, se habían limitado a trazar círculos en torno a un punto indefinido.

Aunque el doctor había asegurado que cuánto más cerca estuviesen de lo que fuera que estaban buscando el rumbo sería más exacto. Pero lo cierto era que durante todo el tiempo que llevaba en el barco, Harry no había vuelto a hablar con el doctor Devous, que se levantaba con el alba y se acostaba a altas horas de la madrugada encerrado en su camarote, sin relacionarse con nadie más que con el capitán, al que hacía cortas visitas con cierta periodicidad para indicarle las nuevas coordenadas del rumbo.

Harry suponía que el doctor empleaba aquel tiempo en continuar con sus investigaciones y, por tanto, en el establecimiento de un rumbo definitivo. Pero tampoco podía estar seguro. Así que de momento debería lidiar con el tedio.

Pero el extremo aburrimiento no era lo que más le preocupaba. La tripulación empezaba a impacientarse y Harry no confiaba lo suficiente en ellos como para no temer un motín. Todavía quedaban víveres de sobra, pero un par de semanas más en aquella situación y estallaría la rebelión.

El chico notó entonces una presencia a su espalda.

- Joe, si vienes a despotricar contra Violet déjalo. No puedo aguantarlo dos veces en menos de una hora.

- No se preocupe señor Potter, no vengo a molestarlo.

Luca Fontana sonreía con autosuficiencia. Harry le devolvió la sonrisa algo temeroso. Aunque Fontana parecía un marinero fiel y un perfecto primer oficial, era le primero también en su lista de posibles cabecillas en caso de un levantamiento de la tripulación.

Aquella era una de las primeras lecciones que un auror debía aprender. Se llamaba "pensamiento bicolor". Condensando los más de treinta libros que Harry había tenido que estudiar sobre el tema, podríamos decir que el pensamiento bicolor consistía en mantener siempre abiertas dos líneas de pensamiento paralelas. Harry no podía elegir entre ver a Luca Fontana como un bueno hombre o como un mal hombre. Porque si confiaba en que fuera inofensivo, cabía la posibilidad de que no lo fuera y por tanto el peligro lo encontraría desprevenido. Y por el contrario, si comenzaba a tratarlo como a un sospechoso, corría el riesgo de obcecarse en tal circunstancia y no vigilar bien al resto de marineros.

Este tipo de razonamientos no era muy complicado después de varios años de instrucción. Pero realizarlo con toda la tripulación estaba suponiendo un esfuerzo considerable para Harry.

- Bonita vista ¿verdad? – comentó Fontana.

- Realmente bella. Aunque estaréis acostumbrados a este tipo de escenas – señaló Harry.

- No se engañe señor Potter. La mar es una amante caprichosa. Y sólo muestra su mejor cara cuando le viene en gana. Normalmente es impredecible y nos trata como despojos que se mueven a merced de sus bruscos cambios de humor.

- Que poético – Harry enarcó una ceja.

- Hay que ser un poco poeta para ser marinero señor Potter – suspiró Fontana – Ya sabe, melancólico, solitario...

- ¿Apasionado?

- Quizás – la mirada de Fontana se ensombreció un poco durante una ínfima fracción de segundo – Pero nunca en demasía. Eso siempre es perjudicial.

- Totalmente de acuerdo.

Un marinero con pinta de japonés llamó a Fontana desde el puente de mando. Este se despidió fugazmente de Harry y se marchó a grandes zancadas.

Harry continuó contemplando el mar. Ya había amanecido por completo y ahora el sol acariciaba la superficie del océano con delicadeza. Unas enormes plantas flotaban a la deriva y chocaban contra el casco con cansancio. Parecían un manojo de algas especialmente crecidas y de un color marrón verdoso. Y entre aquel cogollo se encontraba un gigantesco globo de color sanguinolento, como un globo ocular sin iris del que la luz de la mañana arrancaba destellos carmesíes.

"¿Que demonios serán estas cosas?" se preguntó Harry. En cuanto regresara a Londres le preguntaría a la única persona en el mundo que estaba seguro que lo conocía.

Harry llegó al recibidor con más prisa de la normal. Tenía un hambre atroz y su estómago amenazaba con devorarse a sí mismo si no recibía nada que lo sustituyese en los próximos minutos.

Se abría paso a duras penas entre la multitud de magos y brujas que, como él, se dirigían a los ascensores dorados para comer en alguno de los restaurantes cercanos al ministerio.

Harry avanzaba a trompicones, esquivando brazos, codos, sombreros, capas, axilas y algún que otro caldero. Buscando alguna salida a aquel tortuoso y cambiante camino, topó de bruces con la espalda de un hombre de hombros anchos.

- Perdón – murmuró Harry recolocándose las gafas.

- No pasa nada – contestó el hombre con una voz mucho más suave y amable de la Harry esperaba.

Levantó la cabeza para mirarlo mejor. Era un chico joven, más o menos de su edad, con el pelo largo castaño enmarcando su rostro ancho y risueño. Tremendamente alto. Y le resultaba tremendamente familiar también.

- ¿Neville? – preguntó Harry sorprendido.

- ¡Hombre Harry! – Neville lo abrazó efusivamente – No te había reconocido, con tanta gente...

- Yo tampoco, no esperaba encontrarme contigo. ¿Qué haces aquí por cierto? ¿Creía que estabas en el Amazonas?

- Estoy – Neville esbozó una sonrisa – He venido unos días para solucionar unos asuntos. Y de paso visito a mi abuela, ya sabes.

- ¿Cómo está tu abuela? – Harry llevaba bastante tiempo sin tener noticias de la señora Longbotton.

- Igual que siempre. Es indestructible – a Neville se le iluminó la cara –Con todo lo que ha pasado y aún aguanta. Yo creo que nos sobrevivirá a todos.

Harry soltó una carcajada.

- ¿Y los demás, como están? – preguntó Neville – Ron, Hermione, Ginny...

Neville boqueó y se ruborizó un poco al percatarse del error que acababa de cometer. Aunque ya no estaba en Hogwarts cuando Ginny y Harry habían roto definitivamente, el chico se lo había contado en alguna de las lechuzas que le había mandado a Sudamérica.

No obstante Harry obvió la metedura de pata de su amigo y respondió con toda la tranquilidad que consiguió reunir.

- Bien. Ron está trabajando con su hermano en Sortilegios Weasley. Creo que le va cogiendo el tranquillo a eso de vender y ya parece hasta un profesional. En cuánto a Hermione... con la nariz metida en los libros. Ya la conoces.

- Me alegra oír eso.

El estómago de Harry rugió con poco recato y Neville le propinó a Harry una fuerte palmada en la espalda.

- No te entretengo más, que creo que tu amigo tiene prisa – dijo señalando el ombligo de Harry.

- Gracias. ¿Has comido ya Neville?

- Sí, he aprovechado un momento libre antes. Para evitar la estampida – contestó haciendo un amplio ademán con la mano.

- Bien, entonces ¿te apetece si vamos luego al Caldero Chorreante a tomar unas cervezas? Hoy salgo antes.

- Me parece perfecto – sonrió el muchacho.

***

Cuando el reloj dio las cuatro, Harry se levantó de su escritorio. Se despidió de Joe, aquel chico de Ravenclaw tan peculiar, y de Violet, una chica pequeñita que se había convertido en su jefa.

Se encontró con Neville en el recibidor, como habían acordado. Salieron al brillante sol de mayo y se encaminaron hacia el Caldero Chorreante.

El Caldero Chorreante había cambiado bastante desde aquella primera vez que Harry había entrado con Hagrid.

Desde el final de la guerra, aquel antro deslucido y mugriento había conocido el significado de la palabra estropajo y había recobrado la luminosidad que probablemente había tenido el día de su fundación. Entre semana no solía haber mucha gente, pero el viernes y el sábado el Caldero Chorreante era un hervidero de magos y brujas, jóvenes y no tan jóvenes, con ganas de pasárselo bien.

En ese momento, solo había varios parroquianos sentados en la barra apurando sus cervezas. Hannah Abbott se movía por entre las mesas del local, sosteniendo la bandeja a rebosar de copas, botellas y jarras con sorprendente agilidad.

Harry y Neville se sentaron en una mesa debajo de las escaleras que subían a los dormitorios. Harry alzó la mano y Hannah acudió con rapidez.

- Hola Harry – saludó la camarera con dulzura - ¿Qué te pongo?

- Lo de siempre – respondió Harry devolviéndole la sonrisa. Hannah había cambiado muy poco desde su salida de Hogwarts (sobretodo en comparación con Neville que, en opinión de Harry, crecía a razón de centímetro por día). Seguía teniendo las mejillas sonrojadas, los ojos tiernos y el largo cabello rubio peinado en dos trenzas que caían por sus hombros.

- ¿Y para ti, Neville? – aunque Harry había esperado algún gesto de sorpresa por parte de la camarera ante la presencia de Neville, esta ni se inmutó y preguntó con la misma familiaridad como si se hubiesen visto hacía cinco minutos.

- ¿Qué es lo de siempre? – preguntó Neville mirándola a los ojos.

- Cerveza de mantequilla con un chorrito de licor de mora – contestó Hannah sosteniendo su mirada y quitándole a Harry, que los miraba estupefacto, las palabras de la boca.

- Si sabe la mitad de bien de lo que suena... – Harry no estaba muy seguro de a qué se refería su amigo. Por su expresión, él a quién quería beberse era a Hannah.

- ¿Te arriesgas? – y ella parecía seguirle el juego.

- Me arriesgo – respondió Neville con un deje seductor en los labios.

Hannah se marchó hacia la barra moviendo las caderas con gracia.

- ¿Qué ha sido eso? – preguntó Harry sin poder reprimir la risa.

- ¿Qué ha sido qué? – contestó Neville fingiendo no entender la pregunta.

- ¡Eso! Los comentarios ingeniosos, las miradas cómplices... ¡eso!

- ¡Ah, "eso"! – sonrió Neville socarrón – Se llama "plan de ataque" Harry. Hay que tenerlo cuando perteneces a ese vasto grupo de hombres a los que, por desgracia, las mujeres no nos dan la luz verde por iniciativa propia.

Harry no sabía si interpretar aquello como un halago o un puya muy bien disimulada. Hannah salvó la situación cuando se acercó con las bebidas.

- Aquí tenéis chicos – dijo colocando las dos botellas en la pequeña mesa de madera.

- Muchas gracias Hannah – respondió educadamente Neville – Prepárate algo y ven a hacernos compañía.

- No puedo Neville – rechazó ella con más rubor del habitual en las mejillas – Tengo que acabar el turno. Pero te prometo que en cuanto acabe, vendré.

- Perfecto, entonces esperaremos, ¿verdad Harry?

- ¿Acaso lo dudabas? – bromeó.

Hannah se abrió paso entonces hacia una de las mesas del fondo de la posada mientras Neville, y algún que otro varón del local, la seguían con la mirada. Harry tenía que reconocer que la voluptuosidad de la joven era intimidatoria.

Estuvieron largo rato charlando sobre cosas sin importancia. Harry se quejó amargamente de su decepcionante rutina como auror y Neville le contó algunas historias que le habían sucedido en sus investigaciones botánicas en el Amazonas. La conversación se quedó un momento suspendida en el aire, como una voluta de humo, cuando Neville acabó de hablarle a Harry de una especie de planta vampiro que se dedicaba a chupar la sangre de los nativos para vigorizar el color de sus pétalos.

- Entonces, tú y Hannah...

- De momento nada – contestó el muchacho dando un largo sorbo a su cerveza – Pero tengo un buen presentimiento.

Harry sonrió lacónico. Se alegraba muchísimo por Neville, pero aquello le recordaba que él tenía que volver a casa y lidiar con un montón de remordimiento y recuerdos dolorosos.

- ¿Te pasa algo Harry?

- No, nada – mintió – Es simplemente que... bueno, últimamente ando un poco perdido.

- ¿Perdido en cuánto a qué?

- Mujeres – suspiró Harry.

Para sorpresa del chico, Neville soltó una risotada.

- ¡Como todos, Harry! No conozco todavía un hombre que no se sienta perdido con las mujeres. Y si alguno te dice lo contrario, te está mintiendo descaradamente.

- No sé. Desde lo de Ginny no he tenido mucha relación con el sexo femenino. Por no decir ninguna.

Harry bebió también un largo trago de su cerveza.

- ¿Me permites un consejo? – Neville rompió el silencio.

- Por supuesto.

- No existe la mujer ideal para cada hombre. Eso sólo son tonterías sensibleras que alguien se inventó una vez para consolarse y poder regocijarse en su cobardía. Hay que aprender a olvidar a una mujer Harry.

Harry miraba atentamente a Neville, casi sin parpadear. Como si el simple hecho de perderlo de vista aunque fuese unas milésimas de segundo lo fuera a hacer desaparecer.

- Yo dejé escapar a dos chicas magníficas. Y todo por no saber afrontar la realidad: que estaba perdidamente enamorado de ellas. Sí sólo le hubiera dicho a Ginny que no la acompañaba al baile de Navidad para ponerte celoso, sino porque la quería con locura... O si le hubiera confesado a Luna lo que sentía por ella antes de que se la llevaran... No digo que las cosas hubiesen cambiado. Probablemente no. Pero al menos no tendría la sensación de haberme rendido antes de tiempo. Porque, ya ves. Después perdí mi oportunidad. Ginny no tardó en admitir que no podía vivir sin ti. Y Luna conoció a Dean...

- Pero Luna ya no está con Dean – apuntó Harry.

- Ni Ginny contigo – sonrió Neville. "Touché" pensó Harry – Pero tampoco quiero anclarme en el pasado Harry. Aquel quinceañero bobo no se merece una segunda oportunidad. Pero yo, soy un hombre nuevo, y como tal puedo comenzar otra vez la partida. Ese es mi consejo. Reinicia, olvídate de todo.

- No es tan fácil.

- Crees que no lo sé. Escucha Harry – Neville se inclinó un poco hacia adelante y bajó el tono – Esto suena muy machista, pero es la pura verdad. Somos cazadores por naturaleza. Y si se nos ha escapado una pieza, nuestro instinto nos dice que vayamos a por otra.

- ¿Está diciendo que Hannah es tu "cierva"? – susurró Harry aguantando la risa.

- Algo así. Es un objetivo. Es el objetivo que me ayuda a seguir buscando en el bosque, por muchas presas que haya perdido.

- ¿Entonces sugieres que me centre en otra chica?

- Eso es cosa tuya Harry. Tú eliges. Puedes salir a buscar al gran ciervo de los bosques para cazarlo y vivir de su carne y sus astas toda la vida. O puedes conformarte con cazar pequeños conejos que por lo menos, te ayudaran a no pasar hambre.

- No estoy seguro de si la analogía de los cuernos y los conejos me convence Neville – Harry no pudo aguantar más y se carcajeó con ganas.

- Aunque también puedes hacerte vegetariano y olvidarte de la caza... – Neville continuaba ensimismado en su metáfora.

De pronto se quedaron en silencio, rumiando el último comentario y mirándose muy serios. Y estallaron en risas.

Apareció entonces Hannah con otra botella de cerveza de mantequilla y, acercándose una silla, se sentó al lado de Neville.

- ¿Qué os hace tanta gracia a vosotros dos? – preguntó Hannah sorprendida.

- Hablábamos de gastronomía – respondió Neville con lágrimas en los ojos.

El comentario aumentó las risas de Harry, que se agarraba el estómago con fuerza, pues los abdominales estaban a punto de saltar de la tensión.

- En fin, me tengo que ir – dijo el moreno cuando por fin consiguió recuperar el aliento. Hacía mucho tiempo que había aprendido a discernir en que momentos su presencia era superflua, y ese era, probablemente, el mayor de todos – Gracias por el consejo Neville. ¿Sabes? Creo que voy a hacerte caso.

- ¿Vas a ir a por el rey de los bosques? - Neville alzó las cejas.

- No – contestó Harry sonriendo pícaramente – De momento, me conformaré con pequeñas piezas. ¡Pasadlo bien! – Harry se despidió de ambos dejando unas monedas tintineando en la mesa y se marchó.

Hannah le lanzó a Neville una mirada inquisitiva.

- ¿En serio, de qué hablabais?

- De mujeres – contestó Neville co toda naturalidad.

Hannah no tardó mucho en comprender la analogía.

- ¡Oh! ¿Y quién es el rey, o mejor dicho, la reina de los bosques?

- Tú, por supuesto – respondió el chico mirándola con intensidad. Y consiguió que las mejillas de Hannah Abbott brillaran como manzanas maduras en otoño.

***

Harry esbozó una sonrisa mirando al horizonte. Iba a necesitar otra conversación como aquella al volver a Londres.

Por tercera vez en aquella mañana alguien se acercó a Harry por la espalda. Esta vez no intentó averiguar de quien se trataba, tan sólo apretó fuerte la varita contra la túnica y se giró con lentitud.

- Señor Potter – el marinero japonés que había visto en el puente de mando lo miraba sorprendido, por el hecho de que Harry hubiese notado su presencia antes incluso de hablarle. Tenía un acento curioso, parecía no terminar de pronunciar las palabras y cerraba mucho la boca en las vocales – El doctor Devous quiere verles a todos en su camarote. Tiene noticias.

Harry abrió los ojos y salió a paso rápido hacia el camarote del doctor Devous. No estaba muy seguro le había dado las gracias al japonés.

Llegó casi al mismo tiempo que Fontana, al que invitó a pasar sujetando la puerta del camarote. Dentro estaban ya el capitán, Violet, y por supuesto el doctor Devous. El último en llegar fue Joe, que se había entretenido en su revisión de la sala de máquinas.

- Bueno, ya estamos todos – comenzó el doctor Devous con su tono habitual de maestro de ceremonias – He de comunicarles que ya hemos establecido el rumbo definitivo de nuestro viaje. Siento haberme demorado pero, en este caso, la ciencia no es tan exacta como parece – señaló vagamente los mapas garabateados encima de la mesa y algunos de los instrumentos de medida, que se habían estropeado.

- ¿Entonces ahora nos dirá qué estamos buscando? – preguntó Violet. La pregunta hubiese sonado insolente si el profesor no hubiese sonreído con calidez tras oírla.

- Sí, verán ¿alguno de ustedes se ha planteado alguna vez de dónde viene la magia?

El silencio inundó la estancia. ¿Era una pregunta trampa? Por las expresiones de los demás, Harry supuso que debían estar pensando algo similar.

- La magia, no sé, simplemente está ahí ¿no? No viene de ningún sitio. – Violet se atrevió a contestar, aunque con vacilación.

- Tiene usted razón señorita Fiennes. Pero sólo en parte. Desde hace milenios esa ha sido la postura oficial de la comunidad científico-mágica. Pero como les dije, el objetivo de nuestro viaje era desmontar esa percepción de la realidad.

"Mis investigaciones en los últimos años se han concentrado en la demostración de que la magia no es sino un flujo energético, como cualquier otro, que impregna a todos los seres, animados o inanimados, de la creación en mayor o menor medida dependiendo de su composición y su genética. Como pueden imaginar, analizar los factores que influirían en esta capacidad de absorción de la magia sería demasiado exhaustivo y probablemente no arrojaría luz a mi teoría. Así que decidí cambiar la orientación de mi estudio. Cualquier energía, de cualquier tipo, surge como consecuencia de un acto. La energía eléctrica muggle se genera mediante el movimiento de electrones. Los vientos surgen por las diferencias de presión en la atmósfera. De manera que la magia no podía simplemente "estar ahí" ni pertenecer a las cosas intrínsecamente.

"He de reconocer la tarea de encontrar aunque fuera una pequeña pista de cual podría ser el origen de la corriente mágica fue ardua. Pero precisamente el concepto de corriente fue el que me acercó a mi tesis actual. El mar.

"Desde tiempos inmemoriales han circulado historias, rumores, cuentos, leyendas y demás documentos, orales o escritos, sobre los misterios del mar. Nuestro planeta está conformado en más de un 75% de masa acuática y, por tanto, esconde muchas más incógnitas de las que jamás se podrán solucionar. ¿Y si el génesis de la magia estuviera aquí?

"Así llegamos a este punto de la historia. Encontré, escarbando entre la parafernalia fantástica y teatral de una de esas leyendas de marineros, la posible respuesta a mi pregunta. Un maelstrom.

- ¿Maelstrom? – Joe se sorprendió de haber hablado, pero llevaba demasiado tiempo callado, y no había podido controlar la ávida curiosidad de los Ravenclaw.

- Se trata de torbellinos de agua gigantescos. Se forman por las diferencias de temperatura entre las corrientes marinas. Hay a montones en el Mar del Norte – respondió el capitán, sin terminar de comprender por qué algo tan trivial como un maelstrom había llamado la atención del doctor.

- Pero este no es un maelstrom cualquiera mi querido señor. ¡Podría decirse que es el padre de todos los maelstrom! Y tiene, además, una peculiaridad. Nunca ha sido cartografiado. ¿Por qué? Porque la magia que emana de él impide que nadie se acerque lo suficiente como para señalarlo. Y los que se acercaron demasiado acabaron absorbidos por su imparable fuerza. Se crea un campo mágico tan fuerte que sobrecarga los objetos mágicos y convierte, como ya saben, en inservible cualquier aparato muggle. Una suerte de agujero negro.

- ¿Como el Triángulo de las Bermudas? – preguntó Harry entonces.

La mirada que le dirigieron todos los presentes bastó para hacer saber a Harry que había cometido un error. Y tenía todo el cariz de ser uno de los gordos.

- A veces se me olvida que el señor Potter, aún siendo quién es, creció en el seno de una familia muggle – Harry se revolvió un poco en su asiento al oír la palabra "familia" – y que por tanto, desconoce todavía muchos datos de nuestro mundo.

- El Triángulo de las Bermudas, Harry – respondió Violet con voz maternal – es el emplazamiento de la East Coast Witchcraft High School, una de las dos escuelas de magia que se encuentran en territorio norteamericano.

- Aún así, el señor Potter tiene algo de razón. Los aviones y barcos muggles dejan de funcionar en el Triángulo de las Bermudas por el campo mágico que genera la escuela. Pero en el caso que nos ocupa, estaríamos hablando de un campo mágico diez mil veces mayor que ese.

- Podría ser simplemente un maelstrom normal, doctor – el capitán no parecía muy convencido – Es muy complicado cartografiar un área mientras te arrastra un gigantesco torbellino.

- Podría ser. Pero hay algunos detalles más. Por ejemplo, todas las historias que hablan acerca de este maelstrom narran con todo lujo de detalles la aparición de seres estrambóticos.

- Pero cómo usted ha dicho, son sólo cuentos. Los marineros siempre han sido muy supersticiosos con este tipo de fenómenos.

- Pero la imaginación humana no es lo suficientemente locuaz como para describir una situación tan rocambolesca, y mucho menos en aquella época, pues algunos relatos datan de la edad media, cuando los muggles andaban sumidos en una especie de hibernación cultural – continuó el doctor con cierto tono de desdén – Esos relatos hablan de formas cambiantes, de demonios que caminan boca abajo, de como el tiempo y el espacio parecen mezclarse y difuminarse, contraerse y expandirse en una espiral caótica. Nadie en su sano juicio podría imaginar algo así.

- Así es, nadie en su sano juicio – bufó Fontana con sarcasmo.

El doctor Devous se quedó entonces callado y los miró con interés. Había terminado su disertación y, obviamente, no creía necesario añadir nada más. Como Fontana no parecía muy contento con la explicación y el capitán tenía la mirada perdida en algún punto de sus recuerdos. Harry decidió aliviar la tensión.

- Entonces... ¿ese maelstrom es el origen de la magia? – preguntó.

- No exactamente señor Potter – respondió el doctor con suavidad – El maelstrom es consecuencia de lo que genera la corriente mágica. Es como el humo de una hoguera. Sabemos que hay fuego, porque vemos el humo.

- Comprendo – asintió Harry – Y entonces, ¿qué produce el maelstrom?

- Magnífica pregunta – el doctor sonreía cansado – Me cuesta reconocerlo, pero no lo sé. Podría ser un gigantesco agujero, una esfera de energía, un duende bailarín... – rió su propio chiste – Ese es el verdadero objetivo de la investigación.

El capitán volvió a la realidad y asintió gravemente. Se levantó lentamente y los demás lo imitaron. Harry tenía una sensación extraña en el estómago. Por un lado se alegraba de que por fin aquel viaje tuviera un destino. Por otro, la actitud del capitán y de Fontana lo preocupaban. "Pensamiento bicolor" se esforzó Harry.

Después de cenar Harry subió a hacerle compañía a Violet en la guardia. Su carácter se había suavizado, al menos con Harry. Así que el chico aprovechó para averiguar de una vez por todas lo que le sucedía.

- Violet ¿te pasa algo con Joe?

- Harry no empieces – suplicó Violet.

- Lo siento mucho, pero me preocupa que, sea lo que sea que te sucede, acabe quemándonos. A todos.

Violet se mordió el labio inferior. Suspiró y habló mirando a la oscuridad.

- Hal quiere que nos casemos.

- ¿Y tú? – preguntó Harry, agradeciendo que la penumbra hubiese evitado que Violet viera sus ojos desorbitarse ante la noticia.

- Claro que sí, le quiero – parecía que intentaba convencerse más a sí misma que a Harry.

- ¿Entonces?

- No quiere sólo que nos casemos. Quiere que deje el trabajo.

- ¿Qué?

- Dice que con su sueldo tenemos suficiente, y que lo mejor será que yo me quede en casa para cuidar de los niños cuando los tengamos y... – aunque Harry no podía ver bien el rostro de Violet a la débil luz que emitía su lumos. Pero estaba seguro de que se había sonrojado.

- ¿Me lo estás diciendo en serio?

- Sí. Y no sé, quizás tenga razón...

- ¡Lo estás justificando! – Harry mandó a paseo las formas – Violet, ¿te estas escuchando?

- Sí, Harry, ya sé que se puede malinterpretar pero...

- Pero nada Violet – Harry la miró con seriedad – Eres una auror excelente y no estoy dispuesto a que lo mandes todo a la mierda por ese idiota de Hal – Harry se sentía un poco hipócrita diciendo aquello, sobretodo teniendo en cuenta su situación personal actual – Siento ser tan duro pero no creo que merezca la pena que...

- Calla Harry – lo cortó Violet.

- No me da la gana, sabes que tengo razón y no me pienso callar...

- ¡Calla Harry! – Violet le tapó la boca con fuerza – Cállate. No es eso. Escucha.

Harry intentó apreciar algún sonido a parte del bravío rumor del mar contra el casco. Nada.

- Violet, yo no oigo nad...

Violet lo chistó. Harry volvió a esperar en silencio. Y entonces lo escuchó.

Era un sonido rítmico y metálico. Como un montón de cadenas subiendo y bajando en los engranajes de un reloj. Un pequeño chirrido lo acompañaba.

- ¿Qué coño es eso? – preguntó Harry enarbolando la varita e intentando, en vano, que la luz le diese más pistas.

- No tengo ni idea pero... – Violet levantó la mano y señaló con el dedo hacia el cielo, sobre la grúa – ¡Harry mira allí!

Una gigantesca figura se acercaba, agitando unas gigantescas alas. Cuando los focos de cubierta iluminaron la silueta de aquel extraño objeto Harry no podía creerlo.

Era un barco. Pero no un barco normal. Un barco volador. Dos alas mecánicas del tamaño de camiones se movían arriba y abajo con lentitud y eran las responsables de aquel sonido tan peculiar.

Y aunque la iluminación no era perfecta, Harry pudo vislumbrar, ondeando sobre el mástil central, una bandera de color rojo sangriento, con una calavera de dragón blanca como la nieve estampada. Piratas.

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Bueno, pues ya estamos aquí otra vez.

Ya me perdonaréis el retraso, pero este capítulo ha sido duro de roer. Os explico: este capítulo es de transición, en el próximo empezará la acción propiamente dicha. Pero tampoco quería que el capítulo fuera insulso, la historia no se lo merece.

Así que bueno, estos últimos días estaba bastante desanimado pero anoche, mi musa decidió despertarse y creo que estoy satisfecho con el resultado (¿puede ser que sea el más largo hasta la fecha? Nunca dejo de sorprenderme).

En cuando al flashback, me apetecía ahondar un poco en Neville, que personalmente creo que ha sido un personaje un poco maltratado. Probablemente haga lo mismo con otros.

Y... nada más por el momento. Espero tener disponible el capítulo para después de las vacaciones navideñas.

Cuidaos mucho y ¡echadme un review, "porfis"!