Disclaimer: ya lo sabéis, esto no es mío... ¡oh, espera, pero esto sí! ¡por fin lo he encontrado!
Advertencia: este capítulo es un poco más crudo de lo habitual. Lo entenderéis cuando lleguéis al flashback. No sé si puede herir sensibilidades, pero por si acaso, llevad cuidado (lo digo por experiencia propia).
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7. Interludio: No se lo digas a nadie
Ginny entró en el salón arrastrando los pies. Le daba igual llevar las botas llenas de barro y el hecho de estar echando a perder una alfombra preciosa.
Se desplomó sobre el sofá. Tenía hambre. Pero también tenía sueño. Y de momento iba ganando el sueño.
No obstante, acostarse sin cenar hubiera supuesto que tan sólo veinte minutos después de haber conciliado el sueño, el sonido de sus tripas devorándose a sí mismas la hubiera despertado.
Así que reuniendo toda la fuerza de voluntad que le quedaba en el maltrecho cuerpo, se levantó del sofá y se acercó a la cocina. A punto estuvo de dormirse mientras el agua se calentaba en la tetera.
Regresó al salón con una taza de té y un sandwich de jamón dulce y queso que empezó a mordisquear. Le costaba mantener los párpados abiertos.
Encendió la radio. Pensó que así la modorra la abandonaría de una vez por todas. Pero se equivocaba. El dial estaba parado en una emisora que, a esas horas de la noche, emitía un programa sobre música celta. Y ese día en particular, sobre nanas.
- Definitivamente, el universo quiere que me duerma – habló en voz alta - ¿y quién soy yo para contradecir su voluntad?
Dejó el sandwich y la taza encima de la mesa y cerró los ojos. Mejor dicho, dejó de hacer fuerza para que los párpados se mantuviesen abiertos y estos cayeron por su propio peso.
Treinta segundos. Quizás menos. Eso fue lo que duró para Ginny Weasley el placer del sueño. Porque entonces, llamaron al timbre de la entrada.
- ¿Pero qué...? – Ginny estaba agarrada al sofá como si la casa fuese a derrumbarse.
Se levantó con prisa. El susto la había espabilado. Se acercó a la puerta y observo por la mirilla mágica. La sorprendió admirar los ojos soñadores y la sonrisa despreocupada de Luna, surcada por aquel brillo azul fluorescente que brindaba el escáner de maleficios de la mirilla.
Abrió la puerta conmocionada.
- ¿Luna? ¿Qué estás haciend...? – de pronto un recuerdo revoloteó sobre su nariz - ¿Oh, habíamos quedado hoy? Lo siento, no me acordaba...
- No pasa nada Ginny – Luna no parecía sorprendida de que su amiga lo hubiese olvidado. – Si te pillo en mal momento puedo volver otro día.
- ¿Qué? ¡Ni hablar! No vienes de vacaciones a Gran Bretaña para que yo esté mareándote toda la semana. Pasa.
Luna entró con su serenidad habitual. El único cambio que se advertía en ella desde que había acabado sus estudios en Hogwarts, es que ahora llevaba casi siempre su larga melena rubia recogida en un moño, en parte por su trabajo, en parte porque su padre había descubierto en el jardín una plaga de pieyeulos, una especie de gnomos con alma de piojo, que se dedicaban a balancearse del pelo, y que sólo ellos dos podían ver.
- Siéntate, por favor – Ginny recogió la bandeja con su cena - ¿Quieres algo de beber?
- Agua, por favor – contestó Luna dulcemente.
Con un movimiento de varita, Ginny atrajo hacia sí una gran jarra de cristal y le sirvió a luna un vaso. La chica se la bebió sin mucha delicadeza.
- Gracias, estaba sedienta. Además, es un placer poder beber agua sin ese regusto a chispas que deja el hechizo potabilizador.
Ginny sonrió ante el comentario. Se sentó frente a Luna y agarró su taza de té con las dos manos. Aquella interrupción en su corto sueño la había destemplado.
- Bueno, cuéntame, no has venido aquí para verme beber té ¿verdad? – bromeó Ginny.
- ¿Y qué quieres que te cuente? – preguntó Luna con sinceridad.
- ¿Cómo que qué quiero que me cuentes? – Ginny estaba acostumbrada a Luna, pero aún de vez en cuando la sorprendía – Estas trabajando en la reserva de criaturas mágicas más grande del mundo y ¿no sabes que contarme?
- ¿Quieres que te lo cuente "todo"? – la última palabra se deslizó tímidamente por los labios de Luna.
- ¿Qué es "todo"? – Luna no solía ruborizarse, así que aquel tono rosado que habían adquirido sus mejillas divirtió de sobremanera a la pelirroja.
- Pues, ya sabes, como me levanto, como me alimento, como trabajo, como me acuesto...
- No, no, con lo más interesante me conformo.
- ¿Y qué es para ti lo más interesante Ginny? – Por alguna extraña razón, Luna desvió la mirada hacia el fondo de su vaso.
La chica no pudo evitar reírse a mandíbula batiente. Había algo en aquella actitud de Luna que no era normal, si es que algo en la actitud de Luna podía considerarse normal. Y estaba dispuesta a descubrir que era eso que la ponía tan nerviosa.
- Lo que sea Luna... ¿cómo van los osodrilos?
- Muy bien – Luna pareció alegrarse de cambiar de tema – "Winifred", la hembra alfa ya ha mudado los cuernos, ahora está cuidando de sus huevos.
- Winifred... Curioso nombre para un bicho que pesa tonelada y media y se alimenta de bisontes...
- Fue idea de Rolf – contestó Luna alegremente.
- Ah sí, Scamander. Es un tío un poco soso ¿no? – Ginny había conocido a Rolf Scamander en una de las conferencias de Luna: "El baile arcoiris: Ritual de apareamiento del sambaleón."
- No creas, es un chico muy divertido... – sin querer, una chispa titiló en los ojos de Luna.
- ¿Te diviertes mucho con él? – ahora solo tenía que esperar que Luna mordiese el anzuelo.
- Sí, pasamos la mayor parte del día juntos y... – Luna podía ser despistada, pero no era tonta – Oh... No es lo que piensas.
- ¿Y qué pienso? – tirar del hilo con cuidado, con mucho cuidado...
- Que nos estamos acostando.
El pez estaba ahora mordiendo furiosamente la caña.
Así era Luna. Podía estar horas evadiendo un tema hasta, para desgracia de la diversión Ginny, despacharlo en décimas de segundo. Pero ella no se rendía tan fácilmente.
- Y... no os acostáis.
- No – Ginny notó un deje de amargura en la voz de Luna.
- Pero ¿te gustaría, no? – aquello no era un anzuelo, era una balsa con luces de neón.
- Necesitaré algo más fuerte que el agua para contarte eso.
- ¿Vino? – Ginny le dedicó una sonrisa antes de levantarse.
- Bien. Pero te aviso que probablemente no bastará con una copa... trae la botella – Luna parecía divertida con la situación.
- Tranquila, mañana no tengo entrenamiento...
Una hora más tarde, Luna Lovegood y Ginny Weasley, con la nariz congestionada y la risa floja, compartían historias del dominio público y otras no tan públicas.
- Lo que tienes que hacer – a Ginny le costaba enfocar la cara de Luna – es agarrarlo de la túnica, desnudarlo, y tirarte encima como una osodrilo en celo.
- Las osodrilo en celo muerden los cuernos de los machos hasta quebrárselos...
- Bueno, tú muérdele el cuerno todo lo que quieras, pero no se lo quiebres, que igual se enfada.
Ambas se revolcaron en la alfombra del salón de Ginny poseídas por una carcajada. Cuando recuperaron el aliento, Ginny suspiró con los ojos vidriosos.
- Gracias Luna, necesitaba esto.
- ¿Sí? – la borrachera no impedía que Luna pusiese su cara de seriedad total cuando escuchaba a alguien. Bueno, quizás un poco menos seria de lo normal.
- Ha sido una semana muy larga.
- Cuéntame – Luna se acercó a su amiga y le rodeó los hombros con su brazo.
- A ver, tampoco es que haya sido una mala semana – Ginny hablaba en voz baja – pero han pasado cosas que...
Luna guardaba silencio. No le gustaba meter prisa cuando alguien se sinceraba con ella.
- Mi representante dice que las Harpies están tardando demasiado en renovarme el contrato. – Ginny tenía un deje de desprecio en la voz – Parece ser que mi "popularidad" ha descendido últimamente... venga, por favor, yo no tengo la culpa de que nuestro entrenador no tenga ni puñetera idea de Quidditch.
- ¿Y eso es malo? – preguntó Luna.
- Sí, lo es. Si no me renuevan antes del descanso navideño, significará que no cuentan conmigo para la próxima temporada. Y entonces tendría que empezar a buscar equipo... pero no quiero. No soy tan buena como para vivir de esto. Y pasarme la vida dando tumbos de equipo en equipo no es lo que yo quería. Así que si me echan... lo dejaré.
Luna la miraba con aquellos ojos suyos tan azules y tan profundos.
- Lo siento, no debería estar hablando de mí. Estás aquí para...
- Estoy aquí porque soy tu amiga. Y si necesitas desahogarte, lo menos que puedo hacer es escucharte.
Ginny cerró los ojos y trago saliva, como intentando que las palabras que iba a pronunciar no salieran de su lengua. Pero salieron en un suspiro atropellado.
- El martes cené con Harry.
Luna seguía en silencio, pero abrió mucho los ojos. En parte sorprendida, en parte porque la ebriedad estaba cerrando sus párpados e intentaba evitarlo.
- Fue una casualidad. Me empeñé en que Diego... bueno, es igual. El caso es que acabé cenando con él.
- ¿Hablasteis?
- No. Bueno, algo sí. Intentó entablar una conversación, pero no lo dejé.
- Me refería a si hablasteis sobre "eso".
- No – Ginny había entendido perfectamente la pregunta a la primera - No era el momento.
- Ha pasado ya mucho tiempo Ginny.
- ¿Y qué? ¿Crees que ha cambiado? En absoluto. Ya te lo dije en su momento, no es algo que necesite saber. Además, sabes de sobra que no me gusta hacerme la víctima, y mucho menos con él – Ginny notaba como le temblaban las manos – No puedo presentarme y decir "Hola, ¿cómo estás? Por cierto, ¿sabes que hace cuatro años yo...?" yo... – Ginny se quedó callada sin saber como seguir la frase.
Luna agarró fuerte su mano.
- Vale, no pasa nada. Lo siento. No tenía que haber preguntado – ni siquiera la serena voz de Luna tranquilizó a Ginny.
- Lo peor es que, se mostró muy amable conmigo... pero yo... – los ojos de Ginny brillaban con algo parecido a las lágrimas. Pero Ginny Weasley no lloraba.
Ginny subió rápidamente las escaleras que separaban el recibidor del castillo de la torre de Gryffindor. Un par de chicas la habían saludado pero ella estaba demasiado enfadada como para fingir una respuesta cordial. "Pedazo de imbécil."
Al doblar una esquina, el rubio dorado del pelo de Luna Lovegood brilló con fuerza. Ginny aminoró la velocidad. Luna era diferente, a ella no podía volverle la cabeza.
Resopló con furia y se apoyó en la ventana junto a Luna.
- ¿Has hablado con él? – preguntó Luna. No miraba a ningún sitio.
- Sí, pero no le he comentado nada de eso – a Ginny todavía le temblaba la voz.
- ¿Por qué?
- Porque el cerebro del señor Harry Potter es demasiado simple como para comprender el concepto "relación estable". Así que no creo que el concepto "padre" le resulte mucho más sencillo.
- Pero es... – Luna se giró suavemente sobre sus talones y acarició con cuidado el vientre de Ginny - ...su padre. Creo que deberías decírselo.
Ginny agarró la mano de Luna y se la retiró con suavidad.
- No. No estoy dispuesta a soportar otro de sus muchos cambios de idea. Porque puede que de primeras se sintiese emocionado por el hecho de ser padre. Pero lo más seguro es que en cosa de unos cuantos meses, decidiese dejarnos a mí y a él... o ella. Sólo por "protegernos" de una amenaza inexistente.
- Bien. Tú sabrás – Luna no habló con condescendencia. Cualquier otra persona habría insistido en su punto de vista. Pero era Luna. Y era de la opinión de que la gente debía de ser libre de tomar sus propias decisiones. Era su deber como amiga de Ginny darle algún consejo. Pero una vez dado el consejo, ¿dónde estaba escrito que debiese repetírselo una y otra vez?
En otras circunstancias, las neutras palabras de Luna hubiesen turbado la determinación de Ginny hasta hacerla cambiar de idea. Pero en esta ocasión, el enfado era considerablemente superior.
- ¿Como ha ido lo del Quidditch? – preguntó Luna.
- ¿Qué? – el momento en que la delegada de las Holyhead Harpies había estrechado su mano para felicitarla por la estupenda prueba realizada parecía tan lejana... – Bien. Bien. Supongo...
- Así me gusta Ginny – aunque había una total ausencia de emoción en su voz, Ginny sabía que Luna se alegraba por ella.
- En fin – Ginny se pasó la mano por la cara con fuerza mientras reprimía un bostezo – Estoy hambrienta. Entre la escoba y las estupideces de Potter estoy hambrienta. ¿Bajamos a cenar?
- Me parece correcto – contestó Luna, y deshicieron el camino andado por Ginny sólo unos minutos antes para bajar a cenar al Gran Comedor.
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Un fuerte pinchazo en el abdomen despertó a Ginny. Era como si una aguja hubiese atravesado sus intestinos. El dolor duró tan sólo unos segundos.
La tenue luz de la luna se adivinaba tras el dosel de su cama. Ginny contempló la esfera de su reloj, básicamente porque el susto había dejado sus ojos completamente abiertos y era difícil no mirar nada. Eran las tres de la madrugada.
Tenía sed, muchísima sed. Se incorporó en la cama buscando la botella que dejaban todas las noches los elfos domésticos en la mesita de noche. No estaba.
- Estúpidos elfos, no hacen nada a derechas – por suerte para Ginny, Hermione dormía en La Buhardilla... un comentario como aquel la habría hecho ganarse una buena reprimenda. – Me toca ir al baño.
Buscó con el pie las zapatillas debajo de la cama. Pero cuando la planta del pie rozó el suelo notó algo extraño.
Era como si algo estuviera goteando. Notaba como un hilillo cálido que bajaba por su pierna. Murmuró "lumos" y se apuntó a los pantalones del pijama, con la respiración muy acelerada.
Una inmensa mancha granate se extendía desde su entrepierna hasta la mitad del muslo derecho. Ahogó un grito y se agarró fuerte el vientre.
Otro pinchazo tardó apenas unos segundos en taladrarla de lado a lado. Notó como las lágrimas se desbordaban por sus mejillas mientras se mordía el labio inferior y sus pulmones luchaban por beber algo de aire, presas del pánico.
Se levantó despacio, muy despacio y se encaminó hacia la puerta lo más silenciosamente que pudo.
A cada paso, los pinchazos remitían, pero la sensación húmeda de la sangre brotando de... joder... era persistente.
Bajó las escaleras con cautela, pidiéndole a alguien cuyo trabajo fuera conceder favores a adolescentes en problemas, que ae ayudase. No había nadie en la sala común de Gryffindor cuando se tambaleó hacia la entrada del cuadro de la Señora Gorda.
Estaba llegando al pasillo de la enfermería cuando otro fuerte pinchazo hizo que cayera al suelo doblándose por la cintura. El resto del tramo que restaba hasta la entrada de la enfermería tuvo que hacerlo reptando.
Cuando golpeó la puerta y la señora Pomfrey abrió con cautela, sintió un pequeño alivio en aquel charco rojizo de dolor.
- ¿Quién es a est...? – la señora Pomfrey desvió intuitivamente la mirada hacia el bulto que se revolvía a sus pies - ¡Por Merlín! ¿Qué te ha pasado niña?
Ginny intentó hablar, pero estaba demasiado cansada por el esfuerzo como para articular una palabra. Sólo dejó que los brazos de la señora Pomfrey la levantaran con más o menos sutileza. Sintió como la apoyaba con suavidad en la cama y comenzaba a desvestirla.
Trató de ignorar los alarmantes suspiros de la enfermera de Hogwarts mientras la examinaba.
La señora Pomfrey acabó su reconocimiento y la tapó con una sábana. Ginny notó como se acercaba al armario donde guardaba todas las pociones y buscaba algo. Tardó sólo unos segundo en volver a su lado.
- Necesito hacerle algunas pruebas señorita Weasley. Pero lo mejor será que descanse. Bébase esto de un trago y se sentirá mejor.
Ginny no opuso resistencia. Se fiaba de aquella mujer. Así que simplemente pegó los labios al frasco de cristal que le ofrecía la señora Pomfrey y bebió de aquel líquido que sabía a lo que probablemente sabrían los rayos en caso de que tuviesen algún sabor.
Y simplemente se durmió.
Los susurros de la señora Pomfrey la sacaron de su sueño artificial. Le costó enfocar la imagen, pero cuando lo hizo, se percató de que el cielo que se veía por la ventana estaba ya tiñéndose de dorado. Estaba amaneciendo.
- ¿Cómo te encuentras hija? – preguntó en voz tan baja que a Ginny le costó entenderla.
- Bien. Supongo... – le dolían un poco las piernas del esfuerzo realizado sólo unas horas antes - ¿Qué me ha pasado?
- Nada. Tú estas bien. El sangrado ha parado. ¿Te duele?
- No. Sólo noto como un zumbido. – Ginny fijó la mirada en la enfermera – Yo estoy bien. Pero y...
No hizo falta que terminase la frase. La señora Pomfrey desvió la mirada hacia la ventana.
- No he podido hacer nada hija – su voz sonó profundamente triste – Ya no había nada que hacer.
- No se preocupe señora Pomfrey – Ginny contempló como el sol se desperezaba tras las montañas. - ¿Puedo irme ya?
- ¿Qué? – la enfermera la miró sorprendida – Debería de quedarse aquí señorita Weasley, no creo que en su estado deba marcharse.
- Estoy bien, de verdad, gracias por ayudarme.
- No me lo agradezca, es mi trabajo, niña – una pequeña nota de orgullo adornó su respuesta - ¿Está segura de que no quiere quedarse?
- No, estoy segura.
Ginny se levantó con cuidado de la camilla. No había rastro de los pinchazos. Se vistió con ligereza y se aproximó a la puerta.
- Señora Pomfrey, ¿puedo pedirle un favor?
- Claro, lo que sea.
- Quiero que esto quede entre usted y yo.
- No creo que pueda hacer eso señorita Weasley. Es mi deber informar a su familia cuando...
- No, no es su deber. Ya soy mayor de edad y por tanto, puedo cuidar de mí misma. Además, comprenderá que no es una situación sencilla para explicársela a mi familia.
Era difícil que nadie contradijera la determinación de Ginny Weasley. Y la señora Pomfrey no iba a ser una excepción.
- Comprendo. No te preocupes, no diré nada.
Y con las primeras luces de la mañana, Ginny regresó a su habitación con sigilo. Nadie la escuchó entrar en el dormitorio. Nadie la escuchó dejar el pijama ensangrentado en el rincón de dónde los elfos domésticos recogían la ropa para lavar. Nadie la escuchó acurrucarse entre las sábanas de su cama.
Tampoco nadie la escuchó llorar. Porque Ginny no lloró. Lo deseó con todo su corazón. Pero no lloró. Ginny Weasley nunca lloraba.
El salón estaba completamente en silencio. Sólo se escuchaba la pausada respiración de Ginny, intentando controlar algo que cada vez parecía más inabarcable.
Luna acariciaba el pelo rojo intenso de su amiga, en un desesperado intento por hacer que se sintiese mejor.
Hizo falta casi una hora más para que la atmósfera de la habitación volviese a ser el de una visita cordial. Ginny abrazó fuerte a Luna.
- Tienes que llevar cuidado – susurró Ginny – Antes de devorarle los cuernos a nuestro amigo. El "profilax" no deja de ser un hechizo, y como tal... puede fallar.
Luna contempló a Ginny con una mezcla de preocupación y agradecimiento.
- Pero tranquila, esos diez minutos de gloria merecen cualquier riesgo... – Ginny la besó en la mejilla.
- ¿Diez minutos? – preguntó Luna incrédula. Sí, puede que no sea un adjetivo muy aplicable a Luna Lovegood pero, incrédula.
- Tienes razón, igual he sido demasiado optimista, déjalo en tres.
La risa las inundó como un torrente cálido. Lo agradecieron después de aquel amargo momento de recuerdos dolorosos.
Aún estuvieron otra hora hablando de cosas sin importancia. Pero cuando el reloj del salón tartamudeó que había llegado medianoche, Luna se levantó con gracilidad.
- Bueno Ginny, tengo que marcharme, mañana tengo que encargarme de unos asuntos.
- ¿Asuntos con Rolf? – preguntó Ginny con expresión inocente.
- No, asuntos legales – contestó Luna tajantemente - Uno de nuestros osodrilos decidió dormir en una de las mansiones lindantes a la reserva y su dueño se ha puesto hecho una furia... cosas de millonarios, ya sabes.
Ginny sonrió y acompañó a Luna hasta la puerta del apartamento.
Luna se despidió con un abrazo y la promesa de avisarla en cuanto dispusiera de unos días de asueto para poder conversar tranquilamente. A cambio, ella le mandaría por correo consejos para "cortejar a su macho dominante".
Cuando la puerta se cerró, Ginny sintió frío. Sin la compañía de Luna, no tenía más remedio que dejar que sus pensamientos la consumieran hasta quedarse dormida. "Que planazo" pensó la chica.
Recogió la jarra de agua, las copas de vino y las botellas vacías de la alfombra. Decidió dejar la limpieza para el día siguiente y se dirigió a su habitación. No obstante, apenas rozó el pomo de la puerta de su cuarto, el timbre de la puerta volvió a sonar.
Con una media sonrisa cruzó a zancadas la distancia que la separaba del recibidor y abrió la puerta.
- ¿Qué te has dejado Lun...? – pero no era Luna la que estaba de pie frente a ella.
Un hombre maduro, que bien podría haber sido detective privado por su larga gabardina, pero que desde luego no podía ser detective privado, pues aquel pelo entrecano con mechas rosas no pasaba inadvertido ni en la oscuridad, la contemplaba con una sonrisa aceitosa.
- Buenas noches – se presentó el hombre, y sus piercings brillaron en la penumbra - ¿Ginevra Weasley?
- Esto... sí, soy yo... ¿y usted quién es? – preguntó Ginny con recelo.
- Ludvig Von Karmatt, periodista, ¿puedo pasar? – el hombre seguía sonriendo.
- No – Ginny no estaba de humor para disimular que le gustaba deja entrar en su casa a completos desconocidos.
- Bien, tampoco lo necesito, podemos hablar aquí.
- ¿Sobre qué?
- Échele un vistazo a esto señorita Weasley – Karmatt sacó una fotografía de su bolsillo.
La misma fotografía que sólo unos días antes había mostrado a Harry. La reacción de Ginny no fue muy diferente a la del chico, sólo que ella llevaba ya a cuestas siete horas de entrenamiento intensivo y no pudo expresar correctamente lo que sentía.
- Bien, ¿y? – en realidad no pretendía sonar sarcástica, pero el cansancio empezaba a pasarle factura.
- Verá, a diferencia de lo que su amigo Potter piensa...
- No somos amigos – sentenció Ginny.
- Vaya, cualquiera lo diría... Pues, a diferencia de lo que su no-amigo Potter piensa, soy un buen periodista, y por eso quería hablar con usted antes de publicar las fotografías.
- ¿Pretende publicar esto?
- Portada.
- ¡Venga por favor! ¿Con sólo una foto? Mire, señor Krandall...
- Karmatt.
- Karmatt. No sé cuanto tiempo lleva en esto, pero con tan sólo una foto, no va a conseguir usted una portada – Ginny sabía muy bien como funcionaba el mundo de la prensa, y en particular el de la prensa rosa.
- Lo sé, por eso estoy aquí – los ojillos de Karmatt se encendieron peligrosamente – Una foto no me dará la portada, pero quizás pudiese acompañarlo de una entrevista...
Durante los quince segundos de silencio que siguieron a aquella frase, los vecinos del piso de arriba parecieron redoblar sus esfuerzos por probar la resistencia de su somier.
- ¿Quiere una entrevista? – Ginny preguntó sólo para romper el silencio, era bastante obvio que quería una entrevista.
- Así es señorita Weasley. Veinte preguntas. Tiene derecho a vetar tres.
- ¿Ha hablado de esto con Harr... con el señor Potter?
- Así es.
- ¿Y qué opina él?
- Creo que no soy de su agrado.
- Ni del mío – contestó Ginny con desgana - ¿Qué le hace pensar que yo sí aceptaré?
- Bueno, he oído rumores.
- ¿Rumores?
- Sí, ya sabe, rumores. Información sin contrastar. Pero que no esté contrastada, no significa que no sea cierta.
- ¿Y qué rumores son esos?
- Dicen que las Harpies pretenden apartarla del equipo...
Ginny se quedó estupefacta. Hasta ese momento, no se había percatado de que Karmatt no era un periodista... era un maldito perro de caza.
- Piénselo señorita Weasley. Una portada en el Corazón de Bruja con una exclusiva como ésta hará que su caché suba como la espuma. Y las Harpies no podrán echarla. Es más, quizás la conviertan en su buque insignia.
Ginny se mordió el labio inferior. El mismísimo diablo debía de haber enviado a Karmatt para tentarla... Bueno, probablemente Karmatt fuese el mismísimo diablo disfrazado de... sí mismo.
- ¿Cuando quiere que me pase por la redacción? – no pasaron ni tres milésimas de segundo para que Ginny se arrepintiese de haber dicho aquello.
- ¡Excelente señorita Weasley! – contestó Karmatt sin disimular su euforia – Firme aquí.
Ginny se aseguró de que en el arrugado contrato que Karmatt había extraído de su gabardina no había ningún punto que el periodista hubiese "olvidado" mencionar.
Para su sorpresa, todo parecía estar correcto. Así que firmó con una plumilla de leopardo fucsia que le ofreció el hombre. La tinta brilló, sellando el contrato mágicamente.
- Pues ya está. No se preocupe, le mandaré una lechuza concretando la cita. Póngase guapa... más, quiero decir – Ginny lo miró con condescendencia – le haremos algunas fotos.
- Fantástico – contestó la chica con desgana.
- Buenas noches, señorita Weasley.
- Buenas noches, señor Karmatt.
El periodista se disponía a girar por el pasillo cuando la voz de Ginny lo llamó desde la puerta de su apartamento. La chica se acercó.
- Sabe... sabe que lo que "se ve" en esa foto... no es cierto ¿verdad?
- Claro que sí, señorita Weasley. Pero eso a mí no me importa. A la gente no le importa. La gente quiere una historia, y nosotros, vamos a dársela.
A Ginny no le hizo ninguna gracia que Karmatt usase la primera persona del plural.
Y cuando la puerta del ascensor se cerró con el periodista dentro, Ginny sintió que la siguiente semana podía ser pero incluso que la que llegaba a su fin.
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¡Uf! ¡Cuanto tiempo zagales!
Bueno, perdón por la tardanza y tal, pero como comprenderéis, este no es un capítulo para tomárselo con prisa... Además de éxamenes, trabajos, etecé.
Quiero hacer un apunte: como creo que sabéis, soy un hombre, y por tanto no estoy muy seguro de si lo acontecido en el flashback es biológicamente correcto.
Creo que no tengo nada más que decir, el próximo capítulo volveremos al océano con nuestros bucaneros preferidos. Y prometo que intentaré tenerlo en menos tiempo que éste.
¡Cuidaos mucho hipotéticos lectores!
