Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, no, no, no… (léase como si lo cantase Amy Winehouse)
8. El cementerio de barcos (Parte I)
La dieta de agua salada, pan rancio y golpes en la nuca a la que los piratas estaban sometiendo a Harry empezaba a pasarle factura a su maltrecho cuerpo.
Llevaba ya dos días encerrado en aquella apestosa bodega podrida por la humedad. Joe había despertado en un par de ocasiones, pero aprovechaba los breves instantes en los que estaba consciente para comenzar a golpear la puerta con toda su corpulencia y a gritar como un poseso. Y aunque Joe era un hombre fuerte, la puerta lo era mucho más (fuerte, no hombre, evidentemente) y este acababa por caer exhausto, algunas veces inconsciente, en el suelo.
Grosskopf y Weikath continuaban visitándolos durante todo el día. Algunas veces para traerles comida y otras simplemente para asegurarse de que seguían fuera de combate. En caso de que aún no lo estuviesen, ellos se encargaban de solucionarlo.
Harry suspiró y se quedó contemplando una pequeña grieta que comunicaba la bodega con cubierta. Esa había sido su única referencia para situarse temporalmente. Ahora mismo, se entreveía una diminuta y delgada línea de color azul intenso. Probablemente fuera mediodía. Pero tampoco podía estar seguro porque la parpadeante bombilla que intentaba a duras penas iluminar la estancia distorsionaba el color. Así que "probablemente" también podía ser medianoche.
Pasó los siguientes treinta y siete minutos repasando todo lo que había sucedido desde que los piratas atacasen el Charybdis. Buscaba un detalle, un pequeño fleco suelto, en un intento desesperado porque se le ocurriese una solución a aquella situación. "Pobre ingenuo" pensó. La solución no era tan sencilla, no podía pretender que de golpe y porrazo apareciese en su cansada mente una inmensa flecha de neón señalando el plan maestro que los sacase de su cautiverio.
La puerta de la bodega se abrió y Weikath entró, parapetado detrás de su inmensa nariz. Harry pensó que el pirata se daba un cierto aire a Snape... Era como un primo alemán amante del heavy metal. Aunque Harry dudaba que aquel hombre escondiese un secreto tan truculento como el de su antiguo profesor de Pociones. Así que simplemente lo miró, o mejor dicho, intento mirarlo, con desprecio.
- Aquí tienes la comida Potterr – espetó Weikath mientras lanzaba un plato con una especie de carne verdosa a pocos centímetros de los pies de Harry.
El muchacho contempló el plato con los ojos entornados, en parte quitándole importancia a su primera comida "decente" en dos días, en parte porque la luz de (efectivamente, había acertado) mediodía hería la sensibilidad de sus retinas. El chico se guardaba mucho de comer delante de los piratas. Más tarde, cuando estos se iban y se quedaba de nuevo a solas con Joe, se lanzaba sin ningún tipo de pudor a devorar aquellos asquerosos pedazos de carne putrefacta y pan mohoso.
- ¿No piensas comerr? – preguntó el Pirata, más emocionado por poder tener una excusa para aporrearle la cabeza que preocupado por la salud de su prisionero.
- Claro que pienso comer, pero no puedo hacerlo cuando existe el riesgo de que haya animales salvajes cerca que puedan atacarme por conseguir un pedazo de...
¡Clonk! Esa sería una buena onomatopeya para describir el sonido que produjo la cabeza de Harry al ser golpeada por Weikath.
El muchacho cayó de bruces al suelo aterrizando sobre su nariz. El crujido que surcó su tabique nasal trepó por su frente hasta llegar al cerebro, obligándole a proferir un grito agónico.
- ¡Sierra la puta boca, payaso! – Weikath le pisó la cabeza mientras Harry gimoteaba en el suelo – Deja de haserr chistes o la prróxima comida te la tendremos que pincharr en vena. Porque pienso detrosarr esa sonrrisa de niño malo que tienes. - Se podía oler la bilis con la que Weikath recubría cada palabra. – Aunque... ¿por qué vamos a retrasarr lo inevitable? – empujó suavemente con el pie a Harry, que se tumbó boca arriba sollozando.
Harry Potter había pasado mucho miedo durante toda su vida. Pero ningún momento, ni siquiera en aquella lúgubre noche en el Bosque Prohibido, cuando la maldición asesina de Tom Riddle le alcanzó de lleno en el pecho, había sentido aquel miedo irracional.
Aquella seguridad casi total de que hiciera lo que hiciera, el final había llegado. "Mierda" pensó Harry, "hay que joderse que con todo lo que he pasado, me vaya a matar un melenudo tatuado de una patada en la boca...". Ya casi podía sentir el amargo sabor del cuero en su lengua, o el atroz dolor que iba a experimentar cuando su mandíbula se hundiese en el cráneo y partiese alguna de sus vértebras cervicales matándolo o, peor aún, dejándolo paralítico de por vida.
Pero la suerte, esa diosa ramera y veleidosa, estaba de parte de Harry Potter. Al menos en aquellos momentos donde su integridad física corría peligro. En el amor ya era otra historia.
- ¡¿Qué cojones estás haciendo Weikath? – la grave y serena voz de Grosskopf se tornó furibunda por segundos mientras empujaba a su compañero contra una de las paredes - ¡¿No oíste a Salgari pedazo de mierda? Muertos no nos sirven de nada, los necesitamos vivos...
- ¡Este niñato nesesita aprrenderr modales! – vociferó Weikath mirando a Grosskopf con odio.
- ¡Pues que se la enseñe su puta madre! – contestó el pirata en un tono similar.
En cualquier otra ocasión, Harry habría pisoteado gustosamente el hígado del cabrón que hubiese osado mentar a su difunta madre. Pero, a parte del hecho de que acababa de salvarle la vida, Grosskopf estaba rodeado de un aura macabra que, secretamente, lo hacía temblar de pánico.
- Levanta Potter – suavizó el tono hasta colocarlo en esa zona existente entre la orden imperativa y la total ausencia de emociones.
- ¿Para qué? – contestó el muchacho con un hilo de voz.
- Salgari quiere veros. A los dos – añadió señalando al bulto que debía ser Joe.
- ¿Con qué motivo? – preguntó Harry con cautela.
- ¡¿Y a ti qué cojones te imporrta? – Weikath acompañó el improperio con una patada directa a los testículos de Harry, que se retorció de dolor.
Pero Weikath no tuvo tiempo de disfrutar de su acción pues acto seguido el puño de Grosskopf se hundía en su pómulo izquierdo como quién introduce un dedo en la mantequilla.
Entre conmocionado por el golpe y estupefacto por la actitud de su compañero, Weikath miró a Grosskopf como si fuera la primera vez que lo veía.
- ¿Qué cojones te importa a ti, Weikath? Esa es la pregunta correcta. – Grosskopf lo atravesó con la mirada y el pirata cerró la boca visiblemente contrariado, aunque demasiado atemorizado como para contestar.
Harry contemplaba la escena cada vez más preocupado. Grosskopf no había vacilado en agredir a su compañero por pasarse de la raya, de esa tenue y difuminada línea que tienen los piratas y que divide lo que se debe y no se debe hacer. De manera que no quería ni imaginarse lo que les pasaría a ellos como intentasen escapar.
- Tenéis cinco minutos, os espero fuera – ni siquiera miró a Harry cuando habló. Sólo salió de la bodega y la puerta se cerró con un sonido de succión metálica a su paso.
Harry se arrastró con la entrepierna todavía dolorida hasta dónde su compañero continuaba durmiendo, ajeno a toda la escena que acababa de desarrollarse. Se arrodilló junto al cuerpo de Joe.
- Despierta Joe – estaba tan cansado que ni siquiera intentó que sus palabras expresasen algún tipo de sentimiento.
Por toda respuesta, su amigo sólo profirió un profundo suspiró y giró la cabeza lentamente. Desde luego la estancia había causado mayor mella en Joe que en Harry.
La barba le había crecido muy rápido y sorprendentemente heterogénea. Estaba pálido como la cera pues se había negado a probar bocado en todo el cautiverio y tenía los ojos muy hinchados, probablemente, aunque Harry sabía que nunca lo reconocería, de llorar.
- ¿Qué quieren? – preguntó con voz ronca. Apenas habían cruzado unas palabras en los dos días que llevaban encerrados allí.
- No creo que eso importe Joe, tenemos que ir – contestó Harry sin poder disimular la ansiedad en su voz. Seguía sin tener ni la más mínima idea de como salir de aquel embrollo. Al menos con vida.
Joe no tardó mucho en incorporarse, aunque no articuló sonido alguno. Sólo se apoyó contra la pesada puerta de metal y clavó la mirada en el suelo.
Harry golpeó suavemente con los nudillos. No porque quisiera ser cortés, sino porque no tenía fuerzas para llamar de otra manera. Como suponía, Grosskopf había estado esperando justo al otro lado, y abrió con tranquilidad.
Los cinco minutos que duró el trayecto desde la cubierta hasta la escalera de estribor donde les esperaba un bote para llevarlos al Charybdis fueron los más humillantes que Harry recordaba en muchos años.
Cegados por la cálida luz del mediodía, Joe y él caminaban a gatas, guiados por la áspera voz de Grosskopf, que murmuraba órdenes y mandaba callar al resto de la tripulación. Harry sentía el fuerte olor a lejía que desprendía el suelo de madera de la cubierta. Los marineros del Hécate les gritaban e insultaban (cada uno en su respectiva lengua materna, aunque Harry notó como la mayoría de ellos tenían talento para insultar en inglés), algunos incluso se atrevían a golpearlos y se escabullían sin mucho éxito de los golpes de Grosskopf.
Cuando la brisa marina se hizo más evidente, Harry abrió los ojos para contemplar el mar... pero no tuvo tiempo, pues una mano, no la de Grosskopf, al que Harry escuchaba sólo unos pasos por detrás gritando al resto de piratas algo en alemán, lo sujetó fuerte del cuello y lo empujó hacia el bote. Harry no pudo sino dejarse caer en la pequeña embarcación que aguardaba sólo nos metros por debajo.
Joe se arrodilló a su lado sólo unos segundos después, como un cachorro que ha hecho algo malo y sólo intenta conseguir una recompensa en forma de galleta oseoforme.
Aunque la meteorología era relativamente favorable, bajo aquel cielo despejado salpicado de luz solar, el oleaje se levantaba embravecido ajeno a la agradable temperatura, agitando la embarcación como si estuviese hecha de cáscara de nuez.
El viaje no duró más de quince minutos, Harry sintió como sí hubieran sido varias horas. El susurro del viento, el vaivén del bote, la luz calentando suavemente su nuca...
Cuando el bote chocó suavemente, por utilizar algún adjetivo, contra el casco del Charybdis,. Grosskopf tiró hacia arriba de la chaqueta de Harry lo obligó a subir por la poco tranquilizadora escalerilla de metal que se aferraba al casco con zarpas herrumbrosas.
La situación en la cubierta del Charybdis no fue muy diferente a la que habían dejado en el barco pirata. La diferencia es que aquí Harry pudo observar la escena en toda su crudeza.
En realidad no había muchos piratas. Tan sólo los justos para, rifle y machete en mano, mantener bajo vigilancia al escaso grupo de la tripulación del Charybdis que no estaba enferma, herida, o simplemente muerta. La mayor parte de los marineros miraban al suelo cabizbajos mientras realizaban las tareas que les encomendaban sus supervisores, la mayoría de ellas relacionadas con la limpieza, lo que incluía deshacerse de los cadáveres de sus compañeros tirándolos al inmisericorde océano.
Esta vez los piratas no descargaron su rabia contra Joe ni contra Harry. Parecía como si Salgari hubiese seleccionado personalmente a sus hombres de confianza para acompañarle en el abordaje del pesquero.
Entraron al pasillo que daba a los camarotes, todavía escoltados por Grosskopf y su compañero, el cual Harry había parecido entender que se llamaba Scheepers, y le brillaba la cabeza como si se la hubiese encerado. Recorriendo aquel pasillo, Harry no pudo evitar recordar a Fontana tirado en el suelo, con los ojos desencajados.
Harry creía que se dirigían al despacho del Doctor Devous, pero los piratas los llevaron a la puerta del comedor. Grosskopf llamó con los nudillos con fuerza, y al chico le pareció que el acero de la misma se curvaba bajo ellos.
Si alguien contestó al otro lado Harry no alcanzó a oírlo, pero Grosskopf abrió la puerta y los dos aurores entraron en el comedor.
La mayoría de las mesas habían sido retiradas a los lados y sólo quedaba la que sólo unos días antes habían ocupado Luca Fontana, Harry y sus compañeros. Sólo que ahora era Salgari el que bebía sin mucho convencimiento, una copa de vino.
- Bien, ya han llegado nuestros invitados. Traed a la chica y a Bunchan – indicó a sus hombres.
- ¿Y el doctor, capitán? – preguntó Grosskopf con su habitual tono de alma errante.
- No, dejad que el viejo Devous descansé un poco. No conviene que se canse demasiado antes de la excursión.
A Harry no se le pasó por alto la peligrosa sonrisa que esbozó Salgari al pronunciar la palabra "excursión". Grosskopf y Scheepers salieron del comedor camino de donde quiera que tuviesen retenidos a Violet y al capitán. Joe y él se quedaron de pie, muy quietos, observando como Salgari apuraba su copa de tinto.
- ¿No quieren sentarse caballeros? – preguntó el hombre.
Y como si de una orden se tratase los dos muchachos se acercaron a la mesa y se sentaron.
- Les ofrecería vino, pero... alguna ventaja tiene que tener ser el captor y no el capturado ¿no creen? – bromeó Salgari. Harry no hubiese sonreído ni aunque hubiese reunido las suficientes fuerzas como para curvar los labios.
La puerta del comedor no permaneció cerrada durante mucho tiempo, pues sólo unos minutos después de desaparecer, los piratas regresaron, esta vez trayendo a Violet y al capitán Bunchan.
- Os he dicho que me solteís – vociferaba Bunchan intentando en vano soltarse de los fuertes brazos germanos de Grosskopf – ¡Os juro que cuando salga de aquí os arrancaré los cojones y se los echaré de comer a los peces!
- Cállate Bunchan – murmuraba Grosskopf en su nuca.
Violet por el contrario parecía más calmada. Cuando Scheepers la soltó, ella corrió, o más bien aceleró el paso, hacia Harry y Joe, que la abrazaron.
- ¿Estás bien Violet? – preguntó Harry en voz baja para que sólo ella pudiese escucharlo.
- Sí – contestó la muchacha en el oído de Harry - ¿Y vosotros?
- Señorita Fiennes, por favor, las salutaciones para más tarde si es tan amable – Violet se separó de sus compañeros y se dispuso a sentarse en la mesa.
Puede que sólo durase unas milésimas de segundo, pero Harry pudo captar perfectamente la mirada entre Joe y Violet cuando se separaron. Era una mirada que decía muchas cosas, y que no necesitaba palabras en absoluto. Era una conversación hecha mirada. Y en el fondo de su ser sintió como la envidia lo inundaba.
- Bien, ya están todos aquí. – comenzó Salgari como quién da la bienvenida a sus comensales en una cena de gala - El motivo por el que he decidido reunirles después de tres días de cautiverio por una sencilla y simple razón: hemos llegado a nuestro destino.
Si Salgari esperaba algún tipo de reacción de asombro por parte de sus prisioneros, no la obtuvo. Lo más parecido a una sorpresa fue una tos incontrolada que sacudió el pecho de Violet.
La puerta del comedor se abrió entonces muy despacio, y la temblorosa figura del Doctor Devous vaciló mientras miraba uno a uno a todos los presentes. Harry pudo comprobar que uno de los hombres de Salgari lo escoltaba.
- Ah, Julien, pasa hombre, no seas tímido – lo invitó Salgari.
El doctor parecía querer echar a correr.
- Pasa, Julien – y Devous obedeció la orden como un perro muy bien educado.
Se sentó junto a Violet, que apenas lo miró cuando sintió su presencia.
- Les estaba contando a mis invitados Julien, que ya hemos llegado a nuestro destino. Mañana por la mañana llegaremos al Maelstrom. Como comprenderán, acercarse demasiado es peligroso. Por desgracia, lo que mis chicos y yo queremos se encuentra en el fondo de ese gigantesco remolino.
Harry levantó la vista un momento. Aquella conversación podía resultar interesante, después de todo. ¿Qué coño estaban buscando los piratas en el Maelstrom?
Salgari no se recreó mucho en la pausa y continuó.
- Así que, después de mucho meditarlo, hemos llegado a la conclusión de que la solución más plausible es la de usar el sistema de vuelo del Hécate para bajar.
- ¿Bajar? – preguntó el Doctor Devous con la voz teñida de pánico – ¡Eso es una locura!
- Claro que es una locura Julien – sonrió peligrosamente Salgari – Sería una locura bajar con el Charybdis por esa pared de agua helada. Lanzarse al vació en ese pedazo de chatarra es un suicidio. Pero, como ya he dicho, mi barco tiene ciertas ventajas. Y una de ellas es la de poder sobrevolar el torbellino y asegurarnos de que podemos bajar sin peligro.
Harry tenía la sensación de que la respuesta a todas sus plegarias estaba a punto de desprenderse de la lengua de Salgari ¿por qué querían bajar? ¿Qué había allí que tanto les podía interesar?
- Se estarán preguntando el porqué de esta confesión ¿verdad? – nadie contestó, aunque todos lo pensaban – Pues la respuesta es bien sencilla. Como capitán del Hécate, no puedo permitir que mi tripulación se adentre con él en una gigantesca trampa de agua salada ellos solos. De manera que yo bajaré también. Y ustedes conmigo. Bunchan, Potter y la señorita Fiennes. Y por supuesto Julien tú también vendrás.
Joe abrió mucho los ojos.
- Y... – tartamudeó - ¿y yo?
- Usted señor Carrick se quedará en el Charybdis con el resto de la tripulación.
Joe esperaba que Salgari continuase con la explicación. Pero el silencio cayó sobre ellos como una repentina lluvia de verano, empapándolos hasta los huesos.
- Ya pueden irse. Llevaos a Potter, Fiennes y Bunchan de vuelta al Hécate – a Harry se le escapó una mirada de sufrimiento al pensar que su salida de la bodega no había durado ni siquiera un día. Salari debió notarlo, porque añadió – Esta noche dormirán en los camarotes del Hécate, necesitan estar descansados para mañana. Carrick, usted se quedará aquí para evitar traslados innecesarios. Y usted Doctor puede descansar en su camarote, no queremos que estresarle antes del gran día. Les rogaría a todos que se comportasen como es debido y nos ahorremos las escenitas melodramáticas. ¿Capisci?
Como era de esperar, nadie contestó ni hizo comentario alguno. Scheepers se acercó sigilosamente a Joe por la espalda y le sujetó las manos. Grosskopf hizo lo mismo con Bunchan y tres piratas más aparecieron para llevarse a Harry, Violet y al doctor.
Cuando todos se hubieron marchado, Salgari se sirvió un dedo de vino. Sorbió con delicadeza y lo saboreó. Estaba a menos de veinticuatro horas de alcanzar su objetivo.
Había resultado más fácil de lo que esperaba abordar aquel barco. La tripulación del Charybdis no contaba con armamento pesado y los aurores, pese a haber causado algunas bajas entre sus hombres, habían guardado las varitas cuando Devous estuvo a tiro.
Grosskopf volvió a aparecer en el comedor, interrumpiendo los pensamientos del hombre.
- ¿Necesita algo más capitán? – preguntó con su voz monocorde.
- No Grosskopf, puede irse a descansar. Mañana por la mañana encárgate de que Potter esté en condiciones de bajar del barco. Esa bestia parda de Weikath se ha pasado tres pueblos.
- No se preocupe por Weikath, creo que he sido bastante concreto con él respecto a ese tema – sonrió Grosskopf. O al menos eso pretendía. Porque sus labios esbozaron una sonrisa, pero su rostro permaneció impasible.
Salgari enarcó una ceja y sonrió al marinero. Grosskopf se quedó frente a él, sin desviar la mirada.
- Puede retirarse Grosskopf.
- ¿Capitán? – el hombre no se movió ni un sólo milímetro.
- ¿Sí? – contestó Salgari visiblemente irritado.
- ¿Cree que es buena idea bajar con Bunchan y los aurores? – preguntó Grosskopf.
- Claro que es una buena idea. Como ya he dicho, el Charybdis no está preparado para bajar al Maelstrom. Pero obviamente, no podemos dejar el barco sólo. Bunchan es mucho más peligroso de lo que crees, y con esos aurores a bordo, probablemente en menos de dos días estuviesemos rodeados de barcos de la IAMMS*. Por eso Bunchan vendrá con nosotros. Además, no puedo arriesgarme a un motín contra mis muchachos. El Charybdis no se marchará sin su capitán. Y en caso de que decida marcharse sin él... tengo otro as guardado en la manga.
*International Alliance of Maritime Magic Security
- ¿Fiennes y Potter?
- Efectivamente. En caso de que la tripulación de Bunchan decida abandonarlo, Carrick no dejará a sus compañeros aquí. Aunque quizás en este caso el uso del plural sea demasiado atrevido. No se marchará sin la chica, de eso podemos estar seguros.
Grosskopf guardó silencio durante unos segundos.
- Sabe guardarse las espaldas, capitán – halagó a Salgari. Era un halago por el contenido de la frase, porque una vez más, la voz de Grosskopf carecía de ningún tipo de sentimiento.
- Por supuesto Friedrich, ¿crees que uno llega a ser temido en los siete mares solo rebanando cuellos? Hay que atar todos los cabos. Contemplar todas las posibilidades. Sólo así rebanando cuellos se obtienen resultados.
Grosskopf contempló a Salgari como quién mira un cuadro cubista sin conocer su significado. Miraba... sólo miraba.
- ¿Algo más? – preguntó Salgari, haciendo patente su deseo de acabar la conversación.
- Nada más. Buenas noches.
- Buenas noches – se despidió el pirata.
Grosskopf abandonó el comedor con paso tranquilo. Salgari dejó que la puerta se cerrase y se sirvió otra copa de vino.
Aquel hombre lo inquietaba de sobremanera. Él, que había recorrido aguas de todo el mundo, enfrentándose a miles de hombres, saqueando cientos de barcos, robando, matando. Él que había sobrevivido a semanas en prisión, a tres balas en el pecho, a los tiburones, a las heladas aguas del Atlántico... y todo ello sin titubear, sin dudar un sólo momento, sin sentir miedo.
Pero cada vez que aquella mirada vacía, que aquella voz sin alegría y sin pesar, que aquella tonelada de músculos gobernados por una mente inescrutable se cruzaban en su camino... temblaba de puro pánico.
Grosskopf llevaba en el Hécate más de diez años. Había aparecido una noche, en el puerto de Hamburgo, con su larga barba rubia empapada y solicitando hablar con el entonces recién estrenado como capitán del barco. Salgari.
Desde entonces había demostrado ser un hombre de confianza: feroz en el ardor de un combate y frío y calculador fuera de él. Ejecutaba las órdenes sin protestar y preguntaba lo justo y necesario para realizar bien su cometido.
Pero aún así, Salgari seguía sintiendo que era demasiado... perfecto.
Agarró la botella de vino y se sirvió la última copa, apurándola hasta el borde para vaciar el continente. Se la bebió de un trago.
No era el momento de preocuparse por Grosskopf. No era el momento de preocuparse por nada en absoluto. Necesitaba mantener la cabeza fría para que ni un solo detalle de su plan fallase al día siguiente.
Y con este pensamiento, Salgari apagó las luces del comedor del Charybdis y se encaminó hacia su barco, con la alegría de quien acaricia un regalo largamente esperado.
Los camarotes del Hécate, al menos los que ocuparon Harry y sus compañeros, eran diametralmente opuestos a los del Charybdis.
Si bien el barco de Jason Bunchan no era más que un pesquero reconvertido en buque de transporte para magos y brujas, el Hécate era los más parecido a un burdel flotante que Harry había visto nunca. Si bien en la cubierta los marineros se comportaban como bestias en celo, dentro del casco, y sobretodo en los camarotes de la planta inferior, se respiraba un ambiente de elegante decadencia que mareaba a Harry. O quizás fueran las olas.
Lo habían separado de Violet y Bunchan. Harry sabía que estaban en algún camarote del piso superior, bastante más comedido que en el que se encontraba él. Harry sospechaba que Salgari debía de estar al tanto, por alguna extraña razón, de los últimos acontecimientos en la vida de Harry y había elegido aquel lugar especialmente para él.
Porque las gruesas paredes de madera tapizadas de terciopelo morado del camarote no bastaron para que Harry pudiera evitar soportar una especialmente intensa sesión de orgasmos y gemidos del camarote contiguo, que pertenecía a uno de los oficiales de Salgari. Harry no estaba muy seguro de si en el Hécate viajaban mujeres, voluntaria o involuntariamente, o de si aquel marinero tenía una imaginación especialmente explícita. Fuera lo que fuera, Harry agradeció, aunque herido en su orgullo, que las suaves sábanas de seda color sangre de la cama de su camarote lo mecieran con suavidad hacia los brazos de Morfeo cuando los gritos de éxtasis volvían a la carga.
A las cinco amaneció sobre el Maelstrom. Y Harry y sus compañeros ya estaban en cubierta para contemplar aquel sobrecogedor espectáculo.
Aquel fenómeno superaba cualquier tipo de expectativas que Harry pudiese albergar, que realmente y dada la situación, no sólo eran pequeñas sino que prácticamente nulas.
El enorme remolino de agua giraba lenta pero decididamente sobre su eje imaginario. Millones y millones de hectolitros de agua azul intensa cabalgaban alrededor de un vasto territorio que parecía seco. Un páramo del tamaño de Gales escondido en las profundidades de torbellino. La luz del resbalaba por las sinuosas y centrífugas paredes de el gigantesco pozo natural.
El asombro, unido al miedo y al cansancio, provocó que ninguno de los presentes pudiese articular palabra.
- Bonito ¿verdad? – comentó Salgari.
Una vez más, nadie contestó. Grosskopf se acercó a Salgari.
- Todos los marineros están en sus puestos, capitán.
- ¿Carrick? – preguntó Salgari.
- Todavía durmiendo. O por lo menos en su camarote. Anoche estuvo hasta bien entrada la madrugada aporreando su puerta. Pero creo que el cansancio ha podido con ese mastodonte.
Harry notó como Violet emitía un largo suspiro a su lado. Y de pronto, notó también como aquella extraña atmósfera se hacía cada vez más evidente.
Era como respirar aceite. El aire era espeso y tenía un extraño olor. Olor a… energía. Un cosquilleo se extendió por su nuca y recorrió su espalda hasta alojarse en la punta de sus dedos. Notaba sus pulmones hinchados hasta el punto de que el relieve de sus costillas se clavaba en ellos. La sangre le ardía y le congelaba las venas al mismo tiempo. Y los colores y las formas empezaban a comportarse de manera poco ortodoxa ante los ojos de Harry.
- ¿Le preocupa algo señor Potter? – preguntó Salgari, sonriendo con autosuficiencia – Porque no debería. Eso que nota es magia en estado puro. La razón de la existencia de este fenómeno y por la cuál el doctor quería venir hasta aquí – Harry no pasó por alto la manera en la que Salgari remarcó "el doctor" en la frase. Así que ellos estaban allí por algo diferente – Les haré una demostración.
Harry todavía no había visto a Salgari manejando su varita. Supuso que sería él quién repelía los ataques desde el Hécate cuando atacaron, pero hasta el momento no lo había comprobado. Ahora el pirata sostenía una varita de ébano fina y muy larga, con una extraña torsión, como un palo de regaliz. Apuntó con la varita hacia el gigantesco Maelstrom y habló con voz clara.
- Wingardium leviosa.
Al principio ninguno de los presentes notó nada extraño. Fuera lo que fuera lo que Salgari estaba haciendo levitar, nadie lo veía. Hasta que de pronto una enorme figura emergió sobre el casco del Hécate, flotando como una pluma. Aunque no era una pluma. Era algo diametralmente opuesto. Era una ballena. Un mamífero de más de veinte metros de largo y diez de alto.
Harry miró a Salgari esperando que su rostro mostrase algún tipo de concentración extra. Una simple gota de sudor que demostrará que aquello sólo podía conseguirse con mucho esfuerzo. Pero Salgari seguía sonriendo y parecía no prestar tanta atención a la ballena como a la expresión de sus espectadores.
Tras unos segundos, Salgari realizó un movimiento de varita y devolvió al cetáceo al océano, como quién escupe a favor del viento.
Harry notó como el miedo le abrazaba el estómago. Salgari y sus hombres ya eran suficientemente peligrosos con sus armas, cómo para que encima dispusieran de aquel potencial mágico. Y ellos estaban desprotegidos ante cualquiera de las dos amenazas.
- Grosskopf, avisa a Derrington, tenemos que entrar por la pared noroeste, parece a más sosegada en estos momentos. Dile que dirija el rumbo y que avise a los muchachos de abajo cuando estemos a menos de cincuenta metros. Esas alas no nos servirán de nada si resbalamos por el Maelstrom antes de empezar a agitarlas – ordenó Salgari, tras meditar durante unos instantes oteando la inestable circunferencia que trazaba el Maelstrom.
Veintiseis minutos más tarde, el Hécate atacaba la pared noroeste del Maelstrom y, cómo había dicho Salgari, poco antes de que el barco saltase a una muerte segura entre las fauces de la bestia hídrica, los ingenios mecánicos que dotaban al Hécate con la capacidad de volar, desplegaron toda su potencia y elevaron lo suficiente la embarcación como para evitar que el casco se astillase contra el borde del Maelstrom.
Cuando el Hécate quedó suspendido entre las inmensas cascadas del Maelstrom y comenzó su descenso, Harry comprendió la magnitu de aquel fenómeno en toda su plenitud. Entre las aguas que giraban ininterrumpidamente en espiral hacia el fondo del abismo, nadaban miles de peces, crustáceos y otras formas de vida marinas que Harry no reconocía. Pero si reconoció bancos de atunes, gigantescas ballenas más imponentes incluso que la que Salgari había hecho levitar, tiburones puqueños y otros no tan pequeños. También había cefalópodos del tamaño de automóviles que brillaban intermitentemente y serpientes marina que nadaban sinuosamente entre la espuma del Maelstrom.
El descenso al fondo del Maelstrom fue más movido de lo que Harry esperaba. Puesto que dejar de batir las alas mecánicas del Hécate para perder altura hubiese sido un auténtico suicidio, tenían que bajar haciendo una espiral. Bajaron girando en el mismo sentido en que lo hacía el remolino, que parecía retarlos en una imaginaria competición por ver quién llegaba antes a tierra firme.
Cuando llevaban poco más de tres horas dando vueltas sin parar, cada vez más bajo, sintiendo como el Maelstrom los atrapaba, aparecieron las primeras gaviotas. Lo cual era buena señal, pues como saben todos los marineros, las gaviotas nunca se alejan de la tierra firme. Lo que Harry se preguntaba era cómo aquellas gaviotas se había alejado tanto de "alguna" tierra firme para llegar a aquella.
Dos horas después, el Hécate aterrizaba con dudosa delicadeza en auquel desierto rodeado de agua que se escondía en el Maelstrom. Harry y todos los demás, que habían premanecido en los camarotes mientras Salgari daba instrucciones a su tripulación durante el descenso, salieron al exterior para comprobar el espectáculo en toda su grandeza.
Allí, ante ellos, y como había observado desde la superficie, se extendía un vasto terreno yermo, húmedo y asfixiante, en el que se pudrían algunos peces que quedaban atrapados en un salto mal calculado desde las alturas, dónde el viento producido por el movimiento de las gélidas aguas obligaba casi a aferrarse a la cubierta desesperadamente y dónde, hasta dónde alcanzaba la vista, centenares de navíos naufragados y completamente destruidos, descansaban semienterrados en el suelo arenoso.
- Damas y caballeros – habló Salgari con teatralidad – bienvenidos al cementerio de barcos.
Y como si de un chiste terriblemente divertido se tratase, Salgari comenzó a carcajearse salvajemente mientras Harry y Violet se miraban, pensando que ahora sólo un milagro podría sacarlos de allí.
Bueno, bueno, bueno…
Cuánto tiempo. Demasiado diría yo. No estoy muy seguro de por qué me ha costado tanto este capítulo. Supongo que mi vida ha sido demasiado intensa estos últimos meses. No obstante, no pienso abandonaros hipotéticos lectores.
Hoy no hay flashbacks. ¿Por qué? Pues porque no había nada que recordar. Suficientemente mal lo están pasando estos pobres como para encima ponerlos a recordar.
No sé cuando será el siguiente capítulo. Ya sabéis, empiezan los exámenes, el verano… y mi inspiración es muy puta y aparece cuando le da la gana.
Pero bueno, os prometo que intentaré que sea un buen capítulo.
Cuidaos y esas cosicas.
