Disclaimer: Rowling, Rowling, Rowling on the river…
Advertencia: pseudo-gore.
9. El cementerio de barcos (Parte II)
- ¡Potter! – grito Salgari mientras levitaba suavemente hacia el cenagoso suelo del Maelstrom. – Tú y el doctor venís con nosotros. La señorita Fiennes se quedará haciendo compañía a Bunchan.
La mirada de terror que le lanzó Violet a Harry sólo podía ser comparada con el propio terror que el sentía rugiendo en algún lugar de su intestino. Los estaban fragmentando en grupos cada vez más pequeños… así era mucho más difícil organizar nada. Salgari tenía atados todos los cabos, el muy hijo de puta.
Pero la resignación es la única capaz de controlar el pánico, de manera que Harry simplemente agachó la cabeza y descendió por la escala del casco.
Además del él y el capitán de los piratas, los acompañaban Grosskopf y otros dos marineros: uno de ellos parecía un troll y tenía la piel color chocolate y unos ojos negros y brillantes como escarabajos y el otro era más parecido a un tigre que a un humano. Ninguno de los tres llevaba varita, aunque Harry no estaba seguro de que aquello lo consolase demasiado.
- Andando – ordenó Salgari – Grosskopf, tú y Lukeba iréis delante. Devous, usted y su guardaespaldas – dijo señalando a Harry – irán conmigo siguiéndolos. Kharral, usted irá detrás – el hombre tigre se colocó detrás del doctor Devous con expresión fiera – y le aconsejo que mantenga el trabuco preparado. Si alguno de nuestros invitados decide hacer alguna tontería no dude en dispararle en la nuca.
Sin lugar a dudas, aquello mejoraba por momentos.
- ¿Hacia dónde, capitán? - preguntó Lukeba, que resultó tener una voz tan grave que casi no alcanzaba la frecuencia perceptible por el oído humano.
- Muy buena pregunta – contestó Salgari - ¿Hacia dónde, doctor?
Devous miró a Salgari con cara de no entender lo que le quería decir. En realidad, de no entender absolutamente nada de lo que le estaba sucediendo.
- Usted es el que sabe dónde se encuentra lo que estamos buscando, ¿verdad? – Devous asintió con dificultad - ¿Entonces?
El doctor mantuvo uno segundo la mirada perdida como pidiéndola a quién demonios rezaran los científicos excéntricos que lo sacara de allí. Al cabo de unos segundos que a Harry le parecieron eternos y en los que se escuchó el chasquido del mosquete de Kharral, Devous habló con voz temblorosa.
- Creo que… creo, hacia el nor… esto, sí, hacia el este – dijo señalando a la inmensidad – Noreste para ser exactos.
Salgari indicó algo a sus hombres con una mano y Grosskopf y Lukeba emprendieron la marcha, seguidos por su capitán, Harry, un doctor Devous al borde del ataque cardíaco y cerrando la marcha, Kharral.
Caminar por el fondo del Maelstrom no era lo que se dice cómodo. El suelo estaba más embarrado de lo que parecía a simple vista y el fango se adhería a la suela de los zapatos con una fuerza espantosa. Como consecuencia cada paso suponía un esfuerzo extra.
Un viento húmedo y pegajoso taponaba sus poros y, el sol, que había tenido la amabilidad de alcanzar su cénit justo en el momento en el que una de hora de travesía empezaba a entumecer los huesos de Harry, así que además, debían de aguantar la sofocante radiación del astro rey en sus nucas.
Los piratas no parecían muy afectados por las condiciones del paseo. Si bien Harry sabía que eran curtidos marineros que probablemente habían soportado cosas mucho peores, sospechaba que era la simple excitación de acercarse a su objetivo lo que los mantenía erguidos y desafiantes.
Su objetivo… Harry seguía preguntándose cuál sería.
Devous por su parte, intentaba a duras penas encadenar más de diez pasos seguidos sin besar el suelo. Al final había optado por ir casi arrastrándose. Era un espectáculo lamentable: temblaba de la cabeza a los pies, envuelto en su capa embarrada y balbuceando cosas ininteligibles.
Cuando Kharral se disponía a propinarle la enésima patada para que se levantase, Harry lo agarró del brazo y lo ayudó a levantarse. Lo apoyó en su hombro derecho y lo sujetó para que caminase.
- Vamos doctor, no se de por vencido – Harry habló sin pensar. En realidad la frase no tenía sentido alguno. Probablemente el calor lo estaba ofuscando.
- No puedo señor Potter, no puedo, siento haberles arrastrado a todo esto… - se disculpó Devous.
- No diga estupideces hombre – contestó el muchacho – en todo caso deberíamos ser nosotros los que le pidiésemos perdón por no haberlo protegido tan bien como debíamos.
- No, no – negaba el doctor – Ustedes tenían una vida más allá de esto. Yo les he traído en busca de un sueño imposible y además, además…
El barro hizo que Devous se escurriera del brazo de Harry y cayese de nuevo al fango. Salgari se dignó a mirar a su prisionero.
- Descansamos unos minutos – ordenó a los piratas – Necesitamos que el doctor nos indique el camino.
Se detuvieron bajo el agrietado casco de un galeón, uno de tantos que poblaban aquel humedal. Harry logró encontrar un hueco dónde no habían criado demasiados moluscos y dónde la madera no estaba lo suficientemente podrida como para deshacerse en contacto con su cuerpo.
Se sentó y respiró profundamente. Pero al instante siguiente se arrepintió, pues un olor a pescado muerto y salitre inundó sus pulmones, provocándole una arcada.
La mente humana es quizás el más curioso de los mecanismos biológicos de la existencia. Aquella sensación de inconsistencia estomacal y sobretodo, de desesperación por la penosa situación en la que había derivado toda aquella aventura, lo transportó a un recuerdo de hacía no más de dos años. Un recuerdo del primer lugar que Harry había podido considerar un verdadero "hogar" además de Hogwarts, donde se había sentido seguro y querido: La Madriguera.
Cuando Harry y Diego vislumbraron por fin la puerta trasera del jardín de la Madriguera, la nieve les llegaba casi por las rodillas. Ambos iban embutidos en sendas capas de abrigo, pero a decir verdad, ninguna de las dos realizaba muy bien su tarea.
- Maldito frío inglés – murmuró Diego.
- Si me hubieses hecho caso y hubiésemos cogido un traslador… - comentó Harry intentando distinguir a Diego entre la tormenta de nieve que los había sorprendido antes de llegar.
- Pero entonces no sería una sorpresa. – contestó Harry.
- ¿Qué tendrá que ver? – gritó Harry – No te he dicho que nos traslademos dentro de la casa. Pero sabes, o debería saberlo señor auror, que aparecerse con una tormenta como esta es mucho más difícil, pues el desconocimiento de la meteorología dificulta la visualización del destino.
- Muy bien Harry, veo que aún te acuerdas de algo de Teleportación encubierta avanzada, pero ya no podemos hacer nada – sonrió Diego, o al menos eso pensó Harry, pues no le veía bien la cara.
Por fin pasaron el pequeño murete que rodeaba la casa de los Weasley. La nieve continuaba su imparable avance en busca de alcanzar el cielo que acababa de dejar y cuando por fin llamaron a la puerta de la cocina, tuvieron que abrirse paso con las manos para dejar espacio a sus cinturas.
EL bullicio se escuchaba desde fuera. Harry pudo distinguir la voz de la señora Weasley charlando alegremente con su hijo Percy y con Hermione, y un sentimiento de calidez lo llenó por dentro.
Diego golpeó suavemente la puerta con los nudillos y ambos pudieron escuchar como todos se sorprendían, pues no esperaban invitados. La puerta se abrió lentamente.
La señora Weasley, que no había cambiado ni un ápice, contemplaba la tormenta de nieve con expresión interrogatoria. Sólo cuando uno de los dos enorme montones de nueve que había frente a su puerta la saludó, se percató de que Harry y Diego estaban allí plantados, al borde de la congelación.
- ¡Oh, por Merlín muchachos! – la mujer se debatía entre un susto de muerte y su ya clásica preocupación maternal – Entrad, vais a coger un catarro.
- Si sólo cogen un catarro deberían de estar muy contentos – completó Hermione ayudando a Harry a quitarse la nieve de encima, mientras Diego se sacudía como un perro ante la mirada de desaprobación de Percy.
- Esperamos no molestar señora Weasley, queríamos que fuese una sorpresa – se disculpó Harry.
- No te preocupes cariño, siempre hago comida para unos cuantos más por si acaso. Y si no, ya sabes, a Ronald le gusta repetir.
- Varias veces además – agregó Hermione divertida.
Harry y Diego rieron con gana al recordar a Ron con lo carrillos repletos de pollo, escudriñando con avidez el asado de jabalí durante las cenas en Hogwarts.
El aludido no tardó en hacer aparición en la cocina y saludó efusivamente a sus excompañeros de clase.
- ¡Así que al final habéis venido! – dijo mientras abrazaba a Diego – Pero ¿por qué no habéis usado la red flu? – preguntó a Harry.
- Porque según aquí Don Sorpresas, perdería el encanto aparecer en tú salón cubiertos de ceniza… es mucho mejor morir congelado – contestó el chico señalando con fingida indignación a Diego.
- Bueno, bueno, no discutáis muchachos, que es Nochebuena. Pasad al salón, ya estamos casi todos – habló la señora Weasley mientras varias cazoletas con un aroma y una pinta excelente.
Cuando entraron al salón, una multitud mayoritariamente pelirroja los recibió con alegría. Estaban George, Bill y Fleur con la pequeña Victoire, Audrey, la esposa de Percy con su hija Molly, el señor Weasley y Andrómeda Tonks con Teddy, que jugueteaba con una bola de color azulado que escupía fuego por lo que debía ser su boca. Probablemente invento de George.
Tras una amigable charla con Arthur Weasley y tras quitarse a George de encima, que insistía en que Harry le echase una mano para incluir artículos de Sortilegios Weasley en el kit básico de entrenamiento de los aurores, Harry se dirigió al sillón donde Andrómeda charlaba animadamente con Audrey y cogió a su ahijado en brazos, que ahora, rodeado de pelirrojos, había decidido cambiar el color de su cabello por uno que pasase más desapercibido.
- ¿Cómo está mi pequeño camaleón? – bromeó Harry besando a Teddy en la mejilla.
- Todavía no he decidido si me gusta que lo llames de esa manera – comentó la señora Tonks.
- A mi me gusta, abuela – contestó el niño.
- Pues todos contentos – sonrió Harry.
Estuvo un rato jugando con el niño. Al principio aquel juguete demoníaco le ponía los pelos de punta, con sus esporádicas deflagraciones. Pero pronto el salón se convirtió en una competición por ver quien era el que más rápido se desprendía de ella. De momento, Ron iba ganando, pues sus reflejos de antigua guardián de Quidditch aún no se habían atrofiado, y repelía los lanzamientos de Harry, Diego y George.
El juego terminó cuando la señora Weasley, acompañada por un séquito de platos a cada cual más suculento. Había estofado, bollitos rellenos de carne, pastel de calabaza, un enorme pescado con una salsa verde que Harry no conocía, pero que habiendo sido cocinado por Molly Weasley, estaría para chuparse los dedos.
- A cenar chicos – anunció la señora Wealsey – George, no me hagas la burla, que ya eres suficientemente mayorcito.
- Es cierto Georgie, ya sabes que si te portas mal, Santa Claus no te traerá regalos – bromeó Bill con su hermano mientras este ponía cara de niño bueno.
Se sentaron a la mesa. La conversación fu distendida y variada: hablaron sobre las últimas noticias del mundo mágico, sobre la inminente jubilación del señor Weasley, de los constantes cambios de rostro de Teddy, que aún intentaba controlar su don, y la señora Weasley decidió insistir (por enésima vez, o eso le pareció a Harry) sobre si George iba o no iba a casarse con Angelina, con la que llevaba saliendo en serio desde hacía casi dos años.
- Mamá, no insistas – contestó el gemelo con la boca llena de pastel de calabaza – No nos va ese rollo, a nosotros nos gusta más… lo de vivir en pecado. Ronnie sabe de lo que habló, ¿verdad pequeño? – y ante la mirada de desconcierto de la señora Weasley, el extremo rubor de las mejillas de Hermione y la mueca asesina que le dedicó Ron a su hermano, una carcajada general (incluso Percy, lo que sorprendió mucho a Harry) se elevó por encima de la mesa, como el olor de aquella deliciosa comida.
- Entonces Harry – el señor Weasley lo miraba interesado – ¿Diego y tú habéis acabado ya los estudios previos de la escuela de aurores?
- Efectivamente – contestó el chico – Ya nos han asignado a nuestros grupos de entrenamiento. Cuando acaben las vacaciones empezará lo interesante… cuatro meses de excursiones a tierra de nadie a aplicar todo aquello que nos han estado machacando durante tres años.
- Nos van a dar la del calamar – comentó Diego camuflando con sorna el pánico que le inspiraba el entrenamiento.
- Bueno, tampoco es para tanto – aseguró el señor Weasley – Yo he tenido relación con muchos aurores y creedme cuando os digo que la mejor parte es el entrenamiento.
- Me lo creo – contestó Harry indignado – Me he pasado tres años con la nariz metida entre libros, aprendiendo nombres de demonios que hace miles de años que desaparecieron pero que, "por si algún mago oscuro decidiese utilizarlos en nuestra contra" debíamos conocer. Venga hombre, ¿a qué mago oscuro en su sano juicio se le ocurriría invocar un terrorífico Pockeicko, cuya oscura alma lo empujaba a acidar el sabor de las patatas?
Aunque su intención no era la de hacer gracia, Harry consiguió que toda la mesa interrumpiese el deglutimiento de la cena para poder reírse a gusto. Al principio el chico no entendía el chiste, pero cuando Ron le insinuó algo de una marca tenebrosa en forma de pollo, no pudo evitar unirse a las risas de todos.
En ese momento Harry se sintió inmensamente feliz. Solía pasarse por la Madriguera cada vez que podía. Pero desde su salida de Hogwarts, los momentos en los que podía se habían ido reduciendo gradualmente por culpa de la escuela de aurores, hasta limitarlo ese año a una única visita por navidad.
Los Weasley. La señora Tonks y Teddy. Diego… aquella era su familia. Allí se sentía querido. Allí podía dejar de ser "el niño que sobrevivió", el que paraban por la calle cuando volvía a casa exhausto después de todo el día estudiando en la biblioteca del ministerio, para ser simplemente Harry.
La noche prometía. Continuaron las historias, las bromas de George a costa de todos los presentes (excepto quizás Andrómeda Tonks, a la que parecía respetar lo suficiente como para no molestarla), la comida…
Pero cuando la señora Weasley repartía entre sus comensales un enorme pudín de naranja que temblaba con ritmo caribeño, un estallido de humo y chispas verdosas surgió de la chimenea del salón de la Madriguera.
La primera reacción de Harry fue llevarse la mano a la varita. Hasta que recapacitó y se dio cuenta de que cualquier persona que quisiese usar la red flu para aparecer en casa de los Weasley debía estaba autorizada por ellos. Así que relajó el gesto, pero no apartó la mano del bolsillo. No se había pasado los últimos llenando su agotado cerebro de contrahechizos y teoría de la defensa mágica para que ahora, y por culpa de un tecnicismo fácilmente manipulable para un mago oscuro, por su culpa hubiera una masacre.
A su lado notó como Diego también dirigía su mano izquierda al interior de la chaqueta.
Pero cuando el humo se disipó, Harry cambió su desconfianza por sorpresa.
- ¡Hola familia! – gritó una enérgica Ginny para después toser discretamente - ¿Qué pasa aquí? – preguntó al ver que todo el mundo la miraba con expresión incrédula y que su padre se agarraba el pecho con demasiada fuerza.
- Lo que pasa es que casi nos matas del susto Ginevra, cariño – contestó el señor Weasley que respiraba con dificultad.
- Oh, perdón, es que… ¡quería daros una sorpresa! – se excusó su hija.
- Pues la próxima vez, vienes por la puerta, como las personas civilizadas – la reprendió Ron. Diego le lanzó a Harry una discreta mirada que decía "¿Ves como la chimenea no era buena idea?". Y Harry no tuvo más remedio que darle la razón con una patada por debajo de la mesa.
- ¡Calla Ron! – contestó su hermana burlona. Acto seguido se acercó un poco más a la mesa y pasó a saludar a los presentes.
Aún no había llegado al sitio dónde se sentaban Harry y Diego, y algo le decía al chico que con la parafernalia de la entrada en escena Ginny no había reparado en su presencia, cuando la nube de humo terminó de dispersarse y la silueta de un hombre se perfiló frente a la chimenea.
Instintivamente Harry devolvió la mano al bolsillo. Pero fue Ginny la que se encargó de volver a relajarlo cuando habló.
- Oh, perdón, no me he dado cuenta – dijo con cierto rubor – Os presento a Henry. Él es mi… - pero la cara de Ginny palideció cuando se percató de que la siguiente persona a la que tenía que besar cortésmente era Harry - …novio. – acabó con un hilo de voz.
¿No me había dado cuenta? Mentirosa. Claro que se había dado cuenta. Pero quería reservar la sorpresa para el final ¿verdad? Henry ¿eh?
El tal Henry se limitó a sonreír a la multitud con una sonrisa tan blanca que a Harry le relejaron los cristales de las gafas.
Era un hombre alto, no muy corpulento, pero desde luego, se había machacado mucho en algún gimnasio, pues la americana y la camisa que llevaba se apretaban a sus músculos como si estuvieran pintadas encima. Tenía el pelo de un rubio dorado, peinado en mechones que caían casualmente, demasiado casualmente pensó Harry, para dejarle un look de seductor alborotado. Eso sí, por su expresión de felicidad vacía, no parecía que Henry hubiese acabado los estudios del jardín de infancia.
Y estaba en lo cierto. Por lo que contó Ginny, inexplicablemente orgullosa, Henry Towers era hijo de una de las delegadas de las Harpies y trabajaba como modelo para distintas marcas de ropa mágico como Dolce & Morgana. Henry seguía la conversación armado con su sonrisa idiota y asentía de vez en cuando, como dando el visto bueno a la versión de la pelirroja sobre su biografía.
Al rato Henry dejó de ser el centro de la conversación y esta se disgregó entre varios grupos. Percy, su esposa y su hija se despidieron y Harry acabó jugando con Ron, Diego, Bill y el Señor Weasley a un extraño juego que les enseñó George y que incluía ingerir grandes dosis de alcohol cada vez que un dado saltarín te golpeaba en la nariz.
Henry continuaba al lado de Ginny, que charlaba animadamente con su madre, Fleur, Hermione y Andrómeda, como un perro guardián. Pero con una expresión muchísimo menos amenazadora.
Media hora después Harry comenzó a notar como la ausencia de bebidas alcohólicas en su rutina durante el último año empezaba a pasarle factura. Así que simplemente decidió despejarse un poco.
Teddy estaba acurrucado en un sofá. Le sorprendió que el niño no se despertara con la cantidad de ruido que hacían los adultos y que su cabello hubiese recuperado su color castaño natural. Si es que algún rasgo físico en un metamorfomago puede llamarse natural.
Por lo que Harry había hablado con Andrómeda, ambos dormirían esa noche en casa de los Weasley, así que, tras pedirle permiso a la abuela del niño, Harry subió a acostar a su ahijado en la habitación que una vez había compartido con Ron.
Cuando Harry cerró la puerta del cuarto pudo escuchar la relajada respiración del pequeño Lupin. Y sólo pudo sonreír como un imbécil. Como Henry.
Y de pronto un cuerpo cayó sobre él estrepitosamente. Harry sólo tuvo tiempo de notar como un codo se clavaba entre sus costillas y la frente de alguien le golpeaba en la boca, por suerte no con tanta fuerza como para desprenderle ningún diente. Pero sí para hacerle sentir dolor. Mucho dolor.
- Me cago en todo lo que… - murmuró el muchacho decidiendo que parte del cuerpo le dolía más.
- ¿Harry? – preguntó una voz horriblemente familiar a escasos centímetros de su nariz.
- Sí, soy yo. ¿Se puede saber que haces andando a oscuras por el pasillo?
- ¿Yo? ¿Se puede saber que coño haces tú aquí parado en la oscuridad como un delincuente? – contestó la voz de Ginny.
- Acabo de acostar a Teddy – Harry se incorporó y murmuró "lumos" para encender las luces del pasillo – No quería despertarlo con la luz, por eso no la había encendido.
- Yo he hecho lo mismo por mi sobrina – se quejó Ginny frotándose la frente – No sabía que habías subido tú si no… - dejó la frase a medias.
- ¿No habrías subido? – la terminó Harry.
- ¿Qué? No, no, por favor Harry no soy tan infantil – aclaró Ginny.
- Me alegra oír eso – contestó el chico.
Por un momento, ambos se quedaron en silencio sin saber muy bien que decir. Hasta que Harry decidió romper la tensión.
- Muy majo Henry – "Magnífico" pensó "si querías aligerar la tensión, has dado en el clavo."
- ¿Alguna vez te han dicho que mientes muy mal Harry? – se burló Ginny.
- ¿Por?
- No te cae bien Henry. Te parece superficial y poco inteligente.
- No, superficial no, es simplemente que… - Ginny le lanzó una de sus miradas "no lo intentes, no tienes talento para esto". Maldita sea, que bien lo conocía.
- Me da igual que no te caiga bien Harry. Esto es una decisión mía – por alguna extraña razón a Harry le pareció que Ginny ponía demasiado énfasis en las palabras "decisión" y "mía".
- No he dicho lo contrario.
Otra vez silencio tenso. Ginny se dio la vuelta para bajar por las escaleras cuando Harry habló.
- Pero aunque sea una decisión tuya, lo has elegido porque a mí no me gusta – el alcohol empezaba a causar estragos en el filtro de cosas que debía y no debía decir.
- ¿Cómo has dicho? – Ginny estaba roja de ira. O eso o que también había bebido bastante y se estaba ruborizando.
- Has elegido a Henry porque se parece a McLaggen, o a Lockhart antes de que se volviera loco. No tienen mucho talento pero son extremadamente apuestos. Y sabes que a mí nunca me gustaron ese tipo de gentuza.
Ginny sopesó cruzarle la cara. Se le notaba en los ojos. Pero no lo hizo.
- ¿Y por qué crees que yo haría algo así? – contestó la chica visiblemente ofendida. Quizás no tanto por la grave acusación, sino porque era verdad.
- Porque todavía me quieres.
Y en menos de tres segundos Harry la besó. No fue un beso de película en blanco y negro. No fue un beso apasionado. Fue apenas un roce de labios. El tiempo suficiente para que Ginny lo empujara con fuerza contra la pared y se pusiese a gritarle hecha una fiera.
- ¡Pero quién te crees que eres ¿eh? Maldito bastardo egocéntrico, ¡como te atreves siquiera a dirigirme la palabra! No quiero volver a verte nunca, ¿entendido? ¡nunca! – y se alejó escaleras abajo con paso decidido.
Harry se quedó allí parado, como el idiota que en esos momentos estaba seguro que era. No sabía cuanto tiempo había pasado cuando decidió levantarse. Pero la perspectiva de bajar de nuevo al salón y actuar como si nada hubiese sucedido mientras Ginny lo observaba con rabia homicida no lo convencía.
Así que simplemente en lugar de bajar, subió. Llego al desván, y casi sin darse cuenta, estaba abriendo la puerta como si lo hubiese estado haciendo toda la vida.
Se acurrucó en una esquina, la menos polvorienta y húmeda que pudo encontrar en la oscuridad. En realidad, no tenía la más remota idea de qué demonios estaba haciendo allí, sólo que quería interponer entre Ginny, a la que todavía escuchaba hablar desde el salón a través de los antiguos y destartalados suelos de madera, y él la mayor distancia posible. Quizás lo más sencillo habría resultado irse a casa, pero sospechaba que el alcohol le había pasado factura a sus neuronas y ya no razonaba con claridad.
De pronto, escuchó un gruñido en la oscuridad. Harry comenzó a repasar mentalmente todas aquellas historias que había escuchado a los hermanos Weasley sobre las criaturas que habitaban en los pisos superiores de su hogar. Y recordó a Ron enfermo de viruela de dragón. El ghoul.
El ghoul se acercó a Harry y lo olisqueó con curiosidad. Parecía que hablaba, aunque en realidad sólo emitiese una serie de murmullos incomprensibles más cercanos a los delirios febriles que a un sistema lingüístico. Su presencia no lo tranquilizaba pero aún así…
Aún así Harry estaba a gusto. "Y es que" pensó "en la Madriguera, hasta los ghouls son de la familia".
- ¿Se encuentra bien? – la voz del doctor Devous resonó con eco en la mente de Harry.
Al parecer, llevaba casi veinte minutos con la mirada perdida en el infinito. Cuando la realidad terminó de volverse clara, escuchó las risas de los piratas y como Salgari bromeaba.
- Estos chicos lo que necesitan es pasar una temporada en alta mar, no estudiar tantas gilipolleces sobre protección y desconfianza.
Harry se levantó con decisión. Milésimas de segundo después se arrepintió, pues la velocidad con la que lo había hecho lo mareó y se tambaleó ligeramente. Lo cual no hizo sino aumentar las risas de Salgari y sus hombres.
- No se preocupe doctor, estoy bien – intentó sonreír Harry ante la mirada de preocupación del hombre.
Reemprendieron la marcha. Harry estaba seguro de que si el infierno en el que creían los muggles cristianos existía de verdad, debía de estar inspirado en aquel paisaje desolador.
Tras dos horas de caminata, algo en la lejanía llamó la atención de Salgari.
- Devous, ¿es aquello? – preguntó el capitán de los piratas, como quién habla del tiempo.
El doctor levantó la mirada, que hasta ahora había utilizado para evitar seguir cayendo continuamente al suelo, y contempló a lo que se refería Salgari.
Harry también lo miró. Aunque sólo se adivinaba su silueta, pues el sol empezaba a desaparecer tras el borde de espuma que encerraba el Maelstrom, parecía una enorme erupción rocosa en medio de una zona especialmente despejada de barcos naufragados.
Devous asintió y un destello de la mortecina luz que los iluminaba se reflejó en sus ojos. A Harry le pareció que Devous estaba… ¿contento?
- Vamos entonces – al parecer, Salgari no había detectado nada inusual en la respuesta de Devous.
Avanzaron hacia lo que demonios fuese aquella cosa con paso decidido. Salgari y sus hombres estaban cada vez más excitados. De hecho, Kharral abandonó su puesto en la retaguardia para acercarse un poco más a sus compañeros.
- ¿Tiene alguna razón para regresar, joven? – preguntó el doctor.
A Harry la pregunta lo había pillado por sorpresa. De manera que necesitó varios segundos para asimilar la estructura y significado de la oración, y después otros tantos para responder.
- Pues, creo que sí. Bueno, tengo a mis amigos y… - Harry se quedó callado.
- ¿No tiene usted familia verdad señor Potter? – preguntó Devous. Obviamente él sabía que Harry no tenía familia. Todo el mundo lo sabía. Aún así la pregunta no le resultó cargante.
- No, aunque en realidad… – recordó su trance de hacía unas horas – En realidad creo que sí que tengo una familia.
- Me alegra oír eso, ¿y alguna chica? Aunque un joven tan apuesto no es hombre de una sola mujer ¿verdad? – continúo Devous, y a Harry le pareció que incluso le guiñaba un ojo.
Asustado por el repentino cambio de humor del hombre, Harry contestó casi sin pensar.
- Sí, hay una chica – cuando la frase abandonó sus labios, sonó más decidida de lo que él sospechaba.
- Lo sospechaba – concedió Devous – Pues por su bien, y el de la señorita Weasley, procure ponerse a cubierto cuando empiece el espectáculo.
Devous aceleró el paso hasta dejar atrás a Harry, cuya estupefacción lo había dejado clavado en el sitio.
¿Cómo sabía Devous lo de Ginny? Es decir, probablemente pudiese saber que habían estado juntos, pero ¿cómo podía saber que era ella la que últimamente inundaba sus pensamientos? ¿Y a qué cojones se refería con eso de "cuando empiece el espectáculo"? De pronto, el doctor Devous dejó de ser un amable anciano asustado por los piratas, para convertirse en un científico manipulador que, o al menos eso sospechaba el instinto auror de Harry, no tenía las manos limpias en todo aquel asunto.
Llegaron por fin a su destino. Era, efectivamente, un enorme cráter circuncidado por enormes piedras que, no sorprendentemente, pues el Maelstrom estaba lleno a rebosar de magia, se retorcían sobre sí mismas como si fuesen arcilla húmeda.
Y de la boca de aquella imposible formación geológica, emanaba un resplandor dorado que mutaba su color por todo el espectro cromático visible e invisible en lenguas de vapor brillante.
Devous estaba en lo cierto. Si la magía surgía en algún sitio en el mundo, estaba claro que debía de ser allí.
- ¡¿Qué coño es esto Julien? – preguntó entonces Salgari alzando la voz, visiblemente enfadado.
- El origen de toda la magia del mundo querido Enrico – contestó el doctor con la mayor naturalidad.
- Eso ya lo suponía, lo que quiero decir es, ¡¿dónde está el maldito barco de Hellmouth? – la cara del capitán de los piratas empezaba a enrojecerse de enfado.
- ¿El barco de Hellmouth? – Devous se posó un dedo en los labios en el gesto de despiste más sobreactuado que Harry había visto nunca. – No tengo ni idea, Enrico.
- ¡¿Cómo que no tienes ni idea sabandija? – estalló Salgari, visible y audiblemente encolerizado - ¡Grosskopf! ¡Me dijiste que los informes que tus fuentes habían interceptado a Devous situaban el Juggernaut y su enorme tesoro en el jodido Maelstrom!
Grosskopf se limitó a encogerse de hombros.
Y entonces Harry lo vio todo claro. Y se maldijo una y otra vez por no haberse dado cuenta antes.
Pero no tuvo mucho tiempo para lamentarse pues Salgari parecía haber llegado a la misma conclusión que él y enarboló la varita contra Devous.
- Voy a matarte, ¡hijo de puta! – gritó el pirata.
Pero Devous fue mucho más rápido e hizo aparecer su varita de algún recoveco de su capa con una agilidad sobrehumana y de la punta de esta brotó la magia.
Puesto que el doctor había usado un hechizo no verbal y que el campo mágico y la proximidad de la fuente del mismo magnificaban considerablemente los efectos, Harry supuso que se trataba de un Incarcereus.
Una espesa telaraña de platino se arrojó sobre Devous, envolviéndolo por completo y tirándolo al suelo con violencia.
Grosskopf fue mucho menos benevolente y a la voz de "Glacius" los cuerpos de Lukeba y Kharral quedaron encerrados en sendos bloques de hielo. El frío congeló su sangre, cristalizándola y destrozando sus órganos internos y su piel, que se resquebrajo como porcelana. Eran como dos macabros muñecos exhibidos en vitrinas.
Salgari se retorcía en el suelo, gritando improperios en italiano.
- Quítale la varita, Friedrich – murmuró Devous. Grosskopf obedeció como un sabueso - Bien, ¡ah! Y devuélvele su varita al señor Potter.
El germano sacó la varita de Harry de su cinturón y se la lanzó trazando un arco perfecto. El tacto suave y delicado de la madera de acebo lo hizo sentir seguro de sí mismo otra vez. Aunque su mente todavía estuviese ocupada intentando asimilar todo lo que había pasado en cuestión de segundos.
Salgari consiguió sorprendentemente erguirse aún atrapado en el hechizo de Devous.
- ¡Te arrancaré la garganta Julien! – resultaba patético verlo dar saltitos para acercarse a Devous, intentando parecer amenazante.
- ¡Oh, cierra la boca! – y el doctor le lanzó otro hechizo, esta vez uno silenciador, que provocó que los labios de Salgari se fusionasen entre ellos, dejando al pirata sin un orificio al que poder describir como "boca".
Salgari cayó al suelo fulminado. Un ininteligible ruido de furia intentaba en vano escapar de su inexistente mandíbula. Devous entonces se agachó a su lado y le sujetó la cabeza con decisión.
- Jodido, ¿verdad Enrico? Traicionado por tu propia tripulación… - el pirata dejó de moverse y miró fijamente a los ojos del doctor – Pero te tranquilizaré diciéndote que no ha sido culpa tuya. Verás… ¿no se te ocurrió pensar en cómo pensábamos bajar hasta aquí si no era con la inestimable ayuda de tu barco volador? El Hécate estuvo en mis planes desde el principio.
"Luego sólo necesité contactar con uno de tus hombres de confianza. Y me alegra decir que el señor Grosskopf es un auténtico profesional. No sólo no necesité pensar como atraerte, de lo que se ocupó él, sino que además, me recomendó que usase el Charybdis como medio de transporte inicial.
La alusión a su nombre provocó en Grosskopf una reacción… nula, como siempre. Contemplaba la escena con atención, como si no supiese nada de lo que estaban hablando.
- Lo que todavía no deja de sorprenderme es que mordieses el anzuelo tan rápido… - continúo Devous, mientras a Salgari se le humedecían los ojos por la humillación - De verdad que tú, que has dedicado tu vida a la búsqueda del Juggernaut, a seguir su pista por cada centímetro cúbico de océano en este mundo… Tú, ¿creíste en los informes de un viejo chiflado que aseguraban, se encontraba en una zona inexplorada del mar dónde las cartas de navegación de Hannibal Hellmouth nunca situaron su barco?
Salgari ya no lo miraba. Forcejeaba para intentar por enésima vez librarse de sus ataduras. Devous torció el gesto con disgusto.
- ¡Estáte quieto cuando te estoy hablando! – gritó, y apretó aún más las sogas plateadas que mantenían preso a Salgari – Eres increíble Enrico, toda la vida alardeando de que no confiabas en nadie, que ese era el secreto de tu éxito y… bueno, ya ves cual es la situación.
"Lo que se esconde aquí es mucho más que un montón de tesoros de oro de duendes robados en un último estertor por un pirata octogenario que había conocido días mejores y que desapareció sin dejar rastro. Aquí no está el tesoro de Hannibal Hellmouth. Aquí está… - miró con ansia el cráter mágico que se abría a apenas diez metros de dónde se encontraban – Aquí esta lo que yo he estado buscando toda mi vida. El descubrimiento que cambiará el mundo. El descubrimiento que hará que el nombre de Julien Devous aparezca en los libros por delante del de el mismísimo Merlín.
Aquel tono febril que había notado en Devous más de una vez era ahora peligrosamente más delirante que nunca. Era como si la euforia lo hubiese embriagado.
- Y ahora si me disculpas, tengo que hacer cosas de científico – sonrió a Salgari.
Devous avanzó lentamente hasta el borde del cráter.
Harry se percató entonces de lo ridícula que resultaba su situación. Llevaba más de quince minutos intentando cerrar la boca. El estómago le hervía de ira.
Los había engañado, a todos. Aquel hijo de la grandísima… Devous los había engañado a todos. A Joe, a Violet, a los marineros del Charybdis, a Bunchan, a Salgari, a sus piratas, a él. A todos.
Grosskopf se acercó lentamente a Devous, que miraba hacia el interior del cráter con la cara iluminada por la inconsistente energía que irradiaba.
- Precioso, ¿verdad? – preguntó entonces al pirata.
- Realmente bello, sí - afirmó Grosskopf – ¿Necesita algo?
- Nada Friedrich, sólo asegúrate de que el señor Potter no se desmaya otra vez. No tiene muy buena cara.
Harry sólo pudo desviar la mirada cuando Devous le habló.
Así que al fin y al cabo, no pasaba nada. Todo había sido perpetrado por aquel viejo para conseguir llegar allí. Los golpes, los insultos, el miedo… las muertes. Harry sólo podía imaginar lo que le haría Bunchan a Devous si descubría de que las muertes de sus marineros habían sido por una estúpida representación teatral del doctor.
Devous comenzó a murmurar entonces una serie de cánticos extraños y a girar la varita de manera suave pero decidida. Describía en el aire una complicada danza prestidigitadora, como un óleo invisible que sólo él pudiese ver.
Pero Harry no tardó mucho en verlo también. De pronto el aire se pintó de un azul celeste que brillaba cada vez más hasta que frente a Devous creció un enorme garabato de neón cyan. El garabato se retorcía con ansia y sus tentáculos lumínicos intentaban agarrar a Devous.
El doctor continúo canturreando en aquella extraña lengua que a Harry no le sonaba de nada. No era un hechizo común, eso estaba claro. La voz del doctor fue haciéndose cada vez más clara hasta que se convirtió en un grito agudo y desgarrador.
- ¡Al-kha-ATRAZZ! – y el garabato se desenredó sobre sí mismo para lanzarse con furia sobre la tierra que yacía bajo sus pies. Arrancó piedras, que giraban en el aire, chocando entre ellas, puliéndose, fusionándose, sesgándose.
Harry asistía estupefacto a aquel extraño conjuro. Y cuando Devous cerró los ojos y respiró aliviado, Harry admiró, no sin cierta vergüenza por admirar al doctor, que lo que había creado era, de la nada, un ánfora del tamaño de un hombre surcada por columnas y columnas de runas con apariencia de pertenecer a la más antigua de las civilizaciones humanas. Tenía una enorme cerradura de metal en el cuello del ánfora y de este salían tres gruesas cadenas de un color rojizo, como óxido brillante.
Devous contempló su obra y llamó a Grosskopf.
- Bájala – Grosskopf lo miró con indiferencia y se echó al hombro una de las cadenas – Ten cuidado. No soy capaz de crear otro. Avísame cuando empiece a llenarse.
El pirata asintió y descolgó poco a poco el recipiente arcano por el borde del cráter.
Menos de un minuto después, Grosskopf forcejeaba con la cadena que sujetaba. Para ser un hombre terriblemente corpulento, lo estaba pasando realmente mal.
Devous sólo observaba la escena. Grosskopf empezaba a escurrirse debido a la fuerza de atracción que ejercía sobre él el peso del ánfora. Pero clavó los talones en el barro y con un grito tan sobrecogedor como neandertal, tiró de nuevo de la cadena y recuperó el equilibrio.
Entonces, como si hubiese estado esperando aquella señal, un chillido, cómo el vapor de agua saliendo de mil teteras al fuego, surgió del cráter. Y Devous se acercó a Grosskopf.
- No hace falta que me avises – sonrió al pirata – Como para no enterarse.
Devous comenzó entonces de nuevo con sus cánticos rituales. Grosskopf sudaba y Harry estaba cada vez más desconcertado, pues asistía a la escena como un esclavo a un espectáculo del circo romano: no sabes lo que va a pasar, pero algo en el ambiente te augura que probablemente morirás. Y de una forma horrible.
El esfuerzo de Grosskopf y la magia de Devous duraron casi cuarenta minutos más. Hasta que en menos de un segundo, Grosskopf dejó de necesitar la fuerza de diez titanes para sujetar el ánfora, y esta regresó a la superficie (si es que aquel páramo en el fondo del Maelstrom podía considerarse superficie) tintineando contra las pequeñas piedras que se asomaban al cráter.
Devous miró a Harry con la frente perlada de sudor. Parecía que hubiese sido él quién sujetaba la cadena y no Grosskopf. Esbozó una sonrisa que a Harry no lo tranquilizó en absoluto.
- Y así señor Potter – sentenció – es como se captura la magia en estado salvaje.
¿Cómo va chumachos?
Me alegra anunciaros que este es el último capítulo que tiene como escenario el mar (por el momento, obviamente esto no se iba a llamar Maelstrom porque sí). Quiero descansar un poco de tanta agua y centrarme un poco en otros hilos argumentales que hemos dejado de lado.
Espero que os guste el capítulo y ese giro argumental que me he pegado. Creo que es el más largo hasta la fecha.
Como extra os voy a dejar una cronología para que os situéis temporalmente. Básicamente porque con tanto flashbacks y tanta cosa, al final me había liado hasta yo.
CRONOLOGÍA
Junio 1998 – Batalla de Hogwarts
Septiembre 1998 – Flashback Capítulo 1
Octubre 1998 – Flashback Capítulo 2
Diciembre 1998 – Flashback Capítulo 3
Diciembre 1998 – Flashback Capítulo 4
Junio 1999 – Flashback Capítulo 6
Junio 1999 – Flashback Capítulo 7
Septiembre 1999 – Harry entra a estudiar a la escuela de aurores.
Diciembre 2002 – Flashback capítulo actual.
Agosto 2003 – Flashback Capítulo 5
Noviembre 2003 – Comienzo de esta historia
Nada más chicos. Portaos bien y dejadme algún review anda. Más que nada para saber si lo estoy haciendo bien o debería dedicarme a criar emús.
