Disclaimer: Harry Potter no esssssss míiiiio.

Advertencia: más giros argumentales, que están de oferta y no podía resistirme.

10. Hogar, agridulce hogar

Cuando se apareció frente al jardín del número 12 de Grimmauld Place, Harry Potter sintió el deseo irrefrenable de besar el suelo.

Habían pasado cinco semanas, cinco malditas semanas desde la última vez que había pisado aquella entrada. Y ahora, con el olor húmedo de la hierba que flotaba en el frío aire de diciembre, parecían una simple pesadilla, una broma pesada que algún chiquillo hiperactivo le había gastado hacía años.

"Ojalá" pensó el muchacho, "pero nada de lo que ha sucedido va a desaparecer así como así de mi cabeza."

Devous miró a Harry con la frente perlada de sudor. Parecía que hubiese sido él quién sujetaba la cadena y no Grosskopf. Esbozó una sonrisa que a Harry no lo tranquilizó en absoluto.

- Y así señor Potter – sentenció – es como se captura la magia en estado salvaje.

No tuvo tiempo a deleitarse con la cara de imbécil que se le había quedado a Harry, pues Salgari que, probablemente ayudado por la furia y la magia flotante en el aire, había conseguido liberarse de sus ataduras, se acercaba a la espalda del doctor con los ojos inyectados en sangre y con el rostro desencajado.

- ¡No necesito mi varita para descuartizarte, rata de alcantarilla! – vociferó el capitán del Hécate.

Pero Devous tampoco necesitó su varita para girar con agilidad felina sobre uno de sus talones, mientras levantaba la otra pierna y le propinaba al sorprendido Salgari una patada en el costado. El pirata se tambaleó peligrosamente cerca del borde del pozo mágico y Devous se acercó a él sujetándolo del cuello de la camisa. Lo empujó un poco hacia aquel abismo de caos que se extendía bajo sus pies.

- Deberías haberte estado quietecito – susurró Devous – Deberías haber esperado a que todo esto terminara, hubiera agradecido tu ayuda… - Salgari sudaba con su cuerpo suspendido y sujeto únicamente por la mano del científico – Pero, qué le vamos a hacer ¿no? Supongo que finalmente tendré que mancharme las manos… ¡Arrivederci Enrico!

Y los dedos de Devous se deslizaron por el cuello de Salgari hasta dejarlo a merced de la gravedad. El pirata intentó agarrarse a él pero no lo consiguió y cayó, como un patético muñeco de trapo, en el pozo mágico.

El grito que profirió le heló la sangre a Harry. Y más cuando la magia que emanaba de aquel cráter, como un géiser de éter inestable, mutó su voz en un coro de aullidos de ultratumba.

Harry tocó suavemente la cerradura mágica con la varita y la puerta se abrió lenta pero con decisión.

- ¡Amo Harry! – la estridente y emocionada voz de Kreacher salvó a Harry de desmayarse - ¡Por fin ha regresado!

- Hola Kreacher – contestó el chico con todas las ganas que pudo reunir. Aunque no lo parecía, se alegraba mucho de verlo - ¿Cómo has estado?

- Eso no importa amo, ¿cómo ha estado usted? – el elfo doméstico siempre tan servicial.

- He estado mejor, para que voy a mentirte – respondió Harry. Se quitó el abrigo empapado y lo colgó en el perchero que había junto al paragüero de pierna de trol. No había podido deshacerse de aquel objeto como había hecho con la mayoría de los que pertenecían a la familia Black, en parte porque la señora Black lo tenía justo delante y había protestado más incluso, en parte porque le hacía gracia.

- Su maleta ya ha llegado, amo Harry – continuó Kreacher haciendo apenas caso del gesto taciturno de su dueño – Ya la he subido al cuarto. ¿Quiere que le lave algo?

- Lávalo todo anda, todavía debe de apestar a cobardía – contestó Harry sin apenas mirarlo.

- ¿Perdón? – el elfo lo miraba sin entender.

- Nada, cosas de magos Kreacher. Cosas de magos…

Grosskopf y Devous caminaban animadamente de vuelta al Hécate. El pirata sostenía flotando sobre sus cabezas el ánfora mágica que habían utilizado para drenar la energía del pozo. Harry los seguía a una distancia prudente y con la sensación de que iba a vomitar en cualquier momento.

Tres hombres habían muerto delante de él hacía menos de una hora, y no había podido hacer nada para impedirlo. Vale que aquellos hombres eran responsables de las muertes de algunos marineros del Charybdis, pero se había quedado petrificado observando como Devous se quitaba su piel de corderito indefenso para transformarse en un lobo rabioso e implacable.

El doctor charlaba con Grosskopf en alemán. Al rato, pareció reparar en el torturador silencio en el que Harry estaba sumido.

- ¿Sucede algo señor Potter? – preguntó el científico.

Debía de ser una broma. ¿Cómo que si sucedía algo?

- No, nada, sólo estaba pensando… - se excusó.

- Comprendo que debe ser complicado para usted asimilar todo lo que ha sucedido. Pero si le sirve de consuelo, no podía usted saber nada. Es más, su trabajo, que era el protegerme, lo ha realizado de manera muy satisfactoria – sonrió Devous.

Aquello era el colmo. Y de pronto toda la angustia que se deslizaba por su estómago lenta y pesadamente entré en ebullición, convirtiéndose en una ira irrefrenable.

- Mire doctor – Harry le apuntó con la varita – No puede hacerse una idea de lo que lamento ahora el haberle protegido. No es usted diferente de cualquiera de los asesinos que ha matado.

- Lo sé señor Potter – asintió Devous.

- ¿Lo sabe? – Harry escondió su sorpresa. No creía que Devous fuese mala persona. Simplemente creía que estaba desquiciado – Y aún así lo ha permitido. Ha muerto gente, doctor. Gente inocente. Y todo ¿por qué?

- Por el progreso señor Potter – lo cortó Devous – El estudio de lo contenido en este recipiente – acarició el ánfora con delicadeza – Puede abrir caminos hasta ahora imposibles en el avance de la ciencia mágica. ¡Quién sabe los beneficios que esto puede traer a nuestra sociedad!

- ¿Insinúa que el fin justifica los medios? – Harry estaba cada vez más enfadado.

- Insinúo que las vidas de cuatro marineros huérfanos y amargados bien valen lo que hemos conseguido.

A Harry le hervía la sangre en la cara. Pero decidió calmarse. Lo único que tenía que hacer era delatar a Devous cuando regresasen a Gran Bretaña. El Wizengamot se encargaría de…

- Son squibs señor Potter. El Wizengamot no se preocupará porque varios squibs extranjeros hayan muerto por causas ajenas a mi experimento – de alguna manera, Devous había adivinado en que estaba pensando.

Harry lo miró con odio.

- Vamos hombre, no se ponga así – bromeó el doctor – Verá, cuando volvamos al Hécate, me encargaré de contarle a sus compañeros como el valeroso Harry Potter me defendió del ataque de los piratas cuando Salgari no encontró lo que buscaba. Y no tuvo más remedio que matarlos.

- ¿Piensa cargarme las muertes a mí? – Harry se planteaba seriamente si partirle la cara de un puñetazo era recomendable.

- No le cargo ninguna muerte señor Potter. Es usted auror, está autorizado a emplear la fuerza en caso de que usted o sus protegidos corran peligro. ¿No es así? – para su disgusto, Harry tuvo que asentir – Son piratas sanguinarios. Lo felicitarán por su rápida reacción.

- ¿Y si me niego a corroborar esa versión?

- Pues creo que no tendré más remedio que matarle – Devous lo apuntó con la varita.

Defenderse era inútil. Aunque Harry pudiese vencer a Devous, Grosskopf estaba allí. Además, ambos parecían controlar a la perfección la amplificación mágica que producía el Maelstrom, y Harry no estaba seguro de poder usar un hechizo sin saltar por los aires.

- ¿Cree que tengo miedo? – lo tenía. Mucho - ¿Cree que el ministerio no investigará la muerte de un auror en condiciones sospechosas?

- Creo que, como usted ya sabe, tengo muchos amigos en el ministerio que creerán a pies juntillas mi versión de la historia. Además, tienen complicado llegar hasta aquí a investigar un crimen – sentenció Devous acercando más y más la varita al cuello de Harry – Pero… no. Sería demasiado fácil. Necesito la pose heroica de Harry Potter para dar credibilidad a mi historia.

- Pues no la conseguirá. Así que máteme de una vez – Harry lo miraba a los ojos intentando de nuevo no vomitar.

- No voy a matarle Potter – Devous esbozó una sonrisa – Sé que nunca le ha importado sacrificarse. Pero ese es precisamente su punto débil: usted nunca piensa en sí mismo. Piensa siempre en los demás. – para su horror, Harry creyó entender lo que Devous le insinuaba – Así que si no quiere que la señorita Weasley, su familia o alguno de sus amigos sufra un "terrible accidente", hará lo que yo le ordene. ¿Comprendido?

Y Harry no tuvo más remedio que asentir como un perro obediente que acaba de hacer una trastada.

Harry no durmió apenas aquella noche. Tampoco lo necesitaba, la falta de sueño no había sido uno de los problemas de aquel viaje.

No serían aún las seis de la mañana cuando se levantó a ducharse. Se había lavado al llegar a casa, pero por alguna extraña razón, se sentía sucio.

Quizás el hecho de estar encubriendo a un maníaco. Quizás.

Desayunó rápido y sin ganas y en lugar de utilizar la red flu para ir al Ministerio, decidió salir a la calle a despejarse un poco.

El amanecer propiamente dicho acababa de terminar, y ahora el sol iluminaba perezosamente, con ese fulgor gris que tiene el sol en las mañanas invernales, las viviendas de Grimmauld Place.

Caminaba lento, sin prisa, disfrutando del aire frío despejando sus pulmones, dejando que la apenas cálida luz lo bañase.

Cuando había caminado casi tres manzanas y empezaba a echar de menos la sensación de existencia de sus orejas, se escondió en un callejón y se desapareció camino del ministerio.

No había nadie todavía en los aledaños del edificio del ministerio. A Harry le hubiese gustado poder comprar el profeta o algún otro diario mágico para ponerse al día de todo lo que había pasado en su ausencia. Pero todos los quioscos estaban cerrados y había cancelado su suscripción al profeta durante el viaje. Además dudaba que hubiera sucedido nada más interesante que su aventura marinera.

Se encontró con Violet y con Joe en el atrio. Ambos estaban serios pero parecían haber disfrutado de un merecido y reparador sueño durante la noche.

Se saludaron con demasiada frialdad. Apenas si se habían visto durante el regreso al puerto de Aberdeen (se turnaron las guardias en cubierta) e incluso allí se habían despedido con pocas palabras antes de desparecerse. Seguían siendo compañeros e incluso amigos, pero después de una experiencia así, estar juntos solo les recordaba la impotencia vivida durante su cautiverio a manos de Salgari.

Subieron juntos al despacho del jefe del Departamento de Aurores. Tras esperar unos minutos, la secretaria les indicó que podían entrar. Harrington los esperaba sentado en su enorme escritorio de caoba.

- Siéntense por favor – les ordenó con amabilidad.

Harry, Joe y Violet obedecieron.

- Bien, ante todo quería disculparme por no haber acudido a recibirlos al puerto, me fue imposible. No obstante creo que a ninguno de ustedes les hubiese gustado aguantar una reunión tras volver de un viaje tan largo, ¿verdad? – Harrington sonreía con desgana, estaba claro que intentaba bromear pero no estaba acostumbrado.

- No se preocupe señor – contestó Violet con educación.

- Una vez aclarado eso – continuó su superior – Pasemos a tratar asuntos menos triviales.

Los tres se miraron, sabiendo perfectamente lo que venía a continuación.

- Quiero que me cuenten su propia versión de lo que ha sucedido durante estas cinco semanas. ¿Entendido? Señor Carrick, puede empezar usted…

Harry escuchó atentamente como Joe y Violet desgranaban poco a poco como había transcurrido el viaje: las semanas de incertidumbre, el asalto de los piratas, la bajada al Maelstrom y como Harry había conseguido salvar a Devous y a Grosskopf y los piratas los habían liberado.

La verdad, como ya sabéis, era muy distinta.

Cuando llegaron al Hécate, Grosskopf demostró porque había sabido mantener aquella farsa durante tanto tiempo sin ser descubierto: mentía de maravilla.

Se encontraban a escasos cincuenta metros del barco, cuando varios piratas se acercaron. Grosskopf les explicó que la situación había cambiado.

Contó, con todo lujo de detalles, como Salgari, encolerizado tras descubrir el cadáver mecánico del Leviathan sin el menor rastro de tesoro alguno y probablemente desquiciado por el exceso de magia en la atmósfera, había matado a Lukeba y Kharral y después había intentado hacer lo propio con él. Como Harry había conseguido salvarlo y como Salgari había muerte por un hechizo de Harry cuando trataba de asesinar a Devous.

Por eso a partir de ahora él, como segundo de abordo, se convertía en el capitán del Hécate y dictaba la libertad para toda la tripulación del Charybdis así como para los aurores y el científico.

La explicación del ánfora mágica fue que, en agradecimiento a Harry y como compensación a Devous, le había permitido realizar alguno de sus experimentos.

Probablemente el hecho de que Salgari los hubiese arrastrado a aquel agujero húmedo en medio del océano buscando un tesoro que no existía bastó para que los piratas no sintiesen demasiada pena por su antiguo capitán y acatasen de buenas el relevo de Grosskopf.

Cuando el Hécate escapó levitando del remolino y echó anclas junto al Charybdis, Grosskopf repitió la misma historia al resto de sus compañeros, esta vez aderezada con algunos detalles cosecha de Devous que no hicieron sino incrementar la admiración que Violet, Joe, Bunchan y todos sus marineros sentían por Harry, y los remordimientos de este.

Esa misma noche el Charybdis emprendió el regreso a casa. Flotaba en el aire una extraña mezcla entre la alegría por la libertad recién adquirida y el recuerdo de los que habían muerto en la incursión.

Cuando la madrugada calló sobre ellos, fría y oscura, Bunchan y su tripulación pararon los motores. Aunque los cuerpos de sus compañeros habían desaparecido en los alrededores del maelstrom, realizaron una pequeña ceremonia para presentar sus respetos. Encendieron una pequeña pira con incienso y, en medio de un silencio tan respetuoso como al que Harry había asistido durante el funeral de Dumbledore, Bunchan tomó la palabra y dedicó unas oraciones por ellos.

- El mar es nuestro padre. El nos cuida. El nos da de comer. Y nosotros, sus hijos, le imploramos que nos cuide. Pero como en todas las familias, hay muchos hijos de nuestro padre que no lo respetan. No lo cuidan. Algunos cuya ambición los lleva a cometer actos atroces. Pero el mar es también benevolente. Y por eso le rogamos que nuestros hermanos, que murieron en su seno, encuentren la paz en sus profundidades.

La tripulación prorrumpió en aplausos cuando Bunchan finalizó. Harry pudo ver como Violet se enjugaba las lágrimas y Joe la rodeaba los hombros con el brazo intentando consolarla.

También los ojos del capitán brillaban a la luz del fuego.

Devous lo contemplaba todo a una distancia prudencial. Desde que habían llegado al barco y durante el resto del viaje, había vuelto a adoptar el papel de anciano asustado y se encerró en su camarote. Pero ahora estaba encubierta. Y avanzó unos pasos.

"No se te ocurra hacerlo pedazo de cabrón, no lo hagas" pensó Harry. Pero lo hizo.

Devous palmeó amistosamente la espalda del capitán.

- ¿Me permite? Me gustaría decir unas palabras.

- Por supuesto doctor.

- Estos hombre murieron valientemente por defender no sólo su barco, sino también mi vida y las de mis guardaespaldas. Sé que nada podrá ya traerlos de su descanso, pero he de decir, que como siento una deuda con ellos, prometo que haré todo lo que está en mi mano para que los motivos que impulsaron este viaje originalmente lleguen a buen puerto. Al igual que sus almas, que navegan ahora camino del faro de Poseidón, que los guiará al paraíso.

La tripulación también aplaudió el discurso de Devous.

Harry sintió náuseas. Y también sintió unas enormes ganas de destrozar la cara de Devous a puñetazo limpio. No sólo tenía la desfachatez de justificar sus muertes (de una manera muy sutil, eso sí) sino que se había permitido una licencia poética que rozaba el folletín.

Pero no pudo hacer nada. Estaba atado de pies y manos.

Por suerte para Harry, el resto del viaje transcurrió sin más incidentes. Y tuvo tiempo de sobra para regodearse en su propia culpa.

Cuando por fin alcanzaron tierra firme, Bunchan se despidió sin mucha parafernalia de Harry y los demás.

A Devous lo recogió un lujoso coche de caballos negros que lo llevaría de nuevo a su casa. El doctor se despidió de Violet y de Joe muy cortésmente y estos contestaron igual. Cuando le llegó el turno a Harry este forzó una sonrisa e imitó a sus compañeros.

Harry acabó de relatar su historia cuando el enorme reloj de madera que colgaba en la pared de Harrington indicaba que faltaban veinte minutos para las doce. Obviamente había contado todo lo que había sucedido hasta el incidente con Devous y Salgari. Prefirió mantener la versión de Grosskopf.

- Creo que no he olvidado ningún detalle señor – terminó Harry. "Pero le he mentido descaradamente" pensó para sí mismo.

- Perfecto, les agradezco que hayan venido y más teniendo en cuenta que regresaron hace menos de veinticuatro horas. Pueden marcharse - Harry, Joe y Violet se levantaron casi al unísono – Bueno, usted quédese señor Potter, tenemos que hablar de algo.

Lo sabía. Harrington sabía que Harry le había mentido.

A pesar de la sorpresa que reflejaban sus rostros, Violet y Joe obedecieron y desaparecieron por la puerta del despacho del viejo auror.

- ¿Y de qué quiere hablar conmigo señor? – Harry trató de parecer tranquilo, aunque notaba unas inmensas ganas de vomitar allí mismo.

- Verá señor Potter – comenzó Harrington, ajeno al nerviosismo del muchacho – Sabe de sobra que siempre hemos sido muy respetuosos con su vida "nada privada", y lo hemos aceptado pues, al fin y al cabo, usted es… usted. Pero esto último ha sido demasiado. Llevo dos semanas bregando con una horda de periodistas del corazón que tienen asediadas todas y cada una de las entradas del ministerio. Y todas las preguntas son sobre usted.

- ¿Disculpe? – Harry no sabía todavía si debía dejar de preocuparse o no – Creía que nuestra misión había sido encomendada y llevada a cabo en el más absoluto secreto y que nadie sabía que me encontraba fuera de la ciudad.

- No estoy hablando de la misión señor Potter – aclaró Harrington, y los nervios de Harry se destensaron casi por completo – Me refiero a la exclusiva que su… bueno, su "amiga" Ginevra Weasley le dio hace un par de semanas a la revista Corazón de Bruja.

- ¿De qué exclusiva está hablando? – preguntó Harry sin entender la situación.

- ¿Me está diciendo que no sabe nada sobre… esto? – Harrington sacó del cajón superior de su escritorio una revista y señaló la portada.

De no ser porque estaba sentado, Harry se habría desmayado. Era una foto de Ginny sonriente, sentada en un sofá de terciopelo rojo y a su lado unas letras de un rosa fucsia que rezaban: Ginevra Weasley nos habla EN EXCLUSIVA de su relación con Harry Potter. "No podía esconderme más, nos queremos, y este amor es mucho más fuerte que cualquier cosa que puedan decir de nosotros."

- No – contestó Harry una vez recuperado de la impresión – No sabía absolutamente nada de esto.

- Vaya, en ese caso le pido disculpas por la reprimenda – Harrington parecía incómodo – Pero hable con su amiguita y pídale un poco de discreción. Ya conoce las normas.

- No se preocupe señor, hablaré con ella – "¡Claro que voy a hablar con ella!" pensó Harry sin dejar de mirar la portada. Agarró la revista arrugándola entre su puño cerrado y salió del despacho de Harrington deslizando un leve "bueno días".

Harry comió con Diego cerca del ministerio.

Se habían encontrado en el ascensor del ministerio y habían mantenido una agradable charla. Harry agradeció mucho a su amigo que no le preguntase nada sobre el viaje y que se centrase más en ponerle al día sobre su vida.

Al parecer Diego no había perdido el tiempo. Había realizado un par de misiones en Escocia con su unidad de aurores y su relación con Julia parecía haber progresado. Habían continuado viéndose tras la accidentada cena de parejas.

Cuando la tarde tiñó el cielo de naranja Harry utilizó un hechizo desilusionador para pasar desapercibido hasta llegar a casa, básicamente porque durante todo el día había tenido que soportar una considerable cantidad de miradas de curiosidad a raíz de la maldita exclusiva de Ginny.

Mientras recorría nuevamente Grimmauld Place, Harry pensó que nada podía ir peor. Craso error. Siempre puede ser peor.

Conforme se acercaba a la puerta del número 12, una figura esbelta y una melena pelirroja se perfilaron apoyadas en la verja del jardín.

- Hola Harry – Ginny estaba sonriendo. Lo que sólo consiguió enfadarlo aún más.

- ¿Qué se supone que estás haciendo aquí? – preguntó él sin disimular su mal humor.

- Me enteré que habías regresado y quería hablar contigo… - contestó Ginny con voz inocente - ¿Puedo entrar?

- Sí, ¿por qué no? – Harry accedió aunque no estaba muy seguro de si aquello era una buena idea - ¿Y ha sido idea tuya? ¿O de Karmatt?

- Ha sido idea mía – respondió ella fingiendo indignación.

- Llevas casi cuatro años sin hablarme Ginny, ¿por qué querrías hacerlo ahora? – Harry la miró muy serio. Si aquello era parte de algún tipo de estratagema organizada por Karmatt, no pensaba entretenerse mucho.

- No tiene nada que ver con Karmatt – aseguró Ginny – Bueno, en realidad sí. Pero él no me ha obligado a venir aquí. Pero, por tu actitud, observo que ya has visto la portada del Corazón de Bruja de este mes.

De no ser por la oscuridad, Harry habría jurado que Ginny se estaba ruborizando.

- Pues sí, la he visto – contestó el chico – Y como comprenderás, me ha sentado como una patada en los cojones.

- Lo siento Harry, ¡déjame explicártelo!

- ¿Explicarme qué? ¿Qué la última persona que pensaba que utilizaría mi "fama" para sus propios fines me ha apuñalado por la espalda? – no podía contener la rabia – Espero que estés contenta, al menos.

- Harry, tienes que comprender que si he hecho esto ha sido porque estaba desesperada – el muchacho la miró con suspicacia – Las Harpies no querían renovarme el contrato y gracias a esto…

- Oh, así que era eso, quidditch. ¡Ya creía que lo habías hecho por una razón banal e interesada! – el sarcasmo había sido suficientemente evidente - ¿Y cuanto tiempo tenemos que seguir fingiendo que somos pareja? ¿Hasta que seas nombrada presidenta de honor de las Holyhead Harpies?

- No – la rotundidad de la respuesta dejó a Harry un momento sin palabras – El lunes firmaré el contrato. He hablado con Karmatt, y lo mejor que podemos hacer es mantener esto durante otras dos semanas y después vender la exclusiva del fin de la relación. Por supuesto, en esa iremos al cincuenta por ciento.

- ¡¿Te estas escuchando? – la interrumpió Harry zarandeándola por los hombros. Acto seguido se apartó rápidamente – Ahora eres una de ellos. Hablas de exclusivas, de porcentajes… y todo por un maldito contrato.

- No tienes ni la más remota idea de lo que significa ese contrato – lo acusó Ginny.

- Significa que eres una egoísta, eso es lo que significa – se defendió Harry.

Ginevra Weasley había realizado un esfuerzo sobrehumano al decidir hablar con Harry Potter. La idea no era disculparse, sino exponer sus razones y esperar a que el chico aceptara la situación. Pero para lo que no estaba preparada era para que… él, la acusase a ella de egoísta.

- ¿Egoísta dices? ¡¿Egoísta dices? – Ginny estalló – No eres nadie, ¿entiendes? ¡nadie! Para llamarme egoísta Potter. No fui yo la que acabó con esta relación por una soberana gilipollez, ¿recuerdas? Así que si ahora quiero usarla para mis propios intereses… te jodes, así de claro. ¡Buenas noches! – gritó indignada. Giró sobre sus talones y cuando salió del jardín del número 12 de Grimmauld Place, se desapareció.

Y por primera vez en veinticuatro horas, Harry echó de menos el vaivén del barco y el sonido de la brisa en el casco.

- Hogar, dulce hogar… - murmuró mientras entraba en casa.

He vuelto… ¡chan-chan!

No estaba muerto, estaba de parranda. Siento la tardanza hipotéticos lectores. Ya sabéis: exámenes, verano, más exámenes… y ahora, acostumbrado de nuevo a la rutina, he conseguido acabar el capítulo.

Es un poco más cortito de lo habitual, pero tened en cuenta que es un capítulo de transición.

Así que nada más, espero que os guste y ya sabéis, lo de siempre, dejadme reviews, que son como una droga.

Cuidaos mucho.