Disclaimer: No soy la mujer más influyente de Gran Bretaña. De hecho, ni siquiera soy una mujer.

Advertencia: capítulo para todos los públicos. Traigan a sus familias, ¡oiga!

11. Buenas noticias

Harrington les había dado libre lo que quedaba de semana. De manera que Harry aprovechó la mañana del 17 de diciembre de 2003 devanándose los sesos con los regalos navideños. Lo cual era una ardua tarea, teniendo en cuenta que la mayor parte de sus amistades tenían demasiado buen gusto para sus regalos y a menudo era difícil superarlo.

- Hermione ya me habrá comprado algo – habló en voz alta. Era una costumbre que tenía, aunque lo hacía casi sin pensar, porque Kreacher se paseaba de aquí para allá encargándose de las cosas de la casa y tenía la sensación de que lo escuchaba – Y seguro que es algo muy bueno – sonrió al observar sobre la estantería del salón los trece tomos de la enciclopedia mágica que Hermione le había regalado la navidad que entró en la Escuela de Aurores.

Era el típico regalo de Hermione. Educativo a la par que parcialmente inservible. Pero Harry había agradecido mucho aquella enciclopedia durante el primer curso en la Escuela de Aurores. La asignatura de Historia de la Contramagia era muy espesa. Y eso, unido a que durante su estancia en Hogwarts nunca había atendido mucho en las clases del profesor Binns (como la chica se empeñaba siempre en recordarle) le había costado más de un disgusto.

Pero tenía el perfecto regalo para ella. No hacía mucho que paseando por el callejón Diagon había visto un pequeño cofre de color marfil con multitud de cajoncitos. Tenía la propiedad de poder albergar en ellos cualquier tipo de objeto sin importar su tamaño. Y eso, para una firme defensora del orden y la limpieza como era Hermione Granger, era una garantía segura como regalo.

Diego solía ser otro problema. Lo último que le había regalado a Harry era una edición en vinilo del Abbey Road de los Beatles, uno de los discos de música muggle que más le gustaban a Harry. Mientras que este le había correspondido con un pijama de colores que, aunque Diego insistió que le encantaba, en comparación con su regalo, era una auténtica basura.

De manera que su idea era compensar a Diego con su regalo de este año. Tampoco había pensado nada para Ron. Ni para Teddy. Ni para la familia Weasley. Ni para Joe. Ni para Violet. Ni para Andrómeda. Ni para Luna, que siempre le mandaba algún cachivache estrafalario desde África.

Absorto como estaba en sus pensamientos no había en la enorme lechuza de color pardo manchado que llevaba más de cinco minutos picoteando insistentemente en su ventana.

- ¡Groucho! – exclamó Harry sin poder reprimir la sorpresa. Se levantó con rapidez para no hacer esperar más tiempo del que llevaba y abrió la ventana – Precisamente estaba pensando en ti - Groucho planeó con suavidad por el salón y acabó posándose sobre la tetera que había encima de la mesa.

Groucho era la lechuza de Ron y Hermione. Lo habían comprado poco después de su vuelta de Australia.

- ¡Ya están aquí! – exclamó la señora Weasley sin disimular su euforia mientras abría la puerta que daba al jardín de la Madriguera.

Por el camino que venía desde la pequeña portezuela de la verja avanzaban cuatro personas.

Ron abría la comitiva cargando dos pesadas maletas. A sólo unos metros a su espalda un hombre alto y ancho de espaldas, con una media melena perfectamente engominada hacia atrás y unas gafas muy gruesas que enmarcaban sus ojos coronados por unas cejas aún mas gruesas y pobladas arrastraba con dificultad otros dos equipajes. Y un poco más atrás Hermione y, aunque no la veía bien, Harry supuso que debía ser su madre, avanzaban agarradas del brazo.

Harry contemplaba la escena desde la ventana de la cocina. Ante el nerviosismo de los señores Weasley ante la visita de sus recién desmemoriados consuegros, Ginny y él habían decidido encargarse de la cena.

Hermione, tan sólo dos semanas después de la batalla de Hogwarts, había decidido viajar a Australia para traer a sus padres de vuelta. No iba a ser una tarea fácil, pues no tenía constancia de la dirección o de si ni siquiera seguían allí. No obstante, la embajada del Ministerio de Magia de Australia le había asegurado que contaba con toda la colaboración posible en su búsqueda.

Ron la había acompañado por motivos más que obvios: no había tardado tantos años en darse cuenta de que Hermione era la mujer de su vida para que sólo dos semanas después esta se marchase a la otra punta del planeta en un viaje de duración indefinida.

- Arthur, peínate, ¡por Merlín! – increpó a su marido Molly Weasley.

- Pero si estoy peinado cariño – contestó este.

- Eso es lo que tú dices.

No tuvo tiempo a recrearse mucho más en su crítica pues su hijo ya los había alcanzado y los abrazó con cariño.

- Hola mamá, ya estamos aquí – saludó Ron.

- Ya lo veo hijo, ya. ¿Cómo estás Hermione? – preguntó la mujer a la muchacha mientras también la abrazaba, con ese amor maternal denso y a veces doloroso que destila la señora Weasley.

- Muy bien Molly, encantada de estar otra vez en Inglaterra – el padre de Hermione carraspeó y su hija rodó los ojos - Mamá, papá, os presento a Arthur y Molly Weasly, los padres de Ronald - y señaló cortésmente a ambos – Arthur, Molly, les presento a Robert y Jane Granger, mis padres.

El codazo que le propinó Ginny en las costillas hizo a Harry tragarse la risa que le había provocado oír a Hermione llamar a su amigo "Ronald". Aunque seguían en la cocina pelando patatas a golpe de varita, tenía la oreja puesta en la conversación.

¡Tantísimo gusto! - el señor Granger cuya voz parecía salir de una cueva escondida debajo de sus pies. Tomó la iniciativa y estrechó la mano del señor Weasley - ¿Ustedes también son magos?

Sí - contestó la señora Weasly con cierto nerviosismo.

Ahora que estaban más cerca y que la luz que emanaba de las ventanas de la madriguera les acariciaba el rostro, Harry se percató de que Hermione era el perfecto ejemplo de que los hijos no tienen por qué parecerse a sus padres. No sólo por el hecho de que ella tuviera poderes mágicos y ellos no.

La señora Granger era un mujer de mediana estatura, pómulos fuertes y pelo corto y castaño muy oscuro. Tenía los ojos color caoba y unos labios muy finos.

- Antes de nada nos gustaría agradecerles todo lo que han hecho por Hermione - continuó la señora Granger, cuya voz era sorprendentemente parecida a la de su hija.

- No hay de qué, ha sido un placer, Hermione es una chica fantástica – contestó Arthur Weasley.

- No exagere señor Weasly - dijo Hermione con el rubor asomándose en sus mejillas.

- Bueno, ¿no nos vamos a quedarnos aquí toda la noche no? - dijo de improviso Ron - Mamá, creo que huelo algo delicioso...

- Sí, he preparado mi famoso Estofado de Ganso Rosa.

Ginny carraspeó desde la cocina ante el uso de la primera persona del singular en cuanto a la preparación de la cena. Pero su madre no la escuchó.

- Tranquilos, el rosa no es un color peligroso - añadió Ron ante la estupefacción de los padres de Hermione – Al menos en este caso.

Al entrar en la cocina y tras el pertinente saludo, Hermione presentó a Harry y a Ginny.

- ¿Así que tu eres el famoso Harry Potter? – exclamó el señor Granger mientras estrechaba la mano de Harry con demasiada fuerza - No te lo tomes a mal chico - dijo entonces dirigiéndose a Ron - pero durante un tiempo pensé que Mimi estaba enamorada de éste, porque no hacía más que hablar de él.

- ¡Papá! ¡Eso no es cierto! – le regañó Hermione - ¡Y no me llames Mimi! – añadió.

- ¿Me lo vas a negar? Y Harry esto, y Harry lo otro... - contestó el señor Granger entre carcajadas.

Harry recordaba a veces lo que el Guardapelo de Slytherin le había mostrado a Ron cuando había intentado destruirlo. Deseó que la tierra se lo tragase mientras esperaba el estallido de cólera reprimida de su amigo. Pero éste nunca llegó.

- No te preocupes Robert, estoy acostumbrado. Cuando Harry está cerca siempre pasan cosas increíbles, de hecho, el tiene parte de la culpa de que usted vaya a tener que soportarme como yerno...

Y el señor Granger bramó una risotada mientras lagrimeaba.

- Definitivamente me gusta este chico Mimi.

No tardaron mucho en sentarse a cenar y en comenzar una animada conversación sobre lo que había supuesto ese mes en sus vidas.

Hermione contó gran parte de la historia, pues era la que mejor conocía los detalles.

Tras su llegada a Australia en el traslador internacional (Harry recordaba como le había sorprendido ver a un viejo tiovivo destartalado desaparecer de improviso con más de sesenta personas subidas en él), la embajada había comunicado a Hermione que por suerte sus padres, bajo el nombre de Brendan y Helen Mount, no habían abandonado aún la isla y le facilitaron su dirección.

La muchacha todavía se emocionaba al recordar como, una vez su casa, había deshecho el encantamiento desmemoriador y había relatado a sus padres todo lo que había sucedido desde entonces: como habían tenido que vivir como proscritos durante meses, el asalto a Gringotts, la huida con el dragón y por último la batalla de Hogwarts.

Aún entonces, más de un mes después, a Hermione se le empañaban los ojos mientras lo contaba. Su madre la reconfortó pasándole el brazo por los hombros y abrazándola mientras que Ron le agarraba la mano con fuerza.

El regreso lo habían hecho en avión, pues a Hermione no le parecía correcto someter a sus padres a un viaje en traslador tan pronto. Y menos uno de tantos kilómetros.

Cuando acabaron de cenar el señor Weasley descorchó una botella de Unikornblüt, un whiskey de fuego gran reserva. Con una copa cada uno, brindaron por el encuentro de ambas familias, los Weasley y los Granger (al fin y al cabo, Harry era prácticamente un Weasley más).

Tras un par de tragos el ambiente se distendió considerablemente. El señor Granger tomó las riendas de la conversación y estuvo relatando a los presentes las diferencias entre la vida en Inglaterra y en la de su lejana prima Australia.

Durante todo este tiempo, a Harry no dejó de sorprenderle la actitud de Ron. Ni una palabra fuera de lugar, ni una mirada de desagrado, incluso se permitía alguna bromita inteligente de vez en cuando. Ni siquiera cuando Ginny hizo un sagaz comentario sobre si la pareja había compartido lecho o no durante su viaje se molestó lo más mínimo. Aunque Hermione se ruborizó sin remedio y comenzó a tartamudear una serie de excusas que a su padre parecieron hacerle mucha gracia.

La velada se prolongó hasta bien entrada la madrugada. La señora Wealey ofreció a los padres de Hermione quedarse dormir en la Madriguera esa noche para descansar del viaje y estos aceptaron con agrado.

Los padres de Ron y los señores Granger no tardaron mucho en acostarse, pero los chicos decidieron quedarse un rato más en el salón, con la inestimable compañía de la botella de Unikornblüt.

Apenas los pies de Arthur Weasley, el último en subir las escaleras, desaparecieron en el rellano, Ron agarró a su hermana y comenzó a hacerle cosquillas frenéticamente.

- ¡No te pases ni un pelo enana! – se reía Ron como poseído – Da gracias que antes estaban Robert y Jane, si no, nadie te hubiese salvado de un maleficio de pústulas purulentas.

- ¡Ron, para, por favor! – suplicaba Ginny carcajeándose.

- Ron, estate quieto – le interpeló Hermione mientras intentaba separarlos – ¡Harry, ayúdame!

Harry estaba tan sorprendido con el improvisado cambio de actitud de su amigo que ni siquiera había intentado acercarse para separarlo de su novia.

- En serio, cada vez me cuesta más aguantarme – confesó Ron un rato después, mientras se servía la tercera copa de whiskey de fuego.

- Ya te he dicho que no hace falta que te comportes así delante de mis padres cariño – contestó Hermione – Mi padre y tú, tu yo normal me refiero, sois muy parecidos.

- Bueno, ya tendré tiempo de que me conozcan de verdad – se defendió Ron – Me ha costado mucho encontrar una chica que merezca la pena como para arriesgarme.

- Eso ha sido muy cursi tío – Harry apuraba su copa.

- Tú calla cuatro ojos – respondió Ron – Que he visto algunas de las cartas que le mandas a mi hermana.

Harry no sabía donde mirar. Hermione soltó una risita nerviosa. Y Ginny… bueno, Ginny se abalanzó sobre su hermano con furia asesina.

- ¡¿Pero a ti quien te manda que registres mis cosas? – gritaba mientras le golpeaba la cabeza.

- ¡Ginny, vas a despertar a tus padres! – le regañó Hermione.

- ¡Que se despierten! ¡Y de paso que llamen a la funeraria porque hoy de aquí sale un cadáver!

El comentario provocó una carcajada generalizada, incluido Ron que seguía intentando protegerse la cabeza con los brazos.

Cuando Ginny se tranquilizó, Hermione avisó de que se iba a dormir.

- Yo también, estoy cansado – añadió Ron – Ya sabéis, el jet-lag.

- ¿No tienes ni puñetera idea de lo que es el jet-lag verdad Ron? – preguntó Harry.

- No – confirmó su amigo - Pero lo he escuchado mucho en el aeropuerto y quería utilizarlo.

- Ya veo – sonrió Harry – Por cierto, por si no lo recuerdas, esta noche duermes conmigo, no con Hermione.

- Entonces creo que no estoy tan cansado – contestó Ron.

Pero Hermione si lo estaba y Ginny la acompañó. Quizás por solidaridad quizás porque el alcohol se le había subido a la cabeza y llevaba media hora tumbada en un sofá mirando el techo.

Puesto que tampoco tenían mucho más que hacer, los chicos también subieron a acostarse.

- ¿Podrás dormir después de haber estado tantas horas durmiendo en el avión? – preguntó Harry, que conocía de sobra a su amigo.

- Sí, no te preocupes – respondió el chico – Me he tomado una infusión de algo que llevaba Hermione en la maleta. Creo que es lo que tomaba ella en época de exámenes.

Harry pensó que si Hermione tomaba aquello en época de exámenes seguramente serviría para que un perezoso bailara salsa durante semanas. Pero decidió que Ron no había pensado en ello y no era él mejor momento para recordárselo.

No obstante se equivocaba. Pues tan sólo unos minutos después, Ron roncaba como queriendo aspirar todo el aire de la habitación.

"Este es mi Ron" pensó Harry con una sonrisa mientras se tapaba la cabeza con la almohada.

Harry resopló con amargura. Echaba de menos aquella época. Cuando él, Ron, Hermione y Ginny pasaban la mayor parte del día juntos, simplemente disfrutando.

Mordió la tostada que tenía en la mano y saboreó la mantequilla. Sobre la tetera, Groucho ululó con impaciencia.

- Perdona amigo – se disculpó Harry - ¿Qué me traes?

Groucho estiró un poquito la pata y Harry le desató el pergamino. Lo desenrolló con cuidado y comenzó a leer:

"Querido Harry" la que escribía era Hermione, con su letra estilizada y casi de imprenta.

"¿Cómo estás? Me han dicho en el ministerio que ya has vuelto de tu viaje. Comprendo que estarás cansado, pero a Ron y a mí nos gustaría hablar contigo de un par de cosas importantes. ¿Podrás venir esta tarde a casa a tomar un té? Y de paso podemos ponernos al día, que supongo que tendrás muchas cosas que contarnos. ¡O al menos las que te permita el secreto profesional!

Manda la contestación con Groucho.

Un abrazo, Hermione y Ron."

¿Un par de cosas importantes? ¿Qué era eso tan importante que querían hablar con él?

Harry no se lo pensó dos veces. Agarró un trozo de pergamino y una pluma del escritorio y escribió: "Por supuesto que iré. Estaré allí sobre las 4. Un abrazo. Harry"

- Puedes descansar un rato y picar algo en el comedero de Hendrix antes de marcharte – le dijo Harry a Groucho mientras le colocaba la nota en su pata izquierda.

Harry terminó de desayunar y se vistió con ropa muggle. Puesto que tendría que ir por la tarde a visitar a sus amigos, había decidido aprovechar para visitar tanto el callejón Diagon como el Londres no mágico para comprar los regalos de Navidad.

Tras una mañana de dedos congelados y más de un amago de resbalón por Londres, Harry había conseguido comprar todos los regalos que quería:

Con todas las compras de navidad hechas:

El cofre con cajoncitos para Hermione.

Para Teddy un peluche mágico Conejito Abracitos. Los peluches mágicos como este pueden abrazar a los niños pequeños cuando están tristes o simplemente necesitan jugar.

Para su abuela Andrómeda, una elegante pluma de cuervo adornada con hilos de plata.

A los señores Weasley les había comprado un surtido de bombones El Dragón Tragón. Según la caja, cada uno de estos bombones era una sorpresa, pues contenían ingredientes secretos. Entre ellos, guindilla. Por el precio de los bombones, esperaba que la guindilla no supiera tan mal como esperaba.

Luna había sido la que más dolores de cabeza le había causado. Pero finalmente se había decantado por una flor en forma de espiral que brillaba con fluorescencia.

Para sus compañeros la elección había sido más fácil: una pulsera de cuentas de colores para Violet, muy aficionada a esas joyas que parecen caramelos y un puzzle cúbico para Joe. Un puzzle cúbico es eso, un puzzle, pero a desarrollar en la tercera dimensión además de las otras dos normales.

Harry le había comprado un conjunto de gorro, bufanda y guantes de lana muy elegantes. Aunque Ron diría que no los necesitaba para después, al salir a la calle el día de Navidad, encoger la cabeza en el cuello de la gabardina, las manos en los bolsillos y resoplar.

El último regalo había sido el de Diego. Harry había encontrado "Fire in the cauldrom", álbum de Iron Spoon. Iron Spoon era el grupo de rock mágico favorito de Diego y ambos creían descatalogado ese disco.

Decir "disco" para referirse a un álbum mágico es una tontería. Porque no es un disco. Es un álbum, como su propio nombre indica. Un álbum de fotos mágicas en el cada una toca una canción. Algo así como si en los long plays muggles el libreto y el disco fueran la misma cosa.

Regresó a casa con el tiempo justo de dejar los regalos, comer y volver a marcharse para llegar a tiempo a su cita con Ron y Hermione.

Eran casi las cuatro cuando Harry se apareció en una cabina telefónica abandonada al final de Imola St.

Ron y Hermione se habían comprado un pequeño chalet unifamilar en una urbanización a las afueras de Colchester, en Essex.

Cuando llamó al timbre estaba realmente nervioso ¿qué les iba a contar? A ellos no podía mentirles, eran sus amigos… eran sus hermanos. Sólo esperaba que no lo presionasen mucho con el asunto del viaje. No se sentía con fuerzas para seguir esquivando la verdad.

- ¡Es Harry! – la voz de Hermione sonó amortiguada, pero era obvia su efusividad.

Cuando abrió se lanzó literalmente a su cuello abrazándolo.

- Hermione ¡por Merlín! Ron está por ahí dentro y ya sabes que se pone celoso… - bromeó Harry mientras intentaba separar a su amiga.

- No creas – contestó Hermione mientras se estiraba la blusa arrugaba por la efusividad del saludo – Últimamente ha conseguido muchos avances en ese campo. Además, eres tú.

- Pero tampoco te pases ¿eh Harry? – habló Ron desde la puerta. Tenía una sonrisa un tanto extraña y Harry se preguntó si de verdad le había molestado el comentario.

Se abrazaron brevemente y Hermione lo invitó a pasar al salón.

Harry se sentó en un pequeño sillón orejero frente a una mesita de café. Ron y Hermione hicieron lo propio en el sofá de tres plazas que se situaba ligeramente a la izquierda.

- ¿Quieres té Harry? – le ofreció Hermione con una sonrisa.

- Sí gracias, con un poco de leche – aceptó el muchacho.

Mientras Hermione servía tres tazas de té, Ron permaneció con la mirada ausente y sin mediar palabra. Harry estaba realmente preocupado. No era normal aquella situación. Eran Harry, Ron y Hermione, los mejores amigos. ¿Por qué se comportaba Ron así?

- Así que… has vuelto con mi hermana – dejó caer Ron con la cara tras la humeante taza de té que Hermione acababa de servirle.

Harry lo miró con sorpresa. ¿Así que era eso? ¿Cómo había podido ser tan imbécil? Ellos también habían visto la portada del Corazón de Bruja. Intentó salir del paso.

- Pues… ¿no has hablado con ella?

- He intentado contactar con ella pero está muy ocupada con unos asuntos publicitarios – contestó Ron dejando con delicadeza la taza en la mesita – Por eso te lo pregunto a ti.

¿Qué le iba a decir a Ron? ¿Que no? ¿Que su hermana era una manipuladora y toda esa historia era solo una estratagema para conseguir que las Harpies mejorasen su contrato? Estaba enfadado con ella, pero de ahí a que su hermano la considerase una furcia sin escrúpulos, había una gran diferencia.

- Sí – respondió finalmente, sin mucha convicción – Lo de la exclusiva no es mi estilo, pero Ginny quería hacerlo público y evitar que fuésemos carne de la prensa rosa.

A Harry empezaba a asustarle la pasmosa facilidad con la que mentía últimamente.

- Me alegro – habló Ron al cabo de unos segundos de silencio – Pero me hubiese gustado enterarme por vosotros y no tener que encontrármelo publicado en la portada de una revista del corazón.

- Lo siento Ron, pero ya sabes que he estado algo ocupado estas últimas semanas… - se excusó Harry.

- Es cierto, lo siento colega, hay veces que se me olvida que perteneces a ese privilegiado y estresado grupo que sois los aurores – bromeó Ron.

Estuvieron charlando un rato de temas más banales: el trabajo de Hermione, los nuevos productos en Sortilegios Weasley, la familia de Ron… Harry les contó un poco por encima su viaje. Y por encima significa que el viaje había sido en barco y que había sido más movido de lo esperado.

Hasta que Harry se percató de una cosa.

- Hermione, en tu carta decías que teníais que hablar conmigo de dos cosas muy importantes. Supongo que una era sobre Ginny, pero ¿y la otra?

En ese momento la pareja intercambió una mirada a medio camino entre la complicidad y el nerviosismo y se cogieron de la mano dulcemente.

- Pues verás – comenzó Ron – Durante este tiempo que has estado fuera han sucedido algunas cosas…

- ¿Algunas cosas? – preguntó Harry con curiosidad.

Como repsuesta, Hermione levantó suavemente el dorso de su mano izquierda y Harry pudo contemplar un pequeño anillo de oro blanco con un zafiro engarzado.

Ni el propio Harry esperaba tener una reacción así. Se levantó de un brinco y abrazó a sus dos amigos con fuerza, mientras Hermione se horrorizaba de la taza de té que había caído al suelo y Ron reía, liberado de la tensión del momento.

- Es magnífico chicos – exclamó cuando los liberó – Me alegro muchísimo por vosotros. Sé que seréis muy felices.

- Eso seguro Harry – dijo Ron mientras abrazaba con cariño la cintura de Hermione – Con esta mujer a mi lado estoy seguro de ello.

Harry sonrió, aunque en lo más profundo de su ser sintió un pequeño pinchazo: el también había dicho una frase similar una vez hacía ya tiempo.

- ¿Cuándo será? – preguntó entonces el chico.

- La última semana de enero – contestó Hermione que ya había recuperado su color natural tras ruborizarse considerablemente por el comentario de Ron.

- ¡¿Tan pronto? – Harry estaba gritando.

- Quería que Charlie y Ginny pudiesen estar en la boda. Ese fin de semana no hay jornada de quidditch y Charlie está aquí pasando sus vacaciones – explicó Ron.

- Comprendido – asintió el moreno - ¿Y ya lo tenéis todo preparado?

- Casi todo – puntualizó Hermione – Sólo nos faltan un par de detalles.

- ¿Quiénes serán los padrinos? – Harry se sentía un poco Karmatt haciendo tanta pregunta pero sentía una horrible curiosidad por todo lo que rodeaba a la inesperada e inminente boda de sus amigos.

- Ese es uno de los detalles que aún tenemos que solucionar. Tenemos a la madrina, todavía no hemos hablado con el padrino – contestó Hermione fijando mucho la vista en él.

Harry tardó apenas unos segundos en comprender lo que tan sutilmente estaba intentando comunicarle su amiga.

- ¿Qué? ¿Qué? ¿Queréis que yo sea el padrino? – como unica respuesta, sus amigos se limitaron a sonreír ampliamente – Pero, ¿el padrino no debería ser tu padre, Hermione?

- Ya hemos hablado con él – contestó la joven – y se ha mostrado entusiasmado con la idea de que seas tú quién me acompañe al altar. Sabes que te tiene mucho cariño. Además, la madre de Ron ha decidido cederle el puesto a mi madre para que mi familia esté representada.

- ¿De verdad ha hecho eso la señora Weasley? – preguntó sorprendido Harry, pues sabía que a Molly Weasley le fascinaban esa clase de acontecimientos.

- Pues sí – habló Ron – Dice que ya ha sido madrina en dos bodas y que probablemente le queden otras dos…

- Pero… - intentó hablar Harry.

- De peros nada Harry – le replicó Hermione – Mira, si no quieres ser el padrino de nuestra boda, me parece perfecto, pero no busques excusas, dilo. Y ya está.

Harry guardó silencio durante unos segundos. Y por fin habló.

- Seré el padrino de vuestra boda… ¿cómo se te ocurre pensar que iba a negarme?

Ron y Hermione se levantaron al unísono y abrazaron a Harry mientras se lo agradecían.

- ¡Es tan bonito Harry! – se emocionó Hermione – Pero tenemos muchas cosas que preparar. Hay que hablar de tu traje, los ensayos, las joyas… tendrás que ir a que te arreglen ese pelo y…

- ¡Tranquila Hermione! – Ron la invitó a tomar un sorbo de té – No te preocupes Harry, es normal, lleva así desde el día de la pedida.

- Pero es que… - intentó replicar ella, a lo que Ron contestó empujando suavemente la taza de té desde abajo y obligándola a dar otro sorbo.

- Pero es que nada mi amor. Yo me encargaré de que Harry esté preparado – Ron le guiñó un ojo.

Como Hermione tenía que terminar unos asuntos del trabajo, Ron acompañó a Harry hasta casa después de cenar y aprovecharon la ocasión para charlar un rato.

- Sé que ya lo he dicho, pero me alegro mucho por vosotros, en serio – le dijo Harry.

- Gracias Harry. Yo también me alegro. Es una tontería pero, no sé…

- Estas enamorado – sentenció Harry – Eso es lo que te pasa.

Ambos se rieron con ganas.

- Somos un par de románticos, ¿verdad colega? – bromeó Ron – A propósito, yo también me alegro que mi hermana y tú hayáis solucionado lo vuestro.

A Harry le dio un vuelco el estómago. Ginny. Se había olvidado de eso. Ahora que le había confirmado a Ron su supuesta relación con ella las cosas no iban a ser fáciles. Quedaba una semana para la tradicional cena de navidad en casa de los Wesley. Y después la boda…

Un momento. La boda. Ginny le había dicho que en un par de semanas acabarían con aquella farsa. Lo que significaba que la última semana de enero ya no tendría que fingir que estaban juntos. Pero sabía que eso solo haría que sus amigos perdiesen el protagonismo el día más importante de su vida. Porque la gente sólo se fijaría en Harry Potter y Ginny Weasley, cuya relación mediática había durado tan sólo dos meses y habían decidido romper días antes del enlace de sus amigos.

- ¿Harry estás bien? – preguntó Ron algo preocupado?

- No, no. Estaba pensando ¿has hablado con Ginny sobre la boda?

- Hermione le iba a mandar una lechuza ahora, que es cuando ella vuelve de entrenar – contestó el chico.

- Ah, vale, pensaba que tenía que decírselo yo. Ya sabes, como ahora volvemos a estar juntos… - Harry se sentía patético.

- Pero es mi hermana. Y su amiga – razonó Ron.

- Cierto. Bueno, creo que será mejor que entre. Mañana tengo que... hacer cosas - lo mejor era despedirse antes de decir más estupideces.

- Bien, no te entretengo más. Me pondré en contacto contigo esta semana que viene para preparar todo lo que hay que preparar antes de que Hermione nos arranque la piel a los dos fruto del estrés - bromeó Ron - ¡Buenas noches Harry!

- Buenas noches Ron.

El reloj marcaba ya las nueve cuando Harry se sentó en el salón. Decidió envolver aprovechar el tiempo que le quedaba antes de acostarse envolviendo los regalos que había comprado esa mañana. No sin antes enviar una lechuza a Ginny contándole la situación.

"Creo que deberíamos aguantar hasta después de la boda de tu hermano. Los conozco lo suficiente como para saber que se preocuparían más de por qué hemos roto que por lo verdaderamente importante.

PD: no hago esto por gusto, ya lo sabes."

Estaba concentrado en el lazo para la pulsera de Violet cuando Hendrix regresó con la contestación de Ginny.

"Acabo de leer la carta de Hermione. Había pensado exactamente lo mismo. Además, no quiero tener a mi madre lanzando indirectas durante toda la ceremonia. Además, conociendo como conozco a los periodistas, podemos sacar un buen pellizco de una sesión fotográfica.

PD: yo tampoco hago esto por gusto."

Harry pensó que aquella conversación rallaba en lo absurdo. Pero así era mejor.

Aún así no se sintió aliviado. Mentirle a las personas que más quería no era precisamente una buena demostración de su cariño.

Pero total, ya le había mentido a todo el mundo en relación con lo que había pasado en el Maesltrom, así que era sólo cuestión de tiempo.

Harry se preguntó si aquello, mentirle a todos, era una de las cosas de convertirse en adulto. Si era sí, no le gustaba nada.

Continuó envolviendo regalos hasta que escuchó a alguien en la puerta.

Fue un sonido tenue, casi imperceptible. Pero Harry era auror. Y en algo tenía que notarse.

Se acercó rápidamente a la entrada y se fijó en que alguien había deslizado un sobre por debajo de la puerta. No podía ser nada peligroso, pues se habrían activado los encantamientos detectores.

El sobre iba dirigido a su nombre. No había remitente. Sólo el nombre "Harry Potter" escrito en tinta esmeralda. Lo abrió con ansia y dentro encontró una nota. Sólo había dos palabras escritas, acompañadas de unas iniciales:

"Hannibal Hellmouth

L.F."

Abrió la puerta apresuradamente con la esperanza de poder encontrar a quién le había dejado la carta, aunque no esperaba encontrar a nadie. Fuera quien fuera, si había conseguido llegar hasta la puerta sin disparar todas las alarmas, tenía la habilidad suficiente como para desparecer sin dejar rastro.

Efectivamente. En Grimmauld Place sólo se escuchaba silencio.

Harry cerró la puerta y se quedó contemplando la nota.

Hannibal Hellmouth.

L.F.

- Lo que me faltaba – suspiró Harry.

Y así, la noche del 17 de diciembre de 2003, Harry Potter sólo pudo conciliar el sueño cuando recordó que, tan sólo unos meses antes, tenía una vida normal: ni exnovias manipuladoras, ni científicos asesinos, ni sobres inquietantes.

¡Hola, hola! Soy Krus… no, espera. No era eso lo que quería decir.

Bienvenidos de nuevo mis amados hipotéticos lectores. Hoy celebramos (plural mayestático, no creo que a vosotros os haga especial ilusión) el primer cumpleaños de este fanfic. Sí, empecé a publicar Maesltrom hace ya un año. Y de momento la cosa va bien. ¡No he recibido ninguna amenaza de muerte!

Este capítulo es el principio de lo que yo denomino la "calma antes de la tempestad"… ya entenderéis por qué.

Sólo una pequeña nota sobre los padres de Hermione. Los nombres creo que son los correctos, o al menos a ellos me ha llevado mi búsqueda googleana. En cuanto a la descripción física, es invención mía totalmente. No recuerdo si en algún momento en los libros se les describe. Si alguien lo recuerda, que me lo haga saber.

Nada más que contaros chicos. Como siempre cuidaos mucho ¡ y gracias por estar ahí!