Disclaimer: Harry Potter es una marca registrada de nosequién. Pero esta historia es mía.
Advertencia: sexo, alcohol y… bueno, rock'n'roll no hay. Pero no lo echaréis de menos.
13. Las consecuencias
Harry abrió despacio los ojos y sintió como la luz le taladraba el cerebro. Tenía la boca seca, como si acabase de pasar la lengua por una esponja.
No sin dificultades consiguió levantarse de la cama. Avanzó a trompicones hasta el baño y abrió el grifo del agua caliente. Se desnudó frente al espejo y tuvo que reconocer que había tenido días mejores: tenía los ojos hinchados, la nariz colorada y el pelo aún mas revuelto (sí, era posible) que de costumbre y aún con restos de gomina. Por no hablar de su olor corporal.
Se pasó las manos por la cara en un desesperado intento porque remitiera aquel martilleo en su cabeza. Sorprendentemente, olían bien. No especialmente bien, pero teniendo en cuenta que en su habitación se respiraba olor a bodega, era un cambio. Era un olor suave y dulce.
La resaca volvió a la carga y Harry se olvidó de lo bien que olían sus manos. Rebuscó en el pequeño armario que tenía sobre el lavabo hasta encontrar una botellita de color morado.
Se la bebió de un trago.
A punto estuvo de quedarse completamente dormido bajo la ducha. Por suerte, la poción contra el "malestar general" empezaba a hacer efecto: ya no le dolía apenas la cabeza y su estómago parecía haber dejado de girar.
En ocasiones como ésta, Harry agradecía enormemente ser mago. No podía imaginar como los muggles soportaban esa sensación durante casi veinticuatro horas.
Cuando salió del baño, el aire frío de finales de enero había conseguido ventilar un poco la habitación.
Bajó las escaleras con extrema lentitud. La resaca aún coleaba y si aceleraba mucho el ritmo, su cabeza amenazaba con partirse en dos.
Llegó al salón, donde Kreacher planchaba sobre un pequeño banco de madera.
- Buenas tardes amo – saludó el elfo con una reverencia y clavando su pequeña nariz de lápiz en la camiseta.
- ¿Tardes? – preguntó Harry - ¿Qué hora es Kreacher?
- Casi las tres – respondió.
- ¿Las tres? – exclamó Harry – Es tardísimo.
- ¿Quiere comer algo amo Harry?
- ¿Qué? No… me atiborré de pastelitos de caldero antes de volver de la boda. Por cierto, ¿a que hora he vuelto?
- Kreacher no está seguro, pero cree que acababan de sonar las ocho cuando llegaron a casa.
- Las ocho… - Harry contempló la densa luz que entraba por las ventanas del salón. El dolor de cabeza había desaparecido, pero en su cabeza aún resonaba un eco sordo.
Y de pronto, las palabras de Kreacher llenaron ese hueco.
- ¿Llegamos? – preguntó nervioso - ¿Quiénes?
- Usted y su amiga, amo – contestó Kreacher sin levantar la cabeza de su tarea.
- Mi… ¿amiga? – Harry notaba como la resaca volvía a la carga. O quizás era otra cosa.
No. No era la resaca, eran imágenes. Imágenes de lo que había sucedido esa misma mañana.
El sol se levantaba perezoso en el horizonte cuando el pequeño reducto de invitados que habían aguantado hasta el final salía de la carpa. Como decía George "si se sale de fiesta, se sale bien".
Tras despedirse del resto de sus amigos, Harry se reunió con Ginny, que estaba apoyada en una pequeña vaya. Se abrazaba los hombros intentado en vano quitarse el frío que la pequeña chaqueta torera de punto que llevaba no conseguía.
- ¿Tienes frío? – preguntó el chico sentándose a tu lado.
- No, es un baile nuevo – indicó Ginny con sarcasmo - ¿Nos vamos?
Harry y Ginny habían acordado desaparecerse juntos de la fiesta para no levantar sospechas. Una vez que Ginny estuviese en su hotel, Harry volvería a su casa.
- Dame la mano – dijo el chico entonces.
Ginny se levantó y se colocó frente a él. Le cogió la mano con suavidad y ¿sonrió con dulzura?
Por más que se esforzó Harry no consiguió recordar nada más. Al menos, ningún recuerdo completo.
Por su cerebro navegaban ahora retales borrosos de las horas posteriores a aquel recuerdo. Una chica, a la que Harry no conseguía (o no quería, realmente no quería) poner cara, se tapaba con las sábanas de su cama mientras él acariciaba sus piernas. La misma chica aparecía también abrazada a él, besándolo y… realizando otras acciones mucho menos decorosas.
Kreacher estuvo a punto de quemarse los dedos huesudos cuando Harry se levantó de improvisó y subió corriendo las escaleras.
Cuando entró en la habitación, el desorden reinante cobró un nuevo sentido.
Harry rebuscó entre las sábanas revueltas de su cama. No sabía exactamente qué estaba buscando, pero su instinto de auror decía que podría encontrar una pista que le decía que se equivocaba.
Deseaba con todas sus fuerzas encontrar algo que le dijera que no había sido Ginny la que había pasado la noche, bueno, en realidad la mañana, con él.
Pero lo que encontró, hizo que la sangre intentase huir por sus tobillos.
Enganchado entre las sábanas, había un pequeño broche multicolor. Un broche que representaba un mapache con sombrero de copa haciendo malabares.
Merlín todopoderoso. No. No. No. No. No. No. No. No. Oh, Merlín todopoderoso.
Harry decidió que aquello tenía que ser un error. El broche podía haber llegado allí de cualquier otra forma. Pero un nuevo recuerdo acudió a su cabeza con dolorosa claridad.
- Espera – Ginny interrumpió el momento con brusquedad.
- ¿No querías irte a casa? – preguntó Harry intentando disimular su molestia.
- Sí, pero mira.
Ginny señaló a sólo unos pocos metros de ellos. Luna, recostada sobre la vaya, hacía considerables esfuerzos por mantenerse despierta.
Los chicos se acercaron.
- ¿Estás bien Luna? – Ginny se agachó para mirarla a los ojos.
- Sí – sonrió la chica – es simplemente que estoy un poco cansada.
- Deberías irte a casa – le recomendó su amiga.
- Ya, pero no estoy segura de sí podré desparecerme correctamente. No quiero sufrir una despartición – afirmó Luna, demostrando que aún después de una noche interminable, conservaba la lucidez. Al menos en parte.
- No te preocupes. ¿Puedes acompañarla Harry? – dijo entonces Ginny señalando al chico.
- ¿Qué? ¿Yo? – aquello lo había pillado de improviso – Claro. Por qué no. ¿Me esperas aquí? – preguntó a Ginny.
- Lo llevas claro, me estoy helando – intentó carcajearse la pelirroja – Yo me voy a casa. No te preocupes. Sé dónde vives – le guiñó un ojos.
- Por supuesto – contestó Harry con desgana.
Ayudo a Luna a levantarse. Le costó más de lo que esperaba, pues la chica estaba realmente derrotada y no colaboraba mucho.
Cuando por fin estuvo erguida, Luna rodeó el cuello de Harry con los brazos y acercó la cabeza a su pecho.
- Así es más fácil – susurró a Harry, que se había quedado petrificado con el gesto. Luna levantó un poco la cabeza y lo miró a los ojos - ¿Te he dicho ya está noche lo guapo que estás?
No. No. No. No…
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Harry se apareció en Ottery St. Catchpole sólo diez minutos después de haber encontrado el broche en su habitación.
Había salido como de casa como una exhalación, con la capa a medio ajustar y dejando a Kreacher con la palabra en la boca, dispuesto a solucionar aquel misterio cuanto antes.
La casa de los Lovegood no había cambiado en nada desde la última vez que Harry había estado allí. En aquella ocasión, acompañado por Ron y Hermione, Xenophilius Lovegood había intentado entregarlos a los mortífagos para salvar a Luna.
Harry nunca se lo tuvo en cuenta, pero el señor Lovegood se mostró algo distante e incluso nervioso en las sucesivas oportunidades que tuvieron de entablar conversación.
Pero esta vez, el que estaba nervioso era Harry.
Muy nervioso.
Los hemisferios de su cerebro estaban enzarzados en una feroz discusión sobre si el motivo de su visita era lógico o no: por un lado, Harry estaba seguro de que aquel era el broche que Luna había llevado en la boda. Por otro lado, también Harry estaba seguro de que… era Luna. Era Luna. ¡Era Luna!
Aún seguía repitiéndolo mentalmente cuando llamó al timbre.
- ¿Harry? ¿Qué haces aquí? – Luna, en zapatillas y bata le sonreía desde el recibidor.
- Emm… ¡Hola Luna! – saludó el chico con demasiada efusividad – Esto.. ¿está Rolf aquí?
Lo primero era asegurarse de que el novio de Luna no podía partirle la cara si, en caso de que los peores temores de Harry se confirmasen, descubriese que se había acostado con ella.
- Pues no – contestó la chica – Mi padre y él han ido al río a pescar salmosugos. En esta época del año su carne sabe muy dulce.
Harry no tenía ni puñetera idea de lo que era un salmosugo y mucho menos a que sabía su carne a finales de enero, pero se sintió muy aliviado de que Rolf sí lo supiera y, es más, le interesase.
- Puedo avisarlo si quieres hablar con él – ofreció Luna.
- ¿Qué? ¡No! – Harry había notado como su corazón se iba de viaje durante unos segundos – Quería hablar contigo.
- Bien, hablemos – Luna no dejaba de sonreír. ¿Sabía por qué estaba allí?
- Pues, verás, es que… - lo mejor era decirlo rápido y acabar cuanto antes – Creo que esto es tuyo.
Sacó del bolsillo de su capa el broche y se lo tendió a Luna.
- ¡Mi broche! ¡Pensaba que no volvería a verlo! – exclamó la chica emocionada - ¿Dónde lo has encontrado?
- Pues verás, esta mañana… bueno, en realidad hace un rato…
- He estado a punto de matar a Ginny cuando me ha dicho que no sabía dónde estaba – lo interrumpió Luna.
Durante unos instantes, Harry se quedó muy quieto y, para su desgracia, con cara de imbécil.
- ¿Perdón?
- He hablado con ella antes y no recordaba dónde había dejado el broche – explicó Luna – Pero si lo tienes tú, ya está todo arreglado. Lo que no entiendo es por qué no te ha preguntado a ti, si durmió en tu casa.
Harry no creía que Luna supiera nada sobre el pequeño teatro que Ginny y él tenían montado. Pero aunque así hubiera sido, no habría tenido el menor reparo en pronunciar esa misma frase sin pensar en las consecuencias.
- Yo tampoco – contestó Harry intentando desviar la conversación - ¿Y por qué tenía Ginny tu broche si puede saberse?
- Se lo dejé para que sujetase el tirante que tenía roto, ya que la magia parecía no ser muy útil – dijo Luna - ¿No lo recuerdas?
Harry estuvo a punto de contestar que no recordaba absolutamente nada, al menos con claridad, entre la séptima copa de whiskey de fuego y las tres de la tarde.
Pero de pronto recordó. Y lo recordó todo.
- Sí, me lo has dicho – contestó Harry sintiendo como se le encendían las mejillas.
- Pues te lo repito – asintió Luna con convencimiento - ¿Me llevas a casa?
Y por toda respuesta, Harry pensó mentalmente en el jardín de Luna. Uno, dos…
A sólo unos poco metros, Ginny se preparaba también para desaparecerse. Se había descalzado y el frío aire de la mañana provocaba un maravilloso contraste entre el color blanco de su piel y su melena, roja como el fuego.
…tres. Harry avanzó un paso con Luna entre sus brazos, y un violento remolino los envolvió.
La sorpresa fue mayúscula cuando Harry se encontró en el jardín trasero de La Madriguera. Mierda, mirar a Ginny justo antes de desaparecerse lo había hecho pensar en aquel lugar.
- Lo siento Luna – se disculpó el chico.
- No te preocupes Harry – sonrió su amiga – Estoy bastante más cerca que hace dos minutos. Creo que voy a ir andando, me despejará.
- ¿Quieres que te acompañe a casa? – se ofreció Harry.
- No, no hace falta. Ya has hecho suficiente. Vuelve a casa, Ginny te estará esperando – besó suavemente a Harry en la mejilla.
- Claro – Harry sonrió con desgana – Ginny…
- Me alegro mucho que hayáis vuelto Harry, de verdad – dijo Luna entonces – Buenas noches Harry. ¿O debería decir buenos días? – señaló al sol, cada vez más grande y dorado – En todo caso, que descanses.
Se despidieron y Luna echó a andar, ahora más espabilada, hacia su casa.
Harry resopló y con un "plop" regresó a Grimmauld Place.
Abrió la puerta con cuidado. No le apetecía despertar a Kreacher. El elfo, como buen elfo doméstico, era muy servivical. Quizás demasiado servicial. Y lo último que le apetecía ahora era escuchar la áspera voz de Kreacher intentando complacerle.
Cuando cerró, notó como unas manos frías pero muy suaves tapaban sus ojos.
A punto estuvo de sacar la varita de la túnica y lanzar un maleficio. Por suerte, un olor familiar le indicó quién era la persona que se encontraba a su espalda.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó Harry en voz baja.
- Estaba esperándote – Ginny separó las manos y obligó a Harry a girarse muy despacio.
Se miraron durante unos instantes a los ojos y Harry sintió el deseo irrefrenable de besarla. Estaba cansado, tenía los pies helados y notaba como el alcohol le cerraba los párpados.
- ¿Cómo has entrado? – preguntó Harry. Aunque la respuesta no le importaba demasiado.
- Eres muy irresponsable. Tienes que cambiar la contraseña de entrada cada poco tiempo. Siendo auror no debería ser yo quién te dijera esto – Ginny sonrió y se acercó un poco más.
Así que Harry decidió mandarlo todo a la mierda. Y la besó.
Sólo duró unos segundos. Unos segundos en los que sus labios y los de Ginny apenas se rozaron. Pero fue el tiempo suficiente como para que Harry sintiese el calor de su boca. Y que todo su cuerpo recuperase la temperatura habitual y el cansancio decidiera darle un respiro.
Pero Ginny se apartó y se alejó de él, caminando muy despacio hacia las escaleras que subían al piso de arriba.
Harry se quedó completamente quieto, mientras Ginny salía de su campo de visión El muchacho se acercó a las escaleras y pudo comprobar como su vestido color esmeralda descansaba sobre los peldaños y sus tobillos desaparecían tras la puerta de su habitación.
Cuando Harry llegó, los pocos rayos de sol que se filtraban entre las persianas iluminaban la piel de Ginny, que lo observaba en ropa interior.
Se acercó a ella y la besó con delicadeza.
Ginny deslizó las manos por el cuello de su camisa y comenzó a desnudarlo, mientras Harry desplazaba sus besos desde los labios de la chica hasta su cuello.
Cuando notó las yemas de sus dedos acariciando la piel de su pecho, Harry se estremeció de arriba abajo.
La rodeó con los brazos y desabrochó su sostén mientras Ginny hacía lo propio con los pantalones de Harry. Sus pechos temblaron cuando la presión sobre ellos cedió. Harry acercó los labios y exhaló su aliento sobre sus pezones, que se erizaron.
Cuando ambos estuvieron casi desnudos (sólo les quedaba puesta la parte inferior de su ropa interior), Harry agarró suavemente las manos de Ginny a la altura de su ombligo. Esta giró sobre sí misma, pasando el brazo del chico sobre su cabeza, y se arrodilló sobre la cama, mientras las manos de Harry se resbalaban por sus curvas hasta descansar en sus caderas.
Harry deslizó un par de dedos entre la goma de las braguitas de Ginny, y las empujó hacia abajo, dejándolas a la altura de sus rodillas.
Él mismo terminó de desvestirse y acercó su sexo al de Ginny. Estaba caliente y completamente mojado.
Ginny se extendió sobre la cama y abrió las piernas, indicando al chico que la penetrase. Harry obedeció y, se tumbó sobre ella.
Apartó un poco el pelo de su cara, que descansaba sobre el colchón, y comenzó a lamer su cuello hasta el lóbulo de la oreja y después regresó al cuello.
Ginny gemía sin ningún pudor con la boca entreabierta de puro placer y Harry la embestía cada vez con más fuerza.
Y ya está. El recuerdo se difuminaba a partir de ese momento. Pero dado el estado de caos en el que había quedado su cuarto, Harry estaba seguro de que la cosa no había terminado ahí.
- ¿Estás bien Harry? – preguntó Luna preocupada – Estás algo pálido…
- No, tranquila, es simplemente que todavía estoy algo cansado – se excusó el chico – Bueno Luna, me tengo que ir.
- Por supuesto – contestó su amiga – Muchas gracias por traerme el broche.
- De nada. Saluda a Rolf y a tu padre de mi parte – se despidió Harry.
Cuando salió del jardín de los Lovegood, ya tenía claro cuál era su próximo destino.
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Harry llegó a La Madriguera poco después. Había decidido hacer el resto del camino a pie para que la brisa helada de finales de enero le aclarase las ideas.
No entendía muy bien lo que había pasado, qué es lo que había empujado a Ginny a aparecerse en su casa en lugar de regresar al hotel. No entendía por qué no había impedido que la chica se quedase allí. No entendía… No entendía absolutamente nada.
La puerta trasera, desde la que se accedía a la cocina, se abrió para dejar a la vista la afable sonrisa de la señora Weasley.
- ¡Harry cariño! ¡Has venido! – lo abrazó la mujer – Ginny decía que no estaba segura de que fueras a venir.
- Pero ya ve que estoy aquí – sonrió Harry, intentando no demostrar que no sabía de qué le hablaba.
Ginny no tardó en entrar en la cocina.
- ¡Hola cielo! Al final has vencido al sueño – comentó la chica tras estampar un fugaz beso en su mejilla – Me hubiese gustado despertarlo mamá, pero es que estaba tan mono dormidito que no he podido.
El comentario de Ginny fue tan empalagoso y a la vez tan falso, que Harry sintió unas enormes ganas de vomitar.
- ¿Quieres un té Harry? – ofreció la señora Weasley.
- Pues, sí, gracias, pero antes ¿podemos hablar un momento cielo?
- Claro – contestó Ginny, cuya expresión había perdido de golpe aquella falsa dulzura.
Salieron al jardín y se dirigieron hacia el cobertizo dónde el señor Weasley guardaba sus cachivaches muggles.
- Tenemos que hablar – le dijo a la chica sujetándola del brazo.
- ¿Sobre qué? – preguntó Ginny haciéndose la despistada.
- De lo que pasó anoche. Bueno, esta mañana – Harry todavía no se aclaraba muy bien con los conceptos temporales ese día.
- Anoche no pasó nada. Y esta mañana tampoco – contestó Ginny.
- He encontrado el broche de Luna entre las sábanas de mi cama – le espetó Harry.
- ¡Oh! Bien, ¿se lo has devuelto? – estaba claro que Ginny no iba a ceder.
- Sí. Pero la pregunta es, si no pasó nada ¿cómo llegó ese broche ahí? – Harry empezaba a levantar la voz.
- Se me caería – contestó la chica sin inmutarse.
- Ginny – Harry se dio por vencido. Sería el quién lo dijera - ¿qué significa esto?
- ¿Esto? ¿Qué?
- ¡Esto, joder! Una cosa es que haya cedido para participar en esta farsa que tienes montada alrededor de nuestra relación – estaba realmente enfadado – y otra muy distinta es que nos acostemos y desaparezcas de mi casa sin decir nada. ¿Crees que no lo he notado?
Lo que Harry esperaba es que Ginny no averiguase cómo había tenido que enterarse.
- Lo que significa Harry – la chica lo miraba fijamente a los ojos – Es que tú ibas borracho. Yo iba considerablemente más borracha que tú. Ambos queríamos sexo y el alcohol nos allanó el camino. Eso es lo que significa. Nada más.
En el fondo, Harry se había preparado para aquella respuesta. Era la respuesta que quería. Aunque una parte de su ser desease que la respuesta hubiese sido otra.
- Bien. Sólo quería asegurarme de que no me estaba equivocando – Harry aflojó la presión del brazo de Ginny y se separó un poco de ella.
- ¿Equivocándote?
- Sí. Esperaba que no estuvieses confundiéndote. La semana que viene hablarás con Karmatt y terminaremos con esto. Después, cada uno seguirá por su lado – sentenció Harry.
- ¿Acaso lo dudabas? – preguntó Ginny visiblemente contrariada - ¿O es que el gran Harry Potter pensaba que me había vuelto a enamorar de él?
Aquellas palabras le dolieron a Harry más que cualquier maldición. Básicamente, porque eran ciertas. Así que no se contuvo.
- No soy yo el que se desnudó y se tumbó en mi cama implorando sexo desesperadamente.
- Yo no imploré… - Ginny desvió la mirada con las mejillas encendidas de la rabia y la vergüenza – Desaparece, Harry. No quiero que nos vean discutir. Y no te preocupes, esta semana hablaré con Karmatt y podré perder de vista tu cara, si puede ser, para siempre.
- Bien. Discúlpame ante tu familia. Invéntate una excusa. Te daría ideas, pero creo que se te da bastante bien – se despidió Harry.
Harry se sentó en una enorme piedra que se apostaba en el camino que serpenteaba tras salir de la propiedad de los Weasley.
Sintió como la sangre le hervía y, ciego de rabia y de impotencia, hizo saltar por los aires un pequeño arbusto reseco.
Y acto seguido, se desapareció camino de casa.
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Cuando Harry abrió la puerta de el número 12 de Grimmauld Place se quedó petrificado contemplando el suelo del recibidor.
- No, por Merlín, esto no… hoy no…
Un sobre descansaba aparentemente inofensivo a los pies de Harry. Reconoció al instante la tinta esmeralda que dibujaba su nombre en el anverso.
El chico ni siquiera intentó buscar a quién lo había dejado allí. Probablemente hacía varias horas que el sobre estaba allí.
Lo cogió, resignado a que las desgracias vienen todas juntas y lo abrió.
Otra vez, sólo un trozo de pergamino con un nombre y unas iniciales.
"Julien Devous.
L.F."
¿Qué coño...? Harry no sabía quien era L.F., pero desde luego, era imbécil.
- ¿Julien Devous? No... ¿En serio? No puedo creerlo – murmuró Harry – Venga hombre. Esto debe ser una broma.
Pero algo le decía a Harry que no era una broma. Estaba claro que Julien Devous estaba implicado en todo aquello. Básicamente porque había visto como mataba a Salgari y a varios piratas sólo para meter una vasija enorme en el pozo mágico del Maelstrom.
Llegó al salón y observo sus apuntes sobre Hellmouth.
Y se percató de que conocía gran parte de los detalles de la vida del capitán del Scylla. Pero Devous… ¿qué sabía de Devous?
"Que es científico y un asesino" pensó el muchacho. Sabía que estaba emparentado con los Malfoy y que tenía amigos muy importantes en el ministerio. Sabía que estaba doctorado en no-se-qué ciencia mágica. Y ya está.
Harry se levantó y cogió el tercer tomo de su enciclopedia mágica (BLA-DIC) y buscó el nombre de Julien Devous.
Lo encontró. A diferencia de Hellmouth y para suerte de Harry, Devous contaba con una entrada mucho más extensa.
"Julien Nicolas Devous (Nimes 1937) Mago francés licenciado en Historia de la Magia y Ingeniería Esotérica.
Se doctoró en Mecánica Celeste de Energías Universales con su tesis sobre "El origen de las partículas brujas: una aproximación al trabajo de campo".
El Doctor Devous ha dedicado la mayor parte de su labor como investigar en la búsqueda del origen de dichas partículas, en la cuales se tiene la teoría que reside el origen de la magia. Sus investigaciones, centradas en el concienzudo análisis de antiguos textos históricos, lo llevaron en el pasado a países como Finlandia, Noruega, Brasil, Haití, Laos o Japón. En la actualidad el Doctor Devous se encuentra recopilando información sobre uno de sus últimos viajes."
Lo bueno de las enciclopedias mágicas es que se actualizan periódicamente sin necesidad de comprar una nueva. Así que podía estar seguro de que aquellos datos eran relativamente recientes.
La información no era muy útil en realidad. Apenas una breve reseña. Si Harry quería algo más tendría que buscar en la biblioteca del Ministerio o…
De pronto una palabra resonó en su cabeza.
Haití.
Revisó los apuntes sobre Hellmouth.
"Posibles muertes: 1902 en Bombay, asalto a un navío de la armada inglesa / 1916, naufragio en el atlántico cuando se dirigía a Madagascar / 1924 en Puerto Príncipe (Haití)"
Ahí estaba. Ese era el punto en común. Esa era la clave. El viaje de Devous a Haití.
Hasta ahora, no comprendía muy bien por qué L.F. quería que investigase a Hellmouth. Vale que el barco perdido en el Maelstrom era la razón por la que Salgari había acudido al encuentro del Charybdis y lo que había facilitado que Devous llevara a cabo sus planes. Harry sospechaba que había sido Grosskopf, comprado por Salgari, quién había dado esa información a Devous. Pero nunca se le hubiera ocurrido que aquello iba más allá de una mera maniobra de despiste.
Pero, como había aprendido hacía mucho tiempo, las casualidades no existen.
L.F. sabía que Devous y Hellmouth estaban conectados de alguna manera. Y por lo que suponía, ahora era su trabajo encontrar esa conexión y tirar de ella para… ¿para qué?
¿Qué podía solucionar aquello? ¿Serviría para condenar a Devous no sólo por los asesinatos de Salgari y sus compinches sino también de gran parte de la tripulación del Charybdis, al menos como homicidios imprudentes?
Con todas esas preguntas rondándole la cabeza, lo último que le apetecía era encerrarse en casa.
Así que regresó a la entrada, abrió la puerta, y salió a pasear por Grimmauld Place.
- Con un poco de suerte – pensó – cogeré una pulmonía. Y puede que entonces el mundo se apiade de mí y deje de joderme.
¡Bueno, ya estamos aquí otra vez!
Espero que disfrutéis de este capítulo tanto como he disfrutado yo escribiéndolo (aunque he de reconocer que me ha costado más de lo que pensaba, mi inspiración ha estado más remolona que de costumbre). Es un poco más corto, pero espero que no os importe… ¿es intenso o no?
No sé cuando volveré a actualizar. Se acercan peligrosamente mis exámenes y tal. Además, necesito un pequeño respiro para plantear bien como continúa la historia.
Pues nada más, felices fiestas y esas cosas que se dicen. Disfrutad de las vacaciones, correos una buena juerga y sed buenos (al menos un poquito).
¡A cuidarse zagales!
