Disclaimer: a estas alturas no creo que nadie piense que a Harry Potter me lo inventé yo. Al Chapulín Colorado sí, pero esa es otra historia.
Advertencia: capítulo light. Muy, muy, muy light.
14. Julia
La biblioteca del Ministerio de Magia se encontraba en el segundo piso, en el Departamento de Seguridad Mágica. Dado que Harry no tenía mucho trabajo aquellos días, decidió aprovechar un rato en el que Violet acababa unos informes y no lo necesitaba, para comenzar en serio su investigación sobre Devous.
Además, desde la vuelta del viaje, Joe y Violet estaban muy raros y Harry no estaba completamente a gusto con ellos.
La chica estaba siempre apesadumbrada, hablaba lo justo con sus compañeros y alguna vez la había sorprendido con claros síntomas de haber estado llorando. No estaba seguro de si todavía no se había recuperado del shock o tenía problemas con Hal. O puede que hubiese alguna otra razón. En cualquier caso, si ella no se lo quería contar, era porque no le incumbía en absoluto.
Joe, por su parte, tampoco estaba de mucho mejor humor. Hablaba incluso menos que su jefa, ni siquiera con Harry, con el que normalmente bromeaba sobre los casos que llevaban entre manos. Probablemente se sentía culpable por no haber protegido a Violet durante el ataque de los piratas.
Así que dejó a sus compañeros en el despacho y atravesó el pasillo camino de la biblioteca.
Cuando llegó, se percató de que estaba casi vacía. Tan sólo unos cuantos aspirantes a auror que intentaban, en vano, memorizar algo con las narices pegadas a los enormes volúmenes de teoría de defensa mágica.
Harry suspiró al recordar su época de estudiante. A pesar de las noches enteras sin dormir, los litros de café, el increíble estrés de los exámenes y las horribles travesías en tierra de nadie durante los entrenamientos, Harry habría pagado con toda la fortuna que atesoraba en Gringotts por volver y olvidarse de todos los problemas que en los últimos meses habían secuestrado su vida.
Se acercó al mostrador dónde la bibliotecaria, que no debía ser mucho mayor que él, hablaba gesticulando mucho con alguien que Harry no conseguía ver.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca se percató de que la chica estaba usando un pequeño espejo redondo de marco dorado para comunicarse con una amiga. Hablaban sobre un tal Matthew que, al parecer, era un imbécil por no haber invitado a cenar a la amiga de la bibliotecaria.
Harry aguardó pacientemente durante casi un minuto a que la chica decidiese prestarle atención. Cuando la escasa paciencia que poseía en aquellos momentos se agotó, carraspeó.
Pero la mujer hizo caso omiso y el chico volvió a carraspear, esta vez más fuerte.
- ¿Quieres algo? – preguntó ella apartando la vista del espejito y mirándolo con gesto de desagrado.
Harry estuvo a punto de contestar con una grosería pero decidió que no estaba dispuesto a perder el tiempo con tonterías como aquella.
- Sí. Verás, querría realizar una búsqueda – respondió el chico con toda la cortesía que pudo reunir.
- Bien, ¿qué quiere buscar? – preguntó mientras deslizaba un pliego de papel color magenta sobre el mostrador.
- Julien Devous. Jota-U-Ele-I-E-Ene De-E-Uve-O-U-Ese – deletreó Harry adelantándose a la bibliotecaria, que probablemente preguntaría por aquel nombre que no era inglés.
La mujer garabateó el nombre en la cuartilla.
- ¿Alguna materia en particular? – preguntó la chica con hastío.
- No, ninguna – contestó Harry.
- Está bien. Conquirio – murmuró la chica sobre el pliego de folio que comenzó a contorsionarse sobre sí mismo hasta crear una preciosa grulla de papel.
- ¿Sabe cómo funciona? – interrogó la bibliotecaria con visibles intenciones de querer acabar la conversación.
- Sí, no se preocupe – aclaró Harry intentando remarcar el sarcasmo del verbo preocupar.
Colocó el dedo índice bajo la grulla, que ya flotaba a una distancia considerable sobre la mesa de la bibliotecaria. Esta se posó sobre él y Harry comenzó a pasear por entre las estanterías de la enorme biblioteca.
Cuando llegó a la sección de Historia Mágica, la grulla comenzó a aletear frenéticamente en los dedos de Harry. Este levantó un poco la mano y dejó que el pájaro de papel revolotease a sus anchas por entre los libros, buscando algo sobre Julien Devous.
La grulla se posó sobre un grueso volumen de lomo antaño verde. Harry lo abrió y comenzó a pasar las páginas mientras la grulla hacía piruetas en su hombro. En un momento dado, la grulla bajó de nuevo al libro y se posó sobre un párrafo:
"Numerosos han sido los investigadores a lo largo de la historia que han intentado desentrañar los secretos que se esconden en las partículas brujas. Desde el mismísimo Merlín, pasando por otros como Vincent Delaware, Amadeus Kusch, Ernest Von Stuart o Julien Devous. Aún así, hoy en día…"
Harry cerró el libro y la grulla reemprendió el vuelo en busca de un nuevo ejemplar para mostrar.
La búsqueda en aquella sección no fue muy fructífera. Apenas unas pequeñas menciones al doctor en varias antologías sobre ciencia mágica.
Harry dobló la esquina y continuó por un pasillo con el rótulo Grandes magos de la historia. Aquí la cosa tampoco mejoró mucho. La mayoría de la información que contenían aquellos libros eran simples enumeraciones con descripciones en algunos casos demasiado escuetas.
Y en el caso de Devous, ninguna superaba la entrada de la enciclopedia que Harry tenía en el número 12 de Grimmauld Place.
Harry decidió descansar un poco. Se sentó en una de las mesas que servían a los estudiantes para pasar las tardes.
Estaba completamente exhausto. Llevaba más de dos horas revisando artículos y párrafos en libros que los años no habían respetado y que en muchos casos era harto difícil leer con claridad. Y por el momento no había encontrado nada nuevo.
Tras unos minutos reemprendió su búsqueda, por llamarlo de alguna manera. Porque en realidad no tenía ni la más remota idea de lo que esperaba encontrar.
"¿De verdad piensas que abrirás un libro y aparecerá la respuesta escrita en mayúsculas y subrayada?" se reprendió a sí mismo.
Pero menos daba una piedra así que continúo paseando por entre los pasillos de la biblioteca mientras la pequeña grulla de papel flotaba a sólo unos pasos por delante de él.
Tras otra hora totalmente infructífera Harry se adentró en la sección de la sala que servía como Hemeroteca. La mayor parte de los textos que allí se guardaban eran números antiguos de El Profeta, aunque también había ejemplares de El Quisquilloso, La Escoba de Oro (diario dedicado a la actualidad del quidditch en Reino Unido) y publicaciones de diarios extranjeros como el francés Le Magistral o el italiano Il Trovatore.
Nada más poner un pie en aquel pasillo, la grulla se volvió completamente loca y comenzó a revolotear frenéticamente hacia las pilas de periódicos polvorientos que se apretujaban unos sobre otros en los estrechos estantes.
Harry fue recogiendo todos los diarios sobre los que el ave de papel alertaba que podían contener información sobre el científico.
Cuando sintió que sus brazos cedían bajo el peso de aquella ingente cantidad de papel (aunque no los había contado, no era descabellado que fueran más de cincuenta diarios), Harry decidió que si no encontraba nada útil entre toda aquella información es que L.F. le había tomado el pelo y Devous no escondía nada.
Regresó a la zona de las mesas y se sentó con la enorme pila de papel frente sí. La grulla continuaba levitando, trazando círculos sobre su cabeza. Harry la hizo detenerse con un movimiento de varita y un finite incantatem.
Abrió el primero de los periódicos y buscó. Devous aparecía mencionado en un pequeño artículo sobre una fiesta de alta sociedad italiana. Al parecer se encontraba en Verona para dar una conferencia en un cónclave científico que se realizaba en dicha ciudad. Hojeó un poco el resto para asegurarse de que no aquello no era todo, pero no encontró nada más.
Siguiente.
Cuando quiso darse cuenta, llevaba ya más de una hora revisando periódicos. Hasta ahora, la gran mayoría de los artículos que hablaban de Devous hacían referencia a fiestas de su fundación para ayuda a las enfermedades mágicas congénitas, cócteles de la aristocracia mágica o menciones de otros científicos y figuras remarcables del mundo mágico.
En ningún caso, se comentaba nada sobre el viaje del doctor a Haití.
Tras desechar la idea de buscar algo en los números de Le Magistral pues su nivel de francés (a pesar de las insistencias de su amiga Fleur de ayudarle con el idioma de Voltaire) dejaba mucho que desear.
Se sorprendió al encontrar un ejemplar de Trois Anneaux, el homólogo francófono de La Escoba de Oro, entre los resultados de su búsqueda. ¿Quidditch? Dudaba mucho que Devous estuviese interesado en nada relacionado con aquel deporte. Probablemente sería otra fiesta de su fundación con algunos invitados del mundillo. También creía recordar que había un jugador llamado Julien Deveux o similar que jugaba en los Gévaudan Lycanthropes.
No obstante, y puesto que el quidditch era siempre igual, daba lo mismo el idioma, decidió echar un vistazo por si la suerte había decidido venir a visitarle.
Nada. Estaba a punto de dejarlo en la pila de los descartados cuando una noticia le hizo sonreír.
La casualidad había querido que la cara de Julia, la novia de Diego, posase con el uniforme de las Harpies en una noticia que anunciaba su fichaje por el equipo. El texto que acompañaba a la foto, decía, a grandes rasgos "Julia Arnaud, la joven revelación del quidditch nacional, ficha por el equipo británico de las Holyhead Harpies". Después comenzaba una retahila de datos sobre Julia demasiado adornados y a Harry le costaba entender.
Puesto que no quería perder tiempo distrayéndose con temas ajenos a los que lo habían llevado a la biblioteca, Harry apartó el diario francés sin terminar de leer el artículo sobre Julia.
Continuó aún durante una hora más hasta que por fin encontró algo que le servía. Se trataba de una entrevista previa al viaje de Devous a Haití. El diario estaba fechado en Mayo de 1999.
Tras leer un par de veces la entrevista completa, Harry sacó en claro varios puntos.
Tras el final de la segunda guerra contra Lord Voldemort, Devous pudo reunir los recursos suficientes para su viaje a Haití. Los descubrimientos de sus últimos viajes lo habían llevado a pensar que allí podría encontrar nuevos datos para su investigación.
El ministerio de magia de Francia (de dónde era natural Devous y dónde había vivido exiliado desde que Tom Riddle volviese a la vida pública) le había denegado hasta entonces el permiso debido a los problemas en el país vecino. Así que una vez pasado el peligro, Devous pudo retomar el proyecto y embarcarse a Haití.
En la entrevista, el periodista hacía mención a un cuaderno de bitácora que se rumoreaba en la comunidad científica que Devous poseía, y dónde iba apuntando los detalles de su investigación. Devous no lo desmentía, es más, afirmaba que tras el viaje, y ante la insistencia de sus colegas, se había decidido a publicarlo, para, en palabras del propio Devous "que todas las mentes pensantes del mundo pudiesen aportar su granito de arena al descubrimiento del milenio".
Harry contempló la foto del doctor situada junto a la entrevista. Se le veía mucho más joven, sobretodo teniendo en cuenta que hacía poco más de tres años que se había realizado dicha entrevista. Su mirada era tranquila, agradable. Nada que ver con el brillo febril de sus ojos al hablar del viaje cuando subieron al Charybdis. Nada que ver con la mirada huidiza y asustada tras el ataque de los piratas de Salgari. Y mucho menos que ver con la frialdad que desprendía su mirada cuando amenazó a Harry con hacerle daño a sus seres más queridos si contaba otra versión que no fuera la suya de lo sucedido en el cementerio de barcos.
De manera que había una bitácora. Y Devous se mostraba muy ilusionado con publicarla tras el regreso de Haití. Pero no existía tal publicación. Si hubiese existido, desde luego Harry ya hubiese dado con ella.
¿Dónde guardaría un científico algo tan preciado pero a la vez tan frágil como un cuaderno? Harry desconocía si en Francia existía algo similar a Gringotts, pero conocía a los enanos y sabía que para ellos, un montón de papeles garabateados sin un solo gramo de oro engarzado en sus tapas, no tendría mucho valor, y no se esmerarían con su seguridad.
Lo más probable es que Devous lo guardase en su propio hogar. ¿En su laboratorio? Demasiado peligroso. Devous investigaba una rama de la ciencia mágica que, y Harry lo sabía muy bien, era totalmente impredecible. Un fallo y el cuaderno quedaría calcinado sobre una mesa.
Puede que en algún tipo de caja fuerte o cámara de seguridad. Sí, definitivamente, su instinto de auror le indicaba esa dirección.
El problema ahora era como llegar hasta él. Porque plantarse en casa de Devous para echar un vistazo no era una opción. Probablemente la bitácora no fuese realmente importante para desentrañar aquel misterio, pero Harry estaba seguro que al doctor no le agradaría que la única persona que conocía la verdad, a parte de él y de Grosskopf, sobre lo que había sucedido en el fondo del Maelstrom, y que además era auror, husmease en su casa.
De pronto una idea cruzó por su cabeza. Era algo descabellada, pero estaba claro que era la única con las suficientes posibilidades de funcionar.
Decidido se levantó de la mesa y regresó a su despacho, dónde garabateó una breve nota en un pergamino que sólo unos minutos después Hendrix se encargaba de entregar a su destinatario.
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- ¿Puedes repetirme la pregunta? – Michelle lo miraba incrédula desde detrás de sus gafas de concha.
- ¿Cuántos años pueden caerme por allanamiento de morada? – preguntó Harry otra vez, esta vez mirando a su abogada.
- Pero, ¿esto es por alguna investigación para el Departamento de Aurores? – Michelle todavía no entendía muy bien la pregunta.
- Sí – mintió Harry – Pero tenemos que hacerlo de tapadillo porque el entorno del sospechoso se ha cerrado en banda y… bueno, no puedo contarte mucho más. Ya sabes, secreto profesional - si seguía inventando, pronto diría algo que no sabría como solucionar.
- En ese caso… lo peor no sería el allanamiento de morada en sí – explicó Michelle recolocándose las gafas sobre la nariz – Sino todos los cargos que además se le podrían añadir: para empezar, al ser auror, se te podría acusar de abuso de autoridad. Si te llevas algo como prueba podría ser robo. Por no hablar de los cargos de agresión o asesinato en caso de que la cosa se ponga seria.
- ¿Asesinato? – exclamó Harry sorprendido – No pienso llegar tan lejos Michelle.
- No, claro – contestó la chica ensimismada en sus pensamientos – No creo.
Harry guardó silencio unos segundos, sorprendido por el hecho de que Michelle pudiese plantearse la posibilidad de que él asesinase a nadie.
- ¿Entonces? - preguntó una vez más el chico.
- Supongo que no habría cargos suficientes como para encerrarte en Azkaban, excepto si se produjese un homicidio – Harry la miró de hito en hito ante la reiteración de la posibilidad de asesinato – y menos si tenemos en cuenta que gozas de cierta protección por parte del Ministerio. Pero creo, e insisto, creo, pues necesitaría más detalles para una opinión precisa, que podrías tener una suspensión considerable de sueldo y trabajo. Así como que volvieran a colocarte el detector.
- ¿El detector? – Harry sintió un sudor frío por la espalda al escuchar aquella palabra.
- Si, ya sabes. El Ministerio sabría cuando y dónde realizas magia. En cualquier momento. En cualquier lugar – sentenció Michelle.
El detector le daba a Harry mucho más miedo que Azkaban. Muchísimo más.
Puede que fuera porque la prisión mágica había cambiado bastante desde la época en la que su padrino Sirius Black había estado allí encerrado. Ahora los dementores se reservaban para custodiar a los criminales más peligrosos (asesinos en serie, crímenes contra la Comunidad Mágica, maldiciones imperdonables, etcétera) y Harry sospechaba que los aurores condenados tenían un trato preferente al de los demás presos.
Pero la verdadera razón era que el detector, incluso cuando se es un adolescente aprendiendo a usar la magia, era, en opinión de Harry, una aberrante privación de la libertad inherente a los actos de un ser humano. Saber que cualquier cosa que hagas, incluso inconscientemente (pues la naturaleza de los magos los lleva a realizar magia mecánicamente para casi cualquier acto cotidiano) está vigilada e incluso prohibida, puede llegar a volver loco a cualquiera.
Con esta tan poco halagüeña perspectiva Harry agradeció a Michelle que hubiese acudido a la cita.
- No te preocupes Harry, no es ninguna molestia – contestó la chica.
- Pero estás de baja por maternidad, no tendrías porque aceptar consultas.
- Bueno, pero tu caso es especial. Antes que mi cliente te considero mi amigo – le guiñó un ojo – Me voy Harry. Tengo en mi casa una mujer que ha parido hace relativamente poco y un bebé que no para de llorar – suspiró Michelle – Si no las quisiera con locura, me plantearía seriamente huir al fin del mundo – sonrió.
Harry sonrió también. Conocía lo suficiente a Michelle como para saber que lo había dicho en broma. Los abogados suelen tener un humor algo macabro.
Cuando Michelle atravesó la puerta de entrada de Grimmauld Place dispuesta a marcharse, Harry recordó algo que había olvidado mencionar durante la conversación.
- Michelle – levantó la voz para que ella pudiese oírle - ¿qué sabes de Julien Devous?
- ¿Julien Devous? – la chica se detuvo y se llevó los dedos a los labios con gesto pensativo - ¿El científico?
- El mismo – corroboró Harry.
- No mucho – contestó Michelle – A parte de lo que todo el mundo sabe: que es especialista en física mágica, que es el padre de Julia Arnaud, la buscadora de la Harpies y que lleva años viajando por el mundo desarrollando una tesis. No tengo conocimiento de que haya tenido problemas legales – añadió la muchacha creyendo que Harry preguntaba por algo relacionado con su oficio - ¿Por?
Harry tardó en contestar. El nombre de Julia Arnaud lo había dejado en el sitio. ¿Julia? ¿La misma Julia que salía con Diego y era compañera de Ginny en la Harpies era la hija de Devous?
- ¿Julia Arnaud es hija de Julien Devous? ¿Y por qué no comparten apellido?
- Julia adoptó el apellido de soltera de su madre cuando alcanzó la mayoría de edad. La señora Devous murió cuando ella sólo tenía siete años. Supongo que lo hizo para recordarla - explicó Michelle.
Eso explicaba la presencia de los periódicos deportivos en la biblioteca. Eso explicaba la noticia sobre Julia.
Pero lo mejor de todo es que eso abría un nuevo camino a Harry para conseguir la bitácora sin necesidad de complicarse con temas legales.
- ¿Por qué te interesa Devous, Harry?
- Me ha invitado a una de las fiestas de su fundación - cada día que pasaba, Harry sentía que sus mentiras eran mejores - Gracias Michelle. Muchísimas gracias. No puedes imaginar lo mucho que me has ayudado.
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- Aún no entiendo por qué estamos aquí – preguntó Ginny con cara de pocos amigos.
- Porque todo el mundo sabe que "estamos" juntos – explicó Harry – Si de un día para otro ya no estamos juntos, habrá que dar una explicación ¿no?
- ¿Y por qué no decimos que te pillé en la cama con otra? – sugirió Ginny intentando que no se le enredará la falda entre alguno de los arbustos.
- Porque tú me metiste en esto sin ni siquiera consultármelo. Así que no pienso quedar como un cabrón.
- ¿Tienes miedo de que la gente sepa la verdad? – murmuró la chica.
- Tan simpática como siempre Ginevra – Ginny dio un respingo ante la mención de su nombre completo – Guárdate esos modales para la cena, el numerito tiene que quedar creíble.
- No te preocupes por eso – contestó – no voy a contenerme. ¿Me odiarás si te saco los ojos?
- No más de lo que te odio ya – sonrió el chico.
Caminaban por el jardín delantero de la mansión de los Devous. Harry había convencido a Ginny de que la mejor manera de acabar con toda la historia que tenían montada era pelearse en medio de una cena de parejitas. Para no dejar nada al azar, Harry había planeado el motivo que los llevaría a iniciar una violenta discusión con su supuesta novia.
Lo que Harry no le había contado a Ginny es que esa noche esperaba matar dos pájaros de un tiro: por un lado terminar con aquella maldita locura que le quitaba el sueño y por otro, hacerse con el cuaderno de bitácora de Julien Devous.
Había sido una suerte que Julia, que además de jugadora de quidditch pertenecía a la clase alta, hubiese tenido la, previsible, amabilidad de celebrar la cena en su casa.
A simple vista todo parecía ser favorable para Harry. Pero era demasiado pronto para emocionarse, así que simplemente respiró hondo y caminó junto a Ginny los pocos metros que ahora les separaban del hogar de los Devous.
Se trataba de un elegante caserón de dos plantas que, por el aspecto de la fachada, tenía toda la pinta de haber sido construida a finales del siglo XIX o principios del XX. Harry y Ginny esperaron ante la gran puerta de roble tras pulsar el timbre que, con voz cantarina y musical, había avisado a la dueña de la casa que los invitados ya habían llegado.
La sonriente cara de Julia no tardó mucho en aparecer tras la puerta mientras daba la bienvenida a la pareja. Aunque hacía casi tres meses que no se veían, la chica saludó a Harry efusivamente y le indicó que Diego se encontraba en la cocina terminando la cena.
Harry no se sorprendió, pues su amigo era un verdadero cocinitas y de vez en cuando gustaba de preparar tentempiés típicos de su México natal y deleitarse con las caras que ponían Harry y los demás al probar algo que llevaba "muy poco picante, lo que pasa es que aquí sois muy nenitas".
Julia se dispuso a enseñarles la casa. El piso superior quedaba dividido en dos alas a las que se accedía por una enorme escalera que subía desde el recibidor y se bifurcaba en sendos pasillos enmoquetados para acceder a ellas. A la izquierda de la escalera y también desde el recibidor partía otro pasillo que rodeaba la casa hasta dar a parar a una pequeña puerta trasera que salía al jardín y que se podía ver a través de los ventanales del salón. Junto a la entrada de este pasillo se encontraba la cocina, dónde se escuchaba a Diego canturrear algo de Led Zeppelin.
La muchacha se disponía a enseñar las distintas habitaciones cuando su novio apareció con una humeante cacerola, a rebosar con un guiso espeso y rojizo, y una sonrisa de oreja a oreja en la cara.
- ¿Qué tal tortolitos? Espero que tengáis hambre porque esto hay que comérselo antes de que se enfríe – canturreó Diego mientras pasaba por su lado.
- Espero que eso no sea lo que yo creo – dijo Harry intentando disimular el pánico.
- ¿Qué pasa Harry, le tienes miedo a un poquito de chili? – Diego se lo estaba pasando en grande.
- Sabes que yo no le tengo miedo a nada – se defendió Harry – Pero eso… joder eso puede derretirte la lengua en cuestión de segundos.
Diego se encogió un poco y comenzó a cloquear camino del salón.
- Te vas a arrepentir de haber utilizado ese truco conmigo – contestó Harry, adelantando a su amigo con la cabeza bien alta y con pose desafiante, mientras Julia se carcajeaba y Ginny los miraba con desdén, dando a entender que ya eran suficientemente mayorcitos como para seguir haciendo esas tonterías.
Se sentaron en una larga mesa en el salón de la casa, ricamente decorado con multitud de objetos que Harry suponía que el doctor Devous debía haber ido consiguiendo en sus viajes alrededor del mundo. Diego sirvió la cena a las chicas, después a Harry y finalmente se sirvió un cazo casi incandescente de chili con carne.
- ¿Cómo es que no tenéis elfos domésticos en una casa tan grande Julia? – preguntó Ginny mientras soplaba suavemente a su cuchara.
- No los necesitamos. Yo vivo en Conwy la mayoría del tiempo como ya sabes, y mi padre pasa mucho tiempo fuera debido a su trabajo – explicó la chica.
- Hablando de tu padre, ¿dónde está? Soy un gran admirador de su trabajo… - mintió Harry. Sabía perfectamente que el doctor Devous se encontraba dando una conferencia en Verona. Pero necesitaba asegurarse.
- Pues está en Italia, en un congreso o algo así – contestó Julia – No me lo dejó muy claro.
- ¿Desde cuándo te interesan a ti las "partículas brujas"? – preguntó Ginny mirando a Harry desconcertada.
- Qué poco me conoces Ginevra – respondió el chico remarcando claramente las palabras "poco" y "conoces" - ¿Y a ti?
- A mí las "partículas brujas" me importan un sickle. Pero Julia y yo somos amigas y me intereso por su familia.
La cena transcurrió sin incidentes, sin contar el momento en el que Diego, sorprendido por la rapidez con la que Harry había terminado con su plato de chili y las quesadillas lo había retado a comerse una guindilla entera y había estado a punto de perder la faringe por abrasamiento. Además, Harry y Ginny habían acordado que lo interesante empezaría después del postre.
Dejaron la mesa donde habían cenado y se dirigieron a un conjunto de sofás que parecían realmente cómodos a tomar el postre y charlar. Se sentaron mientras esperaban a que el soufflé de limón que Julia había preparado para la ocasión acabase de hornearse.
Julia y Ginny debatían sobre las nuevas tácticas que su entrenador se empeñaba en practicar sin mucho éxito. Y Harry, como aficionado al quidditch y excapitán del equipo de Gryffindor, no pudo resistir la tentación de opinar. Ginny lo miró con cara de "no hables de lo que no sabes" y Harry cerró la boca tan rápidamente que se hizo daño en los dientes, algo que Diego encontró especialmente gracioso y no disimuló sus carcajadas.
Harry se sentía realmente a gusto. Estaba entre amigos y, al igual que en la boda de Ron y Hermione, con la excusa de guardar las formas para que todo el mundo pensase que de verdad estaban juntos, Ginny no se mostraba tan hostil con él como habitualmente.
Era muy frustrante. Muy frustrante porque realmente deseaba estar bien con ella. Por supuesto ni se planteaba que volvieran de verdad. Porque Harry sabía que había cometido un terrible error aquella tarde frente al lago de Hogwarts. No había día que el chico no lamentase aquella conversación.
Pero tras casi cinco años, esperaba que Ginny, que había rehecho su vida y que, o al menos eso pensaba Harry, era feliz, lo hubiese perdonado.
Harry sabía que era su culpa, pero Ginny aprovechaba cada momento de debilidad del moreno para recriminarle y recordarle quién había sido el causante del fin de su relación.
Fuera como fuera, quizás lo mejor era no retrasar la discusión más tiempo. Así Ginny podría volver con su vida y Harry con sus propios problemas.
Y hablando de problemas, casi se había olvidado del verdadero motivo por el cual había acudido esa noche a casa de Julia. El cuaderno de bitácora de Julien Devous.
- Creo que necesito hacer sitio al postre – se excusó Harry mientras se levantaba del sofá. Las risas de Diego y la cara de disgusto de Ginny le indicaron que el comentario no había sido tan acertado como creía - ¿Dónde está el baño Julia?
- Al fondo del pasillo que hay bajo la escalera. La segunda puerta a la derecha – explicó Julia dibujando una línea en el aire con el dedo. Al percatarse de que las indicaciones podían ser un poco vagas, Julia añadió - ¿Quieres que te acompañe?
- No hace falta, creo que me ha quedado claro – contestó Harry.
Se levantó camino de la entrada y no tuvo dificultades para encontrar el pasillo que Julia le había indicado.
Pero en lugar de ir hacia allí, decidió tomar un pequeño desvío y subir por la escalera. En realidad no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba el despacho de Devous, pero su intuición de auror, que hasta ahora había tenido un porcentaje de aciertos de casi el cien por cien, le indicaba que probablemente estuviese en el piso superior, cerca de su dormitorio.
Giró primero a la derecha y abrió la primera puerta que encontró. Se trataba de un pequeño cuarto, decorado muy femeninamente pero que a todas luces no se usaba demasiado. Las sábanas estaban algo revueltas sobre la cama y Harry sonrió. Era el cuarto de Julia.
En aquel pasillo no había nada más, sólo una enorme terraza ahora tenuemente iluminada por el sol que se consumía en el oeste.
Utilizando todas sus habilidades de sigilo cerró la puerta cuidadosamente y se dirigió al ala este de la casa, dónde encontró tres puertas más.
Por suerte para Harry, en la primera encontró lo que buscaba.
El despacho de Devous era muy similar a su camarote en el Charybdis, con la diferencia de que aquí en lugar de una mesa y un sofá, había un elegante escritorio de ébano. Por lo demás, las mismas estanterías desordenadas y el mismo caos de cachivaches.
Sin perder más tiempo sacó la varita y comenzó a susurrar hechizos de localización. Probó llamando al cuaderno con un accio, probó moviendo algunos libros (quizás esperase que de repente una puerta secreta se abriese tras una estantería), e incluso recitando antiguos encantamientos que recordaba se usaban para proteger objetos valiosos.
Nada.
Pero de pronto algo llamó poderosamente su atención. Uno de los cajones del escritorio no tenía el mismo tirador que los demás.
Se acercó con cuidado y pudo comprobar que, efectivamente, no se trataba de un tirador, sino de una pequeña ruleta dorada que tenía grabadas todas las letras del abecedario alrededor de su circunferencia. Sobre la ruleta, una pequeña muesca también dorada.
- No puede ser – exclamó Harry para acto seguido quedarse completamente callado. Con la emoción del hallazgo se le había olvidado que estaba tratando se ser sigiloso – Es demasiado… fácil.
O no. Giró suavemente el mecanismo hasta alinear la letra D bajo la muesca. Después la E. Después la V. Y así sucesivamente. Probó varias veces con distintas palabras: Devous, Maelstrom, Julien… Pero ninguna funcionó.
Harry levantó la vista para descansar los ojos tras la concentración (las letras grabadas eran realmente diminutas) y reparó en una fotografía que descansaba sobre una de las estanterías.
En ella, un Devous mucho más joven, una mujer muy guapa que debía ser su mujer y una niña pequeña sonreían radiantes de felicidad.
- Definitivamente eres idiota – se dijo a sí mismo.
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- ¿Harry? – Julia estaba apoyada en el marco de la puerta - ¿Qué haces aquí? Pensábamos que… bueno, que te había sucedido algo.
- Maravillándome de tu talento para el quidditch – la halagó el muchacho mientras volvía a dejar sobre la estantería una pequeña copa dorada con asas en forma de alas de snitch - ¿Desde cuando llevas jugando?
Una vez conseguido su objetivo, Harry se había escabullido del despacho de Devous y había bajado hasta el pasillo del baño. Puesto que la teoría de haber estado tanto tiempo allí era algo bizarra, había entrado en la habitación contigua, donde al parecer Julia guardaba todos sus trofeos y condecoraciones.
- Desde que estaba en la escuela de magia – sonrió ella acariciando un premio plateado con forma de escoba.
- ¿Beauxbatons? – preguntó Harry, aliviado porque su coartada hubiese sido aceptada sin problemas.
- Efectivamente. De los siete años que estudié allí, sólo perdimos doce partidos – contestó Julia con orgullo.
- ¿Eso son muchos partidos? – Harry, acostumbrado a sólo jugar cuatro partidos por temporada en Hogwarts, no estaba muy de acuerdo con el uso del adverbio "sólo" en aquella frase.
- En Beauxbatons el quidditch funciona de manera diferente – explicó Julia comprendiendo la sorpresa de Harry – Puesto que no existen casas, como en Hogwarts, sólo tenemos dos equipos: las Belles y los Bêtes. O lo que es lo mismo, chicos contra chicas.
Aunque Harry había utilizado aquella conversación como excusa, le resultó realmente interesante lo que Julia le estaba contando.
- Cada año, se disputan trece partidos – continuó la chica – El ganador es aquel que consiga vencer en siete partidos o más a lo largo de toda la temporada. Yo empecé a jugar en segundo como buscadora. Y sólo estuve ausente en un par de encuentros por una lesión en la rodilla. De manera que, no, no son muchos partidos.
- Por lo que veo, las mujeres de Beauxbatons son de armas tomar.
- Pues sí – Julia sonreía ampliamente – Se tiene un conteo general desde la fundación de Beauxbatons allá por el año 1211. Y por el momento, la balanza se inclina a nuestro favor: 5315 partidos a favor de las Belles frente a 4994 de los Bêtes.
- Nada, eso es fácil de remontar – bromeó Harry mientras salía de la habitación acompañado de la muchacha.
Regresaron al salón dónde Diego estuvo haciendo bromas sobre la prolongada ausencia de Harry y su visita al servicio.
Julia repartió el suflé entre sus invitados y Diego dejó sobre la mesa una cafetera recién hecha para acompañar al postre.
Harry miró la cafetera sonriendo. Acto seguido levantó la vista hacia Ginny, la cual lo miró también y asintió.
"Comienza el espectáculo" pensó.
- ¿Me puedes servir una taza de café, cariño? – preguntó Harry con inocencia.
- Por supuesto, ¿azúcar? – contestó Ginny con idéntico tono.
- Poco, por favor.
Harry se giró hacia Julia y le preguntó si alguna vez había jugado en otra posición que no fuera la de buscadora. No es que le interesase especialmente, pero hacer caso omiso de Ginny mientras le servía el café era parte de su plan.
- Aquí tienes cielo – avisó Ginny a Harry mientras le acercaba la taza.
Harry sorbió con cuidado para acto seguido hacer una mueca de asco.
- ¿Cuántas cucharadas le has echado a esto?
- Cuatro, ¿por? – Ginny lo miraba seriamente. Demasiado seriamente. Estaba claro que aquello seguía sin convencerla mucho.
- Joder, ¿cuatro cucharadas te parece a ti poco azúcar? – se quejó el chico.
- Pues la próxima vez te lo echas tú, que me tienes hasta el mismísimo… - Ginny se contuvo – Te pasas el día quejándote de todo.
- ¿Perdona? – ya está. Ahora ya no había manera de parar aquello. Sólo tenían que desahogarse, que gritarse como de verdad deseaban hacerlo. Era perfecto – Eres tú la que nunca estás contenta con nada de lo que hago. Desde que volvimos no haces más que criticarme.
- Porque eres un imbécil – contestó Ginny. La conversación no tenía mucho sentido, pero a juzgar por las caras asustadas de Julia y Diego, estaba surtiendo el efecto deseado – Creo que acabo de recordar por qué te dejé.
- ¿Me dejaste? Te recuerdo que fui yo el que te dejó a ti.
La bofetada que Ginny le propinó a Harry en la cara le indicó al chico que se había dejado llevar por el momento y se había pasado.
- Vete a la mierda Harry. Volver contigo ha sido el mayor error que he cometido en mi vida – sentenció la pelirroja levantándose muy digna – Julia, Diego, siento que hayáis tenido que ver esto. Me marcho, no puedo seguir en la misma habitación que este personaje ni un minuto más.
- No te preocupes – la cortó Harry – el que se va soy yo. Gracias por la cena Julia, tienes una casa muy bonita. Espero que nos volvamos a ver, aunque sea… en otras circunstancias. Adiós.
Harry se levantó y anduvo hasta la entrada de la casa, seguido de Julia, que lo despidió con un suave "Buenas noches".
Cuando atravesó la enorme verja de salida del terreno de los Devous y tras comprobar que ya no había ningún encantamiento que le impidiese desaparecerse, Harry sacó de su chaqueta un pequeño cuaderno de color azul marino y suspiró aliviado.
Cuánto tiempo hipotéticos lectores.
Podría poneros miles de excusas sobre el extremado retraso de este capítulo, pero ninguna sería muy convincente. Digamos simplemente que estos últimos meses he tenido más preocupaciones en la cabeza a parte de esto. Muchas más.
Este capítulo marca el principio del fin (tranquilos, aún queda un tiempo) de esta historia. No sé cuando tendré listo el siguiente capítulo, pero como tengo planeado que no sea especialmente largo, espero tenerlo listo cuanto antes.
Además tengo un par de proyectos por ahí con ganas de salir a flote. Así que quizás tengáis noticias mías antes de lo que pensais.
¡A cuidarse zagales!
