Disclaimer: todo aquello que vuestras mentes privilegiadas de frikis no puedan reconocer, es mío.

Advertencia: capítulo corto, y puede que algo aburrido, pero determinante para la historia.

15. Haití, 1999

Lunes, 5 de abril de 1999

Escribo estas líneas desde el improvisado escritorio que hay instalado en mi camarote. Son aproximadamente las dos de la madrugada, y tras dar varias vueltas en la cama, he decidido escribir algo, a ver si el sueño consigue alcanzarme de una maldita vez.

Bien visto, es algo normal, pues la excitación que supone este viaje no sólo para mí, sino para toda la comunidad científica, bien vale unas cuantas horas menos de sueño.

Hemos zarpado esta mañana temprano desde el puerto de Le Havre. El barco en el que me encuentro, que responde al nombre de Argonaute, es un enorme buque de carga que cubre habitualmente la ruta de comercio con Haití, transportando máquinas y equipamientos de transporte, así como combustible. Sí algún mago leyese esto, no entendería la mitad, pues se trata de comercio muggle.

Y entonces ¿qué hago yo aquí? La respuesta es relativamente sencilla. El capitán del barco, el señor Christian Duplantier, es un buen y viejo amigo mío. Y además es un squib. Pero pertenece a una de las pocas familias de la clase alta mágica que no se avergüenza de tener a uno de ellos en la familia. Debido a la casi ancestral amistad que une a sus padres con la mi familia paterna, nos conocimos hace ya muchos años en una de esas fiestas que tanto nos gusta celebrar a la gente medianamente acomodada.

Christian Duplantier podía haber tenido futuro en el mundo mágico si él hubiese querido. Si bien es verdad que como squib había más contras que pros, el señor Duplantier siempre demostró tener la inteligencia y el carisma necesario para triunfar en cualquier profesión, requiriese magia o no, que se hubiese propuesto.

Pero la pasión de Christian siempre fue el mar. Recuerdo cuando, durante nuestros años de juventud y pasábamos horas muertas tumbados en bajo el suave sol de la costa de Marsella, él señalaba el mar y me decía "Julien, algún día, no quedará un solo rincón en el océano que no haya conocido".

Cuando el Ministère de Magie me concedió por fin el permiso para emprender este viaje, contacté con él, pues sabía que desde hacía mucho tiempo se encargaba de gran parte del comercio de Francia con Haití (que ciertamente, no es mucho), país dónde mis indagaciones han indicado que puede estar una importantísima clave para culminar mi investigación.

Allí espero encontrar a un hombre, un hombre que podría tener información de primera mano de lo que llevo tantísimo tiempo buscando: el paradero de lo que se podría considerar el origen de la magia del mundo, de la fuente de la que brotan todos nuestros poderes, de la razón de ser de toda nuestra sociedad y del orden mundial.

Creo que estoy empezando a marearme. Soy un hombre de costa y no es la primera vez que monto en barco, pero este buque es demasiado grande como para no sentir el vaivén sobre las olas. Creo que ya basta de escribir por hoy.

Vuelvo a mi cama, si es que a esa plancha de acero cubierta con varias mantas que aún así no evitan que el frío me penetre hasta los huesos se le puede llamar cama.

Jueves, 8 de abril de 1999

Vuelvo a escribir para matar el rato, pues hoy ha sido un día especialmente tedioso. Bueno, en realidad, todos los días desde que zarpamos han sido bastante tediosos. La tripulación me despierta por las mañanas muy temprano para desayunar y el resto del día no tengo mucho más que hacer que pasear por entre los enormes contenedores que se amontonan unos encima de otros en la cubierta.

Por suerte, el capitán calcula que estaremos en Haití el sábado a media tarde. Un alivio, pues empiezo a sentir que todo el tiempo que no puedo aprovechar mientras estoy aquí podría emplearlo en cosas más productivas.

¿Por qué entonces no elegí hacer el viaje utilizando un traslador internacional? La razón es muy simple: no hay trasladores internacionales cuyo destino sea Haití. En la isla no existe una comunidad mágica propiamente dicha. Esto puede ser debido a que el sentimiento de comunidad tampoco existe, pues los poco más de cincuenta magos que habitan en la isla viven prácticamente aislados de la sociedad, escondidos, y dedicados a usos de la magia que se podrían catalogar, cuanto menos, como indebidos (sí, efectivamente estoy hablando del vudú).

De manera que organizar todo lo necesario para que un traslador llegase al país sin ayuda de magos autóctonos o residentes allí, que tampoco conozco, habría sido casi imposible cuando no tremendamente peligroso.

Por otra parte, el otro transporte muggle que estaba disponible era el avión, pero no me gusta demasiado… no suelo fiarme de cosas que no entiendo, y por desgracia, mis conocimientos sobre las máquinas de volar muggles no son lo suficientemente exhaustos como para subirme a una de ellas sin sufrir un colapso nervioso.

De manera que decidí hace ya bastante tiempo, desde el día que mis investigaciones me apuntaron hacia Haití como mi próximo destino, que viajaríamos en barco, pues si bien el viaje se hace mucho más pesado, me da más seguridad que volar sobre el mar subido en un cacharro ruidoso. Además, pondría mi alma en manos del capitán Duplantier.

Del resto de la tripulación no puedo decir lo mismo. Si bien es cierto que apenas los conozco, y que mi educación me impide juzgar a alguien por su apariencia, no puedo asegurar que me sienta del todo cómodo con ellos.

Quizás sean esas miradas distantes y frías que me dirigen cuando me los cruzo por los pasillos del buque, o porque la mayoría de ellos prefieren interrumpir sus conversaciones cuando estoy cerca.

En cualquier caso, no puedo reprochárselo. La mayoría de ellos son, al igual que su capitán, squibs. Pero a diferencia de su capitán, muchos fueron rechazados e incluso castigados por sus familias cuando éstas descubrieron que no podrían realizar magia.

Siempre me ha parecido injusta ese tipo de discriminación. No ya hacia otras personas, sino hacia alguien de tu misma sangre, a la carne de tu carne. La genética no es una ciencia exacta, y mucho menos responde a los deseos de los progenitores.

Sé que suena irónico que yo, descendiente de los Malfoy, que durante toda su historia han detestado y maltratado no sólo a los muggles, sino también a los hijos de éstos que nacían magos, usando un apelativo que me produce auténtica vergüenza siquiera recordar; defienda esta posición.

Pero cuando tu vida es la ciencia, y esta te lleva a descubrir en muchas ocasiones, que la realidad no es más que un conjunto de casualidades, descubres que el ser humano, ese ser racional, egoísta y egocéntrico, no es más que otra marioneta en manos del destino. Y lo último que necesita es añadir el odio a la mezcla, pues tarde o temprano, acabará explotando.

Creo que me voy a acostar, pues empiezo a filosofar demasiado y noto las rodillas un poco entumecidas por la posición en la que estoy sentado. Este barco transporta toneladas de hierro, pero veo difícil encontrar un poco de comodidad.

Sábado, 10 de abril de 1999

Por fin hemos llegado a Puerto Príncipe. Aunque esta mañana, cuando aún el sol se asomaba tímidamente por la línea del horizonte, ya se podía divisar la costa, no ha sido hasta esta misma tarde a las seis cuando hemos atracado.

El capitán Duplantier y su tripulación aún se quedarán unos días en tierra para descargar toda la mercancía que traen desde nuestra tierra natal. Una vez hayan solucionado los temas burocráticos y las entregas se hayan realizado, regresarán a Francia.

No estoy seguro al cien por cien de haber encontrado para ese entonces (el capitán calcula que probablemente zarpen el miércoles de la semana que viene) lo que vine a buscar a Haití. Pero Christian Duplantier, que es un hombre amable y generoso dónde los haya, me ha prometido que si no puedo acompañarlos, podré regresar a mi país en el siguiente viaje. O en el próximo. O en el próximo del próximo. No continúo con esta retahíla, creo que se entiende lo que ha querido decir.

Estoy alojado en Le Montana, uno de los hoteles más lujosos de todo Puerto Príncipe. Los que me conocen lo suficiente saben que, descontando mi residencia actual en Plan-de-Cuques y un caserón que heredé de mi tío Gemini Malfoy en Escocia, no dispongo de grandes riquezas. Es más, lo que gano con mis investigaciones va destinado casi en su totalidad a la reinversión en nuevas investigaciones o a mi pequeña fundación.

Pero el cambio de un galeón a cualquier moneda muggle, y en especial en gourdes e incluso en dólares haitianos, es muy alto. Por alguna extraña razón, los muggles han estado siempre obsesionados con el oro y claro, piezas de oro macizo sin ningún tipo de impureza no se ven todos los días.

Así que con un puñado de galeones podría costearme aquí unas vacaciones dignas del más rico de todos los gerifaltes muggles.

Pero no pretendo alargar mi estancia más de lo necesario. Mi idea era la de comenzar mi búsqueda esta misma tarde, justo después de ordenar mi equipaje en la habitación.

Por desgracia, el recepcionista del hotel me ha parado los pies, aunque diré en su favor que con muy buenos modos. Me ha preguntado a dónde quería ir. Le he dicho que a dar una vuelta por la ciudad. Me ha ofrecido a uno de los guías que el hotel tiene contratados para que me acompañase y me trazara una ruta turística. Le he contestado que no. Entonces me ha dicho que no podía garantizar mi seguridad si me dedicaba a deambular por Puerto Príncipe sólo.

Al final he desistido. Podría haberle lanzado un hechizo desmemorizante y me habría ahorrado el sermón, pero soy un hombre demasiado tranquilo para reaccionar con tanta pasión. Mañana intentaré que no me vea saliendo del hotel, y si lo hace, entonces utilizaré otros métodos para persuadirle de que me permita hacer turismo por mi cuenta.

Por hoy ya es suficiente. Bajaré al bar del hotel a probar alguno de los maravillosos cocktailes que anuncian y me acostaré. Mañana pretendo madrugar para aprovechar el día lo máximo posible.

Lunes, 12 de abril de 1999

Si no he escrito nada desde la última vez es porque no me ha sucedido nada interesante que pueda contar.

Ayer por la mañana salí casi con el alba para empezar mi investigación.

A estas alturas ya no tiene sentido seguir con tanto secretismo, de manera que ha llegado el momento de explicar cuál es el objetivo de este viaje.

Hace un par de años, como recogen mis notas, un par de colegas científicos y un servidor, descubrimos una serie de áreas geográficas en las que la magia era mucho más intensa.

Me explico. La magia que realiza un mago, o mejor dicho, la potencia de esta depende en gran cuantía de la voluntad y la concentración de dicho mago. En estas zonas, repartidas a lo largo de todo el mundo, los hechizos se amplificaban aunque uno los realizase con total desgana. La razón era que, incluso podía apreciarse sobre uno mismo si se conseguía el grado de relajación adecuado, la concentración de partículas brujas era muy alta, o lo que es lo mismo, a la magia pura que impregna toda la materia.

Analizando los patrones de distribución de dichas áreas, llegamos a la conclusión de que trazaba una suerte de brazos en espiral, como si todos fluyesen desde un origen común. Aquello nos sorprendió a la vez que nos fascinó, pues la postura de la mayoría de los físicos mágicos con respecto a las partículas brujas había sido la de que simplemente "estaban" y no que "surgían" de un punto concreto.

El problema es que la presencia de las áreas llamadas "de amplificación mágica" es complicada de comprobar y por tanto dificultaba mucho la tarea de localizar dicho origen. En muchos casos la amplificación quedaba enmascarada por una gran presencia de magos y otros seres mágicos (vivos o inertes), que absorbían esa gran cantidad de magia del ambiente y hacían casi imposible apreciar diferencias. En terrenos relativamente desiertos, era mucho más fácil comprobar como un simple lumos producía una potente destello, o como las plantas y animales de naturaleza mágica presentaban un aspecto mucho más vivo.

Tras muchos cálculos y quebraderos de cabeza, logramos delimitar un perímetro a la zona dónde se supone que estaba ese origen.

El problema vino cuando nos dimos cuenta de que dicho perímetro abarcaba cerca de nueve mil kilómetros de océano y que nos sería imposible reducir el área de búsqueda con los datos de los que disponíamos.

Fue entonces cuando decidimos separarnos para que cada uno prosiguiese la investigación por su cuenta. Habíamos llegado a un punto muerto, ahora sólo era cuestión de que la suerte nos sonriese un poco y nos regalase un dato revelador que nos abriese los ojos en una nueva dirección.

Y, aunque hace mucho que no contacto con mis compañeros y no sé en que estado se encuentran sus investigaciones en este campo, creo que fui yo el que encontré ese pequeño dato. Como muchas de las cosas maravillosas que suceden en la vida, por pura casualidad.

Estaba disfrutando de la lectura de un libro que me había regalado mi pequeña Julia (que ya no es tan pequeña, pero me resisto a pensar que se hace mayor). Se trataba de un libro sobre mitos de marineros muggles. Julia sabe que me encantan ese tipo de libros, en los que uno puede apreciar que lo que la mayoría de los sucesos inexplicables que los muggles atribuyen a la mala suerte, o fuerzas salidas del mismísimo infierno, no son más que magos con ganas de divertirse o tan asustados que se les ocurre otra manera de defenderse que utilizando su magia.

No obstante, en este libro encontré algo que me llamó poderosamente la atención.

En uno de los relatos, me costaba mucho encontrar detalles que indicasen que se tratase de una acción perpetrada por un mago. Era magia, eso estaba claro. Cuando uno lleva tanto tiempo conviviendo con algo como lo es la magia, y buscando en antiguos relatos su presencia como afición, que como todo el mundo sabe se aprende mucho más rápido que algo a lo que te estén obligando, las diferencias saltan a la vista.

Se describían en la historia mutaciones extrañas, casi demoníacas. Miembros que se retorcían sobre sí mismos, la carne se transformaba en líquida y la sangre se cristalizaba. Luces parpadeantes, de colores inexplicables. Las sombras cobraban vida y el aire se espesaba.

La magnitud de este fenómeno, que en muchos casos finalizaba a los pocos minutos, no es sólo debido a la alta concentración de magia, sino al hecho de que los observadores eran muggles.

Los avances en el campo de las partículas brujas demostraron, hace ya bastantes años, que la única diferencia entre los magos y los muggles, genéticamente hablando, que las células de los magos están preparadas para canalizar esa magia. La magia que un mago realiza no surge de la varita, surge de sí mismo. La varita es simplemente un condensador de dicha magia que fluye por nuestro cuerpo. Y los nombres de los hechizos, las palabras, simples truco nemotécnicos que nos ayudan a crear la imagen mental y necesaria para dar forma a dicha magia.

Los muggles, al no disponer de esta configuración genética y ser expuestos a grandes de magia de manera repentina, sufren fuertes alucinaciones, así como sus células mutan descontroladamente. Los squibs, al vivir en ambientes mágicos aunque sea sólo unos años de su vida, no sufren este impacto inicial.

La historia me hizo pensar que quizás, aquellas fuentes que en principio no podían catalogarse como científicamente fiables, serían de gran ayuda para acotar la búsqueda de lo que mis colegas y yo habíamos bautizado como "el vórtice".

Me sumergí entonces, afortunada metáfora ahora que lo pienso, en cartas de navegación, relatos de marineros, crónicas de batallas navales, y un sinfín de documentos que en su mayoría sobrepasaban los cuatrocientos años de antigüedad y que, debido a su procedencia muggle, estaban en un estado bastante deplorable, a pesar de los esfuerzos por conservarlos.

La búsqueda fue difícil, eso no voy a negarlo. Pero puedo afirmar orgulloso que finalmente encontré lo que tanto tiempo se había escondido.

He mirado el reloj de refilón y es muy tarde. Me iré a dormir, pues estas confesiones no corren prisa.

Miércoles, 14 de abril de 1999

Si no fuera un hombre de ciencia y comprendiese que las cosas no salen siempre como uno desearía, ahora mismo estaría sumido en una profunda depresión.

Obviamente estoy algo desalentado por el hecho de que tras haber recorrido casi por completo la ciudad de Puerto Príncipe por segunda vez en menos de tres días, sigo sin encontrar a nadie que pueda darme información sobre a quién estoy buscando.

Aunque en teoría hoy era el día en que Christian Duplantier y el Argonaute regresaban a Francia, el capitán ha decidido anteponer la amistad que nos une a sus deberes como capitán. En otra circunstancia me habría enfadado y le habría recriminado el hecho de desatender su negocio. Pero tal y como están las cosas, reconozco que agradezco el detalle.

La perspectiva de seguir aquí a saber cuantos días más sin ninguna compañía, no era muy alentadora.

Además, Christian, que ahora insiste en que me refiera a él por el nombre de pila, como cuando éramos más jóvenes, se está haciendo mayor y dice que ya es hora de empezar a delegar algunas responsabilidades sobre sus subordinados.

Así que el Argonaute ha zarpado sin Christian Duplantier, pero capitaneado por su segundo de a bordo y, según palabras del propio capitán, en muy buenas manos.

No obstante, y aunque no puedo quejarme de la compañía, la búsqueda que he realizado durante el día de hoy ha sido igual de infructífera que las anteriores.

Pero ¿qué estoy buscando? Bueno, no estoy buscando algo. Estoy buscando a alguien.

Estoy buscando a Hannibal Hellmouth. O, al menos, algún rastro de su paso por Haití.

¿Quién es Hannibal Hellomouth? Bueno, no es una pregunta tan extraña, pues hasta hace relativamente poco tiempo yo tampoco tenía conocimiento de este nombre.

Hannibal Medeiros, más conocido como Hannibal Hellmouth fue el brujo pirata más sanguinario que surcó los mares durante el siglo XIX. Hijo de muggles, Hellmouth se crió en el nada sano ambiente de un barco de esclavos Guineanos dónde su padre, un marinero portugués, dejó embarazada a una joven aristócrata tunecina. Aunque la familia de la muchacha intentó por todos los medios interrumpir dicho embarazo, finalmente la mujer dio a luz. No obstante, fue su padre quién se hizo cargo de él y decidió que lo acompañara en sus viajes, a pesar de su corta edad.

Puesto que sus padres eran muggles y que su situación no se podía considerar como estable, Hellmouth nunca llegó a recibir el documento que le acreditaba como mago, en este caso y dada su procedencia, la carta del Perselios Magus Universitas, la prestigiosa escuela de magia situada en la isla de Eea, fundada por la misma Circe, que hace poco más de cien años que desapareció tras el conocido como incidente del Ferrum Flama. Pero esa es otra historia.

Cuando no tenía más de trece años, se escapó del barco dónde vivía con su padre y se enroló en la tripulación pirata de un buque nicaragüense. Sólo tres años más tarde, Hellmouth, que ya se hacía llamar con ese nombre entre sus compañeros de tripulación, degolló al capitán del buque y erigió como nuevo líder, torturando y asesinando a todos aquellos que no estaban en contra de aquel cambio de capitán o simplemente no le mostraron su apoyo.

La cuestión es que debido a esto Hellmouth no descubrió que era mago hasta pasados los veinte. Para aquel entonces, su nombre ya era temido en las costas del caribe y era uno de los pocos piratas que aún no sucumbían a los avances tecnológicos y militares en defensa marítima de los distintos gobiernos.

¿Cómo descubrió Hellmouth sus poderes? Muy sencillo. Cuando uno es niño, nuestra mente aún no tiene la capacidad suficiente como para controlar la magia que fluye por nuestros cuerpos. La adolescencia es la etapa más crítica, pues nuestro cuerpo y nuestra mente están en constante evolución y sería muy peligroso que la magia que albergamos se descontrolase. Por eso a los estudiantes de magia se les suele invitar a estudiar en los distintos colegios, dónde es mucho más sencillo controlarlos. Además, si los magos jóvenes no conviven con ambientes mágicos, es muy complicado que los brotes de magia esporádica lleguen a producirse, pues esa ausencia de magia actúa como un tapón. Lo cual puede llegar a ser realmente peligroso.

En el caso de Hellmouth, probablemente esa magia que no tenía manera de dejar salir de su cuerpo, pues no disponía de varita y nadie nunca le había hablado de ella, fue lo que terminó por convertirlo en un sádico. La realidad violenta y cruel a la que estaba acostumbrado se tornó maravillosa cuando la magia colapsó su mente.

Aún así, la magia acabó brotando cuando la pequeña mente enferma de Hellmouth se estabilizó un poco. Y, claro, cuando un hombre sediento de poder que se cree capaz de todo, descubre que además, tiene poderes mágicos, el resultado es un monstruo.

A finales del siglo XIX, Hellmouth controlaba la mitad de la superficie oceánica del planeta, utilizando como arma el simple miedo que inspiraba su nombre.

Hellmouth hacía valer su ley con esa autoridad que te confiere ser una auténtica leyenda negra, un mito sangriento, un cuento para que los niños y los no tan niños no peguen ojo en semanas, temiendo que si en algún momento no cumplen tu voluntad, aparecerá como una sombra, como un fantasma, sin importar quién seas o dónde te escondas, te encontrará, y serán sus ojos, casi tan oscuros como su alma, el último recuerdo que te lleves.

Pero Hellmouth, lo quisiera o no, era un mortal más. Y la vida de piratería y excesos que gastaba pronto le pasaría factura.

Por eso en el año 1902, durante el ataque a un navío de la Marina Británica en Bombay, Hellmouth casi pierde la vida. Decidió atacar el barco con una lluvia de fuego que se le escapó de las manos y casi acaba con toda su tripulación, por no hablar de su embarcación.

Herido y con una cáscara de nuez a punto de hundirse en el océano, se retiró a su mansión en Ecuador, dónde pasaría un par de años intentando recomponer su tripulación y dónde varios ingenieros navales muy bien pagados construyeron el barco pirata más grande y temido de todos los tiempos. El Juggernaut. Un enorme barco de más de ciento veinte metros de eslora, nueve pisos de altura, un enorme caparazón de acero y más armamento que gran parte de los buques de guerra americanos.

Está claro que la magia había hecho de Hellmouth un hombre longevo. En 1902 contaba ya con más de setenta años a sus espaldas y aún así, seguía teniendo mejor forma física que la mayoría de los piratas. Por eso, tras el incidente en Bombay, no le costó mucho recuperar su antigua gloria. Aunque, por supuesto eso no duraría para siempre.

¿Quién mató a Hellmouth? A Hellmouth lo mató el único que podía igualarlo en grandeza y experiencia: el mar.

Cuando se dirigía a Madagascar en busca de contrabando, su navío se encontró de frente con un enorme remolino de agua que tardó apenas unos segundos en hacer desaparecer el Juggernaut y contra el que Hellmouth y su tripulación muy poco pudieron hacer.

¿Cómo sabemos esto? Pues porque el Juggernaut no viajaba sólo. Hellmouth estaba siempre acompañado por una serie de tripulaciones cuyos capitanes se consideraban a sí mismos aprendices del gran pirata. Nada más lejos de la realidad, pues si Hellmouth consentía a toda aquella caterva de bucaneros a los que consideraba poco menos que escoria humana a su lado, era simplemente porque necesitaba carne de cañón.

Aquel viaje no fue una excepción, y aunque gran parte de los barcos que acompañaban al Juggernaut sufrieron la misma suerte que la fortaleza flotante de Hellmouth, dos de ellos, capitaneados por Jack Whiteeth y Orlando Domíngues consiguieron escapar de la tormenta. El barco de Whiteeth no aguantó el resto del viaje hasta Madagascar y se hundió frente a la costa de Angola, pero el Domíngues, en parte ayudado por la cantidad de material que saqueron del barco naufragado de sus compañeros, sí que lo consiguió.

Y así es como sabemos cual fue el motivo de la muerte de Hannibal Hellmouth.

Pero, ¿de verdad Hellmouth pereció en aquel viaje? Algunas fuentes que encontré hablaban de un hombre de constitución física muy similar a la de Hellmouth había aparecido en Puerto Príncipe en el año 1920 con una considerable cantidad de oro.

El hombre se hacía llamar Louis Enfer-Bouche, y aseguraba ser un noble francés y que su curioso apellido (boca de infierno) era un apelativo que recibieron sus antepasados por su destreza a la hora de polemizar.

Obviamente, los rumores sobre la presunta identidad oculta del nuevo huésped de la isla llegaron a circular. Pero a los haitianos les importaba muy poco quién era o dejaba de ser Louis Enfer-Bouche y los americanos, que aún trataban de controlar Haití tras su ocupación, encontraron en aquel hombre un fuerte apoyo a la hora de hacer de intermediario con los isleños.

Pero en 1924, el cadáver de Louis Enfer-Bouche apareció decapitado en las escaleras de su mansión a las afueras de Puerto Príncipe.

¿Era Hellmouth? No lo sé. Pero si de verdad lo era, significa que consiguió escapar de aquel remolino. Lo que, debido a la naturaleza mágica de Hellmouth y a la magnitud del fenómeno descrito por Domíngues, parecía indicar que me hallaba, igual que había estado Hellmouth, ante el Maelstrom.

De manera que tras este descubrimiento, decidí que la única manera de asegurarme, era viajar hasta aquí.

El problema es que de momento no he conseguido absolutamente nada. Creo que habré preguntado a prácticamente la totalidad de la población de Puerto Príncipe en estos tres días, y nadie ha abierto la boca. Cuando pregunto sobre Louis Enfer-Bouche, recibo todo tipo de reacciones: desde sinceras expresiones de ignorancia, hasta caras de desconcierto que me piden por favor que no indague más.

Estas últimas reacciones han sido las que me han llevado a afianzar la teoría de que, efectivamente, Hellmouth estuvo aquí. Y puede que sea fruto del clima sofocante y caribeño que se respira aquí, pero algo me dice que puede que todavía esté aquí.

Aunque, ahora que lo pienso, quizás sea la hora. De manera que me retiro a dormir. Ojalá mañana haya más suerte.

Sábado, 17 de abril de 1999

¡Por fin! Por fin hoy, después de tantos días, la búsqueda parece haber llegado a su fin.

Me encontraba tomando un tentempié con Christian en una pequeña cafetería cuando se nos ha acercado un hombre de apariencia germánica.

En un francés un poco tosco me ha preguntado si yo el que iba preguntando sobre Louis Enfer-Bouche. Ante mi asentimiento, el hombre ha pedido compartir mesa con nosotros y hemos mantenido una interesante conversación.

Grosskopf, que así se hace llamar nuestro informador, asegura que la mansión dónde murió Louis Enfer-Bouche, se encuentra a las afueras de Pétion-Ville, el barrio más selecto de puerto príncipe, situado a unos quince minutos de la ciudad, sobre una colina que domina toda la ciudad. La vivienda está situada al final de un camino que serpentea entre las montañas y a la que, sin saber la dirección, es algo difícil acceder.

La situación de la mansión de Enfer-Bouche era uno de los datos que yo creía vitales para la investigación, y que me sorprendía que nadie supiera o no quisiera saber. Aunque, pensándolo fríamente, es comprensible que la gente no recuerde a un hombre que murió hace casi un siglo y que sólo vivió en la isla durante cuatro años.

No obstante, Grosskopf ha insistido en que en la mansión no encontraremos nada de utilidad, ya que ha ido cambiando frecuentemente de propietarios a lo largo de los últimos cincuenta años, y cualquier pista que pudiese haber sobre Enfer-Bouche hace tiempo que se perdió.

De manera que, muy amablemente, nos ha ofrecido concertar una cita con una persona que conoce muy bien la historia de Enfer-Bouche y que puede responder a todas nuestras preguntas.

Finalmente y tras una breve y cortés despedida, hemos acordado encontrarnos en la entrada de la mansión de Enfer-Bouche este sábado, a las ocho.

Aunque Christian me ha planteado la posibilidad de acercarnos a la mansión antes de nuestra reunión, he decidido premiar a mi amigo por su compañía y, hasta el sábado, nos limitaremos a disfrutar del turismo.

Viernes, 23 de abril de 1999

Estoy horriblemente nervioso. Me quedan poco menos de cinco horas para reunirme con Grosskopf y nuestro misterioso informante en las afueras Pétion-Ville.

Pero no puedo dormir. La sensación de que estoy tan cerca del final me excita de sobremanera. He empleado y me atrevería decir que malgastado demasiado tiempo en esta investigación. Malgastado en el sentido de que, aunque es la única manera de funcionar del método científico, la estrategia de ensayo y error en algunos casos puede suponer el desperdicio de un tiempo muy valioso.

Pero en tan sólo unas horas podré obtener respuestas a todas las preguntas que durante estos años han estado rondando por mi cabeza y la de mis colegas. Puede que las respuestas no sean las esperadas, puede que no sean tan útiles como esperábamos, pero aún así, supondrán un nuevo paso, muy importante.

Harry pasó la hoja y, para su sorpresa, no encontró nada. La siguiente página estaba en blanco. Y la siguiente. Y la siguiente. Y las casi cincuenta páginas que quedaban hasta el final del cuaderno.

En cierto modo, Harry ya estaba preparado para algo así. Había sido demasiado fácil acceder a toda aquella información como para que de verdad pudiese desentrañar todo el misterio.

Aún así, aquel era un paso muy grande. Devous había ido a Haití buscando a Hellmouth y había conocido a Grosskopf. Eso podría explicar la complicidad de ambos durante los acontecimientos del Maelstrom.

Harry releyó de nuevo la última página escrita y, al volver a pasarla, descubrió algo que su instinto de auror le había estado gritando desde hacía bastante rato.

El delgado borde, casi imperceptible, de una página arrancada a continuación de la última escrita. Había otra página. Y esa página contenía algo tan importante como para que alguien se molestase en deshacerse de ella. Contenía el detalle clave.

Harry decidió que no merecía la pena seguir dándole vueltas a aquello. Había leído ya varias veces el diario del viaje a Haití y no había más que hacer.

Se acostó, y el sueño lo alcanzó antes de lo que esperaba. Pero una frase se deslizó por su mente instantes antes de quedar profundamente dormido.

Y puede que sea fruto del clima sofocante y caribeño que se respira aquí, pero algo me dice que puede que todavía esté aquí…

Aquí estoy, una vez más, encarnando esta vez al misterioso Doctor Devous.

Empiezan exámenes y a partir de ahora cada capítulo será importante, pues llegamos al clímax (me encanta esta palabra) de la historia.

De manera que no os aseguro presteza en la próxima publicación.

¡Cuidaos mucho hipotéticos lectores!