Disclaimer: Harry Potter y todos sus amiguitos son propiedad intelectual y lucrativa de J. K. Rowling

Advertencia: sexo, mentiras y cintas de vid… No, cintas de vídeo no hay. Pero de lo otro, sí.

16. Algo especial

Diego esperaba en la puerta principal de la mansión Devous. Hacía ya unos minutos que había llamado al timbre y la dulce voz de Julia lo avisaba de que aguardase un poco.

Aunque parecía distraído, en el fondo estaba nervioso. No era un nerviosismo exagerado, pero por muchas veces que fuera a esa casa, seguía sintiéndose un extraño. Y hoy el sentimiento era especialmente fuerte.

Por fin Julia abrió la puerta, con el cabello húmedo y cubierta con un elegante albornoz de color azul real.

- Disculpa amor, estaba duchándome – se excusó Julia.

- ¿Y cómo has oído el timbre? Es más ¿cómo me has hablado desde el piso de arriba? – preguntó Diego mientras entraba en la casa.

- Hechizo de comunicación global. ¿No lo has usado nunca en casa? – contestó la chica.

- Te recuerdo que en mi familia, los únicos magos somos mi madre y yo. Si hiciésemos algo así, a mi padre le daría un infarto, por mucho que esté acostumbrado a vivir con magos.

Julia rió ante el comentario de su novio y se acercó a él para besarlo. Pretendía besarlo en la mejilla pero entonces Diego se giró para hablar y sus labios se rozaron durante unas milésimas de segundo.

- ¿Pongo la mesa mientras terminas de arreglarte? – Diego parecía turbado.

- No hace falta, ya está todo preparado. Llevo ya unas horas aquí – Julia le guiñó un ojo y subió de dos en dos los peldaños de la escalera.

Diego se sentó en uno de los sofás del salón, cerca de la mesa dónde él y Julia iban a cenar. La muchacha había dispuesto los cubiertos y los platos sobre unos pequeños manteles con un bordado muy elaborado y entre los utensilios de ambos comensales había colocado un candelabro con tres finas velas de color añil que emitían un resplandor celeste.

Julia no tardó en aparecer, ya cambiada y con el pelo seco cayéndole por los hombros. La fantasmagórica luz del candelabro arrancó unos brillos dorados de su melena rubia.

Llevaba puesto un vestido rosa palo corto con botones, como una camisa, y debajo del vestido unas mallas oscuras y unas zapatillas bailarinas a juego. Aunque la vestimenta no podía ser más sencilla, estaba realmente arrebatadora. Julia poseía una belleza natural, simple y delicada, esa belleza que conceden una mirada inocente, una sonrisa sincera o el rubor de las mejillas.

Abrazó brevemente a Diego y lo cogió de la mano, guiándolo hasta la mesa, dónde se sentaron a cenar. La chica había preparado salmón a la plancha acompañado con unos hongos de color morado que, aunque Diego dudaba de su que fuesen comestibles, tenían un curioso sabor ácido que aderezaba perfectamente el pescado.

- ¿Te gustan los foongooz? – preguntó Julia mientras daba un sorbo a su copa de vino.

- Te mentiría si te dijese que me han entrado por los ojos – bromeó el chico – Pero, sí, están muy buenos. ¿De dónde los has sacado?

- Los he comprado en el callejón Diagon. No ha sido fácil encontrarlos, pero finalmente he conseguido un paquetito. Disfrútalos, son bastante caros.

- ¿Celebramos algo? – preguntó Diego fingiendo inocentemente que no sabía a qué se refería. Aunque realmente, estaba tanteando, pues no tenía muy claro cuál era la razón por la que Julia había preparado aquella cena.

Diego había recibido una lechuza de Julia a principios de semana en la que lo avisaba de que el jueves no hiciese planes, porque iba a preparar "algo especial". Dado que Julia vivía durante toda la temporada en Conwy y que las Harpies no permitían las visitas de los "familiares" a sus jugadoras los días previos a los entrenamientos, Diego y ella aprovechaban los jueves, pues el viernes era el único día de descanso y el entrenador lo utilizaba simplemente para repasar tácticas y motivar a sus jugadoras, para verse en la casa que de la chica.

Aunque no era jueves, sino miércoles, pues el jueves Diego tenía una importante guardia para vigilar lo que sospechaban era la tapadera de un negocio de tráfico de chivatoscopios ilegales y Julia había fingido estar indispuesta para entrenar y había conseguido escaquearse del entrenamiento.

El problema era que Diego no tenía muy claro el por qué de ese algo especial. Que él supiera, no era su cumpleaños, ni ninguna fecha importante en su relación.

- No celebramos nada. Simplemente me apetecía preparar algo diferente – las mejillas de Julia se colorearon un poco, lo que incrementó el nerviosismo de Diego.

- ¿Cómo ha ido el entrenamiento hoy? – preguntó el chico tratando de cambiar de tema.

- Como siempre – el tono de Julia cambió de la ilusión al hastío – A Arnold no le entra en la cabeza que la culpa de que sus tácticas no funcionen no es nuestra, sino de que las tácticas son pésimas.

- ¿Sigue con la idea del ataque en estrella? – Diego no era un experto en quidditch, pero su larga amistad con Harry y Ginny y los meses que llevaba saliendo con Julia, le habían ayudado a hablar sin miedo a meter la pata.

- Sí, y lo único que hacemos sin parar de movernos es que, además de molestar a las cazadoras, Emily y Vanessa no despejen una sola bludger y yo no pueda concentrarme en buscar la snitch – Julia era la resignación personificada – Pero él es el entrenador, así que tenemos que hacerle caso.

- Si la cosa sigue así, no será el entrenador por mucho más tiempo – sentenció Diego.

Julia sonrió a su novio mientras terminaba de quitarle las raspas a su trozo de salmón.

- ¿Has hablado con Harry? – la pregunta fue tan repentina que Diego casi se atraganta con un foongooz.

- Sí, pero no hemos hablado de lo que pasó el otro día – Diego se desabrochó el botón del cuello de la camisa. Empezaba a hacer un poco de calor.

- Es una pena – Julia hablaba como para sí misma – Hacían muy buena pareja. Lo más curioso es que a Ginny parece no haberle afectado mucho la ruptura.

Diego carraspeó, tratando de deglutir el trozo de foongooz que aún resistía en su garganta.

- Creo que ya llevaban un tiempo mal – contestó el muchacho – Venía de largo.

- Puede ser – concedió Julia – Ginny puede ser un poco difícil de tratar algunas veces. Y Harry… - Julia guardó silencio, buscando las palabras adecuadas – tiene pinta de ser insoportable si se enfada.

- ¿Qué? – preguntó Diego mirándola de hito en hito.

- A ver, comprendo que es tu amigo y todo eso – trató de excusarse la chica – pero es un poquito pedante ¿no crees? Cabreado tiene que ser un auténtico capullo.

Diego estuvo a punto de decir algo, pero finalmente cerró la boca y agachó la cabeza, dispuesto a terminar su cena. Julia, al percatarse de que el comentario lo había molestado, acercó su mano a la del muchacho y la acarició con ternura.

- Disculpa, no quería decir eso.

- No, tranquila. Creo que tienes razón – y Diego esbozó una sonrisa.

Tras el salmón, Julia sorprendió a Diego con un sorbete de color rojizo que sabía especialmente a alcohol. En palabras de Julia, había mezclado todo lo que se le había ocurrido que podía combinar y entre los ingredientes había casi un tercio de botella de whisky de fuego.

Después de un par de tragos, Diego decidió que iba a resultar imposible beberse aquello, así que dejó la copa en la mesa y se dedicó a contemplar como Julia gesticulaba con desagrado cada vez que la copa rozaba sus labios. Cualquiera que lo hubiese visto, habría puesto la mano en el fuego al asegurar que era la primera vez que la miraba desde tan cerca. Como si fuera la primera vez que se encontraba a solas con ella.

Julia desistió tras beber un trago especialmente largo y también dejó la copa sobre la mesita. Tenía las orejas colorados y los ojos brillantes cuando miró a Diego y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y, como si hubiese activado algún tipo de resorte, Julia se levantó con agilidad de su sillón y se sentó a horcajadas sobre Diego, mientras le besaba el cuello con suavidad.

Por su parte Diego, sorprendido por lo inesperado de la situación, se había quedado congelado y simplemente, dejó a Julia hacer. De repente la chica paró y acercó los labios a su oído.

- Te espero arriba – susurró Julia, con lo que el chico no pudo evitar ruborizarse.

Se levantó despacio, disfrutando de la reacción de su novio, y se dirigió a las escaleras, caminando.

- Voy enseguida – contestó Diego hipnotizado por el contoneo de las caderas de Julia. La chica asintió con brevedad y prosiguió su camino.

El sonido de los pasos de Julia fue haciéndose más tenue a medida que subía los escalones y Diego entró al baño del piso de abajo. Se miró al espejo y comprobó que comenzaba a ver borroso. Achacarlo a la copa tras la cena era tan descabellado como incorrecto.

- Mierda, ha durado menos de lo que esperaba – murmuró mientras rebuscaba en su chaqueta.

Sacó un pequeño frasco y un estuche de piel. Desenroscó el tapón del frasco y sacó del estuche unas gafas de grandes cristales redondos. Se colocó las gafas y volvió a mirarse al espejo.

Ahora veía perfectamente. Y se percató de que sus ojos cambiaban paulatinamente del castaño a un verde intenso y sus rizos se deshacían en mechones desordenados.

Porque no era Diego Hernández el que se encontraba en la mansión Devous. Sino Harry Potter, haciéndose pasar por su mejor amigo.

No lo hacía por gusto. Si estaba allí era por una clara razón: una vez obtenida la información del cuaderno de bitácora de Julien Devous, demorar su devolución era inútil a la par que peligroso. Si Devous regresaba de Italia y comprobaba que alguien se había llevado el cuaderno y además, Julia le comentaba a su padre que él y Ginny habían estado cenando allí sólo unos días atrás, Devous sólo tendría que sumar dos y dos para llegar a la conclusión de que había sido Harry el responsable. Y aunque hasta el momento el doctor no había vuelto a comunicarse con él, las palabras de Devous en el maelstrom aún resonaban en su cabeza.

Pero las opciones para regresar el cuaderno a su legítimo dueño no eran muy amplias.

Colarse en la casa estaba completamente descartado. Harry no sabía con seguridad que tipo de medidas de protección tenía el hogar de los Devous, pero tampoco quería comprobarlas.

Había pensado en quedar con Julia utilizando el pretexto de la ruptura con Ginny, pidiéndole consejo. Pero Harry sabía de sobra que Diego también querría estar, pues al fin y al cabo él era amigo de los dos y el novio de Julia. La ocasión entonces no sería muy propicia, pues la cita se limitaría a conversar con ellos y lo más probable es que no eligiesen la mansión Devous como escenario.

Otra opción habría sido pedir ayuda a Diego, pero Harry no encontraba más que inconvenientes. El primero era involucrar a su amigo en algo de lo que no estaba muy seguro. Vale que siendo el novio de su hija, Diego estaba metido en los fregados de Devous puede que incluso más que Harry. Pero aún así, la perspectiva de tener que decirle a uno de sus mejores amigos que el padre de su novia, el que la crió y la cuidó durante años, el que no puso reparos cuando decidió marcharse de Francia para jugar al quidditch en Gran Bretaña y es más, la acompañó para apoyarla, era un monstruo sangriento obsesionado con fenómenos mágicos atípicos.

Además, en cierta manera, Diego era el culpable de que Harry estuviese allí.

El lunes por la mañana, cuando Harry regresó al Ministerio, todavía no tenía ningún plan concreto para devolver el cuaderno. Pero durante la hora del almuerzo, recibió un mensaje de Diego invitándolo a comer juntos y diciendo que lo esperase en su despacho pues tenía que salir a encargarse de unos asuntos del departamento y quizás tardase en volver. De manera que cuando Harry acabó el papeleo que Violet muy amablemente le había asignado, se dirigió al despacho de Diego.

Cuando llegó, sólo estaba Alex, uno de los compañeros de Diego, recogiendo su escritorio para irse a comer. Invitó a Harry a pasar y le indicó que el muchacho no podía tardar mucho en llegar, de manera que podría esperarlo allí dentro. Alex se marchó y dejó la puerta entreabierta. Harry estaba sentado en una de las incómodas sillas que los aurores ofrecían a las pocas visitas que tenían en los despachos cuando una preciosa lechuza de color azabache entró planeando con elegancia por la puerta del despacho. El animal se posó sobre el escritorio de Diego y contempló a Harry con sus enormes y serenos ojos ambarinos.

- ¿Buscas a Diego? – preguntó a la lechuza. Esta ululó y Harry lo interpretó como una afirmación – Pues me temo que no se encuentra aquí ahora. ¿Puedes esperar? – la lechuza alborotó sus plumas y rotó la cabeza con decisión. Estaba claro que había hecho un viaje muy largo y tenía hambre. – Ya veo – Harry dudó unos segundos, no hay nada que pueda hacer entrar en razón a una lechuza hambrienta – Podría entregarle yo el mensaje. Tu espera en la lechucería, allí te darán algo de comer.

El ave pareció sopesar la situación y finalmente extendió una pata para que Harry desatase el mensaje que traía. Una vez que Harry tuvo en la mano el pequeño pergamino, la lechuza emprendió la vuelta a casa.

Fuera de quien fuera aquel mensaje debía ser importante, pues se permitía el lujo de enviar una lechuza al despacho de un auror, en lugar de mandarla al buzón común que había en el departamento. Probablemente fue la curiosidad la que hizo que Harry desenrollase el pergamino para leerlo. O quizás fue la suerte.

"¿Qué te parecería quedar este jueves? El sábado tenemos un partido importante y no me vendría mal relajarme un poco. Además, estoy pensando en preparar algo especial. Envíame la respuesta con Lotus. No hace falta que sea inmediata, comprendo que estarás liado.

Un beso. Julia.

PD: creo que me comentaste algo de que el jueves quizás no pudieses. Si te viene mejor el miércoles házmelo saber, porque también podría escaquearme."

Harry recordaba cuando, en la ceremonia de entrada a Hogwarts, el sombrero seleccionador le insinuó la posibilidad de mandarlo a Slytherin, pues poseía las cualidades adecuadas. Y si bien él se consideraba un Gryffindor de la cabeza a los pies, fue su parte Slytherin la que maquinó en apenas unos segundos aquella estratagema.

Esa misma mañana, aprovechando uno de los escasos momentos en los que Joe era medianamente sociable, pues últimamente estaba de un humor de perros, Harry y él habían hablado de la perspectiva de tener que viajar el sábado por la mañana a Manchester para interrogar unos testigos, siendo que era su día libre.

- Peor es lo de Diego – comentó Joe – El miércoles por la noche le toca vigilancia en Leeds, por algo de contrabando. Doce horas metido en uno de esos cacharros muggles con ruedas…

- Coches – sonrió Harry.

- Como se llamen. Acabará con las nalgas completamente insensibles, un dolor de cuello atroz y lo más probable es que no consiga nada de utilidad – prosiguió su compañero – Nosotros al menos no tenemos que buscar a los testigos. Tomátelo como un picnic de fin de semana, pero en lugar de sándwiches tenemos sospechosos.

Era perfecto. Diego estaría en Leeds durante toda la noche del miércoles. Sólo tenía hacerse pasar por él durante esa noche, desmemorizar a Julia y aún así, ellos podrían estar juntos al día siguiente. El problema del plan eran las connotaciones moralmente incorrectas. Aún así…

Los resuellos de Diego mientras entraba a su despacho interrumpieron la diatriba de Harry, quién se guardó rapidamente el pergamino arrugado en el bolsillo.

- Perdón por el retraso. Han surgido más complicaciones de las previstas – se excusó Diego dejando una pesada carpeta sobre su escritorio - ¿Comemos? Estoy muerto de hambre.

- Vete subiendo tú – indicó Harry a su amigo – Acabo de recordar que tenía que enviar un mensaje.

- Ya te vale Harry, ¿ahora me haces esperar a mí? Te aviso que mi estómago empieza a comerse a sí mismo – bromeó Diego.

- Lo siento, se me había pasado por completo – la voz de Harry sonó algo ansiosa – Prometo ser rápido.

Y sin esperar a que Diego contestase, Harry salió a paso ligero hacia la lechucería. Cuando llegó, Lotus observaba, majestuoso, a su alrededor. Ululó débilmente, casi con disgusto al verlo aparecer.

"Pues el jueves es bastante complicado que pueda acudir. ¿De verdad que no te importa quedar el miércoles? ¿A las seis en tu casa? Envía a Lotus al buzón del departamento, porque estaré toda la tarde fuera y probablemente no vuelva hasta tarde.

Un beso. Diego."

Por suerte para Harry, Diego y él tenían una caligrafía bastante similar y simplemente tuvo que forzar un poco la forma de las vocales para que fuera una copia casi perfecta. Había copiado suficientes redacciones de Diego durante su estancia en Hogwarts como para estar seguro de aquello.

Durante la comida Diego se mostró tan amable como siempre, lo que no hizo sino acrecentar los remordimientos de Harry por estar tramando una cita con su novia a sus espaldas. Pero aquellos remordimientos desaparecieron casi por completo cuando la macabra sonrisa que Devous había esbozado en el Maelstrom, mientras lanzaba una amenaza velada contra todos sus seres queridos, apareció en su mente.

Cuando regresaron al Ministerio, Harry se despidió de Diego y regresó a la lechucería para comprobar que Lotus había regresado con una respuesta afirmativa de Julia para quedar el miércoles por la noche. Garabateó una nota para indicar que había recibido el mensaje, una vez más haciéndose pasar por Diego, y tras convencer a Lotus de que Diego se había vuelto a marchar y que le había encargado contestar al mensaje, le compró a la lechuza un par de chucherías para compensarla por las molestias de tanto viaje.

Así que allí estaba Harry, en el baño de la Mansión Devous, esperando a que la maldita poción multijugos le hiciese efecto de nuevo y pensando qué excusa podría ponerle a Julia, pues la chica parecía tener ganas de guerra. Y una cosa era colarte en la casa de la novia de tu mejor amigo fingiendo ser él, y otra muy distinta era acostarse con ella. Bueno, quizás no lo fueran, pero Harry sabía que mantener relaciones con Julia no era estrictamente necesario para su plan, de manera que trataría de evitarlo.

Cuando Harry, ya completamente transformado, abrió la puerta del cuarto de Julia, deseó con todas sus fuerzas que la tierra se lo tragase.

Allí estaba ella, recostada sobre su cama con dosel, ataviada únicamente con un conjunto de lencería negra realmente sensual y una fina bata de seda que más le valdría no haber llevado, pues más que intentar tapar nada, parecía que lo enseñase aún más.

A pesar de lo erótico de la situación, la expresión de Julia delataba que ella estaba casi tan nerviosa como él. Tenía los ojos brillantes y sonreía pura e inocentemente, a sabiendas de lo que estaba a punto de suceder. Si Harry hubiese creído en el alma, probablemente se le habría caído a los pies. Pero en lugar de eso, lo que bajó hasta sus pies fue su tensión y notó un sudor frío en la nuca.

Julia acarició el edredón de su cama, indicando a Harry que se sentara junto a ella. El muchacho avanzó con timidez, como tanteando cada paso. Cuando estuvieron uno al lado del otro, Julia acercó sus labios al oído de Harry, como había hecho antes en el salón.

- Hazme el amor – susurró, para después mirarlo a los ojos, con las mejillas encendidas y una mirada febril.

- Estás borracha – comentó Harry, como quién comenta el tiempo que hace. Aunque sabía muy bien que era fisiológicamente imposible que el alcohol ingerido hubiese embriagado a Julia. No obstante, lo deseaba.

- No lo estoy – contestó ella muy seria, acabando así con las pocas esperanzas que le quedaban al chico – Lo he meditado mucho. Te pedí tiempo para estar segura y tú has sabido ser paciente. Y ahora, después de darle muchas vueltas, he decidido que quiero que sea hoy.

Aquello se le había ido de las manos. Cuando leyó en la carta de Julia, "algo especial", no imaginaba que se refiriese a algo tan especial como aquello. Además, habría apostado mil galeones a que Diego y Julia ya se habían acostado. Pero por la expresión en el rostro de Julia, determinada a la par que implorante, estaba claro que no. Harry sabía que Diego no era virgen, pues había conocido a alguno de sus contados ligues, pero se le había olvidado que Julia era más joven que ellos y Ginny, y que por tanto no era tan probable que ya hubiese tenido experiencias con el sexo.

Aunque ahora que lo pensaba, Julia debía de tener unos diecinueve años, y la primera vez que él y Ginny lo habían hecho fue…

El verano de 1998 fue el mejor que Harry recordaría jamás.

Como Ron y Hermione ya no estaban, pues se encontraban en Australia buscando a los padres de la chica, Harry pasaba la mayor parte del tiempo con Ginny. Lo cual era realmente agradable dado que había pasado casi un año sin verla y la había echado mucho de menos. Aunque antes de que Harry se marchase con sus dos amigos en busca de los Horrocruxes su relación había quedado en el aire, tanto Ginny como él habían dado carpetazo al asunto y, sin necesidad de incómodas e inútiles conversaciones, las cosas volvían a ser como antes.

Repartían las tardes entre La Madriguera, dónde Harry ayudaba a la Molly Weasley y el resto de su familia con los quehaceres diarios, que se multiplican tras una guerra, y Grimmauld Place, pues Harry lo había convertido en su residencia oficial y aún había mucho trabajo que hacer para que aquella casa se considerase realmente un hogar. Además, poco a poco los huecos en su agenda dedicados a su pequeño ahijado fueron aumentando.

Era increíble la afinidad que sentía Ginny por el pequeño Teddy. Era una especie de sentimiento maternal mal disimulado. Aunque, pensó Harry, parece como si todas las mujeres lo llevasen en los genes. Mientras ella entretenía (y se entretenía) haciéndole carantoñas al niño mientras el pelo de este cambiaba de color intermitentemente, Harry charlaba con la señora Tonks. Si bien lo de Ginny con el pequeño Lupin era de esperar, o al menos no resultaba extraño, la relación que Harry había entablado con Andrómeda Tonks era de mucho menos predecible. La impresión de que Bellatrix y ella eran casi idénticas iba esfumándose con cada taza de té y cada historia increíble que compartían. Andrómeda era una mujer culta y muy seria, a veces demasiado, pero de trato agradable y conversación fluida.

No obstante a Harry había algo que le preocupaba. Y es que, aunque compartía con Ginny casi la totalidad de las horas del día, sentía como su relación comenzaba a perder paulatinamente la magia. La rutina estaba convirtiendo el amor en poco más que simple camaradería, y el atareado ritmo de vida que habían adquirido no ayudaba, pues había acabado con los pocos momentos de intimidad de los que disponían antes.

De manera que Harry decidió que lo mejor era forzar alguno de esos momentos, y organizó una cena a solas en Grimmauld Place. La señora Weasley no puso objeciones a que su hija acudiese a la cita, pero tenía que estar de vuelta en casa antes de las diez. Harry aceptó las condiciones y preparó todo ilusionado. Y Kreacher, quizás contagiado por el entusiamo de su amo, se esmeró con el menú.

Ginny llegó poco antes de las siete, con un vestido veraniego de color verde aguamarina.

- ¿Te gusta? Me lo ha regalado Bill.

Cuando Harry consiguió cerrar la boca contestó que sí, que le encantaba.

Una media hora más tarde Kreacher les servía el primer plato. Harry había preparado la mesa lo mejor que sabía: un par de velas, un mantel bonito que había encontrado por la casa y una de las vajillas que Walburga Black guardaba celosamente bajo un par de maleficios que le habían costado a Harry una roncha verdosa en el brazo que aún palpitaba.

- Harry, ¿estás bien? - preguntó Ginny sobresaltando al chico que andaba perdido en sus pensamientos.

- Sí claro, ¿por qué lo dices?

- Porque llevas diez minutos dándole vueltas a ese guisante y antes casi te cortas la servilleta en lugar del filete.

Harry sonrió. Aquello no estaba funcionando como él pensaba. Durante la cena apenas si habían hablado y cuando lo había hecho, era sobre temas sin importancia. La complicidad de los primeros días se esfumaba, como la cera de las velas que lentamente se derramaba sobre el mantel. Y era una tontería, pero notaba algo extraño en el ambiente, como una especie de tensión.

Acabaron de cenar y poco rato después, tras agradecerle la cena, Ginny dijo que tenía que irse a casa. Efectivamente, faltaban pocos minutos para que el reloj marcase las diez. Harry la acompañó al salón para que ella cogiera la red flu. "No ha servido de nada – pensó - esto no ha cambiado nada." Y aún así... no podía dejar de pensar que algo sí había cambiado.

- Bueno, pues hasta mañana.

- Hasta mañana preciosa - dijo Harry con una tímida sonrisa.

Pero Ginny no se movió. Se quedó mirándolo. Y se acercó un poco más a él. "¿Por qué me siento tan raro?" se preguntó Harry "No es la primera vez que estamos tan cerca, ni la última, seguro, pero aún así, ¿porque me noto al borde de la taquicardia?"

Y entonces Ginny lo besó. Pero no fue como las otras veces.

Lo agarró fuerte de la nuca y lo empujó suavemente pero con decisión hacia atrás. Harry tropezó y cayó de espaldas en el sillón orejero que había en medio del salón. Ginny no pareció notarlo pero se sentó en sus piernas mientras aceleraba el ritmo con el que su lengua forcejeaba con la de Harry. De pronto el sillón cedió bajo el peso y el movimiento y quedaron tumbados a mitad de camino entre el respaldo y la moqueta.

- ¿Dónde está Kreacher? - preguntó entonces Ginny.

- ¿Qué? - contestó Harry con la sorpresa desencajándole el rostro.

- ¿Qué dónde está...?

- Ya, ya, te he oído, pero ¿por qué quieres saber eso "ahora"?

- ¿Crees que los elfos domésticos son discretos cuando notan que está "subiendo la temperatura"? – comentó la chica, mirándolo fijamente a los ojos.

Harry estuvo a punto de comentar que la caldera funcionaba perfectamente cuándo comprendió a lo que se refería. Alzó las cejas muy lentamente y negó con la cabeza.

- Tu madre dijo que antes de las diez… - comenzó a decir Harry.

- ¿Estás pensando en mi madre en este momento? – Ginny aguantó muy poco la seriedad de su expresión – No importa si me retraso un poco. Eres tú. No se preocupará.

- No temo que se preocupe – puntualizó el chico.

- Temes que piense que estamos haciendo algo indebido.

- Efectivamente.

- ¿Y lo estamos haciendo?

- No, de momento no. Pero…

- Pero vamos a hacerlo – no era una pregunta. Ni siquiera una afirmación. Era una orden.

Tras unos segundos en los que solo se escuchó el incesante tic-tac del reloj y que a Harry le parecieron eternos, Ginny saltó sobre él como poseída. Este la agarró fuerte por los muslos y comenzó el ascenso a la habitación, mientras se besaban con pasión. A tientas por la escalera y tras algún que otro tropezón involuntario consiguieron llegar arriba.

Lo poco que Harry sabía del sexo en el mundo mágico eran dos cosas: primero, que no se usaban preservativos sino un hechizo impermeable llamado "profilax", y segundo, que no se diferenciaba en absolutamente nada del sexo muggle. Lo cuál no era un gran consuelo teniendo en cuenta la experiencia de Harry.

No es que él y Ginny se hubiesen limitado a darse besitos y caricias en la penumbra, pero el hecho de llegar tan lejos tan repentinamente lo intimidaba un poco.

Pero el tacto de su pelo alborotado y su respiración en el oído consiguieron calmarlo. Al menos en cuanto a nervios se refería. Harry la tumbó en la cama sin mucha delicadeza, en parte porque sus brazos pedían a gritos clemencia, y dándole tiempo apenas para acomodarse, la desnudó. Ginny respondió con idéntica actitud. Pronto la escena se convirtió en una batalla por ver quién conseguía provocar el mayor estremecimiento al otro. Los lametones, los besos cada vez más húmedos, las caricias indecorosas y el sonido de sus jadeos se continuaron durante un rato. Cuando decidieron que habían tenido suficiente calentamiento, Ginny volvió a sentarse en las piernas de Harry y lo miró a los ojos. Y la mente de Harry decidió volar lejos, muy lejos, dejando una eléctrica nebulosa fucsia cegándolo y obligándolo a comportarse como un animal mientras aquel cuerpo blanco como la nieve se encontrara frente a él. Hundió el rostro entre los pechos de Ginny que temblaban de placer y mordisqueó su piel con suavidad.

La embistió con fuerza mientras ella se agarraba a sus hombros y gemía con cierto rubor. Siguieron besándose, dejando sólo pequeños descansos para poder realizar la poco práctica e inoportuna tarea de respirar. De pronto Harry sintió como un torrente de fuego le bajaba por el vientre y simplemente dejó que el orgasmo inflamara cada célula de su cuerpo.

Miró a Ginny, que obviamente lo había notado, cuya cabeza estaba apoyada en el pecho de Harry. De pronto se dio cuenta de que no sabía cuanto tiempo había pasado desde que estaban despidiéndose en la chimenea. Y se le ocurrió algo terrible.

- Lo siento, creo que me he acelerado y... - dijo, con una voz sorprendentemente ronca fruto del esfuerzo.

- Tranquilo cariño - contestó Ginny sonriendo. Tenía la frente perlada de sudor pero una expresión radiante - Ha sido genial.

Se levantó lentamente después de acariciar el cuerpo de su novio. Se vistió y cuando estaba el en umbral se volvió.

- Espero que duermas bien. Pero que sepas que la próxima vez no seré tan benévola - le guiñó un ojo, le lanzó un beso y se perdió escaleras abajo.

Y Harry volvió a recostarse con la sonrisa más idiota que nadie hubiese contemplado jamás.

- ¿Estás segura de esto? – Harry se aferró como un náufrago en una tormenta a la posible precipitación de Julia al tomar aquella decisión.

- Completamente. – Joder, estaba demasiado segura.

- De verdad, a mi no me importa esperar, yo… - el chico buscó en su interior las fuerzas para pronunciar aquella frase. Pero hacía demasiado tiempo que no las pronunciaba, y ahora era demasiado difícil fingirlas sin sonar frío – Te quiero.

Por suerte para Harry, el alcohol si que parecía haber afectado a Julia. Al menos lo suficiente para que aquel "te quiero" le pareciese creíble.

Envalentonado por el desarrollo de la situación, el chico se lanzó al ataque. Si jugaba bien sus cartas, podría minar la confianza de Julia.

- Además, esto no es tan importante como la gente lo pinta. Bueno, es cierto que yo alguna vez me he puesto un poco pesado – rectificó Harry ante una mirada de la chica que daba a entender que a Diego le habían podido las hormonas en más de una ocasión – Pero soy un hombre, es normal que de vez en cuando pierda la cabeza. Y más con una chica tan guapa como tú – un piropo ayudaría a suavizar la situación – Lo que tú y yo sentimos es algo más que eso. No negaré que me encantaría disfrutar contigo – tampoco convenía ahora parecer un santurrón – pero si tú no estás segura al cien por cien, no lo disfrutarás tanto como yo. Y esto es cosa de dos.

Para tratarse de un discurso totalmente improvisado, Harry debía reconocer que había sido útil. Es muy importante para un auror saber algo de psicología básica, especialmente cuando te dedicas a hacer interrogatorios, para evitar que los sospechosos se cierren en banda. La conversación pareció surtir efecto y Julia agachó un poco la cabeza, algo avergonzada. Harry le sujetó delicadamente la barbilla y le levantó la cara para mirarla a los ojos.

- Lo siento mucho – concedió finalmente ella, y el chico sintió como una oleada de alivio le soplaba en los pulmones – Creo que finalmente tampoco será esta noche. Harry la abrazó con cariño. La abrazó con verdadero cariño, a pesar de que Julia no podía sospechar la verdadera razón por la que él estaba tan agradecido - Será pronto, te lo prometo – unas finas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

- A mí no tienes que prometerme nada, mi amor – Harry se sentía inmensamente feliz, aunque trataba de disimularlo.

- Te importa si… nos quedamos un rato abrazados – preguntó Julia, visiblemente aliviada porque Diego se lo hubiese tomado tan bien.

- Por supuesto – concedió Harry.

Se tumbaron de lado, Harry abrazado a la espalda de Julia, y aún estuvieron un rato hablando en susurros y recordándose lo mucho que se querían.

Quince minutos después Julia se quedó profundamente dormida. Quizás fuera por el whisky de fuego, quizás por la intensidad de los momentos anteriores. Fuera por lo que fuera, Harry decidió no posponer más aquello que había venido a hacer. Tras asegurarse de que Julia no se despertaría, se separó con mucho cuidado de ella y caminó de puntillas por el pasillo hasta llegar al despacho de Devous. Lo encontró exactamente igual a como lo había dejado sólo unos días antes, y es que el doctor aún se encontraba en Italia.

Una vez el cuaderno estuvo de nuevo en el cajón del escritorio dónde lo había encontrado, Harry regresó al dormitorio de Julia. Ella seguía allí, durmiendo plácidamente, sin sospechar que el hombre al que había estado a punto de entregarse no era su querido Diego. El chico se acercó a ella. Era muy guapa y realmente una persona excepcional. Diego tenía muchísima suerte.

- Algún día te compensaré por esto – habló en voz baja, y aunque se dirigía a Julia, en parte hablaba consigo mismo – Esto sí es una promesa.

Y tras inspirar profundamente, acercó la varita a la frente de Julia, dispuesto a desmemorizarla.

Borrar la memoria de una persona, incluso cuando se tienen ciertas nociones de legeremancia, es una tarea muy dura. Tienes que buscar y rebuscar todos los recuerdos que quieres eliminar para no dejar una sola huella. Y si además después, lo que quieres es incluir nuevos recuerdos para que ese lapso de tiempo no quede completamente en blanco, se vuelve un esfuerzo titánico.

Por eso, cuando media hora después Harry salía de la Mansión Devous, se sentía increíblemente cansado. Tenía los dedos de las manos entumecidos y la cabeza sumergida en una espesa nube de cansancio. Aún así, estaba feliz. Había devuelto el cuaderno y, aunque las cosas se habían torcido un poco, había conseguido salir airoso. Mañana tendría que volver a preocuparse por Devous y por el maelstrom. Pero ahora estaba tan feliz que casi podía percibir su propio alegría, que chisporroteaba en el ambiente.

Cuando por fin dejó atrás la enorme puerta de hierro que cerraba la finca, respiró con ansia, hasta hacerse daño en las aletas de la nariz. Y segundos después, se desapareció.

De lo que Harry no se había percatado es que dos ojos, brillantes como el más blanco de los fuegos, lo habían observado salir de la casa, ocultos tras un enorme arbusto. Y ahora esos ojos se movían en la oscuridad, acercándose peligrosamente a la Mansión Devous, dónde Julia dormitaba en paz, ajena a todo lo que se le venía encima.

¡Jelou hipotéticos lectores!

Aquí tenéis una nueva entrega, que sinceramente espero que os guste mucho muchísimo, y que me dejéis millones de reviews para que lo sepa (bueno, me conformo con unos cuantos menos). Me he esforzado por acabar este capítulo antes de meterme en dinámica veraniega porque si no la cosa se me iba de madre y a saber cuando podría publicar. Espero que no juzguéis a Harry con mucha dureza por su actitud. Pobrecito, él sólo quiere solucionar las cosas. ¿Qué habríais hecho vosotros?

Pues nada chicos, yo me despido hasta el próximo capítulo. Que ya os aviso, puede que se me retrase un poco (toma eufemismo) puesto que hemos llegado al punto crítico de la historia, y a partir de aquí va a ser un no parar de sorpresones y capitulazos que, como comprenderéis, no me puedo tomar a la ligera.

Pero como soy una buenísima persona, voy a haceros un regalito. Aquí tenéis a cuatro nuevas caras para que asociéis a los personajes que durante estos últimos meses y cada vez más, son muy importantes:

Hayden Panettiere es Julia Arnaud. Sobran las palabras.

Malcolm McDowell es Enrico Salgari. Este hombre es el perfecto malo malísimo sea dónde sea.

Brent Hinds, guitarrista de Mastodon, es Fiedrich Grosskopf. Imaginadlo con la cabeza afeitada y esa barba… brutal.

Y David Bowiees Julien Devous ¿quién mejor que el duque blanco para interpretar a un personaje tan misterioso como el doctor?

¡Cuidaos mucho!