Disclaimer: Ni Harry Potter ni cualquiera de sus personajes me pertenecen. Sólo pertenecen al corazón de los niños.
Advertencia: Nada, hoy no hay. ¡Disfrutad del capítulo!
17. Todo lo que podía salir mal
La calma que se respiraba en Grimmauld Place se vio interrumpida cuando el timbre del número doce resonó bajo el cielo de madrugada. Harry bajó las escaleras apresuradamente, tratando de no romperse ningún dedo del pie, mientras maldecía en voz baja a quién demonios estuviese en la puerta.
Pero el enfado le despareció de golpe, junto con el color de la cara, cuando pudo comprobar que era Diego quien aguardaba, con las manos en los bolsillos de la gabardina y visiblemente nervioso. Harry abrió la puerta despacio, tratando de parecer calmado e intentando disimular que sólo unas horas antes había estado a punto de acostarse con su novia haciéndose pasar por él.
- Diego ¿qué haces aquí a estas horas? – preguntó el muchacho, enmascarando con un bostezo su agitada respiración.
- Siento haberte despertado Harry – se disculpó Diego - ¿puedo pasar? Necesito hablar contigo de algo.
- Por supuesto – "lo mejor será que si decide partirme la cara no lo vean los vecinos" pensó Harry mientras invitaba a pasar a su amigo al salón.
Diego se dejó caer en el primer sofá que encontró y se frotó la cara con gesto preocupado.
- ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un té?
- No, gracias Harry. Siéntate por favor.
Ante el tono tajante de su amigo, Harry optó por obedecer.
- ¿Qué sucede? – el ansia empezaba a roerle el estómago – Y por cierto ¿cómo es que no estás en Leeds?
- La vigilancia ha terminado antes de lo que esperaba. Y abruptamente además. Uno de los tipos paró a pedirme fuego cuando estaba sentado en el coche y me reconoció. Nos tenían controlados.
- Joder – murmuró Harry, mientras observaba un corte muy feo que Diego llevaba en la mejilla.
- El caso es que hemos entrado en el local por la fuerza antes de que se dispersaran. Ya sabes, lo típico, hechizos por aquí, hechizos por allá. Nada del otro mundo – continuó Diego mientras se tocaba distraídamente el corte de la mejilla – El problema ha venido una vez terminada la misión.
Diego calló entonces, mirando a Harry con gesto angustiado. Al ver que su amigo no se arrancaba a proseguir, Harry preguntó.
- ¿Qué ha pasado?
- Han secuestrado a Julia.
Probablemente fuera una mezcla entre culpabilidad y falta de sueño, pero Harry estuvo a punto de desmayarse.
- Eso es una locura Diego.
- Puesto que he terminado antes y tras la trifulca no tenía ganas de acostarme, he decidido pasarme por Conwy y hacerle una pequeña visita furtiva a Julia – en otras circunstancias, Harry se habría reído a gusto del instinto shakesperiano de su amigo, pero ahora tenía la sensación de que no podría reírse en años.
- Quizás esté en casa.
- Tampoco, al ver que no estaba en Conwy he ido a su casa. Cuando he llegado la puerta de la casa estaba completamente abierta y no había ni rastro de los hechizos de protección. He registrado casi toda la vivienda en su busca y en la puerta de su habitación he encontrado esto – Diego entregó a Harry una pequeña nota mecanografiada.
"Julien, tengo a tu hija. Si no quieres hacerme enfadar y que, por tanto, su seguridad se vea comprometida, nos vemos esta noche, 8 de febrero, a las 11, en la nave de la empresa Hermes S.L. en el puerto de Aberdeen. Sé que tienes amigos en el ministerio, pero no creo que tenga que recordarte que si se enteran de esto, las negociaciones serán mucho más complicadas."
La nota no tenía firma alguna, y el hecho de estar escrita con máquina de escribir hacía imposible identificar al autor por la caligrafía.
Un sudor frío le bajó a Harry por la espalda. Que él recordase, había restaurado todos los hechizos de defensa de la casa tras salir. Lo que sólo podía significar que, efectivamente, alguien había entrado después de marcharse él. O quizás durante su estancia en la casa.
- Podría ser una nota falsa – Harry se aferró a esa esperanza como a un clavo ardiendo.
- No voy a correr el riesgo Harry – contestó Diego – Tras leer esto he vuelto a Conwy para preguntar si alguien había visto a Julia esta noche. Al parecer, había quedado conmigo, lo cual, como ya sabes, es imposible.
Harry tragó saliva.
- ¿Y no es posible que lo utilizase como excusa y esté en algún otro lugar? – la pregunta era algo estúpida, pero en esos momentos el chico no estaba muy lúcido.
- No Harry. Conozco lo suficiente a Julia como para saber que nunca haría nada así.
- Joder. Lo siento Diego, es simplemente que no sé que puedo hacer.
- Acompáñame. He escrito al doctor Devous comentándole la situación y me ha contestado – Harry se sobresaltó al escuchar a Diego pronunciar el nombre de Devous – Hemos decidido encontrarnos en su casa dentro de aproximadamente una hora y media y me ha pedido encarecidamente que hablase contigo, pues al parecer os conocéis.
"Claro que nos conocemos. Demasiado diría yo" pensó Harry ¿Pero para qué querría Devous que Harry interviniera en todo aquello si el secuestrador había dejado claro, o al menos insinuado, que no quería nada de aurores? Por un momento se le pasó por la cabeza denegar la petición de Diego.
Pero realmente no era Devous quién le pedía ayuda. Harry sabía que aunque el doctor no lo hubiese mencionado, Diego habría acudido a él. No podía reprochárselo. Si Devous no fuese un auténtico sociópata, Harry le habría contado a Diego todo lo acontecido durante su viaje al Maelstrom hace mucho tiempo. Ambos confiaban el uno en el otro y tenían ese vínculo que dan, no sólo la amistad y el cariño, sino también el compartir el modo de vida y el respeto mutuo.
- Por supuesto que te acompañaré. Eso no tienes ni que dudarlo – contestó Harry acercándose a su amigo.
- Gracias Harry.
- No me des las gracias, uno de mis deberes como auror es ayudar a mis amigos – bromeó Harry tratando de quitar algo de tensión al ambiente. Y, aunque la diferencia fuese casi imperceptible, lo consiguió, pues Diego dibujó una media sonrisa - ¿Desayunamos algo? Pienso mejor con el estómago lleno.
Aunque su intención era coger fuerzas antes de su cita con Devous, ninguno de los dos, ni Diego ni Harry, consiguieron tomar más que una taza de café y dar un par de bocados a un cruasán.
Llegaron a la mansión Devous casi media hora antes de la hora convenida con el doctor. Como fuera hacía bastante frío a pesar de que iban bien abrigados, decidieron esperar en el recibidor, pues Diego había decidido no tocar nada y la puerta continuaba abierta.
Nada más cruzar el umbral, Harry sintió claramente que alguien había estado allí. A simple vista, no había nada fuera de lugar. Tampoco era culpa de la temperatura el que su piel se hubiese erizado sin remedio. No era su instinto el que se lo decía. Era algo totalmente inexplicable pero a la vez tan fuerte, que Harry se sintió como un ciego delante de su asesino. Eso tranquilizó en parte al muchacho, pues durante su estancia en la casa la noche anterior, no había notado nada parecido. De manera que el secuestrador tenía que haber entrado después, una vez Harry se había marchado.
- ¿De qué os conocéis el doctor Devous y tú? – preguntó entonces Diego.
- Ha colaborado con nuestro equipo en un par de casos – mintió Harry, aunque esta vez la mentira no fue tan espontánea, pues sabía que el hecho de que Devous quisiera contar con su ayuda levantaría sospechas y se la había preparado de antemano – Es un buen hombre – "Eso si que es una mentira gorda" pensó.
- ¿Y por qué no lo dijiste el otro día en la cena? – su tono de voz no sonaba acusador, pero Harry comprendió que Diego se sentía frustrado porque él hubiese conocido antes al padre de su novia.
- El doctor Devous trabaja con nosotros en la más estricta confidencialidad – se limitó a contestar Harry. Esa también se la veía venir. Diego tenía un olfato de otro mundo para los detalles.
- Disculpa. Estoy un poco nervioso – realmente lo estaba. Le temblaba ligeramente el labio.
El doctor Devous se presentó tan sólo diez minutos después. Se apareció en la puerta de la finca y caminó a grandes zancadas por el camino del jardín. Harry y Diego, que lo habían visto desde la ventana del vestíbulo, acudieron en su encuentro. Tras unos instantes más que incómodos, en los que suegro y yerno se examinaron mutuamente mientras Harry hacía lo posible por no mirar a Devous a la cara, el doctor tomó la palabra.
- Así que tú eres Diego – le tendió la mano – Encantado de conocerte, aunque sea en estas circunstancias.
- Lo mismo le digo doctor Devous.
- Julien, por favor, en estos momentos los formalismos están de más.
- Está bien Julien. Creo que a Harry ya lo conoce – murmuró Diego, aún tratando de adaptarse a la situación.
- Efectivamente. Muchas gracias por acudir señor Potter – sonrió Devous.
"Como si pudiese negarme, pedazo de hijo de puta" pensó Harry.
- Creí que había dicho que sobraban las formalidades, Julien – contestó estrechándole la mano con demasiada fuerza.
- Un chico atento. Por eso te he pedido que lo trajeras Diego – respondió Devous con mordacidad.
Aunque Diego le había enviado una copia de la nota del secuestrador a Devous, este insistió en que el chico volviese a leerla. Después el doctor guardó silencio mientras asentía con lentitud. Entró en la casa y pasó varios minutos recorriendo las habitaciones. Diego y Harry lo esperaron en la entrada. Cuando Devous regresó, afirmó no haber encontrado nada fuera de lo común, lo que extrañó a Harry, pues el seguía sintiendo aquel hormigueo eléctrico en el cuerpo.
- ¿Sabe de quién puede tratarse? – preguntó Diego.
- En esta profesión no se tienen muchos enemigos hijo. Pero por desgracia, sí que existen muchas personas que te desean si no lo peor, algo cercano.
- ¿Ha podido ser alguno de sus colegas? – Harry tenía la sensación de que Devous sabía perfectamente quién era el culpable. Y de que él también lo sabía pero por alguna extraña razón, no conseguía averiguarlo.
- Yo no los llamaría colegas, pero sí, es probable. No sé exactamente quién, y de hecho no creo que haya sido a propósito.
- Es muy complicado secuestrar a alguien sin querer Julien – comentó Harry cínicamente - ¿En qué está pensando?
- Estoy pensando en alguien que haya decidido darme una lección y para ello haya requerido de los servicios de una persona más ducha en estos temas.
- ¿Está diciendo que han secuestrado a su hija simplemente para asustarlo? – Diego estaba visiblemente enfadado.
- Muy posiblemente – contestó Devous sin inmutarse.
- ¿Entonces? ¿Qué hacemos? ¿Acudimos? – preguntó Harry, aunque la mirada fulminante de Diego le dio la respuesta.
- Por supuesto. Me da igual que esto sea sólo para darme un susto, no pienso dejar a mi hija abandonada de esa manera – cualquiera hubiera dicho en ese momento que Devous tenía sentimientos.
Una pequeña detonación, de nuevo en la entrada de la finca, levantó una pequeña nube de polvo e hizo que los tres se girasen en aquella dirección con las varitas en ristre, preparados para defenderse. La figura que estaba de pie frente a ellos levantó las manos en señal de rendición. El primero en bajar la varita fue Diego. Devous no tardó mucho más. Pero no fue hasta que el sol arrancó un destello rojizo del cabello de la figura cuando Harry reconoció quién era.
- No me lo puedo creer ¿qué cojones hace aquí Ginny? – preguntó Harry volviéndose hacia Diego. La expresión de su amigo le dejó claro que él tampoco lo sabía.
Ginny había avanzado y ahora estaba ya muy cerca de ellos.
- ¿Se puede saber dónde está Julia? – preguntó la pelirroja a Diego.
- Pues veras Ginny, resulta que…
- Espera – lo interrumpió Devous - Podría ser una impostora.
- ¿Una impostora? Doctor Devous, nos hemos visto en más de una ocasión y…
- Tiene razón – se apresuró Harry, que se sintió desagradablemente sorprendido por la perspicacia de Devous. Se acercó a Ginny sujetándola por un brazo y le apuntó levemente con la varita - ¿Quién fue tu primer novio en Hogwarts?
- ¿Qué clase de pregunta es esa? – Diego no sabía si reírse o matar a Harry.
- Contesta Ginny – continuó Harry como si no lo hubiese escuchado.
- ¿El primero, primero? – Ginny estaba algo sonrojada – Fue Michael Corner.
- Error – Harry imitó el sonido de una bocina – Segunda y última oportunidad.
- Está bien, está bien – concedió Ginny – Eugene Maverick.
- ¡¿Qué dices? ¿Ese Hufflepuff de tu curso que tenía la nariz llena de granos y un ojo mirando a Saturno? – exclamó Diego que, desde que Devous había insinuado que la situación podía no ser tan grave como pensaban, estaba mucho más relajado.
Harry soltó a una Ginny con las mejillas coloradas como manzanas maduras.
- Teníamos trece años, no tenía esos granos y no estaba tan bizco – se excusó la chica.
- Creía que por aquel entonces estabas enamorada de Harry – comentó Diego.
- Lo estaba. Tú lo has dicho – y aunque la pregunta de Diego quedó en el aire, a todos les pareció una buena respuesta – Y ahora, ¿me puede decir alguien qué está pasando aquí? ¿Dónde está Julia? Se supone que íbamos a salir a correr esta mañana antes del entrenamiento ¡y me encuentro con que no ha dormido en Conwy! – miró a Diego de manera elocuente.
- Sentimos tanta parafernalia señorita Weasley, pero me temo que mi hija ha sido secuestrada y por tanto, cualquier precaución es poca – contestó Devous, como quién da el parte del tiempo.
- ¡¿Qué? ¡¿Han secuestrado a Julia? ¡¿Quién? – Ginny agarró a Harry con fuerza como pidiéndole las explicaciones a él.
- No lo sabemos – Diego la separó del moreno – Pero hemos recibido esta nota.
Ginny leyó la nota en silencio y después se la devolvió a Diego.
- ¿Cuándo ha sido?
- Esta madrugada, yo he llegado aquí pasadas las cinco y ya no estaba.
- No lo entiendo – Ginny parpadeó. Estaba muy afectada – Anoche me dijo que había quedado contigo para venir aquí.
En cualquier otro momento, a Diego no le hubiese hecho ni pizca de gracia que su amiga dijera delante del doctor Devous que él y Julia quedaban en su casa cuando no estaba. Pero ahora, cualquier dato era importante.
- Está muy claro que alguien la engañó – sentenció Devous – Pero no perdamos la calma. Acudiremos a la cita con el secuestrador. Si, como imagino, sólo es una treta, la cosa se solucionará pronto. En caso de que sea algo más serio, me gustaría contar con vosotros para asegurar la seguridad de Julia.
- No lo dude – asintió Diego.
Le hubiera sido muy fácil escurrir el bulto. Inventarse una misión para el ministerio, una enfermedad. Cualquier cosa. Pero dejar que Diego se aventurase con el maníaco de Devous en la boca del lobo le revolvía el estómago a Harry.
- Por supuesto Julien – concedió el chico.
- Muchas gracias a ambos. Y ahora lo mejor es que cada uno continúe, o mejor dicho, trate de continuar con su rutina durante el resto del día. Nos veremos esta noche, a las diez, en la entrada del puerto de Aberdeen. Tengo que comunicarme con mis colegas italianos, pues he partido demasiado deprisa de allí como para inventar ninguna excusa. Si me disculpáis. Diego, Harry, señorita Weasley – el doctor se despidió cortésmente de los tres y entró, aunque desanduvo unos pasos poco después – Una cosa más. Esto debería ser estrictamente confidencial a nosotros cuatro. No quiero involucrar a nadie más. Y mucho menos quiero a la prensa molestando. Si tras esta noche lo necesitásemos, entonces si pediremos ayuda. Pero hasta entonces, cuento con vuestra discreción – y se internó en la casa.
Tras una breve despedida, Diego y Harry acordaron verse al salir del ministerio y acudir juntos a Aberdeen. Ginny se unió a la cita, pues afirmaba que no se sentía con fuerzas para entrenar y que ya se inventaría algo para su ausencia. Así que a las ocho en punto, los tres se encontraban en el Caldero Chorreante, contemplando con amargura sus cervezas de mantequilla.
- Todavía no me entra en la cabeza – comentó Ginny – No entiendo que ha podido hacer el doctor Devous para que alguien quiera desearle ningún mal.
"Si quieres te hago una lista" pensó Harry bebiéndose media botella de un trago.
- No deberíamos pensar en eso ahora – dijo Diego – Total, ya no hay vuelta de hoja.
- Tienes razón – asintió Harry – Comernos la cabeza ahora sólo conseguirá ponernos nerviosos para después.
Pero era demasiado complicado no pensar en Julia. En dónde se encontraría en ese momento mientras ellos se resguardaban del frío en el bullicio del Callejón Diagon. En si estaría asustada, herida o algo muchísimo peor.
- ¿Por qué demonios le has hecho esa pregunta a Ginny antes, Harry? – Diego necesitaba como el agua olvidar que su chica estaba en peligro mientras él no podía hacer nada.
- ¿Eso? Bueno, es una cosa que hablamos cuando… Bueno, cuando estábamos juntos.
Harry contempló a Ginny, sentada a su lado, jugueteando con la etiqueta de su botella para aliviar la ansiedad. Con todo lo de Julia, apenas se había dado cuenta de que, tras aquella fingida o no tan fingida discusión en la Mansión Devous, era la primera vez que estaban juntos. Creía que el comentario la molestaría o que, al menos, ella contestaría con un comentario mordaz. Pero no fue así.
- Aún nos sentíamos inseguros tras la muerte de Riddle. Quedaban multitud de magos oscuros y otra gentuza que lo habían perdido todo y que, obviamente, querrían vengarse de los culpables de la derrota de su señor. Así que decidimos prepararnos algunas preguntas especiales por si en algún momento la cosa se ponía fea y teníamos que asegurarnos con quién hablábamos – explicó Ginny.
- Por desgracia por aquel entonces, tras el final de la guerra, nos convertimos casi instantáneamente en personajes públicos y pocos fueron los detalles de nuestra vida privada que no quedaron al descubierto, ayudados por algunos a los que se les fue la lengua.
- Ujum, Parkinson, ujum – disimuló Ginny como si tosiera – El caso es que como la tragasables de Parkinson y los de su calaña se encargaron de hacer de biógrafos no oficiales, nos quedó poca información que considerar íntima. Entonces se me ocurrió lo de Maverick.
- ¿Y no es posible que Maverick se lo haya contado a alguien? – preguntó Diego.
- Lo dudo. Lo amenacé con un maleficio de almorranas explosivas. De manera que lo dudo.
Diego había aprovechado para dar un sorbo a su cerveza pero casi se atraganta con la respuesta de Ginny. Harry también rió con ganas. Eran esa clase de cosas sobre Ginny por las que se había enamorado de ella.
Enamorarse de Ginny. Parecía que hacía décadas desde aquello. Y realmente sólo habían pasado unos años. De hecho, hacía poco más de una semana que habían compartido algo más que un simple beso. Aunque Ginny había insistido en que no fue más que un calentón fruto de la borrachera, para él había significado algo más. Y tenía la sensación de que para ella, por mucho que lo negase, también. Ginny sonreía ahora. Estaba preciosa cuando sonreía. Las pecas de sus mejillas se contraían un poco y su nariz se arrugaba de una manera muy graciosa. "Deja de torturarte" se dijo a sí mismo Harry "Te odia, y eso no va a cambiar".
Transcurrieron unos cuantos segundos de silencio en los que, tras las risas, sus mentes regresaron a Julia y los ánimos se enfriaron de inmediato.
- Voy a ir con vosotros – espetó Ginny de improviso.
- De ninguna manera – Harry había esperado esa frase durante toda la tarde, por eso respondió casi inmediatamente, para el fastidio de Ginny.
- ¿Por qué? – contestó la chica irritada – ¿No crees que pueda ser de ayuda?
- No – Harry no tuvo ni que pensárselo. Ginny abrió la boca dispuesta a protestar, pero Harry la interrumpió – Y no es porque no sepa que sabes defenderte. Lo sé, sabes defenderte muy bien. Pero esto no es una pelea, es un rescate, y hace falta algo más que saber lanzar unos cuantos hechizos para que todo salga bien.
Harry se sintió por un momento como uno de sus profesores de la academia de aurores. No había pretendido sonar autoritario, simplemente quería explicarle a Ginny las razones por las que no podía acompañarlos. Y al parecer, para sorpresa de Harry, la muchacha los había comprendido a la perfección, pues, tras un gesto de disgusto, asintió y acabó su cerveza.
Tras salir del Caldero Chorreante, Harry y Diego decidieron no retrasar más el viaje a Aberdeen y tras despedirse de Ginny se desaparecieron de inmediato. Puede que fueran los nervios o, simplemente que el puerto de Aberdeen no disponía de unas fotografías medianamente decentes para poder visualizar un lugar de aparición con precisión, pero el caso es que Harry y Diego se encontraron en un cabo a casi dos kilómetros de la entrada al puerto.
Eran las nueve y media pasadas cuando por fin llegaron a su destino, y a las diez apareció Devous, enfundado en una gabardina de cuerno negra, una de esas gabardinas que usa la gente que no se trae nada bueno entre manos. Aún les quedaba una hora para encontrar la nave de Hermes S.L. y ultimar los detalles del plan. Pero ninguna de las cosas les llevó demasiado tiempo.
En la entrada del puerto, uno de los guardias de seguridad les indicó muy amablemente dónde se encontraba la nave, pues para eso disponía de un listado con todas las empresas que poseían negocios allí. Tan sólo hizo falta un leve movimiento de varita para que aquel hombre dejara de preguntarse qué buscaban en una nave cerrada a esas horas de la noche. De manera que ya tenían la localización de la nave.
En cuanto al plan, simplemente no había ninguno. Devous dejó muy claro que las varitas debían estar guardadas en todo momento, a no ser que fuera necesario intervenir. Él se encargaría de hablar, y tan sólo los permitiría moverse si Julia quedaba a su alcance y creían que podían rescatarla sin que sufriera daños. Pero la oportunidad debía ser clara.
Sus pasos resonaban en aquella zona del puerto, que estaba completamente vacía. A lo lejos, en el otro extremo, se divisaban luces, pero aquellas naves eran básicamente almacenes y cerraban por la noche. Los astilleros eran los que no descansaban. Tras zigzaguear un rato entre las enormes construcciones, llegaron a su destino. Se quedaron a unos cuantos metros de la entrada, amparados por la oscuridad en uno de los estrechos callejones que se formaban entre las naves, esperando. El reloj de bolsillo de Devous indicó que eran las once y ninguno había visto, oído, ni sentido absolutamente nada. Pero tenían que entrar, y así lo hicieron tras colocar unos cuantos hechizos anti-aparición en la nave para evitar que el secuestrador escapase de nuevo con Julia.
Hermes S.L. utilizaba aquella nave para almacenar toda la mercancía con la que trabajaba. La mayoría eran enormes cajas de cartón llenas de zapatillas de deporte, de todas las clases, colores y tamaños. Había una especie de "primer piso" compuesto por una enorme plataforma que se agarraba a las paredes de la nave y a la que solo se podía acceder a través de una escalera situada cerca de la entrada. Allí se encontraban algunos despachos y la maquinaría de las grúas de carga. Olía a polvo, a tela sintética y a salitre.
Devous iba el primero, como había pedido, y sólo su varita estaba iluminada con el lumos. Al llegar a la parte central de la nave, el doctor se paró en seco e indicó a los dos chicos que se separasen un poco de él y vigilasen las puerta. Se había oído un ruido. Un ruido muy extraño, como el crepitar de brasas. Por un momento Harry creyó que habían caído en una trampa y que alguien estaba incendiando la nave. Y esta idea cobró fuerza cuando, por detrás de una de las escaleras metálicas que se utilizaban para acceder a las cajas más altas, apareció un resplandor rojizo.
Pero no era fuego lo que brillaba. No era una antorcha, ni una hoguera, ni un incendio. Era como una persona ardiendo. Pero no como si las llamas lo estuviesen devorando, sino más bien como si el fuego emanase de su persona. Como si el fuego saliese de su alma.
La figura avanzó unos pasos hasta quedar cerca de Devous. Lo suficientemente cerca como para acertar de lleno con un hechizo y lo suficientemente lejos como para poder esquivar uno. Posición de duelo.
- Buenas noches Julien.
Para sorpresa de todos, fue la voz de Julia la que pronunció aquellas palabras. Diego ahogó un gemido. Devous intensificó su lumos y pudieron comprobar como aquel ser de entrañas ígneas se cubría con una capucha negra que dejaba en sombras su rostro y parte de sus hombros, aunque se podían apreciar dos pequeñas luces que titilando. Sus ojos. Julia estaba junto a él, sujeta contra su pecho, con la cabeza caída y visiblemente inconsciente. No parecía herida, sino simplemente presa de un profundo sueño.
- ¿Quién eres? – preguntó Devous con voz calmada - ¿Qué quieres?
- ¿No me reconoces Julien? – Julia articulaba los sonidos como un niño pequeño en una obra de teatro escolar - ¿Tanto he cambiado?
Devous se quedó callado unos segundos, probablemente pensando qué hacer.
- Lo siento pero no sé quién eres, no puedo verte bien desde aquí – dijo finalmente el doctor.
- Una pena – contestó la figura a través de Julia – Pero deberías recordarlo. No todos los días tienes la oportunidad de humillar, traicionar y matar a un hombre.
De pronto, como si el mundo respondiese a los sentimientos de aquel hombre, el lumos de Devous parpadeó y Harry sintió como si todo el aire se escapase de sus pulmones.
Ya sabía quién era. Y Devous también lo sabía, estaba seguro. Es más, era muy probable que hubiese llegado a la misma conclusión que Harry: Enrico Salgari había vuelto para vengarse.
- ¿Enrico? - murmuró Devous cuando su varita volvió a brillar ininterrumpidamente.
- ¿Aún lo dudas Julien? – asintió Julia, que se elevó unos centímetros en el aire. Salgari la apartó un poco de sí con un movimiento de la mano, y se quitó la capucha.
Efectivamente, era Enrico Salgari. O al menos lo había sido en algún momento. No había rastro de su barba o de su pelo, en su lugar, los poros brillaban intensamente, al igual que la boca y los ojos, como si tuviese una potente bombilla por cerebro. La piel de su rostro parecía quemada, surcada por miles de cicatrices. Heridas que se habían abierto y cerrado miles de veces. Levitaba a unos palmos del suelo, por eso a Harry le había parecido un poco más alto.
- Creía que te había especificado que vinieses sólo.
Aunque era imposible que la luz de la varita de Devous iluminase a ambos, Harry estaba seguro que Salgari había sentido su presencia y la de Diego desde el principio, al igual que él estaba sintiendo la suya. Al igual que la habías sentido en casa de Julia por la mañana.
- Están aquí sólo por seguridad Enrico. Supongo que no imaginabas que sería tan tonto de acudir sin nadie para ayudarme – contestó Devous, que tras ver el estado de su interlocutor, había recuperado la compostura.
- Ciertamente. Reconozco al señor Potter – siseó Julia - ¿Quién es el otro?
- Se llama Diego, forma parte de mi escolta personal – se adelantó Devous ante la atónita mirada del aludido.
- No sabía que tuvieras escolta personal Julien.
- Solo la utilizo para estos casos – el doctor zanjó el tema - ¿Qué es lo que quieres Enrico?
- Te quiero a ti Julien. Un intercambio, tu hija por ti. Simplemente eso – sonó extraño en labios de Julia.
El silencio se adueñó de la nave y sólo se escuchó el zumbido que producía el cuerpo de Salgari.
- Es un trato justo – dijo Devous. Harry abrió mucho los ojos – Suéltala y me acercaré a ti.
- No es tan sencillo Julien, no me fío de ti. Espero que lo comprendas – contestó Salgari – Ven aquí. Soltaré a la chica cuando estés en mi poder.
- No lo haga doctor – Diego se había acercado un poco.
- Creo que no estás en posición de negociar Julien – Salgari estaba perdiendo la paciencia – Acércate o le arranco un brazo a tu pequeña Julia – el pirata giró la muñeca de su mano izquierda y el brazo de Julia se levantó, quedando suspendido en el aire.
Diego dio un paso al frente pero Harry lo detuvo. No convenía poner nervioso a Salgari. Devous tenía que ser cauteloso. Y ellos aún más.
- Hagamos un trato Enrico – ofreció Devous – Creo que tengo algo que te puede interesar.
- ¿Y qué es eso que me puede interesar?
- Verás, esto no son más que elucubraciones pero creo que estarás de acuerdo conmigo. Cuando caíste al pozo del Maelstrom, la magia que de él manaba penetró en ti con tanta fuerza que casi te mata. Pero esa misma magia fue la que transformo tu odio hacia mí en un nuevo cuerpo, un nuevo cuerpo que absorbió dicha magia hasta convertirte en lo que eres ahora mismo.
Salgari guardaba silencio. Bueno, Julia guardaba silencio, Salgari crepitaba.
- El problema, querido Enrico, es que este cuerpo tuyo es totalmente inestable. Sí, es cierto, tienes un gran poder. Un poder inimaginable, que te permite manejar la magia a tu antojo sin necesidad de varita. Te sientes casi inmortal, pero es complicado de manejar, pues el hechizo más sencillo puede multiplicarse por mil y el más complicado no surtir ningún efecto. Ni siquiera la varita te ayuda. Has aprendido algunas cosas básicas, como a servirte de otras personas para comunicarte y manejarlas como marionetas, o a dinamitar los hechizos protectores ¿o no es así como entraste en mi casa? Pero sabes que no durará mucho. No durará porque esa magia que fluye por tu interior sin ningún tipo de freno ha creado una brecha y se está esfumando. Y sabes que cuando si esa grieta sigue abierta y la magia te abandona, morirás, pues es ella la que te mantiene vivo.
Plas, plas, plas. Julia aplaudió con desgana.
- Todo muy bonito Julien. Me sorprende que hayas sido capaz de saber todo eso en apenas unos minutos. O quizás ya lo imaginabas cuando me dejaste caer en el pozo. Has acertado la mayoría, pero te has equivocado en un par de cosas. La varita sí es útil. Es mucho más útil de lo que piensas. Tanta magia es casi imposible de controlar sin una varita. De manera que, sí, he de esforzarme por no estallar si hago un expelliarmus, pero no es tan difícil como crees. La segunda es que, sí, puede que vaya a morir si la magia me abandona, pero habrá merecido la pena si consigo llevarte conmigo – contestó Salgari sacando la varita del interior de su capa.
Devous se quedó completamente quieto. No esperaba esa respuesta. No esperaba que Salgari ya supiera todo eso. Pensaba impresionarlo con su retórica y que el antiguo capitán del Hécate le suplicara su ayuda. Aún así no se rindió.
- Puedo ayudarte Enrico. Sabes que me llevé del Maelstrom parte de esa magia pura. Puedo dártela. Puedes vivir un poco más mientras buscamos una solución.
- ¿Crees que no lo sé? – aquella frase sonó como una carcajada - ¿Crees que no sé qué esa vasija tuya puede ayudarme? Claro que lo sé Julien, y por eso estoy hablando con vosotros en lugar de lanzarte un avada kedavra.
- ¿Qué? – Devous miró a un lado y a otro, como buscando la respuesta a su pregunta entre las cajas de calzado deportivo.
- ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo Grosskopf? Estuve con él hace unos días. Y le alegró verme. Tanto, que ahora se encuentra en tu mansión, robando para mí tu preciosa vasija.
Devous palideció. O al menos eso pareció, pues la iluminación no era muy propicia.
- Mientes – el doctor negaba con la cabeza y le temblaba un poco el pulso.
- Eso es lo que a ti te gustaría Julien – Julia congeló una sonrisa en su cara – Así que no tienes nada que ofrecerme. De manera que date prisa y acércate, si no quieres que tu hija sufra ningún daño.
Devous permaneció quieto. Diego quiso decir algo, pero Salgari habló primero.
- ¿No? Debería haber supuesto eso. Eres demasiado egoísta. Con tal de salvar el pellejo eres capaz de sacrificar a tu propia hija – de la varita de Salgari salieron una pequeñas chispas verdes. Tenues, muy tenues. Pero visibles en aquella semioscuridad. Fue suficiente para que a Harry le temblasen las piernas. Devous seguía sin moverse, con la varita en ristre – Pues nada, espero que cuando esté muerta te des cuenta de lo que me has obligado a hacer.
Salgari dirigió la punta de la varita al cuello de Julia.
- Avada keda…
- ¡No! – no era Devous el que gritaba, obviamente. Era Diego, que se había colocado junto al doctor y lo agarraba de la túnica – ¡¿Maldita sea Julien, en qué estás pensando?
Salgari observaba (aunque era difícil saberlo pues sus ojos no poseían pupilas) con sumo interés la escena. No había que ser un lince para saber quién era Diego y por qué estaba allí.
- Interesante – murmuró Julia – ¿Cambiemos el trato, vale? Tú, el chicano, ¿quieres salvar a la chica? Perfecto. Mata a Devous y la dejaré libre.
Tras escuchar esas palabras, Diego se alejó unos pasos de Devous.
- No… no puedo… - el muchacho estaba realmente nervioso.
- Está bien Salgari – Harry se había cansado de ser espectador. Estaba claro que Devous no iba a solucionar aquello. Y mucho menos Diego, que temblaba como una hoja de papel. Pero él había tenido tiempo de pensar como jugar las cartas – Ya me ha quedado claro. Lo que quieres es que el doctor pague por sus crímenes. Me parece perfecto. Suelta a Julia y me encargaré de que se le juzgue. Ya tienes la vasija ¿Por qué mancharte las manos?
La mano libre de Salgari se abrió y Julia descendió lentamente al suelo. Harry creyó por un momento que lo había conseguido. Pero entonces Salgari, aquella figura fantasmagórica, abrió la abertura que antaño había sido su boca y una potente carcajada, cargada de desprecio, pero sobretodo de odio, inundó el almacén. Aunque más que una risa, eran varias. Como una manada de hienas especialmente excitada.
- Buen intento señor Potter, pero no confío en "su" justicia – su voz, su verdadera voz, sonaba como un eco distante, amplificado sin obedecer a las leyes de la física. Le costaba controlar el tono, que subía y bajaba, como una canción disonante - Devous se atrevió a meterse con un pirata. Y es ante la justicia de la mar ante la que tiene que comparecer. ¿Mancharme las manos? Vamos, ¿crees que es la primera vez que mato a un inocente?
- ¡Expelliarmus! – el grito sorprendió a todos excepto a Salgari, que con un golpe de muñeca desvió el destello dorado que bajó desde las plataformas del primer piso. Agitó la varita en el aire y sin decir una palabra, saco a quién había realizado el hechizo de su escondite y lo atrajo hacia sí, empujando a Julia contra Devous y reteniendo a su nuevo rehén.
- ¡Ginny! – exclamó Diego. Harry se había quedado boquiabierto. "Lo que nos faltaba" pensó.
- Me preguntaba cuando ibas a salir de tu escondite. Ya pensaba que estaba perdiendo facultades – Salgari acercó la varita a la frente de Ginny.
- Lo siento, creí que había bajado la guardia – se excusó Ginny, con los ojos brillantes de lágrimas. Estaba asustada. Esperaba haberlo conseguido.
- No pasa nada Ginny, quédate quieta – la tranquilizó Harry. Enfadarse con ella en aquel momento hubiera sido contraproducente – Suéltala Salgari, ella no tiene nada que ver con esto.
Devous había aprovechado la situación para dirigirse corriendo a la puerta del almacén con Julia cargada al hombro.
- Bien señor Potter, así va la cosa. Creo que esta muchachita es amiga suya, ¿cierto? – Harry apretó los dientes – Mate a Devous si no quiere que yo la mate a ella.
Harry no se lo pensó dos veces. Puede que fuera el odio que sentía hacia Devous. Puede que fuera el miedo a que le hicieran daño a Ginny. Pero giró sobre si mismo y apuntó a Devous con la varita, que aún no había salido del almacén y por tanto no podía desaparecerse.
- ¡Quieto Julien! – le gritó al doctor – No quiero hacerte daño, y mucho menos a Julia, así que vuelve aquí.
- ¿Qué demonios estás haciendo Harry? – Diego le habló sólo unos metros más allá.
- No lo entiendes Diego, él no es quién tu crees que es – se defendió Harry – ¡Suelta a Julia y ven aquí Julien! – volvió a gritar.
El doctor no se movió, pero entonces una sonrisa de autosuficiencia apareció en su cara.
- Diego, si quieres salvar a Julia, mata a Salgari – dijo colocando la varita en la nuca de su indefensa hija.
Diego miró a Devous. Después a Harry. A Julia. A Devous y finalmente a Ginny, que lloraba silenciosamente atrapada por el fuerte brazo de Salgari. Levantó la varita contra el pirata.
- ¡Diego por favor, ten cuidado! – Ginny chilló al ver que a su amigo le temblaba la mano mientras apuntaba.
- Mátalo – le dijo Salgari a Harry.
- Mátalo – le dijo Devous a Diego.
Harry estaba sudando a mares. Diego también. Pasó el tiempo, quizás fueran segundos, quizás años. Pero nadie movía un músculo. El silencio era opresivo.
- Creo que esto no ha salido como a mi me hubiese gustado – concedió Salgari con su cambiante voz – Además, parece que hemos llegado a un punto de no retorno. Así que vamos a ir despidiéndonos.
- ¡De eso nada, no te muevas! – le gritó Diego a Salgari.
- Señor Potter – continúo su interlocutor sin inmutarse - si quiere volver a ver a su amiga viva, le esperaré encantado a que aparezca con el cadáver de Julien. Ese es el trato que tenemos. Nada distinto. ¿Entendido? Si en una semana no lo tiene, espero que le haya preparado al menos un bonito discurso para su funeral.
Ginny pataleó presa del pánico pero no consiguió zafarse de Salgari.
- Cuando haya cumplido su parte, contacte conmigo a través de Ludwig Karmatt.
Al oír aquel nombre, Harry sintió una punzada de dolor en la sien.
- Déjala Salgari – gritó. Habría resultado mucho más amenazador si él no estuviese aterrado y Salgari no se hubiese atiborrado de magia pura.
- ¡Adiós muchachos! – se despidió el pirata – Por cierto señor Potter, debería darle las gracias por dejar a la señorita Arnaud lo suficientemente débil como para sacarla de su casa sin utilizar la violencia. Me resultó mucho más sencillo.
- ¡Ginny! – Harry intentó atrapar a Salgari corriendo hacia él, pero este ya había desparecido dejando una estela escarlata.
El muchacho quedó en el suelo, jadeando. ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Mierda! Aquello no podía estar pasando. Salgari tenía a Ginny, y ahora el tendría que matar a Devous si quería recuperarla.
- ¿De qué demonios estaba hablando? – preguntó Diego. Harry sentía sus ojos clavados en la nuca. Tan preocupado como estaba por Ginny, Harry había hecho caso omiso a las últimas palabras de Salgari. Pero Diego las había oído y las había interpretado perfectamente.
- Diego, yo… - podría haberle mentido. Habría sido muy sencillo culpar a Salgari de intentar enfrentarlos. Pero Harry no pudo. Se había cansado de las mentiras – No quería que esto acabase así – y se giró hacia Devous con la varita en ristre.
Pero el doctor ya no estaba. Seguramente había aprovechado aquel momento para escapar. Y además lo había hecho sin Julia, que estaba tumbada en el suelo. Al menos ella estaba a salvo. Diego corrió hacia ella y se arrodilló a su lado. Y como si de una película romántica se tratase, Julia abrió los ojos.
- ¿Diego? ¿Dónde est…? – preguntó con voz débil.
- Tranquila, no pasa nada – susurró Diego. Acto seguido le tomó el pulso con delicadeza y le examinó las pupilas y la temperatura.
- ¿Está bien? – preguntó Harry. Lo que su amigo acababa de hacer eran observaciones básicas que los aurores tenían que utilizar para catalogar el estado de un rehén.
- No te acerques – le espetó Diego.
- Diego, sé que estás enfadado pero puedo explicarte…
- ¿Explicarme qué? ¿Eh? ¿Explicarme qué hacías con mi novia mientras yo estaba de guardia? ¿O el porqué lo hiciste? – los ojos de Diego brillaban con furia – No quiero saberlo Harry, eso no me va a ayudar a comprenderlo.
- Tenía que hacerlo Diego.
- Cállate – gritó su amigo, recostando a Julia y acercándose a él.
- Ojalá pudiera habértelo contado antes, todo habría sido mucho mejor y…
- ¡He dicho que te calles!
- Pero…
El puño de Diego impactó contra su mandíbula en cuestión de segundos. Harry cayó hacia atrás sintiendo como una de sus muelas se partía en varios pedazos y la sangre le llenaba la boca. Se quedó tumbado boca arriba, con la sangre brotando de la encía y las lágrimas de los ojos. El golpe de la caída le provocó un ligero mareo. Diego seguía de pie, contemplándolo. Por un momento Harry pensó que lo ayudaría a levantarse, pero dio media vuelta y regresó con Julia, que no parecía haberse enterado de nada.
La chica estaba aún muy desorientada y Diego trató de ponerla de pie. Lo intentó un par de veces y finalmente a la tercera lo consiguió con la inestimable ayuda del hombro de Diego. Caminaron hacia la entrada con pasos cortos, pues Julia no podía ir más rápido en su estado. Cuando salieron, Harry escuchó el inconfundible sonido de una desaparición.
Y allí se quedó Harry, en el almacén de Hermes S.L. Sólo y enfadado. Enfadado con Diego, que no había dejado que él aclarase las cosas. Enfadado con Devous, por haberlo metido en todo aquello y haber desaparecido para, seguramente, esconderse como una rata. Enfadado con Salgari, por tener a Ginny. Enfadado con Ginny, por no haber obedecido y haber acudido.
Pero sobretodo enfadado consigo mismo, por no haber podido hacer nada, por no haber previsto algo como aquello, por no haber sabido comportarse. Y es que todo lo que podía haber salido mal había salido peor.
¡Buff! Ha pasado mucho tiempo. Demasiado desde el último capítulo. Me excusaré diciendo que creía que en verano aprovecharía más el tiempo, pero está claro que la playa y la piscina son demasiado tentadoras.
Sólo un par de notas al capítulo. La primera es que lo he repasado unas cuantas veces para no dejar ningún detalle abierto, así que espero que el resultado sea convincente. La segunda es que los lectores latinoamericanos me perdonen por el uso de la palabra "chicano" para Diego. Comprended que Salgari es un pirata y que, además, como la mayoría de italianos, es algo xenófobo, de manera que me gustó como quedaba.
Nada más, cada vez queda menos para llegar al final, aunque aún quedan unas cuantas sorpresas. Jua, juas.
¡Cuidaos mucho, hamijos!
