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Advertencia:Palabrotas. Unas cuantas. Pero muy divertidas.

19. Con nocturnidad y alevosía

- ¿Qué? – Violet fue la primera en reaccionar.

Tras la lapidaria afirmación sobre la muerte de Devous, el salón se había quedado completamente mudo. Todos (con la excepción de Luna, que no solía alterarse por nada) miraban a Harry con expresión de no entender absolutamente nada.

- Julien Devous murió en Haití en 1999 – concretó Harry.

- Harry – Violet parecía especialmente traumatizada – Devous no puede estar muerto. Tú mismo nos has contado como ayer estuviste con él. Estuvisteis ambos con él – señaló a Diego.

- Al igual que yo estuve la noche anterior en casa de Julia – respondió Diego. Aquel dardo envenenado no molestó especialmente a Harry. Tener a Diego allí, aunque las cosas aún no estuviesen arregladas, era mucho más de lo que esperaba.

- ¿Entonces qué es? – preguntó Ron - ¿Un inferi?

- No tenía pinta de inferi – comentó Joe – En el barco estaba pálido, sí, pero supuse que se debía al vaivén… y a que comparte carga genética con los Malfoy.

- No es un inferi. Pero estoy seguro de que no es Julien Devous – aclaró Harry – De lo que no estoy muy seguro es de cómo lo hace.

- ¿Multijugos? – sugirió Diego, aunque esta vez sin ningún tipo de doble intención.

- Ni idea – reconoció el chico.

- Lo importante no es el cómo. Es el quién – George habló con voz grave.

- Ahí es dónde yo quería llegar – habló Harry – Bien, lo que os voy a contar es solamente una teoría, pero en vista de los acontecimientos, de mis investigaciones y de lo que me dice mi instinto de auror, creo que puedo asegurar casi al cien por cien que quien se hace pasar por Julien Devous no es otro que Hannibal Hellmouth.

- ¿Quién? – preguntó Diego.

- ¿El capitán del barco que buscaba Salgari? – Luna, que hasta entonces no había abierto la boca, pareció sorprendida. Por primera vez en su vida.

- Efectivamente – afirmó Harry.

- Pero tú has dicho que Hellmouth murió en 1916 en un naufragio – contestó George.

- No era la primera vez que se le daba por muerto. Además, y como ya os he dicho, Devous, el de verdad, sospechaba que había conseguido sobrevivir a aquel naufragio y, unos años más tarde se había presentado en Haití bajo el nombre de Louis Enfer-Bouche.

- ¡Pero si cuando Hellmouth naufragó tenía casi noventa años! – exclamó Ron – Es imposible que sobreviviese. Y aún así, a día de hoy debería estar cadáver.

- Hellmouth era mago como nosotros – apuntó Joe.

- Da igual – contestó el pequeño de los Weasley – Mi tía Muriel hace tiempo que sobrepasó la centena, y aunque los magos vivimos más años que los muggles, los sanadores insisten en que es un caso excepcional.

- Quizás sea uno de esos casos excepcionales – razonó Violet.

- Aún así, es imposible que con más de ciento cincuenta años tenga esa agilidad – dijo Diego.

- Dejadme hablar, maldita sea – Harry hizo un gesto con las manos para que los demás lo escuchasen – Voy a explicaros lo que creo que sucedió y después, si queréis, entramos a debatir los puntos en los que no estéis de acuerdo.

El salón al completo asintió. Incluso Karmatt, que seguía acurrucado en un rincón se quitó las manos de la cara para prestar atención.

- Bien, esta es mi teoría.

"En 1916, Hellmouth naufraga con el Juggernaut en medio del Atlántico. Por razones que desconozco, consigue sobrevivir al accidente y queda atrapado en el Maelstrom. Allí pasa varios años, hasta que escapa y marcha a Haití. Consigue recuperar parte de su fortuna y se forja una reputación que lo convierte en prácticamente intocable.

"En el año 1999, Devous, sabiendo de la existencia de Hellmouth, probablemente no sólo el único superviviente del Maelstrom sino uno de los pocos testigos presenciales y seguramente el más fiable a la hora de aportar datos a la investigación sobre la localización del fenómeno, viaja a Haití para encontrarlo.

"Una vez en Haití, Devous removió cielo y tierra hasta dar con Hellmouth. Le costó, pero finalmente lo consiguió. Conoció a Grosskopf y este lo llevó hasta Hellmouth. Ese es otro de los detalles que apoyan mi teoría: Grosskopf estaba en Haití y conocía a Hellmouth. La cuestión es que cuando acudieron a la cita, Hellmouth se las ingenió para librarse de Devous y hacerse pasar por él.

- ¿Pero por qué? – Diego no había podido esperar más - ¿Por qué hacerse pasar por él? ¿Qué es lo que quería?

- Información – contestó Harry – Hellmouth supo de las investigaciones de Devous. Y eso era lo que necesitaba.

- ¿Para volver al Maelstrom? – puesto que Diego había interrumpido y Harry no parecía querer seguir hablando sólo, Violet se atrevió a preguntar.

- Efectivamente, eso es lo que Hellmouth quería, regresar al Maelstrom.

- ¿Y para qué querría volver allí? Había conseguido escapar – razonó Ron.

- ¿Nostalgia? – bromeó Joe.

- No, es algo mucho más que eso – explicó Harry – Ron, antes lo has dicho tú mismo – Ron abrió mucho los ojos sorprendido y tratando de saber qué había dicho – A Hellmouth se le rompieron los esquemas cuando Salgari le dijo que tenía la vasija. Le costó mucho conseguir aquella vasija y sin esa vasija… morirá.

- No lo entiendo – respondió Ron.

- A ver, en esencia Hellmouth es como Salgari. Ambos están imbuidos de magia pura. La única diferencia es que Salgari cayó al pozo y absorbió toda esa magia de golpe. Lo que lo convierte en volátil y tan peligroso que ni él mismo puede controlarse. La magia le abandona a una velocidad pasmosa. Y cuando eso suceda morirá – Harry se humedeció los labios, la conversación estaba siendo muy larga, pero era necesario que todos supieran hasta el último detalle para poder ayudar – Hellmouth, por el contrario, pasó varios años en el Maelstrom. Seguramente encontró el pozo por casualidad y fue asimilando poco a poco la magia que emanaba de él. Esto le permitió escapar de allí sin ninguna ayuda, sólo con sus poderes, que se habían incrementado considerablemente gracias a la atmósfera del Maelstrom. Esa magia absorbida poco a poco es también la razón por la que ha conseguido vivir tantos años.

Sus amigos asintieron casi al unísono, dando a entender que la teoría tenía sentido.

- El problema es que todo se acaba, y Hellmouth hace años que sentía cómo la magia se escapaba de su cuerpo. Le quedaba poco tiempo, por eso la visita del Doctor Devous le cayó como un regalo del cielo. Sólo tenía que ayudarse de sus investigaciones para volver al Maelstrom, recoger un poco de magia pura, y con eso se aseguraría vivir unas cuantas décadas más. El problema era cómo almacenar esa magia. Por eso, desde que llegase desde Haití en 1999, había invertido su tiempo en conseguir una manera de poder llevarse algo de magia del Maelstrom.

- Y la encontró – mumuró Ron.

- Eso es. No tengo ni la más remota idea de qué es esa vasija, pero está claro que sirvió para su propósito.

- Bien – habló George poniéndose de pie – Hellmouth mata a Devous. Regresa aquí y se hace pasar por él. Os engaña a todos, incluido a Salgari para que acudáis al Maelstrom. Coge unos litros de magia pura, los envasa y volvéis. ¿Hasta ahí correcto? – Harry asintió – Después Hellmouth sigue con su vida normal… bueno, con la vida normal de Devous hasta que Salgari vuelve, secuestrando a Julia y llevándose su preciada vasija.

- Sí – contestó Harry.

De pronto todos se quedaron callados. Ya estaba. Esa era toda la historia. Pero Ginny seguía prisionera, Hellmouth y Salgari desaparecidos y ellos allí plantados. Luna fue, como siempre, la primera en reaccionar ante aquel sopor general.

- Creo que ahora que sabemos todo esto puede resultarnos más sencillo actuar – expuso al salón – Sabemos que Hellmouth quiere esa vasija. Así que… ¿por qué no intentamos contactar con él y colaboramos?

- No aceptará – Harry había soltado todo lo que llevaba meses guardando. Ahora se sentía cansado y notaba como el pesimismo le reptaba por la espalda y le susurraba cosas al oído – Además, no tenemos ninguna manera de localizarlo.

- Él puedo localizarlo.

Karmatt se quedó completamente pálido cuando descubrió que era a él a quien señalaba el dedo de Diego.

- ¿Qué? – preguntó el periodista con el pánico reflejado en los ojos.

- ¿Cómo puede localizarlo? – preguntó Harry a Diego mientras sonreía macabramente, provocando que Karmatt se turbara aún más.

- Hellmouth acudirá a Karmatt tarde o temprano.

- ¿Por qué? – Karmatt habló como implorando. Pareció que preguntara al destino más que a Diego.

- Porque, al igual que yo, Hellmouth escuchó como Salgari le decía a Harry que hablase contigo para concertar el día y la hora para el intercambio – Diego contempló a Salgari con mirada sombría.

- Te lo he dicho antes cuando me has encontrado – Karmatt trataba de controlar sin mucho éxito un patético lloriqueo – No he sabido nada más de Salgari desde que le di la dirección de Devous.

- Sabrás de él – dijo Harry – Tiene muy claro que día y dónde va a ser el intercambio, pero no te dirá nada hasta un par de días antes. Quiere pillarnos desprevenidos. Quiere que no tengamos tiempo para prepararle una trampa.

Karmatt seguía lloriqueando.

- Vale, entonces ¿qué hacemos? – debía ser la cuarta o quinta vez que alguien pronunciaba esa pregunta en toda la tarde, y esta vez había sido el turno de Violet.

- Mi idea es la siguiente – expuso Diego – Karmatt regresará a su casa. En algún momento Hellmouth aparecerá para informarse sobre los detalles del intercambio. Nosotros estaremos esperándolo.

- Es peligroso Diego – argumentó Harry – Si Hellmouth es tan similar a Salgari como creo, no le sería difícil saber que estamos allí.

- Pero tú has dicho que está desesperado. En estado de crisis, le merece la pena correr riesgos – fue Joe el que defendió la teoría de Diego – Además, y no es por ser pesimista, pero ha demostrado ser lo suficientemente escurridizo como para que le importe muy poco que tratemos de atraparlo.

- Es probable – admitió Harry.

- Entonces está decidido. Nuestro primer paso será organizar las guardias en el piso de Karmatt para hacernos con Hellmouth.

Una vez más, todos asintieron.

- ¿Y después? – preguntó George. Era la única pregunta que quedaba por responder.

- De momento no podemos pensar en nada más George – el instinto maternal de Violet le hizo hablar con un tono dulce y tranquilizador, como cuando le explicas a un niño que no podrá montar otra vez en la noria porque se hace tarde.

- Podríamos pasar horas urdiendo estrategias – comentó Harry con tristeza – Pero mientras no sepamos el dónde y el cuando, es hablar por hablar.

- Vale, pero aún queda una cuestión – observó Ron visiblemente nervioso – ¿Cómo vamos a encubrir el secuestro de mi hermana?

Harry abrió la boca para decir algo pero se quedó callado. No había pensado en eso.

- No os preocupéis por eso – dijo Luna – Lo he estado pensando durante este rato. Puedo hacerme pasar por ella hasta entonces. Diré que estoy enferma para que me lleven a la Madriguera o algo así… ¿Harry, tienes un poco de multijugos? – el chico desvió la mirada, pero fue mucho peor porque se encontró con los ojos de Diego, aunque éste no pareció darse cuenta.

- Pues no – contestó Harry azorado – Gasté la última botella que me dieron en el Ministerio hace poco – carraspeó incómodo – No sé si podré conseguir más tan pronto.

- Déjalo en mis manos Luna – dijo Violet – Puedo conseguirte unos cuantos frascos sin problemas. Ventajas de ser encargada.

- Hablaré con Julia para que te abra la puerta de la habitación de Ginny en Conwy, ¿vale Luna? – indicó Diego.

Desde luego, en cualquier otra situación dejar que Luna fuera la encargada de suplantar a Ginny habría sido recibida con cierta ironía e incluso con reticencias. Eran demasiado diferentes. Pero también es verdad que Luna era probablemente la persona que mejor conocía a Ginny en el mundo. Además, poseía esa espontaneidad innata que sería necesaria en caso de que las cosas se complicasen y alguien sospechara de ella.

Pero si de verdad fingía estar enferma y la mandaban a la Madriguera con la señora Weasley…

Harry prefirió no pensar en eso. De todas formas, era lo mejor que podían hacer. Hacer público el secuestro solo traería problemas. Es más, Salgari o Hellmouth podían ponerse nerviosos y eso no les convenía.

George inspiró con fuerza y se tapó la cara con las manos. Joe bostezó con la delicadeza de un elefante africano. El cansancio empezaba a hacer mella en ellos y se estaba haciendo tarde, de manera que decidieron poner fin a la reunión, no sin antes planear los turnos de guardia en casa de Karmatt.

De momento, esa noche sería Diego el que regresase a casa con él, pero antes de que amaneciese sería el turno de Ron, así Diego podría acompañar a Luna a Conwy. Después sería el turno Violet, Harry, Joe y George, y la lista volvería a empezar. Obviamente Luna quedaba exenta de hacer guardias pues tenía la difícil misión de interpretar a Ginny las veinticuatro horas del día o al menos la mayoría de ellas.

La chica fue la primera en marcharse. Quería pasar por su casa antes de volver al hotel, pues había ido directamente desde el aeropuerto a Grimmauld Place, y aunque sabía que su padre no le tendría en cuenta que no lo visitara (aunque no supiera la razón del regreso de su hija a Inglaterra) Luna lo quería demasiado como para privarse de su compañía aunque fuesen unos pocos minutos.

Ron decidió marcharse también, pues quería estar en casa cuando Hermione regresase de trabajar para poder contarle con tranquilidad todo lo sucedido. Violet no tardó tampoco mucho en levantarse y despedirse de todos. Como movido por un resorte, Joe la siguió balbuceando una excusa que Harry no llegó a escuchar, pero que no debía de ser muy convincente.

Así que poco antes de las nueve, en el salón del número 12 de Grimmauld Place sólo quedaban cuatro personas: Harry, George, Diego y Karmatt.

Ninguno de los cuatro hablaba. Karmatt seguía acurrucado en un rincón, pero el largo lloriqueo parecía haberlo agotado y ahora se debatía entre bajar la guardia o entregarse a los agradables brazos del sueño.

Diego estaba sentado a una distancia prudencial de Harry. El ambiente de sorpresa y preocupación se había esfumado lento y sin avisar, como humo bajo las rendijas de las puertas, y en su lugar se había instalado en la habitación una tensión mal disimulada. Diego había aparcado por un rato su rencor hacia Harry por el bien de Ginny, pero ahora que estaban solos de nuevo, los recuerdos de la noche anterior planeaban sobre sus cabezas como aves carroñeras.

- Diego… - comenzó Harry.

- Escucha Harry, déjalo estar – lo cortó el chico – Aún estoy digiriendo algunas cosas y no creo que sea el momento para discutir. No sé por qué lo hiciste. Bueno, en realidad no sé qué hiciste. Pero nos conocemos desde hace años, y algo aquí dentro – se tocó el pecho con suavidad – me dice que no debería de desconfiar de ti, por mucho que las apariencias me lo griten.

Harry estuvo a punto de decir algo, pero Diego se había acercado a Karmatt en dos zancadas.

- Levanta – le ordenó – Nos largamos.

Karmatt obedeció como un cachorro obediente. Se puso de pie y colocó las manos a la espalda. Diego utilizó un hechizo y le ató las manos con una gruesa correa metálica que salía de su varita.

- Buenas noches – se despidió Diego mientras se dirigía a la entrada – Estaremos en contacto.

- Avísame si hay alguna novedad.

- Lo mismo digo Harry.

George miraba por la ventana con expresión ausente. La calle estaba completamente a oscuras, y se veían algunos copos de nieve, ligeros como plumas, revolotear hasta posarse en el asfalto.

Tras cerrar la puerta principal, Harry se sentó a su lado y miró también por la ventana, incómodo.

- George, siento mucho haberos metido en este lío – Harry no lo miró mientras hablaba.

- A la que no deberías haber metido en este lío es a mi hermana – contestó George sin apartar la vista de la ventana. Harry notó una punzada en el pecho – Pero tampoco es culpa tuya. Supongo que ella también se lo buscó. A no ser que esto sea una especie de venganza por lo de Karmatt, claro.

George miró a Harry fijamente a los ojos. El chico comenzó a sudar sin proponérselo.

- ¿Qué es "lo de Karmatt"?

- Vamos Harry, conmigo no puedes fingir – George le golpeó suavemente en el hombro – Ginny es mi hermana, solemos contárnoslo todo.

Era cierto. Ginny se lo había dicho alguna vez. Desde que era pequeña, Ginny había mantenido una relación muy estrecha con Fred y con George. Charlie se fue a Rumanía cuando ella apenas andaba, Bill era demasiado mayor, Ron demasiado crío y Percy… bueno, era Percy. De manera que, cuando fueron creciendo, Ginny encontró en sus hermanos gemelos a sus mejores aliados., pues además de ser muy parecidos psicológicamente hablando, Fred y George escondían una faceta seria y protectora que rara vez (puede decirse que nunca) salía a la luz y que reservaban casi exclusivamente para Ginny.

- ¿Desde cuándo lo sabes? – se derrumbó Harry.

- Pues, si los cálculos no me fallan, probablemente desde antes que tú – sonrió el pelirrojo.

- George, por mucho que la exclusiva con Karmatt me jodiera, nunca habría planeado esto para vengarme de tu hermana – contestó Harry mirándolo con intensidad – Ni esto, ni nada.

George calló un momento, pensativo.

- ¿Todavía la quieres? Me refiero a si la quieres de verdad, no esa pantomima que habéis llevado estos meses.

- Creo que sí

- ¿Crees?

- No lo sé. Han pasado muchas cosas y no estoy seguro de si ella aún…

- No te he preguntado qué siente mi hermana. Te he preguntado qué sientes tú.

Harry comprendió a qué se refería George. Llevaba meses pensando en Ginny. Pero no se atrevía a reconocer que la seguía queriendo. Se escudaba en que ella no querría nada, cuando en realidad no era más que el miedo a ser rechazado, a sufrir, lo que le impedía darse cuenta.

Le escocían los ojos y notaba las lágrimas luchando por salir. Se restregó los ojos con fuerza para evitar ponerse a llorar delante de George. Pero entonces recordó algo.

Harry despertó en su cama de Hogwarts, y le pareció tan increíble que se frotó los ojos para asegurarse que no seguía soñando. Contempló como el último pedazo de sol se escondía tras el horizonte envuelto en una acuosa luz roja. Estaba anocheciendo. Lo que significaba que por fin había conseguido dormir de un tirón más de diez minutos. No habían sido ni dos horas, pero se sentía relativamente descansado. Todo lo descansado que se puede estar tras haber pasado los peores momentos de tu vida.

"Todo ha terminado" se repitió a sí mismo por enésima vez. Pero por alguna extraña razón eso no lo hacía sentir mejor. Sí, ahora todos estaban a salvo. ¿Pero a qué precio? Él, que había intentado proteger a toda la gente que le importaba no había podido evitar que la tragedia se cebara con los inocentes. Demasiadas miradas ausentes. Demasiadas sonrisas congeladas. Demasiadas familias destrozadas. Y todo... todo por su culpa. Por su maldita culpa.

Se sentía sucio y no sólo por el sudor que lo empapaba. "Necesito una ducha" pensó. Se levantó con lentitud para observar el resto de la habitación. Estaba sólo. Ron y los demás debían de haberse marchado hace rato a cenar. En realidad el también tenía mucha hambre. Pero no estaba seguro de poder aguantar tan estoicamente como por la mañana ante la avalancha de aplausos, abrazos y lágrimas que lo aguardaban en el Gran Comedor. Y mucho menos de ver a la señora Weasley, a la que llevaba evitando gran parte del día. No sería capaz de soportar ese brillo de orgullo y cariño en sus ojos después de lo que había pasado. Aunque quizás lo que temía era que ese brillo hubiese desaparecido.

Cogió la capa invisible y salió arrastrando los pies. No esperaba encontrar a nadie, pero era ya casi una costumbre enfermiza. Salió por el hueco del retrato y se encaminó a los baños de Gryffindor, que se encontraban al final del pasillo, detrás de un tapiz que representaba a un gran pez de color rosáceo y largos bigotes. Harry acarició con cuidado las branquias del pez y este estornudó, apartando violentamente el tapiz de la pared y dejando a la vista la entrada.

Una serie de duchas de color bronce se extendían a lo largo de la pared de la izquierda, cada una protegida por una cortina banca con un león escarlata bordado. Dejó la toalla en una pequeña percha que había al lado de la primera ducha, abrió el grifo del agua caliente y se desnudó.

Cuando su piel entró en contacto con el agua no pudo reprimir un temblor de placer. Había echado de menos aquellas duchas, sin duda. Después de enjabonarse se sentó con la cabeza recostada en la pared y se agarró las rodillas. Dejó que el agua lo cubriera, lo acariciara.

Y de pronto, como si hubiera presionado un botón en alguna parte de su alma, se le encogió el estómago y dos gruesas gotas de agua que no tenían nada que ver con la que caía brotaron de sus ojos. Y a esas dos lágrimas le siguieron otras dos, y dos más. Hasta que Harry se encontró llorando irremediablemente. Se sentía totalmente ridículo allí desnudo, acurrucado y con el agua caliente golpeándole en los poros. Y aún así no hizo nada por evitarlo. Cada lágrima derretía la pesada bola de plomo que se había incrustado en su corazón. No supo a ciencia cierta cuanto tiempo había estado llorando, pero llegó un momento en el que con la vista borrosa por el vaho y por ese éter anestésico que es el llanto, se sintió mejor. No bien, pero sí mejor.

Cerró el grifo y se levantó para coger la toalla. Esa ataraxia ficticia que lo invadía lo había dejado exhausto y casi sin fuerzas así que tuvo que apoyarse en la pared y respirar hondo unas cuantas veces hasta volver a sentir los pies en el suelo.

Se colocó de espaldas al frío mármol que recubría la estancia y se quedó observando su reflejo en el gran espejo que estaba situado en el extremo contrario de la habitación.Y tomó una decisión. Se acercó un poco al espejo, agarró fuerte uno de los mechones de pelo más largo, apuntó con la varita y murmuró: Diffindo. Así, poco a poco, fue recortando su descuidada melena hasta dejarla con una longitud que la señora Weasley habría considerado "aceptable". Harry sonrió y a continuación se afeitó.

Allí estaba el nuevo Harry, con su enmarañado pelo corto otra vez, su piel húmeda y sus ojos verdes surcados por una suerte de raíces rojizas. La mayoría de las heridas ya le habían cicatrizado, y en conjunto, pensó, era como si desde la última vez que se había mirado en ese espejo hubieran pasado siglos pero él no se hubiera movido.

El ruido del tapiz balanceándose lo sorprendió. No pudo evitar abrir la boca cómicamente cuando la figura de George emergió por encima del vapor de agua que lamía el suelo.

- ¡Hombre Harry! -dijo George tan visiblemente sorprendido como él-¡Dichosos los ojos! Me gustaba tu antiguo look. Muy salvaje y tal. Pero creo que se te había ido de las manos - bromeó.

- Hola Fr... George - Harry se mordió el labio y abrió mucho los ojos. "Muy bien chaval, dos puntos para ti" pensó irritado.

- ¿Te has fumado algo? - preguntó George sin haber oído el desliz del chico. O por lo menos fingiéndolo.

- ¿Qué?

- Tienes los ojos hinchadísimos - añadió George con una sonrisa.

Harry se frotó los ojos con energía y dijo.

- No, ya sabes, el calor y eso...

- Ya veo.

- ¿Que haces aquí George?

- He venido a darme un baño. Me he dejado la túnica hecha un asco enterrando a Fred.

La naturalidad con la que George había pronunciado esa frase le produjo a Harry un escalofrío que le recordó súbitamente dónde se encontraba.

Se quedaron un momento mirándose a los ojos.

- George, quiero que sepas que lo sien...

- ¡Oh vamos Harry deja de decir que lo sientes! - George habló con una seriedad que Harry no le había visto nunca, y ante la estupefacción del chico continuó - Sé... sabemos que lo sientes. Tú no querías que nada de esto pasara. Y lo comprendemos.

- Pero Fred...

- Tú no mataste a Fred, fue el hijo de puta de Rockwood. - sentenció George y dejó la mirada perdida unos instantes - Mira, siento tirarte del pedestal pero la mayoría de los que estuvimos aquí anoche no lo hicimos por ti - la sonrisa de George, pícara a la par que seria tranquilizó al chico, que no sabía como interpretar aquella frase - Luchamos por nuestra libertad, por el hecho de poder vivir en paz sin que un loco con aires de grandeza nos obligue a refugiarnos en nuestras casas por lo que creemos, por lo que defendemos… o simplemente por lo que somos.

Era con si Albus Dumbledore hubiese poseído de pronto a uno de los alocados gemelos Weasley.

- Y por mucho que te empeñes, no le has hecho ningún daño a esta familia. Todo lo contrario: salvaste a mi padre, a mi hermano y a Ginny. Y además... - Harry creyó apreciar como a George se le empañaban los ojos, aunque puede que fuera cosa de la húmeda atmósfera que se respiraba. - Además tú fuiste el que más nos ayudó a Fred y a mi a cumplir nuestro sueño.

El momento de silencio que siguió era uno de los más tensos que Harry recordaba haber vivido.

- Espero que olvides esta versión tan sumamente cursi de mí - Harry sonrió al igual que George - porque no pienso volver a repetirla y resultaría fatal para mi reputación.

- Gracias George.

- De nada jovencito - respondió imitando el tono solemne de Percy - y ahora deja de huir de mi madre y dale un abrazo, porque sino tendré que transformarte en un cangrejo putrefacto.

Y acto seguido desapareció tras una de las cortinas, ropa incluida.

Harry se vistió y decidió que su estómago no podía esperar mucho más.

- ¡Hasta luego George!

- ¡Hasta luego Harry! - estaba apunto de salir pero volvió a escuchar la voz del pelirrojo - ¡Ah, y una cosa más! Los tíos no lloramos, por lo menos en público...

Harry sonrió, y se dio la vuelta para marcharse al tiempo que le pareció escuchar un leve sollozo que venía de la ducha de George.

Ahora, por fin, se sentía bien.

Harry se quedó mudo unos segundos. Todo volvía a suceder. Desde que conociera a los Weasley hacía más de doce años, tenía la sensación de haberles causado más problemas que alegrías, por mucho que ellos quisieran hacerle creer lo contrario.

- Olvídate ahora de quién tiene la culpa – George lo miró a Harry a los ojos y pasó por alto lo brillantes que estaban – Nuestra prioridad es encontrar a Hellmouth, reunirnos con Salgari y rescatar a mi hermana. Y no te preocupes. Si cuando todo esto acabe te sientes mal, te partiré la cara sin contemplaciones. Todo sea por tu felicidad.

Se encaminó hacia la chimenea y echó un puñado de polvos flu.

- Buenas noches Harry. Por decir algo.

- Buenas noches George.

El gemelo despareció entre las llamas esmeralda y Harry se quedó embobado, contemplando su danzar.

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Karmatt susurró la contraseña de acceso a su apartamento. La puerta se abrió despacio pero con decisión.

Diego miró por encima de la nuca de Karmatt y lo empujó un poco.

- ¿No deberías ir tú delante? – preguntó el periodista sin mirar al chico.

- ¿Por?

- Por si hay algo peligroso…

- Es tu apartamento Karmatt, deberías saber si hay algo peligroso – contestó Diego con una sonrisa irónica.

- Ya, pero, no sé… Puede que Hellmouth…

- ¿Te quedas más tranquilo si hecho un vistazo antes de entrar? – preguntó exhasperado el joven auror.

- Sí.

- Pues te jodes, porque no pienso hacerlo. Te has metido en esto tú solito. Si Devous te ha encontrado y ha colocado alguna trampa, prefiero que seas tú el que caiga en ella – Karmatt abrió los ojos con un amago de pánico – No es nada personal. Bueno, en realidad sí – y volvió a empujarlo suavemente.

El apartamento de Karmatt seguía igual que cuando Diego lo había encontrado esa misma tarde: el amplio salón empapelado con leopardo con estrambóticos divanes peludos, la lámpara de araña rojo chillón, y aquel enorme cuadro colocado sobre la chimenea en la que se veían a una joven y una anguila eléctrica en una situación bastante obscena. Diego no había visto el resto del apartamento, pero sólo con el salón ya tenía suficiente.

Ordenó a Karmatt que se sentase en uno de los sofás y él hizo lo propio en el que quedaba justo enfrente.

Transcurrieron un par de horas en las que ninguno de los dos dijo nada. Diego dibujaba formas brillantes con la varita mientras repasaba algunos hechizos defensivos y Karmatt simplemente se aburría como una ostra y de vez en cuando, suspiraba trágicamente.

De pronto las tripas de Karmatt rugieron como un hipopótamo en celo y Diego enarcó una ceja.

- ¿Tienes hambre? – preguntó Diego más por educación que por lástima.

- Sí, ¿tú no? – Karmatt parecía sorprendido.

- Soy auror ¿recuerdas? Estamos adiestrados para aguantar guardias de este tipo.

- ¿Puedo ir a la cocina a comer algo?

- No. Vas, coges algo de comer y vuelves – contestó Diego con autoridad – Tienes dos minutos.

Karmatt se levantó y corrió hacia la cocina dándose patadas en el culo. Diego lo escuchó rebuscar y el periodista regresó al minuto y medio con una bolsa de lo que parecían ser tortitas integrales. Le ofreció una a Diego, que declinó la oferta.

- No están envenenadas… - trató de bromear Karmatt.

- Ojalá lo estuvieran. No me comería yo una de esas insípidas tortitas aunque mi vida dependiese de ello.

El crujir de las tortitas en la boca de Karmatt fue la única respuesta. El hombre se sentó de nuevo en el sofá y pasó la siguiente media hora masticando de forma ruidosa, hasta que carraspeó tratando de parecer delicado.

- Necesito… ir al baño – habló como si le diese vergüenza reconocer que, al igual que el resto de los seres humanos, necesitaba ir al baño de vez en cuando.

- Tienes dos minutos – repitió Diego.

- Necesito algo más de tiempo – Karmatt tenía la frente perlada de sudor.

- Tres, no pienso darte ni uno m…

Alguien golpeó con los nudillos en la puerta del apartamento. Tres veces.

Diego se quedó mudo, agarró a Karmatt por la muñeca, y mediante señas le indicó que contestase.

- ¿Quién es? – desde luego, Karmatt no tenía futuro en el teatro. Había intentado sonar normal, pero su voz se había roto a media frase. Y eso que se trataba de una corta.

Nadie contestó. Diego incitó a Karmatt a repetir la pregunta.

- ¿Quién es? – volvió a preguntar el periodista.

Nada. Diego soltó a Karmatt y lo obligó a esconderse detrás del sofá pegado a la chimenea. Se acercó a la puerta con todo el sigilo del que lo habían dotado los años de entrenamiento como auror.

¡BUM!

Cuando estaba a menos de tres metros de la puerta, esta estalló en una lluvia de astillas y la figura de Julien Devous entró en tromba en el salón.

Los reflejos de Diego fueron lo suficientemente rápidos como para atraparlo y ambos cayeron al suelo rodando. Mientras forcejeaban, Diego se percató que los rasgos del rostro de Devous se veían diferentes, más salvajes. La nariz parecía estar rota y la piel más morena. Era más Hellmouth.

Siguieron forcejeando, arrastrándose por la alfombra del salón, mientras Karmatt gritaba como una rata a punto de ahogarse. Diego trató de arrebatarle la varita de Hellmouth pero éste aprovechó el momento en que el chico le soltaba la mano para incorporarse un poco y propinarle un taconazo en el pecho.

Diego se quedó sin respiración mientras Hellmouth avanzaba hacia Karmatt.

- ¡¿Dónde cojones está escondida esa sabandija? – la voz de Hellmouth, que hasta entonces había adoptado la claridad de Devous, era ahora totalmente desequilibrada.

- No lo sé – Karmatt parecía a punto de desmayarse – Aún no sé nada. Me dijo que me avisaría cuando…

- ¡No te he preguntado dónde quiere que nos veamos! – ladró Hellmouth - ¡Te he preguntado dónde ésta!

Diego había conseguido recuperarse, de manera que apuntó con la varita a Hellmouth, que parecía querer comerse crudo a Karmatt.

- No te muevas Hannibal – la serenidad de sus palabras se vio interrumpida por la necesidad de respirar.

- Vaya, así que habéis hecho los deberes… ¿No quieres saber dónde está? – preguntó Hellmouth sin girarse.

- Claro que quiero saber dónde está, pero lo mejor es esperar a…

- Definitivamente, sois gilipollas – Hellmouth rió de forma exagerada. Estaba completamente loco - ¿Crees que Salgari es tan buen chico que os dirá dónde tiene a vuestra amiguita? Pues no. Él sólo quiere que el señor Potter o en su defecto alguno de sus amigos acabe conmigo. El resto se la trae floja.

- ¿Y entonces por qué os dijo que me buscarais? – sollozó Karmatt.

- Porque a ti también quiere verte muerto. Verás, hay algo que Salgari no soporta, y eso son los traidores. Quizás sea culpa mía. Pero tú, Karmatt, eres mucho peor que un traidor. Eres una sanguijuela. Un buitre. Eres cobarde y débil. Y por si fuera poco, ni siquiera eres inteligente. Mereces ser exterminado. Así que, por una vez en tu puta vida, haz algo útil y dinos al muchacho y a mí dónde está Salgari.

Karmatt, aterrorizado, no consiguió articular palabra. Diego se encontró sin hacer absolutamente nada. Él era auror, Hellmouth un criminal y Karmatt el único que podía ayudarles a encontrar a Ginny… Pero ver a aquel cabronazo sufrir de verdad por primera vez en su vida, no tenía precio. Además, algo le decía que de nada serviría lanzarle un hechizo a Hellmouth por la espalda.

- ¿No vas a decir nada?

- No estoy seguro – arrancó por fin Karmatt – pero una vez vino con uno de sus compinches. Un alemán. Estuvieron hablando sobre una gruta en Arran. Puede que estén allí.

A Diego aquello le olía a encerrona por todos lados. Y a Hellmouth también, al parecer. Aunque no le importaba demasiado.

- Escocia… Perfecto. Veo que no eres tan inservible como pensaba. Sabes morder el anzuelo cuando debes – Hellmouth sonreía, pero Karmatt temblaba de puro miedo. De hecho, Diego no se había dado cuenta, pero como la aparición de Hellmouth había interrumpido su excursión al baño, Karmatt se había meado en sus panalones de algodón gris.

- Ya tienes lo que querías Hellmouth, ahora déjalo y lárgate – intentar detenerlo no serviría de nada. Además, si el pirata aceptaba aquel paradero de Salgari como válido, no sería él quien discutiera. Al fin y al cabo, se parecían bastante.

- Tranquilo chaval, ya me marcho – Hellmouth giró sobre sus talones y encaró a Diego – Pero antes de irme, creo que debería mataros a los dos.

Pero por supuesto, Diego no era tan gilipollas como Hellmouth había indicado hacía un rato. Esperaba una reacción como aquella por su parte. Así que antes de que Hellmouth terminase de pronunciar su amenaza, Diego ya había gritado ¡Expelliarmus! y la varita del pirata salió disparada.

El chico acercó la punta de la varita al pecho de Hellmouth.

- Lárgate Hannibal – susurró tratando de imprimir autoridad.

- Está bien, fiera – Hellmouth relajó los hombros y se separó de la varita de Diego. Pero cuando había caminado sólo un par de pasos en dirección a la puerta, se volvió hacia el chico y le golpeó con el puño cerrado en la ingle. Diego noto cómo si un hierro al rojo le quemase la piel y una fina aguja le traspasase el tuétano de los huesos.

Calló al suelo de rodillas y, dolorido, se tocó la zona del impacto. Sangraba profusamente. Pero la sangre no era roja, sino de un color gris enfermizo.

- Eso es para que no os olvidéis de con quién estáis jugando – Hellmouth escupió al suelo, recogió su varita y se marchó con paso altanero.

Diego no consiguió decir nada. Le ardían los ojos con lágrimas de rabia y de dolor, y sentía como si tuviese un alambre de espinos que nacía en su riñón derecho y se le retorcía por la pierna. Karmatt se acercó tratando de ayudar.

- Oh, por Merlín. Te han herido. Estás… Oh Merlín, eso es… Te han herido – balbuceaba.

- Cierra la puta boca Karmatt – le espetó Diego. Y reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, lo agarró por la corbata – Avisa a Harry y a los demás. Hay que encontrar el escondite de Salgari antes de que Hellmouth cometa una locura.

Aquí estamos una vez más, mis hipotéticos pero tremendamente queridos lectores. Creí que este capítulo me costaría menos, pero la universidad y el último libro de Patrick Rothfuss han estado robándome más tiempo del debido.

Espero que, ahora sí, la gran mayoría de vuestras dudas con respecto a este folletín que me he montado hayan sido resueltas. Pero no os preocupéis, aún quedan unas cuantas sorpresas.

El flashback, si no recuerdo mal, fue lo primero que escribí (tiempo antes de empezar este fanfic) sobre Harry Potter. Lo digo para que veáis que a parte de escribir, soy un tío ecológico y reciclo cosas, jaja.

Cuidaos mucho. Nos leeremos pronto (o eso espero).