Disclaimer: aunque tengo un doctorado en Sociología Pottérica, sigo sin poder quitarle la cátedra a J. K. Rowling
Advertencia: sangre, vísceras, explosiones, personajes malhablados y mucha, mucha acción.
20. La boca del lobo
El fuerte olor a salitre inundó las fosas nasales de Harry. La humedad trepaba por las rocosas e irregulares paredes del corredor mientras avanzaba cautelosamente, asegurándose a cada recodo del camino para que ningún guardia pudiera sorprenderlo. A punto estuvo de resbalar un par de veces, allí dónde la erosión del agua que chorreaba intermitentemente de las estalactitas había pulido la piedra. Una fría corriente de aire serpenteaba por el túnel trayendo las distorsionadas voces de los piratas de Salgari.
Las voces se hicieron más claras y la presión del aire más liviana. Había llegado al final del corredor, la entrada a la gruta. Harry se apretó contra la pared, y apuntó la varita hacia su mano izquierda. Realizó un hechizo no verbal y de la varita surgió una fina pompa de algo parecido al jabón, pero con una superficie casi mate, como el metal. Después movió la varita y creo otra burbuja idéntica, que se alejó flotando hacia la abertura de la gruta.
El reflejo en la segunda burbuja se reproducía en la primera con una perfecta claridad, de manera que Harry podía ver lo que sucedía en el interior de la gruta sin exponerse a ser descubierto. Observó durante unos cuantos minutos, dirigiendo a distancia la segunda burbuja con suaves movimientos de varita. Cuando decidió que no podía recopilar más información de esta manera, canceló el hechizo y ambas burbujas estallaron con un casi imperceptible plop.
Desanduvo sus pasos con cautela y regresó a la entrada del túnel. Allí lo estaban esperando Joe, Ron, Hermione, George y Luna.
- ¿Cuántos hay? – interrogó Joe en cuanto Harry asomó la cabeza.
- Unos cuarenta – contestó Harry. Joe y Ron resoplaron – Pero esos son sólo los que están fuera. En el barco debe de haber más.
- ¿Has visto a Ginny? – preguntó Hermione con un leve deje de ansiedad.
- No. Ni a Salgari. Deben de estar ambos en el Hécate – Harry se frotó los ojos. El aire que soplaba en el túnel se los había irritado – La gruta es bastante grande, unos veinte metros de altura. La salida del pasillo está a sólo cuatro o cinco metros sobre el suelo, y parece haber una serie de rocas estratégicamente dispuestas para usar como escalera. El trozo de tierra firme, por llamarlo de alguna manera, tiene una anchura de aproximadamente quince metros. Han hecho unas cuantas hogueras y estaban cantando.
- Se les ve bastante cómodos – comentó Luna.
- No creo que sea la primera vez que vienen aquí – Joe miraba pensativo el oscuro interior del túnel – Es un escondite fabuloso.
- ¿Cómo entramos? – preguntó George.
- Pues desde luego no podemos entrar así por las buenas – contestó Harry – La salida hacia la gruta es demasiado estrecha, seríamos un blanco fácil.
- ¿Y si utilizamos la multijugos instantánea y nos hacemos pasar por estos dos? – Ron señaló a los dos piratas que yacían en el suelo, inconscientes.
Eran los guardias que estaban apostados en la entrada del túnel, y Harry tenía la sensación de que estaban allí más por presión de la tripulación que por orden expresa de Salgari, pues no les había resultado muy difícil reducirlos y a simple vista parecían muy jóvenes. "Novatos" pensó el chico "Siempre jodiendo a los novatos".
- No – dijo al fin – No serviría de nada. Salgari puede sentir la presencia mágica, y no descarto que las diferencie. Sería muy estúpido por su parte no recordar que "aspecto" tienen las presencias de sus hombres.
- ¿Entonces? – George empezaba a desesperarse de estar allí, tan cerca de su hermana, y sin poder hacer nada.
- Lo mejor sería aguardar hasta que Hellmouth haga su aparición estelar – bromeó Joe.
- Estoy hasta los mismísimos huevos de esperar – Ron estaba mortalmente serio. Hermione se acercó a él y le acarició la nuca tratando de tranquilizarlo.
Joe miró a Harry con aire derrotado. Él también se sentía impotente, era comprensible. El chico, por su parte, trazaba planes mentalmente tratando de encontrar una manera de entrar sin poner en peligro a nadie. Pero todos tenían un punto flaco demasiado probable como para arriesgarse. Y aquello no contribuía a mejorar su estado anímico.
- ¿Y Violet? – preguntó Hermione tratando de desviar la conversación.
- Ha dicho que tenía unos asuntos de los que encargarse – apuntó Harry – Y que vendría lo más pronto que le fuera posible.
Nadie podía reprochárselo, todo había sucedido muy rápido.
Cuando Karmatt avisó a Harry de lo sucedido en su apartamento, el muchacho había avisado a los demás para ponerse en marcha, entre ellos Luna, que no había podido siquiera llegar a Conwy con Julia. De manera que su plan de suplantar a Ginny hasta el día de la reunión con Salgari se había ido al traste y ahora lo único que podían esperar era solucionar la situación antes de que nadie allí la echase de menos y se lo comunicase a los Weasley. Con un poco de suerte, todo acabaría sin consecuencias graves y esto sería simplemente otra peligrosa anécdota que recordar en las cenas de Navidad. Al menos esa era la esperanza a la que Harry se agarraba como si fuese un clavo ardiendo.
Julia se había quedado en la mansión Devous cuidando de Diego, que evolucionaba favorablemente bajo las expertas atenciones de un medimago amigo de Violet que no terminaba de comprender muy bien en qué andaban metidos, pero que tuvo la decencia y la precaución de no preguntar y simplemente tratar de curar a Diego.
La localización de la gruta no les había llevado mucho tiempo. Aunque para ser justos, a Hermione no le había llevado mucho tiempo. Le había bastado con un mapa geográfico de Arran y la breve descripción que entre Joe y Harry consiguieron hacer de las dimensiones del Hécate. La chica añadió el dato del acceso a mar abierto y todo parecía indicar en aquella dirección. Era jugárselo todo a una carta, pero cuando era el cerebro de Hermione el que te decía a quién apostar, había que hacerle caso. Y para variar, no se había equivocado en absoluto.
Se trataba de una pequeña gruta al oeste de Arran, situada bajo una colina de un verde que se asomaba a un profundo acantilado de poco menos de treinta metros. Si te acercabas lo suficiente al borde, se podía apreciar a la perfección como el mar se adentraba en la roca bajo sus pies.
- Podríamos interrogarlos – propuso Luna, de nuevo refiriéndose a los dos piratas inconscientes.
- No serviría de nada – Hermione se levantó nerviosa, y comenzó caminar en círculos – No tienen pinta de llevar mucho tiempo en la tripulación, así que la información de la que dispongan puede ser incluso menor que la nuestra.
- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Ron.
- ¿Lo de la información?
- No, el que llevan poco tiempo en la tripulación.
- Tienen la piel razonablemente suave, lo que indica que no han pasado mucho tiempo expuestos al clima marino, que la reseca. Las ropas que llevan no son muy cómodas para viajar en barco – hizo notar los pantalones de pata ancha de uno de ellos – Este tipo de prendas se mojan con facilidad y no resultan útiles. Además, no les calculo más de veinte años, y ese tatuaje – señaló la calavera de dragón que uno de ellos, un chaval rubio de pelo rizado llevaba en el antebrazo izquierdo – parece reciente. Es una tradición que los nuevos marineros se marquen con el símbolo de su capitán cuando se enrolan en la tripulación.
Ron no pudo reprimir una sonrisa. Si no la hubiera conocido desde hacía tantos años, Harry habría preguntado cómo era posible que supiera todo aquello. Pero era Hermione, lo extraño hubiese sido que no lo supiese.
- Madre mía – Joe silbó con admiración - ¿Y cómo es que esta chica malgasta sus habilidades entre libros de leyes más viejas que el mismísimo Merlín?
Hermione se ruborizó un poco.
- Eso es porque a mi cuñada le gust…
Un monstruoso estruendo a sólo unas decenas de metros de su posición alertó a todo el grupo. El humo se elevó hacia el cielo y en cuestión de segundos la entrada a la gruta escupió un gran alboroto, un torrente de gritos y de explosiones.
- ¡Maldita sea! ¿Ya está aquí? – George se debatía entre mirar hacia dónde se suponía había explotado la colina sobre la gruta y el túnel de entrada a la misma.
- Demasiado ha tardado ese hijo de puta – murmuró Joe mientras se remangaba los puños.
- ¿Seguimos con el plan? – preguntó Ron.
- Sí – Harry ayudó a Ron a levantar a Hermione, que había caído al suelo asustada por la explosión, y se acercó a la entrada de la gruta - Entramos. Ya.
- Que nadie cometa la estupidez de morirse – añadió George mientras lo seguía.
Harry se deslizó lo más rápido que pudo por el angosto pasadizo. A cada paso los gritos se hacían más claros y un desagradable olor a azufre se extendía, ayudado por el viento, helado y pegajoso, que soplaba desde el interior.
Cuando alcanzaron la boca de la gruta el chico se detuvo apenas unos segundos a evaluar la situación: Hellmouth había reventado parte de la cara opuesta de la gruta, probablemente con un hechizo explosivo. Una densa humareda se extendía desde allí y los pocos piratas que habían quedado fuera de su alcance, disparaban a ciegas contra el humo.
Harry bajó con un par de zancadas hasta el arenoso suelo de la gruta y corrió hacia dónde se encontraba la nube de humo. Por el rabillo del ojo vislumbró a George, que corría a su lado, y un poco más atrás Joe se esforzaba por seguirles el ritmo.
- ¡Desmaius! – gritó el gemelo Weasley mientras sacudía con un haz de luz grana, como un látigo sanguinolento, a la mayoría de los piratas que disparaban en la cambiante frontera de la humareda.
Sus compañeros no tardaron en percatarse de la presencia de los intrusos y giraron sobre sí mismo para encararlos. Una bala pasó demasiado cerca del brazo de Harry. Por suerte estaba preparado para algo así y enarbolando la varita profirió un ¡Confringo! que hizo saltar por los aires a buena parte de sus atacantes.
Apenas cinco metros los separaban ahora de la nube, que aunque comenzaba a disiparse, seguía siendo muy densa.
- ¡Eolos! – Harry abrió una brecha en la barrera gaseosa con una potente ráfaga de aire. Escuchó a sus compañeros hacer algo similar sólo unos segundos después.
En la confusión causada por la repentina llegada de Hellmouth se escuchaban gritos, disparos y deflagraciones. El humo olía a pelo y a carne quemada y Harry temió que cuando al fin se desvaneciera, sólo quedase Hellmouth sobre un montón de cadáveres calcinados. En el fondo deseaba que la ciega obsesión del pirata por recuperar su vasija lo hiciera cometer el error de subestimar a los esbirros de Salgari y que alguno de ellos le atravesara el cráneo con una bala. Eso te mataba, a menos que, claro, tuviera algún horrocrux…
Harry apartó aquella idea de su cabeza, pues sólo pensar que debía vivir con Hellmouth algo similar a lo que sucedió con Riddle le daba escalofríos.
Tras dejar inconsciente a un par de piratas más que disparaban sin conocimiento en todas direcciones, como si quisieran agujerear el humo, Harry continuó avanzando casi a ciegas sólo guiado por el inconfundible sonido de los hechizos de Hellmouth contra la tripulación mayoritariamente squib de Salgari.
Tropezó con otro pirata, este algo más espabilado que sus compañeros, o al menos con los suficientes reflejos como para esquivar el encantamiento aturdidor que le lanzaba Harry. Se abalanzó sobre el chico dejando la pistola a un lado y desenvainando un enorme machete, que bien podría haber servido para cortar en finas lonchas un cachalote, apretándolo contra su cuello, con los ojos enrojecidos y gritando como un poseso. Era la viva imagen de una muerte cruel y salvaje.
Se produjo un destello azulado y el pirata cayó sobre Harry como un muñeco de trapo.
- ¿Estás bien Harry? – Luna, con un corte realmente feo en la ingle pero tan oportuna como siempre, le sonreía mientras trataba de calmar una tosecilla nada delicada.
- Sí, gracias Luna – contestó el chico frotándose el cuello y respirando aliviado al comprobar que su faringe no tenía ninguna salida extra – Maldita sea, no veo nada con este humo…
Un grito familiar, producido por la garganta de Joe, sobresaltó a ambos. Sin intercambiar una sola palabra se dirigieron en la dirección de dónde había venido el alarido y encontraron a Joe sujetándose la pierna, con la rodilla sangrándole profusamente. A su lado un pirata de aspecto oriental, filipino tal vez, miraba hacia el techo con los ojos vidriosos y un enorme balazo en el estómago que borboteaba sangre.
- Joder, me cago en la puta madre que parió a Merlín – blasfemaba Joe.
- ¿Ha sido él? – preguntó Luna mientras se arrodillaba junto a Joe y comenzaba a improvisar un vendaje en la herida del auror.
- No, ha debido ser algún gilipollas. Uno de sus compañeros. Malditos hijos de puta, no tienen una mierda de sentido común, disparando a diestro y siniestro. Como si estuvieran cazando moscas con las putas pistolas. ¡Ahrg, joder! – contestó Joe.
El humo empezaba a disiparse y Harry pudo ver en la distancia como Hellmouth se sacudía de encima a los piratas de Salgari como un perro se sacudiría las pulgas. Bueno, como el mismísimo can del infierno se las sacudiría.
- Ve – Luna también lo había visto e indicó a Harry con una mirada que ella se encargaba de la rodilla de Joe.
- ¿Sabes lo que haces? – preguntó Joe mientras veía como Harry se alejaba.
- Estoy acostumbrada a tratar a los osodrilos heridos. No hay mucha diferencia – contestó ella con naturalidad.
- Me estás llamando gordAAAAHRG – Joe se mordió la lengua porque Luna había apretado la venda hasta hacerla entrar en contacto con la herida y miles de estrellas habían aparecido en su campo de visión. Así como un dolor de mil demonios que le embotó la pierna al completo.
Harry corría hacia Hellmouth, que ahora esquivaba las balas de un par de piratas que parecían más experimentados que los demás. Debían tener la edad de Salgari e irradiaban esa mezcla de locura, embrutecimiento y desprecio por la propia seguridad que sólo tiene la vieja guardia de un barco corsario.
- Como se mueve el muy hijo de puta – gritó uno de ellos con deje portugués, un hombre tatuado hasta el páncreas con una larguísima barba y una cresta mohicana color azabache.
El otro, un negro con unos brazos como robles y varios pendientes en cada oreja, contestó a su compañero con una carcajada. A Hellmouth no pareció hacerla tanta gracia, pues apenas décimas de segundo después de que una de las balas le silbase en el oído, se giró hacia el portugués y chasqueó los dedos, provocando que la cabeza del pirata estallara como una fruta madura. Su compañero no tuvo tiempo de reaccionar y corrió la misma suerte.
Hellmouth se quedó entonces a sólo unos metros de Harry, con la cara salpicada de la sangre de los piratas y una expresión de completo éxtasis asesino afilando sus lobunos rasgos. Su disfraz de Julien Devous se iba resquebrajando poco a poco, el pelo había perdido el color y se había encrespado, y su mandíbula se había hecho más ancha.
Pero sin lugar a dudas el rasgo que más delataba que el que estaba cometiendo aquella masacre no era el afable doctor Devous sino el sanguinario pirata Hannibal Hellmouth eran los ojos. Los profundos ojos grises que brillaban con inteligencia que Harry había visto en el supuesto doctor en su llegada al Charybdis, habían mutado en dos pálidos globos azulados, circundados por unos párpados arrugados e hinchados. Con la edad que se le calculaba, Hellmouth debía estar medio ciego, pero suplía sin problemas esa discapacidad con su imparable habilidad mágica.
Harry miró a aquellos ojos cubiertos por una fina capa de escarcha y sintió miedo, un miedo atroz. Hasta ahora Hellmouth se había contenido. Al fin y al cabo necesitaba a Harry para que su plan surtiese efecto. El problema es que Salgari había mandado al traste ese plan y Hellmouth no tendría problemas en deshacerse del auror o cualquiera de sus amigos.
El capitán del Juggernaut miró a Harry y esbozó una sonrisa, lo que sólo consiguió poner aún más nervioso al chico. Harry apretó fuerte la varita en un costado y tensó los músculos, atento a responder al mínimo movimiento que realizase Hellmouth.
El tiempo pareció detenerse a su alrededor. Nadie se movía. Los compañeros de Harry, así como los piratas de Salgari, o al menos los pocos que quedaban con vida, contemplaban la escena tan asustados de lo que pudiera hacer Hellmouth que no se atrevían siquiera a respirar. El viento había barrido el humo por completo y ahora los cuerpos ennegrecidos de decenas de bucaneros yacían en la arena de la gruta, una grotesca colección de muertes que añadir a la larga lista de Hellmouth.
Harry tenía los cinco sentidos puestos en su enemigo. Sentía como el sudor empapaba su camiseta a pesar del húmedo y penetrante frío que se respiraba en la gruta. En otro momento, con cualquier otra persona enfrente, su instinto le habría dictado qué hacer. Pero Hellmouth era imprevisible a la par que implacable. Un movimiento en falso podía provocar no sólo su muerte, sino la de sus amigos. Y la de Ginny.
Un aplauso teatral lo sacó de su ensimismamiento.
- Vaya. Parece que nos habéis encontrado.
Salgari había salido a la cubierta del Hécate y observaba desde allí a Harry y a Hellmouth, completamente estáticos el uno frente al otro. A su izquierda flotaba la vasija de Hellmouth. A su derecha Ginny, aparentemente inconsciente, como estaba Julia en el almacén de Aberdeen. Grosskopf, con su habitual expresión impasible, aguardaba sólo unos pasos por detrás.
Ninguno de los dos se movió un centímetro. Harry agarró aún más fuerte su varita. Hellmouth alzó un dedo amenzador hacia Salgari sin dejar de mirar a Harry.
- Os iba a decir que os estuvieseis quietecitos, pero veo que no será necesario – habló Salgari, con su voz etérea y entrecortada, mientras sacudía en el aire la vasija de Hellmouth y a la pequeña de los Weasley – Y por favor, no seáis maleducados y miradme cuando os estoy hablando.
Harry obedeció. Hellmouth tardó un poco más, pero finalmente lo encaró.
- Perfecto, comportémonos como personas civilizadas – Salgari rió de su propio chiste – Julien, querido Julien ¿de verdad era necesario todo esto? – abarcó con la mano toda la playa interna de la cueva, sembrada de cadáveres.
Hellmouth no contestó. Miraba fijamente su vasija como un drogadicto mira una dosis después de días con el mono. Le temblaba ligeramente el labio inferior. Harry escudriñó a Ginny desde la distancia. No parecía herida. De hecho, Harry estaba casi seguro que llevaba en aquel estado parcialmente catatónico desde que Salgari se la llevase.
- Bien, tenemos un problema – era difícil saber si Salgari los estaba mirando, pues técnicamente carecía de ojos, pero la sensación era que no dejaba escapar un solo detalle – Señor Potter, no tengo nada en contra de usted. Pero espero que comprenda que hablaba muy en serio cuando le dije que si quería recuperar a su amiguita tendría que traerme el cadáver de Julien Devous. Salta a la vista que no ha podido.
- Cierra la maldita boca Enrico, sabemos lo que tramabas - contestó Hellmouth con la voz cargada de bilis.
- Qué chicos tan listos – se carcajeó Salgari - ¿No se os escapa una, eh? Bien, entonces replantearé la situación: Mi plan para que acabaseis el uno con el otro no ha salido tan bien como esperaba. De manera que ahora es el momento. Hagamos un trato ¿sí? Quiero que os batáis en duelo. El que gane, se queda con lo suyo. ¿Capici?
Harry notó un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Se giró despacio hacia Hellmouth, que parecía muy cómodo con todo aquello. No obstante, una ligera tensión en sus hombros reveló a Harry que estaba tan ofuscado como él. El gran Hannibal Hellmouth no estaba acostumbrado a recibir órdenes de nadie, y mucho menos a ser manipulado como una marioneta.
Era el momento. Con un poco de suerte el caos que se había vivido sólo unos minutos antes, lo intenso de la situación y la propia degradación que según Hellmouth estaban sufriendo tanto Salgari como él, limitarían la percepción de ambos. Era ahora o nunca.
Hellmouth movió la mano en un gesto que bien podría haber sido un látigo restallando en el aire y de sus dedos surgieron decenas de partículas luminosas que se dispararon hacia Harry. El chico repelió el ataque con un movimiento de varita y, en lugar de contraatacar, se tiró al suelo.
- ¡AHORA! – gritó.
De la brecha que Hellmouth había abierto en la gruta para abrirse camino llegó un resplandor rojizo que impactó en la espalda del pirata. Hellmouth cayó, sorprendido, y Harry aprovechó la baja guardia de su contrincante para echar a correr hacia el Hécate.
Salgari intentó reaccionar pero alguien subido en una escoba pasó rápido como una exhalación por su lado llevándose a Ginny con él.
Ron soltó un grito de triunfo mientras alzaba el vuelo con su Barredora 7X, el regalo de boda de su hermano Charlie, levantando el puño de la mano izquierda mientras con el brazo derecho sujetaba a Ginny.
La alegría le duró poco pues Salgari, furioso por la interrupción y sin perder un solo segundo, lanzó contra Ron una bola de fuego dorado. El muchacho consiguió, gracias entre otras cosas a sus reflejos como antiguo guardián de quidditch, esquivar el ataque. Pero no fue lo suficientemente rápido y el hechizo rozó la cola de la Barredora, provocando un pequeño estallido y sacudiendo por completo la escoba. Ron trató de controlarla pero finalmente no pudo evitar caer al agua haciendo círculos mientras la cola en llamas trazaba una espiral casi perfecta.
- ¡Ron! – gritó Hermione presa del pánico saliendo su escondite, desde donde había derribado a Hellmouth.
Tras unos angustiosos segundos, la cabeza de Ron surgió del agua, acompañada por la de Ginny. Al parecer el golpe, o simplemente el agua helada, la habían sacado del trance en el que Salgari la había sumido. Miraba a todos lados con los ojos muy abiertos, como tratando de adivinar qué es lo que sucedía. Ron la sujetaba por debajo de los brazos y con mucha dificultad, comenzó a nadar hacia la orilla.
Pero Hellmouth, que ya se había recuperado del hechizo que Hermione le había lanzado, se dirigió corriendo hacia dónde se encontraban los hermanos Weasley. Al llegar a la orilla el agua se abrió creando un camino artificial. Harry trató de seguirlo y Luna y George lanzaron sendos hechizos, pero el pirata los esquivó con agilidad felina mientras el mar se hacía a un lado como si de una reverencia se tratase.
Hellmouth avanzaba a una velocidad sobrehumana y en apenas un minuto ya estaba junto a Ron y Ginny. El muchacho, que lo había visto acercarse, trató de defenderse como pudo pero Hellmouth los lanzó por los aires a él y a su varita con un ademán de la mano. Ginny intentó escapar nadando, pero pronto el agua que la sustentaba se desvaneció haciéndola caer en brazos de Hellmouth, que le pasó la mano por los ojos y volvió a dejarla inconsciente.
Harry corría por aquel camino artificial de suelo de arena y paredes líquidas, con el agua salpicándole en la nuca cuando se cerraba a su espalda. Hellmouth lo vio acercarse y en respuesta comenzó a elevarse paulatinamente, hasta quedar por encima del nivel del mar. En ese preciso instante Harry alcanzaba su posición.
- Potter, ahora soy yo el que tiene a la chica. Más te vale…
Pero Hellmouth no pudo terminar la frase. Sus ojos se abrieron tanto que casi parecía que flotaban frente a sus cuencas.
Sobre la cubierta del Hécate, Enrico Salgari, que hasta ese momento no se había movido, agarraba la parte superior de la vasija mágica de Hellmouth. Y ahora, utilizando un dedo, dibujaba una línea incandescente alrededor del cuello.
- ¡¿Qué demonios estás haciendo Enrico? – bramó Hellmouth.
- ¿A ti qué te parece Julien? – sonrió Salgari mientras terminaba de abrir la vasija. La parte seccionada cayó al suelo con un tenue clank y de su interior surgió un susurro, musical y sobrecogedor que llego a oídos de todos. Salgari se quitó la capucha y dejó a la vista una vez más su inexistente rostro. El fantasmagórico brillo de la magia pura contenida en la vasija se reflejó en él. Grosskopf se apartó a una distancia prudencial.
Salgari inspiró hondo y la magia que emanaba le acarició la cabeza, al principio con suavidad. Pero el caudal fue aumentando progresivamente resquebrajando los bordes de la vasija y penetrando en su cuerpo. Hellmouth trató de gritar algo, pero el silbido omnipresente que emitía la magia empapando a Salgari lo acalló. Era como un gas que llevaba demasiado tiempo encerrado, cómo una manada de animales salvajes que al fin se hubiesen liberado tras años de cautiverio.
El cuerpo de Salgari se convulsionaba mientras la magia pura imbuía cada célula de su inestable cuerpo. El capitán del Hécate, con la cabeza echada hacia atrás, recibía el poder como si se tratase de un viejo amante. Un orgasmo esperpéntico y peligroso. Un espectáculo violento, aterrador pero sobretodo hipnótico.
De pronto paró. La vasija se partió en pedazos al chocar contra el suelo, totalmente vacía. Todo el mundo contuvo el aliento. Salgari descendió los pocos centímetros que la experiencia lo había separado del suelo de cubierta con suavidad. Recompuso el gesto, examinó a los presentes con sus ojos halógenos y esbozo un amago de sonrisa.
Y entonces explotó. Una llamarada intensa como la luz del sol desintegró el cuerpo de Salgari en millones de pequeñas partículas para volver a recomponerlo. Pero ahora era una informe masa de carne, un engendro sangrante que se arrastró por la cubierta sólo unos pasos antes de volver a estallar. Salgari luchaba contra su propia magia para sobrevivir. Pero era una batalla perdida. La situación se repitió aún dos veces más. Dos veces más en las que el azar transformó las moléculas del cuerpo del pirata en seres cada vez más inverosímiles, hasta que finalmente, y con un gritó que heló la sangre a todos los presentes, incluido Hellmouth, y probablemente a cualquier ser vivo en cien kilómetros a la redonda, Salgari se transformó en una pequeña supernova que iluminó toda la gruta.
Tras los rigurosos segundos de estupor que siguen a un suceso así, Harry se volvió hacia Hellmouth, que seguía flotando sobre su cabeza. La expresión de odio infinito que se dibujaba en ella no le dio buena espina.
- ¡Friedrich! – ladró Hellmouth a Grosskopf, y su voz sonó extrañamente suave tras el denso silencio - Ordena a los muchachos que pongan esta chatarra en marcha – el germano miró a Hellmouth sopesando sus posibilidades – ¡Salgari está muerto Friedrich! Y sabemos que siempre te vendes al mejor postor. En este caso, no soy sólo el mejor, sino que soy el único postor.
Grosskopf asintió con gravedad. Se giró hacia sus hombres y comenzó a dar órdenes en alemán. Los piratas, los supervivientes de la batalla en la playa y los que habían sido lo suficientemente inteligentes como para no abandonar el barco, comenzaron las tareas necesarias para zarpar con una efectividad que habitualmente no se asigna a su "profesión".
- No la necesitas Hellmouth – la voz de Harry sonó casi implorante.
- Se equivoca señor Potter, sí que la necesito – contestó con una media sonrisa Hellmouth – La necesito para asegurarme que me dejará en paz.
- No… - Harry agachó la cabeza.
Hellmouth se disponía a flotar hasta su nueva adquisición náutica cuando notó como algo se le clavaba en el gemelo de la pierna derecha y le atravesaba varios músculos. Era Harry, que utilizando un hechizo de impulso lo había alcanzado y ahora hundía un puñal en su pantorrilla.
El pirata se deshizo de él con una sacudida de la pierna. Harry cayó de espaldas contra la arena del lecho marino abierto, quedándose sin respiración. Hellmouth, con la túnica empapada de sangre allí dónde el chico le había clavado el arma, lo miró furioso y chasqueó los dedos, haciendo que toda el agua que hasta ahora se mantenía a los lados del camino, cayese sobre él.
Harry notó como miles y miles de litros de agua se le venían encima y apenas tuvo tiempo de guardarse el puñal en el cinturón y cubrirse la cara con los brazos. El agua le golpeó con dureza y trató de introducirse hasta sus pulmones. Harry sintió como el frío le escocía en la garganta y cómo el mar lo zarandeaba de un lado para otro, con una violencia inaudita. Aunque aquello probablemente también sería cosa de Hellmouth. Escuchó el sonido amplificado de las hélices del Hécate, que chirriaban al ponerse en movimiento. Los piratas se marchaban.
Harry trató de nadar hacia el Hécate mientras buscaba la varita. Cuando por fin la encontró y apuntó a la popa, Hellmouth lo miraba con desdén, esquivando sin apenas esfuerzo los hechizos que Luna, Joe, Hermione y Ron, metidos en el agua hasta las rodillas, lanzaban contra el barco sin mucha esperanza.
- Quédese tranquilo – le habló Hellmouth, mucho más calmado al recuperar el control de la situación - y antes de lo que espera la tendrá de vuelta señor Potter - le guiñó un ojo y se paso un dedo por el cuello. No hacía falta ser un lince para entenderlo.
La sala de máquinas del Hécate ya estaba caliente y puesto que la maniobra para salir de la gruta no era muy complicada, su velocidad era cada vez mayor. A Harry le costaba apuntar desde su posición y a sus amigos les resultaba cada vez más difícil avanzar con el agua por las rodillas. El motor adquirió un traqueteo uniforme y el barco se alejó, dejando tras de sí una estela de espuma y mareando las aguas de la gruta.
Harry llegó nadando hasta la orilla, donde habían retrocedido los demás. Salió del agua chorreando y con una fuerte tos. Ron abrazaba a Hermione, que sollozaba en silencio. Luna, siempre tan serena, ahora respiraba agitadamente y tenía los puños cerrados con rabia. Joe maldecía entre dientes con sus habituales insultos imaginativos y George se desahogaba destrozando con hechizos las rocas de la gruta.
- Lo siento Harry – se disculpó Ron – Tenía que haber previsto que…
- Vamos, hay que seguirles – les dijo.
- ¿Qué? – preguntó George.
- Es imposible alcanzarlos Harry… Si al menos supiéramos hacia dónde se dirigen… - explicó Hermione tratando de contener las lágrimas.
- Se dirigen hacia el Maelstrom. Hellmouth no se dará por vencido tan fácilmente.
- Eso no nos soluciona nada. No sabemos dónde está el Maelstrom – replicó Joe.
- Pero él sí – contestó Harry, sacando el puñal con el que había herido a Hellmouth. El arma era una única pieza dorada, y en la empuñadura tenía una forma que recordaba vagamente a la cabeza de un chacal.
- ¿Eso es…? – Joe miraba el puñal como si no pudiera terminar de creérselo.
- Un "sabueso dorado" – dijo una voz a su espalda.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada natural de la gruta, por la que habían bajado Harry, Joe, Luna y George. Violet se acercó a paso ligero.
- Siento el retraso ¿Qué ha pasado? – preguntó.
- Salgari se ha bebido la vasija. Y ha reventado. Hellmouth ha tomado el mando del Hécate y se han largado. Con Ginny – resumió Joe.
- ¿Qué diablos es un "sabueso dorado"? – Ron parecía desconcertado.
- Bien – la chica se dirigió a Harry – He convencido a Bunchan. Nos espera en Swansea con todo preparado para zarpar en cuanto le avisemos.
- ¿Quién cojones es Bunchan? – George no parecía desconcertado. Lo estaba.
- Perfecto. No hay tiempo para mandarle una lechuza, esperemos que no le molesten las visitas inesperadas – contestó Harry.
- ¿Alguien puede explicarnos qué sucede? – Hermione había dejado a un lado las lágrimas para centrarse en la indignación que le causaba ser excluida de aquella conversación.
- ¿Podemos confiar en él? – Luna por su parte asimilaba las novedades con rapidez.
- No podemos confiar en nadie – sentenció Harry – Pero tampoco podemos perder más tiempo. Vamos.
El muchacho comenzó a andar hacia la salida de la gruta.
- Harry, no nos moveremos de aquí hasta que nos expliques qué está pasando – Hermione sonaba enfadada, aunque algo aliviada al comprobar que aún parecía existir una pequeña esperanza de recuperar a Ginny.
El chico se giró con una sonrisa amarga pintada en los labios.
- Me imaginaba que algo así sucedería. Que Salgari haría lo posible por joder a Hellmouth y que éste se las apañaría para volver a escaparse. De manera que pedí prestado esto en el Ministerio – señaló el puñal dorado.
- Di más bien que lo robaste. Porque no creo que los chicos del Departamento de Misterios te hayan prestado un "sabueso dorado" – comentó Violet algo irritada.
- ¿Lo has robado? – Hermione parecía incluso más escandalizada que Violet.
- El "sabueso dorado" sigue el rastro de la persona a la que pertenece la sangre que ha probado. Sólo tiene un uso, pues una vez que ha probado una sangre sólo funcionará con esa. La cabeza gira apuntando en la dirección dónde se encuentra dicha persona. Los egipcios sabían lo que se hacían, aunque los demás no lo tengamos muy claro – Joe no pudo disimular una pizca de admiración en su voz - Su uso es ilegal. Por eso ha tenido que robarlo.
- Además le pedí a Violet que contactara con Bunchan, el capitán del barco que nos llevó por primera vez al Maelstrom, por si necesitábamos un medio de transporte marítimo – concluyó Harry.
- ¿Y no habría sido más sencillo pedir al Ministerio que…?
- La burocracia no entiende de emergencias Hermione – la cortó George.
Ron pareció satisfecho con la explicación y le indicó a Hermione que todo estaba bien acariciándole un brazo.
- Estamos perdiendo unos minutos muy valiosos – Violet miró hacia el horizonte, donde el Hécate ya se había convertido en una pequeña mancha oscura.
- Sí – Hermione, tranquila una vez satisfecha su curiosidad, avanzó hacia el grupo.
Harry la siguió y los demás lo imitaron. La primera parte del plan había funcionado. Ahora sólo cabía esperar que la segunda no fracasara estrepitosamente.
Eso esperamos todos Harry.
Muy buenas hipotéticos lectores. Han pasado tres meses. Lo sé, los he vivido. Tres meses muy intensos en los que, no voy a mentiros, podría haber avanzado algo más con este capítulo. Pero no todo puede ser en esta vida.
No obstante, aquí estoy una vez más. Os aviso (y el que avisa no es traidor) que comienza la cuenta atrás para el final de Maelstrom. Quedan tres capítulos (más una pequeña sorpresa final) para dar carpetazo a esta historia. ¿Conseguiré finalizarla antes de que se cumplan tres años de su primera publicación? ¿Por qué hay tantos "treses" en esta nota de autor?
La respuesta a éstas y otras muchas (bueno, no tantas) preguntas, en próximas entregas.
¡Cuidaos mucho gente!
