Disclaimer: soy un hombre sencillo, no poseo nada de valor (y menos unos personajes que generan millones)
Advertencia: un poco de esto, un poco de aquello pero al final... ná de ná.
21. Noche sobre las aguas
Estaba anocheciendo. El horizonte, hasta ahora de un gris denso y desesperado, se oscurecía. Los nubarrones se derretían sobre la cubierta del Charybdis con una fina llovizna y el barco cabalgaba sobre las olas. O mejor dicho, arremetía contra ellas.
En el puesto de mando, Jason Buchan alternaba su mirada entre la enorme cristalera tras el timón, el sónar, y el sabueso dorado, que se mantenía en precario y mágico equilibrio sobre la punta de su hoja. Sus ojos macilentos apenas parpadeaban, mientras el agua salpicaba la cristalera segundo sí, segundo también.
Harry estaba sentado en una butaca desvencijada sólo unos pasos a su espalda, pero el chico sólo prestaba atención al sabueso dorado. Su pequeña cabecita de chacal apuntaba directamente en la dirección en la que avanzaba el Charybdis. Al mínimo cambio, Bunchan giraba suavemente el timón hasta que el sabueso volvía a apuntar hacia la proa.
Sólo se oía el incesante zumbido del cuadro de mandos. Pero ninguno de los dos hablaba. El capitán entremezclaba una tos tísica con largas caladas a su pipa. Y así llevaban más de cinco horas.
- Debería salir a tomar el aire señor Potter – gruñó Bunchan, dejando claro que lo estaba invitando con demasiada educación a que lo dejase sólo.
- Prefiero quedarme, por si puedo servir de ayuda.
- Dudo que pueda hacer más de lo que ha hecho durante las últimas horas joven, así que no me toque los cojones y salga – Bunchan ni siquiera lo miraba.
Harry se levantó despacio y sin rechistar. Al fin y al cabo, Bunchan había aguantado mucho más de lo que él esperaba. Y además el humo de la pipa empezaba a molestarle demasiado.
Salió a cubierta mientras se levantaba el cuello del abrigo. La llovizna, aunque débil, empapaba con una rapidez inusitada y el frío penetraba las capas de abrigo con pasmosa facilidad.
Distinguió la figura de Violet, con su abrigo color crema, apoyada en la barandilla de proa mirando al mar. Se acercó a ella y la imitó.
- ¿Desde cuándo fumas? – preguntó Harry al percatarse de que Violet sujetaba entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda un cigarrillo.
- Empecé con dieciséis – Harry la miró interrogante, a punto de decir algo – No en Hogwarts. En verano. Mi abuelo es muggle ¿te lo había dicho? Cuando me iba por ahí con mis amigas le quitaba las cajetillas. Lo dejé al entrar en la Escuela de Aurores.
- Pues no se nota – comentó él.
- Sólo fumo cuando estoy especialmente nerviosa – se acabó lo que le quedaba de una sola calda y lanzó la colilla al mar.
La sensación de peligro que Harry notaba en el pecho se acrecentó: si Violet, con su temperamento Slytherin, estaba "especialmente nerviosa", es que la situación era mucho peor de lo que él pensaba.
- ¿Crees que los alcanzaremos? – la chica trataba de divisar algo en la lejanía, cada vez más borrosa y oscura.
- No estoy muy seguro. Hellmouth está desesperado, así que irán a toda máquina cueste lo que cueste. No obstante, siempre podemos arrinconarlos en el Maelstrom.
Arrinconar puede que no fuera la palabra correcta, dada la envergadura del enorme torbellino marino.
- ¿Y cuánto tardaremos en llegar allí?
- Bunchan dice que no debería costarnos más de veinticuatro horas.
- ¿Tan poco? El primer viaje nos costó casi un mes…
- Eso mismo he dicho yo – Harry pensó que en ese momento le habría gustado fumar para templar los nervios, como hacía Violet – Pero Bunchan me ha recordado que a la ida nos dedicamos a trazar círculos mientras Devous… osea, Hellmouth situaba el Maelstrom.
- ¿Y la vuelta?
- Dice que tardamos sólo día y medio. Yo no recuerdo mucho, pero me pasé la mayor parte del viaje durmiendo, así que podrían haber sido dos semanas sin que me enterase.
- Sí, supongo que el susto nos dejó algo confusos – admitió Violet.
El recuerdo de aquel viaje se instaló en la cubierta del Charybdis, acompañado por un silencio que, sin ser tenso, desde luego no era cómodo.
- ¿Cómo está Joe? – preguntó Harry. No era la mejor estrategia para cambiar de tema, pero acababa de recordar el disparo en la rodilla de su compañero.
- Bien, el vendaje de Luna detuvo la hemorragia a tiempo. El médico de a bordo ha conseguido extraerle la bala y dice que no hay riesgo, a pesar de haber perdido mucha sangre. Aún así no puede mover apenas la pierna.
- Debería de haberse quedado.
- Sí, pero ya lo conoces, es un cabezón – Violet escupió esa última frase con amargura.
- Como tú – Harry esbozó una sonrisa y se giró, apoyando la espalda en la barandilla – Sois tal para cual.
Violet hizo como que no lo había escuchado. En lugar de eso, se sacó del interior del abrigo otro cigarrillo y se lo encendió con la punta de la varita.
- ¿Seguro que no quieres?
- No, gracias Violet.
La chica suspiró y se llevó el cigarrillo a los labios. Inspiró con fuerza para acto seguido exhalar una tenue y delicada voluta de humo.
- Le he mandado una lechuza a Harrington – Harry alzó una ceja ante las palabras de Violet – No te preocupes, ha sido a su correo privado. Sé que no nos conviene poner a Hellmouth nervioso con un montón de aurores, pero creo que llegado el momento no nos vendrá mal tener un poco de apoyo, ya sea del departamento o de la IAMMS, Harrington tiene amigos amigos allí.
- No creo que nos haga falta apoyo de la IAMMS – comentó Harry pensando que le parecía excesivo involucrar a un organismo internacional en todo aquello.
- Lo que tú digas Harry, pero yo prefiero saber que en caso de emergencia tengo cuarenta varitas que me salven el culo – bromeó Violet dando otra calada.
Pero a Harry le daba igual tener cuarenta que cien varitas guardándole la espalda. Lo último que le preocupaba era su seguridad personal. Lo que de verdad le preocupaba era que podía hacer Hellmouth si se sentía sin ninguna salida…
Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda. Y a Violet no le pasó desapercibido.
- ¿Por qué no nos lo dijiste Harry? – no era un reproche. No estaba enfadada, pero sí dolida.
- Hellmouth me amenazó con hacerle daño a Ginny y… - Harry se quedó completamente callado. Al final poco había importado que aceptara las condiciones de Hellmouth al salir del Maelstrom.
- Esto no es culpa tuya, ¿lo sabes verdad? – Violet le acarició el brazo con aire maternal.
- Intento convencerme de ello… pero es difícil – era cierto. Casi a cada minuto Harry trataba de olvidarse de que todo aquello se podía haber evitado si le hubiera dicho algo a Harrington, o a Joe, o a Violet. Le dolía haber traicionado su confianza, pero aún más le dolía haber involucrado a la mayoría de sus amigos en aquel follón. Y por supuesto a Ginny - Si me hubiese mantenido al margen…
- Las cosas habrían sido muy parecidas. Te recuerdo que fue Salgari el que regresó de entre los muertos para llevarse a Julia.
- Pero Ginny…
- Ginny acudió a aquel almacén bajo su responsabilidad. Tú no la invitaste.
Harry la miró. Violet tenía razón. No era correcto culpar a Ginny de todo aquello, por supuesto, pero si no fuera tan jodidamente impulsiva y de vez en cuando hiciera caso…
La chica le devolvió la mirada y percibió sus dudas. Y lo abrazó. Harry dejó que los brazos de su amiga lo reconfortaran aunque fuera durante sólo unos segundos. Después de la señora Weasley, y de una manera distinta Minerva McGonagall, Violet era lo más parecido a una madre que había tenido nunca.
- Entremos, me está empezando a dar frío – Violet se encaminó hacia la entrada de los camarotes y Harry la siguió.
Llegaron al comedor, dónde todos los demás, excepto Joe que descansaba en uno de los camarotes, trataban de matar el tiempo como podían.
Hermione, Ron y George trataban de mantener una conversación más o menos distendida mientras Luna, sentada algo alejada del resto, miraba con mucha atención el parpadeo de la lámpara halógena que iluminaba la estancia.
Harry trató de sentarse en medio de todos para servir de nexo, pero no surtió mucho efecto, pues apenas había apartado la silla Hermione decidió salir a respirar un poco de aire fresco y su cuñado secundó la idea. Violet aprovechó entonces para ir a ver a Joe y Luna la acompañó, ofreciendo ante la divertida mirada de la auror sus conocimientos en grandes mamíferos.
De manera que Ron y Harry se quedaron uno sentado al lado del otro sin tener muy claro qué decir. Ron se mordisqueaba lo poco que quedaba de sus uñas y Harry había comprendido por qué Luna miraba tan interesada el halógeno, pues su parpadeo era hipnótico.
- Hacía mucho que no nos embarcábamos en algo así ¿eh? – Ron trató de sonar relajado, pero la angustia se le agarraba a la garganta. Ni siquiera el uso del verbo "embarcar" consiguió que la sonrisa no se le congelase en la cara.
- Te mentiría si te dijera que lo echaba de menos – contestó el chico olvidándose del dichoso halógeno.
- Yo tampoco, me gusta tener una vida anodina y puede que incluso aburrida – se guardó las manos en los bolsillos para evitar la tentación de arrancarse la piel de las falanges.
- Pues sí. Prometo que a partir de ahora no me quejaré más cuando me toque rellenar informes.
De nuevo el silencio. De nuevo aquella situación tensa con alguien con quien no se suponía que debía sentirse tenso.
- ¿Y si está muerta, Harry?
De nuevo un escalofrío recorrió su espalda. Jamás podría acostumbrarse a esa sensación.
Si bien Ron había planteado la pregunta con tacto nulo, es cierto que era una posibilidad. No se podían fiar de Hellmouth. Pero desde luego no era el momento de pensar en algo así. No era el momento de hundirse aún más.
- No la matará. Podría, no debemos engañarnos. Pero no lo hará. – no supo si se lo decía a Ron, o una vez más trataba de convencerse a sí mismo – Mientras Hellmouth la tenga con él andaremos siempre un paso por detrás, esperando a que cometa un error para poder rescatarla. Tendrá ventaja y sabrá cómo usarla.
Pero si la mata… Te juro por mi magia que lo perseguiré hasta el fin del mundo si hace falta para acabar con él.
No era la primera vez que Ron escuchaba a Harry hablar con aquella determinación. Pero ahora podía leer entre líneas algo mucho más profundo. Algo mucho más fuerte.
- La quieres ¿verdad? – preguntó el pelirrojo con una mirada tierna.
- ¿Tú qué crees? – lanzó un leve puñetazo al aire - Más que a nada en el mundo.
- Pues deberías decírselo – Harry sospechaba que su amigo ya sabía de sobra que todo lo que había sucedido durante los últimos meses no había sido más que un teatro. Probablemente George había sido el informante – Si la rescatamos… No, cuando la rescatemos, deberías decírselo.
- Como si eso fuera a cambiar algo…
- ¿Sabes cuál es tu problema Harry? – el chico lo miró interrogante – Das muy buenos consejos, pero pocas veces los aplicas a tu propia vida.
- ¿De qué estás hablando?
- Estoy hablando de Hermione y su viaje a Australia.
- ¿Qué querías decirnos cariño? – preguntó expectante Molly.
El resto del salón imitó a la señora Weasley y todas las miradas, excepto una, se dirigieron hacía Hermione, que de pie en la puerta que comunicaba la cocina con el salón se retorcía las manos nerviosa.
- Quería deciros que la semana que viene me marcharé a Australia a buscar a mis padres. He estado hablando con el departamento de Cooperación Internacional y hay un traslador internacional programado para el jueves de la semana que viene. Sé que es algo precipitado pero cuanto más tarde en ir más se enfriarán las pocas pistas de las que dispongo, y el siguiente viaje sería para dentro de mes y medio. De manera que está decidido, la semana que viene me marcho.
Harry miró de reojo a Ron, que había fingido seguir leyendo El Profeta pero y hacía cómo que no prestaba atención a la circunspecta Hermione.
La señora Weasley se levantó entonces hacia la chica y la abrazó con fuerza.
- Eres muy valiente hija. Si necesitas cualquier cosa no dudes en hacérmelo saber – se separó un poco y la besó con cariño en la frente.
Arthur y Charlie Weasley se ofrecieron a ayudar a Hermione con los preparatorios del viaje, y Harry y Ginny simplemente asintieron a su amiga, dando a entender que apoyaban su decisión.
- Gracias a todos, de verdad – contestó una emocionada Hermione que, a pesar de las muestras de cariño, seguía con la vista fija en la única persona que no le había dicho nada y también la única persona cuya opinión, en ese momento, de verdad le importaba.
Harry no pasó por alto la expresión de la chica y trató de hacer que Ron se dignase a levantar la cabeza pidiéndole el periódico. Pero él simplemente lo dejó a un lado y salió del salón haciendo caso omiso de las miradas asesinas de Ginny y su madre y un "¿A éste qué coño le pasa?" de Charlie.
Ron llevaba así desde que volvieran de Hogwarts. Hacía poco más de una semana de la batalla en el castillo y hacía también poco más de una semana que Ron no le dirigía la palabra a Hermione.
Después del funeral de Fred, la familia Weasley al completo había vuelto a la Madriguera, acompañados por Harry y Hermione. Un par de días después, Bill y Fleur volvieron al Refugio y Percy regresó a su apartamento en Londres.
De manera que en la casa ya sólo quedaban Arthur y Molly, Charlie, Ron, Hermione, Harry y George.
Aunque para ser justos, George apenas se relacionaba con el resto de habitantes de la casa. El ahora único gemelo, repartía su tiempo entre encerrarse en su antiguo cuarto y sentarse en el jardín junto a la pequeña lápida que recordaba a su hermano, pues aunque Fred había sido enterrado en Hogwarts con el resto de caídos ("Él no querría nada especial" había dicho George) su familia quería tener un recuerdo, así que habían colocado una piedra blanca grabada con su nombre bajo el roble del jardín, dónde Fred y George solían jugar de pequeños a que mataban dragones con sus polvos pica-pica.
A veces George no salía en todo el día, otros los pasaba enteros sentado fuera. A veces sorprendía a todos con algún comentario ingenioso durante la comida. Otras veces ni siquiera bajaba a comer. Alguna noche Harry había creído oírlo llorar, mientras que otra le pareció escuchar una tenue explosión y una carcajada divertida.
Desde luego George no estaba bien, pero al menos se le veía interesado en volver a ser el de antes, por muy difícil que fuera aquello.
Todo lo contrario que Ron.
El pequeño de los Weasley apenas hablaba con nadie y cuando lo hacía, limitaba sus frases a unas pocas palabras. A ser posible, monosílabas. Pero lo más extraño, sin lugar a dudas, era su actitud hacia una Hermione que cada día que pasaba se hundía más, preguntándose qué demonios había hecho para que Ron la tratara así.
Ron subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación con llave, de manera que Harry no pudo hablar con él en toda la tarde. Tampoco lo intentó, pues cuando se ponía a la defensiva era imposible sacar nada de él, así que esperó a encontrar un momento más propicio.
El momento llegó esa misma noche, cuando Harry salió al jardín a distraerse un rato. Era una noche calurosa y una luna enorme bañaba con su luz todo el valle de Ottery. Una silueta pelirroja estaba sentada bajo el roble, junto a la lápida de Fred que emitía un brillo tan bello como sobrecogedor. Al principio Harry supuso que era George, pero cuando la débil brisa veraniega movió un poco las ramas del árbol, Harry distinguió a Ron.
- ¿Puedo sentarme? – preguntó, acercándose a su amigo.
Ron no contestó, sólo se encogió de hombros y se apartó un poco para dejarle sitio. Estuvieron un minuto en silencio, uno al lado del otro, simplemente escuchando a los grillos cantarle serenatas a la luna llena.
- ¿Por qué no le has dicho que quieres acompañarla?
- ¿Quién dice que quiera acompañarla? – Ron ni siquiera lo miró. Tenía la vista clavada en la luz que salía del cuarto de Ginny. Cuarto que compartía con Hermione.
Harry estuvo a punto de resaltar lo obvio, pero era mejor no pasarse de listo.
- Si fuera tu hermana la que se marchase, yo querría acompañarla – contestó con decisión.
- No es lo mismo – por fin se dignaba a mirarlo a la cara.
- ¿No? ¿Cuál es la diferencia?
- Mi hermana y tú tenéis… Algo – de pronto Ron se había hecho muy pequeño.
- Hasta dónde yo sé, vosotros también…
- Si estás hablando del beso en la Cámara de los Secretos, olvídalo – la voz de Ron no admitía réplica. Pero Harry no estaba dispuesto a callarse.
- No hablo sólo de eso. Hace años que os conozco y sé de sobra lo que sentís el uno por el otro. Así que no me digas que no hay nada porque no me lo creo.
- Tú no lo entiendes Harry…
- ¿Qué es lo que no entiendo Ron? ¿No entiendo por qué Hermione sollozaba tu nombre en sueños cuando te largaste? ¿No entiendo por qué no podías verla cerca de ningún otro hombre sin que te devorasen los celos? – Harry podía ser poco perspicaz en lo que se refería a detectar cuando una mujer le tiraba los trastos, pero aquello había sido demasiado obvio durante años hasta para él.
- No entiendes que nada de lo que sucedió antes de la muerte de Fred carece de sentido.
Harry se quedó petrificado. Estaba casi seguro de que aquel era el motivo, pero no esperaba que Ron lo dijera con tanta crudeza.
- No puedo comportarme como si no hubiera pasado – Ron se removió incómodo y agachó la mirada. Probablemente estaba aguantando las lágrimas.
- No estoy diciendo eso Ron… - nadie podría comportarse nunca como si la batalla de Hogwarts no hubiera sucedido – Pero creo que estás complicando las cosas. No deberías afrontar esto tú solo, no deberías encerrarte.
- Lo mejor es que Hermione se vaya y encuentre a sus padres sola – Ron hizo caso omiso de las palabras de su amigo, y simplemente siguió con su retahíla – Quizás cuando vuelva, si ella quiere… Yo estaré aquí. Pero ahora… Ahora no puedo ser feliz Harry, no sería justo.
Harry pensó en el momento en el que Ginny y él se habían vuelto a encontrar tras la muerte de Riddle. Harry se acercó a la familia Weasley y los abrazó uno por uno, tratando de compartir el dolor hueco que habían dejado las últimas horas. Ella fue la última. Fue un abrazo largo, casi fraternal. Cuando se separaron, Ginny lo sujetó de las manos y lo miró a los ojos. No hizo falta absolutamente nada más. Nada que decir. Nada que demostrar. Nada que reprochar. Nada que discutir. Sin un beso, sin una caricia, sólo con aquella mirada, se dijeron lo que se tenían que decir.
Estaban vivos y podían estar juntos. Y eso era todo lo que importaba en aquellos momentos.
- En eso te equivocas Ron. Si es justo. Hemos sufrido. Demasiado. Y creo que es el momento de que intentemos ser felices.
Harry no contestó, como cada vez que alguien le abría los ojos ante algo que llevaba mucho tiempo evitando. Era una costumbre muy fea, pero todo el mundo tiene un orgullo, y el suyo acababa de ser despedazado.
Pero no hizo falta que Harry dijera nada para que Ron supiera que su amigo recordaba perfectamente aquel momento y que, por una vez y sin que sirviera de precedente, tenía razón.
Regresaron entonces George y Hermione de su paseo por cubierta, calados hasta los huesos y maldiciendo.
- ¿Está lloviendo más fuerte? – preguntó Harry, aún dándole vueltas a la conversación con Ron.
- No, es que hace muy buena noche y hemos decidido bañarnos – Hermione puso los ojos en blanco - ¿Tú qué crees?
George no se molestó siquiera en hacer una broma. Simplemente se sacudió como si fuera un perro junto a su hermano y Harry.
Violet y Luna aparecieron sólo unos minutos después acompañando a un iracundo Joe, que blasfemaba como un poseso cada vez que apoyaba la planta del pie en el suelo.
- Creía que no podías moverla – señaló Ron.
- Y no puedo, eso es lo gracioso – por su expresión, aquello le parecía de todo menos gracioso – Pero me duele horrores.
- Hemos hablado con el segundo de a bordo – Luna, ajena a los gestos de dolor y los juramentos de Joe, habló con tranquilidad – Dice que cuando estemos listos nos servirán la cena.
- ¿Alguien tiene hambre? – preguntó George.
Y el silencio fue la única respuesta.
Tuvieron que pasar varias horas para que se animaran a comer algo. Y alguno lo hizo casi obligado.
- No podemos correr el riesgo de un bajón de azúcar, así que comed algo – Violet y su instinto maternal se encargaron de que George y Harry se metiesen un pedazo de carne a la boca, si bien es cierto que no comieron mucho más.
Era más de medianoche cuando terminaron de "cenar". Habían salido del puerto de Aberdeen poco después de las diez de la mañana, tras dejar la cueva de Arran. De manera que según los cálculos de Bunchan, habían superado el ecuador del viaje hacia el Maelstrom hacía ya un par de horas.
Nadie quería dormir, pero no había mucho más que hacer, porque el capitán seguía sin querer a nadie con él en el puesto de mando y cada uno sabía perfectamente cuál era su papel en el rescate. No obstante y a petición de Harry lo repasaron un par de veces más, proponiendo variaciones en función de posibles acontecimientos.
Pero cuando Harry se disponía a preguntarles por tercera vez, los ronquidos de Ron le indicaron que necesitaban descansar, aunque fuesen pocas horas. De manera que cada uno se dirigió a su camarote a tratar de conciliar el sueño.
Fue Seo Hanjoo, el marinero coreano que ahora hacía las veces de segundo de abordo, el que despertó a Harry en mitad de la madrugada.
- Señor Potter, el capitán quiere verlos en el puesto de mando.
No se hizo de rogar y salió al pasillo, expectante por lo que Bunchan tuviera que decir. Según el reloj digital del camarote, pasaba media hora de las cuatro de la madrugada. Los potentes focos de proa intentaban a duras penas penetrar la densa oscuridad que envolvía el Charybdis. Se escuchaba el estruendo de las olas contra el casco y la lluvia, persistente y y cada vez más intensa, repiqueteaba contra los cristales del puesto de mando.
Bunchan no se molestó en girar la cabeza cuando Harry entró. Los demás no tardaron mucho en unirse.
- Mire el sabueso dorado, señor Potter – dijo.
Harry obedeció y se acercó al artefacto. Al principio no pudo ver nada digno de requerir su presencia allí, pero al cabo de unos segundos se percató de que la cabeza del sabueso ya no apuntaba al frente y se inclinaba poco a poco hacia arriba.
- Mierda – gruñó el chico.
- ¿Qué pasa Harry? – Violet se había acercado.
- Han puesto el mecanismo volador en marcha.
- ¿Tan pronto? - preguntó Hermione. Harry se había encargado de explicar a sus amigos las peculiaridades que tenía el Hécate, entre ellas aquellas alas mecánicas que le permitían volar.
- No estamos muy lejos – apuntó Bunchan – Puede que dos o tres horas hasta llegar al punto donde nosotros no podremos acercarnos más al Maelstrom.
- ¿Entonces? – Hermione seguía sin comprenderlo.
- Hellmouth quiere llegar lo antes posible, y desde luego así es mucho más rápido – Harry miraba cómo la cabeza de chacal en la empuñadura del sabueso dorado seguía inclinándose más y más.
- Tampoco mucho más – Bunchan miró por el rabillo del ojo uno de sus instrumentos de navegación – Se preveen vientos fuertes en esta zona. Les costará maniobrar.
- ¿Y a nosotros? – preguntó Luna.
- Los alcanzaremos, señorita. No me subestime – contestó Bunchan con voz sombría – Mataré a ese hijo de puta de Hellmouth aunque sea lo último que haga.
Ninguno añadió una sola palabra.
- ¿Qué hacemos entonces? – preguntó Harry.
- Descarte un abordaje – contestó Bunchan – No se nos escaparán, pero no creo que podamos acercarnos los suficiente.
- Bien, entonces pasamos a la segunda opción – ordenó Violet.
Harry asintió y se dirigieron de nuevo a cubierta, bajo un pequeño toldo que había en la entrada a los camarotes. Hermione y Luna entraron y salieron sólo un minuto después con cuatro escobas en las manos. Violet, Ron, George y Harry las cogieron.
George sacó del bolsillo de su gabardina unas gafas de pequeños cristales redondos. Apuntó con la varita a ellos y pronunció un complicado hechizo que a Harry le sonó a polaco mal pronunciado. Los cristales de las gafas se volvieron oscuros y emitieron un suave brillo verdoso fluorescente.
- ¿Qué diablos es eso? – Joe, frustrado por no poder participar en el rescate, no había estado presente cuando organizaron el plan.
- Visión nocturna – comentó George – No dura mucho y es algo incómoda, pero nos servirá.
Repitió el proceso con las gafas de Harry. El chico miró hacia la inmensa oscuridad que se extendía desde proa y comprobó sorprendido que, efectivamente era incómodo, pero tremendamente útil. Era como ver una fotografía en blanco y negro, muy vieja y muy deslucida por el tiempo, pero en la que podían distinguirse a la perfección las formas básicas. Y eso, para localizar y colarse en un barco tan grande como el Hécate, era suficiente.
- Deberías vender la patente al ministerio, George – apuntó Violet con sus gafas de leer informes – Nos sería de gran ayuda en la división.
- Estoy trabajando en ello, pero los del Ministerio necesitan que el efecto sea medianamente duradero para no dejar tirados a sus aurores en mitad de una misión. Y es más complicado de lo que parece, he tenido que modificar un hechizo ruso que encontré en un libro más viejo que Merlín y tengo miedo de que pueda quedarme ciego en cualquier momento.
Si no hubiera acompañado aquella última frase con una sonrisa, Harry habría temido seriamente por salud ocular. Aunque mejor pensado, el gemelo nunca había temido demasiado ni siquiera por su propia seguridad, de manera que quizás si debiera preocuparse.
George aplicó el hechizo a las gafas de sol de carey de Violet y a unas gafas oscuras muy parecidas a las suyas que descansaban sobre la nariz de Ron.
- George, esto está muy bien para ver en la oscuridad, pero con las gotas de lluvia la cosa empeora – comentó Violet – Voy a utilizar un hechizo impermeab…
- Ni se te ocurra – gruñó George – No sé qué clase de efecto puede tener juntar los dos hechizos.
Violet bajó la varita que hasta hace un segundo apuntaba a sus gafas y suspiró.
- Bien – comenzó el chico mirando a sus compañeros - ¿Estáis listos?
- Y aunque no lo estuviésemos, Harry – respondió Ron – Debemos hacerlo.
Encendieron las varitas con un lumos y se colocaron en fila. Harry, que iba el primero, miró hacia el puesto de mando y le pidió a Bunchan por señas que les indicase una dirección. Tras consultar la posición del sabueso dorado, el capitán del Charybdis señaló vehementemente hacia la proa. Era muy probable que ahora que estaban utilizando el mecanismo volador, la dirección del Hécate fuera recta hacia el Maelstrom. Mejor, así no tendrían muchas dificultades para encontrar el barco.
Se despidieron brevemente de los demás, intentando no pensar que era una misión casi suicida, y a la cuenta de tres despegaron todos a la vez.
Harry echaba mucho de menos volar en escoba. Si bien es cierto que de vez en cuando sacaba tiempo para coger la que tenía en casa (una Saeta Luminosa que le habían regalado Ron y Hermione el año después de terminar los estudios en Hogwarts) para dar una vuelta, no era lo mismo girar en círculos sobre alguno de los parques de Londres con zonas habilitadas para vuelo de escobas que estar allí, haciéndolo libremente y sin temor a que ningún muggle indiscreto pudiera descubrirlo.
No era el momento de disfrutar, pero la lluvia que le azotaba la cara y el viento que silbaba en sus oídos lo hicieron sentir vivo por primera vez desde hacía meses. Lo iban a conseguir. Por supuesto que lo iban a conseguir.
Les costó apenas cuarenta minutos de vuelo, sorprendentemente ordenado para las condiciones meteorológicas, alcanzar el Hécate.
El estruendo que emitían sus motores y el chirrido de las alas mecánicas se escuchaban incluso por encima de los truenos que se acercaban por el horizonte y lo delataban en aquella omnipresente oscuridad incluso si los chicos no hubieran dispuesto del hechizo de visión nocturna.
Harry levantó un brazo para indicar a sus compañeros que había llegado el momento de acercarse. La luz de las varitas se apagó y todos aceleraron al máximo las escobas.
La idea era colarse por unas pequeñas aberturas que el barco tenía en popa y que daban acceso a la sala de máquinas, por lo que probablemente sirvieran como método de refrigeración.
Tras un par de rodeos para asegurarse de que nadie en aquella parte del barco los había visto, Harry se acercó a una de las aberturas. Redonda y de aproximadamente un metro de diámetro, estaba cubierta con una malla metálica que nada pudo hacer contra el diffindox, el hechizo de corte mejorado, de Harry.
Una vez asegurado que el conducto simplemente servía para que entrara el aire y que no corrían peligro escondiéndose allí, Harry entró haciendo parpadear su varita tres veces como habían acordado.
Mientras se deslizaba por el conducto de ventilación el chico escuchó entrar a Violet, poco después a George y, tras un minuto que pareció interminable, a Ron.
- Lo siento – se disculpó con un susurro su amigo – Me ha parecido ver una luz en la cubierta.
Reptaron por aquella estrecha estructura durante unos minutos hasta encontrar una salida.
Estaban efectivamente en la sala de máquinas, a sólo unos metros por encima de lo que parecía ser el motor que accionaba las alas mecánicas. El ruido era ensordecedor y el calor casi insoportable, pero estaba vacía, y eso era lo importante.
Tras salir del conducto de ventilación se escondieron tras una gigantesca leva y se sentaron a descansar.
- ¿Qué hora es? – preguntó Violet.
- Cinco y media – contestó George consultando su reloj de bolsillo.
- Esperaremos media hora, para asegurarnos que no nos han visto – indicó Harry, respirando con dificultad por culpa del sofocante calor que desprendían las máquinas.
Pero su respiración se cortó de golpe cuando el metálico sonido de un portazo inundó la estancia y acto seguido una voz áspera, con un acento profundamente germano, gritó:
- Malditos imbésiles, pensaban que pasarrían desaperrsibidos. Como si una mosca pudierra asercarse a este barrco sin que Hellmouth se enterre. Encontrradlos, no pueden andarr muy lejos.
Pues aquí estoy otra vez. Qué ganas tenía de acabar este capítulo ya. Bueno, en realidad tenía ganas de acabar todo lo que me ha estado retrasando este capítulo, que ha sido mucho. Pero oye, más vale tarde que nunca.
Antepenúltimo capítulo de la historia y prometo, pero tampoco me hagáis mucho caso, intentar acabarla antes de que llegue septiembre. Es un poco drástico y me pillaré los dedos, pero creo que os lo merecéis para lo poco que queda.
Sólo un detalle antes de irme: el diffindox es invención mía y es como si la varita se transformase en un soplete de acetileno, de ahí el -ox (que freak soy, coño).
Cuidaos mucho hipotéticos lectores.
PD: hace unas semanas que me hice cuenta en Pottermore y... SOY SLYTHERIN. Nunca fui más feliz.
