Disclaimer: Harry, yo no soy tu padre.

Advertencia: ¡capítulo no apto para cardíacos! No, es coña, los cardíacos podéis leerlo.

22. Amanece

- Mierda – George le pegó una patada a un enorme tubo metálico que salía del rotor principal y este resonó con un zumbido hueco. Ya los habían descubierto, de manera que el sigilo estaba de más.

- ¿Qué hacemos? – preguntó Ron arrastrándose un poco para tener algo más de perspectiva del pasillo que llegaba hasta su posición.

- Si nos acorralan estamos perdidos. Hay que separarse, puesto que descartamos la opción de regresar por dónde hemos venido – Violet vigilaba otro pasillo, mucho más pequeño, que serpenteaba entre la ruidosa maquinaria.

- Ron y yo vamos por este lado – George agarró a su hermano por el brazo.

- No – contestó Harry tajante – Un auror por cada lado. Ron viene conmigo, tú ve con Violet.

George no protestó y cambió su posición con la de Harry.

Se escuchaban los pasos apresurados de los piratas revisando cada uno de los recovecos de la mastodóntica maquinaria. Harry se apartó las gafas para secarse el sudor de la frente. El calor comenzaba a ser insoportable y la tensión de la situación no ayudaba en absoluto. El sonido de los pasos rebotaba en las estructuras metálicas y se hacía difícil averiguar si se acercaban a su posición.

- O nos movemos ya o a mí me da un infarto – Ron agarraba la varita como si en cualquier momento se le pudiera escapar volando.

- Sólo un poco más – indicó Harry.

- Y un huevo – George dejó de hablar en susurros - ¡Eh, vosotros! ¡Venid aquí si tenéis cojones!

Harry echó a correr por el pasillo que vigilaba ignorando la expresión de absoluto terror que se había congelado en la cara de Ron cuando George había gritado.

- ¡Están tras la turrbina! ¡Moved el culo pandilla de chupapollas! – a Harry le resultaba demasiado familiar aquella desagradable voz.

Corrían entre las máquinas, esquivando salientes, palancas y potentes chorros de vapor que exhalaban los sistemas de refrigeración, pero seguían sin encontrarse con los piratas.

Tras arrastrarse bajo un tanque que se encargaba de almacenar el lubricante, llegaron a una zona más abierta y desde la que se podía ver la puerta de salida. Pero al que también se veía era a Weikath, plantado delante y cortándoles el paso.

Por suerte no se había dado cuenta y seguía gritando a sus hombres, cada vez con menos originalidad y más mala hostia. Desde luego que Harry no lo recordaba con tantas cicatrices y tampoco que tuviera un garfio en la mano izquierda. Probablemente alguno de sus compañeros se había cansado de sus bravatas y le había dado una lección.

No le dio mucho tiempo a recrearse con la justicia poética. Violet profirió un grito, George una maldición y un par de piratas un alarido que no auguraba nada bueno. Weikath se debatía entre el asco que le producían sus subordinados y el compañerismo que le inspiraba la poca humanidad que le quedaba en el cuerpo.

Finalmente ganó la humanidad, aunque por muy poco. Se internó en aquel bosque de hierro chirriante a paso ligero y profiriendo una cantidad de insultos en varios idiomas que Harry dudaba que estuvieran siquiera en el diccionario.

- ¿Vamos? – le murmuró Ron en cuanto perdieron de vista a Weikath.

Harry negó con la cabeza. No se había escuchado un sólo sonido desde hacía varios minutos, aparte de los improperios de Weikath. Confiaba en la pericia de Violet y George, pero no sabía cuántos piratas iban tras ellos.

- Quédate aquí – le dijo a Ron mientras regresaba por el pasillo.

El silencio era inquietante. Con el zumbido de las máquinas como único compañero, Harry avanzaba cauteloso, esperando toparse de frente con Weikath y sus hombres tras cada recodo.

Pero aparecieron por detrás.

- Date la vuelta muy despacio Harry – George sonaba tranquilo, aunque obviamente había dicho aquello en contra de su voluntad.

El chico obedeció y se encontró con la mirada sádica de Weikath y una el peligroso brillo de su garfio sobre la garganta del gemelo.

- Sois muy escurridisos, perro nadie conoce esta sala de máquinas mejorr que yo – paladeó el alemán.

- Hombre Weikath, me alegro de verte. Muy bonito el garfio, ahora se llevan mucho…

- No te pases de listo, arschloch, o te enseño lo que ha comido tu amigo esta tarrde – acarició un poco la piel con la punta del garfio.

- Pues no vas a poder enseñarle mucho – bromeó George, demostrando que sabía estar a la altura de las circunstancias.

- Mirra que bien, un parr de grrasiosos – el intento de risa sarcástica de Weikath quedó en un gruñido amenazador – Puedo cortarrte la mano si tanto te gusta el garrfio, Potter.

- Casi preferiría que no – contestó Harry mirando a George. Weikath podía ser una mala bestia, pero se distraía con facilidad y la conversación le había hecho separar un poco su miembro ortopédico.

- Trranquilo, si no me cuesta nada…

En ese momento George se dobló por la cintura levantando al pirata en peso y lanzándolo a los pies de Harry, que armó la pierna y descargó una patada que, aunque en un principio iba dirigida al estómago de Weikath, terminó impactando en su mandíbula.

- Joder ¿lo has matado? – preguntó George mientras miraba a Weikath, inconsciente y con la boca prácticamente destrozada, un par de dientes clavados en el labio superior y la sangre brotando lenta pero decidida de sus encías.

- Espero que no – Harry saltó por encima del cuerpo inerte del pirata y se acercó a George - ¿Y Violet?

- La tiene uno de sus muchachos – señaló a Weikath – Eran siete. Con los cinco primeros no tuvimos mayor complicación, pero el sexto nos emboscó desde encima de una máquina y Weikath apareció al poco tiempo.

- No hemos oído nada – se excusó Harry.

- Claro que no. Violet ha puesto un encantamiento silenciador cuando nos hemos librado de los tres primeros.

- Hay que encontrarla – Harry avanzó unos pasos – Tu hermano está montando guardia en la entrada, hay que darse prisa.

Pero con prisa o sin ella era imposible encontrar a nadie en aquella instalación laberíntica, dónde los caminos se abrían y se cerraban de improviso cada pocos metros. Al final, encontraron a Violet como era únicamente posible: por pura casualidad.

Estaba sentada tras un cuadro de mandos repleto de botones de distintos colores. A pocos metros yacía en el suelo un pirata con media cara quemada.

- He tenido que hacerlo – la chica levantó una mano mostrando a sus compañeros una enorme ampolla en el dorso de la mano – Pero quiero que conste que no esperaba que quemara tanto. Yo sólo quería separarnos.

- No te preocupes. Harry le ha reventado la boca a Weikath – comentó George con una sonrisa de aprobación. Violet asintió en un gesto similar. Estaba claro que nadie le tenía mucha estima a Weikath.

Se reunieron con Ron en la puerta de la sala de máquinas.

- ¿Estáis bien? Por aquí no ha sucedi… ¡Oh, por Merlín! ¡George! ¡Tu hombro! – exclamó Ron, que había sido el primero en percatarse del enorme corte que nacía pocos centímetros por debajo de la glotis y se extendía hasta el hombro derecho.

- Coño, no me había dado cuenta… - George parecía tan sorprendido como los demás.

- ¿No te duele? – preguntó Violet echando un vistazo a la herida.

- No. ¿Eso es bueno o malo?

- Pues no estoy muy segura.

Mientras Harry y Ron montaban guardia, Violet utilizó los escasos pero eficientes utensilios médicos que siempre llevaba en un amplio bolsillo interior de la capa para limpiar el corte de George.

- De momento no puedo hacer más. No tiene mala pinta pero debería vértela un médico de verdad. Y mientras estemos aquí… - Violet se quedó callada un segundo, percatándose de que las posibilidades de volver a cualquier sitio eran muy pocas – Pero bueno, si no te duele no será un problema – trató de animarse.

- Ahí fuera no se ve a nadie – Ron, que había estado turnándose con Harry para rápidos vistazos por el pequeño ojo de buey que había en la maciza puerta de hierro, se acercó a ellos – Los camarotes deben estar en el piso superior.

Harry dejó que Violet se asomara y después fue George el que quiso comprobar las palabras de su hermano.

- Es un pasillo muy estrecho – comentó la auror – Si están escondidos o nos oyen subir las escaleras…

- Lo tenemos muy negro – Harry completó la frase - ¿Qué hacemos entonces?

- Hay que ir de uno en uno – George jugueteó con la varita entre sus dedos mientras echaba una nueva mirada a través del ojo de buey – Si nos espaciamos nos será más fácil escondernos y el primero puede dar la voz de alarma si pasa algo.

- No me convence mucho. Es demasiado peligroso.

- Ya, pero nadie tiene una idea mejor.

El silencio confirmó las palabras de George que sin esperar a nada más giró la pesada manilla de la puerta. Tras el chasquido metálico el chico abrió sólo lo justo y necesario para poder deslizarse a través del umbral.

George se acercó con cautela a la escalera metálica con la varita en ristre. Tras asegurarse de que nadie vigilaba la entrada al piso superior, se dispuso a subir.

Puede que fuera la tensión del momento, los nervios o simplemente un descuido, pero cuando estaba a punto de alcanzar el último escalón, George tropezó y cayó con estrépito hasta el pie de la escalera.

Y casi al mismo tiempo, un enorme estruendo sacudió la sala de máquinas y la gravedad cambió su ángulo de atracción con brusquedad.

- ¡Me cago en la puta! – gritó George regresando con sus compañeros mientras se frotaba la cabeza con energía – Yo no he sido, lo juro.

- ¿Qué cojones está pasando? – preguntó Ron totalmente fuera de sí mientras trataba de recuperar la verticalidad.

- Han empezado el descenso – explicó Violet mirando su reloj de bolsillo.

- ¿Ya? – George observaba de nuevo a través del ojo de buey esperando aparecer miles de piratas atraídos por su juramento de hacía un momento.

- Debemos estar lo suficientemente cerca – Harry como el sudor se le enfriaba en la nuca – En marcha, se nos acaba el tiempo.

Nadie discutió. Harry echó a correr escaleras arriba seguido por Ron y con Violet y George cerrando la marcha.

No había nadie en el piso superior, al parecer dedicado en su mayoría a almacenamiento. Tampoco había nadie en el siguiente, en el que se encontraban todos los camarotes excepto el del capitán, que Harry recordaba se encontraba en el puente de popa, de dónde había visto salir a Salgari en la cueva de Arran.

- ¿Están todos en cubierta? – preguntó Ron tratando de no ahogarse con la carrera.

La respuesta les llegó en el piso inmediatamente inferior a ella, que al parecer servía como comedor y albergaba las cocinas y las duchas del Hécate. Alrededor de veinte piratas, todos con cara de pocos amigos y armados con revólveres, semiautomáticas y armas blancas de diversa índole, se vieron interrumpidos en mitad de sus tareas de limpieza de las zonas comunes.

- Joder… - fue lo único que alcanzó a decir Harry antes parapetarse tras una enorme mesa de madera para protegerse de la lluvia de balas.

Ron y Violet consiguieron esconderse tras una cámara frigorífica y George, que en el momento de empezar el tiroteo se encontraba en la retaguardia, se acercaba arrastrándose con los proyectiles silbando a pocos metros de él.

- Joder… - repitió Harry procurando relajar el ritmo de su respiración.

- ¡Harry! – gritó Ron desde su escondite – Tenemos que seguir.

- ¿Y cómo coño lo hacemos? – Harry se desembarazó de un pirata que había tratado de acercarse por la izquierda.

Los disparos cesaron casi al unísono y los siguieron una serie de chasquidos que les indicaron que los piratas estaban recargando sus armas.

- Tengo una idea – propuso George – Pero más os vale hacer lo que yo os diga - rebuscó en su chaqueta y sacó un pequeño frasquito del tamaño de un dedo que contenía un líquido negro como el carbón – Si queréis volver a saborear algo en vuestra vida, cerrad los ojos y tapaos con mucha fuerza la nariz.

- ¿George, qué…? – preguntó Violet, desconcertada como estaba.

- Polvo Peruano de oscuridad instantánea. Receta mejorada con un poco de ligustro. Irrita que da gusto. Mira, un pareado – sonrió el pelirrojo.

- ¿A quién pensabas venderle algo así? – preguntó Ron algo asustado.

- Es una muy buena pregunta, mis amigos de publicidad aún están trabajando en ello.

Una nueva andanada de proyectiles impactó contra sus cada vez más desechas protecciones.

- Se acabó la conversación – George se giró para apuntar hacia los hombres de Hellmouth – Corred en directos hacia la puerta – señaló una puerta de hierro idéntica a la que había en la sala de máquinas por cuyo ojo de buey se intuían las primeras luces del alba - y por lo que más queráis, no abráis los ojos.

Describiendo un arco casi perfecto, George lanzó el frasco que acabó hecho añicos a pocos metros de los piratas. Apenas unas milésimas de segundo después toda la habitación quedó inundada por un gas apestoso e infernalmente denso. Fue como si todas las luces se hubieran apagado. Es más, fue como si la luz nunca hubiera existido en aquella estancia.

Echaron a correr amparados en aquella repentina y urticante oscuridad. Los lamentos, las toses incontroladas y los gritos de dolor se escuchaban aquí y allá y, a ciegas como iban, no pudieron evitar tropezar con algunos piratas en su camino a cubierta.

La puerta apareció casi de improviso ante las manos de Harry, que agradeció no haberla encontrado con alguna otra parte de su cuerpo, como por ejemplo la nariz. Buscó a tientas el tirador y abrió sin pensarlo dos veces.

El aire fresco del amanecer lo acarició y Harry respiró hondo, agradeciendo a todas las divinidades que conocía el poder hacerlo.

Pero cuando abrió los ojos cayó en la cuenta de que el plan de George tenía una enorme laguna. Ahora se encontraban ante él el resto de la tripulación del Hécate, aproximadamente unos cuarenta piratas más, con cara de menos amigos y mucho mejor armados que sus compañeros del piso inferior.

Violet, Ron y George no tardaron en llegar a la misma conclusión.

- ¡Astro domo protego! – gritó Violet, que evitó con su pronta reacción que acabaran todos acribillados allí mismo.

Un enorme campo de fuerza semiesférico formado por miles de puntitos luminosos que salían de la punta de la varita de Violet los envolvió portegiéndolos de los ataques.

- No sé cuánto voy a aguantar. Harry, piensa algo – Violet tenía la frente perlada de sudor - ¡Ya!

Aunque estaba acostumbrado a trazar planes bajo presión y a toda velocidad, la situación presionaba demasiado y exigía una velocidad inhumana. Harry miró la puerta entreabierta del piso inferior y decidió que al menos tenía que intentarlo.

- George – el chico lo miró – Cuando yo diga, coge a Violet y a Ron volved abajo.

- Eso está lleno de piratas Harry – Violet sujetaba la varita como si esta fuese a salir despedida por los aires en cualquier momento.

- De piratas medio ciegos, no deberíais tener mucho problema para reducirlos.

- ¿Y tú qué piensas hacer? – preguntó Ron mirando de reojo a los piratas que caían fulminados por el hechizo protector de Violet en cuanto trataban de acercarse a ellos.

- Vosotros poneos a cubierto, yo me encargo de esto – el tono de Harry no admitía réplica.

- Pues no lo vas a hacer sólo – Ron se levantó y lo miró a los ojos. Harry asintió.

- Ah no, no pienso quedarme sin diversión – protestó George.

- Alguien tiene que proteger a Violet cuando finalice el hechizo – dijo Ron con una gravedad inusitada en su voz.

Su hermano estuvo a punto de contestar, pero se mordió la lengua. Se acercó a Violet por la espalda y resopló en señal de disconformidad.

- Por los viejos tiempos – dijo Ron mientras chocaban el dorso del puño cerrado a la altura del pecho.

- Muy bonito todo, pero creo que me voy a desmayar de un momento a otro – gritó Violet con un deje histérico.

- Está bien. A mi señal, George, agarra a Violet de la cintura y echa a correr escaleras abajo. Ron, levanta un escudo, no hace falta que sea tan denso como el de Violet, será sólo temporal, hasta que ellos estén a salvo ¿entendido? – Harry se giró hacia los piratas y miró con detenimiento entre la multitud para encontrar al que tenía el arma semiautomática.

Era el más peligroso, sin lugar a dudas. Sus ráfagas eran demasiado continuas y era muy probable que en los escasos instantes en los que se encontrasen sin protección, una bala pudiera alcanzarles. Sólo necesitaban unos segundos de seguridad.

El pirata, un hombre pelirrojo con media cabeza rapada y cara de cavernícola, agarraba su arma con ansia animal, como si apretándola más fuerte y gritando el cargador fuera a durarle más.

El problema de las armas automáticas, y más cuando son de mala calidad y están expuestas un clima agresivo como es el que hay en mitad del océano, tienden a encasquillarse. Y esa no iba a ser distinta a las demás.

Harry no escuchó el chasquido, pero lo imaginó en su cabeza cuando el pirata la agitó más de lo normal y la golpeó sin mucha delicadeza.

- ¡Ahora!

Como si hubieran estado preparándose toda la vida para aquel momento, la orquestación fue perfecta. George desapareció con Violet hacia el piso inferior y Ron realizó un nuevo hechizo protector al tiempo que Harry cerraba la pesada puerta no sin dificultad.

- ¿Y ahora? – Ron mantenía el tipo a duras penas mientras los piratas, que habían dejado de intentar alcanzarles a distancia y confiaban más en los filos de sus armas blancas, se acercaban peligrosamente.

Se escuchó una ráfaga cerca del palo mayor y Harry no necesitó mirar para saber que las sacudidas del pirata pelirrojo habían dado sus frutos, pero que lo habían hecho de manera repentina y se había llevado por delante un par de compañeros.

- Corre – le dijo el chico a Ron.

- ¿Cómo? – su amigo había perdido de golpe toda la solemnidad de los segundos anteriores.

- Simplemente corre. No hagas desaparecer el escudo, y corre. Ya me preocuparé yo de que no nos estorben.

Ron volvió a asentir, con mucha menos convicción que antes. Colocó los pies en posición y tragó saliva.

- Vamos – dijo. Y ambos echaron a correr contra los piratas, Ron con los ojos cerrados y Harry con los suyos abiertos por partida doble, para evitar sorpresas.

No les costó más de tres minutos alcanzar la escalera de subida al puente de mando. Por el camino Harry había conseguido desarmar y aturdir a prácticamente la mitad, pero seguían siendo una veintena contra ellos dos. Y ahora estaban entre la espada y la pared, porque al otro lado de la puerta, los esperaba Hellmouth. Había que despejar la retaguardia si querían salir vivos de allí.

Harry agarró a Ron de la muñeca y lo arrastró debajo de la escalera.

- Sólo un poco más – sonrió al pequeño de los Weasley – Deséame suerte.

- ¿Por? – Ron lo miraba como dudando de su salud mental.

- Porque la vamos a necesitar.

Y tras dejar a Ron totalmente descolocado, Harry se encaró a sus perseguidores que ya estaban a poco más de diez metros. El chico trató de calcular la potencia necesaria para eliminar el problema de un plumazo sin que el Hécate se partiera en dos.

- Que sea lo que tenga que ser – suspiró para acto seguido acuclillarse y, posando la punta de la varita en el suelo de cubierta, gritar - ¡SISMO HEX!

Una tremenda sacudida levantó las gruesas láminas de madera que formaban la cubierta del Hécate, haciéndolas ondular con una curva tan inverosímil como imparable. La fuerza del hechizo consiguió no sólo dispersar a la masa informe de piratas sudorosos y cabreados, sino que también destrozó la base del mástil de popa que hacía décadas que no se usaba y le enorme estructura se había llevado con su caída al mar algunos marineros y gran parte de la barandilla de estribor, y a punto estuvo de hacer lo propio con el barco al completo.

Harry trató de no sonreír. Pero no lo consiguió, aunque sólo se permitió unas centésimas de segundo para disfrutar, pues acto seguido se dirigió hacia Ron, que lo observaba ojiplático desde debajo de las escaleras.

- Tienes que enseñarme a hacer eso – le comentó a Harry mientras este se acercaba como una exhalación.

- Me lo apunto para cuando tengamos un momento libre – añadió el chico.

Una vez juntos de nuevo, ambos se acercaron a la enorme puerta del puente de mando con el mayor sigilo posible dadas las circunstancias.

Harry se apoyó a un lado de la puerta y acercó la oreja a la pared ayudándose de un hechizo de escucha para averiguar qué pasaba en el interior.

- ¿…antos hay? – decía Hellmouth.

- Weikath me dijo que había entre cuatro y cinco luces antes de bajar a la sala de máquinas – reconoció aquella voz como la de Grosskopf.

- Eso no significa que no pueda haber más. Y aunque sólo haya cuatro, se acaban de cepillar la mesana.

- ¿Quiere que salga, señor? – preguntó el germano con su habitual tono monocorde.

- No, quédate aquí. Me importa un mojón de rata lo que les pase a esa pandilla de descerebrados que Salgari tenía por tripulación. Lo único que espero es que esta cáscara de nuez con revestimiento metálico aguante. Ahora lo importante es llegar al Maelstrom. ¿Cuánto falta querido Marcus?

- En menos de una hora estaremos en posición para comenzar el descenso… Si no caemos al vacío antes, claro – añadió, aparentemente nada preocupado por su posible muerte.

- Señorita Weasley – Harry no había escuchado a Ginny, así que supuso que estaría amordazada o, si Hellmouth no había perdido ya la cabeza por completo, inconsciente – Su amigo el señor Potter es muy pesado ¿fue eso lo que la enamoró de él? – la risa de Hellmouth se le clavó en el pecho al chico – Sea como sea, amén de demasiado insistente para mi gusto, es un maleducado. ¿No le ha enseñado nadie que está muy feo escuchar conversaciones ajenas al otro lado de la puerta?

Por suerte para Harry, su cuerpo reaccionó antes de que lo hiciera su mente y se arrojó escaleras abajo agarrando a Ron de los vaqueros, que cayó con él. Un instante infinitamente pequeño después, una violenta deflagración dejaba un enorme círculo casi perfecto dónde antes habían estado la puerta y parte de las paredes del puesto de mando.

Grosskopf avanzó a paso lento por entre los restos incandescentes. Tras quitarles las varitas, los sujetó a ambos del cuello del abrigo y sin pestañear los arrastró hasta Hellmouth.

- No me toque más los cojones, se lo pido por favor amigo Potter – Hellmouth escupió la frase con todo el veneno que tenía – Se lo dejé bien claro en Arran ¿verdad? Sólo tenía que esperar y yo se la devolvería…

- Perdona si no me fío de tu palabra Hannibal – contestó Harry tratando de sonar sarcástico para disimular que la bola de partido volvía a ser para Hellmouth.

- Tan valiente como siempre – su voz estaba cargada de desprecio - ¿Sabe cuántos hombres valientes han intentado detenerme? – Harry no respondió – Yo se lo diré, ciento cuarenta y siete.

Dejó a Grosskopf al timón y se levantó la manga de la túnica y dejando a la vista un brazo con decenas de rallitas tatuadas.

- Una por cada uno de esos valientes, señor Potter – sonrió con gesto canino – Ya estoy un poco viejo pero, si todo sale bien, no me molestará añadir el centésimo cuadragésimo octavo.

Harry trató de mirarlo desafiante pero sus ojos se giraron hacia Ginny, aparentemente sana y salva, y con un gesto de alivio que le provocó un vuelco en el corazón.

- Podría haberlo matado ya varias veces ¿lo sabe, verdad? – Hellmouth continuó su monólogo – Pero no lo he hecho. ¿Por qué? Esa es una muy buena pregunta.

Se acercó al hombro de Grosskopf y miró por los ventanales del puente de mando. Las primeras luces del amanecer se acercaban tímidas por el este.

Definitivamente, ya no quedaba ni rastro del cuerpo de Devous. Hellmouth era poco más alto que Ron aunque no tanto como Grosskopf y para tener la edad que tenía, estaba en plena forma. Su piel morena y reseca se arrugaba en torno a sus músculos, dándole la imagen de un muerto aficionado a la halterofilia. Tenía la mandíbula cuadrada y una enorme nariz algo ganchuda, que servía de perfecto pilar para unas cejas níveas y muy pobladas. Llevaba el pelo sucio y enmarañado recogido en una suerte de rastas naturales.

A pesar de su aspecto fiero y desaliñado, Hellmouth no tenía barba, pero sí unas patillas hirsutas y muy largas. Parecía un simio venido a más, o un sabio venido a menos.

Pero en cualquier caso, lo que más destacaban eran sus ojos y su sonrisa. Unos ojos como cubiertos por escarcha y totalmente opacos que parecían guardar en su interior cosas que nadie debería ver. Y una sonrisa de dientes afilados demasiado blancos y demasiado poco humanos para ser naturales.

- ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué mató a Devous? Podía haberle ayudado a encontrar de nuevo el Maelstrom en lugar de tener que acabar sus investigaciones – Harry había hablado sin pensar. Pero, fascinado y aterrado como estaba con la nueva apariencia del pirata, las palabras le salían sin pedir permiso.

- Lo maté porque sabía demasiado. Y pensé que si alguien había conseguido atar cabos, no era improbable que otros, con peores intenciones, pudieran hacerlo.

- ¿Y Duplantier?

- ¿El capitán del barco? Vamos señor Potter, no puedo hacer las cosas a medias. Si mataba a uno el otro tenía que caer.

- Ya se ve el Maelstrom – gruñó Grosskopf.

En efecto, a lo lejos, las nubes se arremolinaban en una espiral de una manera en absoluto natural. Bajo ellas, en la superficie del mar, se intuían las enormes olas que creaban la barrera de entrada al Maelstrom.

- Perfecto – Hellmouth se pasó la lengua por sus dientes de tiburón.

- Aún hay algo que no comprendo Hannibal – llamar por su nombre de pila al capitán del Juggernaut era un intento nada fructífero de aparentar tranquilidad - ¿Por qué arrancar sólo unas cuantas hojas del diario de Devous y guardar el resto? ¿No era eso peligroso para su tapadera?

- Llámeme ingenuo señor Potter, pero creí que escondiéndolo en la maldita caja fuerte de Devous nadie lo encontraría. Como comprenderá, no esperaba que nadie recurriera al allanamiento de morada.

- ¿Pero por qué debía guardar esas hojas? – Harry aprovechó que la euforia se apoderaba de Hellmouth conforme se acercaban al Maelstrom para seguir sacándole información. No es que sirviera de mucho en aquel momento, pero algo tenía que hacer mientras Violet y George, que era imposible no se hubieran enterado de nada, acudiesen en su ayuda.

- Aunque no lo aparente, tengo más de ciento sesenta y nueve años. Y por mucho que la magia me haya ayudado a conservar joven mi cuerpo, cuando la memoria está llena de tantos momentos, empieza a fallar. Recordaba lo que me había contado Devous en Haití, pero no podía arriesgarme a que me hubiera mentido y necesitaba una relato coherente del viaje. Además, me ayudó mucho a conocer al difunto doctor.

Harry pensó de pronto en Julia, en lo que sentiría la chica cuando descubriese que su padre habría muerto hacía cuatro años y que durante ese tiempo era un completo desconocido, por no mencionar su faceta de sanguinario lobo de mar, había ocupado su sitio.

- En cinco minutos podremos comenzar la maniobra de descenso – comunicó Grosskopf, que llevaba desde hacía un rato con la vista fija en el Maelstrom.

- Bien, pues creo que aquí llega el final de todo, amigos – Hellmouth teatralizó la frase con tono de maestro de ceremonias – Es una verdadera pena que tenga que matarle señor Potter.

Ginny abrió mucho los ojos y gritó tras la mordaza cuando Grosskopf, que había fijado el rumbo del timón, sacaba del cinturón una pistola y la cargaba. Ron trató de moverse también pero Hellmouth lo retuvo con un golpe de varita.

Harry no podía moverse. La charlatanería de Hellmouth lo había tranquilizado, pero ahora, con Grosskopf acercando el cañón de la pistola a su frente, todo era mucho más real. Y mucho más terrorífico.

- Lo haría yo mismo encantado, pero no me encuentro al cien por cien y usted suele tener algún as escondido en la manga, de manera que Marcus se encargará – Grosskopf no movía un músculo – No se preocupe, la bala le atravesará el cerebro de palmo a palmo. Será rápido y no tendrá tiempo a sentir dolor. Además, si se comporta como un hombre, puede que me plantee no matar al resto de sus amigos.

Harry sentía los ojos de Ron clavados en el rostro, pero no se atrevía a mirarlo. Ginny sollozaba y forcejeaba sin conseguir nada.

El chico inspiró hondo y levantó la cabeza para encarar la pistola de Grosskopf.

- Así me gusta. Le propondría unas últimas palabras, pero no quiero sorpresas – el chasquido de la pistola al cargar sonó a escasos centímetros de los ojos de Harry – Siéntase orgulloso señor Potter – continúo Hellmouth – De los ciento cuarenta y ocho valientes que han tratado de detenerme, usted ha sido sin lugar a dudas, el que mejor me ha dado por el culo. Su marca será la más larga, eso se lo aseguro.

Harry sintió el frío tacto del acero del cañón en la frente y cerró los ojos.

Escuchó a Ginny ahogar un grito y a Ron tratando de convencer a Hellmouth.

- Adiós señor Potter – saboreó Hellmouth.

Dicen que cuando estás a punto de morir tu vida entera pasa por delante de tus ojos. Que piensas en tus seres queridos, en todo lo que has hecho, lo que podrías haber hecho y lo que no has tenido tiempo de hacer. Que reflexionas sobre lo rápido que pasan los años y, que aunque no lo quieras, hay una pequeña voz en tu interior que súplica por un poco más de tiempo.

Pero Harry solo tuvo tiempo de pensar "adiós" antes de que Grosskopf apretase el gatillo.

El mundo entero retumbó dentro de su cabeza y el silencio se hizo omnipresente. En aquella oscuridad Harry sintió como algo lo arrastraba. Probablemente esa era la sensación que se tenía al morir, la de caer sin remedio. Era casi como si de pronto el Hécate hubiera volcado…

Harry abrió los ojos de repente y se encontró apoyado contra lo que Hellmouth había dejado de pared en el puente de mando. Ron forcejeaba con Grosskopf, Hellmouth trataba con dificultad de mantenerse recto y Ginny estaba de bruces contra el suelo. No estaba seguro de lo que había pasado, pero tenía varias cosas claras. La primera es que Grosskopf había fallado el tiro. La segunda es que, a juzgar por el incesante zumbido de sus tímpanos, había fallado por muy poco. Y la tercera es que el Hécate ya no volaba, sino que giraba sobre sí mismo en dirección al mar.

Un derechazo directo al pómulo izquierdo hizo que Grooskopf cayera al suelo todo lo largo que era, que Ron perdiera el equilibrio y pasara junto a Harry intentando agarrarse a algo, y que Hellmouth entrara en pánico.

El pirata hizo estallar la cristalera y agarró a Ginny por la cintura. Ella trató de resistirse pero la inclinación del suelo le impidió ejercer más fuerza.

- Como dije antes – exhaló Hellmouth visiblemente cansado – Adiós señor Potter.

Y saltó.

Ron gritó desde las escaleras, dónde finalmente había conseguido sujetarse ante el vaivén del barco.

Aún conmocionado como estaba, Harry obligó a todos los músculos de su cuerpo a moverse y, sin dudarlo un segundo, saltó tras Hellmouth mientras rebuscaba en su chaqueta.

El tiempo pareció detenerse cuando la gravedad en todo su esplendor lo empujó hacia abajo. Harry se palpaba frenéticamente los bolsillos de la chaqueta buscando algo. Y finalmente lo encontró. A duras penas y a pesar de estar a punto de perder la varita, consiguió apuntar a su escoba encogida y gritar "¡Engorgio!" haciendo que esta recuperara su tamaño original y evitando el amerizaje por apenas unas décimas de segundo.

El latigazo en las cervicales le hizo llorar de dolor. Buscó a Ginny con la mirada entre las olas, pero no lo encontró.

- ¡Ginny! – gritó a pleno pulmón - ¡Ginny! – nada - ¡GINNY!

La respuesta no vino del mar, sino de unos cuantos metros por encima de su cabeza.

Hellmouth planeaba como si fuera un pájaro que va directo a su presa, en dirección al Maelstrom. Ginny gritaba desesperada con la mordaza a medio quitar.

- Hijo de puta, no me acordaba de eso – Harry pensó en Salgari y su ballena flotante.

Levantó el vuelo con la intención de interceptarlo antes de que se adentrara en el Maelstrom, pero Hellmouth había saltado del Hécate mucho más cerca de su objetivo que Harry, al que los giros del barco pirata habían dejado en dirección contraria.

A pesar de ello, la escoba era más rápida y lo alcanzó apenas doscientos metros después de haber rebasado la circunferencia del gigantesco remolino.

Hellmouth lo vio por el rabillo del ojo y trató de esquivarlo un par de veces, pero pronto comprendió que no tenía nada que hacer contra la habilidad de Harry sobre la escoba. Aunque en realidad si que podía hacer una cosa…

Harry estuvo a punto de morir infartado cuando Hellmouth paró en seco y, mientras flotaba en el aire, lanzó a Ginny con todas sus fuerzas hacia el fondo del Maelstrom.

Ignorando la sonrisa de autosuficiencia del pirata, el chico se dejó caer en picado. Ginny debía haberse quedado sin voz, porque Harry estaba seguro de que de ser él el que estuviera en aquella situación, estaría gritando como un poseso.

El suelo se acercaba peligrosamente y aún lo separaban unos metros de ella. "No voy a llegar" pensó Harry, "después de todo esto, no voy a llegar". Sólo quedaba jugársela con un encantamiento amortiguador, aunque a aquella velocidad su eficacia era cuanto menos discutible.

Pero había que intentarlo. Consiguió agarrar a Ginny por el tobillo con la mano derecha a apenas diez metros del suelo, mientras que con la izquierda realizaba un aspaviento con la varita.

- ¡Espongificación!

El choque no fue mortal, pero Harry casi lo habría preferido. Sintió como su brazo izquierdo se partía por dos sitios distintos y como una de las costillas se le hundía peligrosamente entre las vísceras.

Se levantó del suelo cubierto de aquel lodo espeso que cubría el Cementerio de Barcos. Le dolía cada centímetro del cuerpo, pero sus males se hicieron más pequeños cuando encontró a Ginny a pocos pasos.

- ¿Estás bien? – preguntó a la chica cuando le quitó la mordaza.

- Sí, pero creo que tengo rota una rodilla – contestó ella con la voz tomada – Aunque tiene mejor pinta que tu brazo.

- La defensa de los Chudley Cannons tiene mejor pinta que mi brazo – comentó Harry. Ginny rió. Y el dolor desapareció un poco – Vamos, nos largamos de aquí.

- ¿Y Hellmouth? – preguntó Ginny mientras Harry trataba en vano de desatar las ataduras que Ginny tenía en las muñecas.

- Que le den, no pienso ir a buscarlo – Harry seguía peleándose con el nudo. Era muy difícil con sólo una mano, pues la utilizar la izquierda le provocaba un dolor en el brazo que no podía soportar – Nada, no puedo. Intentaré deshacerlo con mi…

- ¿Busca esto señor Potter? – Hannibal Hellmouth jadeaba a su espalda, con una respiración ronca y algo irregular.

Harry suspiró. En cualquier otro momento aquellas palabras lo habrían petrificado. Pero tras la enésima, sólo quedaba la resignación.

Hellmouth pasó a su lado y levantó a Ginny, que intentó en vano revolverse. La colocó de espaldas contra su pecho y le agarró la cara con la mano izquierda. En la derecha llevaba la varita de Harry.

El chico mantenía la cabeza agachada esperando las lapidarias palabras que seguro Hellmouth estaba a punto de pronunciar.

Pero en lugar de eso notó como el pirata le lanzaba algo junto a la mano. Su varita.

Harry miró a Hellmouth totalmente descolocado.

- Tiene usted una puta flor en el culo señor Potter – Hellmouth necesitaba las dos manos para sujetar a una Ginny mucho más activa que antes y que, a pesar de estar apoyada sólo en la pierna que no se había lastimado, se revolvía sin parar – Podría mandar a todos los habitantes del planeta que lo mataran y usted seguiría vivo. Pero yo quiero que muera. Así que sólo queda una opción…

Harry no le veía la cara, pero estaba seguro que la sonrisa canina le había vuelto a los labios. Sí, quedaba una opción.

- Vamos señor Potter, no me diga que no sabe la manera de suicidarse – comentó el capitán del Juggernaut con sorna – Seguro que a los aurores os enseñan algún método rápido en la academia.

Hellmouth tenía toda la razón. Durante el último curso de estudios, antes de comenzar con el entrenamiento, todos los aurores debían aprender el encantamiento Autanatos. Únicamente había que recitar dos frases, ni siquiera en voz alta, y ni siquiera bien, y tener la determinación de quitarse la vida. Tu propia varita hacia el trabajo sucio.

Ginny se había quedado muy quieta.

- Harry, no estarás pensando… - la chica hizo amago de acercarse pero Hellmouth la sujetó aún más fuerte - ¿Por qué ibas a hacerlo?

- Pues porque, y créame cuando digo que empiezo a aburrirme de decir esto, si no lo hace, no tendré más remedio que matarla a usted señorita Weasley.

- ¿Cómo, Hellmouth? No tienes varita y ya te está costando sujetarme, no podrías…

- ¿Quiere apostar? – los ojos de Hellmouth brillaron con malicia.

- Pondría mi mano en el fuego – Ginny había estado demasiado tiempo callada y asustada y ahora se estaba desquitando a base de fanfarronería.

- No debería hablar tan a la ligera, aunque tiene algo de razón – que Hellmouth le diera la razón hizo que la chica perdiera la media sonrisa que le había aparecido en la cara - Sin varita y en mi estado no creo que pudiera matar a una mujer adulta. Pero si que podría con algo más pequeño…

Hellmouth cambió de posición sus manos, no sin dificultad, agarrando a Ginny por el cuello con la derecha y dirigiendo la izquierda a su vientre. El miedo volvió a instalarse en el pecho de Harry.

- ¿Qué..? – preguntó Ginny desorientada.

- No se haga la tonta señorita Weasley.

- No sé de qué estás hablando – Harry tampoco, pero empezaba a imaginárselo.

- Comprendo que le pueda importar un carajo su propia seguridad – Hellmouth esbozó una sonrisa macabra - Pero no creo que diga mucho de usted arriesgar la vida de su bebé – y acompañó las últimas palabras con una caricia que pretendía ser paternal sobre el vientre de Ginny.

Harry sintió como todo lo que tenía por debajo del cuello se desparramaba por el suelo, y no tenía nada que ver con el golpe de antes. Ginny parecía igual de sorprendida que él, pues había dejado de intentar forcejear con Hellmouth y simplemente abría y cerraba la boca totalmente confundida.

Era imposible que aquella reacción pasase desapercibida.

- ¿Debo entender que no sabían nada? – preguntó Hellmouth con una carcajada escondida en la garganta – Vaya. Siento haberles fastidiado la sorpresa, pero esta habilidad mía para sentir esencias mágicas, aunque algo perjudicada, puede funcionar hasta con seres tan pequeños como la criatura que se desarrolla en su útero – acarició una vez más el ombligo de Ginny, que trató de huir de la mano del pirata como si estuviera envenenada.

- Es un farol – consiguió decir la chica tras recuperarse de la impresión.

- ¿Es un farol señorita Weasley? ¿Pondría ahora la mano en el fuego? – Hellmouth los tenía cogidos por el pescuezo. A Ginny, de hecho, literalmente.

Ginny no contestó y a Harry le bastó para saber que las posibilidades eran lo suficientemente razonables como para no arriesgarse.

"Voy a ser padre" pensó Harry. "O no" contestó otra voz en otro lado de su cabeza. "¿Cómo que no?" una nueva voz se añadió a la conversación. "¿Quién ha dicho que sea tuyo?" contestó la segunda. "Pero yo pensaba…" la tercera voz parecía desilusionada. "Pues no pienses tanto." Concluyó la segunda voz. "Además" añadió el propio Harry "lo que está claro es que es Ginny será su madre y no me va a querer tener a mí como padre".

Se sentía mareado y totalmente fuera de lugar. "No es momento de pensar en eso, ahora tenemos que salir de aquí" por fin una voz que decía algo de provecho. Y era sospechosamente parecida a la de Hermione.

- ¿Piensa matarse hoy señor Potter? – rió Hellmouth para disimular su impaciencia.

Harry se incorporó y miró a Ginny. Después a Hellmouth. Y después la varita.

- No seas imbécil Harry, esto no cambia las cosas – Ginny parecía genuinamente preocupada por lo que el chico fuese a hacer – Sólo tienes que apuntar bien…

- Claro que sí, señor Potter – Hellmouth parecía algo más recuperado ahora que estaban en el Malestrom y la magia les inundaba los pulmones – Juguemos a ver quién es más rápido. Si usted lanzándome un hechizo o yo utilizando a su amiga como escudo y matándola después. ¿Le apetece?

Harry se acercó la varita a la sien sin decir una sola palabra.

- Despídeme de todos Ginny – dijo el muchacho con los ojos cerrados – Y por lo que más quieras, no le des la satisfacción de llorar.

Hellmouth contemplaba la escena con una fascinación morbosa y una euforia contenida que no recordaba haber sentido en su vida.

- Autanatos – mumuró Harry. Y un enorme fogonazo le envolvió la cabeza.

Hellmouth gritó exaltado relajando todo los músculos presa de la satisfacción. Y acto seguido recibió un codazo en la garganta.

Apenas tuvo tiempo de ver como Ginny giraba sobre sí misma y le propinaba una patada en la cadera haciéndole tambalearse y caer al suelo fangoso.

- Pequeña zorra – dijo Hellmouth escupiendo – Te voy a…

Pero no pudo decir una palabra más, porque Harry se encargó de enmudecerlo e inmovilizarlo con sendos hechizos.

- El problema del hechizo de suicidio, Hannibal – Harry vio su reflejo en los escarchados ojos del pirata – Es que si de verdad no quieres matarte, es muy espectacular, pero no hace absolutamente nada – y concluyó la frase con una pequeña patada en el estómago del capitán del Juggernaut.

Ginny se dejó caer en el suelo, totalmente agotada, mientras Harry buscaba ayudado por su varita los trozos de su maltrecha escoba y trataba de arreglarla.

- ¿Puedes volar? No podemos subir los tres en la misma escoba – le preguntó a la chica cuando consiguió algo parecido a una escoba – Necesito que subas a buscar a los demás. Lo haría yo, pero no creo que te apetezca volver a quedarte a solas con él. Además, para manejar esto – Harry señaló el montón de astillas conglomeradas que sujetaba en la mano derecha – hace falta una pericia que no he practicado en los últimos años.

Ginny sonrió halagada.

- ¿Por qué no lo dejamos aquí? – preguntó conteniendo una mueca de dolor al pasar la pierna por encima del mango de la escoba.

- Se lo prometí a Bunchan.

Harry estaba seguro de que Ginny no tenía ni idea de quién era Bunchan, pero aún así no protestó.

- Ten cuidado – dijo ella antes de elevarse entre los enormes muros líquidos del Maelstrom.

Cuando Ginny apareció por fin acompañada por Violet, Ron y Luna, el sol ya comenzaba a calentar sobre sus cabezas. Harry tenía una sed horrible y hacía rato que no sentía nada en el brazo izquierdo. Hellmouth no había dado problemas, tumbado como estaba sin poder mover un músculo y con la boca cerrada. Aunque Harry sentía sus ojos neblinosos clavados a cada paso.

- ¿Estáis todos bien? – preguntó Harry cuando sus amigos estuvieron a pocos metros.

- Todos perfectamente, aunque George casi nos mata – apuntó Violet. Después le explicó que el gemelo había sido el causante de la explosión en el ala del Hécate.

- Por suerte nos encontrábamos bastante cerca cuando el barco llegó al agua – continuó Luna mientras le examinaba el brazo a Harry.

- Hemos conseguido coger a casi todos los chicos de Salgari, pero no encontramos a Grosskopf – Ron miró a Harry con cara de preocupación - ¿Tú cómo estás?

- Como una rosa – contestó Harry. El tono sarcástico quedó ahogado por un quejido que le provocó el dolor en las costillas.

- Ron, ata a Hellmouth a mi escoba y vámonos de aquí. Este sitio me pone nerviosa – Violet miraba a todos lados, como esperando una emboscada.

- Ni hablar – contestó Harry – Yo voy con Hellmouth.

- Ya, claro – Ron obedeció a Violet y se volvió a su amigo – ¿Y cómo piensas llevar la escoba? ¿Con los dientes? Tú vienes conmigo, colega.

Harry bufó. Tenían razón. Pero no le hacía ni pizca de gracia perder a Hellmouth de vista.

- Está bien, pero volamos cerca de Violet. No quiero quitarle el ojo de encima.

Cuando estuvieron repartidos (Luna era ahora la que pilotaba la escoba que compartía con Ginny) emprendieron el camino al Charybdis.

Poco más de media hora después, sobrevolaban los alrededores del Maelstrom. Ahora que no temía por su vida, Harry reconoció que era realmente bello: miles de millones de litros de agua oceánica girando con una sincronía casi perfecta, creando un cono cuyo vértice encerraba el mismísimo lecho marino. Y ahora, con la luz del sol reflejándose en las crestas de espuma y las escamas de los peces que nadaban en sus aguas, la majestuosidad de aquel titánico anillo de diamantes escondido en la inmensidad azul oscura del océano era sobrecogedora.

Harry se obligó a dejar de mirar embobado el Maelstrom para prestarle atención a Hellmouth, que seguía inmóvil y cayado a pocos metros, atado en la escoba de Violet.

Volaban ahora sobre los restos del Hécate, casi completamente hundido a excepción de una pequeña parte del caso, la popa, que se mantenía a flote a duras penas.

El Charybdis esperaba a una distancia prudencial del Maelstrom para evitar ser arrastrado y eran George y Hermione los que se encargaban de seguir sacando hombres del agua utilizando otras dos escobas.

- Acércate un poco más – le dijo a Ron alzando la voz para que el pelirrojo lo escuchase.

Hellmouth seguía sin moverse, pero a Harry no le daba buena espina su expresión. El hechizo de silencio le impedía abrir la boca, pero su simple mirada le hacía sentir escalofríos. El rato que habían pasado en el Maelstrom le había devuelto las fuerzas, pero ahora se estaban alejando, de manera que Harry esperaba que cuando lo dejara con Bunchan estuviese algo más débil.

Harry no tenía muy claro qué es lo que el capitán del Charybdis le tenía reservado a Hellmouth, pero tampoco le importaba. Fuera lo que fuera, probablemente sería poco comparado con lo que se merecía.

- Ron – gritó Violet – Inciamos el descenso, avisa a Luna.

El chico viró hacia la derecha para acercarse a la escoba en la que montaba su hermana. Harry apartó un segundo la vista de Hellmouth para agarrarse mejor a Ron durante el viraje.

Fue lo único que necesitó el pirata para lanzarse sobre él. Harry sólo alcanzó a sentir una pequeña explosión magenta por el rabillo del ojo. Hellmouth lo derribó de la escoba de Ron y ambos cayeron al mar.

La caída fue rápida y Harry no pudo concentrase en nada más que los dedos de Hellmouth presionándole la garganta antes de que el agua helada lo recibiera con un doloroso abrazo.

Se hundían poco a poco en el profundo azul oscuro del océano. Harry intentó forcejear pero Hellmouth estaba utilizando sus últimos instantes para intentar matarlo. El aire ya no le llegaba a los pulmones y la luz del sol se hacía cada vez más lejana. Una niebla espesa le subió desde el pecho hasta los ojos y los miembros se le entumecieron, abandonándole a su suerte.

La oscuridad lo rodeó con sus fauces y se lo tragó.

Bueno, pues un poco más tarde de lo previsto, pero ya estoy aquí otra vez. Penúltimo capítulo y fin de toda la acción propiamente dicha. Tengo el último a medio escribir así que espero publicarlo antes del tercer aniversario.

No hay mucho más que comentar, sólo que los reviews aún a estas alturas se agradecen y se pagan. Bueno, esto último no, pero estoy trabajando en ello.

Cuidaos mucho gentuza.