Disclaimer: No lo diré más, ninguno de los personajes (salvo Joe, Violet, Fontana, Harrington, Bunchan, Salgari, Hellmouth, Grosskopf, Weikath, Michelle, Diego, Julia y unos cuantos más) me pertenece.

Advertencia: Ladies and gentlemen, esto se acaba…

23. Una respuesta

Todo era oscuro, muy oscuro. Un desagradable zumbido se le había instalado en la parte baja del cráneo y le dolía la garganta como si hubiera bebido fuego. Le escocían los ojos y un ligero vaivén le provocaba náuseas continuas y muy desagradables. Le costaba respirar y cada vez que lo hacía un dolor sordo le invadía el lado izquierdo del pecho. Intentó moverse un poco.

- ¿Harry?

La voz de Hermione le llegó muy cercana, pero le costaba ubicarla. Quiso contestar algo coherente pero sólo consiguió que un sonido gutural le reptase desde las cuerdas vocales.

- No intentes hablar – le dijo su amiga – Ese animal de Hellmouth casi te desgarra la tráquea con los dedos. En unas horas podrás hablar, la poción cicatrizante debe estar haciéndote efecto.

La imagen de las manos de Hellmouth alrededor de su cuello apareció en su cabeza como un recuerdo más vívido de lo que jamás habría deseado y se estremeció un poco. Todo lo sucedido antes de la caída le parecía ahora muy lejano, como si hubieran pasado años.

Harry podía verla, pues seguía con los ojos cerrados. Intentó abrirlos un poco y se alivió al comprobar que la luminosidad de la estancia era tenue y no le molestaba. Hermione estaba sentada a su lado, con una sonrisa cansada. El chico trató de devolverle la sonrisa pero le dolía cada músculo del cuerpo.

- ¿Quieres tu varita? – Harry asintió escuchando su cuello crujir como una hormigonera – Así podremos comunicarnos.

La chica le acercó la varita a la mano y él la acarició, sintiendo esa apenas perceptible pero inconfundible chispa que saltaba cuando posaba los dedos en la madera.

- Fue casi un milagro que la recuperásemos – continuó Hermione – La encontramos flotando a la deriva a sólo unos pocos metros, sobresaliendo entre la espuma. Parecía que se resistía a hundirse…

Harry esbozó una sonrisa aunque se arrepintió casi al segundo cuando un pinchazo muscular le taladró la mejilla izquierda.

Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, apretó la varita y recitó mentalmente el encantamiento de escritura holográfica. Las palabras, cuyas letras estaban formadas por volutas de un humo rojizo, se ordenaron en el aire para formar una frase.

"¿Dónde estamos?" la caligrafía de Harry, que ya era complicada de entender sobre un papel, fluctuaba en suspensión sobre los pies de la cama. Hermione entrecerró los ojos.

- En el Charybdis, a unas catorce horas de alcanzar tierra. Llevas inconsciente desde hace poco más de seis – contestó ella – Cuando Ginny te sacó del agua no respirabas. Nos asustamos mucho.

"¿Ginny?" Harry estaba sorprendido. No porque hubiera sido ella, sino porque era probablemente la que más lejos se encontraba de su posición en el momento de la caída.

- Sí, fue la primera en darse cuenta de lo que había sucedido. Luna descendió y ella saltó para librarte de Hellmouth. Cuando os alcanzó, te tenía agarrado por la garganta y ya no respondías. Ginny lo aturdió y te subió a la superficie. Violet llegó en ese momento y consiguió reanimarte.

"¿Y Ginny está bien?"

- Tiene una ligera hipotermia – Harry no recordaba mucho del tiempo que había pasado antes de desmayarse, pero desde luego que en aquellas aguas no se podía coger una "ligera" hipotermia – Pero está bien. El médico de a bordo la está examinando.

El chico cerró los ojos y respiró profundamente. Parecía que el dolor remitía, pero el cansancio no lo abandonaba.

"¿Hellmouth?"

- En el fondo del mar. O al menos eso esperamos todos – el susurro de Hermione tenía un leve tono de infinito desprecio – Bueno, creo que ya sabes lo suficiente para seguir durmiendo.

Aunque tenía muchas más preguntas, ella tenía razón. Necesitaba descansar. Habían sido unos meses de auténtica locura, en especial los últimos días. Ahora todo parecía estar en su sitio.

- Si no te despiertas antes, vendremos a avisarte cuando estemos cerca del puerto, para que puedas prepararte.

Hermione apagó la lamparita que iluminaba la estancia y cerró la puerta, dejando a Harry a solas con sus pensamientos. Pero la conversación con su yo interior no duró mucho pues en apenas unos minutos se encontraba de nuevo en brazos de Morfeo.

La noche se cerraba sobre el puerto de Aberdeen cuando el Charybdis avistó tierra.

Harry llevaba ya unas cuantas horas despierto, pero había decidido, a pesar de que las heridas se le habían curado casi por complete y que el malestar corporal era ahora apenas una sensación molesta, darle una oportunidad a su, por otra parte incomodísima, cama en los camarotes del barco y simplemente dejar pasar el tiempo.

En el puerto los recibieron varios sanadores de San Mungo. Venían, en un principio, para llevarse a Ginny, a Joe y a Harry. Los sanadores hicieron caso omiso a las protestas de los dos primeros pero respetaron la decisión de Harry de no necesitar más atención médica que la de su colchón en Grimmauld Place. Luna y el médico del Charybdis, que se habían ocupado del tratamiento de ambos durante el viaje, los acompañaron.

Acompañando a los sanadores se encontraban Diego y Seymour Harrington, el jefe de la división de aurores. El muchacho saludó algo cohibido a sus amigos cuando estos bajaron por la pasarela.

- No tengo muy claro por dónde empezar con todo esto – Harrington alternaba miradas furibundas entre Harry y Violet – Pero creo que ahora no es el momento más apropiado. Mañana la quiero en mi despacho a primera hora señorita Fiennes. Usted puede tomarse unos días más de descanso Potter, pero tenga por seguro que tendrá que explicarme todo lo que no le ha salido de los cojones explicarme desde que regresaron del primer viaje.

Ambos asintieron algo azorados.

- Y ahora si me disculpan, tengo que hablar con el señor Bunchan.

Harrington subió al Charybdis a paso ligero.

- Os va a caer un rapapolvo de campeonato – aseguró Diego – Se alegra de que sigáis con vida, pero se ha pillado un rebote…

- Normal – Violet parecía realmente afectada por las palabras de su jefe. A Harry le daban un poco igual, sabía que Harrington era perro ladrador – Me voy a casa, necesito una ducha caliente y un sueño reparador – se despidió la chica.

Diego hizo lo propio sólo un par de minutos después.

- Voy a la mansión Devous con Julia. Mañana está citada a declarar en la división – se excusó el chico – Nos veremos por la oficina Harry.

- Yo también debería irme – dijo George – Angelina estará preguntándose dónde coño me he metido.

- ¿No sabe nada? – Hermione lo miró asombrada.

- Claro. "Cariño, me voy en misión suicida a rescatar a mi hermana de las garras de un pirata sanguinario que inexplicablemente lleva burlando a la muerte más de cien años" – el gemelo enarcó una ceja – No me jodas cuñada, no me jodas.

Hermione no supo que contestar y simplemente dejó que George la besase en la mejilla y se marchara.

- Pues creo que yo también… - comenzó Harry.

- Ah no, ni hablar – le cortó Ron – Tú esta noche duermes con nosotros en casa.

- Pero si estoy bien – se defendió Harry. Odiaba que lo trataran como a un niño – Kreacher puede cuidar de mí.

- Me dejas mucho más tranquila – respondió Hermione con una ironía que se avistaba a kilómetros – Te vienes con nosotros. Y ni una palabra más.

Obedeció a regañadientes básicamente porque no se sentía con fuerzas para discutir y porque aunque lo hubiera intentado, sabía que no podía hacer nada contra la determinación de Hermione, y menos si Ron la apoyaba.

- Está bien, pero esperad un momento. Quiero hablar con Bunchan.

Harry se cruzó con Harrington en la pasarela y el jefe de la división de aurores le lanzó una mirada indescifrable que a Harry le provocó un leve escalofrío.

Bunchan estaba en el comedor del Charybdis donde los pocos supervivientes de la tripulación de Salgari aguardaban maniatados la llegada de los Guardacostas de la IAMSS.

- ¿Capitán? – Harry aguardó a que Bunchan terminase de dar algunas órdenes a sus hombres.

- ¿Sucede algo señor Potter? – el capitán frunció el ceño.

- Nada, simplemente quería darle las gracias por habernos ayudado – Harry le tendió la mano y el hombre la estrechó – Y siento que no haya podido hacer justicia con Hellmouth.

- No se preocupe por eso. Fue el mar, al que tan poco respeto tenía, el que terminó con su vida. Con eso me basta – su expresión mortalmente seria asustó un poco a Harry.

- Si puedo hacer algo por usted…

- No creo que pueda hacer nada que me sea de utilidad señor Potter. Pero le agradezco el gesto – Bunchan intentó sonreír, pero se le notaba la falta de práctica.

El chico sí que contestó con una sonrisa y se dispuso a marcharse.

- Aunque… - Harry se volvió – Puede que sí que haya algo que pueda hacer por mí.

- Dígame – ahora Bunchan sí que sonreía más abiertamente y a Harry le daba mala espina lo que pudiera pedirle.

- La próxima vez que su división necesite un transporte marítimo – dijo Bunchan – Haga lo posible porque nadie recuerde que tengo un barco.

Harry soltó una carcajada y Bunchan lo acompañó con una profunda y raspada. Volvieron a estrecharse la mano y Harry regresó al puerto.

En Colchester le aguardaba la sencilla pero acogedora habitación de invitados de la casa de Ron y Hermione. A pesar de que había estado durmiendo casi todo el día, cayó rendido sobre la cama sin ni siquiera quitarse la ropa.

Así despertó a la mañana siguiente, algo desorientado por no reconocer dónde se encontraba. La luz del sol bañaba la estancia con una intensidad que indicaba que se acercaba el mediodía. Bajó a la cocina donde Hermione se servía un poco de té y Ron devoraba con nula delicadeza un bol de cereales.

- Buenos días marmota – saludó Hermione.

- ¿Qué hora es? – preguntó el chico colocando el puño sobre su boca para disimular un bostezo.

- Las once – Ron tragó con dificultad.

- ¿Lleváis mucho rato levantados? – Harry buscó en la nevera (uno de los pocos electrodomésticos muggles que había en la casa) algo para desayunar.

- Un par de horas – el pelirrojo daba cuenta ahora de unos huevos fritos con bacon.

- ¿Y desayunáis ahora? – se sirvió un vaso de zumo.

- Sí, teníamos algunas cosas que hacer antes – Ron le lanzó a Hermione una sonrisa seductora y la chica se sonrojó un poquito y soltó una risita nerviosa.

- Vale, vale, demasiada información – Harry se bebió el vaso de un trago y se sirvió otro. Le resultaba curioso pensar que después de haber pasado rodeado de agua el día anterior, y de casi morir en ella, tuviera aquella horrible sed.

- Ron – Hermione se recompuso un poco – Deberías ir al hospital antes de que se haga la hora de comer.

- Cierto – el chico dio los últimos bocados a su ingente desayuno y se levantó de la mesa.

- ¿Vas a ver a tu hermana? – Harry notó que su voz había sonado demasiado ansiosa.

- Sí – Ron sonrió - ¿Quieres acompañarme? Además, puedes pasar a ver a Joe.

Harry agradeció que Ron nombrara a su compañero auror para justificar aún más la visita.

- Perfecto – ahora las palabras sonaron con algo más de aplomo – Me ducho y nos vamos.

En menos de media hora estuvieron en la puerta principal de San Mungo. Su fachada desvencijada anunciaba ofertas en el precio de la fruta y dos por uno en camisetas de algodón. Cuando cruzaron el umbral del hechizo antimuggles los recibió la amplia y albugínea recepción. Sentada tras una enorme pila de papeles de colores una bruja menuda y muy guapa con una enorme sonrisa llena de dientes casi tan blancos como las paredes garabateaba con la varita en un formulario.

- Buenos días – los saludó con voz cantarina - ¿A quién buscan?

- Ginevra Weasley, por favor – el montón de papeles era tan que alcanzaban casi la estatura de Ron.

- Un momento por favor – la chica murmuró un hechizo y uno de los documentos abandonó aquella torre de pergaminos provocando un leve tambaleo.

- Aquí está – la sonrisa se mantenía inamovible incluso cuando hablaba – Cuarto piso, habitación 1610.

- Muchas gracias – Harry iba a marcharse cuando recordó a Joe – Ah, y también buscamos a Joseph Carrick…

La muchacha estaba a punto de buscar el papel cuando Harry escuchó como Joe lo llamaba desde la otra punta de la sala.

- ¡Potter! – Joe caminaba con dificultad apoyado en unas muletas – Chico, que sorpresa. No sabía que vendrías a verme.

Harry se sintió un poco mal porque lo de Joe era más una excusa que una realidad. Y peor se sintió cuando al mirar hacia abajo, se percató de que su pierna izquierda presentaba un brillo cobrizo.

- Joder, te han tenido que…

- Sí – no le dejó terminar la frase – Pero me han puesto esta cosa. Aún no estoy acostumbrado pero dicen que en un par de semanas lo tendré dominado y que en un mes ni siquiera recordaré que no es mía.

- Lo siento mucho Joe – notaba la boca seca – De verdad que lo siento.

- Yo sabía que este trabajo acabaría llevándose una parte de mí – bromeó Joe con su sonrisa socarrona habitual, aunque esta vez con un deje de amargura – Pero nunca pensé que sería tan pronto. Y menos que sería una pierna.

- ¿Ha venido Violet? – Harry necesitaba cambiar de tema. Joe gruñó.

- No – la sonrisa le desapareció por completo – Debe estar demasiado ocupada con Hal como para venir a verme. Menos mal que tu eres un buen compañero Potter.

Harry decidió que no podía aguantar más que Joe lo pusiera de ejemplo y se despidió de él cortésmente. El Ravenclaw se marchó cojeando con su pierna metálica y dedicándole a la chica de recepción un piropo poco discreto. Era como una versión jovial de Ojoloco Moody.

Ron se había adelantado mientras él hablaba con Joe, de manera que la subida por las escaleras hasta el cuarto piso (los ascensores estaban reservados para los pacientes y el personal del hospital) lo hizo acompañado por sus pensamientos.

Sentía un horrible nudo en el estómago que nada tenía que ver con la conversación de hacía unos minutos. Es verdad que sentía interés por el estado de Ginny después de todo lo que había sucedido, pero él necesitaba saber algo más. Había ido para aclarar las cosas de una vez por todas, para comportarse como un adulto. Y, probablemente, para hundirse otra vez como hacía un año.

Cuando llegó a la habitación 1610, Ron ya estaba dentro charlando con su hermana. Esperó a que el chico se percatase de su presencia e inventara un motivo para alejarse durante un rato. Aquello no era propio de su amigo, pero estaba claro que Hermione, que tenía ese don de saber lo que pasaba por sus cabezas sin necesitar una palabra, le había comentado algo.

- Tengo un hambre atroz – mintió Ron mientras se frotaba la barriga con gesto teatral – Voy a subir a por un café ¿vale?

Harry contuvo la risa. Desde luego, Ron era pésimo inventando excusas.

El chico salió y le guiñó un ojo mientras se encaminaba hacia el piso superior, aumentando los nervios de Harry, que se acercó vacilante a la puerta de la habitación.

- Hola – dijo con un tono de voz apenas audible.

Pero Ginny lo escuchó.

- ¿Qué haces aquí? - ella le sonrió invitándolo a entrar y eso lo tranquilizó.

- Pasaba por el barrio y decidí hacerle una visita a la última persona que me salvó la vida… Ya sabes, por agradecerlo y tal.

- No hacía falta – la sonrisa de Ginny se iluminó aún más – No me gusta deberle nada a nadie y cómo tú acababas de salvarme y la oportunidad se presentó tan clara…

Harry sintió aligerarse el peso sobre sus hombros.

- Siéntate, anda. No te quedes ahí como un pasmarote – lo invitó Ginny acercando una silla con un movimiento de varita.

- Gracias – el chico se sentó a su lado, aunque manteniendo una distancia prudencial - ¿Cómo te encuentras?

- ¿Quieres que te sea sincera? – preguntó ella levantando una ceja. Harry asintió casi sin darse cuenta, embobado con el color de sus ojos – Perfectamente. Pero los sanadores insisten en que tengo que descansar… No entienden que no es la primera vez que paso por una situación traumática. Al final una se acostumbra – acompañó la última frase con una sonrisa – Así que eso, me aburro como una ostra.

- Bueno, podría ser peor – Harry también sonrió.

El optimismo de Ginny era contagioso y se sentía cada vez más relajado. Pero había algo que necesitaba preguntarle. Algo tan serio que podía suponer romper el momento, pero que era importante. Suspiró un par de veces para armarse de valor ante la divertida mirada de Ginny y finalmente lo soltó.

- Y… Bueno… ¿El bebé? – por alguna razón, no pudo mirar a la chica a los ojos cuando dijo aquello.

- Bien – ella tampoco lo miraba. Estaba concentrada en los dedos de sus manos – No ha sufrido ningún daño.

- Me alegro – Harry acercó una mano a las de Ginny para retirarla apenas se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Así que en lugar de eso la apoyó en la cama – De verdad.

- Yo también – la chica levantó la cabeza para mirarlo y una vez más Harry contuvo el aliento. Estaba guapísima con su larga melena pelirroja un poco despeinada descansando sobre sus hombros mientras el sol matutino que entraba por el ventanal de la habitación lo hacía brillar.

- Entonces ¿vas a…? – Harry no supo cómo continuar la frase.

- ¿Seguir adelante? – preguntó ella, aunque no esperó a que el chico contestara – Sí. Creo que sí. Hace unos meses que notaba como si me faltara algo. Necesitaba un cambio, algo que me volviera a hacer sentir viva… Desde luego no creo que fuera esto lo que andaba buscando – se dio unas palmaditas suaves en el ombligo mientras sonreía – Pero tampoco creo que sea una mala idea ¿no?

- En absoluto – la apoyó Harry - ¿Lo sabe alguien más?

- De momento no, quiero que pase un poco el tiempo para contárselo a mi familia. Ya sabes, todo esto del secuestro y la aventura marina. Le he pedido a Ron y a George que no digan nada hasta que yo los avise. Creo que el embarazo sería una buena guinda para el pastel ¿no crees?

- A tu padre le dará un ataque – Harry no sabía si tomárselo con el humor que se lo tomaba Ginny.

- No creo. Mi madre será la que pondrá el grito en el cielo. Mi padre tiene más asumido que ya no llevamos pañales.

Había una cosa más que quería preguntarle, pero debía ser cuidadoso si no quería arruinar la simpatía con la que Ginny lo estaba agasajándolo.

- ¿Soy el padre? – no tardó ni un segundo en darse cuenta de que un poco más de tacto no le habría hecho daño.

Pero para su sorpresa, la menor de los Weasley se echó a reír a carcajada limpia.

- Claro que eres el padre Harry – se pasó el dorso de la mano por debajo de los ojos para quitarse algunas lágrimas furtivas que habían escapado con la risa – Estoy sólo de mes y medio. Y supongo que no tienes que fiarte de mi palabra, pero excepto aquella noche en tu casa, no he estado con otro hombre en casi un año.

En cierto modo, Harry se sintió halagado. Y algo avergonzado, pues en el último año él sí que había estado con más mujeres a parte de Ginny.

- Mes y medio ¿no habías notado nada? – preguntó el chico.

- ¿Qué voy a notar? Es increíble que Hellmouth lo sintiera. Es tan pequeñito como un guisante...

- Me refería a…

- Ya sé a qué te referías Harry – lo cortó Ginny – Pero como comprenderás no me apetece compartir contigo detalles sobre mi ciclo menstrual – no lo dijo enfadada. Es más, casi parecía disfrutar.

- No, claro – contestó él algo azorado.

Por primera vez en mucho tiempo, los instantes de silencio que siguieron no fueron para nada incómodos, sino todo lo contrario. Ginny parecía feliz y a Harry eso lo hacía incluso más feliz.

- Ginny – el chico trató de no imprimir demasiada solemnidad, pero lo que estaba a punto de decir le salía del corazón – Sé que desde hace unos años nuestra relación no es… Bueno, no tenemos una relación propiamente dicha de ningún tipo – se corrigió – Pero como su padre, quiero que sepas que te ayudaré con todo lo que esté en mi mano para que él, o ella, crezca feliz.

- Gracias Harry – le apretó la mano con afecto. Harry no pudo evitar que una descarga de euforia le inundase el pecho – Estoy segura de que lo harás muy bien.

- Dejémoslo en que lo voy a intentar – bromeó él mientras se levantaba – Me marcho, así te dejo descansar. No pongas esa cara, tengo cosas que hacer – dijo ante la mueca de disgusto de Ginny.

Harry estaba ya en el pasillo y a punto de cerrar la puerta cuando decidió que aún le quedaba algo que decir. De manera que desanduvo sus pasos y volvió a plantarse frente a la habitación de Ginny.

- ¿Pasa algo, Harry? – preguntó ella desde la cama.

- No, es simplemente que… - había llegado el momento de decirlo. Las consecuencias daban exactamente igual – Sólo quería que supieras que no hay día que no me arrepienta de lo que pasó en el lago de Hogwarts.

Ella no necesitó más explicaciones para saber a qué se refería.

- No hay un solo día que no me odie por haberte apartado de mi lado. Y ahora voy a ser totalmente egoísta. No es únicamente porque lo que dije no tenía sentido, sino porque te echo de menos. Y porque estos meses atrás, cuando fingíamos estar juntos… Me he dado cuenta de que… - Harry tomó aire – De que te quiero. Que aún te sigo queriendo. Que nunca he dejado de quererte.

Ginny desvió la mirada.

- Lo estabas haciendo muy bien Harry. Esta última parte es la que no termino de entender.

- ¿Qué es lo que no entiendes?

- No entiendo dónde quieres llegar. ¿Qué quieres de mí?

- Sólo una respuesta. Es lo único que te pido.

Un último silencio pasó de puntillas.

- Márchate Harry, creo que tú también necesitas descansar - habló Ginny sin despegar la vista de la ventana.

El chico obedeció y salió de San Mungo a paso ligero tras cruzar unas breves palabras con un Ron que no entendía absolutamente nada. Se suponía que tras la visita debía volver a casa de sus amigos en Colchester, pero necesitaba un poco de tiempo a solas para digerir lo sucedido.

Llegó a Grimmauld Place tras desaparecerse en un callejón situado a un costado de San Mungo. Tenía el estómago revuelto y, aunque ya se acercaba la hora de comer, no tenía hambre en absoluto.

Abrió la puerta principal y dejó que aquel olor familiar lo acariciase un poco. No había estado ni dos días fuera, pero echaba de menos su hogar. Escuchó las pisadas tenues y desiguales de Kreacher acercándose desde la cocina.

- Hola amo – gruñó. Si se alegraba de verlo, lo disimulaba muy bien. Aunque Harry ya estaba acostumbrado a las formas del elfo.

- Hola Kreacher ¿ha sucedido algo en mi ausencia? – preguntó el chico mientras colgaba el abrigo en la entrada.

- Nada amo – contestó – Pero su amigo lo está esperando desde hace un rato en el salón.

- ¿Amigo? – Harry se giró bruscamente hacia el elfo - ¿Qué amigo?

- Kreacher no lo sabe. Un amigo – encogió los hombros y se marchó arrastrando los pies.

El chico se encaminó al salón a paso ligero con la varita en ristre. Muy optimista había sido al pensar que todo aquello había terminado.

No obstante, no esperaba encontrarse a quien se encontró.

- ¿A qué viene esa cara señor Potter? – dijo Luca Fontana con una sonrisa – Parece que hubiera visto un fantasma.

Harry intentó recuperar la compostura pero sólo consiguió boquear como un pez en la orilla. Estiró aún más el brazo, con la varita apuntando a su cara.

- Eso no será necesario – advirtió Fontana.

Pero el chico hizo caso omiso.

- He dicho que eso no será necesario señor Potter. Guarde la varita.

No recordaba haber obedecido, pero se encontró sentado junto a Fontana, con la varita fuera de su alcance.

- No se preocupe señor Potter, no he venido a hacerle daño.

- ¿A qué ha venido entonces?

- A agradecerle su labor en todo el tema de Hellmouth. Ha hecho un buen trabajo. Discreto, eficiente… No esperaba que prescindiera de su departamento, pero así ha sido mejor, mucho menos ruido. Estamos muy contentos con el resultado.

- ¿Quiénes?

- Mis amigos y yo – contestó Fontana con una sonrisa enigmática.

- ¿Quién es usted?

- Eso es difícil de explicar.

- Entonces ¿quién era usted?

La sonrisa de Fontana se amplió un tanto.

- Esa es una muy buena pregunta. Pero aunque tratase de comprenderlo no podría.

- ¿Pretende darme alguna respuesta o simplemente ha venido aquí para hacerme sentir más confundido? – Harry le devolvió la sonrisa.

- Puede, pero tendrá que formular las preguntas adecuadas.

Harry meditó unos segundos.

- ¿Por qué yo?

- Bueno, por nada en particular. Estaba usted en el momento y el sitio adecuados. A eso puede añadirle que su reputación le precede.

Harry suspiró exasperado. Su reputación siempre lo precedía.

- ¿Hellmouth está muerto?

- Sí – la respuesta de Fontana fue tan breve como contundente.

- ¿Y Grosskopf? – el alemán había estado metido en todo aquel asunto desde el principio y era casi tan peligroso como Hellmouth.

- No se preocupe por Grosskopf, señor Potter. Está a buen recaudo, y pagará por sus crímenes.

Por la manera en la que lo había dicho, Grosskopf tenía que responder por actos que nada tenían que ver con el Maelstrom.

Harry se pasó la mano por la cara. Le empezaba a doler la cabeza.

- Si tanto interés tenían sus amigos y usted en coger a Hellmouth ¿por qué no hacerlo en persona? Está claro que tienen suficiente poder como para…

- Las cosas no son tan sencillas señor Potter – el tono de Fontana sonó cansado. No era la primera vez que tenía que explicar aquello, eso estaba claro – Nosotros podemos interceder, ayudar, elegir a nuestro paladín. Pero no podemos actuar directamente.

- ¿Desventajas de la inmortalidad? – preguntó Harry con mordacidad.

- Algo así – Luca Fontana curvó los labios en una amplia sonrisa.

- Pues no se puede decir que me hayáis prestado mucha ayuda…

- ¿Eso cree señor Potter? – su sonrisa se tornó enigmática - ¿Quién cree que convenció a Bunchan para que esperase un par de días más en el puerto de Aberdeen y que así pudieran utilizarlo usted y sus amigos para ir tras Hellmouth? ¿Quién cree que propuso a Harrington que el equipo de su amigo Diego debía de encargarse de la vigilancia nocturna en Leeds justo cuando usted descubrió quién era Julia Arnaud? Es más… ¿a quién cree que correspondían las iniciales en esos mensajes tan oportunos?

Harry sintió de pronto un miedo que nada tenía que ver con el que había sentido los días anteriores. Era un miedo distante, el miedo que se siente al saber que alguien te observa. El miedo que se siente al saber que no eres el completo dueño de tu destino. Y también se sintió un poco estúpido por no haber hecho caso a su instinto, que le gritaba que Fontana ocultaba algo.

- Tranquilo señor Potter. Si quisiéramos hacerle daño, ya lo habríamos hecho.

- ¿Cómo sé que puedo fiarme de su palabra? – que Fontana siguiera sonriendo no lo tranquilizaba en absoluto.

- No puede saberlo. Pero creo que tampoco puede quejarse del resultado.

- Joe ha perdido una pierna y Salgari se llevó por delante a la mitad de los hombres de Bunchan, que no tenían culpa de nada – contestó malhumorado Harry.

- Qué pesimista es usted. Siento mucho lo del señor Carrick, créame, al igual que lo que le sucedió a los muchachos del capitán Bunchan. Pero eso fue cosa de Salgari. Y fue Hellmouth el que lo metió en medio. Ahí nosotros no pudimos hacer nada.

- No, claro… - Harry empezaba a cansarse de todo lo que no podían, o no querían, hacer Fontana y sus misteriosos amigos.

- Vamos señor Potter. Ninguno de sus amigos ha resultado herido de gravedad, el malo está muerto, y usted se lleva a la chica.

- Eso último no es cierto – contestó Harry, preguntándose cómo demonios podía saber tanto.

- De momento – Fontana le guiñó un ojo.

Lo que le faltaba, ponerse a charlar con aquel hombre de su vida amorosa.

El timbré sonó en la puerta principal, sorprendiendo a ambos, lo que relajó un poco a Harry. Fontana era lo suficientemente humano y lo suficientemente poco omnipresente como para que algo lo sorprendiera.

- Espere aquí, aún tengo algunas preguntas que hacerle.

Harry se levantó cogiendo su varita con demasiado ímpetu, provocando que Fontana se carcajeara en su cara.

Lo último que esperaba al abrir la puerta era encontrarse con la cara de Ginny.

- ¿Ginny? ¿Ya te han dado el alta? – hacía apenas una hora que se había marchado de San Mungo.

- Técnicamente no – contestó la chica – Técnicamente me he escapado cuando mi hermano se ha marchado. Los sanadores no es que me hagan mucho caso, así que no ha sido complicado. ¿Puedo pasar?

Harry escuchó un ruido proveniente del salón y miró hacia el pasillo.

- Dame diez minutos – también era casualidad. No creía que Fontana fuera a contestar a sus preguntas con ella presente.

Recorrió en varias zancadas el camino de vuelta al salón, pero cuando llegó, Fontana ya no estaba.

- ¡Kreacher! – llamó Harry.

- Sí, amo – el elfo realizó una reverencia cansada.

- ¿Dónde ha ido el hombre que estaba aquí hace un momento?

- ¿Qué hombre, amo? – Kreacher lo miró con sus ojos pequeños, negros y brillantes como escarabajos. Harry suspiró al comprobar que el elfo no mentía.

Se imaginaba que pasaría algo como aquello. Al fin y al cabo, Fontana había entrado en su casa sin avisar. Nada le impedía hacer lo mismo para marcharse. O quizás se había inventado todo aquello. Quizás su cerebro había inventado aquella increíble historia sobre poderosos guardianes inmortales para no culparse por…

- ¿Ya puedo pasar? – Ginny estaba en la entrada del salón con gesto indeciso.

- Sí, claro. Dime ¿qué sucede? – Harry se sentó en el sofá y la miró de la cabeza a los pies. Aún llevaba el pijama del hospital, y simplemente se había colocado encima una gabardina morada. La chica se ruborizó un poco al notar los ojos de Harry evaluándola.

- He salido muy deprisa – se defendió – Y tengo que volver antes de que se den cuenta de que no estoy.

- Bien – contestó Harry - ¿De qué se trata?

- Antes me has pedido una respuesta.

Harry abrió mucho los ojos. Con todo lo de Fontana y sus crípticas respuestas se le había olvidado por completo.

- Sí – contestó mientras volvía a sentir el nudo en el estómago.

- Bueno, pues mi respuesta es… Que yo también.

- ¿Qué tú también qué? – no quería lanzarse a la piscina sin comprobar antes si había agua.

Ginny pareció contrariada. Esperaba no tener que decir las palabras exactas.

- Que yo también te he echado de menos. Que yo también te sigo queriendo – dijo finalmente.

El nudo en el estómago de Harry desapareció de golpe y fue sustituido por una bulliciosa sensación de euforia. No obstante actuó con cautela.

- ¿De verdad? – se acercó a Ginny y la miró a los ojos.

- De verdad – contestó ella con las mejillas completamente encendidas.

Harry la besó con suavidad en la frente y la estrechó entre sus brazos. Ginny contestó abrazándolo aún más fuerte.

Así estuvieron varios minutos, hasta que el reloj del salón los interrumpió.

- Tengo que irme – susurró Ginny sin separarse de él – Pero volveré en cuanto me dejen ser una persona normal.

- Aquí estaré – contestó el chico.

Cuando cerró la puerta tras Ginny, Harry sonreía como un auténtico imbécil. De regreso en el salón, encontró una nota sobre la mesa. Reconoció la caligrafía de Fontana y el color esmeralda de la tinta.

"Una vez más, gracias por su colaboración señor Potter. Le debemos una. No trate de buscarnos para cobrarla. Nosotros lo encontraremos a usted cuando la necesite.

Intente cuidarse,

L.F."

Su sonrisa se hizo aún más grande. Dudaba mucho que a partir de ese momento fuera a necesitar nada más.

Sigan leyendo…