Disclaimer: Esperad que me acabo de dar cuenta de que yo escribí Harry Potter y no estoy cobrando un duro…

Advertencia: Mucho almíbar, pero me apetecía ponerme tierno.

24. Lluvia de noviembre (Reprise)

Se despertó sobresaltado. La luz se abría paso cansina a través de las cortinas de la habitación. Se quedó un rato con los ojos cerrados, simplemente respirando el aire helado de noviembre que se filtraba por las rendijas de la ventana. Intentaba relajar el ritmo cardíaco que amenazaba con matarlo allí mismo.

Escuchó una respiración y se giró para contemplar a la persona que yacía a su lado. El pecho de Ginny subía y bajaba bajo las sábanas con tanta delicadeza que Harry pensó que lo hacía a propósito. Su melena pelirroja, desparramada sobre la almohada, tenía un curioso color cobrizo bajo la luz matinal.

Desde la habitación contigua le llegó el tenue pero incesante llanto de un niño pequeño. Se levantó sigilosamente intentando no despertar a Ginny y se dirigió a hacia el origen de aquella plegaria infantil.

Se acercó con cuidado al borde de la cuna. El bebé dejó de llorar instantáneamente en cuanto reconoció la cara de su padre. Abrió mucho los ojos y levanto sus diminutas manos.

- ¿Ya te has cansado de dormir? – preguntó Harry reprimiendo un bostezo. Desde que nació James, apenas habían podido encadenar más de cuatro horas de sueño seguidas.

El niño no contestó (lógico, por otra parte), sino que compuso un gesto triste y amenazó con ponerse a llorar otra vez. Su padre suspiró y lo cogió en brazos.

Miró de reojo el reloj con duendecillos pintados que había en la habitación de James y resopló. Le quedaban menos de cuarenta y cinco minutos para entrar a trabajar. Regresó a su cuarto y dejó a James junto a Ginny. El pequeño se movió nervioso al ver que su madre no le hacía el menor caso y le agarró de la nariz.

Ginny se hizo la dormida durante unos segundos mientras James trataba en vano de quedarse con su apéndice nasal y después abrió los ojos como platos para sorpresa de su hijo. James dio un gritito y Ginny lo cogió por la cintura y comenzó a hacerle cosquillas mientras reía como una loca.

- No entiendo cómo puedes tener tantas ganas de juerga por las mañanas – comentó Harry mientras se preparaba para entrar a la ducha.

- Es lo que tiene trabajar sólo dos días a la semana – contestó ella saboreando la envidia del chico.

- Ja, ja, qué divertido – en realidad no era para nada divertido – A ver si un día salgo a por tabaco y no vuelvo.

- Tú no fumas, alcornoque – le picó Ginny – Además, no lo harías. Estás loco por mí y por este pequeño monstruito.

Harry sonrió muy a su pesar y se giró para entrar al baño.

Cuando salió de la ducha James volvía a estar dormido, esta vez en brazos de su madre, que lo contemplaba con devoción.

- ¿A quién crees que se parece? – preguntó sin dejar de mirar al niño.

Harry miró también a su hijo. Tenía la cara muy redonda y una escasa mata de pelo de un color castaño rojizo en la que ya se adivinaban algunos remolinos como los de su progenitor. Los ojos, aunque estaban cerrados, eran color caoba, como los de su madre. Y para ser tan pequeñito, era muy rollizo.

- A Horace Slughorn – contestó mientras depositaba un beso de despedida en la mejilla de Ginny y otro en la cabecita de James.

- ¿Por qué me casé con un payaso? – contestó ella con una media sonrisa.

- No estamos casados querida – Harry hizo un amago de reverencia – Si me disculpa la señora, he de ir a sudar para ganarme el pan.

Le guiñó un ojo y bajó por las escaleras a todo correr.

Llegó al Atrio del Ministerio con el desayuno dándole vueltas aún en el estómago y cuando se sentó en su despacho, sintió que era la silla más cómoda que jamás había probado.

- ¿Problemas con el enano? – preguntó Violet, muy sonriente, desde su enorme escritorio.

- Efectivamente. Tu instinto de Slytherin no se ha perdido – contestó con amargura.

Harry se apoyó en su mesa y enterró la cabeza entre los brazos. La mañana fue increíblemente aburrida. Se les amontonaban los informes y cada vez llegaban más.

- Únete a la Divisón de Aurores, dijeron. Tu vida será electrizante, dijeron – Joe frunció el ceño y se ajustó las gafas para ver más de cerca una diminuta frase al final de la transcripción de una declaración.

Groucho, la lechuza de Ron y Hermione, apareció aleteando media hora más tarde. Para regocijo de todos, el batir de sus alas revolvió algunos pergaminos.

- Más vale que traiga algo importante, porque si no, esta noche ceno lechuza – Joe no parecía enfadado. Al contrario, pareció disfrutar mucho cuando tuvo que agacharse bajo el escritorio de Violet para recoger uno de los documentos caídos.

Harry puso los ojos en blanco mientras Violet le gritaba a su compañero completamente azorada. Desenrolló la nota y se encontró con un mensaje de Ron escrito atropelladamente.

"Nos vamos a San Mungo. Angelina ha tenido al niño esta mañana. Se llama Fred. Si puedes escaparte a la hora de comer, estaremos allí.

Un abrazo,

Ron."

"El tiempo pasa volando" pensó.

La noticia del embarazo de Angelina había llegado apenas un mes después de terminar la aventura del Maelstrom. George lo había anunciado a grito pelado desde el jardín trasero de la Madriguera, donde la chica lo había llevado para contárselo con algo de intimidad.

Pocos días antes habían sido él mismo y Ginny los que había comunicado que esperaban un hijo. Después les habían contado todo lo sucedido con Salgari, Hellmouth y los piratas, y aunque Ginny creía que lo de su futuro nieto y el hecho de que Harry y ella volvieran a estar juntos la tranquilizaría, a la señora Weasley estuvo a punto de darle un infarto.

Gritó, se enfadó y al final la pagó con Ron, que no había tenido nada que ver, pero que aguantó la reprimenda con mucha flema tras sus dos semanas de luna de miel en los Alpes. "No quiero más agua en mucho tiempo" había dicho su amigo mientras cancelaba su reserva en la costa italiana "Al menos en varios años."

Es más, hacía un año el estaba sentado en ese mismo despacho, devorado por el tedio y suplicando algo de acción. Ahora las interminables horas de papeleo se le hacían más llevaderas.

Y mucho más ahora que Joe y Violet parecían haber vuelto a la normalidad desde que la chica dejase a Hal hacía unos meses. Se dedicaban a tirarse puyas constantemente, pero al menos lo hacían de buen humor.

Pero Harry creía comprender la razón: aunque en público actuaban como si nada, tenía la sospecha de que llevaban un par de meses acostándose. Puede que fueran las sonrisas de oreja a oreja de Joe, los comentarios inocentes de Violet, o el hecho de que se los había encontrado una noche de sábado en Londres dándose el lote como dos adolescentes en un bar de copas. En cualquier caso, se alegraba.

Al que echaba de menos era a Diego. Si bien su relación no era la que tenían antes de lo ocurrido en casa de Julia, seguían siendo buenos amigos. Pero la hija del doctor Devous había decidido marcharse a Francia, a casa de unos familiares, para olvidar toda la pesadilla vivida con Hellmouth, y él la había acompañado. Ahora Julia jugaba con los Tonnerres de Toulouse y Diego había encontrado un trabajo como guardaespaldas de un andrógino músico muggle residente en París que le había presentado su hermano.

Garabateó una respuesta y la envió de vuelta con Groucho.

Violet se mostró muy permisiva cuando lo dejó salir cinco minutos antes para ir a visitar a su nuevo sobrino al hospital.

Noviembre se acercaba a su ecuador y el cielo plomizo se derretía lenta pero inexorablemente en una fina llovizna que resultaba muy agradable. Harry cerró los ojos y una vez más respiró profundamente el aire frío, hinchando sus pulmones.

- El tiempo pasa volando – volvió a repetir, esta vez en voz alta.

Y se encaminó hacia San Mungo esquivando los charcos. Feliz, como un niño con zapatos nuevos.

Pues ya está. C'est fini.

Prometí que no iba a llorar pero… Nah, no voy a llorar. Han sido tres años magníficos, y es que puedo decir que este fanfic me ha ayudado, no sólo a mejorar como escritor, sino a plantearme seriamente algún proyecto más personal.

Gracias a todos los que estáis por aquí desde que esto comenzó. Gracias a todos los que os habéis unido a lo largo del desarrollo de esta historia. Gracias a los que habéis leído, a los que habéis comentado, a los que la habéis recomendado.

Y sobre todo, gracias a cuatro personas que, aunque no comentan (bueno, una sí, de vez en cuando) han estado ahí casi desde el primer momento: Para Laura, Juan, Sergio y Lucía.

Nos seguiremos viendo por aquí. ¡A cuidarse, gentuza!