De puro aburrimiento, me anoté en unas clases de gimnasia aunque sabía que el ejercicio físico no era lo mío. El primer día la profesora me dió la bienvenida y explicó en que consistían las clases.

Luego de sufrir durante una hora las abdominales, mancuernas y otros ejercicios torturantes, me arrastré hacia la salida preguntándome en que locura estaba pensando cuando me anoté en esta clase.

Cavilaba en mis pensamientos cuando choqué de frente contra una columna.

- ¡¡¡ Bella !!! – gritó con alegría la columna mientras me levantaba de la cintura para poder mirarme a los ojos.

La sorpresa dió paso a la vergüenza al darme cuenta quien me tenía en el aire.

- ¡Emmett ! – exclamé – qué sorpresa.

- ¿Sorpresa? – preguntó con su habitual risotada - ¿qué es lo sorprendente de verme en el gimnasio?

Auch. Tenía razón. El era de esas personas que hacen del gym su segundo hogar. Y su cuerpo era el producto de tantas horas ahí adentro. Me bajó con cuidado mientras estudiaba mi rostro.

- Sorpresa es verte a ti por aquí – su enorme mano palmeaba mi espalda con suavidad.

- Si…bueno…es que necesitaba un poco de ejercicio – Mis mejillas ardían, él estaba escrutando toda mi figura. Me despedí rápidamente y salí a toda carrera de ahí.

La clase siguiente fue aún más terrible que la primera ya que tenía los músculos agarrotados de la clase anterior. No pude coordinar ningún ejercicio.

Me sentía patética.

Cuando me estaba yendo ví a Emmett sonriéndome desde la cinta de correr. ¡Qué lindo se veía con su sudadera ajustada! Me llamó con la mano, haciéndome señas para que lo esperara. Tomé asiento por ahí mientras él completaba sus treinta minutos de cinta.

- Hola Bella – bajó de un salto y se paró a mi lado – veo que persistes en torturarte – y su sonrisa se ensanchó aún más.

- Si…debo reconocer que soy un auténtico desastre – suspiré mirando mis pies.

- Por lo que pude observar de tu clase, lo que te falta es coordinación amiga – dijo sin maldad.

Quise hacerme invisible.

- ¿Estuviste mirándome todo este rato? – susurré.

- Ja ja ja no pude evitarlo – se rió con ganas – eres realmente patosa.

Se arrepintió al instante de sus palabras al ver como mi cara se ponía de un rojo intenso.

- Escucha Bella…no quise ofenderte – me agarró con sus manazas de los hombros – quizás pueda ayudarte a practicar un poco de ejercicio sin que atentes contra tu integridad física – Sus ojos me sonreían, sus palabras eran sinceras.

- ¿Algo así como mi personal trainer? – pregunté soltándome amablemente de su agarre.

- ¡¡¡ Algo así !!! – su entusiasmo era casi infantil – empezaremos mañana mismo pero no aquí. Te esperó a las cinco de la tarde en la curva de la carretera que conduce a La Push – Dicho esto besó mi frente y se fue a levantar pesas.

¡Guauuuuu!!! No salía de mi asombro, Emmett Cullen quería ser mi personal trainer. Seré sincera: no hay chica en todo Forks que no babeé compulsivamente al cruzarse con él ¡Y no es para menos! Mi amigo tiene la contextura física de un gran oso pardo: alto, con una espalda del tamaño de mi ropero y unos brazos donde el profesor Banner podría enseñarnos cada músculo al detalle. Eso sin mencionar su rostro, donde los ojos azules resaltan contra su pelo negro y rizado. Una de sus miradas felinas y quedas fuera de combate en el acto. En fin, Emmett es sexy por donde se lo mire. Aunque debo confesar que es su transparencia lo que lo hace más seductor para mí.

Al día siguiente fui a esperarlo donde habíamos quedado. Llegó puntual, a bordo de su hummer negra. Sonreí al verlo, todo lo relacionado con él era inmenso, hasta su vehículo.

- Bella – saludó bajando de su camioneta.

- Hola Em… – suspiré resignada - ¿en qué consistirá la rutina?

- ¡Vamos mujer! muéstrame un poco de entusiasmo – puchereó - ¿sabes cuantas chicas quisieran estar en tus zapatillas? – me dedicó una sonrisa torcida mientras acomodaba su gorra.

- ¡Por supuesto que lo sé Sr. Modesto, pero tú te ensañaste conmigo!!! – contesté riendo.

- Tengo pensado comenzar con unos treinta minutos de trote…- observó mi expresión y, al ver que no encontraba resistencia, continuó – a medida que pasen los días iremos aumentando el tiempo hasta cubrir por completo el trayecto hasta La Push.

Teatralicé un desmayo arrojándome sobre la trompa de su hummer; él rió a carcajadas.

- Bueno…ya ajusté el cronómetro ¡Vamos!

Y salimos al trote por la carretera. Cuando pensé que moriría en el intento, sonó la alarma de su reloj.

- Perfecto Bella – jadeó – ahora regresaremos caminando hasta las camionetas para recuperar el aire.

Asentí con la cabeza. Al llegar a su vehículo, descargó una colchoneta y la tiró sobre la hierba.

- Esto recién empieza cariño – señaló la colchoneta – nos esperan unas cuantas series de abdominales.

- ¡Abominables querrás decir!!! – contesté abriendo los ojos como platos.

Diez minutos después tenía acalambradas hasta las pestañas.

- Ya basta Em…no puedo más…te lo juro – protesté agarrándome el abdomen con ambas manos.

- No hay problema – me sonrió – por ser el primer día te luciste. Déjame elongar tus músculos.

Me sentía una marioneta en sus manos, pero cuando terminó estaba hecha una seda. Entonces saltó dentro de su camioneta y se despidió.

- Nos vemos mañana – dijo arrojándome un beso – misma hora eh!

Los días fueron pasando y los cambios en mi cuerpo comenzaban a ser notorios. Tenía los músculos firmes y torneados y la imagen que me devolvía el espejo me agradaba mucho. Pero mi físico no era lo único que cambiaba, también mi relación con Emmett se tornó distinta. Dejó de ser un hermoso y sonriente rostro de ojos azules para convertirse en un amigo de verdad.

El viernes amaneció nublado y el servicio meteorológico anunciaba tormenta para la tarde. Había tomado el celular para mensajear a Emmett y suspender nuestra rutina cuando éste comenzó a sonar. Rayos, él se me había adelantado.

- Ni se te ocurra cancelar nuestra rutina de hoy – me dijo en tono burlón.

- No pensaba hacerlo – respondí con el orgullo herido – nos vemos a las cinco en el lugar de siempre.

Cuando llegó la tarde y estaba por salir, escuché unos bocinazos frente a la casa. Asomé mi cabeza por la puerta y Emmett sonrió ampliamente hacia mí.

- Decidí pasar a buscarte por si acaso, no sea cosa que me dejaras plantado jajaja.

Maldito oso musculoso, gruñí por lo bajo. Tomé mi campera y salí dando un portazo. Me subí a su camioneta y lo miré de reojo, tenía una enorme sonrisa en su cara. Arghhhhhhh, era totalmente infantil. No abrí la boca hasta que llegamos.

- ¿Estás enojada? – preguntó ayudándome a bajar.

- Nooooo, moría de ganas por venir – respondí con sarcasmo. Sus carcajadas no se hicieron esperar.

- Vamos, nos esperan varios kilómetros por delante – y se alejó trotando.

Veinte minutos más tarde se escucharon los primeros truenos. Lo fulminé con la mirada.

- Un poco de agua no nos hará daño Bella – me dijo rodando los ojos.

- ¿Un poco???? Se viene una tormenta apocalíptica – respondí furiosa.

- Bueno, bueno, volvamos a la camioneta.

Estábamos a pocos metros de su hummer cuando se desató el diluvio universal. Entramos al vehículo chorreando agua por los cuatro costados.

- Aguarda un minuto – sacó de su bolso una toalla y me la extendió sonriendo.

Comencé a frotarme el pelo con furia mientras maldecía por lo bajo.

- La verdad no logro entender porque estás tan enojada cariño – Me miró con la risa contenida, luchaba por no ser ofensivo.

Me tapé la cabeza con la toalla para ocultar mi fastidio, quería quedarme así hasta que el enojo pasara. De repente sentí unos golpecitos en mi cabeza: toc, toc, toc.

- ¿Hay alguien en casa? – su atronante risa hizo eco dentro de la cabina.

No pude mas que reír de su ocurrencia.

- Eres imposible Emmett ¿lo sabías? – le arrojé la toalla a la cara riendo divertida.

Me calcé la campera seca sobre los hombros y me quedé observando como la lluvia arreciaba contra el parabrisas.

- ¿Qué tal un poco de buena música? – preguntó prendiendo el estéreo. La camioneta comenzó a vibrar por completo, el volumen estaba altísimo.

- ¿Tú escuchando reggaeton????? – lo miré asombrada.

- ¿No te dan ganas de bailar? – gritaba al tiempo que rebotaba en su asiento.

- ¿Te molestaría poner algo más tranquilo por favor? – dije tapando mis oídos.

Me sonrió y puso un cd de blues. Nos quedamos en silencio mientras las canciones se desgranaban una tras otra y la lluvia seguía cayendo sin piedad sobre el vehículo. Emmett llevaba un largo rato callado cuando de repente me habló.

- Bella…

Levanté la vista hasta encontrar sus ojos. Para mi desgracia, la mirada de Emmett era como un lago sin sombras, tan transparente como el cristal. Pude leer en ella su deseo de besarme. Mis manos comenzaron a sudar y se me anudó el estómago.

- ¿Qué pasa Em? – pregunté con un hilo de voz, aunque ya sabía la respuesta.

- Me muero por besarte y me preguntaba si a ti te pasa lo mismo – tenía la misma sinceridad que un niño.

Mi mente quedó en blanco y él tomó mi silencio como una señal positiva, lo noté por como me envolvió en sus brazos. Su abrazo era cálido…Emmett era cálido, me quedé inmóvil sintiendo su respiración acompasada sobre mi cabeza. Entonces, sin pensarlo demasiado, le susurré:

- A mi también me gustaría besarte…- confesé mordiendo mi labio inferior.

Tomó mi cara entre sus manos y, muy pero muy despacio, apoyó sus labios sobre los míos. Sentí electricidad por doquier. ¿Quién iba a imaginar que dentro de esa enorme masa de músculos se escondía un osito de peluche? Sus besos me sabían a algodón de azúcar. Me dejé llevar por su boca y sus manos hasta perder la noción del tiempo. Cuando me quise acordar, ya no llovía mas y el crepúsculo nos envolvía con sus tonalidades violetas.

- Es hora de regresar princesa o Charlie nos echara la policía encima – dijo guiñándome un ojo.

Y sus carcajadas resonaron en la cabina otra vez.