No podía creerlo. Seguía mirando el celular boquiabierta. ¡Edward Masen acababa de invitarme a la fiesta que daría su hermana Alice en honor a su vigésimo cumpleaños! Seguramente ella lo había torturado para que me llamase, pero no me importaba.

Hacia ya un tiempo que Alice me insistía para que saliera con su hermano pero yo no me animaba a dar el primer paso. Edward me gustaba bastante, debo admitirlo, pero tampoco para ser yo la que lo invitara a salir. Me limitaba a flirtear con él en la clase de biología, la única que compartíamos en el instituto, o cuando iba a estudiar a casa de Alice.

En fin, la fiesta sería el próximo sábado por la noche. Alice había rentado para la ocasión una casa de estilo victoriano en las afueras de Forks, muy típico de ella. Quería sentirse la princesa de la noche, me había confesado entre risitas. El DJ que contrató era el mas top de Seattle y la fiesta prometía ser el evento del año. Mi amiga no escatimaba nunca en gastos y solía darse todo tipo de gustos extravagantes, aún recuerdo como se había encaprichado con un Porshe amarillo y no desistió de tenerlo hasta que el pobre de Edward le regaló uno.

Tenía que comprarme ropa para la ocasión porque mi pobre vestuario no contaba con un vestido tan glamoroso, ni con los accesorios que lo acompañan. Le pedí a Alice que me acompañara a Port Angeles para comprarme algo y accedió encantada de poder ayudarme a elegir.

Esa misma tarde pasó a buscarme en su auto y nos fuimos de shopping. No nos quedó una sola tienda sin recorrer, terminé agotada aunque Alice parecía no cansarse nunca. Cuando llegamos a casa vacié las bolsas sobre mi cama y admiré la buena elección de mi amiga. El vestido que había comprado era exquisito: una pechera en terciopelo rojo borravino con un profundo escote y la pollera estilo balloon de cuero negro. Los zapatos eran en terciopelo negro y tenían un tremendo taco aguja que, según Alice, ayudaría a estilizar mi figura.

Esa semana Edward se mostró mas atento que de costumbre en el instituto y fanfarroneaba con sus amigos diciendo que asistiría a la fiesta de su hermana con una belleza que nadie imaginaba. Alice me contaba eso y otros chismes durante el almuerzo, alimentando mi ansiedad que, a esta altura, me tenía con los nervios de punta. En realidad, la expectación reinaba en todo el instituto ya que las fiestas que daba Alice para sus cumpleaños eran todo suceso en Forks, nadie quería quedarse afuera de ellas.

El sábado llegó volando, Edward había quedado en pasar por mí a las ocho. Después de desayunar, Charlie no me soportó un minuto más y se marchó a pescar con sus amigos. Mejor, así no me rondaría cuando empezase con los preparativos. Almorcé algo liviano y me acosté a dormir. Me desperté sobresaltada por el teléfono. Era Alice…

- ¿Bella?...estabas durmiendo? –preguntó arrepentida de haberme despertado.

- No, estaba pescando – respondí irónicamente.

- Mil disculpas amiga, solo quería chusmearte que mi hermano esta contando los minutos para la fiesta, no hace mas que preguntarme por ti – chilló de alegría

- Hummmm, si Alice…seguramente esté saltando en una pata también – refunfuñé – te veré esta noche, adiós – corté el teléfono y me dirigí al baño.

Comencé a llenar la bañera para darme un buen baño de inmersión, lo que menos necesitaba era un ataque de ansiedad y Alice me había dejado al borde de uno. Cuando las sales burbujeaban impregnando todo con su aroma a jazmines, me deslicé dentro enchufada a mi mp3. Mi cuerpo flotaba totalmente relajado mientras Muse sonaba en mi cabeza, se sentía delicioso. Me quedé así hasta que mis dedos quedaron totalmente arrugados, ya era hora de comenzar a prepararme para la fiesta.

La hora siguiente transcurrió entre maquillaje, planchita para el cabello, perfumes, cremas y demás artillería femenina. Realcé mi mirada delineando mis ojos muy negros y rellené con rouge carmín los labios. El espejo me devolvió una imagen que me llenó de satisfacción: estaba para el infarto. No podía imaginar la cara de Edward cuando me viera, eso me divertía.

Edward llegó puntual, el timbre sonó a las ocho en punto. Abrí la puerta lentamente para no perderme su cara, sus ojos brillaron y se le escapó un suave jadeo al verme.

- Hola Bella…estás…estás preciosa – sus palabras salieron atropelladas, se sonrojó al ver mi sonrisa y la seguridad que trasmitía mi mirada.

- Gracias Edward, tú no te ves nada mal – dije repasando con mis ojos su vestimenta: unos pantalones negros, camisa blanca y campera de cuero negra. Quedaban perfectos con su alborotado pelo cobrizo, me recordaba a James Dean.

- Vine en la moto ¿eso no te molesta, no? – preguntó cortésmente al ver mis tacones.

Para nada, vamos antes que se nos haga tarde y Alice nos taladre la cabeza con sus quejas – dije acomodándome despacio en el asiento trasero y abrazando su cintura.

La moto recorrió el trayecto a la mansión en treinta minutos, tiempo suficiente para darme cuenta que Edward estaba nervioso de sentirse rodeado por mis brazos. No abrió la boca hasta que llegamos, luego me ayudo a descender caballerosamente de la moto y acomodó mi cabello.

- ¿Lista para divertirte? – me susurró al oído y, tomándome de la mano, ingresó al salón.

No podía creer lo que veía, Alice se había lucido una vez más. En el centro del salón principal pendía una inmensa araña de cristal iluminada por reflectores de colores cuidadosamente ubicados para que los pequeños cristales refractaran su luz. El espectáculo era soberbio. Los ventanales que llegaban hasta el piso de madera, enmarcados en exquisitos cortinados color bordo, contrastaban con las molduras en blanco y oro que recubrían cada pared. Me sentía en un cuento de hadas.

- El escenario ideal para una princesa como tú – volvió a susurrarme Edward – no se lo digas a Alice porque me mataría si se entera que le he quitado su titulo nobiliario jajaja – rió con suavidad.

- Prometido – le contesté con una sonrisa.

Al cabo de un par de horas el lugar estaba atestado de jóvenes que bailaban frenéticamente al ritmo del DJ, conversaban en cada rincón del salón y bebían animadamente en la barra de tragos. Alice iba y venía de un grupo a otro de invitados, pasándosela a lo grande.

Edward no se había despegado de mí en ningún momento. Aproveché un descuido en que fue a buscar algo para beber para salir al parque a tomar un poco de aire fresco. Caminé hasta una pequeña pérgola y me senté en uno de los bancos de piedra a observar como se divertían los invitados dentro de la casa. Al cabo de cinco minutos lo tenía a Edward nuevamente a mi lado con dos daikiris de durazno para refrescarnos.

- Gracias, que atento.

- Es un placer – dijo sin desviar sus ojos color ámbar de los míos – Bella… - carraspeó.

- Dime – lo animé a continuar.

- Si…es que…no sé si Alice te habrá comentado que… estoy interesado en ti - bajó la mirada con vergüenza.

- ¿Y que tipo de interés tienes Edward? – el alcohol me había desinhibido un poco y evitó que me sonrojara.

- Me gustas y quisiera saber si quieres ser mi chica – seguía con los ojos clavados en el suelo.

- ¿Tu chica? Eso significa…¿novios? – intentaba descifrar su expresión pero la penumbra lo impedía.

- Bueno, si quieres llamarlo así…a mi me da igual.

Su proposición me agarró con la guardia baja, la verdad no sabía que responder. Estaba clarísimo que Edward me gustaba, a que chica no, pero de ahí a formalizar una relación con él ni soñando. No, definitivamente no estaba preparada para algo así. Edward me miraba con insistencia, esperando una respuesta.

- Edward…yo no creo estar preparada para un relación formal – le contesté lo más sincera que pude – no es que no me gustes, todo lo contrario, pero creo que para ser novios primero deberíamos estar enamorados ¿no te parece?

El desconcierto de su mirada me dejaba sin palabras.

- Y bueno, empecemos entonces por conocernos de a poco – le sonreí con ternura y su semblante se relajó un poco – vamos a bailar un rato sino Alice pensará que nos fugamos de su mega fiesta – me levanté y tiré de él hasta meterlo en el salón.

Tenía la cabeza hecha un lío. Mientras bailábamos no dejaba de observarlo, Edward era muy lindo, pero había algo que no me terminaba de convencer. No era su aspecto físico sino algo en su forma de ser, me resultaba…EMPALAGOSO, esa era la palabra para definirlo. Demasiado pendiente de los detalles, demasiado atento. Eso sería la gloria para cualquier chica normal pero no para mí, yo era de las que prefieren pasar desapercibidas y no deseaba ser el centro del universo ni por casualidad. Y Edward había estado colocándome en el centro toda la noche. ¡Y cuándo le contara a Alice! No quería ni imaginarlo.

- ¿Me traerías otro trago por favor? – grité por encima de la música, sin dejar de moverme. Asintió con la cabeza y fue apresuradamente hacia la barra.

En ese momento divisé a Emmett bailando con Rose, me saludó con un guiño para que su pareja no lo advirtiera. Que guapo estaba. Seguí recorriendo el lugar con la mirada hasta que ví a Alice arrinconando al pobre Jasper, también localicé a Angela y a Ben, a Jess y a Mike, todos se divertían a lo grande. ¡Si hasta estaban todos los muchachos de la reserva quileute!

Edward llegó con mi trago justo cuando el DJ hizo sonar la primer balada de la noche: "Lady in red". Una de mis canciones preferidas. En un abrir y cerrar de ojos me encontré enroscada al cuello de Edward bailando suavemente, mientras él tarareaba la melodía en mi oído. Me sentía flotar, no sé si era por la música, el baile o, lo que era más probable, por el alcohol que había bebido. Mis dedos jugaban con el cabello de su nuca y los de él trazaban dibujos en mi espalda descubierta. Sentía la electricidad recorriéndome de la cabeza a los pies.

Edward besó mi hombro suavemente, eso bastó para disparar la adrenalina acumulada durante toda la noche. Lo miré a los ojos sin decir una palabra, accediendo en silencio a la propuesta que había sugerido con ese beso. Rodeó mi cintura con su brazo y salimos disimuladamente de la pista de baile. Al pasar al lado de Alice le hice un mohín indicándole que me iba con su hermano. Una sonrisa de aprobación iluminó su pequeño rostro.

Me dejé conducir escaleras arriba donde había varias habitaciones exquisitamente amobladas. Inspeccionamos una a una hasta que nos detuvimos frente a una enorme estancia, nos llamó la atención la cama con baldaquín que la ocupaba. Los velos que colgaban del mismo danzaban con la brisa que se colaba por el ventanal.

- Guauuuuuuuu – fue lo único que atiné a susurrar.

- Adelante princesa – me invitó Edward haciendo una reverencia.

- Me senté en silencio en el borde la cama.

- ¿No vas a sentarte aquí conmigo? – le dije palmeando el colchón.

- Estaba admirando lo hermosa que te ves con ese vestido – contestó apoyándose en el parante de la cama.

Sentía que su mirada me quemaba. Por suerte la poca luz que se filtraba por los cortinados no le permitía ver que me había sonrojado. Lentamente se dirigió hacia el ventanal y descorrió ambas cortinas, la luna iluminó toda la habitación dejándonos en un compossé de claroscuros.

- Así podré apreciarte mejor…- me susurró al tiempo que se sentaba a mi lado.

Posó su dedo índice sobre mi frente y comenzó a descender por mi perfil, como si intentara memorizarlo. Bajó por mi cuello y se desvió hacia mi hombro izquierdo donde, luego de un par de círculos, siguió su camino descendente por el brazo hasta enroscar sus dedos con los míos. Luego besó con delicadeza la punta de cada uno y levantó la vista para ver mi reacción. Sentíami respiración entrecortada, estaba tensa como la cuerda de un violín pero no quería que se detuviera.

Metió mi dedo mayor dentro de su boca y lo lamió muy despacio. Me sacudió una descarga eléctrica. Siguió por el anular, otra pequeña descarga. No dejaba de mirarme a los ojos mientras lamía uno a uno mis dedos una y otra vez. La piel se me erizó por completo del placer que me producía el contacto de su lengua. Entonces decidí seguir el juego y tomé una de sus manos para repetir lo que me había hecho a mí. Edward jadeó al mero contacto de mi lengua, pero yo fui más lejos y comencé a lamer detrás de su oreja mientras le susurraba lo mucho que me gustaba al oído. Vibraba con cada palabra que le decía. Cuando no aguantó más me tomó la cara con ambas manos y me besó con pasión. Sentía como si se nos fuese la vida en aquel beso, solo nos separamos cuando la falta de aire no nos dejó otra alternativa.

- Vaya con el hermano de mi amiga – bromeé mientras acomodaba mi vestido.

Se limitó a sonreír.

- Ponte de pie por favor – me pidió con amabilidad – quiero ver como te desvistes para mi – dicho esto se acomodó de espaldas en la cama para no perderse detalle del espectáculo.

- ¿Estas insinuando que haga un streap tease para ti Edward Masen? – lo miré con incredulidad.

- No lo estoy insinuando preciosa, lo estoy pidiendo – ronroneó.

- Ok pero lo haré a mi manera – le respondí desplegando todo el velo a lo largo del baldaquín para que se interpusiese entre nosotros.

La luna me iluminaba de atrás dejándole ver solo mi silueta recortada contra la claridad. Sentí como carraspeaba aprobando mi iniciativa. Junté un poco de coraje y comencé a bajar el cierre de mi vestido con una lentitud agonizante, cuando hube liberado mi espalda dejé caer los breteles dejando mis pechos al descubierto. Sentí como se le escapaba un jadeo sordo y sonreí para mis adentros. Con dos movimientos hábiles de cadera, el resto del vestido terminó a mis pies. Quedé cubierta por una diminuta tanga y mis tacones negros.

- ¿Te gusta lo que ves?

- Querrás decir lo que insinúas, porque en realidad solo veo tu silueta – dijo incorporándose un poco sobre los codos.

- Mejor aún…deja volar tu imaginación Edward – le susurré acercándome al velo hasta sentirlo adherido a mi piel.

Dejé que el velo rozara cada rincón de mi piel desnuda, yo sí podía ver a través de él y la cara de Edward lo delataba. Estaba extasiado.

- Acércate – le pedí.

Se incorporó de un salto y quedó arrodillado sobre la cama frente a mí. Muy despacio me acerqué a sus labios y los besé sin descorrer el velo. Gimió.

- Acaríciame – lo invité. Inmediatamente sentí sus dedos sobre mis pechos, recorriéndolos con suavidad.

Su respiración agitada iba en aumento a medida que las caricias se tornaban mas intensas. Yo lo dejaba hacer sin oponer ningún tipo de resistencia, estaba disfrutando tanto o más que él. De repente giré sobre mis talones quedando de espaldas y me apoyé contra su pecho. Su abrazo se cerró en torno a mi cintura y su hombría se hizo notar al instante.

- Edward…- le susurré mientras subía sus manos nuevamente a mis pechos.

- Me vuelves loco – jadeó en mi oído.

- Lo sé…

- Acuéstate por favor – descorrió el velo y me acomodó en la mitad de la cama.

Se subió encima y comenzó a besarme de una manera brutal, estaba totalmente excitado. Y su excitación me generaba más adrenalina, me enrosqué toda alrededor de su cintura y comencé a frotarme contra él.

Aguarda un minuto por favor – me pidió sacándose a toda velocidad la ropa hasta liberar su masculinidad. Corrió la única prenda que aún llevaba puesta y se entregó por completo a mi entrepierna.

- Ven aquí – gemí, alzando su rostro con mi mano.

Subió lamiéndome la línea invisible que une mi pubis con mi boca. Nuevamente nos besamos con furia mientras nuestra humedad nos hacía saber que estábamos listos para fundirnos el uno en el otro. Lo guié con la mano hasta sentirlo por completo dentro mío. Emitió un jadeo ronco y volvió a besarme. Sentía como su espalda se tensaba con cada arremetida.

- Detente Edward por favor – le supliqué. Se incorporó mirándome a los ojos, sin entender el porque de mi pedido.

- No quiero que termine todavía – me desprendí de la tanga y me recosté a su lado para seguir besándolo.

- Bella…¿quieres verme agonizar? – preguntó bromeando.

Yo seguía besándolo sin responder. Cuando sentí que estaba más relajado me acomodé sobre mis manos y rodillas y lo invité a seguir. No sé cuanto tiempo estuvimos en aquella posición, el suficiente para casi dejar la vida en dos orgasmos.

- Quiero verte agonizar Edward – y llevé mi boca ahí donde sabía que lo haría explotar.

El sonido que emitió su garganta al llegar al clímax marcó el final de esta fiesta personal a la que nos habíamos entregado.

Rápidamente acomodamos todo en su lugar, nos arreglamos y bajamos justo para soplar las velitas con Alice.