Capítulo II.

Ese día, no recuerdo con precisión la fecha, me levanté de la enorme cama de lino y seda, almohadas grandes, esponjosas de pluma de ganso y una decoración rústica a mi alrededor, la cual trataba en vano de darme un calor que no existía.
Me acerqué a la ventana con solo una bata ligera que dejaba pasar el frío hasta mis huesos, las memorias están volviendo...aún escucho esas voces resonar en mi cabeza.
Latvia, Ucrania y Lithuania jugaban en la nieve densa de Rusia; corrían junto a un fofo gato ruso de pelaje azulado, algo torpe por su rechonchés, se veían tan alegres, llenos de vida, que me hicieron recordar aquél día en que le regalé a West su primer perro.

- ¡Oe...West! ven aquí y mira esto. –

Alcé la voz, llamando a mi pequeño reich [reino] quien corrió presuroso a mi encuentro, encontrándose de sorpresa con el cachorro de un Golden Retriever, el cual se abalanzó sobre él.

- ¡Ah!... -

- Bwahahaha, no le temas. -

- ¿Q..qué es?. -

Creo que apenas podía moverse con el peso del perro encima, el hermoso tono de sus mejillas, hicieron que me perdiera en su inocente esplendor.

- ¡Bruder! -

- ¡Ah!... -

Me interrumpió con un grito, haciéndome volver en mí, y aquél cachorro no dejaba de lamerle el rostro sin cesar.

- Ah...lo siento, eso, es un perro, se encariña contigo dependiendo del amor que le des. -

- Prussia... -

- ¿Eh?. -

Un incesante éco. ¿Por qué me llamas por mi nombre?, pensé en mi recuerdo vagabundo y seguías llamándome, desvaneciente, su voz se volvía confusa, extraña y distante, cuando de pronto la escuché detrás, de nuevo.

- ¡Prussia!. -

- ¡...! -

Sentí que caía de aquel agradable recuerdo, de vuelta a esta cruda realidad, más al voltear a ver a aquél que me llamaba incansable.

- ¿Qué quieres, Russland?. -

Mis modales con él eran nulos, comentarios de sarcasmo e ironía, respondían con fluidez a lo que Iván me decía. Me negaba a comer si el estaba cerca, en realidad en ese entonces llevaba algunos días sin probar bocado. Estaba débil y más pálido de mi habitual tono de piel, sin mencionar que había adelgazado un poco.

- ¿Qué quieres Russland?. -

- No deberías estar de pie, ni pararte cerca de la ventana; estás muy débil y podrías... -

- ¿Caerme?...descuida, no me caería...solo pensaba en saltar por ella...kesese. -

- ... -

Aquél comentario logró en ese rostro tranquilo una gran molestia. Creo que me causó algo de risa verle, pero preferí no iniciar una nueva discusión tan temprano, así que decidí meterme de vuelta a la cama.

- ¿Te gusta hacerme enojar, da?. -

- ¡Ksé!...piensa lo que más te convenga, a mi me da igual. -

Comencé a cubrirme, al tiempo que le respondía con indiferencia, mientras yo quería arroparme para dormir otro rato, el no deseaba lo mismo ya. En un movimiento brusco, arrebató de mi frágil cuerpo las mantas y cobertores, obviamente reaccioné violento ante él, dando un manotazo a su cara, el
cual detuvo.

- ¡¿Sie sind idioten? ¡Maldito bastardo! [¿Eres idiota?] -

- Nyet [No] -

Esa respuesta tan estúpida; maldito ruso comunista, no me dejaba vivir pero tampoco me permitía la muerte. Fue que se arrodilló en la cama y con gran fuerza que, para mi debilidad era descomunal, apretó mi garganta.

- ¡Coagh!...d..detente -

- ¡Discúlpate! - ...

- ¡Nein! [No] -

- ¡Discúlpate ahora! -

Se nubló mi vista, el aire me hacía falta y mi cabeza dolía, como si fuera a estallar. Apreté mis labios hasta sangrarlos, que humillante, ¡¿Cómo era posible que YO, el Grandioso Preußen Königreich, tuviera que disculparse ante tan despreciable ser?; no pude más, no tenía opción, tuve que ceder.

- L...lo..s..siento...¡aaah! -

Me liberó y comencé a respirar agitadamente. En sus ojos violetas, bajo su fría y sádica expresión, había un brillo que atormentó a mis sueños cada noche a partir de ese día.

- Jamás vuelvas a insultarme...ya no eres tan grande, ¿nee pequeño Prussia?.

- Eres tan solo un triste pedazo más que me pertenece. Has de servirme en silencio, sumiso y te atendrás a mis deseos. Cualquier acto de rebeldía...será castigado. -

Le miré, no dijo más, no fue necesario, salió de la alcoba, azotando detrás la puerta y ya no escuchaba las risas de los que en la nieve se divertían. Entonces un frío intenso se apoderó de mí, sabía que lo odiaba y también...sabía que deseaba morir.