Capítulo III.

No me pregunten que mañana nueva sería esa, solo pasaba mis días como si de una larga pesadilla se tratara.

Uno de los jóvenes que habitaba la casa de Rusia, Lithuania, trajo a mi el almuerzo, al que, por nueva vez me negué a siquiera mirar.

-Sr. Gilbert, es necesario que coma...van semanas que no prueba más que agua. -

- No me interesa Toris...te habrás dado cuenta de cuales son mis intenciones. -

- Desaparecer. -

- Ja [Si]...¿cuándo será?. -

- Los reinos no desaparecen Sr. Gilbert, no tan fácil. -

Dijo mientras posaba la charola en la mesa céntrica de la amplia habitación, después se acercó a mi y pude ver la nobleza en sus ojos serenos.

- Solo cuando su memoria es olvidada, cuando el más poderoso absorbe la esencia del primero o si es atravesado por el repudio de una nación...la guerra y su destrucción. –

- Sabes mucho... –

- Usted también lo sabe...pues, fue usted quien regresó del sueño eterno al

Sacro Imperio Romano. Estaba enterado que lo que mantenía su esencia en este mundo, aferrándose a la vida era el amor y el recuerdo de alguien..ese que jamás le olvidó. Se valió de eso para formar a... -

- West. -

- Le dejo la bandeja aquí...se que comerá...si desea ver alguna vez más a su hermano...con permiso. -

Siempre admiré la sabiduría con que Toris formulaba sus palabras, de su boca solo fluía sensatez y precisión. Admiré la charola por largo rato, ni siquiera podía escribir en mi diario para descargar la tormenta que se creaba en mi, estaba privado de todo lo que amaba. El aroma dulce de la fruta, el calor del café y el perfecto dorado de las wurst hicieron agua mi boca. Fue un recuerdo, una sonrisa de mi hermano y sin darme cuenta, ya había arrasado con la comida entera. De la nada desbordaba la lluvia de mis ojos, un profundo vacío llenaba mi pecho y dolía. Me volví a la cama y sollocé en silencio hasta quedarme dormido.

Quizás pasaron horas, no lo sé, pero en algún momento lo decidí.

''No es el destino, es mi decisión, he de desaparecer por amor.''