Pov. Zeke Landon

El momento se ve interrumpido por el tono de llamada del móvil de Kara, por lo que nos separamos, la noche ha caído sobre nosotros y recién me doy cuenta de ello, las farolas del muelle se han encendido y solo hay un par de personas más. Ella se aleja y comienza a hablar, por lo que distingo, su interlocutor es su hermana, Alex.

—Hora de irnos, ¿No?—digo guardando mis manos en los bolsillos delanteros de mis vaqueros, ella suelta un suspiro de resignación y asiente —¿Tu hermana es siempre así?

—Siempre se ha preocupado por mí —dice mientras comenzamos a caminar de regreso a la DEO.

—Tienes a alguien que te quiere y daría su vida por ti —menciono y sonrío de medio lado, ella me sorprende y se prende de mi brazo apoyando su cabeza en mi hombro —. Y sé que a ti te ocurre exactamente lo mismo.

Caminamos casi en silencio, pienso en todo lo que ha ocurrido durante esa tarde, que aunque siento que ha sido poco tiempo, la realidad es otra.

—Gracias por confiar en mí —dice cuando nos detenemos frente a las puertas del enorme edificio que sigue siendo mi prisión.

—No tienes que agradecerlo, necesitaba hablarlo con alguien, solo que no había encontrado a la persona indicada para hacerlo.

—¿Por qué dices eso? —pregunta colocándose frente a mí, mi mano sostiene la suya.

—Nadie se había interesado en mí, como te lo mencioné antes, para todos soy un monstro, incluso yo mismo llegué a considerarme así —suspiro —. Pero tú eres diferente —enarca una ceja —, no lo digo por el asunto de todo lo súper que hay en ti, sino porque… Eres tú.

Kara me mira entrecerrando los ojos, no comprende mis palabras, tampoco quiero explicar el trasfondo que hay en ellas.

—Bueno, mejor entro —digo señalando la puerta —. No quiero causarte problemas con toda esa organización —sonrío, ella asiente y suelto su mano comenzando a caminar.

A mitad de camino me detengo y regreso tras mis pasos, ella sigue de pie en el mismo sitio, sonrío ampliamente cuando esos ojos azules me miran.

—Gracias por el helado —digo sonriendo —. Espero que, si hay próxima vez, pueda ser yo quien invite —no espero a que diga algo, simplemente me armo de valor y deposito un pequeño beso en su mejilla, cerca de la comisura de sus labios.

Sus ojos se abren como platos, sorprendida por mi acción, no hay palabras.

—¡Buenas noches, Kara!