Capítulo 38. El plan maestro de Noah.

Cuando se separaron, Link volvió al laberíntico diseño de los pasillos. Se dejó guiar por el servicio, por los trabajadores que recorrían el lugar como hormigas tras una tarde de lluvia. La moqueta roja era interminable, así como la procesión de armaduras y los coloridos lienzos que decoraban las paredes, todo intercalado entre antorchas que embriagaban el aire de leña y aceite.

Ascendió otro piso más hasta que encontró lo que buscaba. Una habitación cerrada con dos sheikah montando guardia. Se colocó frente a ellos. –Vengo a ver a la princesa.

–La princesa no recibirá a nadie a estas horas.

Barajó la idea de noquear a los dos sheikah y la desechó casi al instante. Seguramente el ruido alertaría a Zelda, que podría interceder por él, o también a Impa, quien también podría interceder pero de forma opuesta. Además, no sabía cuántos guardias más podría haber acechando. Seguro que otros tres o cuatro.

–Gracias –contestó, forzando una sonrisa tan artificial como la pregunta que haría a continuación–. ¿Sabéis dónde están mis aposentos? Es que no conozco muy bien este sitio.

El sheikah le sostuvo la mirada un segundo. –Siguiendo este pasillo a mano izquierda encontrará unas escaleras. Bájelas, continúe hacia la derecha y la quinta puerta es la suya. Hay un guardia en la entrada.

Link asintió y siguió sus indicaciones hasta llegar a la escalera. Se giró para comprobar si el guarda le seguía con la mirada y, al ver que no lo hacía, subió las escaleras a paso ligero.

El piso superior era casi idéntico, salvo porque había menos armaduras y ningún sheikah a la vista. Memorizó la altura a la que estaba la habitación de Zelda y se acercó a la puerta de la estancia que estaría justo encima. Por supuesto, estaba cerrada. Durante años en eso había consistido gran parte de su aventura: enfrentarse a puertas cerradas, buscar llaves para poder abrirlas.

Echó un vistazo a ambos lados del pasillo antes de darle una fuerte patada a la cerradura. Aguantó la primera, y su pierna le lanzó una dolorosa queja. Con la segunda astilló el marco y consiguió entrar. La estancia era una habitación pequeña con un mobiliario oscuro. La luz que entraba desde la ventana tejía sombras fantasmales, alargadas y grotescas como animales de pesadilla. Descorrió el pestillo y la abrió, dejando que una bocanada de aire frío se colase en su interior.

Sintió cómo se movía la puerta tras él y tuvo que esquivar un puñetazo antes de plantearse si había sido el aire. De espaldas había sentido el movimiento del brazo contra su cabeza, pero al ladearla vio cómo el puño sujetaba una cuchilla. Agarró ese antebrazo con fuerza antes de que lo retirase y lo dobló contra su hombro. El cuerpo del sheikah voló sobre su espalda a través de la ventana. La cerró casi al instante y volvió sobre sus pasos para cerrar la puerta. El marco seguía roto, pero al apoyar la hoja sobre él daba la sensación de quedar intacta. No sabía si en esa habitación se habían guardado secretos, pero desde luego esa noche sí lo haría.

Volvió a abrir la ventana y el sheikah fluyó a través de ella como la brisa nocturna. El movimiento le pilló por sorpresa y encajó el golpe con la cara. Sin darse tiempo, aprovechó la inercia para rodar sobre sí mismo y reducir el impacto. El sheikah era silencioso, y parecía ver en la oscuridad. Link tenía que guiarse por los matices de oscuridad que ofrecía la luz nocturna. Esquivó dos estocadas plateadas y consiguió agarrar la muñeca del brazo armado. Antes de poder doblársela, la pierna izquierda del sheikah ascendió y le dio una fuerte patada en el cuello. Aprovechó el gesto para agarrarla con su brazo derecho al tiempo que bloqueaba con el izquierdo la muñeca de su adversario. Giró sobre sí mismo y lo estampó contra el suelo. Oyó un gruñido acompañado del impacto y supo que le había hecho daño. Sonrió en la oscuridad.

Apretó su antebrazo contra la tráquea del guardián silencioso hasta que los espasmos cesaron. Notaba el cuello dolorido y los latidos de su corazón resonaban en sus sienes como un tambor. Aprovechó para tomarle el pulso al sheikah y comprobó que estaba inconsciente, vivo pero incapaz.

Palpó el cuerpo del guardia con la intención de buscar armas y se sorprendió al ver que era una mujer, aunque no varió un ápice en su inspección. Cuando hubo retirado las cuchillas, unas cinco, la ató y amordazó con las sábanas de la cama. Después la metió en un armario.

Se asomó por la ventana y por primera vez pudo disfrutar de las vistas. La luna llena decrecía con una C oscura, ocultando uno de sus bellos perfiles. Como respuesta, la luz plateada también iluminaba la ciudad de forma incompleta: pinceladas grises que dejaban el paisaje a medio descubrir. Las sombras que proyectaban las murallas de la Ciudadela eran aún más negras que la propia oscuridad, obligando a las calles a iluminarse con antorchas o aceite. La ciudad tenía venas de fuego.

Link le echó una última mirada a la puerta antes de salir por la ventana y apearse de la cornisa. La adrenalina aún viajaba por sus venas, tensando sus músculos como si fueran de piedra. Dejó que sus dedos palparan los salientes de la fachada hasta que sintió el frío tacto del cristal. Se descolgó por completo, apoyando los pies en la nueva cornisa y dio un par de golpes con los nudillos. La habitación estaba iluminada por un candelabro y la propia chimenea, haciendo que apenas pudiera distinguir a Zelda escribiendo sobre un pergamino. Tuvo que volver a golpear el cristal para llamar su atención y, desde aquella barrera invisible, vio su gesto de sorpresa.

–Diosas, Link –susurró cuando abrió la ventana. Se echó a un lado para dejarle entrar–. Sabes que existen las puertas, ¿no?

–Sí –contestó él–, e Impa también.

Se detuvo un momento para apreciar lo que tenía frente a sus ojos. Zelda se había quitado todos los abalorios, incluidos los pendientes y las cintas que le decoraban el pelo. De su complejo peinado ahora solo quedaban dos tirabuzones juguetones cayendo por sus sienes y una cascada de cabello rubio que le tapaba la nuca. Tampoco vestía ya el negro del luto: el vestido había sido sustituido por un camisón pálido y grueso de cuello rectangular. No era insinuante, pero enmarcaba perfectamente la forma de sus clavículas.

–Ya… –concedió Zelda. Pareció recordar algo–. Oye, perdona por no haberte buscado antes.

Link le restó importancia con un gesto. Estaba embriagado por el olor de aquella habitación. El aire era cálido y estaba impregnado por ella, como enterrar la nariz en su cabello. Avanzó hasta la enorme cama con dintel y se sentó. El colchón absorbió su figura y lo atrapó.

–Diosas –exclamó, pillado por sorpresa. Miró a Zelda, que entre los matices de su mirada había una chispa de diversión–. ¿De qué está hecho esto?

–No lo sé, supongo que… –comenzó, pero se interrumpió al mirarle al rostro–. Te sangra la nariz.

Link se llevó la mano a la nariz y la vio teñida de rojo. –Oh, mierda.

–¿Qué has hecho? ¿Te has peleado?

–Había una sheikah en la habitación de arriba y no me lo ha puesto fácil.

–Diosas, eres estúpido –dijo en voz baja. Se levantó de la silla del escritorio y fue a la otra esquina de la habitación. Vació una jarra de agua tibia en una palangana–. Ven, lávate mientras termino esto.

Mientras Link se enjuagaba la cara vio de soslayo cómo Zelda volvía al escritorio y cogía la pluma. –¿Qué estás haciendo?

–Preparo unas cartas para Darunia y Do Bon.

Link cerró los ojos mientras disfrutaba del frescor de aquel agua. Tenía esencia de azahar, una nota basal en aquel lugar, incluida Zelda. Trató de concentrarse en eso y no en cómo los tejemanejes de su hermano la habían reducido a eso, a escribir cartas para tratar de arreglar sus desvaríos.

–Impa intentó que estuviera en la reunión, pero me fue imposible –dijo él. Creía que debía saberlo. No la había dejado sola a propósito–. Quería saber qué te ha parecido.

–¿No lo has hablado con ella?

–Prefería que lo viéramos mañana –repitió Link con retintín, especialmente en la última palabra–. ¿En qué consiste?

–Quiere darle la vuelta a la situación. –Zelda rebuscó entre sus papeles al tiempo que Link se acercaba. Agarró una silla y se sentó junto a ella. Le pasó un bosquejo con pequeñas anotaciones. Link frunció el ceño y Zelda se justificó. –Tomé apuntes.

–Ya veo –respondió él, tratando de descifrarlo.

–Ganondorf parte sabiendo que la Fortaleza Gerudo es prácticamente inexpugnable. Cuenta con la ventaja geográfica. –Mientras hablaba, le señalaba partes de uno de los dibujos. Era un mapa de la Cordillera Gerudo.

–Cierto –asintió Link–. Por eso es una locura pasar al ataque.

–Eso mismo pensaba yo. El Cañón Gerudo es una ratonera.

Recordó los escarpados ángulos del cañón. Una inmensidad rojiza con recovecos y salientes desde los que se podían colocar arqueros, las curvas de un único camino que serpenteaba a través de la montaña en un recorrido mortal. La estrechez del sendero eliminaba cualquier ventaja numérica, aunque en este caso ni siquiera la tuvieran. Alcanzar la fortaleza era imposible.

–¿Entonces?

–Quiere asediar la entrada del cañón –explicó–. Noah sabe que nos superan en número así que quiere darle la vuelta al campo de batalla y volverlo a su favor. –Link apoyó la boca sobre sus nudillos mientras miraba el dibujo de Zelda. –Si consigue colocar al ejército real en la entrada, las tropas enemigas no podrán desplegarse. Se quedarán confinadas en el cañón.

La idea era muy buena. Su reticencia a lo que había propuesto el príncipe hasta ahora era el pasar al ataque en un contexto desfavorable, pero acababa de descubrir que su plan era todo lo contrario. Reharía un plan defensivo pero adaptándolo a sus necesidades. Desharía la inmensa superioridad numérica que Ganondorf había construido con sus invocaciones. La emoción comenzó a vibrar en sus venas.

Sin embargo, eso solo era un buen punto de partida, no una conclusión. La guerra no terminaría hasta que cayese la Fortaleza Gerudo o la Ciudadela, y eso devolvía todo al punto de partida. –Y después, ¿qué?

–Noah ha propuesto un dividir las tropas en un mando doble. El ejército hyliano por una parte y los sheikah por el otro. Los hylianos serán los que mantengan la posición a la entrada del cañón mientras los sheikah avanzan por los laterales, ganando las posiciones de los arqueros.

–¿Los sheikah pelearán en la montaña? –preguntó, pero al mismo tiempo tuvo su propia respuesta. Si había alguna fuerza capaz de hacer frente a las gerudo en la cordillera, esos eran los sheikah. Ágiles, silenciosos y mortíferos, podrían colarse en la red de túneles y deshacer la ventaja en el desfiladero.

–Noah dice que es mejor que tenerlos en campo abierto –dijo ella, encogiéndose de hombros–. Y se supone que una vez haya cierta ventaja numérica en la zona superior, podremos empujar a las tropas hacia su terreno.

–¿Empujarlos? –repitió él, incrédulo–. La Fortaleza está por lo menos a dos días de camino. Es imposible.

–Eso mismo dije yo –contestó ella–, pero Noah dice que no hace falta llevarlos hasta allí. Solo con llegar a la Garganta será suficiente. Tener el control del Puente Gerudo es un punto de no retorno. Le daría la baza para negociar con comida, agua, de todo. O paz o bloqueo.

Link se estiró hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla. Dejó que su cabeza dibujase el plan que acababa de explicarle Zelda mientras acallaba una vocecilla en su cabeza. La esperanza estaba floreciendo en su interior. Fallos, tenía que encontrar los fallos. Las variables que no podían controlar.

–¿Existe algún informe de las cuevas del cañón? –Zelda negó con la cabeza. El avance sheikah sería a ciegas. Lo bueno era que, si pudiesen mantener la posición en la entrada, las bajas serían mínimas. Tendrían las rutas de suministro a la Ciudadela a pleno funcionamiento y solo habría que esperar a que una fuerza de élite como los sheikah acabase por vencer el pulso en las montañas.

Link volvió a reclinarse sobre el dibujo que le había enseñado Zelda. Un par de líneas toscas haciendo de embudo, la entrada al cañón, y un cuadrado frente a él bloqueándolo. –¿Y si las tropas salen antes de que podamos bloquear la entrada?

Zelda se llevó la mano a la frente, cerrando los ojos. El tirabuzón que le caía por la sien brillaba en un dorado cobrizo. –Por eso quiere hacerlo cuanto antes. Hoy mismo ha mandado vigías sheikah a comprobar el estado de la entrada. Si salieran tropas, lo sabría.

Muy a su pesar, el plan de Noah era casi magistral, y sus prisas estaban más que justificadas. Un asedio a la Ciudadela podría haber resultado fatal si las tropas de su enemigo eran tan grandes como intuían. Ahora, sin embargo, vencer volvía a ser una posibilidad. Era volver a tener una carta ganadora en la baraja; seguía siendo una entre muchas, pero al menos existía.

–¿Te convence? –preguntó Zelda. El tono en que lo dijo le agarrotó el corazón. Le transmitía un desamparo que nada recordaba a la Zelda que conocía. Era como si le hubieran cortado los hilos, una marioneta rota que no volvería a la función. Después de todo su esfuerzo, la habían desplazado de un plumazo.

–No sé, Zel… –respondió. Alargó el brazo y le acarició el dorso de la mano. Ella bajó la mirada, sabiendo lo que significaba aquello. Siguió el recorrido de sus dedos con la mirada y vio la carta que estaba escribiendo antes de que llegara. Le soltó la mano y la leyó.

La realidad cayó sobre él como un jarro de agua fría. Miró a Zelda a los ojos, redescubriéndola. A pesar de esa idea que se había instalado en todos, ese desconocimiento hacia lo militar, ella lo había visto. Lo había visto antes que los demás, antes incluso que él.

–No es suficiente, ¿verdad? –Los ojos de Zelda bajaron, acobardados. Link insistió, diciendo lo que ambos sabían–. El ejército hyliano no es capaz de sellar la entrada al cañón.

–Necesitamos a los goron –respondió ella.

Por supuesto que los necesitaban. El ejército de Ganondorf seguramente superaría en más de uno a diez al hyliano, y aunque consiguieran mantener la posición durante horas o días, terminarían por ser desbordados. Y eso sin tener en cuenta la idea de "mandarlos de vuelta" a la Garganta. Necesitaban un ariete, una fuerza bruta como un caballo de tiro que los empujase hacia atrás.

–Sin los goron el plan no funcionará –asintió Link. Podrían adelantar el plan todo lo que quisieran para colocarse bien, pero no serviría de gran cosa si no podían mantener esa posición. Ahora comprendía lo importante que era aquella carta, la necesidad de tenerla escrita a esas horas de la noche–. Termínala.

Se puso en pie y volvió a dejarse caer sobre la cama. La suavidad de las sábanas era peligrosa, lo empujaban fuera de su cuerpo, lo adormecían como un polvo venenoso. Sintió cómo Zelda se ponía en pie y entreabría su puerta. Las voz que puso al entregarle órdenes al sheikah sí se parecía más a lo que solía ser ella.

–Ya está –dijo ella tras cerrar la puerta. Volvió a sentarse en su silla de escritorio–. Quítate las botas, que vas a manchar las sábanas.

Link obedeció. –¿Se lo dijiste a tu hermano?

–¿El qué?

–Todo esto –respondió, señalando a la puerta por la que acababa de desaparecer su carta–. El punto débil de su plan. –Negó con la cabeza. –¿Por qué?

No lo entendía. Zelda no era una persona que se callase ese tipo de comentarios. Si algo le parecía mal, lo decía aunque tuviese que arrasar con todo y todos, aunque la tachasen de histérica. Esa mesura, o docilidad, no pegaba en absoluto con ella.

–No sé, Link. Estaba cansada –contestó, volviendo la vista a otra de sus cartas–. Estoy cansada. Les veía tan hostiles, tan seguros de su verdad. Impa también. Escuchaba a Noah en silencio, pero parecía beber de sus palabras. Era un poco como tú al principio cuando te he contado todo esto.

No pudo evitar volver a morderse el labio. La había dejado sola frente a todas esas pirañas. Nadie confiaba en ella en ese aspecto, nadie imaginaba que su genialidad estaba por encima de esas clases marciales a las que nunca había tenido la oportunidad de asistir. Hasta Impa, su principal valedora, le negaba su apoyo con condescendencia.

Volvió a mirarla una vez más y, además de belleza, vio cansancio. De sus tirabuzones podía ver pequeñas puntas abiertas, cabellos sueltos que se desligaban de su peinado. Alrededor de sus preciosos ojos también veía sombras que no las hacía la luz de la lumbre.

–¿Has dormido algo?

–No mucho.

–Nada –tradujo él, poniéndose de nuevo en pie. El tacto de la alfombra en sus pies descalzos era agradable.

–He estado ocupada –respondió, poniéndose a la defensiva.

Link echó un vistazo a la carta que tenía entre manos, dirigida a Do Bon.

–No creo que estos nos ayuden por mandarles una carta.

Zelda suspiró. –Lo sé, pero debo intentarlo.

–Vale, pero ésta sí que puede esperar a mañana. –Con un gesto cariñoso, le quitó la pluma de la mano. Una pequeña victoria.

–¿Me vas a mandar a la cama? –preguntó ella, con mordacidad.

–Haré lo que sea necesario para proteger a mi princesa, aunque sea de su propia cabezonería.

Vio cómo los labios de Zelda se curvaban en una sonrisa más de lo que lo habían hecho en todo el día. Otra pequeña victoria. Tiró de ella hasta levantarla y la llevó a la cama. Ella se encaramó en el colchón de forma muy poco principesca y acabó tumbada hacia arriba. La almohada parecía haber absorbido su cabeza.

–Si te viese Impa, te mataría.

Link jugueteó con los dedos de los pies, enterrándolos y moviéndolos en la alfombra. –No tenía pensado acompañarte así. Puedo quedarme aquí abajo.

Zelda se incorporó. –Ni se te ocurra. –Tiró de él hasta dejarlo a su misma altura.

Volver a tenerla tan cerca le recordó al viaje que habían hecho juntos. La luz de la lumbre emulaba las hogueras y las noches a la intemperie, redibujaba su rostro entre sombras y le daba una calidez que ya consideraba familiar. –Sé lo que piensas.

–¿Qué pienso?

–Que debería haber hablado con Noah. Que no es normal que me calle las cosas.

Su mano izquierda zumbó como nunca lo había hecho antes y, en un gesto visceral, la atrajo hacia sí, apoyándola contra su pecho. Miró hacia arriba y, cuando habló, lo hizo en un susurro. –Pienso que te has callado muchas cosas, que no le has reprochado a tu hermano esta estúpida encerrona ni tampoco la locura de traer a Ganondorf al castillo. –Aflojó el abrazo. –Pienso que Impa se ha portado mal y tendría que haber confiado más en ti, y pienso que te ha ofendido que no lo haya hecho.

Notó cómo Zelda tragaba saliva. –Pienso en tus ojeras, en que seguramente no hayas dormido ni comido nada en estos dos días. También que mucha gente te ha dado el pésame pero nadie te ha preguntado cómo estás. Pienso en lo entera que has estado durante la ceremonia de hoy y en esa cara tan seria que has tenido todo el día.

–Vaya –dijo con voz ronca–. Piensas muchas cosas.

Link bajó la vista y le besó la frente. –También pienso en que tu padre ha muerto y que está bien si quieres llorarle.

El súbito chasquido del tronco en la chimenea le hizo pensar que la ventana se había partido. Cuando un cristal se rompe puede hacerlo de distintas formas. Si se le golpea con violencia o se somete a un cambio brusco de temperatura puede estallar, sin más, como una lluvia de esquirlas. Un golpe seco puede dibujarle fisuras, líneas blancas que se dividen en piezas que parecían estar hechas para existir separadas. También están las fracturas del tiempo. No cogen a nadie por sorpresa porque en su superficie se forman grietas. Al principio pequeñas, motas blanquecinas que se confunden con polvo. Sin embargo, con el tiempo crecen igual que las raíces de un árbol. Se extienden y ramifican por todo el cristal hasta que, un día, el más ligero contacto lo despedaza. Link lo sabía, sabía que sus palabras eran ese pequeño contacto, y también sabía que Zelda llevaba demasiado tiempo agrietada. Aquella noche terminó de romperla.

La acunó, dejando que toda la pena contenida en ese cristal se derramase por la cama. Le acarició el cabello mientras las lágrimas empapaban su camisa, mientras ahogaba los sollozos en su pecho. Escuchó cómo su pulso se ralentizó hasta quedarse dormida. Entonces solo quedó él en la habitación, él y el maleducado tronco de la chimenea.

Bajo aquel rumor pudo pensar una vez más. Pensó en lo que acababa de ocurrir y en la desfachatez que había tenido al decir todo aquello. Allí, al borde de una guerra que podría ser el fin del mundo, en la cama de una princesa y con una princesa abrazada a él. En aquel colchón mullido, con las sábanas impregnadas de azahar, se dio cuenta de que nunca antes había sido tan feliz.

Absurdo. Todo era absurdo. ¿Quién se creía?


Notas de autor: Puede que este capítulo haya resultado algo corto, y en parte lo es. En principio iba a haber juntado la parte de la pelea en el capítulo anterior, pero entonces la conversación quedaba muy descolgada y sí o sí tenía que acabar, así que opté por esto y viendo ahora las palabras, veo que está mucho más equilibrado.

Hacía tiempo que no escribía escenas de acción, espero que no haya resultado difícil de seguir.

En cuanto a la conversación con Zelda, me gustó mucho hacerla. Toda la parte de estrategia militar fue divertida de escribir (me encantan estas cosas, si no, leed mi fic Ishval), pero quería hacer más énfasis en cómo han intentado/conseguido anular a Zelda. La princesa no tiene formación militar, lo cual me parece un error garrafal, pero al mismo tiempo realista. Que en Hyrule no exista una ley sálica no impide que siga siendo una sociedad machista y medieval. El único motivo por el que Zelda y sus antepasadas han podido reinar es porque es palpable su relación divina con Hylia y la Trifuerza. Como hemos estado viendo a lo largo del fic, esto ha permitido que Zelda tenga conocimiento político, pero no militar. Sin embargo, han sido sus conocimientos políticos los que han conseguido que pusiera el foco en aquello que las "mentes militares" como Link, Impa o Noah no han hecho, no dejarse embelesar con darle la vuelta a la tortilla y fijarse en que los números siguen sin salir, en que necesitan la ayuda de todo el mundo.

Espero que os haya gustado en general.


Sakura: Justo. Aun así, también comprendo a la gente que no llora en esas ocasiones. El duelo es como una huella dactilar, cada uno tiene el suyo propio. Un abrazo.