Ninguno de los personajes de la serie de Tv. Merlín me pertenecen al igual que tampoco los de la saga de Harry Potter.
LA HORA MÁS OSCURA
Fue un largo viaje de regreso, tenso e incómodo, que no mejoró en cuanto comenzaron a adentrarse en los terrenos del castillo y pudieron ver cómo todo a su alrededor parecía colapsar. Había personas corriendo y llorando, guardias yendo de un lado al otro con antorchas de fuego, ventanas rotas y un frío en el ambiente que parecía atravesar fácilmente las prendas, la piel y los huesos.
Había tantas cosas por hacer cuando llegaron finalmente al pie del castillo que Arturo no tuvo reparos en dejar que Hermione se alejara de él.
Fue Merlín quien nuevamente tomó la mano de la princesa y juntos fueron en busca de Gaius, la única persona que en ese momento podría llegar a darles algunas respuestas. O al menos, eso esperaban. Pero cuando encontraron al galeno de la corte, la escena frente a ellos no fue mejor: estaba rodeado de cuerpos congelados, llenos de una escarcha helada que disminuía la temperatura del ambiente, haciendo que su respiración pudiera verse a causa del vapor que creaban.
— ¿Han podido verlos? —preguntó a ambos.
Los dos asintieron con un movimiento en la cabeza.
—Pero nuestra magia es inútil contra ellos—dijo el mago con pesar—. Nunca he sentido en mi interior tanta impotencia. Cuando vinieron hacia mí sentí… vacío. Y no podía respirar… y…
—Como si sólo pudiera sentir tristeza—completó Hermione.
—Sí—concordó Merlín pero luego se dio cuenta que ella ya no se veía tan afectada como antes, sino que su rostro tenía una de esas peculiares expresiones que ponía cuando se daba cuenta de algo— ¿Qué sucede?
—Yo sólo… recordé algo—comentó, pero, para frustración de los dos magos, no comentó nada más.
— ¿Algo que nos puede ser útil? —inquirió Gaius.
—No lo sé—confesó ella—. De donde yo vengo, existen unas criaturas llamadas Dementores—comenzó a explicarles—. No tienen el mismo aspecto de lo que vimos hoy pero no puedo dejar de pensar que esos seres te hacen sentir de la misma manera: el frío y la tristeza.
— ¿Crees que se trate del mismo ser?
—No lo sé. Creo que no, pero quizás éste pueda tratarse de su origen. En realidad, aunque he leído muchas teorías, nadie sabe exactamente de dónde salen los Dementores o si se reproducen como cualquier otro ser vivo—comentó sin dejar de pensar en el tema—. Lo que sí sé es que debemos tener mucho cuidado. Los Dementores tenían la capacidad de robar el alma y la vida de las personas.
Gaius miró a su alrededor y lanzó un suspiro.
—Me temo que no estamos tan lejos de esa realidad. Aunque a estos seres los conozco por otro nombre.
Los dos miraron con curiosidad al anciano.
— ¿Los habías visto antes? —cuestionó Merlín.
—Nunca—aseguró—. Pero cuando lees todo tipo de libros, algunos relacionados con la Antigua Religión, sin duda alguna logras adquirir cierto conocimiento. Yo los conozco como Dorochas. Son las voces de los mismos muertos, atrapados en una agonía constante, espíritus que no pertenecen a este mundo.
Un pesado silencio cayó en aquella helada cámara llena de cuerpos congelados.
— ¿Y cómo llegaron aquí? —preguntó la voz inconfundible de Arturo.
El príncipe había ingresado al lugar silenciosamente, siendo seguido de cerca por Agravaine, sorprendiendo a todos con su inesperada pregunta. Hermione rápidamente intercambió una mirada preocupada con Merlín.
— ¡Arturo! —exclamó éste— ¿Llevas mucho rato escuchando? —preguntó con falsa amabilidad.
Comprendía muy bien el temor de Hermione. Si Arturo escuchó las palabras de su hermana, podría llegar a tener unas cuantas preguntas que hacerle.
—Sólo escuché lo que dijo Gaius—dijo para alivio de Merlín, Hermione y Gaius— ¿Por qué?
—Porque deseo comunicarle todo lo que sé, mi lord—dijo rápidamente el galeno—. No quiero que se pierda ningún tipo de información.
—Bien, continúa—lo incentivó el príncipe— ¿Qué más sabes?
—En las noches de Samhain, en épocas de la Antigua Religión, la gran Sacerdotisa hacía un sacrificio de sangre y los liberaba.
Hermione había leído sobre el tema también pero nunca con demasiado detalle. En el libro que le había entregado Lady Vivianne sólo lo mencionaba de manera superficial.
— ¡Qué atroz! —exclamó Agravaine de repente— ¿Quién haría una cosa así en estos tiempos?
—Morgana—respondieron al unísono Hermione y Gaius.
Arturo los miró atentamente.
— ¿Realmente creen que se trata de ella?
—Sabemos, señor, que viajaba a la Isla de los Benditos y ese es el lugar exacto en donde debe realizarse el ritual. No tengo más pruebas, pero creo que no las necesitamos.
Arturo asintió, pensativo.
— ¿Y cómo derrotamos estas cosas?
—No lo sé, mi señor—respondió el galeno—. Ningún mortal ha sobrevivido nunca a su toque.
Hermione se mordió el labio inferior, conteniendo las palabras que empujaban por salir de su boca. Este gesto no pasó desapercibido para el príncipe.
—Habla—le ordenó su hermano.
—En realidad no es una forma de derrotarlos—comenzó a aclarar—, pero creo que podría ayudar tener pensamientos positivos.
Ahora que lo decía en voz alta sonaba demasiado ridículo, lo sabía sin necesidad de ver la expresión de Arturo, quien la contemplara como si de repente se hubiera transformado en la persona más tonta del mundo.
—Yo sé que suena tonto—le aseguró—, pero piensen en el modo en que nos hacen sentir cuando están cerca: tristes, vacíos… como si la felicidad no existiera. Aunque no tenemos armas, quizás si nos concentramos en tener pensamientos más alegres y positivos, nos volveríamos más fuertes ante ellos.
—Por supuesto, es una posibilidad—comentó Arturo utilizando un tono condescendiente.
…
Las noches nunca resultaron tan aterradoras como en esos momentos. Caía como un manto oscuro, creando sombras amenazantes en cada rincón.
A pesar de que los caballeros siguieron con sus rondas y creando grandes antorchas para iluminar las esquinas del palacio y en el exterior del mismo, las personas seguían asustadas y estaban atentas ante el mínimo sonido que pareciera ser fuera de este mundo. Por eso nadie durmió. Todos mantenían sus ojos abiertos y sus oídos atentos. Nadie sabía cuándo podrían aparecer para congelarlo todo y arrebatar más vidas.
Fue noche larga y la mañana que llegó luego de ésta no mejoró la situación porque a pesar de estar todo iluminado, las personas de todo el reino comenzaron a llegar en enormes grupos para buscar refugio en el castillo.
—Buscan protección—dijo Gaius, notando la mirada del príncipe que seguía los movimientos de los recién llegados a través de una ventana.
—Y se la daremos—aseguró éste.
—No podemos alojarlos a todos—contradijo Agravaine.
—Trataremos—insistió Arturo.
— ¿Cómo? —insistió el hombre—No podemos vivir así para siempre, Arturo.
— ¿Entonces su propuesta es dejarlos fuera, muriendo a manos de esas criaturas? —cuestionó Hermione, sin alzar la vista de la pila de libros que tenía delante de sí y que había pasado toda la noche leyendo.
El tono duro que había utilizado, incomodó claramente a su tío, quien pasó su peso de un pie a otro.
—No, por supuesto que no—se apresuró a negar—. Sólo quiero decir que tenemos que encontrar un modo de acabar con ellas. Debe de haber algo en esos libros que tanto lees.
—Me temo, tío, que los Dorochas no pueden ser combatidos con espadas y flechas—se quejó Hermione con molestia—. Pero si lo que sucedió es que el velo fue rasgado, sólo puedo pensar en una posibilidad.
— ¿Cuál? —Arturo se adelantó a preguntar, ansioso por descubrir una forma salir de aquel infierno.
—Viajar a la Isla de los Benditos y repararlo.
— ¿Y cómo hago eso?
Hermione apretó los labios y negó con la cabeza, negándose a decir la teoría que tenía rondando en su mente. Porque si la decía en voz alta, su hermano no dudaría en marcharse de inmediato y cometer una tontería como aquella.
Al no obtener una respuesta de parte de su hermana, Arturo se volteó hacia Gaius y lo miró con desesperación.
— ¿Cómo hago eso? —preguntó de nuevo, esta vez más fuerte.
—No estoy seguro—comenzó a decir el galeno—, pero para romperlo fue necesario hacer un sacrificio de sangre. Puedo suponer que para sellarlo debe hacerse otro.
— ¡No! —Hermione se puso de pie de inmediato y sin quitar la vista de su hermano caminó hacia él— ¡Arturo, no lo pienses siquiera!
—Saldremos de inmediato—dijo éste, haciendo caso omiso a su comentario.
— ¡Arturo! ¡No puedes simplemente pensar en sacrificarte de este modo! —insistió ella.
—Si terminar con mi vida ayudará a la gente de Camelot, entonces, eso es lo que haré—dijo con aquel tono solemne que ella admiraba y despreciaba al mismo tiempo.
— ¡No, no tienes que ser tú! —comenzó a seguirlo cuando él comenzó a alejarse para prepararse para el viaje.
—Hermione, no le pediría a nadie más que haga algo como esto. Es lo que me corresponde. Es mi deber proteger al reino…
— ¡Como también es el mío! —le recordó.
Arturo se detuvo de repente, obligándola a imitarlo, y la miró con determinación.
—Hermione, soy el heredero al trono. Es mi responsabilidad, no la tuya y no quiero escucharte decir nada más al respecto, ¿entendiste?
—Entiendo, pero no estoy de acuerdo—dijo sin querer darse por vencida—. Arturo, debes entender que Camelot crecerá y será un gran reino gracias a ti. No puedes simplemente cabalgar hacia la muerte cada vez que puedes hacerlo.
—Hermione…
—No, entiéndeme ahora tú a mí. Eres mi hermano y te amo, ¿cómo crees que me siento sabiendo que piensas hacer algo como esto?
—Lo entiendo y, créeme—le aseguró con tristeza—, si tuviera otra opción, la tomaría, pero no la hay, Hermione.
Él la abrazó inesperadamente y ella, enfurecida porque aquello parecía ser una despedida, se apartó de él con brusquedad y comenzó a caminar con largos pasos para alejarse todo lo posible.
…
Agravaine sintió el filo de la daga presionando con insistencia detrás de su espalda mientras que el silencio profundo lo rodeaba.
—Mi lady—saludó sin moverse.
—Mi lord—respondió una voz detrás de él mientras quitaba la daga.
Morgana cruzó por delante del hombre. Le parecía un idiota, pero por ahora era un idiota que resultaba tener útil a su disposición.
— ¿Me traes buenas noticias? —preguntó, parándose cerca de la improvisada cama en la que dormía todas las noches. No se comparaba con la que había tenido antes, en el castillo, pero este era un pequeño sacrificio que estaba dispuesta a hacer.
—El reino está de rodillas—le aseguró con una sonrisa enorme.
— ¡Qué terrible! —exclamó ella con sarcasmo— ¿Qué hay del pueblo?
—Caen más cada noche.
—Es una pena—se llevó una mano al corazón, como si este hecho le causara algún daño.
—Debes saber que Arturo intentará vencer a las criaturas—le advirtió Agravaine y ante la mirada divertida que ella le lanzó, añadió—. Hace los preparativos para ir a la Isla de los Benditos en este momento. Pero no te preocupes que, si los Dorocha no lo matan en el camino, nuestro valiente corderito intentará sacrificarse para reparar el velo.
Pero esa noticia no pareció causar la misma alegría en ella, porque poco a poco había ido borrando su sonrisa para quedarse con una expresión preocupada en su rostro.
—Morgana, ¿qué te preocupa? ¿Es Hermione acaso? Te aseguro que no debes preocuparte por ella. Como dijiste, el sentido de protección que tiene con su hermano es indudable y ya los he oído discutir sobre el tema. Estoy seguro que si él va, ella lo seguirá de inmediato. Ambos perecerán.
La joven mujer negó con la cabeza lentamente.
—Es algo que la Cailleach dijo—le explicó con seriedad, sabiendo que era una de las pocas personas que podían ayudarla en ese momento. Desgraciadamente.—. Mencionó a alguien llamado Emrys. Dijo que será mi condena.
— ¿Tu condena? —preguntó con confusión— ¿Qué habrá querido decir con eso?
—No lo sé—admitió, aunque estaba segura que no sería nada bueno.
Agravaine no parecía compartir sus mismas preocupaciones porque se adelantó a ella e intentó levantar su ánimo.
—Morgana, deberíamos estar celebrando—le aseguró—. Arturo y Hermione morirán pronto, dejando el trono de Camelot libre para la legítima heredera.
Ella sólo sonrió ligeramente ante sus palabras, sintiendo que el pobre tonto era demasiado ingenuo como para comprender la gravedad de la situación.
…
Merlín sabía que Hermione nunca entendería. Y no hablaba del sacrificio que pensaba hacer Arturo, sino al sacrificio que estaba por hacer él mismo ya que no iba a permitir que el príncipe muriera de esta forma cuando aún le esperaban grandes cosas por delante.
—Sé que no podemos llevar demasiadas cosas, pero siempre creo que salgo de este modo siento que estoy olvidándome de casi todo—comentaba ella mientras iba y venía en su cuarto, cargando una bolsa con cosas para el viaje.
— ¿Cómo saldrás? —preguntó Merlín—. De noche es peligroso y en pleno día cualquiera puede verte.
—Tengo mis métodos, ¿recuerdas? —le indicó suavemente el collar que usaba siempre, el mismo que había sido modificado para que canalizara de mejor modo su magia para no tener que usar una varita.
—Sí, lo sé, pero…
Hermione se detuvo por unos segundos antes de voltearse de repente, contemplándolo con sospecha. Merlín se sintió repentinamente nervioso ante esa escrutadora mirada.
— ¿Qué estas tramando? —preguntó ella con el ceño fruncido.
— ¿Por qué crees que estoy tramando algo? —cuestionó él.
—Porque desde que me has visto preparar todo esto, no has dicho ni una sola palabra para detenerme y tampoco me has preguntado si tengo un plan o simplemente iré a detener a Arturo de cometer una locura.
Él intentó moverse con naturalidad, pero fue demasiado obvio para Hermione que algo tramaba. Especialmente porque no era capaz de mirarla a los ojos por más de unos pocos segundos.
—Merlín…—comenzó a llamarlo con un tono de advertencia.
El mago tomó aire profundamente antes de acercarse a ella y plantar un beso apresurado en sus labios. No era así como quería despedirse, ni que fuera de ese modo el último beso que compartieran, pero sabía que muy pronto escucharía su nombre siendo gritado por Arturo.
—Te amo—le aseguró—. Por favor, perdóname.
Ella no se esperó eso de él. El golpe de magia vino de repente y antes de que pudiera comprender si quiera de qué hechizo se trataba, todo su cuerpo perdió fuerzas y su mente quedó sumergida en una nube de oscuridad.
—Te amo, Hermione, eres lo mejor que me pasó en la vida, pero no puedes intervenir en esto—le dijo a pesar de que sabía que ella no lo estaba escuchando.
La depositó suavemente en la cama, dejó la chimenea repleta de leña encendida y colocó velas en cada rincón de las cámaras de la princesa. Luego se alejó de allí, sintiendo que algo dentro de él comenzaría a resquebrajarse pronto.
— ¡Merlín! —tal como había predicho su nombre se hizo escuchar, aunque esta vez más cerca de lo esperado.
El mago estaba por llegar a una esquina cuando prácticamente se chocó con Arturo. Éste lo empujó para que no acabaran ambos en el suelo.
— ¿Dónde te habías metido? Debemos partir en menos de quince minutos.
—Eh… —el mago miró hacia atrás, en dirección a las cámaras de Hermione.
Arturo se molestó de inmediato.
—Realmente espero que no hayas estado ayudándola a organizar un escape por su cuenta porque…
—No. De hecho, todo lo contrario—dijo con cierta vergüenza—. Ella está… inconsciente.
Arturo parpadeó confundido, creyendo haber escuchado mal.
— ¿Está qué? —preguntó.
—Inconsciente—repitió, rogando que a Arturo no se le ocurriera atacarlo por tal atrevimiento, y rápidamente creó una mentira—. Le he dado una pócima suave, un tranquilizante que la dejará dormir por unas cuantas horas, dándonos tiempo para marchar sin que se dé cuenta.
El príncipe parecía estar sin palabras.
—Ella te matará cuando regreses—le dijo finalmente.
Merlín apretó los labios.
No pensaba regresar.
—Sólo ve a preparar los caballos. Yo bajaré en un momento.
Merlín asintió y se apresuró a hacer su trabajo, sabiendo que cuanto antes llegaran a la Isla de los Benditos, más segura se encontraría Hermione. No quería que se le ocurriera alguna idea loca como querer sacrificarse ella por el bien de todos. Esa no era su responsabilidad.
Arturo, por su parte, fue en busca de su tío. Al verlo, extendió su mano y le entregó algo sumamente valioso.
—Es el sello real—le informó ante su mirada de asombro—. Quiero que cuando Hermione se despierte se lo entregues. Mientras yo no esté aquí, ella es la que quedará a cargo del reino.
— ¿Qué hay de tu padre? —cuestionó el hombre.
—Si él muere, ella deberá asumir el trono—le indicó—. Y deberás aconsejarla. Eres una de las pocas personas en las que confío a quien le entregaría algo tan valioso como Hermione.
Agravaine negó con la cabeza, entregándole nuevamente el sello a Arturo.
—Por favor, Arturo, debe de haber otro modo.
Pero él negó con la cabeza y volvió a ponerlo en su mano.
—Dile a Hermione que la amo.
—Lo haré—le prometió, cerrando los dedos alrededor del sello con firmeza.
…
Salieron todos cabalgando en sus caballos con prisa.
Arturo iba delante de ellos, seguro de sí mismo como siempre. Merlín cabalgaba sólo unos pocos metros más atrás, perdido en sus propios pensamientos que se relacionaban con cierta princesa. Le hubiera gustado mucho que las cosas fueran diferentes, pero entendía mejor que nadie que esta era su responsabilidad. Debía de ser él quien protegiera a Arturo, porque gracias a éste tendrían un futuro el resto de los magos como él. Quizás Hermione no lo entendiera ahora, pero le gustaba consolarse con la idea de que lo haría con el paso del tiempo.
Como el camino que debían de recorrer no era corto y debido a que la noche representaba una gran amenaza para todos, decidieron parar al atardecer para encargarse de los caballos y prender fuego.
—Elyan, encárgate de los animales—le ordenó Arturo—. Necesito que alguno de los demás se encargue de encontrar algo de madera.
— ¡Yo iré! —Merlín de saltó lejos de ellos, lo que llamó la atención de Lancelot, quien no tardó en dejar sus pertenencias y seguirlo de cerca.
La luz solar aún les permitía observar a su alrededor y no temer, pero sabían que las cosas pronto cambiarían.
—No deberías de estar aquí—le dijo Lancelot cuando lo alcanzó—, no tienes poderes. Debiste quedarte como Hermione.
Merlín apretó los labios firmemente e intentó contener la ola de emociones que lo invadían cada vez que pensaba en la princesa.
—No importa.
—No eres un guerrero, Merlín—intentó hacerlo entrar en razón—. No quiero verte herido. Si te vas mañana, te cubriré con Arturo. Estoy seguro que él no le importará si vas a encontrarte con su hermana.
—No puedo hacer eso—le aseguró—. Es tu deber como caballero proteger a Camelot sin importar el costo y el mío es proteger a Arturo. Estoy seguro que puedes entenderlo.
Lancelot asintió.
—Puedo comprenderlo bien… Pero, ¿qué hay de Hermione?
Aunque Lancelot sabía el secreto de la princesa y se llevaba lo suficientemente bien con ella, la relación entre ambos no era como la que tenía con Gwaine, quien parecía ser más su amigo y no sólo un simple caballero que debía protegerla.
Merlín hizo una mueca ante sus palabras.
—Ella… bueno, en realidad, en este momento seguramente sigue inconsciente. Cuando se despierte se dará cuenta de lo que le he hecho y me odiará así que no sé si es una buena idea para mí que vuelva a Camelot—le confesó.
Lancelot lo miró con sorpresa.
— ¡¿Qué hiciste?!
—Lo necesario para que alcancemos a cumplir nuestro objetivo sin ponerla en peligro. Para cuando ella intente encontrarnos, será demasiado tarde.
—Si estás seguro que eso es lo mejor—comentó, aunque sonaba muy poco convencido.
…
Hermione sentía como si su cerebro estuviera envuelto en una gruesa capa de algodón. O como si en vez de cerebro tuviera algodón mismo dentro de su cráneo. Le dolía.
Alzó una mano para poder llevársela a la frente, pero nunca logró tocarla porque otra mano se aferró a la suya repentinamente.
— ¡Gracias a Dios! —exclamó una voz, tomando su mano con más fuerza.
Hermione intentó abrir los ojos para ser encandilada por una luz intensa que parecía querer perforar su cabeza. Gimió ruidosamente e intentó cubrir sus párpados.
—Lo siento, Hermione, pero no puedo apagar ninguna vela sin ponernos en peligro—comentó nuevamente la voz.
Ella reconocía aquel timbre, sabía que lo había escuchado antes, pero no podía darle un rostro o un nombre a la persona que le estaba hablando.
— ¿Qué pasó? —preguntó débilmente.
Algo dentro de ella le decía que era de suma importancia que abra los ojos y se ponga de pie, pero no podía comprender por qué.
—Pensamos que te habían atacado también a ti. Te buscamos por todos lados. Hasta que vinimos a tu cuarto. Te vimos tendida en la cama y nos asustamos mucho, pero claramente no fuiste atacada por la Dorocha. Tu cuerpo no está frío.
Y para comprobarlo, volvió a tocar el brazo de la princesa, notando una temperatura corporal adecuada.
— ¿Dorocha?
Hermione parecía tener una laguna mental. Intentó volver a abrir los ojos nuevamente, esta vez consiguiendo que éstos se acostumbraran a la intensidad de la luz exterior, y pudo ver finalmente el rostro preocupado de Gwen.
— ¡Gwen! —exclamó repentinamente, sentándose con brusquedad en su cama cuando todos los recuerdos golpearon su cerebro y la hicieron enfadar muchísimo— ¡Merlín! ¡Agh, lo voy a matar!
La furia que sentía hizo que todo resultara más claro que nunca y que volviera a tener la misma energía que siempre.
— ¿Qué haces? —preguntó la doncella viendo como comenzaba a prepararse como si estuviera a punto de salir de viaje.
—Me voy.
— ¡¿Qué?! No, Hermione, no puedes. Alguien tiene que quedarse aquí para gobernar el reino—le aseguró.
Hermione entendía el temor de la joven mujer, pero ella sabía que no era la persona que estaría alguna vez a cargo de Camelot. Ese papel le correspondía a Arturo… y a Gwen misma cuando fuera reina.
—Realmente no hay mucho que pueda hacer estando aquí—intentó hacerle ver—. Arturo es el que debe volver para reinar y no lo hará si sigue con las tontas ideas de querer sacrificarse a sí mismo.
Gwen asintió. Ella misma se había tomado el tiempo de despedirse de Arturo y esa despedida había sonado como un "Adiós definitivo". Lo había odiado. Y en un impulso repentino había cometido la locura de pedirle a Lancelot que lo cuidara y que lo trajera de nuevo a salvo.
—Lo sé—su voz se oyó tímida.
—Entonces, debo ser yo—insistió la princesa—. Es mi deber.
Antes de que pudiera avanzar hacia la puerta, Gwen se interpuso en su camino, impidiéndoselo. Hermione la miró de mala manera y la doncella, aunque temerosa por estar haciendo algo tan atrevido, sabía que era lo correcto. No podía permitir que ninguno de los dos hermanos pereciese en aquellos momentos.
—Gwen, te aprecio mucho, pero si no te mueves de inmediato, me obligarás a hacer algo malo—la amenazó.
Pero, aunque Gwen palideció ante esas palabras, no se movió.
—Hermione, te necesitamos aquí—le aseguró—. Si tú no estás, con tu padre enfermo, el único que queda para gobernar es Agravaine y yo no confío en él.
La princesa inmediatamente relajó su actitud amenazante al escuchar aquellas palabras. Ella tampoco confiaba en su tío. Ni siquiera Crookshanks lo aceptaba y eso debía de significar algo. Después de todo, su gato era muy bueno juzgando a las personas.
Pero no podía quedarse. No ahora.
—Arturo morirá, Gwen.
—No lo hará—la contradijo—. Yo sé que no tienes por qué creerme y, entiéndeme, también tengo miedo, pero debo confiar en que todos estarán bien. No podemos simplemente ir detrás de ellos y abandonar lo que realmente importa aquí. Ellos están luchando por preservar este reino y nosotras debemos hacer lo mismo, aunque eso signifique mantenerlos lejos.
Hermione suspiró.
—Gwen, si no es Arturo, será Merlín. No puedo permitir que ninguno de los dos muera.
— ¿Eso significa que serás tú? No puedo permitir eso, Hermione—esta vez se mostró más decidida—. Si vas y algo te pasa, Arturo y Merlín nunca me lo perdonarán. Yo no me lo perdonaré.
Todo lo que había Gwen era cierto, Hermione lo sabía y comprendía porqué la doncella hacía aquello. No obstante, seguía queriendo salir del castillo lo más pronto posible e intentar salvar a su hermano o a Merlín. Después de todo, era su responsabilidad. No por nada era la guardiana y protectora de Emrys. Pero eso era algo que la doncella no sabía y tampoco podía decírselo.
—Bien, me quedaré—dijo luego de unos instantes.
Gwen la miró fijamente por unos instantes, observando atentamente su rostro, buscando alguna mueca que la hiciera dudar de su palabra. Luego de unos segundos, sonrió suavemente.
—Eso me alegra. Debemos conseguir algunas cosas más para intentar mantener a todos dentro del castillo.
— ¿Sabes dónde se encuentra cada cosa? —preguntó Hermione.
—Sí.
—Bien, encárgate de eso rápidamente—le ordenó—. Yo iré a buscar a mi tío.
Gwen asintió con la cabeza. Salió del cuarto, corrió unos metros sabiendo que no había tiempo que perder, pero luego se volteó, queriendo corroborar una vez más a la princesa. Pero cuando entró nuevamente al cuarto, lo encontró vacío. Algo le decía que no había ido a ver a Agravaine.
…
—Rápido—les gritó Arturo—. Tenemos que llegar a Daelbeth antes del anochecer.
Y la escena que los rodeaba sólo los hizo cabalgar a mayor velocidad, queriendo escapar de aquel campo de cadáveres dispersos. La niebla fría parecía salir de todos lados, haciendo que sus cuerpos se estremecieran violentamente. Sólo algunos de los caballeros dijeron algunas plegarias en voz baja por las almas de aquellas personas, sabiendo que posiblemente el destino que les esperaba era el mismo.
Merlín intentó no mirar. Desgraciadamente, estaba acostumbrado a la muerte y no le impresionaba un cadáver, pero allí no sólo se trataba de cuerpos sin vida de adultos, sino que también había niños muy pequeños y mujeres. Un nudo se instaló en su garganta, impidiéndole tragar su propia saliva.
Tenía que encontrar una solución y pronto. No podía permitir que más vidas se perdieran sólo porque Morgana quería vengarse de ellos.
Siguieron cabalgando por el camino principal sin toparse con nadie, ni siquiera un comerciante, hasta llegar a las ruinas del viejo castillo de Dealbeth. Como el sol estaba cayendo rápidamente, se adentraron al mismo, sabiendo que este lugar podía ser su salvación como su perdición. Dejaron sus caballos y comenzaron a observar a su alrededor con curiosidad.
Era como un laberinto.
—En parejas—les ordenó Arturo—. Busquen toda la leña que puedan encontrar. Necesitamos encender algunas antorchas y armar una fogata.
Lo hicieron con prisa, pero no lo suficientemente rápido porque aún estaban juntando leña cuando la noche cayó. Y con ella comenzaron a surgir los susurros entre las sombras, las voces agónicas y los gritos escalofriantes. Los caballeros se reunieron rápidamente, con las antorchas en alto, pero los gritos parecían venir de todos lados al mismo tiempo. Corrieron velozmente hasta donde se encontraba Merlín y Lancelot, los encargados de encender el fuego con los primeros trozos de madera que encontraron, y dejaron caer lo recién recolectado a un lado.
—No alcanzará para toda la noche—le susurró Percival a Arturo.
—Al menos estaremos seguros por un tiempo—dijo el príncipe a modo de consuelo.
Pero a media que pasaban las horas y la leña iba consumiéndose, era obvio para todos que el peligro estaba más y más cerca.
—Es el último—dijo Gwaine dejando caer el último trozo de madera—. Tal vez deberíamos sortear para ver quién busca más.
—Yo voy—dijo Arturo de inmediato, sin siquiera pensarlo.
—Necesitarás ayuda—Lancelot se puso de pie de inmediato, dispuesto a seguirlo.
—Yo iré—Merlín se puso de pie casi al mismo tiempo.
Todos lo miraron con atención.
— ¿Estás seguro que eres el más adecuado? —cuestionó Arturo.
Merlín intentó bromear para alivianar la tención obvia en el ambiente.
— ¿Desde cuándo tú sabes cómo recolectar leña?
Todos se rieron, Arturo con obvio sarcasmo, pero nadie cuestionó su intención de acompañarlo.
Así fue que mientras Merlín se encargaba de juntar toda la madera que encontraba y mantenerla en sus brazos, Arturo vigilaba que no hubiera peligro. O, mejor dicho, que el peligro no se acercara demasiado.
Fue en ese momento cuando un grito desgarrador perforó el cielo nocturno y un espectro blanquecino se abalanzó sobre ellos. Arturo blandió su antorcha, pero ésta casi se apagó de forma inmediata. Sin pensarlo demasiado, se abalanzó sobre su sirviente para tirarlo al suelo, salvándolo por pocos segundos.
— ¡Corre, Merlín! —le gritó mientras lo ayudaba a ponerse de pie y lo empujaba para que se apresurarse.
Los dos comenzaron a avanzar nuevamente hacia el interior del castillo, dejando la leña olvidada, preocupados sólo por salvar sus vidas. El grito parecía retumbar en las paredes y replicarse como un eco aterrador y el frío pasaba a través de sus prendas, haciéndolos estremecer.
Con los corazones acelerados se acuclillaron contra una pared, temblando y jadeando. Merlín miró con preocupación a Arturo.
—Hace frío—dijo éste.
—Cierto—fue la respuesta escueta que le dio el mago.
— ¿No lo sientes? —inquirió sorprendido el príncipe.
Claro que lo sentía, pero él no había pasado una vida de lujos donde siempre tuvo abrigo a su disposición. Cuando era pequeño, junto a su madre, tuvo que padecer unos cuantos inviernos helados.
—Sabes, Merlín—comentó Arturo mirándolo con intensidad por unos instantes antes de girar el rostro para contemplar nuevamente a su alrededor—, eres más valiente de lo que puedo admitir.
— ¿Ese fue un cumplido? —preguntó con diversión Merlín.
El joven rubio puso los ojos en blanco, gesto muy inapropiado para su papel de príncipe.
—No seas estúpido—le pidió, pero los gritos parecieron acercarse aún más a ellos y el frío caló más hondo en sus huesos—. Todo lo que he pasado y nunca me preocupó morir—confesó en voz baja.
—No deberías preocuparte tampoco ahora—le aseguró el mago.
Arturo, como algunas veces hacía, quedó observando fijamente a su sirviente, como si intentara descifrar un complicado acertijo.
—A veces me confundes.
Merlín hubiera sentido diversión en otras circunstancias. Lamentablemente, las pocas veces en que tenían este tipo de conversaciones con el príncipe eran cuando alguno de los dos estaba en peligro de muerte.
—Nunca me has comprendido.
—No—admitió Arturo sin inconvenientes.
—A veces pienso que, si las cosas hubieran sido diferentes, quizás habríamos sido amigos.
Arturo sintió una calidez extraña e incómoda en el medio de su pecho.
—Sí—susurró.
Quizás esa sensación se debía a la cercanía a la muerte y no a la posibilidad que planteaba su sirviente.
—Eso si tú no hubieras sido un cabeza dura arrogante y presumido—continuó el mago.
Arturo sonrió, divertido y aliviado por el cambio de ambiente que hizo ese típico insulto lanzado por el otro hombre.
—O si tú, bastardo idiota, no hubieses seducido a mi hermana—replicó.
— ¡Yo no…! —exclamó repentinamente ofendido— Quizás no te guste saberlo, pero fue ella la que me sedujo y me besó primero.
Arturo hizo una mueca.
—No quiero saber eso. Nada de eso—le aseguró, agitando la cabeza de un lado al otro—. Venceremos a la Dorocha y podrás volver a ella para que te asesine por lo que has hecho. Ya que eres tan valiente—replicó con un tono burlón.
Merlín sonrió.
—Soy mas valiente de lo que crees—le aseguró—. No sabes cuántas veces he salvado tu pálido trasero.
—Si alguna vez llego a ser rey, voy a tener que nombrarte bufón de la corte.
Ambos rieron suavemente, pero se silenciaron de repente cuando los gritos volvieron a escucharse, recordándoles dónde se encontraban y bajo qué circunstancias. No es que lo hubieran olvidado, pero por unos segundos el ambiente se había aligerado lo suficiente como para no sentirse tan aterrador y mortuorio.
—Dicen que la hora más oscura es justo antes del amanecer—susurró Arturo.
—Se siente demasiado oscuro ahora.
—No debe faltar mucho—dijo, casi rogando que sus propias palabras fueran ciertas.
Tan sólo debían de sobrevivir unos minutos más. Sólo eso.
El grito resonó, casi como si estuvieran vociferando en su oído. Arturo supo de inmediato que estaban en problemas. Se puso de pie de repente, sabiendo que debía de proteger a Merlín a toda cosa, pero éste lo empujó sorpresivamente al suelo y en un veloz salto recibió todo el golpe de aquel ser infernal.
— ¡Merlín! ¡Noo!
El príncipe lo vio todo como si fuera en cámara lenta, como el cuerpo de su sirviente empalidecía notoriamente y era empujado como si fuera un muñeco de entrenamiento sin vida contra una pared. La sensación de vacío se apoderó de él y el sentimiento de pérdida fue tan grande que por unos instantes no pudo reaccionar. Casi no vio a los demás caballeros venir a su auxilio, espantando al espectro con la última antorcha que les quedaba.
— ¡Arturo! ¿Qué sucedió? —inquirió Láncelot.
El futuro rey se puso de pie lentamente cuando aquella voz lo sacó de su estupor y corrió de inmediato hacia donde se encontraba el cuerpo de su sirviente.
Merlín tenía los ojos abiertos, con los ojos fijos y estáticos en la nada, con el cabello, el rostro y el resto del cuerpo bañado de escarcha.
