Los personajes son de S. M., la trama es de mi autoría.
Una mujer sin corazón II
de la saga La vida de ellas
Angielizz (Anbeth Coro)
ESPECIAL JASPER Sobre tener a Alice
Lo curioso es que incluso sabiendo lo que sé ahora, no cambiaría mi respuesta:
Estábamos viendo Psicosis. Edward había salido a casa de su novia y como no estaban sus padres yo entretenía a Alice. Como si fuera su niñera, porque entonces me creía su niñera.
—Estaba pensando que nunca he besado a nadie.
Levanté una ceja y la miré.
—Bueno, aun eres una niña, ya tendrás tiempo para eso.
—Ya, pero… ¿y si no lo hago bien?
No me burlé de ella, al menos intenté que mis expresiones no mostraran la gracia que sus palabras me producían
—Pues siempre puedes ensayar con el espejo, qué sé yo.
Volví a la película creyendo que había zanjado el tema, pero con Alice era imposible esquivar temas de conversación.
—Todas mis amigas ya dieron su primer beso, y todas ellas dicen que fue un asco.
—Usualmente las primeras veces lo son.
—¿Quién fue la primera chica que besaste?
No iba a dejarme ver la película hoy. Le conté sobre la experiencia de mi primer beso y admití que no había sido tan bueno.
—Entonces debería besar a alguien con experiencia ¿no?
Solo entonces comprendí a donde quería llegar Alice, volví a mirarla y su rubor corroboró que mis sospechas eran correctas. Mierda.
—Alice, me siento halagado, por supuesto, pero estoy seguro que quieres que eso sea especial. Y lo será.
—Todo mundo juega a la botella, un día de estos podría terminar dándole mi primer beso al niño feo del salón —lo que de nuevo resultaba gracioso porque ella era una niña para mí.
—Alguna vez yo fui el niño feo de mi salón.
Y alguna vez a mí también me gustó alguna chica mayor.
—No, lo que yo quiero decir es…
Tomé sus manos para suavizar mis siguientes palabras.
—No estaría bien, eres sólo una niña.
—Mañana es mi cumpleaños —el día siguiente cumplía quince años, se lo dije y le recordé que debía buscarse chicos de su edad con los cuales experimentar.
—Lo sé, pero…
—No sería correcto.
—Pero un día voy a crecer y… —tan terca como ella sola.
—Y yo seguiré siendo mayor a ti.
Negó.
—No lo sabes.
—Lo sé. Eres dulce y muy linda, no quiero que pienses que esto es sobre ti, es sólo que yo no podría salir con alguien tan joven… es que, literalmente podrías hacer que me envíen a prisión —lo que no era mentira, si Edward no descubría antes que me aproveché de su hermanita y me mataba.
—No es así, no tendría que saberlo nadie.
Y de nuevo sus palabras solo me dieron la razón.
—El hecho de que pienses que necesitas ocultar esto, demuestra que tengo razón.
—Estás siendo ridículo. Es sólo un beso —no era sólo eso.
—Tu primer beso. La verdad no podría tener esa carga, Alice —lo último que necesitaba era confundirla y hacerla creer que un beso podría llevarnos a más—. Cielos, es que eres solo una niña. Sentiría que me aproveché de ti. ¿Lo entiendes?
Asintió, ni bien me dejó sentirme tranquilo pensando que la había convencido cuando volvió a negar, tan terca.
—Mamá es casi diez años menor a papá, ellos dicen que hay un momento en la vida en la que eso no importa.
—Y hay lugares donde las chicas de tu edad ya están casadas. Pero no es aquí y no soy yo.
—¿Ni siquiera cuando esté en la universidad?
—Nunca, Alice… —desvió la vista a la televisión y pude ver el brillo de las lágrimas en sus ojos verdes.
—Un día yo tendré mi propio trabajo y tú también y nosotros entonces…
Suspiré antes de acercarme a ella y besarla en la frente para suavizar mis siguientes palabras.
—No, entonces tampoco. Te quiero… por supuesto que te quiero, te conozco de hace años, eres la hermana de Edward.
—Pero…
—Si tuvieras mi edad entonces sería diferente, pero sólo puedo verte como una niña.
—No soy una niña —dijo con ese tono de berrinche e infantil.
—No sabes lo que quieres, Alice, eres demasiado joven todavía.
—Exacto, pero un día no seré demasiado joven y tú no serás un anciano. Son seis años solamente.
Negué, en seis años yo había dormido con más de cuatro chicas, había tenido cinco novias, tenía una vida sexual activa. ¿Qué esperaba ella? ¿Prometerle una tontería como enamorarme de ella y esperar a que fuera mayor de edad? No. No podía ofrecerle algo que no estaba interesado en tener. Pero era la hermanita de Edward, así que tomé su mano antes de dejar un beso inocente ahí.
—Lo siento, Alice.
—Ya veremos qué piensas en diez años —y noté la terquedad de nuevo en su tono, y ya podía verla maquinando toda clase de planes para engatusarme de un modo u otro. O peor, llenarse de esperanzas y que al final fueran en vano.
—No.
—¿No?
—En diez años seguiré pensando igual que ahora, no te veo de esa manera. Eres la hermana de Edward.
—Podrías cambiar de opinión un día.
—No lo haré, nunca podría verte como algo diferente a esto. Somos amigos, y sólo puedo ofrecerte mi amistad.
Jaló su mano para liberarse de mi toque y se puso de pie.
—Un día vas a arrepentirte.
Negué.
—No, Alice. No lo haré —y porque necesitaba que lo entendiera volví a rematar con una frase cruel—. Esto nunca va a pasar.
Ella hizo intento de replicar, pero al final dio media vuelta y salió corriendo hacia las escaleras. Me quedé con mis codos en las rodillas preguntándome si acaso no había sido demasiado duro con ella.
Lo fui. Ahora lo sé.
Lo que creo es que el amor nunca deja de ser aterrador. Es un concepto volátil y abstracto que se escurre sin darnos oportunidad de tener el control. El amor es un invento que creamos para darle razón a nuestra existencia, pero el amor es también un arma con doble filo capaz de destruirnos.
Pasé más de diez años teniendo sentimientos por Alice, estos aparecían y desaparecían conforme a nuestros encuentros y lapsos sin vernos, pero cada vez que ella apareció, el amor se abrió espacio para destruir mis relaciones del momento.
Hasta que dejé de luchar contra eso y asumí que cualquier noviazgo que tuviera no sería duradero, que de hecho estaba destinado a fracasar apenas comenzara.
Alejarme de Alice nunca fue una opción. No sólo porque me resultaba imposible durar tantos meses sin saber de ella, sino porque ella era demasiado cercana a mí para solo crear una barrera entre nosotros. Éramos ante todo amigos.
Hay amigos que se aman en secreto y hay amigos que jamás podrán amarse de un modo romántico.
Mi amor por Alice era el que un hombre tiene por una mujer. Mi amor por Tanya era el que un amigo tiene por una amiga. El tipo de cariño que te toma del brazo para evitar que caigas a un precipicio. Así que creo que eso podría explicar por qué hice lo que hice.
Y si eso no basta podría decir que tenía la información suficiente para estar seguro del daño que estaba ahorrándole a largo plazo. Miro el cuerpo durmiente de Alice, aunque honestamente no sé si acabo de lanzarle una bomba encima a ella.
¿Por dónde puedo empezar para justificar mis palabras a Tanya?
Ayer fue la fiesta del cumpleaños de Tanya, hace sólo un par de semanas diría que habría sido la fiesta de la boda de Edward.
La primera semana tras la infidelidad él se veía devastado, no había que ser intuitivo ni un gran observador para notarlo. Tenía ojeras y el semblante serio todo el tiempo.
Así que usar su semana de vacaciones para alejarlo del trabajo y el estrés en lugar de pensar en la cancelada luna de miel era tan útil para despejar su mente como cualquier otra cosa. Excepto, que no estaba de vacaciones ayer por la mañana, aunque antier fui muy claro con él cuando le dije que esperaba no tener que ver su cara por una semana.
Abrí la puerta de su oficina. De vacaciones, en la oficina y de mal humor. Edward no sabía cómo divertirse a mi parecer.
—Pensé que estabas de vacaciones –me senté en la silla frente a su escritorio subiendo mis pies a la mesa, sólo porque sabía cuánto le desquicia que haga eso. Y ahí estaba lanzando chispas con sus ojos hacia mis zapatos negros. No me inmuté ni me moví, Edward podrá asustar a todos allá afuera pero no a mí.
—Así era, hasta que Jessica decidió llamarme y pedirme que volviera por una carpeta que había preparado para mí.
Suspiré. ¿No fui claro con todo el personal sobre dejar tranquilo a Edward por unos días?
—¿Un nuevo cliente? —tanteé las opciones para que Jessica molestara a Edward en su primer día libre.
—Propuestas de vacaciones para solteros.
La risa brotó sin filtros, venga es que esa mujer sabía cómo hacerlo ponerse de mal humor.
—Recuérdame por qué no puedo despedirla.
Y lo dijo serio, así que dejé las risas y me puse de pie. Porque si alguien tiene en esta empresa más poder que yo o él, es la chica heredera de grandes compañías que Edward tiene como secretaria y que está aquí como solicitud de su padre para que aprenda algo de trabajo de campo.
—Su papá te trajo aquí —giré su silla ejecutiva, porque no iba a permitir que su mal humor y despecho nos hiciera terminar con la soga en el cuello. El padre de Jessica no sólo fue nuestro primer cliente, sino que sigue siendo uno de nuestros clientes más fuertes e importantes. Lo apunté—, ese hombre es la razón para que estemos parados donde estamos hoy.
Javier G. R. fue el primero en aceptarnos como una opción, fue él quien nos entregó el proyecto de un hotel, que por sus dimensiones y vanguardia nos puso en el mapa. Después de Javier los clientes aparecieron a montones, tanto que la oficina improvisada en la biblioteca de la casa de Alice no fue suficiente y nos tuvimos que trasladar a un pequeño despacho. Ese hombre fue la pieza que permitió que llegaran en fila india el resto de clientes, lo que nos trajo aquí, ahora rentamos dos pisos completos de un edificio para poder tener espacio y el personal suficiente.
Y si Javier quería que su malcriada hija trabajara en una rama inferior como secretaria, la mujer iba a trabajar de secretaria. Si me hubiese pedido que fuera nuestra asesora de ventas, la gerente de un área fantasma o la cara de publicidad, yo habría dicho que sí. Porque sé cobrar un favor, pero también sé pagarlo.
Yo sabía de la reputación de Jessica, sí, también salí con ella. No fue una relación formal, apenas llegamos a la segunda cita y me bastó eso para no querer ir por una tercera. Y mi cuasirelación con Jessica me liberó de ella. No podía ser mi asistente con ese pasado entre nosotros, sería poco ético o al menos esa fue mi excusa para deslindarme de ser su jefe directo.
Edward aceptó que trabajara con él, porque así podría enseñarle lo que necesitaba. Y, tal vez, yo no le advertí sobre ella.
—No puedo despedirla –comprendió y escuché el pesar en su voz.
—No —me encogí de hombros para restarle poder al hecho desagradable—. Pórtate bien con la chica, estamos en negociaciones para construir dos edificios de sesenta pisos de su padre, así que nada de hacerla molestar.
Los hermanos Funes saben enojarse, pensé mientras miraba a Edward apretar la quijada y tirarme odio con sus ojos.
—Debería subirle el puesto y hacerla tu compañera de piso —me amenazó. Bien, bien, crucé la línea. Retrocedí para darle espacio.
—¿Ya sabes qué harás en estos días?
—Estar en el edificio.
Volví a mi lugar, pero esta vez sin subir los pies al escritorio.
—Podemos salir a tomar. Noche de chicos, ¿sabes?
—Paso —se rehusó de inmediato.
—Venga, será algo tranquilo. Podría ser en tu piso.
Dejó de mirarme a mí para encender la computadora, un distractor, por supuesto, no podemos ir a su piso si tiene una nueva compañera en el apartamento.
—Estaré ocupado.
—Pero acabas de decir que estarás en tu apartamento.
—Ocupado —respondió tajante sin despegar su vista de la computadora.
—Venga, Leo. James no vendrá.
Por supuesto que no vendría, aún seguía molesto con él por la discusión que tuvimos ayer. Además, Edward sigue enojado con él por la estúpida idea de James de llevarlo a ese burdel. ¿Cómo se le ocurrió? Lo habría detenido, si eso no me hubiese impedido pasar la noche con Alice, pero como necesitaba alguna excusa para llevarme a Alice y James nos la puso en bandeja de plata, tuve que sacrificar a Edward. Así funcionaba nuestra amistad, no era nada personal.
—No quiero que te vueles los sesos —conseguí al fin su atención, me entrecerró los ojos mostrándose molesto—, voy a visitarte.
—Estaré ocupado —repitió. Y de nuevo miró a la computadora.
—Venga, Edward, necesitas compañía.
—Créeme ya somos demasiados en ese edificio por ahora –y supe a quién se refería.
—Bien, pero si necesitas cervezas envíame un mensaje de texto y llegaré con la cena.
Me levanté dispuesto a continuar haciendo mi trabajo.
—¿Podrías hacerte cargo de Alice?
Levanté una ceja. ¿Ella ya habló con él?
—Necesito espacio y ella no parece entender eso, solo no quiero que se aparezca hoy en mi edificio o el resto de esta semana.
No. Él no lo sabía.
—Supongo que puedo hacer un esfuerzo —me esforcé en sonar bromista y no nervioso, pero Edward no levantó la vista de su computadora, solo asintió.
—Si Heidi llega a venir aquí, no me lo cuentes. Dile que estoy fuera de la ciudad.
No quería saber que ella sigue buscándolo y al mismo tiempo no quiere que ella lo encuentre.
—¿Volverías con ella?
Edward negó.
—Eso se terminó.
Caminé hacia la puerta un paso y él volvió a pedir que regresara.
—Quiero mostrarte algo —giró la pantalla de su computadora hacia mí. Era un plano.
—¿Es tu casa?
—Voy a remodelarla y la venderé. Puedo aumentar el valor con algunas mejoras.
Me acerqué para ver de cerca.
—¿Vas a quitar las paredes?
—Voy a reforzar algunos muros. Le daría una mejor vista desde el comedor a la chimenea.
Movió la pantalla y me mostró el segundo plano.
—Papá tiene una habitación de pánico en una de sus casas, puede ser interesante para algún comprador.
—¿Estás pensando vendérsela a un mafioso? —Edward se encogió de hombros y su mirada volvió a ser seria, bien, a andar con pincitas hoy—. Me gusta, es como un capricho de millonarios, tu papá sabe de esas cosas.
Conseguí que se riera esta vez.
—Ponemos pasto en el jardín, un buen diseño botánico y esto podría subir de valor.
—Cambia las ventanas —sugiero.
—Lo mismo estaba pensando.
—Es un buen proyecto, podrías ir ahí por las tardes y… —Edward sacudió la cabeza.
—No. Solo quiero aumentar su valor y venderla. La mandaré pintar en blanco. Voy a darte el proyecto a ti.
Más trabajo, pensé, pero si lo que me estaba pidiendo era deshacerme de la casa en la que planeaba vivir con Heidi, podía hacer eso.
—De acuerdo, haré que revisen el proyecto con esas ideas y te lo hago llegar. Ahora, hazme un favor y vete de mi edificio.
Por suerte, esta vez no tuve que pedírselo dos veces.
Edward es un buen ejemplo de lo capaz que es el amor de destruir a una persona. No sólo emocionalmente, él dejó todos sus ideales por Heidi, y al final Heidi hizo lo que quiso sin considerar los sentimientos de él.
Cuando regresé a mi oficina tomé el celular, el último mensaje que envíe a Alice tenía como respuesta un simple emoticón de una cara sonriente.
No voy a asfixiar a Alice, me dije, James tenía razón en un punto: ella no es como las otras mujeres con las que he salido, pero honestamente tampoco sé que puedo esperar de ella en una relación formal. Así que la dejaré que descubra por su cuenta qué tipo de relación tendremos. Es lo que le prometí.
Yo voy a ser lo que ella quiera que sea. Excepto que algo me dice que voy a tardarme en descubrirlo.
Le di un par de vueltas al celular antes de rendirme, ella no me iba a enviar más mensajes por el resto del día y yo tenía demasiados pendientes para añadir una preocupación extra a mi vida.
—¿Drogaste a Alice esta mañana?
Preguntó James entrando a mi oficina, levanté una ceja.
—¿Drogar a Alice?
James se sentó en el sofá.
—Un conejo drogado no daría tantos saltitos como ella.
Sonreí. Puede que Alice no me envíe mensajes de amor, pero va por ahí dando brinquitos de emoción por mí.
—¿Fue a tu apartamento? —pregunté levantando una ceja.
—No. Fue al de Tanya.
—¿Y qué hacías con Tanya?
—Es su cumpleaños —se encogió de hombros, restándole importancia.
—¿Y fuiste a su apartamento a cantarle feliz cumpleaños? —insistí.
—Bueno… su novio terminó con ella, no debe ser fácil.
Puse mis codos sobre la mesa y miré con atención a James, sacudió la cabeza y cambió de expresión.
—Es Tanya —me dijo como si eso explicara todo—. Somos amigos.
—Alice también es tu amiga y no creo que le hayas dado un regalo en su cumpleaños.
James me rodó los ojos y sonrió burlón.
—Ya —le digo con el tono necesario para que sepa que no me creo nada sus excusas.
—La conoces, Tanya no es mi tipo —dice encogiéndose de hombros y mirando lejos de mí. Pienso que es un imbécil por decir eso en voz alta, pero honestamente tampoco es mi tipo. Por muy agradable, inteligente y divertida que Tanya me parezca, no puede serlo. Además, si yo hubiese intentado algo con Tanya eso me habría vetado de poder acercarme a Alice. Y como James ya estuvo con Alice aunque jure que no lo recuerda, eso le veta el camino con Tanya.
—No creo que tú seas su tipo tampoco —le dije sonando convincente, aunque estaba seguro que mis palabras eran una mentira. Porque conozco a Tanya desde la preparatoria y sé bien que hemos estado en el club de amores no correspondidos por largos años.
—Qué bien, porque jamás saldría con una mujer como ella.
Doblemente idiota.
—Qué imbécil.
James asintió y repitió lo de encogerse de hombros.
—En fin, no venía a hablarte de Tanya. Sino de Alice, ¿entonces ya son novios?
Sonreí, al menos esta vez la etiqueta le ha quedado clara y no iba por ahí diciendo que éramos amigos con derecho. Ella sabe que estamos en una relación y eso me basta.
—Así es.
—¿Y cuándo se lo contarás a Edward?
—Aun no lo sé. No voy a estresar a Alice tan pronto.
—No sé, honestamente no me gustaría estar en tus zapatos
Perdí la sonrisa.
—Bromeo, Jasper —se puso de pie—. ¿Irás a la fiesta de esta noche?
—No.
Pero unas horas más tarde estaba en la fiesta por Alice.
Y esta mañana me encontré despertando antes de que saliera el sol, pero no por gusto.
A como pude me arrastré sobre la cama, pero ella aferró su cuerpo al mío deteniendo mis movimientos. Estiré el brazo a la mesita de noche donde mi celular vibraba. Opté entonces por tomar la mano de Alice y pasarla por encima de mi cabeza para liberarme, me quité su pierna con cuidado de mi cadera y en un rápido movimiento giré hacia el lado contrario. La miré para asegurarme que ella siguiera dormida.
Tomé mi celular y noté dos detalles al mismo tiempo: quien llamaba era Tanya y eran las cinco de la mañana.
Salí de la habitación y me dirigí a la sala al tiempo que respondía la llamada.
—¿Tanya?
—Estoy en el apartamento de James —su voz era baja, casi como un susurro, la que una persona utiliza cuando no quiere ser escuchada.
—¿A las seis de la mañana? —pregunté confundido—. ¿Qué haces ahí?
—¿De verdad, Jasper? —sonó enojada, susurrantemente molesta.
—¿Dormiste con él?
—Estábamos borrachos y bueno, sí, sí, dormí con él. Y él sigue dormido.
—¿Acabas de despertar?
—¿Bromeas? No he podido dormir siquiera. Él va a despertar en cualquier momento y no sé qué debería hacer.
—¿Él estaba borracho?
—Pues bebimos en la fiesta. ¿Qué tan borracho es demasiado borracho?
—¿Y tú?
—También, pero era muy consciente de lo que hacía, ¿de acuerdo? Y no hay manera de que mienta y finja estar sorprendida por despertar con él, así que ni siquiera lo sugieras.
Cerré la boca descartando esa opción.
—De acuerdo… ¿y si lo olvida todo?
—¿Cómo?
—Sabes a lo que me refiero —evadí, porque no me pondría a repetir a esas horas del día que Alice y James tuvieron sexo alguna vez—. Tal vez despierta y no sabe de qué va eso.
—¿Desnudo? ¿En su cama? ¿Conmigo aquí? ¿Crees que es idiota?
Un poco o que le gusta hacerse el idiota.
—Puede pasar.
—Imposible.
—Que sí.
—No.
—Ocurrió con Alice.
Silencio, miré hacia el pasillo, pero Alice seguía dormida.
—¿Despertó? —pregunté luego de unos segundos sin que ella volviera a hablar.
—¿Durmió con Alice?
Mierda.
Mierda.
—Uh… no.
Jaló aire.
—Tanya.
—Por supuesto que durmió con Alice… ¿Y por qué no me lo dijo?
—Yo tampoco lo sabía. Fue un error y es algo que solo está enterrado.
—Enterrado, sí, claro. ¿Ella no quiso salir con él?
—Ninguno de los dos.
—Ya. ¿Y lo creíste? —preguntó con tono burlón.
No respondí.
—No debí decirte eso.
—No, no debiste.
—Olvida que lo dije, solo vuelve a la cama y…
—¿Volver a la cama? ¿Estás idiota?
Escuché sus pasos y el sonido de la ropa.
—¿Tanya?
—Sabía que no era por mí.
—Tanya.
—Sólo soy una mujer más a la lista de idiotas que caen por él.
—¿Qué vas a hacer?
—Cruzar los dedos para que no me recuerde mañana o finja no hacerlo, lo que sea. Esto nunca pasó.
—Tanya yo…
—No lo digas —me interrumpió con voz cortante.
Decir las cosas más inapropiadas y joder la situación es como mi superpoder.
—Tú eres demasiado para James —intenté arreglarlo.
—Sí, claro.
Me colgó.
Me quedé en la sala unos minutos más hasta que decidí volver a la habitación.
Bien, fui un imbécil por decirle eso, y por otro lado, ¿no es más seguro para ella saber que él jamás va a tomarla en serio?
James es un buen tipo, solo no es el tipo de hombre del que quieres mantenerte enamorada por años, y tal vez esto que ocurrió entre ellos podría ayudarle a Tanya a romper con eso de una vez, porque a diferencia de Alice y yo, James nunca iba a tomarla en serio.
¿No fue él quien hace solo menos de veinticuatro horas me dijo que él no la veía de esa manera y que era sólo Tanya, con ese tono despectivo? No podía animarla a ser valiente y armarse de ilusiones si sé cómo va a terminar ese tema. Lo que no debía hacer fue meter en la conversación a Alice.
Conozco bien la vena rencorosa de Tanya para saber que no va a superar el tema pronto y estoy cien por ciento seguro que eso va a explotarme en la cara, pero no hoy. Porque no haré enfurecer a Alice tan pronto.
La noche anterior me había tomado por sorpresa descubrir que se acostó con un idiota en nuestra primera cita, por supuesto que había esperado que ella durmiera con alguien más en lo que ella se convencía que no sentía nada por mí o mientras se resistía a aceptar lo que yo podía ofrecerle, pero no había esperado que ella lo hiciera tan pronto.
Y la razón por la cual ella fue a tener sexo con un idiota no fue solo para quitarse las ganas, sino para convencerse que no sentía nada por mí, porque resultó que ella ya sentía algo por mí.
—Lo que no entiendo, Jasper, es porqué tú y yo nunca hemos tenido sexo.
Esa frase que usó en aquella tienda de raspados la noche que comenzó nuestra apuesta pudo tener un giro completamente diferente. Alice no estaba jugando a pesar de parecer que lo hacía, succionando ese popote y viéndose seductora y divertida. No. Ella estaba ocultando sus intenciones con un comentario de ese tipo que de fondo llevaba una pregunta simple: ¿Por qué nunca me había fijado en ella?
¿Y qué hice yo? Empujarnos a una apuesta para tener sexo.
Por supuesto que necesitó de un idiota para sacarme de su cabeza. Alguien que la usara como un juguete y que reforzara el concepto que tenía de sí misma: que nadie iba a quererla.
Me siento en la cama a su lado y la observo, paso mi mano por el largo de su columna. Su piel se va erizando bajo mi tacto y compruebo que está despierta.
—¿Cómo te hiciste esto? —pregunto viendo un golpe bajo su hombro en la espalda.
—Un idiota me folló contra la pared anoche —responde sin abrir los ojos sabiendo exactamente de lo que hablo.
—¿por qué no dijiste nada?
—¿Y por qué iba a hacerlo? Te emborracharé más seguido.
Y su tono de voz no es juego.
Me acerco a dejar un beso contra su piel donde aparece el golpe, de cerca parece más como un raspón.
—¿Te duele? —niega.
—Me duelen las piernas —admite, me saca una risa y su comentario infla mi ego un poco. Mis manos bajan por su espalda a su trasero y descienden por sus piernas. Entierro mis dedos en su piel moviéndome de un lado a otro en un pervertido masaje que le saca una risa—. Jasper.
—¿Jasper, no? O ¿Jasper, sí?
—¿Tú que crees? —pregunta abriendo sus ojos y dándome una mirada cargada de lujuria. Me acerco a ella hasta atrapar su boca.
—Creo que te gusta meterte en problemas.
—Es mi especialidad —admite, empujando mi hombro hacia atrás y en un movimiento me deja contra la cama mientras ella sube a horcajadas sobre mí.
Y antes de que yo pueda ingeniar alguna frase divertida, Alice levanta sus caderas para entrar en contacto con mi entrepierna, porque estamos desnudos y mutuamente excitados por el otro.
—¿Qué haces los domingos?
—¿Cómo?
—¿Qué haces los domingos? —repite.
—Limpiar.
Levanta una ceja.
—¿En serio? —sonrío. Lo que sea que esperaba que fuera mi respuesta definitivamente no es esto.
Asiento.
—No tengo tiempo en la semana. Intenté contratar a alguien que me ayudara pero soy muy…
—Maniaco del control —me interrumpe.
—Perfeccionista.
—Que es lo mismo —se burla.
—¿Y tú qué haces los domingos?
—Trabajar usualmente.
—¿Hoy vas a ir a trabajar?
—¿Hoy vas a limpiar?
—Cuando te quedes dormida —consigo una risa de su parte.
Se estira hasta alcanzar mis labios.
—¿Quieres ir a desayunar? —propongo.
Niega con su cabeza.
—Entonces iré haciendo el desayuno —decido.
—Conozco un restaurante —cambia de parecer de inmediato porque ya ha dejado muy claro que mi comida no es de su agrado.
Así que dos horas después estamos camino a un restaurante.
Tuve que llevarla a su apartamento por un cambio de ropa porque de acuerdo a sus palabras no podía andar de aquí para allá con un vestido de noche.
Alice camina a mi lado. Lo cierto es que creo que a veces, o sea entre ayer y hoy, nos movemos de manera torpe alrededor de las personas, como si no supiéramos cómo comportarnos al lado del otro. Caminar a su lado manteniendo la distancia se siente extraño y a la vez seguro; extraño porque podríamos no tener esta distancia entre nosotros, seguro porque sé que de ese modo no invado su espacio personal.
—Entonces… —dice ella apenas se retira el mesero con nuestras ordenes, usa ese tono de voz de quien está por tocar un tema sensible—. ¿Qué cosas no te gustan en una relación? —directa.
Lo gracioso es que yo le pregunté lo mismo sobre el sexo antes de nuestra primera vez juntos porque no quería hacer algo que pudiera decepcionarla o que sencillamente me descartara en automático para una segunda vez. Y creo que su pregunta tiene la misma finalidad.
Sin embargo, su pregunta es mucho más peligrosa que la mía.
¿De verdad quiero que piense que haré lo mismo que hacía con mis anteriores relaciones? ¿O que comprare lo que no hago con ella y que sí hacía anteriormente?
—¿Lo que no me gusta?
Mantengo mi atención en el menú que acaba de dejar el mesero en la mesa buscando las palabras adecuadas.
—¿Te molestan los apodos ridículos? —pregunta inclinándose hacia el frente con su atención en mí.
—Un poco.
Odio los apodos.
Lucky. Luquitas. Cariño. Osito. Amorcito. Guerito. Lindo. Ugh. Odio los apodos. Pero odio los apodos cuando me llama así alguien que no es Alice, ¿sería igual si fuera ella quien me tuviera un apodo? No lo sé, pero si desde ahora tacho esa posibilidad jamás lo sabré.
—Bien… ¿Qué te molesta que haga una novia?
—Las escenas en público —admito. Ni siquiera si fuera Alice sería tolerable—. Aunque eso aplica para todas las personas.
Asiente y se sienta ahora con su espalda tocando el respaldo de la silla. ¿Le gustan las escenitas en público? Posiblemente. En la fiesta de Tanya armó un par con un idiota y con las amigas de Heidi.
—¿Los celos?
—No me molestarían solo si tuvieras razón.
Abre la boca con sorpresa.
—¿Tendría que tener la razón? —pregunta ofendida y no puedo evitar sonreír.
—No, por supuesto que no.
—Porque si tengo que tener la razón es porque harías una idiotez —decreta cruzándose de brazos y levantándome una ceja. Si este es el nivel de celos de Alice, podrían resultarme muy tolerable sus celos.
—Jamás —le aseguro tomando su mano y dándole un beso contra los nudillos.
—¿Qué más no te gusta?
—Veamos… no me gusta que me envíen flores a la oficina.
—¿Por qué no? —pregunta con una sonrisa.
—No serías ni la primera… ni la quinta novia que cree que eso es divertido.
Pone los ojos en blanco.
—Bien. ¿Qué más?
—No hay más.
Mueve sus labios de un lado a otro en una mueca graciosa e inconforme con mi respuesta.
—¿Eres de los que hacen… eso? —apunta hacia la entrada del restaurante. Una pareja cruza ese momento balanceando sus brazos. Niego— ¿Y qué me dices de esos? —señala hacia otra mesa donde una mujer está jugando a hacerle avioncito a su pareja como si fuera un niño de tres años, muerdo mis labios contra sí para no reír y vuelvo a negar—. ¿De esos entonces? —vuelve apuntar esta vez a una pareja que ha decidido que follarse las lenguas en un restaurante con niños cerca está bien. Le doy una incómoda sonrisa a Alice y niego de nuevo—. ¿Entonces de qué tipo eres?
—No lo sé. Solo soy yo.
—Eso no es útil, Jasper —suena exasperada.
—Bien… ¿qué tipo de novia te gustaría ser?
Abre y cierra la boca un par de veces hasta que decide negar.
—Del tipo que llevas a restaurantes y luego invitas a tener sexo, supongo.
—Bueno, ya eres ese tipo —le aseguro. Me da una sonrisa poco convincente.
—Qué bien.
En ese inoportuno momento traen nuestro desayuno interrumpiendo brevemente nuestra conversación.
—Sandy fue a tu oficina hace unas semanas, ¿eso es algo que ellas hagan? —pregunta antes de picar las frutas de su plato con el tenedor.
Lo pienso unos segundos antes de decidirme a dar un paso a un charco de lava.
—Antes de Sandy salí con una mujer que llamaba a mi secretaria para saber si estaba solo en la oficina.
—¿Para visitarte?
Decido ser honesto.
—Para asegurarse que no estuvieras cerca.
Abre la boca Alice con indignación.
—¿Yo?
—Es el tipo de celos que no considero tolerables.
—¿Cuál de ellas era? —parece más interesada en conocer el chisme completo que en ponerse en plan celosa.
—Samanta.
Alice estaba en mi oficina con las piernas cruzadas haciendo que su falda ya corta subiera un poco más. ¿Por qué estaba ahí? Porque Edward estaba en una reunión con James y ella venía a visitar a su hermano para quejarse de su entonces novia, Heidi.
—¿Puedes creer lo que me dijo?
—¿Eh?
—Que ella era su novia y yo debería saber cuál era mi lugar.
Asiento.
—Heidi no siempre elije las palabras apropiadas, pero seguro que no quiso decir eso.
Alice levantó una ceja de incredulidad por estar defendiendo a la novia de Edward.
—¿Y por qué te dijo eso?
—Por perra —Alice se cruzó de brazos dando por terminada la conversación y supe que había más, pero que no iba a contármelo—. ¿Qué harás más tarde? ¿Abrieron un boliche nuevo y…
En ese momento la puerta se abrió. Samanta, mi novia de entonces tres meses entró sin aviso. Me dio una sonrisa que se cayó apenas deparó en Alice, en su cortísima falda y sus piernas largas que poco dejaban a la imaginación.
—Alice —saludó Samanta mientras rodeaba mi escritorio para ir hacia mí y sentarse en mis piernas. Alice ni siquiera pareció importarle semejante muestra de afecto—. ¿Me extrañaste?
No. De hecho, no.
Le sonreí a Samanta.
—No te esperaba.
—Sé que no, era una sorpresa.
—Lo noté.
—¿Entonces qué dices? —preguntó Alice volviendo al tema anterior— ¿Bolos?
—¿Bolos? —preguntó Samanta dándome esa mirada.
—Invitaré a James y podrían ir juntos —dijo Alice señalando a Samanta y a mí. Bonito. Justo lo que necesitaba, una cita doble con James y Alice. No.
—No lo creo —respondió Samanta por mí.
—Bien… —Alice se puso de pie—, pero si cambias de parecerme envías un mensaje —me dijo esta vez mirándome a mí antes de girar sobre sus pasos y salir de mi oficina. Encantadora. Ella sabía que iba a meterme en problemas con eso.
Miro a Samanta.
—¿Si cambias de parecer? —me levantó una ceja.
—Está jugando. ¿Qué haces aquí?
—Llamé a tu secretaría y me dijo que estabas ocupado con "la señorita Alice"
—Pudiste llamarme a mí —le recordé señalando mi celular sobre el escritorio.
—Tu secretaria es más honesta cuando pregunto por ti y lo que haces.
Y esa fue posiblemente la última vez que vi a Samanta. No sólo mi corazón no estaba con ellas, sino que mi lealtad tampoco.
—Es que tienes un imán para las novias celosas —le levanto una ceja a Alice de manera sugestiva—. No me refiero a mí, obviamente.
Alice juega con la servilleta de tela antes de volver a mirarme.
—Básicamente será una relación en privado y amigos en público —concluye cuando estoy dando la primera mordida a mi desayuno, me atraganto con un pedazo de pan y bebo jugo para pasar la sensación.
—No dije eso.
—Tampoco dijiste lo contrario. Corrígeme si me equivoco: nada de obsequios a tu oficina, lo que creo que me veta de ir a tu oficina de alguna manera; nada de demostraciones de afecto en público; nada de apodos; ¿sin escenitas qué quiere decir?; No soy celosa, pero si lo fuera lo que no te gusta es: ¿que lo demuestre o que eso cree una discusión entre nosotros?
—Discusiones en público es lo que quiere decir escenitas.
—¿Y los celos?
—La discusión.
Asiente.
—¿Todo lo otro es correcto? —asiento esta vez yo, en gran medida sí.
Me mira por unos segundos con atención.
—¿Y tú conocías a la familia de ellas?
—Nunca —si mis relaciones estaban destinadas a fracasar lo que menos quería era fingir que era una relación tan formal y con planes a mediano plazo.
—¿Nunca? ¿Jamás? —el ceño de Alice se frunce y ella lucha para quitar la expresión y vuelve a fruncirse y ella nuevamente levanta las cejas para quitar las arrugas de su frente.
—Ni ellas a mi familia, en general algunas veces coincidimos por accidente con alguna de mis hermanas, pero es algo accidental —admito.
—Bueno… son cinco, ¿no? Son como una plaga en la ciudad.
Me río y sacudo la cabeza.
—Algo así.
—Entonces… Edward no lo sabrá —decide con un tono bastante convincente—. ¿Cómo planeas ocultárselo?
Llevar a Alice al límite es una especialidad así que sigo.
—Está muy ocupado en sus problemas para fijarse en mi vida.
Alice sonríe con dificultad esta vez.
—Y es distraído —dice ella mirando a su plato.
—¿Es el tipo de relación que quieres tener?
—Sí —dice con rapidez—, justo eso quiero.
—Y casi lo olvido —Alice sonríe y ladea su rostro en espera de que continúe—. Por el trabajo es probable que solo nos veamos algunas veces.
Asiente sin sonrisas.
—¿Mensajes de texto entre semana? Yo también tengo mucho trabajo.
—En horario no laboral, de preferencia.
—Perfecto para mí.
¿En serio?
Alice levanta una ceja casi retadora.
—¿Por qué tienes ese carro tan viejo? —pregunta cambiando de conversación.
—Es funcional —asiente y sonríe.
—Funcional no sería mi respuesta porque... —la interrumpo.
—¿Ese es el tipo de relación que quieres tener? —vuelvo a preguntar.
—Jasper… lo que me ofrezcas será más de lo que he tenido —se encoge de hombros mirando a su plato de comida todo el tiempo—. Lo que importa es lo que hagamos cuando estemos solos —me mira y sonríe—. Además, Edward te romperá el cuello apenas se entere.
Pero qué imbécil soy.
—Y a mí tampoco me gusta compartir comida con nadie. Así que estoy muy de acuerdo en ese punto… pero tal vez debas hablar con Mateo y James.
—¿Con Mateo y James? —no sigo su hilo de pensamientos.
—Porque creo que ambos lo saben y podrían decírselo a mi hermano.
—¿Mateo lo sabe?
—James se lo contó —miente, porque me puedo imaginar a Alice llamándole a Rose para contarle todo. Eso y que ayer que llamé a Mateo, él ya lo sabía.
Me muevo a la silla al lado de Alice.
—¿Amor? —levanta sus ojos hacia mí y descubro que están brillosos.
—Y nada de apodos dijimos. Eso es un apodo.
—Sé que ese es un apodo.
Asiente tres veces.
—¿Qué tipo de relación quieres? —pregunto otra vez.
—La que… la que tú quieras tener.
Suspiro.
Tomo el tenedor de su plato y pincho un pedazo de fruta, lo llevo a sus labios.
—No me hagas abrir tu boca a la fuerza —pero Alice aprieta los labios y niega, con su semblante serio sin encontrar esto gracioso.
—No voy a arruinar esto al segundo día de comenzar.
—No lo harás —le aseguro— y para mí, llevamos en esto más de un mes.
Sonríe un poco, de lado y con los labios apretados, pero vuelve a negar.
—Lo digo en serio, Jasper.
—Di "A" —y abro mi boca con exageración mostrándole cómo.
—No.
—Qué difícil. Viene un avioncito cargado de… —Alice le da una mordida a la fruta para callarme—. Buena chica —sus mejillas se colorean mientras mastica.
—No puedo creer que hayas hecho eso.
—Pregúntame qué tipo de relación quiero contigo.
—Ya sé lo que no te gusta.
—No. Sabes lo que no me gustaba hacer en mis relaciones anteriores.
Frunce el ceño y lentamente su mirada se suaviza.
—¿Qué tipo de relación quieres conmigo? —su tono de voz demuestra la confusión que he creado en ella.
Me acerco hasta atrapar su mentón con mi pulgar y dedo índice.
—Ya lo descubrirás —me rueda los ojos con exasperación—. Por ahora quiero hacer todas esas cosas que no me gustaban antes, pero contigo.
—¿Son como mis puntos de nunca jamás en el sexo? —comprende al fin.
—Algo así, todavía necesito ese traje de batman para terminar con tu lista —consigo al fin una sonrisa sincera.
—Entonces… —tantea el terreno—. ¿Se lo dirás a Edward?
—En un lugar público y con testigos.
—En dos semanas será tu cumpleaños… ¿le dirás antes de eso?
—Edward no quiere visitas en su apartamento por su compañera de cuarto —le recuerdo.
—¿Aun no te habla de ella? —niego.
—Entonces… podemos decírselo después.
—En el peor escenario lo acorralamos en la cena de mi cumpleaños, un lugar público y con testigos.
La sonrisa más bonita y brillante cruza por su rostro en ese momento.
—¿Sí? —asiento antes de acomodar su cabello tras su oreja.
—Por supuesto. Lo que será interesante es qué harás con cinco cuñadas a la vez —le advierto, esperando que entienda que ella conocerá a mi familia.
—Nada que un par de botellas de tequila no puedan hacer.
—Tengo dos hermanas embarazadas —le recuerdo.
—Las botellas no son para ellas.
Esta vez consigue una risa de mi parte.
—Lo que te haga sobrevivir a eso.
Lo que sea que evite que salga huyendo.
¿Qué te ha parecido el capítulo de hoy?
Muchísimas gracias por sus comentarios y su apoyo. ¿Cuál ha sido tu parte favorita?
