Hola a todos mis lectores! ^^ tarde mucho en volver? si, lo se, estas cosas desesperan... pero tengo que dedicarme a pasar los examenes finales, no hay de otra. Lo bueno es que ya vienen las vacaciones x3

Ahora, otra razon por la que tarde en subir la continuacion es porque el capitulo me quedo muy largo fueron aproximadamente 5.800 palabras, mucho mas que mis capitulos anteriores. Para equilibrar un poco el tamaño del capitulo, y que no se hiciera tan pesado leerlo, decidi dividirlo en dos partes más cortas, por eso subo el 5 y el 6 juntos =D esta vez decidi incluir algunas referencias historicas, como la historia verdadera de la Cantarella, entre otras cosas x3 bueno, voy a dejar de hablar para que puedan leer el capitulo, espero que les guste ^^

Disclaimer: lamentablemente, los Vocaloid no me pertenecen, sino a Yamaha, Sega y Crypton. Este fanfiction fue hecho por mero entretenimiento, sin ánimo de lucro. Opino que esta pagina deberia pagarle a sus escritores, pues somos nosotros los que le damos tanta fama. Creo que recolectare firmas para hacer una peticion, quien se anota? xD (broma)


La ventana de los aposentos reales del Rey y la Reina se abrió estrepitosamente debido a una ráfaga de viento, que agitó las cortinas, anunciando una posible tormenta.

-Cariño, - decía la Reina, mientras se apresuraba a cerrar de nuevo la ventana – no me gusta este clima. Parece como si el invierno estuviese a punto de llegar.

-Estamos en Septiembre, amor. – le respondió el Rey, quién se encontraba colocándose su ropa de dormir, sentado en la cama – El otoño llegará muy pronto, y no falta mucho para el invierno. Espero que Miku se haya casado para entonces, ¿no crees?

-No lo sé, sería muy problemático organizar una boda de magníficas proporciones en medio del invierno. – respondió la mujer, con expresión pensativa - ¿No crees que quizá deberíamos esperar hasta la primavera? Sería un ambiente mucho más romántico y alegre.

-Pero los convenios políticos no deben hacerse esperar demasiado. – dijo su esposo, negando con la cabeza – Mientras más rápido formemos esa alianza, mejor. No sabemos si las tropas enemigas buscarán la forma de aprovecharse de nuestra desventaja durante el invierno.

-Pero, amor, tienes que sacar de tu cabeza esa paranoia. – le dijo la Reina, acercándose a la cama, para acariciar con una delicada mano la mejilla de su esposo – No estamos en guerra. No hay razón para que otro país quiera atacarnos.

-Somos un reino próspero, nuestras minas nos proporcionan toneladas de oro y diamantes. Eso es más que suficiente para tentar la codicia de otros monarcas. – dijo el hombre, suspirando cansinamente.

-Tenemos buenas relaciones comerciales con el resto de los países, más de la mitad de lo que producimos lo exportamos, y aún nos queda para cubrir las necesidades de nuestra gente. – dijo la mujer, acostándose, y halando con ella a su esposo – Te aseguro que los demás reinos tienen suficientes diamantes, no necesitan tomar los nuestros. Todos tus concejeros te han dicho exactamente lo mismo, no estamos en peligro.

-No puedo evitar preocuparme. – respondió él, acomodándose bajo las sábanas con su esposa.

-Lo sé, pero creo que deberías dejar de presionar a Miku. – dijo ella – Sabes que ella realmente se está esforzando por conquistar al príncipe Len, pero si no lo logra, no debes culparla.

-Entiendo que quizá el príncipe no se enamore de ella, después de todo, el amor es una cosa totalmente imprevisible. – admitió el Rey - ¡Pero esa alianza es de suma importancia! ¡De Miku depende el futuro de nuestro reino!

-Si llegase a haber una guerra, el futuro del reino recaerá en los hombros de nuestros soldados, no en los de Miku. – discutió la Reina – Nuestra hija ha hecho todo lo que estaba en sus manos, y de ahora en adelante, la formación esa alianza dependerá completamente de si el príncipe Len considera que quiere casarse con ella.

-Claro, amor, pero ella debe esforzarse mucho más. – dijo el hombre, con una expresión preocupada en su rostro – Debe convencer al príncipe de que ella es el mejor partido que jamás podrá encontrar.

-¿Qué más puede hacer ella? – preguntó la Reina, tratando de defender a su hija – Tocó el violín con maestría impecable, se ha presentado más hermosa y encantadora que nunca, se esforzó en mantener una buena conversación con el príncipe durante la cena, además de mostrarse hospitalaria y educada. Está comportándose perfectamente. ¿Qué más puedes pedir de ella?

-Ya capté tu punto, amor. – respondió el Rey – Supongo que tienes razón en ese aspecto. ¿Qué tal si organizamos un paseo para ella y el príncipe por el reino, mañana?

-Hmmm… Me parece una idea magnífica, cariño. – dijo ella, sonriendo - Será una oportunidad perfecta para que ambos se conozcan mejor. Quizá hasta el príncipe se enamore de ella.

-Me alegra que estemos de acuerdo en algo. – respondió el hombre, riendo, mientras abrazaba con fuerza a su esposa por debajo de las sábanas – Ahora, ambos debemos descansar.

-Tienes razón. Buenas noches, amor.

-Buenas noches.


(Kaito POV)

Mi lado perfeccionista floreció cuando comenzó mi carrera contra el reloj. Mi corazón parecía querer salirse de mi pecho mientras veía a la princesa meditar unos segundos con la taza de té en sus manos, después de oler la esencia que emanaba de la infusión. Era imposible que no se hubiese dado cuenta de que había algo más en la taza.

Conocí esa conveniente sustancia en mi primer viaje a Italia, dos años atrás. Sentía curiosidad por los bajos mundos de esas gigantescas y prósperas ciudades, dado que mis tierras eran rurales en su mayoría, así que aproveché la oportunidad de escabullirme de mis guardaespaldas. Oculté mi rostro y mis ropas con una capa negra sucia y harapienta, y con ese disfraz me adentré en el primer bar de mala muerte que avisté entre los oscuros callejones de media noche. El lugar estaba lleno de borrachos violentos, buscapleitos y delincuentes, los cuales me observaron con malicia apenas llegué. No obstante, sabía cómo moverme entre ese tipo de personas, para quienes el alcohol lo es todo, así que apenas llegué a la barra, ordené cervezas para todos los presentes, quienes se alegraron y me ignoraron. Vale la pena señalar que mi cerveza tenía un desagradable aroma a alcohol viejo, y observé con repugnancia que el vaso donde me la habían servido estaba lleno de polvo. De hecho, las partículas grises flotaban en el líquido. Me la llevé a los labios para disimular, pero en realidad no tomé ni una gota.

La noche había resultado ser un desastre. Cuando deslizaba unas cuantas monedas para el encargado del bar, otra figura encapuchada se acercó a mí, y me invitó a tomar un poco más. La persona bajo la capa despedía un aroma a alcohol tan intenso que me sentí mareado, pero tenía un presentimiento que me decía que debía quedarme, así que accedí a su invitación, sentándome lo más lejos posible de él. El hombre comenzó a hablar como un loro, contándome la historia de su vida. Su nombre, me dijo, era Rodrigo Borgia(+). Era considerablemente joven como para tener esos problemas de alcoholismo, pensé en aquél momento, pues calculé que tenía mi misma edad, la cual era de dieciocho años.

Rodrigo me contó la historia de su familia, y cómo aspiraba a convertirse en Papa algún día, cosa que me extrañó mucho debido a su pasado. También me informó sobre una gran variedad de drogas y venenos que estaban en su posesión, y me mostró un frasco. Era color café oscuro, y la tapa tenía grabada la figura de una calavera.

-Ahora mismo busco deshacerme de esto, no puedo permitir que me descubran llevando este frasco. – me dijo el hombre, en medio de su ebriedad - ¿Quisieras quedártelo?

-No tengo necesidad de venenos. – respondí, ante lo que él comenzó a reírse a carcajadas.

-¡No es un veneno! – dijo, desenroscando la tapa, y mostrándome el líquido transparente, con algún pequeño reflejo azulado – Al menos, no uno mortal. Es una droga que duerme a todo el que la beba durante cuatro horas. Quién lo tome, parecerá estar muerto, pues su pulso se detendrá. No obstante, a las cuatro horas exactamente, despertará como si nada.

-¿Ah sí? – inquirí, sintiendo un poco más de curiosidad - ¿Cómo sé que estás diciendo la verdad? Necesito pruebas.

-¡Jajajaja! – se rió Rodrigo, asintiendo con la cabeza. – De acuerdo, te lo mostraré.

Él pidió una cerveza nueva, y dejó caer en el vaso unas cuantas gotas de la droga. Luego, fue a buscar a un hombre en quién probarlo. Tomó del brazo uno de los borrachos en una mesa cercana, y le dijo con una sonrisa que bebiera de la cerveza alterada, y el hombre aceptó gustosamente. Apenas terminó el último trago, su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Traté de sentir su pulso en el cuello o la muñeca, pero fue imposible. Parecía realmente muerto. Rodrigo y yo esperamos cuatro horas, justo antes del amanecer, y él siguió hablándome de los secretos de su familia. "Si él suele contarle todas estas cosas a cada extraño que consigue en un bar, no me extrañaría que apareciera muerto un día de estos" recuerdo haber pensado.

El caso es que a las cuatro horas, el conejillo de indias humano se despertó, bastante confundido. Rodrigo le convenció de que su desmayo había sido producto de haber ingerido tanta cerveza, y él le creyó, como si nada, y se marchó a su casa.

-¿Ves? – dijo Rodrigo – Te lo dije. ¿Ahora te llevarás el frasco?

Decidí aceptarlo. Pensé que algo así podía serme de utilidad algún día. Nunca más volví a ver a ese hombre, pero muchos años después, me contaron que el nombre original del Papa Alejandro VI era Rodrigo Borgia, cosa que me hizo sospechar que quizá el joven del bar había logrado su cometido. En fin, eso no es parte de esta historia.

El nombre de la droga, casualmente, era Cantarella. Llevaba una pequeña cantidad conmigo en los viajes largos, por si acaso. Por eso, cuando volví a ver a la princesa Miku, supe que debía usar esa sustancia para tenderle una pequeña trampa. Nada muy grave, por supuesto, pero debía mantenerla inconsciente por unas cuantas horas para que mi plan funcionara.

Cuando Miku se derrumbó en mis brazos, sentí que casi podía saborear la victoria. Ella sabía que había una droga en la taza de té, y sin embargo decidió tomarla. Ella estaba quedándose a mi merced, expresa y voluntariamente. No faltaba mucho para que me entregara su cuerpo, y eso hacía que la adrenalina se disparara a través de mis venas. Esperé a que el resto de las luces del castillo se apagaran, y llevé en mis brazos el cuerpo inerte y sin pulso de Miku hasta mi habitación. En el armario estaba lo que había ordenado con una semana de anticipación: un vestido. Era un regalo de mi parte para ella, pues a las mujeres les encanta recibir regalos costosos y finos, y aunque Miku no fuese del tipo de chica presuntuosa y materialista, era imposible que no le gustara el vestido.

Deposité con cuidado su cuerpo en la cama, y mis manos comenzaron a temblar mientras retiraba el vestido negro que estaba usando. Mi consciencia comenzó a gritarme, y pude sentir mis mejillas enrojecer profundamente cuando avisté su ropa interior.

-No estoy haciendo nada malo. – comencé a repetirme a mí mismo – Sólo estoy ayudándola a cambiarse de vestido, puesto que está inconsciente. No estoy tocándola inapropiadamente. Ni siquiera estoy viendo más piel de la que veía antes, las mujeres usan demasiada ropa interior… y definitivamente no estoy pensando cosas pervertidas sobre ella.

Aunque era obvio que ni yo mismo me creía la última frase. Mientras deslizaba sobre su cuerpo el vestido nuevo, podía imaginarme ayudándola a desatar el corsé, retirando las medias, soltándole el cabello, aspirando el aroma de su piel perfumada… y me detuve justo cuando me di cuenta de que estaba inclinándome sobre ella e inhalando profundamente. No debía acelerar las cosas, esto debía suceder a su manera. Aunque no entendía por qué me parecía de vital importancia que ella me quisiera. No a mí, quiero decir, no es como si ella me importara, me refería a que ella quisiera entregarse a mí. Por supuesto.

Una vez que ella estuvo lista, bajé a preparar mi escenario. El salón principal, donde se llevaban a cabo los bailes, era el lugar perfecto. Consistía en una larga habitación rectangular, con un techo muy alto sostenido por gruesos pilares de madera, los cuales estaban decorados con estandartes del escudo del reino. De las paredes y del techo sobresalían lujosos candelabros dorados, los cuales se encontraban apagados, por ende, dejando a oscuras el salón. En la pared del fondo, detrás de un trono donde el rey solía sentarse durante las fiestas, estaba un gran ventanal sin cortinas, el cual dejaba ver la luna llena brillando junto a las estrellas. En las paredes laterales estaban colgados algunas obras maestras de arte escondidos detrás de cortinas rojas, protegidos del polvo y todo aquello que pudiera dañarlos o afearlos. Había una pequeña puerta de salida de emergencia en una esquina del salón, que nadie nunca usaba.

Encendí solamente la mitad de los candelabros, aquellos que estaban más cercanos al trono, consiguiendo un romántico efecto de media luz en el salón. Corrí las cortinas de mi pintura favorita: la que ilustraba una joven doncella bailando con un caballero misterioso, los cuales se me hacían muy parecidos a la princesa y a mí. La decoración estaba lista. En una esquina de la sala, ubicada estratégicamente para obtener una buena acústica, estaba una tarima del alto de un escalón común, donde se colocaban los músicos durante los bailes. Los instrumentos de la orquesta real estaban guardados en el salón de música, a excepción de la pianola(+), cuyo gran tamaño dificultaba mucho su traslado constante.

Me acerqué a la pianola, y mientras retiraba el rollo perforado que se encontraba previamente, saqué del bolsillo interno de mi capa un pequeño estuche cilíndrico, dentro del cual se encontraba el número musical para esa noche. Tenía todo bien planeado: le pedí a un amigo que vivía en Londres y trabajaba en la casa The Orchestrelle(+) que perforara un rollo con cierta melodía especial, y que me lo enviara al palacio real de este reino. Tras una tensa semana, el rollo había llegado esa misma mañana, pero pasó inadvertido gracias a la visita de los príncipes vecinos. Cambié el rollo y afiné un poco más el instrumento, asegurándome que no faltaba nada.

Tras dejar mi escenario listo, corrí hasta mi habitación, donde me esperaba el cuerpo bellamente vestido de Miku. Busqué en mi baúl hasta encontrar el manojo de llaves, de la cual saqué aquella que servía especialmente para mi propósito, y la guardé en el bolsillo interno de mi capa. Respirando profundo, procedí a cargar a mi princesa, y transportarla con cuidado a través de los pasillos, hasta sentarla en el trono del salón de bailes. Miré mi reloj de bolsillo, el cual marcaba las 11:55 p.m. Lo había logrado, había ganado en mi carrera contra el reloj, y con cinco minutos de diferencia, los cuales pasaron en un abrir y cerrar de ojos cuando me dediqué a aspirar el aroma floral del cabello de Miku.


Unos cuantos pisos más arriba, una joven rubia escapaba del universo terrorífico de las pesadillas, despertándose al tiempo que se incorporaba en la cama, con un grito. Llevaba varios años sin tener una de esas, pero la que acababa de tener era mucho peor que aquellas que podía recordar.

En la pesadilla, ella era una reina malvada y sanguinaria, llena de egoísmo y vanidad, mientras que su hermano Len era un simple sirviente. Ella estaba enamorada de un príncipe de cabellos azules, pero éste estaba enamorado de chica igual a la princesa Miku. Rin, aún sabiendo que Len también sentía algo por esa chica de verde, le ordenó que la asesinara, y él había obedecido nada más para verla feliz. Al final, el pueblo había decidido derrocar a la tirana y ejecutarla por sus múltiples crímenes, pero en un gesto final de amor, Len había decidido hacerse pasar por ella y morir en su lugar. La joven princesa se había despertado justo en el momento en que la guillotina caía sobre el cuello de su hermano.

Su pecho subía y bajaba en espasmos de pánico, su corazón latiendo aceleradamente. Se sentía pegajosa, y palpándose rápidamente en el cuello, se dio cuenta de que había estado sudando frío. Además, temblaba mucho, y en medio de su soledad, las sombras le parecían terroríficas, como le parecerían a una niña pequeña. No obstante, no estuvo sola mucho tiempo, pues la puerta de su habitación se abrió para dar paso a un preocupado Len.

-¡Rin! – exclamó el muchacho, muy agitado - ¿Por qué gritabas? ¿Estás bien?

-Len… - comenzó a decir ella, vacilando, apretando fuertemente las sábanas entre sus manos. No quería tener que contarle el sueño a su hermano – yo…

-¿No me digas que tuviste una pesadilla? – preguntó el chico, prácticamente adivinando el pensamiento de su hermana, como siempre – Hace mucho que no tenías una.

-¡N-no! – exclamó Rin, pero el temblor de su voz la delató – es… es sólo que yo…

-Oye, no te preocupes por eso. – le dijo Len, sonriéndole consoladoramente – Todos tenemos pesadillas de vez en cuando.

Dicho esto, se acercó a la cama de su hermana y se sentó en el borde, junto a ella, y comenzó a acariciar sus cabellos como solía hacerlo cada vez que ella estaba asustada.

-¿Quieres contármela? – preguntó él, a lo cual ella negó con la cabeza.

-No, lo lamento… Es demasiado, y me avergüenza soñar algo así – admitió la rubia, sintiendo un nudo formándose en su garganta, y lágrimas pugnando por escapar de sus ojos.

-Entiendo, no te preocupes. – dijo Len, sonriéndole un poco más – Pero, ¿Sabes? Es más fácil olvidar un mal sueño cuando se lo cuentas a alguien.

-Tal vez algún día te lo cuente, pero no por ahora. – respondió ella, evitando la mirada de su hermano, con tristeza.

Len observó su expresión llorosa, sus manos nerviosas, sus pequeñas ojeras, sus párpados hinchados. El muchacho llevaba varios días notando una actitud extraña en su hermana, pero lo había achacado a las nimiedades adolescentes que solían afectarla en esos días, y no le había prestado atención. No obstante, en ese momento en que pudo observarla bien en la media luz proporcionada por la luna en la ventana, se dio cuenta de que había algo realmente molestando a la chica. Comenzó a preocuparse, así que sujetó el mentón de Rin con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos.

-Rin, has estado actuando muy rara últimamente. – dijo, con preocupación, mirándola con el ceño fruncido – Siento que hay algo que te molesta que no quieres contarme.

-Len, no… - trató de decir la chica, intentando desviar la cara, pero fue interrumpida.

-Sólo escúchame un momento, por favor. – dijo él, seriamente, haciendo que ella exhalara sonoramente y se rindiera, procediendo a mirarlo a los ojos con vergüenza – Toda la vida nos hemos confiado mutuamente este tipo de cosas. Estoy preocupado por ti, Rin, en serio. ¿Acaso ya no confías en mí?

-Por supuesto que confío en ti, Len, es sólo que… - dijo ella, vacilando, con voz temblorosa – No es nada, por favor, no te preocupes tanto.

-¿Cómo se supone que haga eso? – preguntó él, exasperándose un poco – Siempre solías sonreír todo el tiempo, hacías lo que se te antojaba sin importarte lo que pensaran los de la corte, salías a correr por el jardín y ensuciabas tu vestido a propósito. Últimamente no haces nada de eso, ya nunca sonríes, y te deprimen los comentarios de las ancianas chismosas. ¿Qué está sucediendo?

Ella no respondió, sino que desvió los ojos y clavó la mirada en el pecho de Len, donde no tuviera que enfrentar su intensa mirada celeste. Él, al notar esto, tomó la cara de su hermana entre sus manos, y comenzó a acariciar sus tersas mejillas suavemente.

-Por favor, Rin… - pidió, intentando que ella lo mirara – No hagas esto. Me preocupas, aunque me digas que no es necesario. Sabes que soy capaz de hacer cualquier cosa con tal de verte sonreír como antes.

Al escuchar esto, Rin inmediatamente recordó su pesadilla. Casi podía ver la cara de Len, vestido como ella, mirando con una sonrisa triste al cielo, feliz de sacrificarse por ella. No pudo aguantar más, y las lágrimas comenzaron a salir en cascadas de sus ojos, y espasmos de llanto sacudieron su pecho. Len, muy confundido, abrazó el frágil cuerpo de su hermana, apretándola contra su pecho, y comenzó a acariciar su espalda. Así se quedaron, hasta que unos minutos después, ella dejó de llorar.

-No quiero perderte. – dijo ella, con una voz temblorosa y trémula, casi inaudible, rompiendo el silencio.

Ella se separó del pecho de su hermano, haciendo suficiente distancia como para verlo con firmeza y tristeza directamente a los ojos. Él guardó silencio, para no presionarla, pero ansioso de escuchar lo que Rin quería decir. La muchacha, tragando en seco, se armó de valor y comenzó a soltar su larga retahíla de preocupaciones, entre las que se encontraba el hecho de que si él se casaba con la princesa Miku, podía dejar de quererla a ella. También insinuó una parte de su pesadilla, en la que Len moría. Él sólo escuchaba, luciendo inexpresivo por fuera, pero sintiendo su corazón removerse con pena. Cuando la princesa finalmente terminó su discurso, todo lo que ella obtuvo por respuesta fue un fuerte abrazo, y un pacífico silencio reinó en la habitación durante unos minutos.

-Rin, hermanita, - dijo Len, susurrando en el oído de ella – no debes preocuparte por eso. Nunca me perderás, ni me alejaré de ti por ninguna circunstancia. ¿Entendido?

Ella simplemente asintió, sin tener palabras que pudiesen expresar cómo se sentía. Ambos se separaron, descubriendo en la cara del otro una sonrisa idéntica a la suya: feliz, llena de esperanza.

¿Puedes quedarte a dormir aquí, como cuando éramos pequeños? – pidió ella, sonriendo aún más ampliamente, convenciendo a su hermano al instante.

Por supuesto.


Continuará...

Fin del capitulo 5! =D espero que les haya gustado! ahora, algunas aclaraciones:

(+) Rodrigo Borgia: El realmente existio, aunque es mas conocido como el Papa Alejandro VI, y vivio entre los años 1431 y 1503. Su familia era una de las mas poderosas de Italia en aquella epoca, famosos por sus conspiraciones y el uso de veneno para eliminar a sus enemigos. Segun Wikipedia, su favorito era la Cantarella, una variacion del arsénico, la cual originalmente solo dejaba inconscientes por cuatro horas a quienes lo consumian, pero mas tarde los Borgia encontraron la manera para convertirla en un veneno mortal.

(+) Pianola: En1863, Henri Fourneaux inventó la pianola, que es un piano que reproduce de forma automática, usando dispositivos neumáticos, las notas escritas en un rollo perforado sin necesidad de un pianista. Cayó como anillo al dedo en esa escena donde se supone que Miku y Kaito bailan, pero no hay quien toque algo de musica xD

(+) The Orchestrelle: Es una compañía londinense que fabricaba instrumentos musicales. Una pianola de esta compañía fue la que debutó con mucho éxito en uno de los conciertos más famosos de Londres en aquella epoca, llevado a cabo en el Salón de la Reina.

Se que la linea temporal esta mal, Kaito no pudo haber conocido a Rodrigo de Borgia si ya vivia en la epoca de las pianolas, que se inventaron varios siglos despues. Me tomé la libertad de agregar a ese personaje historico en la historia porque me parecio interesante, y porque esto esta ubicado en el universo de los Vocaloid, no en el mundo real. En los fanfictions, este tipo de cosas son perfectamente posibles.

Ahora, con la segunda parte =D