(Miku POV)
Todo era negro a mí alrededor, como un letargo que me atrapaba y me encerraba en un placentero sueño, como si estuviera bajo el agua. No podía sentir ni ver nada, pero podía escuchar sonidos. Música, era todo lo que me llegaba, hasta que de repente el reloj sonó. Conté doce campanadas, y cada una era como una cadena que me halaba hacia la superficie, hasta que poco a poco la luz iluminó mis ojos. Desperté, un poco mareada y confundida. Miré a mis alrededores, para encontrarme con el salón principal de los bailes. Todo el lugar ofrecía una romántica media luz, pero que me parecía sugerir que ocultaban un secreto importante.
Intenté moverme, y mis miembros algo entumecidos se agitaron con pereza. Sentía algo extraño sobre mi cuerpo, y averigüé qué era cuando miré hacia mi figura. Llevaba puesto un vestido color lila, largo hasta el suelo, sin mangas, y un hermoso velo sobre mi cabeza. Con la excepción de algunos detalles, como el color o la falta de cola, parecía un vestido de novia. Era el vestido más bello que había usado en toda mi vida, me hacía lucir etérea y delicada, el tipo de belleza que tanto había deseado alcanzar.
Cuando terminé de admirar el vestido, me di cuenta que la música seguía sonando. Provenía de la pianola de la orquesta, la cual tocaba por su cuenta las notas de una melodía que me sonaba inmensamente familiar. Unos segundos después, me di cuenta que se trataba de Cantarella, pero mucho más lenta, lo cual le daba un toque sensual que no poseía en su velocidad normal. No obstante, mi atención se desvió de la melodía cuando me di cuenta de que había una persona sentada en el banquillo. Una figura con una capa y un sombrero negros, ocultando su rostro con una máscara blanca.
El enmascarado se levantó y se acercó a mí, sus ojos azules clavándose intensamente en los míos. Podía sentir cómo su mirada hacía temblar mis rodillas, y me provocaba un cosquilleo en la parte baja del estómago. Un ardor se extendió por esa zona, y la sangre caliente comenzó a acumularse en mis mejillas y mis oídos. No podía entender qué era lo que estaba sintiendo, nunca había experimentado algo igual. Me asustaba pensar en eso, no quería descubrir el verdadero nombre de esa sensación, y no quería darme cuenta de lo que estaba comenzando a desear.
Cuando estuvo frente a mí, se arrodilló hasta que su cabeza quedó al nivel de la mía. Enseguida extendió su mano, y yo, tras vacilar unos segundos, decidí tomarla. ¿Qué sucedía conmigo? ¡Detestaba a ese hombre! ¡No podía permitirle manejarme tan fácilmente! Y sin embargo, a pesar de todas las quejas de mi mente, mi cuerpo y mi corazón me pedían otra cosa. Comenzamos a bailar al lento compás, nuestros cuerpos girando sincronizados, conectados a través de nuestro tacto. Él sostenía una de mis manos con la suya, y reposaba la otra en mi cintura. En tanto, mi otra mano palpaba, a través de la ropa, los músculos fuertes de sus amplios hombros. Las sensaciones que sus manos despertaban en mi cuerpo me intoxicaban, haciendo que mis pensamientos racionales se disolvieran en un remolino de música y calor.
-Sabes… - dijo él, rompiendo el silencio, y la riqueza de los tonos de su voz me estremeció. ¿Su voz siempre había sido tan…sensual?
-¿Qué cosa? – respondí, temblorosamente, algo ronca. Quizá era efecto secundario del extraño té que había bebido.
-Cuando ideé este encuentro, no esperaba que resultara de esta forma… - dijo él, sonando un poco distraído.
-¿A qué te refieres? – pregunté, pero él pareció un poco sorprendido, y desvió la mirada.
-Nada, Miku. Olvídalo. – su tono seco me hizo fruncir el seño.
-Dime. – insistí, y él me miró con una mezcla extraña de preocupación y fastidio.
-No es nada, Miku, no me hagas repetirlo. – dijo él, visiblemente frustrado, y eso no hizo más que enojarme.
-Es una orden. – dije, por primera vez en mucho tiempo, al parecer confundiéndolo.
-¿Qué? – preguntó, con una expresión extrañada en el rostro.
-Te ordeno que expliques lo que dijiste. – respondí. Y pensar que hasta esa noche me había esforzado tanto en ser delicada, frágil y gentil, sin imaginarme que mi egoísmo podía aflorar gracias a ese hombre.
-Miku, no te pongas con eso… - se quejó él, con un gesto de tedio – Sigamos bailando en silencio.
-¿Y si no quiero estar en silencio? – discutí, casi sin darme cuenta. Mi consciencia me decía que estaba actuando muy extraño, nada apropiado para una princesa, pero la intensidad de lo que estaba sintiendo era tan fuerte como un volcán – No quiero ser una muñeca que puedas manejar a tu gusto y luego desechar, ¡Necesito respuestas!
-Un momento, princesa. – dijo él, ofendido – Vamos a aclarar un par de cosas aquí. Primero, no desahogues conmigo todas tus quejas reprimidas sobre tu vida.
-¿Qué? – pregunté, ofendiéndome al principio, pero luego el verdadero significado de esas palabras me hizo paralizarme.
-Por favor, Miku, ambos sabemos que, a pesar de ser la princesa, no tienes voz ni voto en tu propia vida. – me respondió, denunciando en voz alta el aspecto de mi vida en el que nunca había querido pensar – Incluso dejas que tu padre te obligue a casarte con un hombre que ni siquiera te gusta.
-¡Eso no es cierto! – exclamé, tratando de defender mis propias creencias, aunque en el fondo supiera que eran una mentira.
-¿En serio? – preguntó, sarcásticamente – Dime la verdad, Miku, ¿Amas al príncipe Len tanto como para casarte? ¿Siquiera te gusta?
Mi intención era gritar que sí, pero la voz de mi consciencia me lo impidió. Decir que sí no tendría sentido siquiera, apenas había conocido al príncipe hoy. Sin embargo, llevaba planeando casarme con él desde hacía años. El hombre enmascarado tenía razón, yo era una marioneta de mis padres para mantener el prestigio, pero de ninguna forma lo iba a admitir frente a él. Sin embargo, no pude esconder las lágrimas que se asomaban por mis ojos, y él se dio cuenta.
-Segundo… - continuó, con una voz mucho más suave y amable – Yo no quiero usarte como una muñeca. Yo… aunque te parezca extraño, incluso me lo parece a mí… yo no quiero manejarte y desecharte. Creo… bueno… - el hombre enmascarado finalmente me comenzaba a parecer dubitativo, y su voz me parecía mucho más familiar. Aún no había descartado mi sospecha anterior de que se tratara de Kaito, aunque sus personalidades no concordaran – Lo que quiero decir es… que… tú me importas mucho, Miku.
El problema era que no podía discernir si sus palabras eran sinceras, o si se trataban de un truco. En aquél momento, cuando tenía todas mis emociones a flor de piel, deseaba más que nada poder creer que él me decía la verdad.
El príncipe Len llevaba unos veinte minutos acostado en la cama, abrazando a Rin. Ella dormía tranquilamente al sentir el calor del pecho de su hermano, protegiéndola, sabiendo que no iba a perderlo. No obstante, el príncipe no estaba tan tranquilo. "Con una temperatura como esta, cualquiera tendría pesadillas", pensaba él. Estaba casi seguro de que aquél cuarto no estaba bien ventilado, pues tenía tanto calor que no podía dormir. De hecho, ya comenzaba a sentirse pegajoso en el cuello y el pecho, más sumando el calor del cuerpo de Rin, daba como resultado un horno. El muchacho podía sentir su piel cocinándose lentamente. Su garganta comenzó a sentirse seca, y una sed terrible le comenzó a molestar.
"¡Necesito un vaso de agua!" pensó, levantándose muy cuidadosamente para no despertar a su hermana "Buscaré un sirviente para pedirle uno, y luego volveré antes de que Rin se dé cuenta"
El príncipe salió de la habitación y se asomó al pasillo, pero no había nadie. Entonces, decidió aventurarse en los pasillos, en busca de una manera de calmar su sed.
(Kaito POV)
Mi corazón palpitaba, desbocado. Ahí estaba ella, con ojos llorosos, y confundida. Por más sorprendente que parezca, mis palabras eran sinceras. Ya no me parecía suficiente hacerla mía una noche y marcharme. Estaba empezando a necesitarla, a querer estar con ella, hablarle, perderme en el verde de sus ojos. Quizá estaba sintiendo algo más que simple lujuria. Pero no podía ser amor, me negaba a aceptarlo, me había prometido a mí mismo no enamorarme de ella jamás. Seguramente, simplemente me había encariñado con ella. Pero, entonces, ¿Por qué me dolía que ella pensara que quería usarla y luego desecharla? ¿Por qué sentía esa urgencia de probarle que era lo contrario?
Obedeciendo mis impulsos, hinqué una rodilla en el suelo, y coloqué mi mano derecha sobre mi corazón, en una postura que sugería un juramento inquebrantable.
-Miku, - comencé, mirándola directamente en sus ojos sorprendidos – estoy haciendo todo esto porque necesito que me creas, que confíes en mí. Ni yo mismo entiendo lo que me está sucediendo, sólo sé que no puedo parar de pensar en ti. No llores, por favor, quiero que seas feliz.
Ella secó las mínimas lágrimas con sus dedos en un delicado gesto, pero sin desviar sus ojos de los míos. Esas lagunas verdes habían adquirido un matiz de curiosidad, pero con un poco de desconfianza, lo cual seguía removiendo mi consciencia. Repentinamente, ella alargó un trémulo brazo, con lentitud, hasta posar la palma de su mano en mi mejilla izquierda.
-Si tanto insistes en que confíe en ti, debes decirme quién eres en realidad. – dijo, con un tono lleno de seguridad, aunque algo bajo.
Mi mejilla adquirió una temperatura mucho más alta cuando percibí el tacto de su suave mano. Me estaba sonrojando, aunque fuera totalmente contrario a mi manera de ser, y lo peor era que seguramente ella se había dado cuenta. Por otro lado, escucharla demandar que revelara mi identidad me hacía sentir culpable. Las cosas habían llegado demasiado lejos, las cosas habían escapado de mi frío control, y ahora sentía que le debía algo. Con un suspiro, dejé caer mis hombros, rindiéndome. Entendí que para lograr que ella se entregara, yo debía entregarme primero. Consideré arrancarme la máscara y arrojarla lejos, pero supe que no tenía fuerzas para hacerlo. En lugar de eso, decidí que era el momento propicio para sacar la llave del estuche de violín, el cual ya había manipulado previamente.
-Ten. – dije, retirando la mano que la princesa había puesto sobre mi mejilla y dándole la vuelta, para luego depositar en ella la vieja llave – Dejaré que lo deduzcas por ti misma.
Ella me miró con extrañeza, obviamente no entendiendo de qué forma estaba involucrada esa llave con mi identidad. Seguro no recordaba el estuche que yacía abandonado en un rincón de su habitación. Supe que era el momento indicado para irme, y dejar que la princesa descifrara mi acertijo. No volvería a aparecerme ante ella con mi disfraz de enmascarado, sino hasta que abriera el estuche. Me levanté, aún sosteniendo su mano entre las mías, cuyo dorso besé con suavidad. Con una última mirada de despedida, pasé por su lado y salí por la puerta principal, dejando a la princesa Miku parada en medio del gran salón, acompañada únicamente por la música de la pianola.
El príncipe Len se había perdido en los innumerables y oscuros pasillos del palacio, pero no sentía miedo. Sabía que en algún momento iba a tener que toparse con alguien. Bajó unas cuantas escaleras y entró por algunas puertas, hasta que se encontró en un polvoriento corredor de apariencia fantasmal. Una vez allí, a los oídos del muchacho comenzó a llegar una misteriosa música, que se escuchaba lejana y melancólica. Parecía una canción de amor tan lenta que se confundía con el llanto de dos amantes separados. Con curiosidad, el príncipe avanzó a través del corredor, hasta que se encontró ante una desvencijada puerta de madera. La música provenía de detrás de esa puerta.
Sabiendo que probablemente quien estuviese tocando esa música podría ayudarlo, decidió cruzar el umbral, y al hacerlo se encontró en el mismísimo gran salón para bailes y eventos. Lo reconocía porque había estado allí unas cuantas horas antes, mientras escuchaba a la princesa Miku tocar el violín. Con sigilo, se asomó dentro de la habitación, sorprendiéndose y alarmándose a la vez cuando descubrió dos figuras de pie en medio de la pista de baile. Una era la princesa, luciendo un bello vestido distinto al que había usado antes; y la otra era un hombre enmascarado, que se encontraba besando caballerosamente la mano de la princesa, para luego marcharse.
Muy confundido, el rubio observó a la princesa clavar la vista en la puerta por la que el hombre había salido, con una expresión distraída en el rostro, perdida en sus propios pensamientos. Sus mejillas se encontraban sonrojadas, su pecho subía y bajaba aceleradamente, y sus ojos se veían brillantes y soñadores.
"No sabía que la princesa estuviese enamorada… supongo que es un amante secreto, por eso está enmascarado" pensó Len, incómodamente, dando media vuelta y regresando por el corredor del que había llegado, "Sé que todo el mundo espera que le pida matrimonio a ella, se supone que para eso vine, aunque apenas la conozca, en mi reino todo el mundo habla sobre eso… Pero, ¿Podré hacerlo? ¿Será lo correcto, después de haber presenciado ese encuentro? Es tan obvio que están enamorados… ¿Qué debo hacer ahora?" Se preguntaba.
Con su mente llena de dudas y problemas, el príncipe Len vagó por los pasillos del palacio hasta dar con la cocina, una hora después, y pedir una jarra de agua. Los sirvientes volvieron a guiarlo hasta su habitación, pero una vez estuvieron lejos, el muchacho tomó la jarra y el vaso y entró en la habitación de su hermana, junto a la cual se acomodó rápidamente, antes de caer dormido.
Fin del sexto capítulo =D
Este es mi capitulo mas corto hasta ahora x3 espero que les haya gustado! aqui ya nuestros protagonistas estan comenzando a darse cuenta de sus sentimientos, aunque son demasiado tercos como para admitirlo, mientras que por otro lado, nuestros gemelos favoritos estan mas cercanos que nunca =3 que les parecio esa pequeña referencia a la Saga of Evil? Me parecio que encajaba muy bien en este contexto xD
Por favor, dejen muchos reviews! aprovecho para responderle a Valentina: muchas gracias por tu review! me halaga que haya gustado tanto! no te preocupes, amo demasiado esta historia, y aunque me tarde un poco en actualizar, puedes tener por seguro que no será abandonada. Espero que este capitulo te haya gustado igual =D
Matta-ne!
