He vuelto! Espero puedan disculparme por la larga espera, no he tenido mucho tiempo últimamente. En Septiembre tuve que mudarme, y además de todo ese proceso comenzar en una escuela nueva no ha sido fácil para mi... ha sido un trimestre bastante dificil, tardaré bastante en acostumbrarme a mi nueva ciudad. Por esa razón me tardé en publicar el último capítulo.

La buena noticia es que para compensar la larga espera, hice un capítulo extra-largo de casi 8000 palabras x3 lo dividí en dos para mayor comodidad de mis lectores. Además, anuncio que habrá un epílogo, el cual estará por aquí para Navidad =D Así que los dejo para que disfruten ^^

Disclaimer: los Vocaloid no me pertenecen, son de Yamaha, Sega y Crypton.


(Miku POV)

Determinación, eso era todo lo que necesitaba. La voluntad de permanecer de pie frente a mi padre, como una fortaleza, sin huirle a su mirada acusadora y dolida, como si yo hubiese hecho algo terrible. Lo cierto era que la culpa me corroía por dentro, aunque en mi mente me repetía a mí misma las palabras de Len, "No tenemos que ser infelices". Yo no tenía por qué sentirme culpable, hice todo lo que mi padre me pidió, pero aún así tomé la decisión correcta. Él no tenía ningún argumento para culparme, no podía obligar al príncipe a quererme, y ciertamente tampoco podía obligarme a mí a querer al príncipe. No cuando ya había alguien más en mi corazón.

Lo único que hacía falta era convencer a mi padre de que olvidara todo este asunto tan absurdo. Incluso mamá había comprendido la situación. Ella sabía que cuando las cosas no se daban, lo mejor era no forzarlas. Pero, ¡demonios!, Len pudo haberse quedado más tiempo, aunque fuese para apoyarme un poco. Aún recuerdo el shock en el rostro de mi padre. Estábamos todos reunidos en la sala del trono, cuando llegó Len, tomado del brazo de la princesa Rin.

Ella tenía un aspecto mucho mejor, todo lo contrario a lo decaída que estaba al llegar aquí. Comenzó a mejorar justo después que Len y yo volvimos del paseo, supongo que debido a todos los cuidados y atenciones que él le brindaba a todas horas. Todas las tardes, la princesa se recostaba en el diván de la biblioteca, y su hermano se sentaba en una silla junto a ella a leerle en voz alta un libro. Kaito a veces los acompañaba, y yo me unía a ellos cuando tenía tiempo libre. Fue una semana muy pacífica, como una especie de descanso bien merecido que finalmente recibíamos. Los cuatro nos hicimos buenos amigos, aunque Kaito se mantenía un poco distante. Nunca me encontraba con él cuando estábamos a solas, como hacíamos antes, eso parecía incomodarle.

En fin, el caso es que cuando Len y su hermana entraron en el salón del trono aquél día, lo primero que hicieron fue dedicarle una reverencia a mis padres, antes de pronunciar un pequeño discurso que seguramente hizo que se les cayera el alma a los pies, o por lo menos a mi padre.

-Majestades, hemos disfrutado mucho nuestra visita. – le dijo él, con un tono de voz moderado y educado – Le agradecemos su hospitalidad y todas las molestias que se tomaron por nosotros.

-Sin embargo, lamentamos informarles que ha llegado el momento de regresar a nuestro reino. – continuó la princesa Rin, con el mismo tono de voz que su hermano – Tenemos muchas responsabilidades que cumplir.

La mirada en los ojos de mi padre me indicó que lo que me deparaba el futuro no era demasiado tranquilizador. Intentó convencerlos de que se quedaran unos días más, pero ellos estaban determinados a regresar a su reino al día siguiente, junto con todo su séquito. Yo, en parte, los comprendía muy bien: si yo descuidara mis responsabilidades como princesa unos días, se me acumularían tantas cosas que no volvería a tener tiempo libre en meses. Sin embargo, una vocecita en mi cabeza me decía que tan pronto como Len abandonara el palacio, habría problemas con mi padre.

La mañana de la partida de Len, me desperté sintiendo un gran peso sobre los hombros. Debajo de mi ojos se habían formado unas pequeñas ojeras, signo de que no había dormido muy bien la noche anterior. Había pasado casi toda la noche en vela, escuchando con nerviosismo los sonidos de la noche que llegaban a mí a través de mi ventana abierta.

Unas cuantas noches atrás, había comenzado a dejar mi ventana abierta de par en par, con las cortinas descorridas. Estaba esperando el momento en que el hombre enmascarado volviera a entrar por ella, y viniera visitarme. Quería volver a ver sus ojos azules enmarcados en blanco, de verdad lo ansiaba, aunque estaba consciente de que era incorrecto e indecente de mi parte querer tener a un hombre en mi habitación durante la noche. Extrañarlo estaba mal, pues él era una mala influencia para mí, pero de todos modos lo hacía. Lo que sentía cuando pensaba en él era indescriptible, y por eso sabía que me había enamorado. Total y completamente.

Me levanté lentamente, con pereza, deseando no tener que despertar. No quería tener que bajar a despedir a Len y a la princesa Rin, no quería enfrentarme al regaño de mi padre. Sin embargo, era mi deber de princesa, y a decir verdad, era mi deber de amiga ir a despedirlos. Sería muy descortés de mi parte. Por lo tanto, comencé a vestirme, aunque con parsimonia, sin llamar a las mucamas, colgando la pequeña llave del hombre enmascarado alrededor de mi cuello como un amuleto de buena suerte.


(Kaito POV)

Aquella mañana bajé a desayunar con los demás, como ya se había vuelto mi costumbre. Aunque apreciaba mis momentos de soledad, me era mucho más placentero sentarme a la mesa, pues podía contemplar a mi hermosa Miku. Los días iban pasando, y mi paciencia estaba comenzando a ser cada vez más inestable. Me preguntaba constantemente, ¿Cuánto tardaría ella en reconocer la llave que le había entregado? ¿Cuándo llegaría el desenlace de mi innecesariamente complicado plan? Y lo describo como innecesario porque estoy completamente consciente de que para tenerla, bien habría podido dejarme llevar por mis instintos la primera noche que la conocí. No obstante, con el tiempo, mi percepción de ella había cambiado por completo. Cuando en un principio sólo quería hacerla mía, había terminado deseando no sólo su cuerpo, sino toda su persona: sus palabras, su cariño, su mirada, su inocencia, su fortaleza. Sin tener la más mínima intención, me había enamorado de ella. El anillo que llevaba conmigo en mi bolsillo desde hacía unos días atrás era la prueba de ello.

Por esa razón, desayunar en grupo había dejado de ser una molestia para mí. El hecho de poder ver a la princesa aparecer en el comedor, cada día con un nuevo estilo más hermoso que el anterior, me hacía sencillamente feliz. Sabía que la única razón por la que Miku se vestía y peinaba distinto cada día era porque su padre estaba desesperado por hacerla atraer la atención del príncipe, sobre todo después del día de su paseo por el reino. De vez en cuando, ella misma dejaba escapar un suspiro cansino, cuando pensaba que nadie la veía.

La mañana de la partida de los príncipes vecinos, debo confesar que me sentía revitalizado. A pesar de que Miku parecía permanecer en la ignorancia con respecto a mi identidad, tenía el consuelo de que el único hombre que podía alejarla de mí se iría de regreso a su país en pocas horas. Por ese motivo, cuando baje a desayunar, una pequeña sonrisa sincera que solía reservar sólo para personas especiales estaba impresa en mi rostro.

El desayuno transcurrió amenamente en general, sobre todo gracias al entusiasmo que mostraban los príncipes extranjeros por regresar a su tierra, y por la simpatía que le producían al resto de los comensales. Las únicas personas que parecían tener un humor más pesimista eran el Rey y Miku. Él parecía haberse resignado a un destino desagradable, mientras que ella parecía estar nerviosa o temerosa por algo, aunque lo enmascaraba casi perfectamente detrás de su sonrisa.

-De verdad lamento que no podamos disfrutar de su compañía por más tiempo. – anunció el Rey cuando ya todos los platos estaban vacíos.

-Le ruego que no se sienta de esa forma, Majestad. – dijo la princesa Rin, inclinando un poco la cabeza de forma condescendiente, con una brillante sonrisa – Mi hermano y yo esperamos poder volver pronto para visitar. Además, le recuerdo las puertas de nuestro palacio están abiertas para su visita cuando usted lo considere oportuno. ¿No es cierto, Len?

-Por supuesto. – respondió el príncipe, asintiendo con una sonrisa.

A pesar de todo, el Rey no pareció sentirse muy aliviado. Yo estaba consciente de que lo único que él quería del reino vecino era un esposo de la realeza para su hija, no las puertas de un castillo.

El resto de la mañana pasó muy rápidamente, mientras el palacio se ajetreaba con preparaciones para la partida de los príncipes. Al tiempo que los sirvientes iban de un lado a otro cargando equipaje, Rin y Len Kagamine se reunieron con Miku en la biblioteca del palacio para despedirse. Como no me encontraba de humor para quedarme en medio de la algarabía, mis pasos me condujeron casi por voluntad propia hacia los pisos superiores, donde había mayor tranquilidad. Pasé frente a las puertas cerradas de la biblioteca, pero no me apetecía interrumpir la despedida que se llevaba a cabo adentro, por lo que seguí adelante. Caminé sin rumbo fijo hasta que mis pies se detuvieron frente al salón de música, y entonces supe lo que haría para pasar el rato mientras mi princesa estaba ocupada. Una media sonrisa se coló en mi cara mientras tomaba en brazos mi violín.


(Miku POV)

-En verdad voy a extrañarles. – dije, comenzando a sentirme nostálgica al tiempo que observaba la expresión de felicidad en los rostros idénticos de Rin y Len – Comenzaba a acostumbrarme a tener su compañía.

-Entiendo lo que te refieres. – intervino Rin, posando su mano sobre mi hombro en un gesto de apoyo – Es difícil ser la única chica de tu edad en el palacio.

-Bueno, ustedes se tienen el uno al otro. – comenté, provocando, sin darme cuenta, una mirada furtiva y un pequeñísimo sonrojo entre mis amigos – Este palacio está lleno de vejestorios.

-Creo que estás excluyendo a Shion Kaito, Miku. – dijo Len, y esta vez fue mi turno de sonrojarme.

-Lo sé, es que… Bueno, él es muy buena compañía, pero también es un invitado. – comencé a explicar, desviando ligeramente mi mirada – Tarde o temprano, él tendrá que volver a sus tierras, y yo volveré a quedarme sola.

-Yo creo que él se quedaría para siempre aquí si tú se lo pidieras, Miku. – dijo Rin, con una media sonrisa traviesa en su cara. – Seguro que es capaz de hacer lo que sea por ti.

-No lo sé. – respondí, bajando mi mirada hacia el suelo para tratar de ocultar el creciente sonrojo que se extendía de mis mejillas hasta mis orejas.

La risa disimulada de Len fue lo que me hizo levantar levemente los ojos, solamente para poder ver su rostro enternecido.

-Rin, deberías dejar de avergonzarla. – dijo él, ganándose un pequeño berrinche de parte de su hermana, quien volvió a sonreír instantáneamente.

-Len… - dije yo, sonriéndole con gratitud mientras mi cara recuperaba su color normal.

-Volviendo al tema de extrañarnos, - comenzó él, adoptando nuevamente su expresión entusiasta – sabes que no debes preocuparte por eso. Te escribiremos con frecuencia, y quizá incluso volvamos a visitarte el próximo verano.

-Lo sé. – respondí, contagiándome de su entusiasmo – E incluso es posible que yo también vaya a visitarlos a ustedes.

Justo después de que pronunciara esas palabras, me percaté de un sonido que se colaba entre las paredes de la biblioteca. Al ser asimilado por mis oídos, supe que se trataba de mi melodía favorita, Cantarella. Las notas me trajeron recuerdos, tanto de mi infancia, como de las últimas semanas. Casi pude volver a verme a mí misma en el salón de fiestas, bailando en los brazos del hombre enmascarado, sintiendo cosas desconocidas. La voz de Len fue lo que me sacó de mis recuerdos.

-Discúlpenme, tengo que irme un momento. – decía él, dirigiéndonos una pequeña reverencia de cortesía antes de dirigirse a las puertas de la biblioteca – Volveré en unos minutos.

Me quedé en silencio, confundida, hasta que la risa de Rin me hizo dirigirle la mirada.

-Hombres… son todos iguales. – dijo ella, como si encontrara la partida de su hermano muy graciosa.

-¿A qué te refieres? – pregunté, y ella simplemente negó con la cabeza, manteniendo su sonrisa.

-Nada importante, no te preocupes, Miku. – respondió ella, antes de volver a mirarme con picardía – Y ahora que es tiempo exclusivo de chicas, vas a contarme todo lo que te gusta de Shion Kaito.

Los colores volvieron a subirse a mi cara con una rapidez olímpica, mientras Rin casi parecía carcajearse.


(Kaito POV)

Iba por media canción cuando me percaté de la presencia de alguien más en el salón, cuando escuché la puerta crujir un poco deliberadamente. Ignoré temporalmente a esa persona, sabiendo que debía mantener mi concentración en el violín si no quería equivocarme y hacer el ridículo. Sólo cuando la última nota se deslizó de las cuerdas, pude darme la vuelta para encarar a mi espectador. Admito que a quien esperaba ver era mi adorada Miku, pero me llevé una sorpresa. Se trataba del príncipe Len.

-Supongo que debo felicitarte. – dijo él, con una expresión calculadora en su rostro que nunca antes había visto en él - Fue una gran interpretación.

-Es un halago, Alteza. – respondí, confundido, tratando de descifrar la razón de la presencia del príncipe en el salón.

-Esa melodía, se llama Cantarella, ¿no? – dijo él, dando un paso más hacia mí – Parece ser muy popular en este lugar. Esta es la tercera vez que la escucho.

-¿Ah, sí? – pregunté, extrañándome por las palabras del príncipe. Algo en sus ojos parecía querer indicar sospecha.

-Sí. La primera vez fue en el recital que ofreció Miku cuando Rin y yo llegamos. – respondió él, acercándose un poco más nuevamente. – Me parece que ambos conocen muy bien esa canción, tienen la misma técnica.

Me pareció notar en su tono de voz una ligera ansiedad. Nos estábamos acercando al punto al que Len quería llegar.

-Eso es razonable. – dije, comenzando a explicar – Yo le enseñé a tocarla hace algunos años.

-Entiendo. – dijo él, adoptando una expresión pensativa – Supongo que entonces ustedes son buenos amigos desde hace mucho tiempo, ¿me equivoco?

-Podría decirse. – respondí, sin tener intención alguna de explicarle toda la historia desde hace diez años.

-Ya veo. – concluyó él, antes de desviar la mirada hacia un lado y guardar silencio unos minutos. Parecía estar atando cabos en su mente.

De repente, cuando Len volvió a enfocar su mirada en mí, la determinación que mostraba me hizo intuir que mi secreto había sido descubierto. No supe cómo explicarlo, pero lo entendí. Parecía que mi intrincado e indescifrable plan no era tan indescifrable después de todo. Era eso, o el príncipe Len era mucho más inteligente de lo que su apariencia inocente mostraba.

La segunda vez que la escuché, fue hace unas cuantas noches. – prosiguió él, y cada una de sus palabras confirmaban mi intuición – La estaba tocando la pianola del salón de fiestas. Fue una casualidad que yo pasara por ahí justo en aquél momento, supongo que me enteré de cosas un tanto privadas.

Así que de eso se trataba. Me sentí muy sorprendido, era la primera vez que uno de mis planes no salía tal cual como lo esperaba. No obstante, hice todo lo posible por no dejar traslucir mis sentimientos, no sabía si podía confiar plenamente en el príncipe Len con mi secreto. Él hizo una pausa para ver si yo respondía, pero al ver que no lo hacía, continuó.

-Como decía, Miku y tú parecen tener una especie de complicidad - dijo, destacando en especial la última palabra - cuando se trata de esa canción.

-Ah, supongo que es cierto. – dije, manteniendo un tono de voz neutro – Podríamos decir que es la base de nuestra amistad.

-A veces me parece envidiable esa amistad que comparten, no cualquier hombre tiene ese tipo de relación tan… íntima, con una princesa tan respetable. – comentó él, con un tono de voz tan neutro y despreocupado como el mío, pero la manera en que su mirada parecía querer taladrarme me daba a entender que cada una de sus palabras tenía un significado mucho más amplio.

Me había descubierto, y me estaba acusando de tener intenciones indecentes con la princesa. Me quede sin palabras por unos momentos ante la agudeza de sus palabras, pero me supuse que era de esperar. Después de todo, él habría tenido toda la razón, de haber realizado esa misma acusación unas semanas antes. Una media sonrisa se plantó en mi rostro, la cual pareció causarle incomodidad al príncipe, quien seguramente pensaba que se trataba de una descarada muestra de mi bajeza.

-Sin ánimo de ofender, Alteza, - comencé, tratando de utilizar un tono de voz tranquilizador – me parece que se está confundiendo. La amistad que Miku y yo compartimos es de naturaleza completamente pura.

-Quizá lo consideras de esa manera, pero cualquier otra persona podría pensar lo contrario. – respondió el príncipe, comenzando a perder su tono neutro, adoptando una postura un tanto amenazante.

-Lamentablemente para esas otras personas, mi amistad con Miku no es de su incumbencia. – respondí, ensanchando un poco más mi sonrisa – Sobre todo, cuando estoy completamente seguro de que la integridad de Miku se encuentra completamente a salvo.

-No creo que ese sea el caso, mientras esta amistad suya siga siendo clandestina y secreta. – contrarrestó él – Tal vez pienses que soy joven para entenderlo, pero yo también soy un hombre, Kaito. Si tus intenciones fueran tan puras como proclamas, no tendrías que ocultarlo como un criminal.

-Me parece que, aunque crea entender, no ha considerado las circunstancias en que nos encontramos los que no tenemos sangre real, Alteza. – dije, sorprendiendo momentáneamente al chico frente a mí – Gracias a su presencia, y a la clara preferencia que tiene su Majestad hacia usted, las demás personas nos hemos visto obligadas a dar un paso atrás. La diferencia entre los demás pretendientes de Miku y yo, es que yo no pienso renunciar a ella. Sólo lo habría hecho si ella hubiera aceptado una propuesta de matrimonio suya, pues entonces sería la decisión de ella. Pero ya que usted no parece ni siquiera interesado en Miku de esa forma, no veo motivo por el que no pueda cortejarla de la manera que me parezca adecuada.

Solté todo ese discurso sin vacilar, como si lo hubiese ensayado, cuando lo cierto es que era completamente improvisado. Salió de mi boca como si mi corazón hubiese hablado por mí. El príncipe pareció quedarse sin palabras, asimilando todo lo que acababa de explicarle. Luego de unos minutos de silencio, él dejo escapar un suspiro de cansancio, antes de mirarme con una expresión muy extraña, que me recordó a la mirada que mi padre me dirigía cuando quería reprenderme por comerme las galletas antes de cenar.

-Entiendo. – comenzó, sonando mucho más tranquilo – Sin embargo, eso no compensa el hecho de que tus acciones pueden poner en peligro la reputación de Miku. Tal vez el hecho de que el Rey quiera que sea yo el que se case con su hija sea un impedimento para que su relación sea más abierta, pero debes tomar precauciones. Si sus Majestades supieran que has estado a solas con Miku durante las noches, probablemente la castigarían y le impedirían volver a verte. Una relación basada en secretos y mentiras no puede prosperar. De hecho, estoy casi seguro de que ella aún no sabe que tú eres el hombre de la máscara, ¿cierto?

Desvié la mirada con culpabilidad hacia el suelo, apretando fuertemente los puños, sabiendo que el príncipe tenía razón en ese punto.

-Es cierto. – respondí, detestando tener que admitirlo – Pero eso lo comprendí hace tiempo. Ella no tardará en enterarse, lo puedo asegurar.

-No necesitas mirar al suelo con vergüenza, Kaito. – dijo el príncipe, acercándose nuevamente – No te estoy reprendiendo. Sólo quiero hacerte comprender que la única manera de que ambos puedan tener el futuro próspero con el sueña Miku, es que hagas las cosas bien.

-¿Con el que… sueña Miku? – repetí, mirándole a los ojos con confusión.

-Ella tiene muchas ilusiones, sueña con un matrimonio, sueña con un esposo que sea su compañero y que la apoye siempre, pero sobre todo, que la ame. – respondió él, su mirada enterneciéndose por unos segundos - Pero no podrá obtener ese matrimonio si las cosas entre ustedes siguen siendo de la misma manera. Tienes que tener el valor de actuar en público, con respeto, frente a sus padres y el resto del reino. Después de todo, para casarte con ella, debes probarle a sus Majestades que serías un buen príncipe y futuro Rey.

Las palabras de Len despertaron la chispa del entendimiento en mi cabeza. Ahora sabía exactamente lo que debía hacer. Él pareció darse cuenta de que finalmente había comprendido lo que quería decir, pues me sonrió ampliamente y asintió levemente con la cabeza, antes de darse la vuelta y caminar nuevamente hacia la puerta.

-Fue un placer hablar contigo, Kaito. – dijo, haciendo un gesto de despedida con la mano, antes de detenerse un darse la vuelta por unos segundos y mirarme a los ojos con firmeza – Y recuerda, Miku es una amiga muy querida para mí, si le haces daño, me encargaré de comenzar una guerra entre ambos reinos nada más que para poder cortarte la cabeza.

Dicha esta última amenaza, la cual me sorprendió por lo seria que parecía, salió del salón de música cerrando la puerta tras de sí. Yo decidí seguir tocando mi violín, como si nada hubiera sucedido, pero estando plenamente consciente de que debía hacer que mi relación con Miku volviera al buen camino.


Apenas el príncipe Len cerró la puerta tras de sí, se encontró con la mirada sonriente de su hermana.

-Hiciste un buen trabajo, Len. – dijo ella, abrazándolo.

-¿Rin? – preguntó él, correspondiendo brevemente el abrazo antes de separarse un poco para poder ver a su hermana a los ojos - ¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó con Miku?

-Una mucama le avisó que su padre la buscaba, así que tuvo que irse. – respondió ella – Por eso quise venir a ver qué tal te iba con tu charla de hombre a hombre. – concluyó, con una risita burlona – Parecías a punto de perder la paciencia.

-Eh… sí, estuve a punto. – dijo el muchacho, contagiándose un poco con la risa de su hermana.

-Ven, tenemos que volver al salón principal para abordar el carruaje del terror. – dijo ella, adoptando una expresión seria nuevamente.

-¿Del terror? – repitió él, tratando de contener la risa.

-Sí, sabes cuánto detesto tener que soportar ese traqueteo durante todas las horas de viaje. – respondió la rubia, tomando a Len de la mano para arrastrarlo con pesadez a través del pasillo.

-No te preocupes, hoy no tendrás que soportarlo. – dijo él, haciendo que ella se detuviera y lo mirara con confusión.

-¿De qué estás hablando? – preguntó Rin, al tiempo que su hermano le dirigía una mirada llena de ternura.

-Te dejaré sentarte en mis rodillas como cuando éramos niños. – respondió él, haciendo que los ojos azules de la chica se iluminaran y su boca se curvara instantáneamente en una gran sonrisa.

-En ese caso, mejor nos damos prisa. – dijo ella, antes de halar de la mano de su hermano y llevarlo corriendo hacia los carruajes.


(Miku POV)

Mi corazón latía con fuerza, los nervios crispándose en mi cabeza. Mi padre había enviado a una mucama a llamarme. Me encontraba bajando las escaleras principales, en dirección al jardín, donde mi padre me esperaba. Lo encontré de pie junto a los rosales, frente a una fuente, observando en una especie de trance la caída del agua. Era uno de mis sitios favoritos en todo el palacio, pues la fuente en verdad era muy hermosa. Consistía en una gran piscina de piedra, en el centro de la cual se elevaba la escultura de la Sirenita Luka, una triste leyenda muy popular en el reino, la cual alzaba sus brazos y juntaba sus manos, y del centro de éstas brotaba un chorro de agua a presión que creaba una cortina de agua a su alrededor y volvía a caer en la piscina. No sabía que a mi padre le gustara tanto como a mí esa pieza de decoración del jardín.

Mis pasos me delataron, pues mi padre salió de su ensimismamiento y se dio la vuelta para mirarme.

-Miku, hija… - dijo, por todo saludo.

-¿Querías verme, padre? – pregunté, tratando de ocultar el nerviosismo en mi voz.

-Sí, quiero hablar contigo muy seriamente. – respondió él, asintiendo con la cabeza y caminando hacia mí.

-¿De qué se trata? – inquirí, aunque conocía la respuesta a la perfección.

Mi padre se quedó en silencio durante unos segundos, antes de mirarme con una infinita tristeza en sus ojos, la cual no hizo sino sorprenderme.

-Ven a dar un paseo por el jardín conmigo. – dijo, antes de hacer un gesto con la cabeza para que lo siguiera mientras el comenzaba a caminar.

Le obedecí, y ambos comenzamos a caminar en silencio entre los arbustos de rosales. Llevaba tiempo sin observar lo hermoso que era el jardín, sin darme cuenta de la belleza que se extendía debajo de mis pies en cada centímetro de césped perfecto y de pétalos multicolores cultivados con amor y dedicación, tan próspero y alegre como la gente que cuidaba de él. Un rosal en específico llamó mi atención, uno que contenía hermosas rosas azules en pleno florecer. Mi corazón se ablandó y los nervios desaparecieron de mis sentidos cuando el color de las rosas me trajo el recuerdo de la noche que conocí al hombre de la máscara.

-Miku… - dijo repentinamente mi padre, haciendo que volviera a concentrar mi atención en él.

-¿Sí? – dije, volviendo a ponerme nerviosa.

-¿Crees que he sido un buen padre para ti? – me preguntó, y yo no pude hacer otra cosa más que extrañarme.

-Por supuesto que sí. – respondí, sabiendo que decía la verdad – Gracias a ti, soy como soy ahora… Y me siento bien como soy. Nunca me ha faltado nada, tuve una infancia feliz.

-Pero, ¿Crees que estoy haciendo lo correcto… justo ahora? – me volvió a preguntar, y yo comprendí.

Mi padre, al que tanto miedo tuve de enfrentar, estaba dudando de su decisión de casarme con el príncipe Len.

-Papá… - susurré, olvidando la formalidad por un segundo.

-Anoche tuve una conversación con una persona que… me hizo ver muchas cosas. – comenzó a explicarme, mientras su mirada se desviaba y su mente se distraía momentáneamente con el recuerdo.

(Flashback)

-Acabo de ver su jardín, Majestad. – decía una jovencita de cabello rubio y una brillante sonrisa – Es sencillamente maravilloso.

-Muchas gracias por sus palabras, Alteza. – dijo el Rey, esbozando una sonrisa a la vez – Mi hija Miku siempre se asegura de que esté en perfecto estado.

-Estoy segura de que ella es una persona digna de admirar, Majestad. – comentó la chica – Sería una lástima que ella perdiera su entusiasmo.

-¿Por qué habría de perderlo? – preguntó el Rey, confundido.

-Las personas como ella suelen anteponer la felicidad o los deseos de los demás antes que los propios. – respondió ella, comenzando a caminar en dirección contraria al hombre – Muchas veces sacrifican sus deseos a costa de los de otras personas. No digo que eso sea algo malo, pero a veces esa cualidad puede convertirse en un defecto si evita que esa persona sea feliz.

-¿Eh? – inquirió el Rey, completamente confundido.

-Oh, nada importante, Majestad, cosas mías. – respondió ella, con una risita despreocupada – Buenas noches. – dijo antes de desaparecer en otro pasillo, dejando al Rey muy pensativo.

-He estado pensando mucho desde ese momento. – continuó mi padre, sin darme mayores explicaciones sobre aquella conversación.

Mi padre se quedó en silencio nuevamente, y yo esperé pacientemente a que él continuara. No quería presionarlo.

-Lo que quiero decir es que ahora tengo muchas dudas sobre lo que he estado haciendo. – continuó luego de un rato – En especial, me he estado cuestionando si está bien de mi parte presionarte tanto.

-Yo… Padre… - dije, vacilante, sin saber cómo reaccionar.

-Tranquila, permíteme continuar. – me interrumpió, y yo volví a guardar silencio – Cuando me casé con tu madre, lo hice porque la amaba más que a nadie. Aún la amo de esa manera, aunque a veces no se note mucho en público. Ambos hemos sido extremadamente felices juntos, y lo somos aún más desde que llegaste a nuestras vidas hace diecisiete años. Por esa razón, me parece que quizá he sido… injusto.

-Papá… - susurré, sintiendo que la emoción se acumulaba en mi pecho.

-Creo que me enfrasqué tanto en mi deber como Rey, en mi afán de proteger la prosperidad de mi reino, que se me olvidó mi deber como padre. – prosiguió, y pude notar sus ojos reflejando una tristeza ilimitada, llena de arrepentimiento – Estuve alentándote a contraer matrimonio con un extraño, sin detenerme a pensar que quizá tú tenías otras ilusiones. Incluso llegué a hacerte creer que era tu deber casarte con el príncipe, cuando lo cierto es que no lo es en absoluto.

No pude evitar que mis ojos se abrieran desmesuradamente por la sorpresa. Todo aquello de lo que estuve quejándome, todo lo que le había reprochado a mi condición de princesa, todo acababa de derrumbarse en menos de un minuto. "No es tu deber", esas palabras se repitieron en mi cabeza muchas veces, hasta que finalmente pude asimilarlo. Casi me daban ganas de reír. Estaba feliz, eufórica, era libre, y sin embargo, todavía no podía creerlo.

-Hija, ¿Habrías sido feliz de haberte casado con el príncipe Len? – me preguntó mi padre, y yo supe que dentro de él se debatían entre sí un remolino de emociones y remordimientos. Me hizo sentirme mal por él, pero al mismo tiempo, no podía evitar sonreír levemente por mí.

No respondí al instante, sino que me tomé unos segundos para meditar mi respuesta. No quería lastimar aún más los sentimientos de mi padre, pues se notaba que él ya había comenzado a sentirse culpable y sufría por ello.

-Len… él es un chico muy amable y dulce. – comencé, eligiendo las palabras con cuidado – De haberme casado con él, probablemente se habría convertido en mi mejor amigo. Creo que mi vida no habría sido un infierno. No obstante, tampoco habría sido completamente feliz. Yo… no puedo ser feliz con la idea de un matrimonio donde no hay amor.

-Entiendo. – dijo mi padre, cerrando los ojos y permitiéndose dejar escapar un pequeño suspiro cansino – Debí haberlo sabido antes de obligarte a seguir con esta locura.

-Yo… No debí haberme quedado callada durante tanto tiempo. – admití, sabiendo que era totalmente cierto y no lo decía sólo para hacerle sentir mejor – Debí hablarte con sinceridad, en vez de ocultarlo todo.

Ambos hicimos silencio, esperando a que las emociones se calmaran. Lo único que llegaba a mis oídos era el susurro del viento y el lejano rumor del agua de la fuente. Después de unos minutos, mi padre y yo nos miramos a los ojos y sonreímos, con verdadera felicidad y alivio.

Las mariposas comenzaban a agitarse en el interior de mi estómago. Las cosas se volvían cada vez más claras para mí. Sentía que el peso que cargaba sobre mis hombros se aligeraba enormemente. Finalmente, tenía el permiso de mi padre de ser feliz, de la manera que yo quería.

-Bueno, hija, ya es hora de volver. – dijo mi padre con tranquilidad, rompiendo el agradable silencio. – Los visitantes partirán en cualquier momento.

Asentí levemente, y comencé a caminar de regreso junto a él. En ese momento, volví a ser consciente del frío del metal contra mi pecho, y recordé la pequeña llave que llevaba colgada del cuello.

-Eh… Papá, ¿de casualidad sabes de qué manera puedo saber qué clase de cerradura pertenece una llave? – pregunté, sin pensarlo siquiera.

-Mi padre me miró, muy confundido.

-¿Para qué necesitas saber eso? – inquirió.

-Eh… Es que ayer encontré una llave tirada, y quería saber de qué era, por si acaso es importante… - dije, vacilante, tratando de inventar una excusa razonable.

-Mm… - comenzó a pensar mi padre – Pues… No sé si será de mucha ayuda, pero creo que podrías intentar preguntarle a un cerrajero. Quizá podría darte una pista.


Continuará.

La fuente en forma de sirena es una referencia a la canción de la Sirenita que canta Luka Megurine, es muy bonita, si no la concen deberían escucharla =)