La ausencia de Edward y Bella durante los siguientes días fue algo extraño. Saber que cuando volviera se convertiría en una de nosotros también añadía una sensación inusual de inquietud.
Durante mis primeros meses de vida había visto a gente convertirse, retorcerse de dolor durante varios días, siendo testigo de cómo su piel iba perdiendo su color hasta convertirse en algo más parecido al mármol que a un cálido cuerpo humano. Cuando finalmente abrían los ojos sólo había sed de sangre en ellos.
No podía imaginar a alguien pasando por eso voluntariamente. Y tampoco me quería imaginar a la frágil Bella sufriendo así.
-He pensado que podríamos usar morfina, espero que eso alivie el dolor. –comentó Carlisle cuando le confesé mis temores por el sufrimiento de Bella.
-¿Crees que funcionará? –cuestioné con el ceño ligeramente fruncido por la idea. Ninguna droga nos afectaba, ¿por qué esa iba a ser diferente?
Su pulgar empezó a trazar círculos sobre la palma de mi mano, un pequeño gesto que revelaba el nerviosismo que le provocaban sus propias dudas al respecto.
-Espero que lo haga, nunca se ha intentado antes.
-Todo saldrá bien. –intervino Alice desde su sofá junto a Jasper mientras yo apoyaba la cabeza en el hombro de mi compañero en un gesto de apoyo.
Ambas parejas estábamos cada una en un sofá, disfrutando de la fresca brisa que entraba por la ventana del salón al atardecer.
Habían pasado quince días desde que Edward y Bella se habían marchado de luna de miel y Alice no había parado de escanear su futuro para estar preparada para cada variante del mismo. En todos Bella se convertía con éxito y básicamente todos caminábamos felices hacia el atardecer.
El positivismo de Alice siempre nos animaba, era como una bebida fría en una calurosa tarde de verano.
-Deberíamos mudarnos a Inglaterra esta vez. –comentó acariciando distraídamente los cabellos de Jasper, cuya cabeza estaba apoyada en sus piernas.
-¿Por qué Inglaterra? –pregunté curiosa.
Una risa ligera se escapó de los labios de Jasper, cuyos ojos estaban cerrados disfrutando del tacto de los dedos de su mujer a través de su pelo.
-Alice ama los cuervos. –contestó.
La miré de arriba a abajo. Ese día llevaba un ligero vestido floreado de colores claros que destacaba con su oscuro pelo corto.
-No pareces muy gótica. –confesé después de mi escrutinio. El pecho de Carlisle vibró con una risa contenida a mi lado.
La aludida bufó poniendo los ojos en blanco.
-¿Acaso has visto los cuervos? Son elegancia pura. Su plumaje es oscuro pero refleja cientos de colo…-su frase inacabada quedó flotando en el aire cuando su mirada de desenfocó. Sabía lo que estaba pasando. Estaba teniendo una de sus visiones. Y no era buena por cómo la confusión provocaba arrugas en frente y cómo Jasper saltó de su regazo para colocarse a su lado. Sus grandes manos rodearon con gentileza las más pequeñas de Alice.
-¿Qué ocurre? –su acento tejano era intenso. Mi ansiedad se mezcló con la de Jasper, sus sentimientos expandidos por toda la sala. Sabía cuál era la suya por el intenso deseo de abrazar a Alice y protegerla que me invadió.
Alice tardó un par de segundos en contestar mientras la arruga entre sus cejas se hacía cada vez más profunda.
-Es Bella. No puedo verla. –su mirada se volvió a desenfocar antes de ahogar un gemido de impotencia. –No puedo ver nada de Bells, Jasper.
Antes de que ninguno pudiera decir nada, Alice se levantó de un salto y cogió el primer móvil que vio. Era el de Carlisle, que lo había dejado sobre la mesita de café al volver del trabajo. Tres tonos después la voz de Bella salió del aparato.
-¿Bella? ¿Bella? ¿Te encuentras bien? –el tono de desesperación de Alice hizo tensar cada uno de mis nervios.
-Ah sí. Mmm, ¿está Carlisle ahí? –parecía viva, confusa pero viva sin lugar a dudas.
Carlisle, que ya estaba sentado al borde del sofá con todo su cuerpo en tensión, extendió la mano para recoger el teléfono que Alice le dio.
-Bella, ¿qué ocurre? –la voz de mi compañero era tranquila, como si hablara con un paciente especialmente nervioso. Pero yo podía ver la tensión tras esa máscara de profesionalidad en cada uno de sus músculos.
-Estoy un poco preocupada por Edward. –una pausa al otro lado del teléfono. -¿Pueden los vampiros entrar en estado de shock?
En ese instante Carlisle se levantó de golpe, la alarma tiñendo su bello rostro.
-¿Está herido? –ante la negativa de Bella su ceño se frunció. –¿Qué ocurre entonces?
-Creo…creo que podría estar embarazada.
El aire pareció abandonar la sala en ese instante. Todos nos quedamos inmóviles en nuestro sitio, como estatuas de piedra. ¿Embarazada? ¿Cómo podía ser eso? Era imposible.
Intercambié una mirada atónita con Alice, la misma sorpresa reflejada en su rostro. ¿Por eso no podía ver a Bella? ¿Ella iba a morir? Pero Alice no la había visto morir, no la veía en absoluto. Era algo diferente.
Carlisle pasó a hacerle unas cuantas preguntas médicas, aparentemente inmune a la bomba que acababa de soltar Bella, mientras el resto de la familia entraba al salón. Todos nos quedamos parados a la espera de que colgara el teléfono. La confusión era tan densa que parecía ser una entidad propia.
-¿Es eso posible? –Rosalie fue la primera en preguntar en cuanto cortó la llamada. Sus palabras teñidas de confusión y de algo más. Enfado. Envidia, quizás.
Carlisle tenía la vista fija en el teléfono que aún sostenía a pesar de que la llamada había finalizado. Casi podía ver funcionar su cerebro. Cómo buscaba entre su excelente memoria un caso similar al que estábamos viviendo.
Me acerqué a él y apoyé mi mano sobre la suya relajando el agarre sobre su teléfono que era un poco demasiado fuerte. Sus dedos casi se habían marcado sobre él. Parpadeó un par de veces al notar mi mano y buscó mi mirada. Miedo. Carlisle tenía miedo. Mi estómago se hundió por la ansiedad de verlo así.
-No lo sé. –la respuesta fue para Rosalie pero sus ojos seguían clavados en mí. –Eran sólo leyendas. No eran reales. Nunca han sido reales.
-Pero lo son. –mi voz era suave pero mostré determinación. Si mi compañero dudaba, yo tenía que mantenerme firme. –Así que, ¿qué hacemos? ¿Cuál es el siguiente paso?
-Quieren que se lo saquemos en cuanto lleguen.
Por el rabillo del ojo pude ver a Rosalie tensar todo su cuerpo con una mueca, como si sintiera verdadero dolor físico. Las manos de Emmet se posaron sobre sus hombros en un gesto de calma.
-¿Es eso médicamente posible sin dañarla? –preguntó Esme, preocupada.
Carlisle no contestó. Le di un pequeño apretón a su mano.
-¿Es eso posible, doc? –pregunté y sus ojos se cerraron ante el apodo. Parecía buscar algo dentro de él porque cuando los volvió a abrir el miedo y la confusión habían desaparecido. El médico había tomado todo el espacio.
-Aún está en una fase temprana. Tendría que ser posible aunque sólo trabajamos con hipótesis aquí. –dejó de mirarme para dirigir su mirada al resto de su familia. –Tenemos sólo unas pocas horas para convertir esta sala en una habitación de hospital.
Emmet dio una gran palmada pero no había alegría en su rostro, sólo una seria gravedad. Ninguno sabía a lo que nos enfrentábamos.
-Manos a la obra entonces. –dijo, y su voz sonó realmente extraña sin toda esa alegría que solía contener.
-Sigo sin entender cómo es posible. Yo lo habría sido si fuera posible. –las palabras de Rosalie salieron entre sus dientes apretados mientras soltaba una caja con poca delicadeza.
Ambas estábamos en el garaje colocando todo el mobiliario que ahora era un estorbo en nuestro reconvertido salón. No sabía cómo pero Carlisle había conseguido todo el mobiliario hospitalario que se necesitaba para una operación.
-Ella es humana. Su cuerpo cambia, engorda, adelgaza. –pensé en un pequeño bebé creciendo en su vientre. Salvo que ese bebé era bastante probable que fuera un pequeño monstruo extraño. Pobre Bella. Pobre pobre Bella.
Obtuve un bufido por toda respuesta. Rosalie era la que peor estaba llevando la situación. Y no era porque estuviera preocupada por su cuñada, era porque la envidia la había invadido como un parásito. Ella siempre había querido tener hijos, le había costado años aceptar que no podía y, sin embargo, ahí estábamos, con un embarazo sobrenatural ante nuestros ojos.
El teléfono de Rosalie sonó cuando dejamos la última caja en el suelo.
-Es Edward. –anunció con cierta sorpresa. Extraño. Edward llamaría a Carlisle no a Rosalie. Contestó la llamada -¿Sí?
-¿Rosalie? ¿Estás sola? –fue la voz de Bella la que salió por el teléfono. Rose frunció ligeramente el ceño con confusión.
-Estoy con Shay. Sólo nosotras.
Un suspiro de alivio se escuchó ante esa respuesta.
-Bien. Necesito vuestra ayuda. –y de repente sus palabras salieron en un torrente, como si las hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo. –Edward quiere deshacerse del bebé. Mi bebe. Lo quiero. Es mío. Necesito que me apoyéis cuando lleguemos a casa.
Rose y yo intercambiamos una breve mirada.
-Dalo por hecho. –contestó Rose con rapidez. Me acerqué para coger el teléfono. No podía meterme en un absurdo plan sin hablar con ella.
-¿Has probado a hablar con Edward y contarle cómo te sientes? –pregunté. Él siempre le daba todo lo que ella pedía y, demonios, era su bebé también.
-No me escucha. No escucha nada. Sólo quiere llegar a casa y quitarme a mi bebé. Le dice cosa. Cosa. –un jadeo ahogado, como si estuviera conteniendo el llanto.-Por favor, Shay. Sé que sola nadie me apoyará.
Su angustia era tal que traspasaba los kilómetros que nos separaban.
-Está bien, te ayudaré. –cedí finalmente.
-Gracias. Gracias a ambas. –su alivio era palpable antes de colgar el teléfono.
El silencio se instauró entre nosotras al acabar la llamada. ¿Qué acababa de pasar? ¿Estaba conspirando contra Edward? ¿Cómo se lo tomaría Carlisle?
-No se lo puedes decir a Carlisle. –exigió Rosalie como si me leyera el pensamiento.
-¿Por qué no?
-Apoyará a Edward. Siempre apoya a Edward. Y ante lo desconocido siempre optará por la vía segura que es deshacerse del bebé.
-No lo sabes. –espeté. Carlisle no haría daño a un bebé. Nunca.
-Lo sé, porque para ellos no es un bebé. Es un ente extraño. Algo de lo que salvar a Bella.
La cara de miedo de Carlisle atravesó mi mente. Y supe que tenía razón. Porque la vida de Bella iba por delante de algo que ni siquiera debería existir. Cogí aire hasta llenar mis pulmones y luego lo solté en un largo suspiro.
-Está bien. No le diré nada a Carlisle.
No estaba conspirando contra Edward.
Estaba conspirando contra mi compañero.
