INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ
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AGUANTA CORAZÓN
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CAPITULO 18
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Bankotsu apenas terminó de desprenderse la camisa, cuando algo lo detuvo a seguir.
Su delicioso baño estaba listo y su confortable cama lo aguardaba.
Sólo pensaba en la confianza que le había tenido la pobre de Kagome al entregarle a su hijo y ¿Qué hacía él?, pues lo mandaba de paseo con Kagura Foreman, la hija del lastre en su calzado.
Volvió a prenderse los botones y salió del baño. Algo lo llamaba de forma intensa a salir afuera y buscar al chiquillo. De hecho, aquella necesidad era tan apremiante como una física.
Prácticamente salió corriendo hacia el lago.
Y se encontró con aquella horrible escena.
El pequeño botecito en medio del lago, con una Kagura que aleteaba lentamente para llegar a la pequeña figura que daba manotazos de desesperación.
El rostro de Bankotsu perdió color ante aquella imagen y el desespero cundió desde su pecho como si fuera un ataque al corazón que amenazaba con matarlo allí mismo.
Allí mismo arrojó el móvil y la billetera. Se sacó lo zapatos y se arrojó al agua sin pensarlo dos veces.
Tenía que hacer lo posible por salvarlo,
Si Tanner moría frente a sus ojos, si él hacer nada, no merecía vivir ¿Cómo pudo haber sido tan estúpido en confiar en una desquiciada como Kagura?
Comenzó a bracear con toda fuerza, vio a Kagura que parecía estar sorprendida de verlo mientras seguía sentada en el bote, pero a Bankotsu le daba igual porque debía llegar a Tanner.
El niño lo vio acercarse, pero no podía darle la mano porque se estaba hundiendo, tragando agua.
Por unos segundos se desesperó, porque creyó que no llegaría a él. Nunca se lo perdonaría y veía el rostro de Kagome, quien le había confiado lo que más amaba ¿Cómo podría volver a verle la cara si algo le pasaba a Tanner?
Un impulso más y finalmente pudo coger un brazo del niño quien comenzaba a perder el conocimiento. Otro brazo más y Bankotsu lo aseguró.
A esas alturas, la mansión ya era un hervidero de actividad, con todos los empleados gritando desde la orilla y ya habían desplazado otro bote para ayudar a salvar al niño y sacar al patrón.
Bankotsu subió al pequeño al bote, quien escupía y tosía agua. Ni siquiera se acordó de Kagura, quien quedó sola en el medio del lago mientras él subió en el bote con el chico en brazos mientras el empleado manejaba el botecito a motor.
― ¡Tanner! ¿puedes oírme?
El niño terminó de escupir otro tanto de agua y le sonrió débilmente.
―Al llegar a la orilla, llamen a un médico ―le ordenó al empleado.
Bankotsu no pensaba volver a delegar el cuidado del niño a nadie.
―Estoy bien…no me gustan los médicos ―Tanner sonrió débilmente―. Me recuerdan a Koga.
Bankotsu estaba feliz de verlo animado, pese al horrible trance ocurrido así le siguió la corriente para mantener una charla animada, aunque el remordimiento lo acuciaba.
―Me aseguraré que te examinen completamente… ¿Quién es Koga? ―le acabó preguntando.
―Un ex novio de mamá…que estaba tras el dinero del abuelo ―el chiquillo volvió a reír―. El día que ese tonto logre quitar un centavo al abuelo, será el día que vuelen los cerdos.
Bankotsu estaba contento que lo de Tanner aparentemente no haya sido grave, pero quería asegurarse con un médico. Aun así, aquella revelación de un ex novio en la vida de Kagome fue más difícil de asimilar.
Se sentía ridículo por sentirse así pero no pudo evitarlo.
Cuando estuvieran más tranquilos, se lo preguntaría con más detalles.
Llegaron a la orilla, y él mismo cargó a Tanner, mientras lo seguían la ama de llaves y otros empleados.
Lo llevó directo a la habitación que hizo acondicionar para él.
El chico lo abrazaba y Bankotsu se sintió raro con aquella extraña sensación de familiaridad. No recordaba la última vez que se sintió de aquel modo. Quizá cuando era muy pequeño y estaba cerca de su padre, antes de que éste se volviera demasiado severo con él.
― ¡Que habitación tan bonita y tan grande! ―el niño se maravilló―. Cielos, es enorme como el piso donde vivo ―tosió un poco de agua al decirlo.
Margaret, la ama de llaves quien vino con ellos traía toallas.
―Voy a preparar una tina bien tibia ―dijo la mujer―. Lo mejor es que el señorito se quite las ropas mojadas, que no coja un resfriado.
Bankotsu asintió.
―Vaya a preparar la tina, con las mejores sales aromáticas. Yo me encargo del resto ―le dijo Bankotsu a su empleada.
Bankotsu no pensaba despegar la vista del niño hasta que el medico viniera y le certificara de su optimo estado de salud. Aun se planteaba si debería decirle a Kagome lo que había ocurrido.
Se enfadaría y con justa razón. Era muy probable que le pidiera regresar al chiquillo.
Cuando la ama de llaves de retiró, Bankotsu se acercó a Tanner.
―Vamos, te ayudo a quitarte esas prendas mojadas, que ya se fue esa señora, ya quedamos puros hombres en la habitación ―a Bankotsu le salía natural distender con el niño.
― ¡Me daba vergüenza con la señora! ―rió Tanner, quien comenzó a quitarse la polera y los jeans ―. De ver al señor de esta casa que es puro musculo a diferencia mía que soy un mocoso, hay bastante diferencia.
Bankotsu iba a responder con otra frase ingeniosa, pero la sonrisa se le borró cuando notó algo cerca del vientre de Tanner.
Algo que él conocía muy bien porque había crecido con algo idéntico.
Una marca de nacimiento pequeña en forma de una manchita blanca que parecía una luna menguante invertida. Para cualquiera hubiera sido imperceptible, pero además de él, su padre Harlock también la tuvo.
Era tan reconocible e idéntica que Tanner notó que Bankotsu miraba su marca como si estuviera idiotizado.
― ¿Esto?, es mi marca de nacimiento ―aludió el chiquillo con inocencia―. Si, ya sé, parece una marca parecida a sailor moon, ese manga japonés.
Bankotsu se sacudió para que Tanner no se incomodara y le pasó la toalla.
Allí miró de vuelta la cara del niño, aquella que siempre se le hacía tan intensamente familiar desde que lo conoció.
Esos ojos azules.
El porte.
Las facciones del rostro.
El color de cabello.
Tantos detalles que siempre estuvieron a la vista.
Y luego la marca de nacimiento, una que sólo tenían los Van Dyke y que jamás vio en nadie más.
Su rostro se puso blanco.
― ¿Te encuentras bien? ―le preguntó Tanner, preocupado que su amigo luciera perdido.
La puerta se abrió y entró Margaret a avisar que ya tenía listo un baño calentito.
Tanner alegre y liado con el albornoz bajó de la cama, feliz de bañarse en una tina que tenía hidromasaje y cosas que sólo vio en la televisión.
―Creo que deberías ir a cambiarte esas ropas mojadas o quien se resfriará serás tu ―le dijo Tanner al pasar a su lado, ya que prácticamente estaba mudo.
Y era cierto, Bankotsu estaba pálido y sin palabras.
Como sea el pobre de Tanner no tenía la culpa de que estuviera hecho un lío, así que salió marchándose hacia sus habitaciones.
Al salir al pasillo, uno de sus empleados le dijo que la señorita Kagura pedía verlo.
― ¡Ahora no quiero ser molestado! ―ordenó, pero luego recordó algo―. Verifica las grabaciones de las cámaras, quiero que investiguen que demonios pasó en el lago y…si la señorita Foreman tuvo algo que ver, sólo me informarás a mí ¿quedó claro?
El empleado asintió y corrió a cumplir la orden.
A Bankotsu en cambio la tranquilidad estaba lejos de tomarlo.
Apenas abrió su habitación se encerró con llave, que no viniera la loca de Kagura a molestarlo.
Miles de ideas le venían a la mente en tropel mientras se quitaba las ropas que quedaron desperdigadas por el suelo y cogía las que estaban sobre la cama, dispuestas por la ama de llaves.
Ideas y recuerdos que se comparaban una a otra, pero que terminaban con la cara de Tanner en su mente.
Kagome era su madre…
Tenía que hacerle un examen genético a ese niño, aunque los resultados estaban a la vista y él solo parecía necesitar un empujón como ver aquella marca de nacimiento compartida para despertar y caer en cuenta de la verdad que se le presentaba frente a sus propios ojos como un recordatorio de sus pecados de juventud.
Y en caso de que aquella poderosa sospecha fuera cierta, Bankotsu nunca fue un descuidado y la única vez que cometió un error…fue aquella noche lejana en Cheyenne, con aquella mujer desconocida que se coló en la habitación cuando estaba borracho y ni siquiera era consciente del rostro de aquella muchacha.
Cerraba sus ojos y trataba de rememorar…y rescató unas imágenes perdidas en su memoria.
En algún momento de aquella frenética remembranza, volvió a sentir la desconocida vainilla de aquella amante que sobrevivía en los recovecos de su alma.
Era prácticamente lo único que rememoraba.
¿Esa mujer era Kagome Darby?
Apretó los puños con fuerza.
¿Ella lo sedujo y engañó?
Se llevó las manos a la cabeza ¿Cómo podía estar pasando eso?
En ese momento, dos poderosas sensaciones comenzaban a acometerlo, por un lado, aquella inexplicable ternura ante la posibilidad de haber sido padre. Pero por el otro, una rabia casi homicida por el engaño.
Fue incapaz de pensar en los detalles de cómo Kagome pudo ocultarle algo así y que luego apareciera frente a sus narices de vuelta y sin intenciones de revelarle nada.
Cogió el móvil y llamó a Hiten Sanders.
― ¿Aun tienes contactos con aquel laboratorio? Necesito una prueba de ADN.
Del otro lado, el abogado sorprendido le contestó que sí pero cuando quiso indagar más, Bankotsu le cortó.
―Te llamaré más tarde para ver los detalles, pero me urge esa prueba.
Ni siquiera le dio tiempo a Hiten de más preguntas inoportunas ya que colgó la llamada para librarse de ellas.
Un estudio genético le daría las respuestas que necesitaba.
¿Y si sus visibles sospechas eran ciertas?
Si Tanner realmente era su hijo…
Hoy estuvo a punto de morir y Bankotsu sospechaba que la loca de Kagura tenía mucho que ver. Realmente le estaba por dar algo y aunque moría por abrazar a Tanner con todas sus fuerzas, tampoco era para ir asustándolo. No era tan insensible.
Miraba el reloj de su pared, cuyas manecillas se movían al compás de sus propios pensamientos y el arrebato que amenazaba con hacer estallar su pecho de ansiedad.
¡Nadie le vería la cara de imbécil!
No tenía la paciencia de aguardar unos resultados de una prueba de laboratorio. Él tenía una forma de adelantar aquellos resultados.
Se levantó del sillón como un resorte preso de aquella idea. Iban a regresar con Tanner incluido, ya que no pensaba dejarlo con una Kagura cerca.
Ya después pensaba ocuparse de ella, así que se dirigió hacia la habitación de Tanner.
El niño estaba sentado, bebiendo un chocolate caliente.
La señora Margaret estaba con él, ordenando la habitación.
―El medico ya lo examinó, dijo que el señorito Tanner está en perfectas condiciones, pero que no bebiera nada frio por esta noche.
Sólo allí, Bankotsu pareció darse cuenta que desde que él se fue a la habitación habían pasado dos horas. Estaba tan nervioso que perdió la noción del tiempo.
―La señorita Foreman hizo un escándalo para intentar verlo…pero la detuvieron ―Margaret le susurró al pasar por su lado―. Cumplíamos sus órdenes de no molestarlo.
―Ordena a uno de los choferes que se la lleve a Manhattan ahora mismo, no quiero verla.
― ¿Y si se niega…?
―Sus deseos no importan ¡sólo quiero que salga de mi propiedad!
La ama de llaves conocía a su patrón y debía estar con un problema bien gordo para estar tan impaciente, así que corrió a cumplir sus órdenes. Nunca lo había visto tan enojado que parecía una bomba de tiempo a punto de estallar.
Cuando se quedaron solos, la voz infantil de Tanner volvió a llenar el lugar.
―No sé si sea buena idea contarle a mamá lo que pasó en el lago, podía enfadarse bastante…
―No te sientas culpable de guardar un secreto…porque tu madre también tiene algunos escondidos por allí ―bufó Bankotsu.
― ¿Conoces algún secreto de mi mamá?
Bankotsu procuró relajarse. Lo que sea que pasó allí, Tanner no tenía culpa alguna.
―Nos regresaremos a la ciudad ahora, porque surgió una emergencia en la oficina.
El niño hizo un gesto de desilusión, haciendo una mueca con la boca que a Bankotsu se le hizo increíblemente idéntica a cuando él tenía rabietas.
― ¿Cómo? ¿entonces te enfadaste por lo del lago?
―No tiene nada que ver ―negó Bankotsu tratando de fingir que el descubrir aquellos gestos en Tanner no lo desestabilizaban―. Llegaremos esta misma noche, son apenas dos horas en el coche, y te prometo regresar cuando solucione el problema.
El niño refunfuñó un poco, pero Bankotsu estaba decidido a irse enseguida.
No pensaba dormirse hasta obtener una respuesta sobre aquellas dudas que le carcomían el corazón.
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Kagome cogió su botella de cerveza fría y las chocó con Sango para brindar. Acababan de cenar un delicioso arroz con gandules de una receta puertorriqueña que vio en la televisión.
Habia estado muy ansiosa por el asunto de Tanner y el viajecito que realizó con Bankotsu.
¡Que caprichoso podía ser el destino!
Al final padre e hijo se encontraron, aun cuando parecía ser imposible.
Kagome tenía muchos remordimientos y dudas. Hasta alcanzó a pensar que tantas coincidencias eran una señal de que debería decirle la verdad a Bankotsu.
Se sentía tentada de hablarle a Sango de aquel secreto. Después de todo, aquella mujer sería capaz de entenderlo ya que fue una involucrada durante aquella noche fatídica…pero mágica que sólo vivía en sus recuerdos de cuando concibió a Tanner.
Sango tenía la noche libre y Kagome lo agradecía porque era compañía extra en caso de que el loco de Koga apareciera en su puerta.
Deseaba que ese canalla ya hubiera vuelto de donde vino.
―Sango, hay una cosa que me gustaría contarte…
―Sabes que soy una tumba si es un secreto…
Pero cuando Kagome iba a comenzar a hablar, el timbre sonó.
―Salvada por la campana, Kagome ―rió Sango
Kagome dejó su botella sobre la mesa.
Koga la ubicó y venía a molestarla. Por supuesto lo echaría, pero si se ponía más pesado llamaría al 911.
―Si es el loco de tu ex novio, tendré listo el bate de béisbol, Kagome ―Sango sacó su viejo bate y se lo mostró a Kagome.
―No creo que lo necesitemos, Koga es bastante cobarde ―abriendo la puerta―. ¿Cómo demonios encontraste mi dirección? ―dijo sin levantar la cabeza, pero al hacerlo, se sorprendió enormemente porque no los esperaba tan pronto.
―Mami ¿Cómo no saber la dirección? Si vivo aquí.
―Pero ¿Cómo es que regresaron?...
Tanner y Bankotsu estaban en la puerta. Su hijo estaba sonriente, pero Bankotsu estaba serio.
De hecho, Kagome nunca le había visto esa expresión como si se estuviera conteniendo algo.
Tanner pasó corriendo, dio un abrazo a Kagome y luego hizo lo mismo con Sango quien se acercaba sigilosa con el bate.
― ¡Oh por dios!, pero si el mismísimo Bankotsu Van Dyke ―Sango se acercó y su expresión contagiosa había cortado parte de la tensión que se instauró entre el recién llegado y Kagome.
El hombre la miró, como si hurgara en sus recuerdos para identificarla.
―Parece que venir desde Cheyenne a New York se hizo una costumbre, tu eres la chica Maldiva ¿Sango?
―Es un milagro que un hombre de negocios neoyorquino aun recuerde a una vieja compañera del high school.
Bankotsu sólo asentía, pero en ningún momento le despegó la mirada a Kagome y la mujer se daba cuenta.
Sólo viró y sacó algo de su bolsillo. Una tarjeta.
―Tengo unos negocios que discutir con ella ―señaló a Kagome―. Podrían aburrirse ¿podrías llevar a Tanner a comprar la pizza de anchoas del Time Square? Tomen esta tarjeta corporativa y mi chofer está abajo. Pueden ir donde quieran.
El repentino pedido de Bankotsu descolocó a Sango.
Acababan de verse y él parecía ansioso de despacharla, y de paso a Tanner de allí.
Kagome hubiera podido intervenir ante el inusual pedido, pero el pecho comenzó a temblarle al notar que Bankotsu no vino por trabajo. Estaba muy enojado y ella no tenía derecho a sacarlo. No tenía que ser muy lista para comprender que el regreso anticipado de ellos era por eso.
Llamó a Tanner, procurando imprimir calma a su voz, aunque estaba horrorizada de lo que estaba por pasar.
Sango la miró extrañada, no entendiendo en absoluto, pero Kagome le rogó con los ojos que le hiciera caso.
La mujer entendió que algo muy grave estaba pasando así que tomó la tarjeta que Bankotsu le ofrecía y cogió un brazo de Tanner, quien rebuscaba algo en la heladera.
―Vamos a Manhattan a comprar algo de comida, que el señor Van Dyke y tu madre tienen que hablar de negocios. Iremos en su coche.
El niño bufó, pero la perspectiva de ir a Manhattan de noche le encantaba.
― ¡Me encanta! ―Tanner se dejó llevar y al pasar por el lado de Bankotsu se lo dio a entender―. ¡Gracias amigo! Prometo traer algo de pizza para ti también ¡adiós mami! ―Tanner se despidió de su madre con algarabía infantil propia de su edad.
Cuando Sango y Tanner desaparecieron por el pasillo, Bankotsu entró a la casa cerrando la puerta.
Kagome se había puesto de espaldas y temblaba, pero era perfectamente capaz de sentir la mirada de él en ella.
No quería voltear para no encontrarse con esa mirada. Ese hombre no venía a por negocios, estaba segura.
― ¿Quién es el padre de Tanner?
Bankotsu fue directo al grano y Kagome no se sentía preparada en absoluto para enfrentarlo.
Hizo lo que mejor hacía: fingir.
―Estoy segura que mis asuntos personales no son incumbencia de mi jefe ―Kagome se volvió disimulando un aplomo que no tenía.
Pero él no estaba por la labor de dejarse llevar por una tapadera. Vino determinado a algo.
Caminó unos pasos hacia la mujer, haciendo que ella retrocediera otro igual.
―No vine aquí como tu jefe, y te advierto que dejes de hacerte la tonta porque creo que no dimensionas lo que hiciste.
Aquel comentario de él, como si la culpa fuera enteramente de ella la indignó: ― ¡Que nadie se atreva a hablarme de lo que hago o no hago!
Bankotsu volvió a acorralarla.
―Sabes que no estoy jugando, así que confírmame aquí y ahora sobre la identidad del padre de Tanner, no me obligues a tomar medidas.
La mujer trató de desasirse del arrinconamiento, pero él no se lo permitió.
―Por favor, vete de aquí…
―Claro que me iré ―amenazó él―. Pero te advierto que le haré un ADN a Tanner y de confirmar lo que sé, te quitaré su custodia. De hecho, haré que te quiten su patria potestad ¿Qué te parece? ―y lo decía con una pasmosa tranquilidad―. Sabes que soy un tiburón frente a ti y puedo destrozarte con un solo chasquido en la Corte.
Kagome, para ese momento perdió completamente los papeles.
Tanner era lo único que tenía y si lo perdía, era preferible morir.
Miró a Bankotsu quien no se movía un ápice, mostrándose seguro y firme. No habría forma de sustraerse de él o mentirle. No dudaría en quitarle a su hijo.
Y eso ella no lo soportaría.
Comenzó a llorar sin control.
― ¡No me lo quites, por favor! ―gritó desesperadamente―. Es lo único que tengo ―zarandeando a Bankotsu―. Es tu hijo…pero no lo sabe ¡nadie lo sabe!
Él no intentó desasirse, porque con la revelación final de aquella verdad que había venido a buscar, quedó congelado con la fuerza del peso de esa franqueza.
La marca de nacimiento no era una coincidencia.
Aquella atracción hacia Tanner tampoco lo era.
Él era su hijo…y Kagome le había quitado la posibilidad de conocerlo. No sabía si odiarla por eso.
Bankotsu nunca lloraba, pero unas lágrimas comenzaron a caer de sus ojos antes de que su conciencia pudiera frenarlas
―Tú eras la chica de esa noche…
Kagome se llevó las manos a la cara, pero asintió con la cabeza.
Bankotsu la cogió del brazo.
― ¿Por qué? ¿porque me negaste la posibilidad de conocerlo…? ¡responde!
Ser cuestionada de esta forma, Kagome sentía que tampoco lo merecía.
Trató de soltarse, pero él no la dejó.
― ¿Acaso crees que es fácil presentarse frente a quien sólo me veía como la gorda sin gracia del salón y decirle que espero un hijo suyo? ¿acaso va a creerme? ―Kagome se limpió unas lágrimas con la mano que tenía libre.
― ¡Por dios, Kagome! ¡No era tan imbécil!
― ¡Eras y eres un imbécil! ―vociferó la mujer ya casi fuera de sí.
Él apretó su brazo y la atrajo hacia él al punto que sus caras quedaron frente a frente, donde ambos incluso podían analizar los detalles de las facciones del rostro del otro.
―Y si era un imbécil…igual te metiste a mi cama ―Bankotsu nunca la había tenido tan cerca, bueno salvo aquella noche de hace diez años que él no recordaba casi, con excepción de un detalle que comenzó a aflorar en el aire.
Ese olor a vainilla.
De lejos no se percibía, pero al tenerla tan cerca, volvió a sentir aquel aroma perdido hace una década de la mujer misteriosa. Siempre fue Dorothy aquella mujer.
Y aunque sentía que quería detestarla por privarle de una paternidad que no sabía que deseaba, sus ojos comenzaban a perderse en la fisonomía suave de ella y en la luz que siempre emanaron de esos ojos que le gustaron hace diez años y que nunca se atrevió a asumir.
¿Cómo admitirse en aquella época que esa Dorothy le gustaba?
Kagome tenía razón.
Era un perfecto imbécil.
Y ahora al tener de vuelta ese olor de antaño, tan nostálgico y dulce metiéndosele por las narices activando el gen de la melancolía de aquella juventud perdida, sumado al brillo de los labios entreabiertos de esa mujer que tenía las mejillas bañadas en lágrimas,
Aun así, no pensaba dejarse vencer, esa mujer se las debía todas.
― ¡Me privaste de mi hijo!
Kagome intentó empujarlo.
― ¡Yo crie sola a mi hijo porque no sabía si podía confiar en ti! ―bramó la mujer―. ¿Qué rayos te crees? ¡desgraciado!
Y de vuelta la peligrosa cercanía, con tantas sensaciones entre ellos aflorando en toda la piel, con esa atracción que siempre existió entre ellos y que supieron ocultar muy bien ya sea por vergüenza o timidez.
A Kagome le dolían los reproches, pero a Bankotsu también.
Ninguno estaba exento de culpabilidad. Ella omitió información, pero él nunca dio señales de ser capaz de manejar aquello de haberlo sabido.
―Te odio…―murmuró Kagome entre sollozos―. Quieres quitarme a mi único hijo…
Ninguno de los dos supo exactamente quién de ellos inició el acercamiento.
Quizá ambos al mismo tiempo para acallar las palabras tan duras que brotaban de sus labios.
Sin importar quien lo comenzó, de repente se encontraron besándose con una pasión inaudita. comenzaron a devorarse mutuamente intentando huir de la culpa, la tristeza y todos los fantasmas prejuiciosos. Cada uno se aferró al otro con desesperación para no hundirse en el mar de la culpa…pero también porque se sentían irremediablemente atraídos a ese deseo que siempre sintieron uno al otro.
Bankotsu enterró su cara en el cuello de Kagome, perdiendo completamente la cordura.
La arrinconó contra la pared donde estaba el cuadro de la pequeña sala, saboreando sus labios y buscando sus prominentes curvas con sus manos. Sin dejar de besarla, comenzó a quitarle la blusa mientras ella hurgaba desesperada en el zipper de su pantalón para bajárselo.
Las prendas comenzaron a caer al suelo mientras ambos amantes seguían hurgando sus lenguas en un frenesí descontrolado de deseo animal. Ya no recordaban los prejuicios ni las culpas.
No importaba nada en ese momento salvo poseerse uno a otro, tanto que Kagome perdió completamente la vergüenza de sus curvas, que siempre la hicieron sentir insegura.
Que él la viera tal como era, así quería entregarse. Así se conocieron y no habían cambiado.
Bankotsu la tomó en aquella posición, arrinconada a la pared con todo el ardor que le nacía de tener a esa mujer a como diera lugar y Kagome, quien nunca antes había hecho el amor de esa forma se aferraba a los hombros de Bankotsu para no caer.
Su lamentable vida sexual con puros perdedores como Koga palidecía en comparación con lo que este hombre le estaba haciendo.
Era una versión más fogosa y experimentada de lo que vivió aquella madrugada de su primera vez cuando concibieron a Tanner.
En ese momento nada más importaba, salvo el tenerse el uno al otro.
CONTINUARÁ
Gracias hermanitas,
BESITOS A PAULITA, ANNAISHA, LUCYP0411, SAONE TAKASHASHI, BENANI0125, IMAG04, CONEJA Y MANU, querida como siento lo ocurrido con tu perfil.
(Ustedes que me conocen hace tiempo saben que me cuesta montón hacer lemon)
Ya entramos en la casi recta final, pero todavía hay varias cosas que resolver, además este bankag fue puro sexo fruto del momento, quien sabe que pase después cuando les salga el calentón.
Estuve colgada estos días, por culpa de otra historia que se metió en la cabeza y que iniciaré cuando termine esta jajaja pero ya me he tranquilizado y acabaré esta primero antes de seguir.
BESOS.
PAOLA.
