Un par de días más tarde, mientras Sirius desayunaba unos huevos con beicon, Palas, la lechuza de la familia Black se posó delante de él.

- ¡Ah! Este debe ser el frasco de tinta que pedí a Reg – dijo mientras desataba el paquetito y la carta que llevaba el animal.

- No sé para qué necesitas más tinta, no es que la uses mucho que digamos – apuntó Remus.

- ¿Ocurre algo? No sueles quedarte sin contestar a Remus – preguntó James. Sirius había abierto la carta y se había quedado mirándola incrédulo.

- Es de mi madre.

Sirius miró la carta con temor. Su madre no le había escrito en todo lo que llevaban de curso exceptuando el vociferador el día que empezaron las clases. Si su familia había necesitado hacerle saber algo, lo había hecho Regulus en su nombre o a través de Narcisa, pero no se habían molestado en escribirle directamente, dejando patente de ese modo que lo dejaban al margen. Si su madre le había escrito, es que era algo importante. Leyó la carta.

Sirius Orión Black,

Ha llegado a nuestro conocimiento que has estado molestado al hijo de los Avery. Me da mucho coraje que un hijo mío tenga esa clase de comportamiento, cuando siempre te hemos intentado enseñar a respetar a tus semejantes. No nos cabe duda de que tu actitud, ya rebelde de por sí, se ha visto influida a peor por tu pertenencia a esa casa de brutos descerebrados. Aún estamos a tiempo de corregir este inconveniente antes de que se convierta en un problema. Comprendemos que es inevitable en estas circunstancias el contacto con tus compañeros de habitación, pero desearíamos que ésta se mantuviera al mínimo. Es posible estar asignado a una casa y mantener amistades en otra. Unas amistades que puedan estar a la altura del apellido Black y que pensando en tu futuro pueden ser más afines a tus intereses, más próximas tu clase, menos diferentes a lo que te corresponde por nacimiento.

Nos gustaría que te disculparas con el joven Julius, estoy segura que haciéndolo tal y como te hemos enseñado el incidente quedará olvidado y hasta puedas iniciar una agradable amistad con el muchacho, como la que mantiene tu padre con su padre.

En otro orden de cosas, te hemos enviado el bote de tinta que solicitabas, pero a partir de ahora hemos dado orden en Gringotts para que acepten pedidos tuyos para material escolar, así no será necesario que nos lo pidas a nosotros.

Esperamos que recapacites y que recuperes la imagen de impecable educación y exquisitos modales de la que siempre ha hecho gala la casa Black.

W. B.

- Tu madre te escribe igual que si estuviera escribiendo una carta a la Ministra de Magia – dijo de pronto James, sacando de su estupor a Sirius.

- ¿Sabes que es de mala educación leer cartas ajenas? - gruñó Sirius.

- Es que como soy un bruto descerebrado… - respondió James, encogiéndose de hombros.

Sirius no dijo nada, arrugó el pergamino y se levantó de la mesa, haciendo caso omiso de lo que estuvieran diciendo sus amigos, pues no los estaba escuchando.

No tenía pensado dónde iba a ir, sólo sabía que quería estar solo. No estaba de humor para las tonterías de James, ni para los temores de Remus, ni para los silencios de Peter. De pronto, se dio cuenta que estaba en la sala común de Gryffindor y, viendo el fuego, tiró la carta que aún llevaba en la mano, la vio consumirse y subió sin pensar al dormitorio. Una vez allí, decidió que no quería estar allí, sería el primer sitio en el que miraran los demás si le buscaban, así que dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Tras salir por el retrato, pensó que no tenía ninguna gana de ir a la clase que tenían después, Defensa Contra las Artes Oscuras, ya se inventaría algo si le llamaban la atención. Fue a la lechucería, porque siempre le había relajado contemplar el bosque desde las alturas, pero ese día lo único que hacía era pensar más así que bajó de nuevo los escalones para ir a la biblioteca. Seguro que allí a sus amigos no se les ocurriría buscarle, cogería un libro y se distraería un rato. Así lo hizo, cogió el primer libro que le pareció bien sin mirar mucho y se sentó en la mesa más escondida que pudo encontrar. Se puso a hojear el libro, que era sobre hechizos domésticos. En realidad, el libro hubiera estado bien, tenía muchos hechizos útiles, pero tampoco le interesaba ahora mismo averiguar la mejor manera de pelar una patata con magia, así que dejó el libro y salió al pasillo. Otra vez no sabía dónde ir y caminaba sin rumbo, deprisa y sin prestar atención. Por ello, se topó de bruces con el director.

- Señor Black – saludó el profesor Dumbledore.

- Lo siento, profesor, no le había visto – se disculpó el chico.

- No es nada. Es curioso que cuando tenemos muchos pensamientos en la cabeza, en especial si no son agradables, el resto de información que recibe el cerebro, como la visual o auditiva, no se procesa todo lo bien que debiera. ¿No te parece?

- Eh… - Sirius no sabía si había entendido bien al profesor -. Supongo.

- Comprendo – dijo el director, fijando sus ojos en los de Sirius, quien a su vez no comprendía muy bien -. Déjame decirte, y últimamente digo esto muy a menudo, que esos pensamientos desagradables pesan menos cuando se comparten. Sobre todo si es con los amigos. ¡Ah! Los amigos, esa familia que se escoge, que nos pueden escuchar, nos intentan comprender y nos aceptan tal y como somos. Esos amigos que se quedan desconcertados cuando nos levantamos enfadados de la mesa y no saben qué es lo que ocurre. Esos amigos que comparten confidencias en clase de Herbología, que si no me equivoco te toca dentro de un rato, y son estupendas para que el resto de la gente no preste atención más allá de su arbusto temblón. Aunque mucho me temo que los amigos no pueden evitar que a uno le resten puntos por merodear por el castillo en horario lectivo, cosa que podría ocurrir en el futuro. Que tenga un mejor día, señor Black.

Y después de ese discurso, el profesor Dumbledore se marchó de allí, dejando a un confuso Sirius en el pasillo. Cuando consiguió reaccionar se dirigió al invernadero pensando en lo que le había dicho el director. Lo único que le había quedado bien claro fue que no le había restado puntos a Gryffindor, pero que si seguía por ahí lo haría.

Sirius tenía la sensación de que el profesor sabía perfectamente lo que pasaba por su cabeza, aunque no tenía manera de saberlo, ¿no? Porque había hablado de amigos, familia que se escoge, eso sí lo había dicho bien claro el director. No era precisamente un secreto que Sirius no se llevaba bien con su familia, pero tampoco creía que era una cosa a la que un profesor le pudiera dar mucha importancia, su deber era enseñar. Y ¿en ese preciso momento que su madre le había escrito diciéndole que debería buscarse otros amigos, por el bien de la familia? La familia que no se escoge.

Aún era un poco pronto para la clase, así que esperó en la puerta del invernadero a que empezara. Quedaban diez minutos y mientras esperaba, salieron del aula algunos alumnos mayores, su prima Narcisa entre ellos. Ambos se miraron, estudiando al otro, ninguno de los dos dijo una palabra. Sirius no sacó nada en claro de la expresión de ella aunque él esperaba que a Narcisa no le cupiera ninguna duda de que estaba enfadado, por si acaso había sido ella quien le había dicho a su madre lo ocurrido con Avery. Lo más probable es que sí, aunque también podía haber sido el profesor Slughorn, como cabeza de Slytherin, si Avery se hubiera chivado.

Al poco fueron llegando ya sus compañeros de Gryffindor y Hufflepuff, con quienes compartían esa clase. En cuanto le vieron, como había supuesto, sus amigos empezaron a preguntarle por qué no había ido a clase, lo que había pasado, qué ponía en la carta. Pero Sirius no dijo nada hasta que estuvieron dentro del invernadero y la profesora Sprout les indicó la manera más apropiada de podar los setos intermitentes en los que estaban trabajando. James estaba a su lado, como siempre, y como siempre fue el que sacó el tema. Remus y Peter estaban en la mesa de enfrente, pero no le cabía duda que también intentaban escuchar la conversación. Sirius les contó todo lo que ponía la carta y su encuentro con Dumbledore.

- ¿Sabes una cosa? – preguntó James, mientras esperaban que su seto volviera a aparecer -. Siempre me ha dado la impresión de que, de alguna manera, Dumbledore sabe todo lo que pasa en este castillo. Y cuando digo todo, es todo, hasta lo que ocurre con tu familia.

- Eso lo sabe todo el mundo que oyera el vociferador de principio de curso, no es extraño.

- Si, pero eso fue hace siglos, la gente se olvida enseguida de esas cosas.

- Y también está el retrato del abuelo Phineas. Estoy convencido de que mi madre ha estado presionando al director por medio del retrato para que me cambien de casa.

- Jo. Da mal rollo tener un espía de tu madre en el colegio. Si le da la gana puede ir de cuadro en cuadro buscándote y saber todo lo que haces – dijo James, al tiempo el seto reaparecía y se apresuraba a cortar unas ramitas antes de que volviera a desaparecer.

- Es una lata sí, pero la verdad es que nunca me he dado cuenta de que me estuviera siguiendo.

- También es posible que otros cuadros le cuenten lo que vean – dijo Remus desde detrás de su seto.

- ¡Ostras! – se sorprendió James -. No había caído en eso… ¿Los cuadros se podrán chivar a los profesores de lo que hagamos en los pasillos?

- Seguramente – dijo Remus -. Pero creo que en general no prestan atención. Si no, ya estarías castigado por el embrujo de manos temblonas que le lanzaste ayer a Snape.

- Él empezó primero colgándome boca abajo – Remus parecía que iba a replicar algo, pero James no le dejó y siguió hablando -. Es igual. Entonces, Sirius, ¿vas a hacer caso a tu madre? ¿Vas a dejar de ser nuestro amigo?

- Por supuesto que no – Sirius se indignó con su amigo -. Ni se me había pasado por la cabeza. No se cómo se te ha ocurrido a ti ni siquiera pensarlo.

- Bueno, si al final descubren que sigues yendo por ahí con nosotros, luego tendrás problemas en casa.

- Me da exactamente igual lo que diga mi madre. Dumbledore tiene razón. A mis amigos los elijo yo, no ella y desde luego no voy a elegir como amigo al imbécil de Avery.

- Y entonces, si te da igual ¿por qué te enfadas?

El que habló fue Peter, quién hasta entonces no había dicho nada. Sirius se quedó quieto, con el brazo en alto al tratar de podar una de las ramas más altas del arbusto que desapareció en ese mismo momento. Peter, creyendo que Sirius se iba a enfadar con él, se ocultó detrás de su seto. Pero Sirius no estaba enfadado con Peter, todo lo contrario, había dado en el clavo. ¿Por qué se enfadaba tanto por todo lo que le decían sus padres? ¿Sería que en el fondo sí que le importaba? ¿Aunque fuese un poquito? Bajó el brazo, llevaba un rato así y ya resultaba raro.

La tensión se rompió cuando apareció la profesora Sprout a supervisar el trabajo.

- Potter, Black. ¿Qué se supone que estáis haciendo con vuestro seto?

- Es una snitch, profesora – contestó James.

- Limitaos a cortarle las ramitas viejas, no hace falta ser creativo. Pettigrew, esa no es la forma correcta de coger las tijeras.

La aparición de la profesora y que se quedara un rato con Peter corrigiéndole hasta que sonó el timbre que indicaba el fin de la clase, provocó que se quedaran callados y eso le había dado tiempo a Sirius a reflexionar.

Al salir del invernadero, James le hizo una seña para apartarse de los demás, que iban hacia el castillo a comer, y se dirigieron hacia el lago. Se sentaron en la orilla y James abordó a Sirius.

- ¿Y bien?

- Y bien, ¿qué?

- No has contestado a Peter y se te ha quedado la cara blanca. Aquí no nos va a oír nadie y sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? Hasta que te enfadas porque en realidad sí que te importa tu familia. Es normal, al fin y al cabo por muy odiosos que sean, es tu familia.

Sirius suspiró y cogió unas piedras de la orilla del lago, que ya estaba empezando a deshelarse. Tiró un par de ellas hacia la superficie del lago antes de hablar.

- Sí y no, James. No me importa nada mi familia, quitando a Regulus. Y me enfado porque no me dejan en paz. Para ellos nunca hago las cosas bien. Nunca me siento lo suficientemente recto, ni toco lo suficientemente bien el piano, ni soy lo suficientemente Black. Me da igual la pureza de sangre, me da igual si somos superiores a otros magos o no y me dan igual los muggles. Pero no son capaces de dejarme tranquilo, ni siquiera aquí en el colegio a cientos de kilómetros. A veces pienso que no querían un hijo, sólo al heredero perfecto. Y no lo soy, no quiero serlo. Ese papel le pega más a mi hermano, pero siguen insistiendo en que sea yo. Y estoy harto y por eso me enfado, James. No creo que tú sepas lo que es, pero no es agradable ser una decepción constante para tu familia y que a cada cosa que haces te lo estén recordando, porque no es lo que ellos quieren y a ellos les da igual lo que yo quiera. A veces te envidio, James, a los tres. Tenéis unos padres que os quieren, os escriben cartas preguntándoos qué tal estáis, os envían bollos, cosas… La de hoy era la primera carta que me escribe mi madre en todo el curso y era para regañarme.

Sirius tiró con toda la fuerza que pudo una última piedra y cuando por fin la perdió de vista enterró la cabeza en sus brazos y lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho. Lloraba de rabia, de impotencia, por esa familia que hubiera deseado tener y por la familia que le había tocado tener. James no dijo nada, sólo apoyó una mano en su hombro y le dejó llorar cuanto quiso.

Al cabo de un rato, ya no le quedaban más lágrimas, se secó la cara con la manga de la túnica y miró hacia el lago. Se sentía un poco idiota por haber llorado, pero a la vez se sentía mejor, más ligero, como si la carga que le había puesto encima su familia se hubiera ido con esas lágrimas que nunca dejaba caer. Se quedó mirando hacia el frente unos minutos más.

- Gracias, James – dijo finalmente.

- ¿Por qué?

- Por hacerme venir aquí y escucharme.

- Bobadas. Para eso están los amigos. Porque no sé tú, pero yo te considero mi mejor amigo.

- Tú también eres mi mejor amigo.

- Venga – dijo James poniéndose en pie y tirando del brazo de Sirius -. Vamos a ver si llegamos a comer algo. Y a limpiarte esa cara, que tienes los ojos que parece que te has comido una caja de píldoras ácidas.

- ¿Tanto se me nota?

- Tranquilo, que sigues tan guapo como siempre. Como un mooncalf despeluchado.

- Serás…

Y Sirius salió corriendo y riendo detrás de James para atraparle, tropezando ambos de vez en cuando en la nieve. Toda la rabia y frustración que había sentido Sirius durante la mañana se habían quedado a orillas del lago.