Epílogo
Ibiza, dos años después.
Como siempre, el aire puro del mar en Cala Gració es una maravilla.
Ir a esa cala al atardecer, cuando todo el mundo se marcha al hotel, es una de las cosas que más me gustan porque siento que la playa es mía. Solo mía.
Con una sonrisa, observo a mi pequeño Bruno corretear por la orilla de la playa junto a su abuela Esme y Olimpia. Mi enanito es un niño sano, travieso y vital que no ha sacado los impresionantes ojos de su abuela y su tío, pero sí la preciosa sonrisa y el buen humor de su padre. De Edwar. De mi amor.
El teléfono móvil me suena. He recibido un mensaje y rápidamente veo que es de Caro. En él me dice que ella y Marta, junto a su padre, Inma y Roberto, están en el aeropuerto para coger el avión que los traerá a Ibiza para pasar unos días con nosotros.
Eso me hace feliz.
El bullicio de gente en casa siempre es pura vida.
En estos dos años han pasado cosas bonitas y cosas feas. Entre ellas, que Mike, tras divorciarse de mi hermana y quedarse con la custodia de las niñas, comenzó a salir con Inma, y hoy por hoy tienen una relación bonita y maravillosa. Y, lo mejor, el tratamiento del pequeño Roberto está funcionando.
Jessica tras el divorcio, donde le sacó a mi cuñado todo lo que pudo, excepto el título de marquesa, decidió marcharse a vivir a París dejando de lado a sus hijas. Lo último que sé por mi madre, que es la única que mantiene el contacto con ella, es que sale con un diputado francés y está planeando su boda. La verdad, aunque sea mi hermana, y por feo que parezca, no me interesa nada su vida, como sé que a ella no le interesa la mía.
Mis padres, tras todo lo que ha pasado en estos últimos años, están tranquilos y felices. Me ayudan mucho con Bruno, junto con Esme, siempre que los necesito, y eso es de agradecer. La llegada de Bruno fue un rayo de luz para todos después de tanta tristeza.
Tras el trasplante, mi hermano James no ha vuelto a beber. Sin duda lo de Edward lo hizo darse cuenta de la suerte que tenía de poder elegir, y con lucha y fuerza de voluntad encauzó su vida, montó su propio taller mecánico y ahora sale con una chica que es majísima.
En cuanto a Emmet y Rosa, se casaron hace seis meses en una boda muy íntima que organizamos de nuevo en mi casa de Ibiza.
¡Qué bien lo pasamos!
Y, lo mejor, están esperando su primer bebé, que será una niña a la que pondrán el nombre de mi abuela Marie
Nina y Alec viven juntos, y sé por ella que Alec también es de los que bajan la tapa del váter... ¡Qué maravilla, qué bien los crio Esme! Actualmente están planeando su boda en New York, cosa que a la mujer la tiene como en una nube. ¡Por fin puede organizar una boda!
Sonriendo por todo ello estoy cuando oigo en mi oído:
—Hay momentos que deberían ser eternos.
Con una sonrisa, asiento. Miro a la derecha y, tras recibir un precioso beso de Edward, de mi amor, que regresa del puesto de venta de helados con varios de ellos en la mano, afirmo:
—Te lo compro.
Con su preciosa sonrisa, él me entrega un bombón helado y, tras pedirme un segundo con la mano, corre para llevarles otros a su madre y a Bruno.
Con la felicidad en el rostro, lo observo coger a nuestro hijo y besarle el cuello mientras el pequeño ríe a carcajadas por lo que su padre le hace.
Emocionada, observo a mis amores Bruno y Edward.
Todo por lo que hemos pasado no ha sido fácil. Fueron muchos días de angustia y noches en vela. Momentos muy malos. Y, aunque el camino fue largo y complicado y tuvimos que ir pasito a pasito, la positividad, la lucha y la fuerza son las que nos han hecho llegar a estar aquí ahora, juntos, unidos y felices.
Hace ocho meses que por fin Alice nos dijo en la consulta que el cáncer de Edward estaba en remisión completa, y ese día los tres lloramos de felicidad. ¡Adiós al bicho! ¡Ed lo había logrado! Luego, cuando vino Jasper, lloramos los cuatro. Es más, nos hemos bautizado como la «panda del moco» por lo llorones que somos.
Y la verdad es que desde hace ocho meses vivimos tranquilos y sin sobresaltos, a excepción de los castañazos que se mete Bruno, que es un torbellino total y que tiene a la pobre Olimpia martirizada.
¡Qué paciencia tiene la perrilla con el niño!
Si algo he aprendido de todo lo ocurrido es que los seres humanos no somos conscientes de lo que realmente es importante en nuestras vidas hasta que podemos perderlo, y que, cuando somos capaces de entender la suerte que tenemos de estar vivos, lo demás conseguimos pasarlo a un segundo plano.
También he aprendido que un día sin sonreír es un día perdido, y que no hay mejor medicina que los pensamientos alegres, por lo que la palabra no ahora la utilizo lo justo.
Feliz, estoy pensando eso cuando Edward regresa a mi lado. Su aspecto vuelve a ser el que fue. Ha engordado, e incluso se está dejando crecer el pelo como sabe que a mí me gusta. Sonriendo como siempre, se acomoda feliz sobre la toalla rojiblanca y, mirándome, pregunta:
—¿Cómo está mi pingüina?
Asiento con una sonrisa y él insiste con picardía:
—Pero ¿bien... bien...?
Divertida, vuelvo a asentir, y entonces él pasea su helado por mi rostro y, al ver mi cara de sorpresa, musita:
—Es lo menos que te mereces por ser tan preciosa.
Eso me hace sonreír, y él rechupetea mi mejilla, mi boca, y cuchichea:
—Mmm..., qué rica estás con nata.
Gustosa, me río a carcajadas, y él, provocándome, añade:
—Vamos, bruja..., dímelo.
¡Dios, qué feliz soy!
Y, pringada de helado, bajo la voz para que mi suegra no me oiga y musito mirándolo a los ojos:
—¡Vete a la mierda!
Edward y yo nos reímos. Esa ordinariez, como diría la ultrafina de mi hermana, es algo muy nuestro.
Atraídos como dos imanes, mi amor y yo nos besamos, y yo soy feliz..., feliz..., porque tengo a mi lado a un hombre que adoro, a un pingüino que me quiere y a un guerrero que, entre otras muchas cosas, me ha enseñado que la vida consiste en insistir, resistir, vivir y nunca desistir.
Y colorin colorado, esta adaptación ha terminado.
espero que hayan disfrutado de esta historia tanto como yo 😀
nos leemos en el futuro con alguna otra adaptacion.
Besos!
