Capítulo 5
Sakura lo miró fijamente. Sus ojos verdes se estrecharon.
—¿Te has quedado muda, agapi mu? —se burló él—. Tal vez sí necesites un té.
—Eres increíble, ¿sabes? Estás destrozando mi vida y sólo te preocupa qué quiero beber.
—El té va bien en caso de conmoción.
—No estoy conmocionada —mintió ella—. Lo ocurrido anoche me demostró lo despreciable que eres. Supongo que he sido idiota al pensar que sentirías algún remordimiento, o que intentarías compensarme de alguna manera, por inadecuada que fuera.
—Tengo intención de compensarte, mi amor —su voz sonó sedosa—. A su tiempo y a mi manera.
—Que te quede claro que no me someteré sumisamente a más degradaciones.
—Espero que no —replicó, frío—. La sumisión no me atrae. Te quiero ardiente y deseosa. Sakura mu, no sumisa.
—Entonces sufrirás una decepción —su voz se enronqueció—. Puede que ayer no pataleara ni gritara, pero eso no significa que acepte esta situación, ni que vaya a hacerlo nunca.
Hizo una pausa reflexiva.
—No puedes tenerme encerrada siempre. Y hoy necesitarás mi firma para asumir el control de Akasuna. Difícilmente puedes llevarme a la reunión esposada y amordazada —lo miró, triunfal—. Así que aquí acaba todo. Tendrás la naviera, pero no a mí. Este es nuestro primer y último desayuno juntos. Cuando firme me iré y no podrás impedirlo.
—¿No? Yo no estaría tan seguro de eso.
—Pareces haber olvidado que habrá abogados en la reunión, representando a las dos partes. Dejaré muy claro que me trajiste aquí engañada y me obligaste a acostarme contigo. Haré que Sasori y Deidara admitan que escribieron esa horrible carta. Entonces los cargos de falsificación resultarán creíbles. Y eso sólo será el principio.
—Tendría que haber pedido que te sirvieran miel esta mañana —murmuró él—. Tal vez te habría endulzado el carácter, y la lengua —rellenó su taza de café—. ¿Y dónde piensas ir después? ¿A Villa Demeter a llevar de nuevo una vida de familia feliz?
—Nada de eso. Volveré a Inglaterra. A la vida que has intentado arruinar, sin conseguirlo.
—¿Y al amante inexistente? —hizo una mueca.
—No. Dirijo una empresa. Pequeña e insignificante desde tu punto de vista, pero útil y con éxito. Me enorgullezco de ella. Hay gente que depende de mí: no abandonaré todo eso por tu vengativo capricho.
—Ah, sí —la miró pensativo—. Se llama Te Ayudamos, ¿no?
—¿Cómo lo sabes? —ella tragó saliva.
—Hice averiguaciones —alzó los hombros—. Tu ausencia no será problema. Buscaré a alguien que te reemplace temporalmente, hasta que vuelvas.
—Así, sin más —su voz tembló de ira.
—¿Por qué no? —enarcó las cejas.
—Porque no voy a permitir que alguien ocupe mi puesto sólo para que tú me tengas… a tu disposición —alzó la barbilla—. Nunca le perdonaré por lo ocurrido anoche, pero con el tiempo lo olvidaré. Y si hubiera… consecuencias, las asumiré sola; consideraré tu incursión en mi vida como un mal sueño, nada más —afirmó con orgullo—. No soy como las mujeres que frecuentas, no estoy en venta ni en alquiler. Me pertenezco a mí misma y nada que hagas o digas cambiará eso.
—Pareces muy segura, agapi mu —Sasuke Uchiha la miró por encima de su taza de café—. Dime, ¿es grande tu casa de Londres?
—No. ¿Por qué lo preguntas? No es asunto tuyo.
—Porque necesitarás una residencia mayor cuando tengas que alojar a tus hermanos y sus familias. No tendrán otro sitio donde ir; Inglaterra podría ser una solución, dadas las circunstancias.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, inquieta.
—De Villa Demeter. El palacio de los Akasuna, que utilizaron como garantía en su búsqueda de financiación. Ahora me pertenece, con todo lo demás, incluido cada mueble, cada ladrillo y cada recuerdo.
Sonrió al ver que ella enrojecía.
—De momento, tus hermanos son mis inquilinos. Pero no sé cuánto tiempo más permitiré que continúen siéndolo —hizo una pausa—. Y aunque opines, con razón, que son los únicos culpables de sus tribulaciones, hay otra persona cuyo bienestar podría preocuparte.
Las pupilas de Sakura se dilataron con horror.
—Me dicen que quieres mucho a tu madre de acogida, la señora Akasuna. ¿Te gustaría que una mujer de su edad, delicada de salud, tuviera que abandonar la casa a la que llegó recién casada y en la que nacieron sus hijos? ¿Crees que soportaría un disgusto como ése?
—Oh, Dios. No podrías. Tú no harías…
—Hago lo que digo, como tú misma has comprobado, Sakura mu. Pero podría evitar ese golpe a la señora Akasuna, con ciertas condiciones. Incluso estaría dispuesto a negociar los términos en los que ella, sus hijos y sus familias podrían seguir viviendo bajo mi techo. Y ella no tendría por qué saber la verdad.
Sonrió y bajó la mirada de sus labios temblorosos a la curva de su pecho.
—Pero eso, mi diosa lunar, depende de ti. Puedes volver a Inglaterra, tras denunciar la afrenta sufrida, pero sigo dudando que un tribunal falle a tu favor —dijo él, inexorable—. O puedes seguir conmigo hasta que mi deseo quede satisfecho y te deje marchar. Seguramente no tendrías que esperar mucho —añadió, sereno.
Ella, anonadada, apretó los puños.
—Sólo te ofrezco esa posibilidad. No hay negociación posible, que quede claro —hizo una pausa—. Pero no tienes que contestar ahora. Bastará que lo hagas en el despacho de los abogados. Una respuesta tan importante requiere testigos, ¿no te parece?
Apuró el café y se levantó. Al pasar junto a ella le puso la mano en el hombro con firmeza.
—Cuando conozca tu decisión, tomaré la mía. Sea la que sea. Recuerda eso. No lo olvides.
Se marchó, dejado a Sakura inmóvil en la silla, con la mirada perdida en el vacío.
—Por fin te dignas unirte a nosotros, hermana —dijo Sasori, cuando Sakura entró en las palaciegas oficinas de los abogados de Bucéfalo Holding—. Empezábamos a preocuparnos.
—Qué raro —contestó ella, seria—. Yo llevo estas últimas horas haciendo lo mismo —miró a su alrededor—. ¿Dónde están los demás?
—Esperan en una sala privada. Te llevaré —suspiró profundamente—. Mi pobre esposa no deja de llorar. Nunca se recuperará de la vergüenza de lo ocurrido.
—¿En serio? —Sakura alzó una ceja, irónica —. Yo diría que ha salido bien librada. Pero tal vez tenga prejuicios.
—¿Cómo puedes decir eso? —se detuvo ante una puerta cerrada—. Ese hombre, Uchiha, nos lo ha quitado todo. Hasta nuestra casa peligra —alzó las manos con desesperación—. Mi pobre madre. ¿Cómo vamos a decírselo Deidara y yo?
—Pregúntate, mejor, cómo pudisteis pensar Deidara y tú que podías ganar a Sasuke Uchiha.
—Era un buen plan —se defendió él—. La posibilidad de boda lo interesó. Nos dio tiempo.
—¿Por eso escribisteis la otra carta? —preguntó ella, pensando que ese tiempo extra había empeorado las cosas—. ¿Para qué se interesara más? ¿Para tener más posibilidades de hundirlo?
Él la miró boquiabierto. Su expresión era una mezcla de asombro y remordimiento. Revulsiva.
—¿Qué otra carta? —farfulló—. No entiendo.
—Claro que entiendes, Sasori, así que déjate de juegos. Incluso sé cómo conseguiste mi firma.
—¿Cómo lo sabes? —exigió él—. Quiero saber cómo lo has descubierto.
—Creo que no estás en posición de exigir, hermano —dijo Sakura—. Ni a mí ni a nadie. Además, ¿qué impelía? Ya es demasiado tarde —abrió la puerta y entró en la sala.
Primero vio a Deidara, la viva expresión del desaliento, que escuchaba con cabeza gacha, los quejidos de su esposa, de su cuñada y de Hinata.
A su espalda oyó a Sasori maldecir.
La mirada de Sakura se trasladó a la señora Akasuna, que estaba sentada junto a la ventana, mirando hacia la calle como si el jaleo de la sala no fuera con ella. Sakura sabía que no era así.
—¿Has traído a tu madre? —le preguntó a Sasori, incrédula—. ¿Aquí? ¿A esto?
—Ha sido idea suya, no nuestra. Te juro por Dios, Sakura, que hemos intentado protegerla; pero vio los periódicos y escuchó los rumores de los sirvientes. Preguntó y tuvimos que decirle la verdad —se removió, incómodo—. Lo sabe todo, excepto que Uchiha puede quitarle su casa. Eso se lo hemos ocultado por si, milagrosamente, decide tener un poco de piedad.
—No creo que la piedad entre en sus planes —contestó ella con voz queda.
Cuando iba hacia tía Tsunade, la esposa de Deidara corrió hacia ella y le agarró el brazo.
—Hermana, te esperábamos. Nuestros esposos dicen que esto es la ruina para todos. Pero no puede ser. Dinos qué hacer.
—Creo que ya lo hice, hace unas semanas, y nadie quiso escucharme. Ahora parece que los chicos tendrán que buscarse empleo para pagaros la manicura. El mundo es duro, ahí fuera.
—Eres cruel —sollozó—. Cualquiera pensaría que somos los culpables, y no ese cerdo, ese bruto, Uchiha.
—Creo que sé perfectamente dónde recae la culpa —Sakura le dio la espalda y se encontró con la venenosa mirada de Hinata. Era obvio que seguía odiándola incluso cuando debían estar unidos.
Se arrodilló junto a tía Tsunade y le agarró la mano.
—Lo siento mucho —musitó—. Gracias a Dios tío Madara no sabe lo que está ocurriendo.
—Las semillas de esta cosecha se plantaron hace años, y siempre supe que el fruto sería amargo —la señora Akasuna sonaba tranquila pero cansada—, Madara lo podría haber detenido muchas veces, pero no lo hizo —suspiró—. Tú sólo viste su lado bueno, hija mía, pero podía ser frío y duro como el hielo, incapaz de perdonar. Eso ha destruido nuestra seguridad y nuestras vidas.
Sakura la miró con sorpresa. Nunca la había oído criticar a su esposo antes. Pero tampoco había hablado de la disputa entre familias, quizás porque le parecía un tema demasiado doloroso.
Ella, en cambio, lo había visto como un asunto de rivalidad masculina entre dos hombres poderosos, sin mayor importancia. Nunca había considerado su posible gravedad y, menos aún, que llegaría a afectarla personalmente.
Esa mañana, tras la partida de Sasuke Uchiha, se había quedado donde estaba mientras su mente giraba como un molino, buscando una escapatoria, sin éxito. La mayoría de sus elucubraciones se habían centrado en la frágil mujer que estaba a su lado, que le había demostrado dulzura y afecto desde que llegó a Atenas, cuando era una niña asustada y silenciosa. Ella no merecía perder el confort y la paz mental por el acto de venganza de un hombre que ya le había robado demasiado.
Llevó la mano de la mujer a su mejilla. Pensara lo que pensara del resto de la familia, no podía permitir que tía Tsunade sufriera la ignominia de ser desalojada de su casa. En realidad, no tenía opción, como Sasuke Uchiha había sabido bien.
Sólo podía armarse de valor ante lo inevitable, en intentar sobrevivir.
—No todo está perdido —le dijo con voz queda—. Considéralo una promesa.
Vio que Hinata se acercaba y se puso en pie. Estaba tensa como una cuerda de violín y la hostilidad petulante de la otra chica podrían llevarla al límite. No podía permitírselo. Necesitaba serenidad y control de sus emociones en todo momento, sobre todo si quería que Sasuke Uchiha se arrepintiera eternamente de haberla puesto en la situación en la que estaba.
Era esencial que él no obtuviera más que un placer infinitesimal de su relación. Si eso implicaba retraerse tras una coraza de indiferencia, lo haría. Se juró que no sería una victoria más en sus palmares. Conseguiría que anhelara enviarla de vuelta a casa cuanto antes.
Sin embargo, un momento después, cuando sintió una mano en el brazo, dio un respingo. Pero era un desconocido, un hombre delgado de pelo cano, con gafas.
—¿Señorita Haruno? —inclinó la cabeza con cortesía—. Lamento haberla sobresaltado. Mi cliente, el señor Uchiha, desea saber si ha tomado una decisión respecto a lo que discutieron antes. He de llevarle su respuesta.
—Puede decirle que sí —tragó saliva—. Acepto sus condiciones.
—Bien. Lo haré —asintió él. Se alejó.
Sakura, se preguntó, casi histérica, si el hombre conocía la naturaleza de su conversación. Si sabía que su respuesta la obligaba a compartir cama con su cliente, y si eso le importaba. Pero no sería la primera transacción de ese tipo que había realizado si trabajaba para un hombre como Sasuke Uchiha.
Y no sería la última.
Minutos después indicaron a todos, excepto a la señora Akasuna y sus nueras, que no eran miembros de junta directiva, que fueran a la sala de reuniones. Sakura supuso que él ya había recibido su respuesta.
Se sentó en un extremo de la larga mesa, con Sasori y Deidara ejerciendo de barrera entre Hinata y ella. Aun así, sentía el desagrado de la otra mujer como una llama abrasadora.
Sakura se preguntó a qué se debía. No podía considerarla responsable de lo que había ocurrido.
Los abogados de las dos partes estaban alineados a ambos lados de la mesa y charlaban con civismo, mientras las asistentes ofrecían agua mineral y café espeso y dulzón.
Se mascaba la tensión en el ambiente. La silla de la cabecera de la mesa seguía vacía. El trono del conquistador a la espera de ser ocupado.
Sakura pensó que debería haber informado a sus hermanos sobre su indeseado pacto con Sasuke Uchiha, para que supieran a qué atenerse.
Pero seguramente habrían estallado en cólera, dando al traste con lo poco que había conseguido con su rendición, y no podía arriesgarse a eso.
Además, en el fondo, albergaba la ridícula esperanza de que él cambiara de opinión en el último momento. Que decidiera que ella no merecía la pena y se conformara con su sí de palabra, sin exigir una capitulación física.
Si fuera el caso, no tendrían que hablar y ella podría relegar al pasado la noche anterior. A no ser que… Se negó a pensar en que su primer encuentro sexual pudiera dar un fruto.
Aunque no estaba mirando la puerta, percibió la entrada de Sasuke Uchiha. Sintió un leve temblor que recorría su espalda. Empezó a sudar. Tuvo que controlar el impulso de lamerse los labios resecos y apartarse el pelo del rostro.
Sasuke Uchiha, con voz serena y pausada, les dio la bienvenida en griego. Como si para él fuera un trato más, de muchos.
Para su familia no lo era. Y menos para ella…
Se aventuró a alzar las pestañas y mirarlo, pero él estaba concentrado en el montón de papeles que tenía ante él. Parecía distante y serio.
Mientras el hombre de las gafas, Ari Stanopoulos, esbozaba las condiciones generales de la absorción. Sasori y Deidara hojeaban febrilmente el montón de documentos, con rostro tenso y abrumado. Sus peores expectativas estaban irrevocablemente confirmadas.
—La casa —susurró Deidara al llegar a la última hoja—. No menciona la casa. Tal vez ese demonio conserve un resto de humanidad, al fin y al cabo.
No había bajado la voz lo bastante, porque todos miraron en su dirección y Sasuke Uchiha torció la boca con una mueca cínica.
—Tal vez haya decidido cambiarla por algo que me interesa más, señor Akasuna —miró a Sakura un instante.
Fue demasiado rápido para que alguien se percatara. Pero Sakura notó la caricia de sus ojos, tal y como él pretendía, y su cuerpo llameó bajo la ropa. Tomó un largo trago de agua. Se le había secado la garganta al comprender que la obligaría a cumplir su parte del trato.
Sakura ni siquiera oyó el resto de los términos del contrato. Su mente había saltado al final de la reunión; a las implicaciones del «cambio» al que él se había referido.
Haría lo que tuviera que hacer, cuando él lo exigiera, no más. No protestaría ni suplicaría. No lo miraría si no era imprescindible y, ante todo, no habría ni sonrisas ni lágrimas.
La perorata de Ari Stanopoulos concluyó, dando paso a la réplica de los abogados de los Akasuna. Pero tenían poco que decir, se sabían derrotados antes de llegar a la reunión.
Sakura firmó donde le indicaron. Asunto concluido, sólo faltaban los gritos, que debían de estar a punto de empezar.
—Vámonos —gruñó Sasori, poniéndose en pie cuando los abogados de Uchiha empezaron a felicitarse—. Me estoy poniendo enfermo.
Sasuke Uchiha se levantó también y se hizo el silencio en la sala.
—Sakura mu —dijo, ofreciéndole la mano.
A ella se le encogió el estómago. Tal y como había amenazado, iba a hacer pública su relación.
—¿Te atreves a llamar a nuestra hermana por su nombre? —lo retó Deidara, beligerante.
—No lo entiendes, hermano —posó en su brazo una mano conciliadora—. El señor Uchiha me ha invitado a ser su acompañante una temporada y yo… he aceptado. No hay más que decir.
Con la cabeza muy alta, fue hacia Sasuke, que la esperaba con una leve sonrisa en los labios.
