Capítulo 7

Sakura se estudió en el espejo de cuerpo entero. El ligero vestido de seda color crema, con falda hasta las rodillas y finos tirantes era muy atractivo, pero su diseño impedía llevar sujetador y la avergonzaba cómo el tejido se pegaba a sus senos.

No había tenido intención de cambiarse para la cena, pero Josefina había tenido otras ideas. Seguía órdenes de su amo. Lo primero que hizo fue exigir que le diera el traje gris oscuro.

—El señor Sasuke no quiere volver a verlo, señorita —había anunciado—. Hay muchas cosas bonitas donde elegir —añadió, tentadora.

Sakura contuvo una retahíla de insultos. Discutir por una chaqueta y una falda no cuadraba con su plan de obediencia fría e indiferente.

—Bien —forzó una sonrisa y encogió los hombros—. Puedes recogerlo cuando me duche.

Josefina rebuscó en el armario y sacó la bata plateada que, para asombro de Sakura, había sido lavada y planchada en algún momento del día.

Ya sola, descubrió que en los cajones había un tesoro de lencería de seda y encaje, hecha a mano, que para su sorpresa, era más bonita que erótica.

En el cuarto de baño encontró todos sus productos de aseo, perfume, cremas y lociones, favoritos. Sin duda, eso se debía a la sirvienta sobornada. No soportaba que él supiera tanto cuando, hasta la noche anterior, para ella había sido un desconocido que sólo había visto de lejos.

«Pero que nunca olvidaste…», le recordó una vocecita interior. Se dijo que eso había sido su notoriedad como mujeriego y playboy.

La última vez que había visto los titulares había sido en su trigésimo cumpleaños. Estaba en la piscina del Selene, acompañado de seis bellas jóvenes desnudas, en una «orgía de celebración».

—Es sensacional —había confiado a la prensa una de ellas: Karin, una curvilínea pelirroja, modelo y actriz—. Ahora sé por qué lo llaman Alejandro Magno.

Sakura se había preguntado con desprecio cuántos idiomas había tenido que utilizar esa noche y había tirado la revista a la papelera.

Cuando salió de la ducha, fresca y perfumada, Josefina la esperaba para hacerle la manicura. Sakura, furiosa, pensó que Sasuke debía de preferir las caricias de manos suaves. Después tuvo que soportar, apretando los dientes, que le pintara las uñas de los pies de color rosa.

Odiaba que la estuvieran convirtiendo en un clon de las chicas mimadas que solían salir con él. Pero los cambios eran superficiales, nunca conseguiría cambiarla por dentro.

Sakura estaba segura de que su aspecto exterior no compensaría su falta de experiencia. Ningún hombre la querría como amante. Excepto Sasuke, para satisfacer su deseo de venganza. Era su trofeo, un símbolo de su victoria en una guerra que había durado demasiado.

Quisiera lo que quisiera de ella, seguro que no era la pasividad resentida que le esperaba. Cuando emprendiera su viaje de placer, lo haría solo. Se aseguraría de ello.

Sasuke llegó al Selene cuando caía el sol.

Sakura había pasado la tarde en la suite, inquieta y nerviosa, oyendo los ruidos y órdenes de cubierta y lanchas que iban y venían. Supuso que traían a otros pasajeros. Tal vez otras chicas, para hacer honor a la reputación del yate.

Kostas había ido de vez en cuando, para preguntarle si quería algo y, finalmente, para decirle que la lancha que traía al señor Sasuke estaba en camino. Sin duda suponía que eso la haría correr a cubierta para darle la bienvenida.

—Gracias —le dijo, volviendo a prestar su atención a la revista que estaba leyendo.

Poco después oyó pasos y risas masculinas. Se puso en pie y se secó las palmas de las manos en la falda del vestido. Temblaba por dentro.

Se abrió la puerta y Sasuke entró. Lo primero que pensó fue que parecía cansado. Llevaba la chaqueta y la corbata colgadas del brazo y necesitaba un afeitado.

Aguzó los ojos al verla. Dio un paso hacia ella. Sakura se puso rígida y apretó las manos. Él se detuvo y sus labios se curvaron con sorna.

Kalispera, Sakura mu. Te pido disculpas por hacerte esperar, pero la reunión se complicó —le dijo con tono frío y cortés.

—Si tienes ganas de dar explicaciones, ¿podrías decirme qué hago en este barco?

—Me pareció que estabas pálida y estresada. Decidí que un poco de sol y mar podrían devolverte el color y el ánimo. Y que preferirías un crucero por las islas a quedarle en Atenas.

—Así que chasqueaste los dedos y organizaste esto ¿no?

—Más o menos —se encogió de hombros—. Paso mucho tiempo a bordo del Selene. Es casi como mi hogar y suele estar listo para zarpar. Espero que el personal te haya hecho sentir cómoda.

—Por supuesto. Esto es una prisión de lujo.

—¿Eso es lo que piensas considerarme? —enarcó una ceja—. ¿Tu carcelero?

—Hasta eso sería demasiado halagador —su voz sonó fría como el hielo.

—Sakura mu, ha sido un día largo y difícil. No necesito otra discusión, créeme. Ten cuidado —replicó él—. Zarparemos en quince minutos. Cuando me haya duchado, te enseñaré el Selene. Verás cuántas posibilidades de relax ofrece.

—No. Gracias. Ya he visto el dormitorio, que imagino es la única zona del barco que me concierne, y dudo que vaya a ser relajante. Pero atiende a tus invitados. Seguro que se mueren por inspeccionar las instalaciones, son famosas.

—Aparte de la tripulación y el servicio, estaremos solos —dijo él con una leve sonrisa.

—Pero… Creí que siempre invitabas a un montón de gente —se sorprendió ella.

—En el barco pueden alojarse quince personas —empezó a desabrocharse la camisa—. No son tantas. ¿Estás decepcionada?

—¿Qué más me da? —encogió los hombros—. El Selene es tu yate. Puedes hacer lo que gustes.

—Sí. Y por eso voy a dedicarte toda mi atención, agapi mu. Pero no será tan sencillo como esperaba —hizo una mueca—. Gracias a tus hermanos, los asuntos de mis nuevas empresas están muy complicados; puede que tenga que dejarte sola a veces —sonrió burlón—. Espero que no sea un problema para ti. ¿O quieres que invite a alguien para que te haga compañía en mi ausencia y practicar tus dotes de anfitriona?

—No, por favor —lo miró horrorizada—. Es lo último que deseo.

—Yo pensaba que solo era yo, me alivias —murmuró él—. Respecto al itinerario, ¿tienes algún destino favorito en las Cíclades? ¿Paros o tal vez Santorini? Si es así, sólo tienes que decirlo.

—No he visitado ninguna de las islas —contestó ella tras un breve silencio—. Al tío Madara no le gustaba salir de Atenas. Pero tía Tsunade tuvo una casa en Alyssos. ¿Lo conoces?

—Sí, lo conozco —dijo Sasuke con voz queda.

—Recuerdo que Sasori y Deidara hablaban de las vacaciones que pasaron allí, antes de que naciera Hinata —siguió Sakura—. Pero tío Madara prefería el Peleponeso y ella nunca discutía con él.

—Una joya de mujer —dijo él con tono áspero.

—Sí que lo es —afirmó Sakura—. Piénsatelo antes de decir nada malo de ella, la adoro.

«Además tiene mejor opinión de ti de la que te merecerás nunca», pensó para sí.

—No hace falta que me recuerdes tu afecto por ella. Es la única razón de que estés aquí ahora, y eso se lo agradezco —sonrió de nuevo—. Voy a ducharme. Le he pedido a Mac que cene con nosotros, espero que no te moleste.

—Oh, no —se apresuró a decir ella—. Está bien.

—Al menos será más agradable que estar sola conmigo —ironizó él, de camino al dormitorio.

Ella se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración, por si insistía en que se duchara con él. De momento, estaba a salvo.

Se reunió con ella media hora después. Llevaba pantalones caqui de pierna estrecha y camisa negra, abierta al cuello y arremangada hasta el codo. Estaba recién afeitado.

—Estamos en marcha —dijo—. En ruta a Mykonos para empezar. Luego, ya veremos.

—¿Vamos a cenar en cubierta? —preguntó ella.

—Hace una noche preciosa. ¿Tienes algún problema con cenar al aire libre?

—No, en absoluto.

—Mac me ha dicho que no has salido de la suite desde que llegaste a bordo.

—Puede que sea por vergüenza —replicó, seca—. Todo el mundo en el barco sabe exactamente por qué me has traído. ¿Te das cuenta de lo poco que me gusta que me exhibas así?

—Si nos hubiéramos quedado en Atenas, estarías bajo el escrutinio de mucha más gente. Te acostumbrarás —se encogió de hombros—. Voy a tomar un vasito de ouzo. ¿Quieres? —le ofreció.

—Agua mineral, por favor. El alcohol me da sueño y supongo que no te gustaría eso.

—Muy considerado por tu parte. Sin embargo, la idea de verte adormilada, con la cabeza apoyada en mi hombro, me resulta atractiva.

—Pero a mí no.

—Espero que llegue a parecértelo alguna noche futura —Sasuke alzó su vaso—. Por ti, agapi mu. Eres muy bella.

—Debes de pensarlo, o no estaría aquí.

—¿No puedo hacerte cumplidos?

—Ya has hecho uso de mí. No tienes necesidad de perder el tiempo con cumplidos —tomó un sorbo de agua, consciente de que la observaba.

—Ese vestido te favorece, ¿te gusta?

—Sí, desde luego. Es precioso. Y todo lo demás también. Eres muy generoso —era la prenda más glamorosa y cara que había tenido en su vida—. Pero no estoy acostumbrada a ropa como ésta.

—Me sorprendería oír que los Akasuna te vestían con harapos, pedhi mu.

—Oh, no —negó rápidamente—. Pero tía Tsunade es muy estricta, así que no solía salir por las noches. No necesitaba vestidos como éste.

—Fuiste al menos a un evento social —tomó un sorbo de ouzo—. A un recepción de la embajada.

—¿Te acuerdas de eso? —lo miró sorprendida.

—¿Por qué no? ¿Es que tú no lo recuerdas?

—Alguien me indicó tu presencia —admitió ella—. Por tu acompañante, una modelo llamada Gabriela, que era muy famosa. Bellísima.

—Y también muy delgada. Espero que tengas mejor apetito que ella. Es agotador comer con una mujer que mira hasta la lechuga con suspicacia.

—Creo que alguien le dijo a tío Madara que estuviste allí, porque hubo una discusión y no me permitieron aceptar más invitaciones de Tenten.

—Mi pobre Sakura. Por lo visto, tengo mucho que compensar —hizo una pausa—. Ese vestido necesita algo. Un collar, tal vez —dijo, mirando su cuello y luego bajando la vista hacia sus senos.

—No uso collares —mintió ella—. No me gustan.

—Ah —resultó obvio que no la creía—. Aceptas ropa porque no tienes otra opción, pero otros regalos están prohibidos, ¿es eso?

—No siempre. Esta mañana me regalaste esa carta. Y te lo agradezco mucho.

—¿Qué hiciste con ella?

—La rompí.

—¿Y la tiraste?

—Aún no. Sigue en mi bolso. Cuando tenga oportunidad, la quemaré.

—Tráela. Lo haremos ahora —ordenó Sasuke.

Cuando regresó con el sobre, él tenía una bandeja de metal y una caja de cerillas en la mano. Sakura le dio los fragmentos y los quemó.

—Ya está, pedhi mu. Ahora olvídala. Ya no se interpone entre nosotros.

—¿Cómo puedes decir eso? —echó la cabeza hacia atrás—. ¿Crees que puedo olvidar cómo me trataste? ¿De veras piensas que quemar unos trozos de papel compensará lo que me has hecho?

—No. Pero tenía la esperanza de que fuera el principio de un nuevo entendimiento.

—Pues te engañas. Siempre estará entre nosotros. Si piensas lo contrario, te equivocas.

—Eso podría parecer —dijo él, templado—. Pero espero que no estropee nuestra cena. ¿Vamos?

Para sorpresa de Sakura, la cena fue mejor de lo que esperaba. El entorno era ideal. La mesa, resplandeciente de plata y cristal, estaba en la cubierta principal, bajo un toldo. El mar Egeo brillaba bajo la luna.

La comida fue deliciosa. Empezaron con empanadillas de carne, hojas de parra rellenas, anchoas frescas, salchichas especiadas, tartaletas de tomate y orégano y queso feta. Siguieron con picantones al vino con judías verdes y patatas, acompañados por un refrescante vino blanco seco. La comida la completó una crema dulce con cardamomo y miel.

La presencia de Mac Whitaker alivió parte de la tensión. A Sakura la asombró que los hombres se tutearan. Madara Akasuna no habría admitido esa familiaridad a ninguno de sus pilotos.

Gran parte de la conversación se centró en la reciente remodelación del Selene, así que Sakura apenas habló. Pero, por lo que oía, había tenido un coste altísimo. Sasuke debía de tener dinero a espuertas.

—Señorita Haruno, ¿qué opina de la diosa lunar de Sasuke? —le preguntó Mac Whitaker.

—No entiendo —le dijo, sonrojándose.

—¿No me dijiste que Selene era la diosa de la Luna en la mitología? —le preguntó él a Sasuke—. ¿Y que habías elegido el nombre a propósito?

—Sí. Así es —contestó Sasuke—. Y creo que fue la elección correcta —puso la mano sobre la de Sakura—. ¿No te parece, pedhi mu?

—La verdad es que no —dijo ella con voz fría, retirando la mano—. Circe habría sido más apropiado. ¿No era ella la diosa que convertía a los hombres en cerdos? —vio que Mac tensaba el rostro, pero Sasuke no se inmutó.

—Eso dicen. Pero bastó un hombre mortal, más listo que ella, para domarla. Tal vez deberías recordar eso, Sakura mu.

—Será mejor que os deje ya —comentó Mac, apartando su silla—. Buenas noches a los dos.

—Di lo que tengas que decir —desafió Sakura, cuando estuvieron solos.

—¿No crees que te facilitarías las cosas si utilizaras tu energía para complacerme, en vez de intentar irritarme?

—Te las facilitaría a ti, sin duda —alzó la barbilla—. Puede que te sorprenda, Uchiha, pero no voy a degradarme para complacerte, me pertenezco a mí misma y eso no cambiará por mucho tiempo que me obligues a pasar en tu gastado colchón.

—Como quieras —se encogió de hombros—. Pero eso no cambiará mi decisión —hizo una pausa—. Pero tu descripción del colchón es errónea, Sakura. Si hubieras escuchado durante la cena, sabrías que la suite principal ha sido totalmente renovada hace una semana. Todo es nuevo, incluida la cama, que espero te resulte cómoda.

Esbozó una sonrisa fría, casi impersonal.

—¿Te parece que entremos a comprobarlo?

Ella había intentado alargar la cena al máximo, comiendo despacio y tomando un segundo café, para retrasar el momento de estar a solas con él. Pero el momento había llegado. Se levantó y lo siguió sin protestar, no habría servido de nada.

Entraron a la suite y Sasuke cerró la puerta.

—Voy a tomar un brandy. ¿Me acompañas?

Ella negó con la cabeza, apenas había probado el vino y estaba completamente sobria.

—En ese caso, te aconsejo que te retires. Pronto me reuniré contigo.

Ya en el dormitorio, Sakura cerró la puerta, se apoyó en ella y suspiró. Las lámparas estaban encendidas y la cama abierta. Había una prenda blanca encima. Sakura comprobó que era un camisón largo con tirantes finos y diminutos botones satinados cerrando el escote.

Una prenda que ella habría elegido, si su presupuesto lo permitiera. Era muy discreta. Se preguntó, irónica, si había sido idea de Josefina.

En el cuarto de baño se lavó, se cepilló los dientes y se puso el camisón. El espejo confirmó que era casi opaco. Salió y fue hacia la cama.

La puerta se abrió Sasuke estaba en el umbral, descalzo y con la camisa desabrochada. No habló, se limitó a mirarla.

Aunque ella sabía que el camisón ocultaba su cuerpo, se sintió más vulnerable que la noche anterior, estando desnuda. Tomó aire, alzó la barbilla y lo miró a los ojos, intentando disimular su inexplicable timidez.

Él siguió inmóvil, contemplándola. Cuando por fin habló, su voz sonó áspera, casi ronca.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó.

Para Sakura, fue como un golpe en el estómago. Dio un paso atrás, muda de asombro.

—¿Estás de broma?

—Te estoy pidiendo que seas mi esposa. ¿Aceptas?

—¡No! Dios mío, no. Ni aunque el mundo fuera a acabar mañana. Tienes que estar loco, o borracho, para sugerir algo así.

—¿Por qué te parezco tan inaceptable? —su rostro era un juego de planos y sombras. Su boca una fina línea. El rostro de un desconocido.

—Yo diría que es obvio, incluso para ti.

—Si lo fuera, no preguntaría. Dímelo. Dijiste que estabas dispuesta a serlo, por escrito.

—Eso fue una broma, y mala. Si estuviera en mi mano, no pasaría ni una hora más contigo. ¿Por qué iba a atarme a ti de por vida? —Inhaló con fuerza—. ¿Creías que comprarme un vestuario entero me haría cambiar de actitud? Eres rico y caprichoso, Sasuke Uchiha, el peor esposo posible. No te aceptaría ni envuelto en papel de regalo. Además, tú nunca has querido casarte, ¿qué objetivo tiene esta ridícula proposición?

—Tal vez —dijo él lentamente—, su objetivo sea esa recompensa que mencionaste antes. Y también —siguió—, garantizar que si ayer engendramos un hijo, pueda llevar legalmente mi apellido.

—Por favor, no te preocupes de eso —escupió Sakura con desdén—. En el remoto caso de que estuviera embarazada, no sería por mucho tiempo. Un hijo mío tendrá que ser de un hombre al que ame y respete; tú no cabes en ese escenario. La única manera de compensar tu comportamiento sería ponerme en el siguiente vuelo a Londres, para que no tenga que verte nunca más. Pero supongo que eso no entra en tus planes.

—No —musitó él—. Desde luego que no.

—Entonces, olvidemos esa bobada del matrimonio. Volvamos a centrarnos en la razón por la que estoy aquí. ¿Te refresco la memoria?

Llevó las manos a los botoncitos del escote del camisón y los soltó. Deslizó los tirantes hombros abajo y dejó que la prenda cayera a sus pies.

Luego, provocativa, se puso una mano en la cadera y se apartó la melena del rostro con la otra.

—Lo que ves es lo que hay. Y es lo único que tendrás de mí. La cena ha sido fantástica y seguro que ahora esperas tu propio festejo privado. Intentaré no decepcionarte… por esta vez.

—Te lo agradezco, desde luego, pero mi apetito se ha esfumado de repente. Buenas noches —dijo Sasuke con voz gélida. Salió y cerró la puerta.

Sakura lo oyó salir de la suite. Supo con certeza que no iba a volver.