Capítulo 12
A Sakura no le resultó fácil escribir a Ino. Tras varios intentos consiguió una versión positiva, casi animosa, respecto a la oferta de Servicios del Hogar, que ocultaba su miedo.
Así que los dos empezaremos una nueva vida, concluyó. Con mi parte podré viajar y hacer algo distinto, si quiero. ¿Fantástico, verdad? No te preocupes, volveré a tiempo para tu gran día. Firmó la carta y la metió en un sobre.
En algún momento de la tarde había oído al helicóptero despegar. Supuso que llevaba a los invitados de Sasuke de vuelta a casa y temió que él se hubiera ido también.
Tras la puesta de sol, Josefina llamó a su puerta para ayudarla a elegir algo glamoroso que ponerse para dar la bienvenida al señor Sasuke. Eso dejó claro que no se había ido.
Pero Sakura rechazó su ayuda. Esa noche se vestiría sola, para ser desvestida más tarde. Sintió un cosquilleo de miedo y excitación.
Había decidido ponerse un sencillo vestido sin mangas, de sedosa tela verde oscuro que se pegaba a sus curvas. Se duchó y se dejó el pelo suelto, como le gustaba a Sasuke. Se perfumó, se puso rímel y se pintó los labios. Luego, armándose de valor, fue a buscarlo.
Estaba el salón con Ari Stanopoulos, charlando y bebiendo ouzo. Volvió la cabeza al oírla llegar y, sin sonreír, miró su cuerpo de arriba abajo con descaro. Si hubiera estado solo. Sakura habría ido directa a él y le habría ofrecido sus labios con una muda invitación.
—Te alegrará saber que ha prevalecido el sentido común —le dio el sobre, aún abierto.
—¿Seguro que quieres que lea esto? —preguntó él alzando una ceja con ironía.
—He seguido tu consejo. Léela.
Él leyó la carta y se la dio al abogado.
—¿Quieres que Ari se ocupe de la transacción?
—Sería lo mejor —forzó una sonrisa.
—Prepararé los documentos —el abogado la miró con amabilidad—. No puede haber sido una decisión fácil, señorita Haruno.
—No. Al principio me horrorizó la idea —Sakura se sonrojó al recordar cómo había irrumpido en la reunión—. Pero, una vez más, me han hecho una oferta que no puedo rechazar.
Se arrepintió de sus palabras al ver que Sasuke serio, apretaba los labios. Fue al sofá y simuló leer una revista mientras lo miraba de reojo. Llevaba un pantalón claro y una camisa azul de manga corta que realzaba el moreno de su piel. Sólo con verlo se le aceleraba el pulso.
Pensó que tal vez esa noche sería ella la que lo desnudara a él, antes de entregarse a las fantasías que la habían desvelado durante su ausencia. Intentaría compensarlo, si él se lo permitía.
Estuvo nerviosa durante la cena, demasiado consciente de Sasuke, de su cuerpo, sus gestos y el tono de su voz. Tuvo que obligarse a comer.
Cuando sirvieron el café, Ari Stanopoulos le preguntó sí le gustaba la isla.
—Lo que he visto es muy bonito —sonrió—. Pero he pasado casi todo el tiempo en la playa.
—Eso cambiará ahora. El señor Uchiha conoce cada centímetro de Alyssos desde la infancia. Es el mejor guía posible —se volvió hacia Sasuke—. Tienes que llevar a la señorita Haruno a las montañas, amigo mío.
—Claro. Por eso he vuelto —afirmó Sasuke, serio.
—Tal vez podría decirme dónde solía vivir la señora Akasuna —le dijo Sakura a Ari—. Me gustaría visitar el lugar que ella tanto quería.
—No lo aconsejo —dijo Sasuke, tras un tenso silencio—. No hay nada que ver.
—Pero habrá una casa —lo miró extrañada—. Sasori y Deidara decían que estaba rodeada de olivos y había un sendero que llevaba al mar —hizo una pausa—. No molestaría a los nuevos propietarios. Sólo quiero decirle a tía Tsunade que la he visto, aunque sea de lejos.
Ari Stanopoulos iba a decir algo, pero Sasuke alzó una mano para detenerlo.
—Si es lo que quieres, te llevaré. Un día.
No añadió «antes de que te vayas», pero no hizo falta, quedó implícito en el tono de su voz.
—Esperaré ese día con ansia —Sakura alzó la barbilla, dolida, y se puso en pie—. Seguro que tenéis cosas que hablar, tomaré el café en el salón.
Sola de nuevo, Sakura intentó leer, pero no pudo concentrarse. Tampoco fue capaz de escuchar música, ni de ver la televisión. Hora y media después, apareció Zeno.
—El señor Uchiha ha pedido más café. ¿Quiere usted también, señorita?
—No, gracias —contestó—. Estoy cansada, así que iré a mi habitación. Por favor, dígaselo al señor Uchiha.
Sintiéndose vacía por dentro y debatiéndose entre la tristeza y la ira, fue a su dormitorio.
Las lámparas estaban encendidas, y el camisón sobre la cama, como siempre. Lo guardó en el cajón, se desvistió y se metió en la cama desnuda. Después apagó las luces y esperó.
La puerta de la terraza estaba abierta y se oía el rumor del mar. Hacía una noche preciosa. Se dijo que esa noche pondría fin al distanciamiento entre Sasuke y ella. Haría cuanto él quisiera. Conseguiría borrar la frialdad de sus ojos y devolver la pasión a su voz. Le diría con el cuerpo lo que no se atrevía a decir con palabras.
Un rato después empezó a adormilarse. Las cosas no iban según su plan. Le extrañaba que Sasuke siguiera con el señor Stanopoulos. Murmuró su nombre. Necesitaba sentirlo dentro de ella.
Se quedó dormida y cuando despertó la casa estaba en silencio. Comprendió que pasaría la noche sola y las lágrimas humedecieron su rostro.
La siguiente vez que abrió los ojos, brillaba el sol. Josefina había estado allí, porque en la mesilla había una bandeja con café, ya frío.
Oyó el ruido de un helicóptero despegando. Se incorporó bruscamente, con el corazón desbocado. «No, por favor», pensó. Saltó de la cama y se puso unos pantalones cortos blancos y una blusa turquesa. Luego fue hacía la terraza.
—¿Le traigo el desayuno, señorita? —le preguntó Zeno, con la cortesía habitual.
Ella captó un destello de compasión en sus ojos. Todos sabrían ya que el señor Sasuke no había buscado su compañía la noche anterior. Y que sus días en Alyssos estaban contados.
—No tengo mucha hambre, gracias —cuadró los hombros—. Hace un rato oí el helicóptero. ¿Ha vuelto el señor Uchiha a Atenas?
—No, señorita. Trabaja —la miró con asombro—. Es el señor Stanopoulos quien se ha ido.
—Ah, entiendo —le costó mantener un tono de voz indiferente y ocultar su júbilo por la noticia.
Tenía que ver a Sasuke y saber cómo estaban las cosas. Entró en la casa y fue directa al despacho. Iorgos no estaba de guardia, así que llamó y entró.
—Buenos días —saludó Sasuke. Hizo una anotación al margen de un papel—. ¿Querías hablar con Ari? Si es así, lo lamento. Ya se ha ido.
—¿Por qué iba a querer hablar con él?
—Pensé que tal vez tenías algún mensaje privado para que lo llevara a Londres. Pero veo que no es así. Espero que hayas dormido bien.
—Sí, al final —Sakura tragó saliva—. Pero tardé en dormirme. Te estuve esperando.
—Me halagas —tachó un párrafo entero.
—Pero ahora me pregunto por qué sigo aquí —continuó ella con coraje—, si ya no me deseas.
—Yo no he dicho eso —siguió mirando el papel.
—¿Qué ocurre entonces? ¿Sigues enfadado porque interrumpiera tu reunión ayer?
—No —Sasuke dejó el bolígrafo y se recostó en la silla—. Tal vez, Sakura mu, necesite alguna evidencia de que tú me deseas —dijo, seco.
—No entiendo…
—No es tan difícil —se encogió de hombros—. Sabías dónde estaba anoche. Admites que te costó dormirte, pero aun así preferiste seguir sola.
—¿Quieres decir que esperabas que fuera a buscarte? ¿A pedirte…? —movió la cabeza—. No lo creo. Además, yo no podría… —se mordió el labio.
—Entonces, dormir solos se convertirá en costumbre —volvió a centrarse en los documentos.
Sakura comprendió que era un ultimátum y que sólo la capitulación total bastaría. Se le cerró la garganta, pero se obligó a hablar.
—Estoy aquí ahora.
—Lo sé —no alzó la cabeza—. Por desgracia, tengo una cita para almorzar en el otro extremo de la isla. Tendrás que disculparme.
—Entiendo —se quedó inmóvil, absorbiendo el dolor de su rechazo—. Así que ¿no iré contigo?
—Mi anfitrión es amigo de mi padre. Sakura. Buen hombre pero muy convencional, igual que su esposa. No aprobarían tu presencia en la isla, y menos en la casa de los Uchiha.
—Ya —tomó aire—. Pero, si te preocupa lo que piense la gente, ¿por qué me has traído aquí?
—Para tener paz e intimidad —farfulló él—. Hay controles en el puerto. No se admiten fotógrafos ni reporteros en Alyssos. En cambio, el Selene es un imán para ellos. Nos habrían perseguido.
—Entiendo que no te guste la prensa. El capitán Whitaker me contó lo que ocurrió realmente en tu fiesta de cumpleaños.
—Muy amable por su parte —alzó una ceja.
—Siento lo que pensé… y lo que dije al respecto —añadió ella apresuradamente.
—No tiene importancia —encogió los hombros—. Al menos no había fotógrafos. El tipo que te vio en mis brazos en Mykonos debe de haber ganado una fortuna con la foto. Ha salido en todas partes.
—¿No es eso lo que querías? ¿Que todo el mundo supiera que te pertenecía?
—Puede. Pero he descubierto que la venganza no es tan dulce como esperaba. Si me disculpas, tengo que acabar lo que estoy haciendo.
—Sí. Claro. Te veré más tarde —salió.
Sakura pensó que no estaba obligada a complacerlo. Podía quedarse en su dormitorio hasta que él se aburriera y decidiera enviarla de vuelta a Inglaterra. Sería lo más sensato y seguro.
Pero tal vez Sasuke no lo viera así. Le había dicho una vez que era un reto para él. Quizás conseguir su rendición incondicional no fuera sino un paso más en su juego de venganza. Un juego que pretendía ganar para pasar a la siguiente conquista, ya fuera empresarial o personal.
También tenía la opción de no luchar. Él había dicho que la retendría hasta que ella ya no deseara marcharse. Bastaría con aferrarse a él día y noche y esperar a que se aburriera de ella al comprender que podía empezar a darle problemas.
Pero antes de eso, disfrutaría de esa noche.
La tarde se le hizo eterna. Cuando Zeno fue a decirle que el señor Sasuke cenaría en el puerto con unos amigos y enviaba sus excusas, Sakura ya se había preparado para algo similar y recibió la noticia sonriente y serena.
No era una derrota, sólo un retraso.
Después de cenar, vio una película. Luego fue a su dormitorio. Se dio un largo baño perfumado, se puso la bata plateada que Sasuke le había regalado y se tumbó en la cama a esperar.
Pasada la medianoche fue al dormitorio principal.
Giró el pomo y entró. La luna iluminaba la habitación. Sasuke estaba en el balcón, en bata, de espaldas.
—Sasuke —murmuró—. Sasuke mu.
Él se volvió lentamente y la miró como si no diera crédito a sus ojos.
—Estoy aquí ahora —le dijo. Soltó el cinturón de la bata y se la quitó. Rezó para que no la rechazara.
Él cruzó la habitación, la abrazó y atrapó su boca con deseo casi salvaje. Ella se aferró a su cuello y enredó los dedos en su pelo.
Sasuke la llevó a la cama, se quitó la bata y la penetró sin más preámbulos. Ella alcanzó el orgasmo un instante después, convulsionándose con espasmos de placer y gritando contra su hombro. Después, él esperó a que se recuperara acariciándole el pelo.
Avergonzada por la intensidad de su reacción, Sakura cerró los ojos y ocultó el rostro en su pecho. Acababa de demostrarle cuánto lo deseaba.
—Cielo, no te escondas. Tu placer es el mío —dijo él voz ronca. Empezó a besarla lentamente, rindiendo homenaje a sus párpados, mejillas y labios antes de descender hacia sus senos y trazar círculos con la lengua alrededor de sus pezones hasta hacerle gemir.
Como ya no había razón para simular indiferencia, ella lo acarició a su vez. Recorrió sus hombros y espalda hasta llegar a las poderosas nalgas y sus largos muslos. Exploró su cuerpo con un deleite que superaba todas sus fantasías.
Volvió a excitarse, sintiéndolo en su interior y sabiendo que su deseo no había sido saciado por esa posesión inicial. Se arqueó hacia él, ofreciéndose. Sasuke masculló algo y empezó a moverse, estableciendo el poderoso e irresistible ritmo que ella recordaba de la última vez que habían hecho el amor.
Una vocecita interior le recordó que no era amor. Al menos no amor como el que ella anhelaba con toda su alma. No era sino un apasionado intercambio de placer físico.
Él atrapó su boca y recorrió todo su cuerpo con las manos. Sakura dejó de pensar.
El ritmo se aceleró y ambos quedaron ciegos y sordos a todo lo que no fuera la espiral ascendente hacia el éxtasis. Gritaron al mismo tiempo.
Después, aún unidos y húmedos de sudor, se quedaron inmóviles, en silencio.
«No me dejes», pensó ella, pero supo que lo había dicho en voz alta al oír que él se reía.
—No pienso irme a ningún sitio, belleza mía. ¿Me has echado de menos, siquiera un poco?
—Creo que ya sabes la respuesta a eso.
—Sí. Pero tal vez necesite oírtelo decir.
—Entonces, sí. Te he echado de menos.
«¿Y tú, amor mío? ¿Si te preguntara lo mismo, dirías «Sí» o titubearías porque te has consolado con Domenica u otra mujer?»
—Por fin —musitó Sasuke. Giró y la atrapó bajo su cuerpo—. Ahora dímelo otra vez, pero esta vez sin palabras, agapi mu.
