Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 16
No importaba las explicaciones que me diera.
La decepción que sentía iba más allá de una verborrea carente de sentido común. Y es que mi hermana no parecía comprender lo que estábamos viviendo.
― ¿Sigues enojado conmigo? ―Kate preguntó al sentarse a mi lado. Pasó sus dedos por mi pelo, en un intento por hacerme sonreír―. No hice nada malo, Edward. Solo necesitaba un poco de ropa y Jasper aceptó comprarme. No fuimos solos, sino acompañados por Alice.
― Kate, te expliqué que necesitábamos cambiar nuestras costumbres. No podemos comportarnos como si nada pasara en nuestra vida. Pensé que eras capaz de comprenderlo.
― Edward… ―abrazó mis hombros y besó mi mejilla― por favor no te enojes. Necesitaba ropa nueva para sentirme bien, en este lugar me asfixio y siento que envejezco por segundo.
Miré sus ojos. Me negaba a aceptar que fuéramos unos seres tan frívolos, pero su conducta me desanimaba .
Exhalé suavemente.
― Te pedí paciencia, sobre todo prudencia, Kate. No son tiempos para ir de compras.
― Te escuchas como Bella. Ella dice lo mismo ―hizo un puchero― que debo apoyarte, pero en realidad no veo cómo, no sé qué hacer. Nunca he sabido hacer nada más que no sea viajar e irme de compras, tú resuelves mi vida entera con solo esas dos cosas. O bueno… la resolvías.
― No te pido nada más que no sea mantenerte en la hacienda.
― Y lo hago, solo que aquí me aburro mucho.
Kate parecía más una niña berrinchuda que una joven con dieciocho años. Me sentía culpable por su reacción. No la había educado adecuadamente y él descubrirlo me hacía sentir miserable.
― Kate, ¿qué piensas de todo esto? ―Habíamos hablado varías veces del tema, mas nunca tan en serio cómo debimos hacerlo.
― Bueno, estoy contigo. Creo que el padre de Bella nos ayudará y si no funciona, estaré contigo hasta el final.
― ¿Has pensando lo que pasará si no logran hallar al responsable?
Los orbes verdes de Kate se abrieron con sorpresa. Luego se siento sobre sus piernas en la cama y frunció las cejas antes de empezar a morder sus uñas.
― ¿Podrías ir a la cárcel? No, no es posible, ¿verdad?
― Si algo pasa, te he dejado protegida ―revelé―. Tengo una cuenta con una cantidad suficiente para ti, solo me tienes que prometer que cuidarás de ti y de ese dinero. No es para despilfarros, Kate. Quiero que estudies y te hagas cargo de tu vida.
― No ―me abrazó con fuerza―. No quiero que hablemos de despedidas ni de nada que involucre tu presencia lejos de mí. No podría vivir sin ti, Edward. No lograría hacerlo.
― Hemos vivido más tiempo separados que juntos ―le recordé mientras simulaba una sonrisa―. Tal vez solo debes imaginar que estoy viajando.
Kate en ningún momento sonrió. Se mantuvo pensativa y con su mirada perdida.
Nuestra conversación continuó el resto de la noche. Hablamos de viajes, culturas y gustos. Pero cuando llegamos a nuestros miedos, ambos coincidimos que teníamos miedo al futuro.
Esa noche fue la primera vez que mi hermana se quedó dormida en mis brazos, tal vez inconscientemente buscando la protección que necesitaba de mí.
.
.
¿En qué otro lugar podía estar? El picadero era sin duda el sitio preferido de ella.
La hora se volvía irrelevante para Isabella y su amado caballo.
― Hola bandolero.
Empezaba a causarme risa ese ridículo sobrenombre.
― ¿Quieres acompañarme a montar? ―Me dijo después de un guiño.
― Aún no soy bueno ―admití―. ¿Quieres llevarme, tú?
Isabella negó.
― Me gustaría, pero prefiero que aprendas bien. Pediré un caballo para ti, titán es el más manso.
Acepté. Los trabajadores no tardaron ni tres minutos en traer a titán para mí. El caballo pinto más noble que había en los establos.
No era tan difícil subir al caballo. Había aprendido que subir y bajar era siempre por el lado izquierdo, también sabía que era cuestión de impulso y precisión.
Una vez que logré subirme, mis brazos se pusieron en un firme ángulo tirando de las riendas; el caballo empezó a cabalgar fuera del salpicadero.
Era extraño que mis nervios no se alteraran. Ahora disfrutaba cada hermoso paisaje que podíamos descubrir, el territorio Swan guardaba suficientes lugares de extensa vegetación dignos de postales.
Descansamos bajo grandes robles. Hicimos un poco de senderismo y terminamos tumbados entre la crecida hierba, viendo la forma de nubes después de hacer el amor.
― Me preocupa que estés tan callado ―susurró Isabella mientras deslizaba la punta de un dedo por mi mandíbula.
― Solo estoy pensando en nosotros.
Su cuerpo sudoroso se pegó al mío. La incomodidad de la hierba molestando nuestros cuerpos ya no era un problema como antes, quizá me había acostumbrado.
― ¿Y qué piensas?
Besé su frente y la aferré con fuerza a mí. Uno de mis brazos estaba detrás de mí cabeza sirviendo de apoyo mientras mi mirada seguía perdida en el cielo azul.
― Pienso mucho en el futuro.
― Mmm… ―empezó a besar mi cuello― ¿y qué más?
― Isabella, si algo pasa conmigo, prométeme que seguirás con tu vida ―la molestia en mi garganta quebró mi voz.
― ¿A qué viene eso?
― Sabes a lo que me refiero.
Ella alejó su rostro buscando mi mirada.
― No, no sé. Explícame.
― No quiero que dejes tu vida por visitas conmigo ―le expliqué―. Quiero que me demuestres que nada te detendrá, porque sé la capacidad que tienes. Eres una mujer inteligente con un futuro prometedor, eres la alegría de tu padre y hermano. Ellos esperan que seas una gran veterinaria y estoy seguro que lo vas a lograr.
Frunció el ceño. Esa jodida arruga en su entrecejo había aparecido, con la punta de mi dedo intenté desvanecerla. No me gustaba verla enojada.
― Hablas como si fueras a estar encerrado ―murmuró a la vez que se vestía con esa camisa de cuadros―. El señor Biers y mi padre están trabajando en tu caso, no deberías desconfiar.
Solté una breve exhalación antes de sentarme, deslicé la camisa por mis brazos y empecé a abotonarla.
― Han pasado meses, Isabella. Por mucho que confíe en tu padre y su abogado debo ser realista y pensar en otra posibilidad. ¡Puedo ir a la cárcel!
Se incorporó casi de un salto.
― No. No debes ser negativo, no irás a la cárcel, mi padre jamás lo permitirá.
Me puse de pie. No quería gritarle, pero había tanto resentimiento en mí, tanta desilusión.
― Quiero que medites lo que te he dicho ―dije.
Levantó su mentón de forma altanera, me enfrentó con su mirada y dio media vuelta.
Se había encabronado. Por esa razón levantó de mala gana su sombrero y se montó con brusquedad en catrín.
― No meditaré nada ―espetó―. Sé que pronto esto terminará y no será más que una horrible pesadilla en tu vida, incluso yo.
Me monté en el caballo cuando la vi galopar. Debía alcanzarla.
― Espera… ―grité, dándole alcance―. Isabella, eres lo más hermoso que me ha sucedido. Nunca lo dudes, nena.
Una sonrisa se asomó en sus labios. Se quitó el sombrero y luego de acomodar su larga melena castaña volvió a ponerlo en su cabeza.
― Entonces, demuéstramelo. No me pidas que siga mi vida y no sé qué más tonterías, porque no haré nada. Estaré a tu lado pase lo que pase porque te amo, Edward.
Sonreí. Ella tenía una buena manera de ponerme feliz.
― Te amo, Isabella ―esa confesión salió de mi pecho.
Acercó su rostro y me dio un beso fugaz en los labios.
― No voy a dejarte, Edward. Jamás te dejaré a tu suerte ―prometió―. No importa lo que pase, no estás solo.
― Gracias por estar en mi vida.
― No lo agradezcas… que me desquito muy bien ―me dio un guiño antes de salir a todo galope.
.
.
― Buenas tardes ―saludé al entrar al despacho.
Swan, Biers y Jasper pusieron sus ojos en mí al verme entrar. No sabía si era por mi ropa sucia y botas con barro, no era la indumentaria adecuada, pero fui llamado cuando estaba en el establo junto a James y no hubo tiempo para darme una ducha.
― ¿Qué sucede? ―pregunté― ¿por qué esas caras?
― Ven aquí, muchacho ―pidió Swan―. Lee esto.
Tendió un dossier. En él había copias de varias cuentas bancarias a nombre de Joseph Gerandy, incluso estaba impresa su firma en la mayoría de los documentos, la firma de él y también… la mía.
― Tenemos al culpable ―dijo Biers con una mueca que no supe interpretar.
Miré los ojos azules de Jasper. No entendía o mejor dicho; mi cerebro estaba tardando en procesar la información leída.
― Lo llevaremos a juicio ―susurró Jasper, poniendo una mano en mi hombro.
― No entiendo ―logré pronunciar.
― Gerandy es el causante, muchacho ―mencionó Swan―. Ese maldito hijo de perra tejió bien su juego para culparte.
Me quedé sin voz… sin palabras.
Entré en una especie de limbo donde mi mente empezó a vagar en el anciano que me había enseñado el mundo de los negocios.
El mismo que me había hundido.
Hola, ¿esperaban qué fuera Gerandy? No quiero dar un número exactos de capítulos porque puede ser que falle, solo les digo que nos quedan pocos.
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