Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenece; me adjudico la trama de la historia.

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P.S.I.C.O.S.I.S

Caos

- Yamato – suspiro.

Recordar, aunque sea sólo su nombre, produce en mí una sensación extraña; se me agota el aire y mis ojos se llenan de lágrimas que luchan por salir. Conocerlo fue mágico, en realidad no, pero así lo sentía yo. Era una adolescente en su primer amor.

En un comienzo todo era perfecto. Él iba por mi todas las mañanas para ir juntos al instituto; me recibía con suave y tímido beso en la mejilla para luego tomar mi mano. A su lado no me sentía sola ni angustiada, verlo sonreír bastaba para que mi día, y sobre todo, mi vida fuera maravillosa.

Pero la felicidad fue sólo por los primeros meses de nuestro noviazgo. Comenzó a tomar actitudes que no me gustaban como prohibirme estar con mi mejor amigo Taichi o nuestros propios compañeros de salón, también me presionaba para que nos besáramos en cualquier lugar. Era una muchacha tímida y, en cierta medida, lo sigo siendo.

Cuando no accedía en esta última petición, se tornaba violento, me gritaba. Sus palabras eran hirientes, calando hondo en mi corazón perra era la más usaba. Me acusaba de no querer besarlo porque lo engañaba con otro.

En esos momentos no dejaba de llorar, sabía que no existía alguien más, ya que él era lo primordial en mi vida… ¿tan difícil era que lo entendiera? Soportaba sus gritos para no perderlo. ¡Qué ilusa al pensar que así lograría algo! Él no me quería, él sólo deseaba.

Siento como las lágrimas corren sin parar por mis mejillas. Es doloroso remontarse a un pasado que no fue lo que siempre soñé.

A pesar de todo seguí a su lado. Nuestros amigos no comprendían su actitud agresiva ni la mía sumisa. Yo deseaba con todo mi corazón que esto no terminara, que el chico dulce y tierno, que era en un principio fuera mi novio, regresara, lo necesitaba.

Pasó el tiempo y Yamato ya no sólo me gritaba sino que… me golpeaba. Él quería que tuviéramos relaciones sexuales, pero yo me negaba. Soñaba con que ese momento fuera especial y no por su calentura ni celos sin justificación. Sin embargo, todo cambió y esta vez fue definitivo.

Recuerdo muy bien que era un día viernes y para variar con Yamato habíamos peleado el día anterior. Nadie sabía de los golpes que me daba, puesto que los sabía esconder muy bien. Esta vez no me pegó y se lo agradecí internamente, ya no sabía qué hacer con las diversas marcas que tenía en mi cuerpo.

Ya no salía por miedo a que se molestara y los pocos amigos que tenía ya casi no existían. No me llamaban y mi relación con ellos constaba en un casto saludo por los pasillos del instituto, mi novio era todo lo que tenía.

Por esa razón es que me extrañó escuchar el timbre del departamento, mi mamá se encontraba de viaje y no pensé en ese momento quien podría ser. Al abrir mi sorpresa fue casi predecible.

Era él y se encontraba ebrio. Me sonrió, avanzó hasta el interior del recibidor y cerró de golpe la puerta; luego tomó mi cara entre sus grandes manos y me besó con desesperación. Sentí el alcohol en su boca y también sexo, lo que me produjo asco.

- ¡Aléjate! – le grité con lágrimas en los ojos al separarme a la fuerza de él. Él era el que me engañaba y me culpaba a mí ¿Cómo se atrevía?

- No, Sora, esta vez vas a ser mía – me dijo con voz calculadora mientras se acercaba otra vez y yo retrocedía. Me acorraló entre su cuerpo y el respaldo del sofá.

- Por favor, Yamato, estas ebrio y hueles a sexo ¡me engañas! No tienes derecho sobre mí, esto se acabó – traté de zafarme, pero su agarre fuerte me lo impidió. Me dio una cachetada que me hizo sangrar.

- Perra yo decido cuando se acabo esto y ahora quiero que seas mía. Es mejor que colabores, preciosa – me amenazó.

Mientras lloraba él dejaba besos húmedos en mi cuello y masajeaba mis senos por encima de mi camiseta.

- Eres tan perfecta, lástima que tan tonta – ¿qué?

Su mirada estaba impregnada de deseo y lo supe: ya no existía escapatoria. Me volvió a pegar una cachetada y me arrastró a mi cuarto. Yo lloraba, me sentía débil y sucia. Me arrojó sobre la cama y se quitó la camiseta junto a los zapatos.

Yo traté de escapar, pero me tiró fuerte sobre la cama otra vez. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó introduciendo su lengua hasta el fondo de mi garganta. Al terminar con mi boca me jaló del brazo para sentarme y romper mi camiseta.

Acarició mis pechos por encima del brasier y buscó de manera ansiosa mi boca. A tientas encontró el borde del short que llevaba puesto y lo bajó de un tirón. Sus besos descendieron por mi cuello hasta llegar a mis pechos.

- Sácate el brasier – me ordenó. Negué con la cabeza y me cacheteó, otra vez.

Mis lágrimas silenciosas se deslizaban por mi rostro mientras desabrochaba la prenda que cubría mis pechos ya manoseados. Cuando notó que había terminado, lo quitó con fuerza y acercó su boca para succionar mi pezón izquierdo y jugar con el derecho. Para mí no existía placer; sentía asco, repulsión.

No seguí sintiendo su peso y al levantar la vista me topé con su imagen casi desnuda.

- No, Yamato, no lo hagas – le rogué en silencio.

Sabía que era fácil saber lo que estaba pensando y él lo intuyó. Su respuesta fue una sonrisa maliciosa y dejó caer la última prenda que poseía, su bóxer. Se acercó a la cama sosteniendo su pene entre las manos y al llevar a mi me golpeó en el estómago.

- Vamos a ver cómo me lo chupas – y al instante introdujo con fuerza su masculinidad en mi boca.

Me dieron arcadas y sentí la bilis subir por mi esófago. Entraba y salía con fuerza, no podía respirar y no podía pararlo para decirle que no siguiera. Se notaba en su cara como disfrutaba con aquello y yo no hacía más que llorar. Siguió y siguió hasta que sentía que gritaba con fuerza y un extraño líquido se acumulaba en mi boca.

- Muy bien, zorrita, aunque puedes mejorar – en sus ojos se reflejaba mi rostro demacrado bajo el ciego placer que poseía.

No alcancé a recuperar el aliento y me embistió con fuerza. Grité de dolor y se rió de mí. Sus movimientos eran cada vez más fuertes y sus gemidos más altos.

- Vamos, puta, gime mi nombre y disfruta al igual como lo haces con los que me engañas – me gritó.

¿Es que acaso no se ha dado cuenta de que era virgen? Me costaba respirar y no sentía los músculos de mi vagina. No le bastó con las fuertes entradas y salidas de mi cuerpo, sino que las empeñó de tal forma de quedar frente a mí y con sus manos en mis pechos.

Los apretaba más y más fuertes y yo mordía mis labios para no gritar. Cuando las paredes interiores de mi vagina se estrecharon sentí como gimió frutalmente al llegar a su ansiado orgasmo. Sacó su pene y me di cuenta que me penetró sin protección.

- Date la vuelta, hermosa – no sentía mi cuerpo, no podía moverme. Quería gritar, pero mi voz no salía; me di cuenta ene se instante de que tenía la garganta destrozada.

Al no cumplir con su orden me dio otra cachetada, esta vez más fuerte que las anteriores. Tiró de mis brazos para girarme y poder sentarse sobre mí. Quedé con el rostro hundido en el colchón y los brazos bajo mi pecho.

Me golpeó el trasero con su pene una y otra vez para, finalmente, penetrarme con fuerza. Volví a gritar de dolor, sentí como me desgarraba el ano con sus agresivos impulsos y de reojo vi como hilos de sangre manchaban las sábanas. Él, por su parte, gemía y gritaba sin parar… lo disfrutaba.

En algún momento perdí el conocimiento y abrí mis ojos cuando sentí unos labios ásperos besar mi boca. Traté de zafarme, pero agarró con fuerza mis antebrazos para evitar que me separara.

- ¿Sabes? No eres tan buena como pensé. Esperé mucho para esto – me dijo antes de irse y escuchar un fuerte ruido en la fuerza principal.

Ahí me quedé yo, ovillada y con mis ojos rojos de tanto llorar. Mi cuerpo no respondía, fue tanta la fuerza que usó en mí. Todo lo que una vez imaginé se había esfumado. No existió romanticismo ni ternura, fue agresivo y desesperado.

Estaba sucia, marcada. Ya nadie se iba a fijar en mi ¡Ni siquiera se protegió! Usó mi cuerpo para satisfacer su placer, para demostrar que yo había caído en su trampa. Seguí llorando hasta quedar dormida.

Remontarme a esa noche me hace revivir cada una de sus torpes caricias e incesantes insultos, hace que, involuntariamente, mi mano se pose en mi vientre delicadamente y más lágrimas corran por mis mejillas.

¿Por qué yo?

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Continuará…

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Autora: No hay excusa que valga la ausencia.

Gracias por seguir ahí.

Chikage-SP