Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenece; me adjudico la trama de la historia.
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P.S.I.C.O.S.I.S
Irreversible
Dos semanas han pasado desde que salí a la luz. Al llegar a mi casa no había nada ni nadie, ni siquiera una nota. La mayoría de los muebles no estaban y un fajo de dinero se encontraba en la mesa de la cocina. Todo indicaba que me habían abandonado… y no me preocupaba. Sabía que aquello ocurriría tarde o temprano, ¿quién querría a una hija loca? Nadie.
Conté el dinero y me di cuenta de que me alcanzaba para varios meses si lo manejaba bien. Me costaría encontrar un trabajo, mis antecedentes pesaban así que no me quedaba otra que aceptar lo que me ofrecieran. Fui a mi antigua habitación y todo se encontraba igual. La cama en la misma posición, mi escritorio y otros; la ropa estaba limpia y ordenada. Salí de ahí y fui a la que era la habitación de mi madre, no había nada.
Suspiré fuertemente y seguí mi búsqueda. Fue un shock ver que realmente estaba sola, pero debía aprender a vivir con eso. Mi primer fin al salir de ese lugar era matar a Yamato, pero ahora había otra cosa más importante: vengarme de todo aquel me dio la espalda. Con lo del trabajo no había tenido suerte e iba en busca de otro que había visto en un anuncio.
Al entrar en la cafetería me di cuenta que el hermano de él y la hermana de mi "mejor amigo" se encontraban en una mesa de atrás. Sentí como el aire me faltaba y no podía mover mi cuerpo. El mundo giraba y yo no podía sujetarme de nada para no caer, las voces retumbaban en mi mente y no lograba contestarles. ¡Salgan! Quería gritar para poder huir pero mi voz se había esfumado. Lo último que recuerdo es el rostro de un joven.
Desperté en un cuarto oscuro y mi cuerpo reaccionó de inmediato, me senté y busqué un alguien a mi alrededor para poder huir de ahí. En una silla se hallaba Takeru observándome sigilosamente y sentí como nuevamente el pánico se apoderaba de mí. Suspiré seguidamente en busca del aire que sentía que me faltaba y una gota de sudor frío me cayó por la frente. Se suponía que no vería a nadie sin antes vengarme o estar preparada. Realmente, jamás estaría lista para afrontar todo pero al menos podría mostrarme menos débil.
- Sora, ¿cómo te sientes? – se atrevió a preguntarme. Lo miré incrédula e hice el esfuerzo para levantarme de aquel sofá.
- No te levantes, sufriste una crisis, debes descansar – Lo volví a mirar escéptica y seguí con mi intento de ponerme en pie. Cuando al fin lo había logrado una mano me devolvió a mi antigua posición.
- ¡Suéltame! – le grité a Hikari, la dulce niñita hermana de mi "mejor amigo.
- No, Sora, debes cuidarte – suplicó ella. ¿Cuidarme? ¡Ja! A la hora que venían a preocuparse.
- Déjenme tranquila.
Me volví a levantar y salí de ese lugar. No sabía dónde me encontraba pero agradecía internamente la brisa que golpeo mi cara al salir de ahí. Caminé sin saber a dónde dirigirme, mi brújula estaba rota.
Sin ser consciente de la hora llegué al conjunto de edificio donde él residía hasta cuando yo me fui. Subí los escalones decidida a enfrentarlo y decirle que era su fin. Llegué a la puerta, aun no comprendía cómo era que me acordaba tan bien donde quedaba. Mi subconsciente me estaba jugando malas pasadas y no debía ser así.
Toqué la puerta y esperé. Me removí ansiosa en mi lugar, no sabía que decirle ni como verle. Todo era nuevo y extraño para mí. Cuando me giraba para partir una voz me sacó mi disyuntiva.
- ¿Sora?, ¿Qué haces aquí? – era él. Reconocería su voz a ojos cerrados y un escalofrío me recorrió la espalda.
- ¡Hey! – me tomó del brazo para voltearme y reaccioné.
- ¡No me toques, cerdo! – le grité. Al sentir su mano sobre mi brazo recordé todo lo vivido hace tiempo atrás. Sentí como mi corazón dejó de latir y se me secaba la boca.
- Así que ahora contestas. ¿A qué viniste? – su tono de voz era irónico.
No me contesté y lo miré fijamente. Ahora lo tenía de frente como hace tanto anhelaba. Era mi oportunidad de partirle la cara y cobrar venganza por lo que me hizo. Pero mi mano no se movía, en realidad, ninguna parte de mi cuerpo reaccionaba a mis órdenes. Quería lanzarle todo el veneno que me dejó dentro, mas era incapaz de sacarlo fuera.
Yamato alzó una ceja en respuesta al incómodo silencio que nos rodeaba y yo no era capaz de cambiar la expresión atónita de mi cara. Para mi fueron horas infernales las cuales no sabía qué hacer. Pero sé que no fue tanto, sino tan sólo segundos, a lo más minutos. Cuando por fin recuperé mi cuerpo del estado de shock impulsivamente levanté mi mano y lo golpee.
Trató de pescarme pero fui más rápida y corrí. Bajé como pude las escaleras, tropezando varias veces pero sin mayores percances. Miré hacia arriba y vi que no me seguía. Suspiré fuerte y pausado tratando de recuperar el aire perdido intenta de valentía. Cuando finalmente me sentí lista para partir, lo hice.
Necesitaba planear algo que me dejara satisfecha. Muy dentro de mí me arrepentía de todo lo que estaba sucediendo, extrañaba a mi hijo nonato y necesitaba la contención de mi madre. Quería un mapa para mi vida y dejar de pensar en lo que pasó aquella fría noche. Sin embargo, el súper yo me controlaba a diestra y siniestra.
Pasaron las horas, los días, lo meses… No lo sé con exactitud. Ni recuerdo como llegué al que era mi hogar por esos momentos. Desperté del trance cuando el sol de ponía en mis ojos y una tibia brisa entraba por el ventanal. Miré a mí alrededor pero no percibía nada familiar. Claro, ahora reflexionando todo me doy cuenta de que era una pieza vacía.
Los momentos se acoplaban en mi cabeza: cuando él me violó y despreció. Mi madre me internó en una clínica y se fue. Maté a mi hijo, estaba sola.
La cabeza me dolía y sentía que en cualquier momento iba a reventar. No podía sostenerme en pie, el aire me faltaba y un sudor frío recorría mi cuerpo. No sabía a dónde ir ni que hacer. Necesitaba acabar con la agonía que recorría mi ser.
Comencé la incesante búsqueda de algo que me permitiera acabar con todo. Un cuchillo no era factible, no sería capaz de enterrarlo en algún lugar de mi cuerpo. Si es que lo lograba hacer, gritaría por la sangre e inevitablemente tendría que recurrir a ayuda porque no podría continuar si es que quedaba viva.
No contaba con una pistola y no tenía calmantes. Tampoco era una opción asaltar una farmacia en busca de estos últimos. La desesperación me consumía cada vez y no encontraba salida del laberinto que había interpuesto mi mente. Quería gritar pero ni los músculos de la cara de respondían.
Cuando creí que ya podía más me ovillé en el balcón del departamento. Desde allí todo era libre. Nadie te juzgaba, nadie buscaba una venganza sin fin. Era opción para escapar. Aunque una parte de mí, la dominante, me decía que no debía huir. Pero necesitaba descansar, mi cuerpo me lo pedía a gritos.
Salté y la brisa me golpeó el rostro. Emití una carcajada, la última. Por fin era libre, ya todo había terminado. Después, no supe más.
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Continuará…
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Queda sólo el epílogo, que ya está listo.
Un beso,
Chikage-SP.
