Diez años atrás, Dee'ja Peak

...

Ben se encerró en su habitación porque no podía aguantar la imagen de Maul besando a Rey. Jamás podría tolerarlo. No se movió cuando escuchó la puerta de la calle cerrarse, prefería quedarse con la cabeza hundida en la almohada y vaciar su frustración a gritos desgarradores que nadie iba a oír de todas formas. Sin embargo, nunca lloraba. La furia y la impotencia se adueñaron de su cuerpo como viejos amigos para recordarle que Rey estaba prohibida y que jamás sería suya.

Con la mano convertida en un puño, golpeó el colchón repetidas veces hasta que lentamente se fue calmando. Ya no rompía todo a su paso como acostumbraba, porque esa era la razón por la cual sus padres querían enviarlo de su tío Luke, creyendo que su guía espiritual solucionaría todos sus problemas. Sólo Rey sabía cómo hacerlo. Solamente ella, con sus palabras amables y su paciencia, podía lograr que el dolor se fuera. Era casi mágico. Y lo estaba controlando muy bien últimamente, hasta que Maul decidió encapricharse con ella.

Él no era bueno para ella. Nadie lo sería, eso era un hecho. Pero Ben no tenía las agallas para confesar sus sentimientos, entonces tampoco podía privarla de ser feliz con otra persona. Pero ¿por qué él? Maul era egoísta y desagradable, su cuerpo repleto de tatuajes era lo único que le importaba apenas descubrió que eso despertaba la curiosidad de las chicas y la admiración de los muchachos. Todos querían ser como él, aunque su único mérito había sido sobrevivir a un accidente de tránsito que aún era bastante dudoso. Ben sospechaba que se trataba de una mentira, porque todo a su alrededor era falso.

Sin pensarlo demasiado, tomó la bicicleta de Rey que estaba en el garage y tomó el camino hacia el Lago Paonga. No podía explicarlo, pero sentía que Rey lo necesitaba en ese instante. Estaba dispuesto a romper el rostro de niño bonito de Maul si tenía algo que ver con eso.

Pedaleó a toda velocidad, sin sentarse y con las manos firmes en el manubrio amplio, el cuerpo inclinado hacia adelante para sentir el viento que comenzaba a ponerse un poco fresco. Miró hacia el cielo y una gota de agua le cayó en el ojo, pidiéndole que se apurara.

¿Qué tal si era sólo su imaginación? Rey le había enseñado a hacerle caso a sus instintos y eso estaba haciendo. O tal vez su mente le había convencido de que no tendría otra oportunidad de decirle lo que sentía después de esa tarde.

A lo lejos vislumbró la silueta roja de una motocicleta que venía en sentido contrario y sólo transportaba a su conductor. A medida que se fue acercando pudo distinguir a Maul pero Rey no estaba con él y el idiota parecía ir directo a su encuentro, como si fuera a chocarlo.

Todo sucedía rápido pero Ben no tenía miedo, pasaría por encima de él si era necesario. No pensaba frenar ni moverse de su carril. No le importaron los antecedentes de su oponente ni su fama de amante de la velocidad. Él también tenía inclinaciones un poco extremistas, después de todo.

El impacto era tan inminente como firmes las manos de Ben en el manubrio. El sonido chirriante del motor se hacía cada vez más fuerte porque contaba con viento a favor, retumbando en sus oídos.

En el último segundo, el motociclista hizo la maniobra para esquivarlo tocando la bocina con insistencia y gritándole algo que apenas entendió, pero seguramente era un insulto no muy elaborado. Algo digno de un cerebro tan pequeño como el suyo.

Pero ¿Dónde estaba Rey?

Ben clavó los frenos, dejando una huella de varios metros en la tierra húmeda por la llovizna tenue. ¿Qué había hecho ese bastardo? Lo mejor era seguir hasta el lago, pensó. Quizás habían discutido y ella venía a pie. Justo en medio de una tormenta repentina, muy caballeroso de parte de Maul.

Sin embargo, Rey no estaba allí. Desde el mirador podía abarcar con la vista los acantilados y todavía contaba con luz suficiente a pesar de las nubes. Pero no había rastros de ella en la playa, ninguna señal de que hubiera llegado a destino. El fatalismo se asentó en su estómago y le oprimió las entrañas. Un pensamiento llegó con claridad cuando empezó a llover de manera constante pero leve.

Rey está en la casa del árbol.

Ella era inteligente y seguro habría buscado refugio allí en vez de volver caminando. La distancia hasta el lago era más corta que el trecho hasta la cabaña del cuidador, el viejo Chewie que los conocía desde siempre. Era una posibilidad que ella estuviera allí, pero primero buscaría en la casa del árbol.

Y no estaba equivocado.

La escalera de madera y soga estaba desplegada, como si esperara su llegada. Ben miró hacia la arriba, ubicando la gran puerta trampa situada en la copa del árbol de Perlote, y reconoció con alivio las zapatillas floreadas de su amiga.

—¿Quién es? —preguntó ella alarmada, sin relajarse demasiado al comprobar que se trataba de su amigo.

—Soy yo, Rey. ¿Estás bien? —Dejó la bicicleta a un lado y empezó a trepar con agilidad— ¿Qué ha pasado?

—Quería estar sola. Eso es todo —Rey estaba actuando extraño, evitaba encontrarse con su mirada y esto le alarmó mucho más. Ella había llorado largo rato, lo supo por sus ojos enrojecidos y la respiración entrecortada.

Dentro de la casa no había luz, a excepción de las linternas que usaban en el pasado cuando pernoctaban allí. Pero hacía mucho tiempo que las baterías se habían acabado porque últimamente ninguno de los visitaba el lugar. Al menos no juntos. Ben seguía asistiendo regularmente para comprobar que las aves y los murciélagos no hicieran nido, y que los pocos y humildes muebles no se arruinaran con alguna lluvia. Por fuera el cielo ya estaba completamente cubierto y parecía mucho más tarde de lo que realmente era porque los frondosos árboles apenas dejaban pasar la luz.

—Estaba preocupado por ti. ¿Quieres hablar?

—No.

Ben se mordió los labios, sabía cuándo era mejor callarse. Rey podía ser insistente con él, arrancándole las palabras con insistencia, pero cuando algo le dolía no servía de nada usar el mismo método con ella. Rey cerraba su corazón de manera hermética, aunque raras veces ocurría que algo le hiciera enojar tanto. Hablaría sólo cuando ella quisiera y no antes.

Guardó silencio mientras se sentaba a su lado, porque había crecido demasiado para estar de pie bajo el techo de la casa. Se ocupó pacientemente de tomar una de las mantas y colocarla en la espalda de su amiga, el aire se había vuelto muy frío y húmedo de repente. Ella apenas se movió, tenía la mirada clavada en el suelo y los brazos cruzados en el pecho.

Ben no estaba seguro de poder controlar sus propios demonios. Se sentía más tranquilo porque no parecía herida, al menos su cuerpo no sangraba por ninguna parte. Pero no podía quedarse quieto mientras ella sufría, tenía que hacer algo.

—Vi a Maul al venir hacia aquí... —comenzó él.

—Ben ¿Es cierto lo que él dijo? —interrumpió ella a su manera directa, aún sin mirarlo a los ojos.

—¿Qué cosa?

Rey giró para enfrentarlo y soltó la pregunta.

—¿Tú me amas?

Ben se quedó de piedra. No esperaba eso.

—Yo... —La respuesta se atoró en su garganta junto con cientos de miedos. La verdad siempre había sido una, desde el comienzo. No tenía dudas. — Sí.

—¿Desde cuándo? —preguntó ella sintiendo un vuelco en el corazón.

—Desde siempre —esta vez las palabras fluyeron instantáneamente. A diario se había hecho la misma pregunta una y otra vez, con angustia y desesperanza. Por fin era libre de poder decirlas en voz alta.

Esperó la reacción de Rey, una risa o un reclamo, cualquier cosa que decidiera su destino. Aceptaría incluso admitir que todo era un gran error si ella se burlaba de él, pero ya no había marcha atrás, ya nada sería como antes. Había traicionado su confianza, tal vez perdiendo lo único que podría compartir con ella, y todo por culpa de Maul y sus celos.

Los minutos pasaron con lentitud angustiante, el sonido de las gotas golpeando el techo y la tierra acompañaban el latido de su corazón. Rey desvió la mirada de nuevo y pensó mucho antes de hablar. Cuando lo hizo, su voz sonó hueca, neutra.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

Ella estaba pensando en su padre, en Coruscant, en su nueva vida. Ben notaba que su angustia se convertía en furia, casi como la clase de emociones que eran tan familiares para él. Algo se le escapaba, sin embargo. Rey no estaba enojada con él. Entonces ¿con quién?

—Dejaste que saliera con Maul, no me detuviste. ¿Creías que él era mejor que tú? ¿Por qué nunca lo intentaste? ¿Por qué no?

—No lo sé. —en realidad sí lo sabía, y no, no eran muy diferentes en realidad, pero ese no era el problema—. Pero no soy bueno para ti, Rey, eso es lo que sé.

¿Por qué seguía clavado allí, tan cerca de ella que era imposible respirar? Debería haber escapado, ahogar sus frustraciones en el agua helada del lago y soportar las consecuencias. Seguramente no dolería tanto como el silencio de su amiga, la decepción que implicaba. Era un cobarde, siempre lo sería. Pero por alguna razón seguía allí, esperando el veredicto, atrapado por el perfil de Rey que ahora miraba sin ver a través de la ventana sin vidrios de la casa del árbol.

—¿Crees que... algún día podríamos hacer las cosas bien? Tú y yo. —Rey hablaba con gravedad, demasiada para alguien tan joven, mientras se acercaba de nuevo hasta él, sin dejar de mirar sus labios.

Ben estaba como en un trance sin entender del todo lo que sucedía. Rey no se detuvo hasta arrodillarse junto a él, hasta que sus rostros estuvieron casi juntos. Sentía sus manos apoyadas en su cuello, luego acariciando su mejilla con un gesto íntimo y cargado de ternura. El aire cálido de su respiración agitada llegaba hasta él como el más dulce de los aromas prohibidos, e imaginaba el rubor en sus mejillas aunque estuviera muy oscuro como para comprobarlo. Al parecer ella estaba pensando en algo que él jamás se atrevería, ni en sus fantasías más alocadas.

Rey cerró los ojos y lo besó en los labios.

Ella lo amaba también.

No era su primer beso, Maul se llevaría el mérito de ser el primero en muchas cosas. Pero a Rey poco le importaba, lo que estaba sintiendo con Ben no podía compararse con nada. La dulzura de sus labios apenas entreabiertos, incrédulos, rápidamente despertaron de su hechizo y comenzaron a acompañar a los suyos, moviéndose con seguridad y valentía. Una oleada de calor subió por su pecho y se transformó en un suspiro de sorpresa que quedó silenciado por los labios de él. Rey no quería abrir los ojos, no todavía, por miedo a despertar y que todo fuera un sueño, así que siguió meciéndose con él mientras el tiempo dejaba de existir y la tormenta era apenas un reflejo de lo que sucedía en su interior.

Tenía tanto miedo de que él la apartara, aunque no tenía motivos para hacerlo. Una parte de ella siempre sentiría que no era digna de alguien tan especial como él, pero trató de no pensar en el tiempo perdido, ni en los errores que había cometido por no pensar demasiado bien las cosas. Sólo tenían ese instante, ni siquiera una promesa de futuro, y estaba siguiendo a su corazón que le guiaba en sus impulsos, saltando alocado en su pecho.

Necesitaba estar cerca, más cerca de él. Quería abandonarse en su seguridad por siempre, reclamando todo lo que él quisiera concederle y entregando como ofrenda a su propio amor no declarado en palabras, pero en actos. Se movió hasta quedar encima de él a medida que el beso se hacía más intenso y el aire en la habitación se acababa. Con sus manos rodeó el cuello de su amigo y se atrevió a abrir un poco la boca para mostrarle tímidamente que ella le pertenecía. Las manos de Ben reaccionaron con suavidad pero firmeza, tomando su cuello y hundiendo sus dedos en el cabello de Rey, sin interrumpir el beso que pronto sobrepasó los límites de pasión que los dos conocían.

No importaba la experiencia o la falta de ella, ambos estaban en terreno nuevo. La confianza y el respeto de quererse como amigos y almas gemelas ahora se multiplicaban en fuegos artificiales de curiosidad y anhelo, pertenencia y deseo. Era realmente una explosión, Rey jamás había sentido nada más que incomodidad y torpeza con Maul, que no se volvió mejor en cada encuentro con él. Pero ahora no tenía que pensar en nada de eso, era como si alguien hubiera desconectado todos los cables de su cabeza y hubiera dejado encendida solamente la parte que se dedicaba a Ben.

Un tiempo después, podían ser segundos o años –Rey no lo sabía-, se separaron buscando aire y abrieron los ojos pero dejaron sus frentes unidas, maravillándose por el milagro. No había confusión ni dolor, sino aceptación, bienvenida. A ella nunca le pareció más hermoso, perdido. Vulnerable. Nunca estuvo tan segura de algo en su vida como de lo que estaba dispuesta a hacer a continuación.

Algún día, podríamos...

—Eres perfecta, Rey. —dijo él en un susurro agitado y grave que produjo un cosquilleo placentero en todo el cuerpo de su amiga, mientras le acariciaba con ternura y la timidez volvía a instalarse brevemente en él.

—No lo soy. —respondió ella, bajando la mirada. ¿Podría perdonarle tantos años ignorando el amor puro que ahora tenía sentido, como si hubiera estado ciega y sorda, buscando a propósito a otras personas para dejar de pensar en él como algo más que un amigo? Estaba convencida de que no era nadie, ni siquiera sabía quién era su madre y no conocía el resto de su historia. Siempre se había sentido una intrusa en la vida de Ben, como alguien que no merecía estar en su mundo pero temiendo que alguien notara a la impostora y ya no pudiera tomar su mano.

—Sí lo eres —Ben reforzó sus palabras apretándola contra él, repitiéndolas en su oído como una dulce melodía que ella jamás se cansaría de oír—. Eres perfecta para mí.

El siguiente beso fue mucho más apremiante que el anterior. Los guiaban sus instintos ahora y una especie de fiebre que concentraba todos los sentidos en un solo objetivo: ir más allá de todo.

Rey buscó la piel de Ben debajo de su camiseta, sabía que sus dedos estarían muy fríos pero a él apenas le importó. Ella sintió que seguía sujetando su cuello pero una de sus manos ahora se deslizaba por su espalda hacia abajo, acercándola más y más hacia él. De la forma en que estaba sentada podía notar que él se excitaba y eso elevó a su vanidad por las nubes. Ella también sentía la urgencia por explorar su cuerpo y la calidez arremolinándose entre sus propias piernas.

Los besos fueron tornándose más esporádicos mientras cada uno saciaba su curiosidad en otras zonas, el recorrido de los labios de Ben comenzó debajo de la mandíbula de Rey y siguió por su garganta hasta llegar a la base, a medida que ella se acomodaba para darle espacio y abría los botones de su camisa con una pizca de modestia y mucha intrepidez.

Ben se apartó para quitarse su camiseta y esperó unos instantes con pánico en los ojos, resistiendo el examen de la mirada de Rey con gallardía. Claro que ella lo había visto muchísimas veces con traje de baño cuando nadaban juntos en el Lago, pero esto era diferente. En ese entonces no lo veía de la misma forma. Para calmarlo, apoyó la palma de su mano en donde estaba su corazón y sonrió emocionada al comprobar que él sentía lo mismo que ella, latiendo desesperado. Luego tomó una de sus manos libres y lo guió hacia su propio pecho, notando que él dejaba de respirar cuando sus yemas entraron en contacto con la piel afiebrada, apenas protegida por su corpiño. La palma se cerró sobre ella y respiró hondo, desprendiendo los últimos botones de su camisa para quitársela también.

Sin pensarlo más, dio el último salto al vacío. Se llevó ambas manos a su espalda para desprender su ropa interior. No quiso mirarlo a los ojos, temía que él se burlara como lo había hecho el idiota de Maul. Sabía que sus senos eran pequeños pero jamás le había importado lo que los demás pensaran. Sin embargo ahora moriría si Ben decía algo, así que clavó la mirada lejos de la suya.

—Rey, —Ben levantó su cabeza colocando un dedo debajo de su barbilla, obligándole a mirar sus ojos. Las nubes parecían haberse esfumado aunque seguía lloviendo, fue así como pudo ver sus emociones, sus miedos y certezas, mezclándose en el tono ámbar que tanto le gustaba—. Mírame.

Ella obedeció y se negó a respirar, atrapada por esa conexión única que ellos tenían. Ben la besó de nuevo pero esta vez fue tierno, lento, sin dejar de agitar el fuego que no hacía más que crecer dentro de ella. Rey se dejó llevar por él, aferrándose a su pecho con fiereza mientras sus pieles se fundían en un abrazo tan íntimo que los dejó sin aliento a los dos. Sintiéndose audaz, dejó que sus manos bajaran hacia él, hasta su propia intimidad.

Por un instante todo fue perfecto, armónico.

Pero Ben empezó a tensarse y ella supo que algo andaba mal. El sentido común le había abandonado hacía mucho rato, reemplazado por el deseo que sentía de demostrarle su entrega. Pero era evidente que uno de los dos estaba pensando en algo más, y ese era él. Ben no estaba profundizando las caricias, sino todo lo contrario. Parecía estar dando marcha atrás.

Ella se apartó, confundida y avergonzada. ¿Qué había hecho mal? ¿Fue demasiado lejos? Ben no parecía encontrar las palabras pero las emociones desfilaban con claridad en su rostro, Rey sabía cómo leerlas.

—No podemos... —balbuceó él—. No deberíamos...

—¿No quieres? — su voz sonó un poco aguda en el esfuerzo por conservar la compostura y mantener a raya la desilusión. El cristal de su ilusión comenzaba a agrietarse y el calor abandonaba rápidamente su cuerpo.

—¡Claro que quiero! Pero no estoy preparado. No traigo condones, Rey.

Ella intentó conservar la calma y sonar segura.

—No importa, podemos hacerlo de todas maneras, yo...

—No.

Sonaba terminante, decidido. Nada le haría cambiar de idea, ella ya lo conocía demasiado bien.

No se molestó en darle la razón o considerar explicaciones de su parte. El rechazo le dolía más que cualquier bofetada o cualquier frase degradante que Maul pudiera haberle dicho alguna vez. Rey sabía que Ben sólo estaba protegiéndolos a ambos, pero algo en su interior aplaudía perversamente, felicitándose por tener razón: él no la deseaba en realidad, sentía lástima por ella y debería haberlo sospechado antes de hacer todo ese espectáculo tan degradante.

Rey se apartó con movimientos mecánicos y fríos, acomodó su ropa y se puso de pie, tratando de poner toda la distancia posible entre ellos. Ben seguía sus movimientos atónito, comenzó a murmurar cosas como "no podemos correr el riesgo" y "sólo estoy tratando de ser responsable, tú tienes un futuro y yo no puedo ofrecerte nada" pero ella solamente escuchaba lo que quería y no era nada como eso. Ben no estaba dispuesto a amarla como ella creía, como ella deseaba, como ella necesitaba en ese instante. Y ya nada más importó.

Lo que siguió fue una serie de movimientos que parecieron casi coreografiados, porque estaban ocurriendo sin que ella tomara parte en el asunto. No volvió a pronunciar palabra cuando bajó por la escalera y tomó la bicicleta con la que él había llegado, huyendo a toda velocidad junto con las gotas rezagadas de la tormenta. El sol y el arcoíris eran casi una burla para sus lúgubres emociones y sus lágrimas se quedaron por primera vez dentro de las cuencas de sus ojos. No podía llorar, no podía pensar, solamente tenía que irse y eso estaba haciendo.

Ben no la siguió.

Más tarde ese día, ella se despidió de algunos conocidos en la estación de colectivos y miró hacia atrás por última vez, buscando en vano a Ben entre los rostros familiares. Se felicitó por sus dotes actorales, estaba disimulando muy bien que su corazón había quedado para siempre en esa casa del árbol, en donde él seguramente se estaba arrepintiendo de todo.

«No tanto como yo.» pensó mientras se preparaba para enterrar una parte de su vida y comenzar otra nueva.