Advertencia, NSFW 🔞

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Hoy, Dee'ja Peak

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El farol de la entrada de la cabaña de Rey alumbraba a varios metros de distancia, y la sombra del bosque consumiría todo más allá del semicírculo de luz, pero esa noche había luna llena y todos los secretos quedaban al descubierto. El rumor del caminar de los invitados, los intrusos, fue reemplazado por los sonidos de las criaturas del bosque, llenando de memorias el corazón de Ben.

Encendió otro cigarrillo, en realidad el segundo en varios días, mientras miraba de reojo a Rey sin saber por dónde comenzar. Ella tenía las manos en los bolsillos traseros de su vaquero y miraba hacia el cielo, seguramente maravillada con la luna y su misterioso resplandor. Encontró el dinosaurio en su bolsillo y lo sacó para verlo bien, como si fuera alguna clase de talismán. El movimiento captó la atención de su amiga, aunque no se acercó para hablar.

—Ian está encantado contigo —dijo Rey, con voz natural—. No suele abrirse con extraños, pero contigo ha sido algo instantáneo.

—Eso es lo que Rose me dijo, pero pensé que sólo estaba tomándome el pelo —coincidió él—. Me pidió que les visite pronto en Arkanis.

—¿Lo harás?

—Quizás.

Rey no insistió. Sabía que su trabajo era bastante impredecible y por esa razón no podía cumplir sus promesas. Al menos eso les había explicado unas horas atrás. La forma en que lo dijo le hizo sospechar que sentía culpa, pero no era quién para meterse en sus asuntos.

—No tenía idea de que me pudiera llevar bien con un niño hasta hoy —murmuró él, mostrándole el juguete que el pequeño le había regalado.

—No puedo creer que pensaras que era mi hijo. ¡Ni siquiera se me parece! —la joven puso los ojos en blanco, sin dejar de sonreír.

—Bueno, tal vez deba empezar a usar gafas, pero no quedaban bien con mi atuendo de acosador del bosque —bromeó él—.Además, no sabía qué esperar.

Sus miradas se enlazaron y por un breve segundo, ambos sintieron que todo dejaba de existir alrededor. Rey desvió la suya por instinto, aunque hubiera querido seguir indagando las verdades ocultas detrás de ese último comentario.

—Armie me dijo que estabas parando en el Dulathia —soltó ella. Ben asintió.

—La recepcionista me vendió una excelente actividad al aire libre con la mejor guía de todo el sur de Naboo.

—Kay puede ser un poco exagerada, pero agradezco que lo hiciera.

—También yo.

Ninguno de los dos supo qué más agregar. El humo y el aroma del cigarrillo se convirtieron en una presencia más entre ellos, llenando el silencio como una especie de tregua.

—Estaré adentro. Me gustaría hablar contigo, si es que no tienes prisa en volver. Eres bienvenido en mi casa, Ben. Siempre lo serás.

Él se quedó unos instantes mirando la puerta cerrada detrás de ella, debatiéndose entre seguir a su amiga o emprender la retirada. Dio otra pitada al cigarrillo, soltó el aire lentamente y descartó encender otro más. Ya era hora de arreglar todo, para bien o para mal. La puerta apenas chirrió cuando Ben estaba entrando.

Era una noche tranquila, fresca y agradable. En el pasado Rey estaría tirando piedras en la ventana de su casa para invitarlo a una excursión nocturna, otra cacería de babosas que terminaría con alguna reprimenda de sus padres. Ben no pudo evitar sonreír mientras trataba de distinguir a la chica que conocía en la hermosa mujer que tenía adelante.

Ahora llevaba el cabello suelto, cambiando su estilo de tres moños de la adolescencia por un recogido que ataba con una hebilla de mariposas azules detrás de su cabeza. Usaba un maquillaje sutil que le hizo preguntarse si lo había hecho porque sabía que él venía o era algo habitual en su rutina. De todas formas Ben pensaba que ella era absolutamente hermosa, no lo necesitaba. Los años de actividad al aire libre habían bronceado su piel con el color de los atardeceres, logrando que sus ojos se vieran de un verde más intenso, profundo e hipnótico con sus destellos dorados. Ben había tomado nota de sus movimientos y gestos durante la velada, cada vez más atraído por ella y su risa musical. Supo que se había graduado con honores gracias a los halagos de Rose, lo que no se explicaba del todo era qué hacía en Dee'ja Peak donde parecía estar desperdiciando su talento.

Por supuesto que seguía siendo ella, pero algo le decía que no debía suponer que aún le gustaba como antes y mucho menos daría por sentado que eso sucedía ahora. Deseaba acercarse, envolverse en su perfume de manzanilla y quedarse allí para siempre.

Ella se percató de la mirada intensa de Ben, apoyado en el marco de la puerta entreabierta. Él no hizo ningún esfuerzo por disimular, en cambio arrojó la colilla apagada en un pequeño balde metálico que él y Armie habían utilizado antes como cenicero y decidió entrar para ofrecer su ayuda. Rey no dijo nada mientras él tomaba un repasador y comenzaba a secar los platos para apilarlos de la mejor manera posible en la alacena a sus espaldas. Pensó con amargura que parecían una pareja establecida, por la forma en que se movían sin tocar al otro en un espacio tan pequeño, como si lo hubieran hecho cientos de veces en silenciosa danza doméstica.

—¿Hace mucho que fumas? —preguntó mientras ponía una copa de vino limpia boca abajo sobre el escurridor, rozando sin querer su brazo.

—Bastante, como unos diez años... —Ben se mordió los labios antes de sacar ese tema, aún no estaba listo—. Si te molesta puedo dejarlo por hoy, no es como si sintiera la urgencia de hacerlo todo el tiempo —. Sólo cuando estoy nervioso como ahora, quiso agregar.

—¡En absoluto! —Se apresuró a responder Rey—. Mi padre fumaba, estoy acostumbrada y de hecho es bastante reconfortante.

Ben recordó con pena que Obi Wan había fallecido un año atrás, Leia se lo había dicho en una de sus breves conversaciones telefónicas, tal vez esperando que se presentara con la excusa de unas condolencias. Pero no lo hizo. No estuvo allí junto a ella.

—Lo siento mucho, Rey —Detuvo su actividad para colocar una de sus manos en el hombro de la chica, sabiendo que no bastaba con eso. El consuelo llegaba con varios meses de retraso.

—Lo sé —sonrió ella con tristeza, con la vista fija en la espuma, apenas consciente del gesto de su amigo—. Pero no te preocupes... Además, creo que nadie se va del todo. ¿Sabes? A veces creo que puedo verlo por aquí.

Ben asintió, sin saber bien qué decir. Rey tenía la cualidad de ser extremadamente positiva, dando la aparente sensación de que no necesitaba cuidado de nadie. Aunque él la conocía bien y eso no era cierto del todo. Él lo aprendió muy tarde.

La pila de trastos se iba haciendo más pequeña y Ben no conseguía iniciar la conversación que quería. En su fantasía, imaginó que estaban en un instante fuera del tiempo y que podría atesorar la experiencia de un día junto a Rey sin arruinarla con viejas rencillas. Pero eso sería ser un cobarde.

La programación de la radio local terminaba a medianoche, hacía rato que sonaba el familiar repertorio de música ochentosa que, como pudo comprobar Ben, era el mismo de siempre. Hasta se alegró al predecir el orden de las canciones a medida que iba tarareando las letras. Rey se sumó en algunas partes sintiendo que se relajaba un poco más, arrullada por la voz ronca de Ben que cada tanto desafinaba a propósito en algún falsete arriesgado, con el único objetivo de hacerle reír. Al cabo de un rato se sentían como viejos amigos y no como un par de desconocidos.

—Debería irme pronto... —empezó él a desgano.

—Casi terminamos... —Rey terminaba de abrir la heladera para guardar las sobras cuando soltó una exclamación de sorpresa.

—¿Qué sucede?

—Olvidé que Maz había enviado esto —Rey señaló un paquete envuelto en el congelador y lo sacó, haciendo una mueca al comprobar el contenido—. ¿Sigue siendo tu favorito?

La pregunta podría implicar muchas cosas por la manera en la que ella la formuló, pero Ben sabía que se refería al helado. La hubiera besado de inmediato, dejando que el postre se derritiera en un rincón, solamente para demostrarle que no necesitaban más excusas para estar juntos.

Pero no lo hizo.

—No pienso compartir el chocolate, así que... habla ahora, Solo —continuó ella, moviéndose graciosamente con el helado en sus manos mientras él meditaba—. Lo tomas o lo dejas.

La nariz sensible de Beebee apareció de repente entre ellos, interesada por lo que su dueña acababa de sacar. Olisqueó un poco antes de decidir que no era de su gusto, pero antes apoyó sus patitas delanteras en la pierna de Ben, como si estuviera buscando un aliado para conseguir manjares más apetitosos.

—Siempre decías que el pistacho te sabía a jugo de bicho aplastado —comentó Ben una vez que se sentaron en el sillón a comer, logrando que ella se atragantara—. ¿Por qué no le dices a tu amiga simplemente que no te gusta?

Rey se encogió de hombros, pero le echó una mirada suplicante.

—Porque me recuerda a ti.

Ninguno de los dos habló por unos instantes. Rey siguió comiendo pensativamente su barra de chocolate con el sonido de la música de fondo, las mejillas sonrojadas por estar tan cerca del fuego. Ben quería decirle tantas cosas, ¿Por qué se contenía? Había experimentado rechazo y aceptación de parte de otras mujeres en el pasado, pero jamás le había importado realmente lo que pensaran de él. Con Rey no podía ser tan insensible. Pero ¿qué otras señales necesitaba?

—Eres diferente ahora —murmuró Rey, girando la cabeza en su dirección. Se había quitado las botas y tenía las piernas cruzadas sobre el asiento. Ben se fijó en sus calcetines de porgs y sintió un extraño alivio que no podía explicar del todo.

—Bueno. Mi cabello es más largo. Al fin podrás trenzarlo, como siempre decías que querías hacerlo —respondió él, robándole un trozo de chocolate, feliz ante su adorable cara de confusión.

—¿Es una invitación? —le provocó ella, enarcando las cejas.

—Tal vez —Ben la miró de arriba hasta abajo con los ojos entrecerrados, no parecía que fuera a ofrecerse con tanta docilidad.

Rey sintió un estimulante cosquilleo por el desafío. Ben estaba siendo un poco coqueto, casi podía sentir que lo hacía a propósito. Era otra de las cosas que no recordaba de él. Y el descubrimiento le gustaba.

—Tú no has cambiado mucho —su tono se volvió suave, sin rastros de arrogancia, adulación o censura. Sus labios se curvaron un poco antes de volver su atención al helado.

—Claro que sí, he envejecido —protestó ella, sintiendo que tenía que decir cualquier cosa y pronto, para ocultar lo conmovida que estaba con su observación.

—No me refiero a eso. Y recuerda que tenemos la misma edad.

—Pero tú sigues siendo igual de...

«Igual de fascinante. Inalcanzable. Imposible.»

—¿Obstinado?

—Oh no. Creo que eso empeora con el tiempo.

Se dedicaron a saborear el postre por un rato, sin decir nada más. Ben sabía que ella pensaba en ese día tanto como él. De alguna manera sentía que estaban en ese mismo lugar, en la casa del árbol, con la lluvia golpeando la tierra suavemente y la adrenalina sacudiendo sus cuerpos. El ardor juvenil seguía en él sin abandonarlo del todo, aunque ahora era capaz de disfrutar cada segundo sin apresurarse. Tenía toda la noche por delante y ninguna expectativa, lo que quería era quedarse junto a Rey todo el tiempo que pudiera antes de marcharse.

No podría empeorarlo.

Se acercó un poco más hacia ella pero el teléfono de Rey vibrando en su bolsillo descartó cualquier movimiento que estuviera por intentar. Rose avisaba que todo el mundo había llegado sano y salvo a casa, y enviaba algunos stickers que le hicieron reír. Su amiga le alentaba a ponerse al día con Ben con emoticonos bastante gráficos que se apresuró a quitar de su vista.

—Es Rose. Entre otras cosas, dice que Ian no ha parado de hablar de su tío Ben en el camino a casa —Rey dejó el aparato en la mesita después de responder y señaló su bolsillo—. Quería saber si ya le habías puesto nombre.

—Al parecer soy tío y padre de un dinosaurio ahora —bromeó él—. Es demasiado para asimilar en una noche.

—Es la magia de este lugar —agregó ella, mirándose la cuchara, distraída —. Cualquier cosa puede ocurrir si sabes prestar atención —se levantó para arrojar otro leño en la chimenea, dándole la espalda a Ben por un momento.

—Finn y tú se veían muy unidos —vaya con esa sutil manera de averiguar si está soltera, pensó Ben, atormentándose.

Ella contuvo la respiración y aunque no pudo encajar la mandíbula, se recuperó enseguida y volvió a sentarse a su lado. ¿Acaso le había dado la sensación de que estaban saliendo?

—Él solamente se preocupa por mí. Me ha estado ayudando a instalarme desde que llegué, pero no pensaría en él de esa manera... Es sólo mi amigo —él jamás será como tú, quiso agregar, pero no logró expresarlo en voz alta—. Creo que está más interesado en Jannah que en mí —añadió finalmente.

—Comprendo. Los hombres de este pueblo deben estar locos —Gracias a la Fuerza por eso, pensó Ben, elevando una plegaria al creador.

Beebee es el mejor compañero que pueda desear. ¿Verdad? —El perro levantó una oreja en dirección a su dueña y movió la cola, pero al ver que no iban a darle más comida, volvió a dormir acurrucado en su cojín al lado del fuego.

—No estás sola —Ben habló sin mirarla, más que nada para sí mismo—. Tienes amigos que te aman —siempre me tendrás a mí, aunque no me quieras de la misma forma, quiso añadir.

—Tampoco estás solo, Ben. No tienes que hacer esto.

—¿Hacer qué? —preguntó él como en un trance.

—Estar aquí, pasar tiempo conmigo. Obligarte a ser simpático. Sé que me odias. Pero no me debes nada. Sólo quería que lo supieras —Rey se levantó para llevar el recipiente vacío y la cuchara hasta el fregadero, ocultando su dolor.

—¿Cómo podría odiarte? ¿Qué estás diciendo, Rey? —Ben sentía que el momento había llegado pero no estaba resultando tan pacífico como lo había imaginado. Se puso de pie y caminó hasta quedar frente a ella. Sólo los separaba la pequeña encimera llena de plantas de Rey.

—Vi tu rostro cuando Poe dijo lo de la casa del árbol —comenzó ella—. Tenías la misma expresión que ese día, cuando te dejé allí después de...

—No tienes idea de lo que estaba pensando —interrumpió él, intentando apaciguar su enojo—. Ni ese día, ni hoy —agregó en un murmullo que hizo que ella desviara la mirada.

Rey sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas, a pesar de que había prometido no hacer una escena y mostrarse madura. Su control empezaba a quebrarse allí donde ya existían fisuras, y Ben tenía toda la culpa. La ira siempre se entrometía. Se veía a sí misma como aquella chica con un manojo de sentimientos que él volvía a despreciar, como si estuviera desnuda ante él. Aunque Ben estaba haciendo un esfuerzo enorme por controlarse, ella lo notaba. Él no iba a estallar como cuando era un niño, ni siquiera estaba elevando la voz, pero era obvio que se sentía tan herido como ella. Estaban tan cerca que podía oír su respiración agitada y su perfume, ese que la transportaba a otro lugar, otro tiempo.

—Tal vez no hemos cambiado tanto en realidad —dijo ella con una sonrisa amarga, dándole la espalda para continuar con lo que estaba haciendo, incapaz de mirarlo. Ben soltó un largo suspiro y cerró los ojos antes de alejarse, frustrado. Para ella fue como si el invierno se hubiera instalado en su propia sala de estar. Y tuvo que admitir que era su culpa.

—¿Era esto lo que querías decirme? —preguntó él en voz baja, pero no parecía furioso sino extremadamente cansado y abatido—. ¿Crees que he venido porque siento lástima?

—No lo sé —Rey se abrazó a sí misma para darse un poco de calor y ánimos—. Ha pasado mucho tiempo. No hemos hablado en años. Nunca hemos hablado de eso... —rodeó la encimera para volver a sentarse, lo más lejos posible de él porque no podía lidiar con todo lo que estaba pasando y con el efecto que él le producía—. Y te apareces aquí, te muestras adorable con todos, incluso conmigo...

—Rey...

—Actúas como si nada hubiera pasado, como si estos años en silencio no hubiesen existido —su pulso se había acelerado, se estaba precipitando justo de la forma en que no debía hacerlo, sin contenerse. ¿Cómo podría explicarle a Ben que admitía su error y que lo quería más que nunca?

—¿Acaso desearías nunca haberme besado? —Ben sostuvo su mirada desde el otro lado de la sala, hundiéndose en sus profundidades verdes. Su voz era suave, cargada de anhelo, ansiosa por descubrir la verdad aún cuando no le gustara.

—No —respondió ella inmediatamente, un poco más tranquila—. Lo único que lamento es la forma en que reaccioné después. Pero el resto... —Rey sintió que la embargaba una reconfortante calidez—. ¿Tú te arrepientes?

Ben tragó saliva varias veces antes de contestar, tratando de elegir bien las palabras. Asintió y contrajo sus labios en una fina línea. Rey sostuvo el aire hasta que él habló.

—Me arrepiento de haberte hecho sentir miserable. De haber sido tan tonto como para no correr detrás de ti. No quería dejarte ir, quería ser egoísta, te quería para mí. Pero tenías algo más valioso que cualquier cosa que yo pudiera darte, tenías una familia y un futuro.

Rey procesó la información. No sabía qué hacer con ella ahora que hablaban de ese tema como si fuera la historia de alguien más.

—Siempre me he preguntado por qué no lo hiciste —soltó ella, sin pensarlo demasiado—. Tal vez contaba con eso, pero no sucedió. Y luego... Simplemente pasó el tiempo.

Para él hubiera sido mejor que le disparara en el corazón.

—¿Crees que no he pensado en las cosas que podría haber hecho? —Ben levantó la cabeza pero no se movió de su sitio, sin embargo suavizó su tono—. Todas las noches sueño que ese día termina de otra manera y al despertar, tú no estás a mi lado...

Algo le decía que detrás del dolor aún había esperanza, pero estaba nadando en aguas peligrosas. Su orgullo era un poco menos duro en los bordes, sin embargo aún intenso. Si se arrojaba en sus brazos ahora para descubrir que él ya no la veía de la misma forma, no podría soportarlo.

—Si pudieras cambiar algo... volver a esa tarde... —aventuró ella.

—No tiene sentido pensar así, Rey. Tienes que dejarlo ir. No existe la magia. No puedes viajar en el tiempo. Lo sabes.

«Pero aún hay tiempo.»

—Entonces. ¿Qué será de nosotros? ¿Crees que podemos ser amigos a pesar de todo?

El aire cambió, se volvió más pesado. Rey podía oír sus emociones luchando tanto como las de Ben.

—No puedo ser tu amigo —declaró él, serio y abatido.

—Lo entiendo, Ben. No tienes que explicarme...

—Claro que debo explicarte. Incluso si no quieres oírlo. No quiero ser tu amigo.

Se pasó una mano por el cabello y tanteó el bolsillo de su camisa para buscar un cigarrillo, aunque no lo encendió. Empezó a caminar por la habitación en busca de su chaqueta y se dirigió hasta la puerta. Rey se dio cuenta de que esta vez iba a ser Ben quien se largara sin dejar que le explicara y comprendió la magnitud de su error de tantos años atrás.

—No te vayas —pidió ella con un hilo de voz, moviéndose hasta bloquear la salida. Él podría quitarla de en medio con facilidad, pero ella sabía que eso no iba a pasar.

—No iba a hacerlo —dijo él al final, sin rastro alguno de rencor. Contuvo el impulso de acariciar su mejilla y acomodarle una hebra castaña detrás de la oreja—. Necesito aire. Eso es todo.

—Hay algo que quiero mostrarte, si me dejas —Rey lo detuvo como esa mañana, poniendo sus manos en su pecho cuando él intentó avanzar. Ben se estremeció y asintió.

—De acuerdo.

Rey tomó un par de linternas del armario detrás de la puerta y le entregó una a Ben, que la miraba desconcertado. Descolgó su abrigo y se puso un gorro de lana que él reconoció de inmediato, detectando en ese pequeño gesto algo que conocía de sobra. Rey tenía sus propias maneras de lidiar con la ansiedad atribuyendo a su guardarropa propiedades mágicas.

¿Cómo podría él demostrar que su amor era tan fuerte como el de ese día? ¿Qué ganaba con eso si lo único que deseaba Rey era anular esa parte de su historia con él como si no hubiera ocurrido?

No hablaron durante el camino, tampoco hacían ruido. La luna guiaba sus pasos pero Ben sabía exactamente hacia dónde iban, no había necesidad de preguntar. Pero ¿Por qué Rey lo llevaba hasta la casa del árbol si no había nada allí?

—La noche en que nos conocimos ¿Recuerdas que hicimos una promesa? —Rey rompió el silencio y lo miró por encima de su hombro.

—Éramos sólo unos niños.

—Pero, ¿la recuerdas? —insistió ella.

«En esta noche y con esta luz.»

Él asintió.

—Dijiste que un día podríamos irnos de Dee'ja Peak y dar la vuelta al mundo... podríamos perder el rumbo pero...

—...pero siempre nos encontraríamos aquí, pasara lo que pasara —concluyó ella—. Es nuestro lugar en el mundo. Chewie construyó la casa del árbol para nosotros.

—Y luego la destruyó... con ayuda de Finn —añadió entredientes.

—No. Mira.

La joven dirigió su linterna hacia la copa del árbol de silueta familiar, Ben reconocería ese perlote en cualquier parte del mundo. La casa seguía allí, cuidadosamente reparada en algunas partes, camuflada a propósito entre el follaje. Si era cierto lo que Armitage le había contado, no debería estar aún en pie. Pero alguien había puesto empeño y afecto en reconstruirla, los materiales eran nuevos y conservaba la esencia original pero se veía más acogedora y moderna.

—Encontré sus herramientas en el cobertizo. Creo que no las olvidó —Rey apoyó una mano en el tronco con cariño y volvió la vista hacia Ben—. Cuando regresé, Maz me ofreció el puesto, pero Chewie me hizo prometer que no le diría a nadie su secreto. Sólo a ti... Bueno, se la enseñé a Ian también —admitió, riendo—. Estaba un poco maltrecha y no sabía cuando volverías, así que aún queda mucho por hacer... pero creo que hice un buen trabajo hasta ahora.

—La ha conservado todos estos años —exclamó él mirando alternativamente la casa y luego a ella —Y tú la reparaste... ¿Por qué...?

—A Chewie no le gustaría que las promesas se rompieran —explicó ella, con la voz apenas temblando—. Y a mí tampoco.

Ella no podría haber creado una declaración de amor más adecuada para él.

Ben arrojó la linterna en el suelo y corrió hacia el árbol, pero lo único que veía era a la preciosa joven bañada por un rayo de luz de luna, tan etérea que parecía un espíritu del bosque. En ese lugar en el que se besaron por primera vez, el sitio en el que sus almas parecían haber echado raíces, hizo lo que había deseado hacer durante diez largos años.

Volvió a besarla.

—Te he echado tanto de menos, Ben...

Su linterna resbaló también y ella se dejó llevar por la tormenta finalmente liberada. La sangre golpeaba sus oídos, era su corazón volviendo a latir. Los brazos de Ben la rodearon con necesidad, sus manos le sujetaron el rostro, hundiéndose en su cabello al tiempo que un suspiro de alivio brotaba de sus labios. Rey se aferró a él, a su espalda, a su cintura. Se movió junto con él en la danza apremiante de sus bocas, jamás olvidada y tanto tiempo negada de dos almas que ya no querían ni podían volver a separarse.

—Todos estos años... No he vivido realmente, sólo escapaba —murmuró Ben contra sus labios, sus frentes todavía unidas—. No fui capaz de permanecer aquí sabiendo que estabas tan lejos. No podía ir a buscarte porque pensaba que me odiabas. No tenía nada que ofrecerte.

Rey le sujetó el rostro con las manos y lo besó de nuevo, despacio, sin prisa, saboreando sus labios generosos y dulces. Inspiró su perfume a sándalo y apoyó su cabeza en su pecho.

—Me engañé a mí misma pensando que no me necesitabas. Quise escribirte pero jamás tuve el valor de hacerlo. Debería haberme quedado aquí en vez de huir.

—No digas eso, Rey. Hiciste lo que debías. Nunca te guardaré rencor por eso —le acarició la mejilla y la estrechó un poco más hacia él, temiendo perderla otra vez—. No me debías nada.

—Fui cobarde. Me apresuré. ¡Estaba tan enojada contigo! —Rey soltó al fin sus lágrimas, que corrieron en silencio sobre el abrigo de Ben.

—No es fácil hacerte enojar, amo llevarme el mérito por eso... —bromeó él, logrando que ella riera en medio del llanto. Luego colocó un dedo debajo de su mentón y se puso serio—. Fuiste valiente. Yo jamás te habría confesado mi amor si no me hubieras enfrentado ese día. ¿Hay alguna posibilidad de que me perdones?

—No hay nada que perdonar, Ben. Los dos cometimos un error y lo pagamos.

—Pero te dejé ir.

—No estábamos listos. Nos perdimos. Y regresamos. Siempre lo haremos —prometió ella—. Y si esta vez eres tú el que se va, no me importa. Quiero estar contigo esta noche.

Ben sintió que su mundo temblaba y ella era lo único estable. Se dio cuenta de que siempre había sido de esta manera, se sentía completo con ella. Como alguien que había vagado la mitad de su vida por el mundo, finalmente podía admitir con felicidad que Rey era su hogar.

—He venido porque quería concluir esto, creí que sería lo mejor. Al menos me iría sabiendo que tú estabas bien —confesó él—. Pero apenas te vi esta tarde supe que no podría olvidarte.

—Estoy dispuesta a volver a conocerte, incluso si me lleva el resto de mi vida —Rey hizo una pausa para lo que venía, tomó aire y habló—. Pero si has venido a cerrar el capítulo, lo entenderé. Sé que eres libre. Pero promete que serás mío hasta el alba. Sólo pido eso.

—No existe otro lugar en donde deba estar. Te amo y soy un desastre, Rey. Es mejor que lo sepas ahora.

Ella tomó sus manos y las besó antes de llevarlas hasta su corazón.

—Los dos somos un desastre, Ben. Por eso nos irá perfecto. Ya verás.

No les importaba el frío ni la hora. La luna siguió su movimiento imperturbable mientras ellos se besaban con pasión, disfrutando el sabor del perdón. Ben empujó con suavidad a Rey contra el árbol y colocó sus manos a cada lado de sus hombros mientras ella entregaba y demandaba atención con caricias cada vez más exigentes. No podía evitar sentir celos en todas las otras mujeres que él habría besado antes, pero pronto dejó de importarle porque no podía siquiera hilar un pensamiento coherente. Sus besos eran precisos, el equilibrio perfecto de calma y desesperación. Y pronto ambos se dieron cuenta de que no pensaban detenerse.

—No así, no aquí —murmuró él en su oído, casi sin aliento. Rey sintió un cosquilleo que sacudió su cuerpo hasta la raíz, temblando por la expectativa—. Hagamos las cosas bien de una vez por todas.

—Vamos a casa.

Ben tomó su mano y se dejó arrastrar por Rey, su amiga, su amor. Llegaron a la cabaña agitados y felices, las linternas quedaron olvidadas en el árbol ya que perderlas era la última de sus preocupaciones en ese momento. Rey buscó la llave con algunas dificultades porque Ben no dejaba de abrazarla, de hacerle cosquillas y de volverla loca explicándole en detalle las cosas que deseaba hacerle. Beebee rascaba la puerta del otro lado, preocupado por su dueña que no actuaba con normalidad, pero pronto abandonó sus miedos cuando pasaron a su lado sin prestarle atención, perdidos en otra galaxia.

Se besaron desde que ella puso el cerrojo hasta que llegaron a la habitación, Rey envolviendo la cintura de Ben con sus piernas cuando la levantó como si no pesara nada. Era una completa locura que minutos antes, tal vez más, estuvieran a punto de perderse todo otra vez. En el camino fueron dejando los abrigos, las botas y los zapatos, junto con los últimos temores y las dudas. Tenían prisa por descubrirse, pero se tomarían todo el tiempo del mundo, porque todo lo demás había dejado de existir.

Ben sostenía a Rey entre sus brazos, las piernas de ella firmemente agarradas en su cintura. Necesitaba continuar con sus caricias más allá de su cuello y de sus labios, que ya estaban hinchados por los besos apasionados de los últimos minutos. Después de depositarla sobre la cama con toda la suavidad de la que fue capaz, continuó con sus atenciones un poco más antes de pedirle algo de privacidad que ella le otorgó a regañadientes.

Sintió un poco de frío cuando él se encerró en el baño, pero aprovechó su momento a solas para procesar lo que estaba sucediendo. Se cubrió los ojos con las manos y comenzó a reír de pura felicidad, sin poder creer que no se tratara de un sueño. Luego se sentó en la cama y vio su propio reflejo en el espejo del armario, fascinada ante la visión de sus mejillas arreboladas, el peinado deliciosamente desordenado y la figura de Ben, que ahora le devolvía la mirada desde la puerta de su cuarto igual de embrujado por ella. Se miraron durante unos segundos que parecieron eternos bajo la luz de la única lámpara en la mesa de luz, que coloreaba el lugar en tonos cálidos en armonía con sus sentimientos, hasta que él avanzó y le pidió con dulzura que se pusiera de pie para poder abrazarla por la espalda.

Ben apoyó su mentón en el hombro derecho de Rey, apartándole el cabello hacia el otro lado para continuar con los besos que había dejado pendientes. Ella se estremeció, intentando mantener los ojos abiertos para no perderse detalle de las manos de él recorriendo su cuerpo como si fuera un tesoro, pero las ráfagas de placer le obligaban a cerrarlos.

Había dejado la radio encendida en la prisa por mostrarle a Ben la casa del árbol y la cabaña era lo suficientemente pequeña como para que algunas notas llegaran hasta ellos, suaves y lejanas. Pero sus mentes reproducían una melodía distinta, la de susurros tiernos y gemidos entrecortados que iban elevando su volumen. Las palabras se convirtieron en dulces demandas y promesas, las manos de Ben fueron desvistiendo a Rey lentamente frente al espejo, mientras le exigía con voz ronca que mirara también de la forma en que él la veía.

Rey soltó un gemido ahogado, incapaz de responder con argumentos sensatos cuando él deslizó sus dedos debajo del sweater y comenzó a quitárselo poco a poco, acariciando cada porción de su piel que quedaba al descubierto. No podía dejar de mirarlo a los ojos, sin perder de vista la escena, quizás la más sensual que hubiera experimentado en su vida. Tanto había soñado con sentir sus labios sobre su piel, tanto había fantaseado con ellos en sus horas solitarias, que no podía creer que por fin estuviera sucediendo. Ben lo disfrutaba tanto como ella pero mantenía su control con más éxito, al menos hasta ese instante.

—Estamos hechos el uno para el otro, Rey —dijo él capturando sus ojos, mientras cubría sus pechos con sus manos, encajando a la perfección—. Eres mía y yo soy tuyo. Esta noche y todas las noches que vengan.

Cuando él rozó sus pezones con los pulgares y estos se endurecieron deliciosamente debajo de la fina tela de algodón de su corpiño, ella perdió la razón. Se recostó contra la estabilidad que le ofrecía su pecho porque sus piernas temblaban tanto que ya no la sostenían. Pero al sentir que él también se agitaba, que su aparente serenidad le abandonaba, decidió que ya era su turno de atormentarlo y giró para rodear su cuello con los brazos, besándolo y sujetando su labio inferior en un movimiento travieso que a él le hizo sonreír descaradamente.

Comenzó a desprender su camisa sin dejar de mirarlo a los ojos, atenta a las reacciones que iba causando en él. Trazó los músculos de sus brazos con la punta de los dedos, maravillada con el espectáculo. El joven Ben que ocupó su mente durante años no se parecía al hombre que tenía adelante, al menos no en el exterior, porque su aura de fuerza y pasión tal vez estaba contenida ahora, pero seguía intacta. Sus manos, siempre tibias eran justo como las recordaba, aunque esta vez la estaban tocando de una manera muy diferente, segura y ardiente.

Su amplio pecho bajaba y subía a un ritmo constante y sus manos reposaban diligentemente en la cintura de Rey, como si le estuviera dejando explorar sin entrometerse. Ella se detuvo en algunas partes, dejando besos y caricias urgentes en aquellos lugares que provocaban una respuesta en él y alteraban su estudiada concentración, logrando que algunas risas se mezclaran con sus gemidos de protesta. Le estaba costando quedarse al margen y no arrojarla sobre la cama para reclamar su botín, porque la recompensa que estaba obteniendo por ser paciente era cientos de veces mejor que la satisfacción de su deseo más primitivo. Rey estaba enseñándole cómo hacer el amor a él, que tantas veces se había encontrado en situaciones parecidas sin sentir ni una pizca de lo que sentía ahora. Se consumiría en el fuego con ella, lo haría con gusto, lenta y dulcemente.

Pero Rey tenía otros planes en mente.

Ben se sorprendió cuando ella se apartó y le puso ambas manos en sus hombros, empujándolo con firmeza para que se sentara sobre la cama, consciente de que el espejo sería ahora el arma perfecta para su venganza, si es que todo salía como lo imaginaba. Se arrodilló frente a él y besó su cuello mientras enredaba sus dedos en el cabello oscuro, descendiendo con caricias irregulares por su pecho, su vientre y más abajo, donde se detuvo para mirarlo de nuevo.

—¿Puedo...? —esperó a que él aprobara sus intenciones para abrir el cierre del pantalón y acariciarle allí donde él no podía ocultar lo excitante que le resultaba esa faceta aventurera.

Su mirada ámbar estaba oscurecida por el deseo, sus labios temblaban un poco. Pero apelando a toda su fuerza de voluntad, rozó la mejilla de Rey con el dorso de su mano y la miró con tanto amor que ella se quedó sin aliento.

—Estás segura conmigo.

Era un poco penoso para él pero Rey agradeció la honestidad. Ninguno de los dos quería hablar de experiencias previas ni mucho menos comparar, pero su nuevo vínculo era reciente y la confianza debía construirse de a poco. De esta forma le daba permiso, sin malentendidos, asegurándole que no la rechazaría. Estaban listos.

Ben colocó una mano detrás de su cabeza y se inclinó para besarla de nuevo, esta vez con calma desesperante, disfrutando de la impaciencia de ella y el sabor a canela del vino que bebió antes y un poco de chocolate. Posó con suavidad la otra mano en la base de su espalda y empezó a moverla en círculos, logrando que el cuerpo de Rey se arqueara por el placer, acercándose más hacia él.

—No lograrás distraerme, Solo —rió ella entre sus labios y él la dejó ir para que reanudara su exploración con nuevo ímpetu, liberando por fin su erección para cubrirlo con su boca.

Lo besó con calma, familiarizándose con su textura y su sabor. Se ayudó con las manos, alentada por los ruidos incoherentes que él hacía con su garganta. Sentía su propio fuego arremolinarse en su espalda y estaba decidida a mostrarle que no era el único participante en esa batalla.

Ben cerró los ojos, tragando saliva con fuerza, dejando que ella se adueñara de su cuerpo intentando no perder la compostura, pero Rey era tan fascinante que amenazaba con volverlo loco. Había esperado tanto tiempo por algo que jamás pensó que iba a suceder, que se prometió a sí mismo resistir un poco más, descubriendo que eso le gustaba. Y mucho. Cuando decidió abrir de nuevo los ojos, obtuvo una vista privilegiada de todo lo que acontecía y un gemido ronco y largo escapó de sus labios.

—Rey, cariño... eres... maldición —Ben estaba al límite de sus fuerzas, pero logró apartar a Rey con delicadeza para pedir misericordia. Ella admitió su derrota con una sonrisa insolente, mientras él se las ingeniaba para levantarla en el aire, girando con ella hasta aprisionarla sobre el colchón con su cuerpo—. Esto se terminará muy pronto si sigues así y tengo intenciones de mantenerte despierta toda la noche.

—¿Ah sí? —Jadeó ella, ahogando su protesta con un beso que sabía a él y a chocolate—. Es que amanece muy tarde en el bosque, es por el invierno que está a la vuelta de la esquina...

—Bueno, puede que ocupemos parte de la mañana también... —Ben fue bajando los breteles de su corpiño con abrumadora lentitud, aunque ella no deseaba escapar aunque pudiera hacerlo.

Él se apoyó sobre sus codos para no perderse ni un detalle de sus expresiones. Por alguna razón eso le hizo sentir aún más expuesta y vulnerable, más desnuda de lo que ya estaba. Nada le prepararía para el estremecimiento de su cuerpo cuando las manos de Ben encontraron el broche de su corpiño y sus pechos quedaran expuestos ante su mirada voraz. Algunos recuerdos amenazaron con interrumpir el momento, él pudo sentirlo tanto como ella. Pero todo eso había quedado atrás, y él se preocuparía de demostrárselo las veces que fuera necesario, con acciones y con palabras.

—Eres preciosa, Rey —murmuró él antes de tomar uno de sus pezones con la boca, logrando que ella se sujetara de la manta por la impresionante oleada de placer, como si fuera una especie de ancla de la realidad. Con su otra mano empezó a bajar, rozando su vientre hasta llegar a su entrepierna donde se detuvo con el obstáculo de su pantalón.

Rey se apresuró a desprender el botón y bajar el resto de su ropa para que él pudiera continuar, ella no intentaría aparentar disciplina cuando se moría de ganas de que él la tocara y cumpliera sus fantasías. Ben se puso de pie y terminó de desnudarse también.

Ella se quedó sin aliento. El espejo le otorgó una visión bastante completa del asombroso ejemplar de masculinidad que tenía en frente y él aceptó de buen grado que ella le devorara con la mirada, sólo por un instante breve, porque ahora estaban en igualdad de condiciones.

Excepto por las medias de porgs.

—Déjate estas. —imploró él, deteniéndola cuando ella intentó quitárselas.

—¡Ben! Es vergonzoso —Rey no le hizo caso pero él contraatacó, atrapando sus piernas en el aire, sin hacer caso de su exagerada indignación—. ¿O será que no quieres ver mis pies?

—Quiero amarte. De todas las formas posibles. Y eso incluye a tus pies, pero... —declaró él, acomodando sus piernas de manera que ella quedara totalmente expuesta para él—. Siempre me han gustado tus calcetines de porgs.

—Está bien. Se quedan —resopló ella, vencida y feliz—. Pero borra esa sonrisa de victoria o me las voy a quitar.

—Lo intentaré —respondió él, sin hacer caso en absoluto, dejando besos en la cara interna de sus pantorrillas hasta llegar a sus muslos para detenerse a comprobar su respiración agitada. Inmediatamente después, Ben se arrodilló en el borde de la cama, arrastrándola con delicadeza sin soltar sus piernas, elevando la vista para asegurarse de que ella estuviera cómoda y preparada para lo que estaba por venir.

—Hazlo, Ben —demandó ella con urgencia el aire se hizo más espeso con sus jadeos y gemidos.

Su embriagadora humedad le recibió igual de ansiosa cuando Ben acarició su centro primero con la lengua y luego introdujo un dedo muy despacio en su interior. Rey se contorsionó con fuerza a su alrededor, sintiendo los espasmos creciendo dentro de ella a medida que él aumentaba la velocidad de su toque, que sin embargo era demasiado lento para su gusto. Aunque todo eso estiraba el placer y la llevaba a nuevos niveles, como nunca antes le había ocurrido antes. Definitivamente Ben se estaba deleitando con su poder, lo supo por su sonrisa demoníaca en cuando pudo enfocar la mirada de nuevo, luego de un orgasmo especialmente intenso que parecía no tener fin. Él bebió su deliciosa miel con devoción, sabiendo que lo que compartían era mil veces mejor a cualquier cosa que hubiese esperado.

Después de acompañar el viaje de Rey por el descenso de su éxtasis, se acostó a su lado de manera que ninguna parte de sus pieles quedaban sin tocarse. Ella lo abrazó, aún temblando, pero luego de algunos minutos que él dedicó a mirarla, se dio cuenta de que aún faltaba algo.

Era hora de ajustar las cosas.

Rey se colocó encima de él, las piernas a cada lado de sus caderas. Ben no se resistió, embelesado por el poder y la seguridad que emanaba de ella, anhelando ver qué haría a continuación. Ella lo miró con avidez, y mordiéndose el labio, giró para buscar algo en el cajón de su mesa de luz. Las ventajas de tener una casa pequeña era que todo quedaba al alcance de sus manos. Por otro lado, tenía que agradecer a Rose, quien había dejado una caja de preservativos en su cuarto sólo por si acaso las cosas llegaban a este punto.

Ben se colocó las manos detrás de la cabeza mientras ella abría el paquete y lo dejaba a un costado, para sujetar su miembro con una mano y colocar el condón sobre él con la otra. Era sumamente excitante, estar a su merced, saber que pronto estarían más unidos que nunca y lo mejor de todo era que nadie los interrumpiría esta vez. Por él podría caer un asteroide en medio del Lago Paonga en ese mismo instante, nada le preocuparía menos. Se dedicó a grabar en su mente cada detalle: las manos cálidas y pequeñas de Rey, su mirada de lujuria, el rubor que se extendía por todo su cuerpo, lo perfecta que se veía encima de él. Pero nunca olvidaría las palabras que ella dijo mientras unía su cuerpo con el suyo, palabras que ambos dijeron una vez y luego replicaron en sueños sin esperanza, pero ahora no se cansaría de escuchar en lo que le quedara de vida.

—Te amo, Ben.

Se besaron sin prisa, descubriendo sus cuerpos a medida que empezaban a moverse juntos, buscando el placer. Ben se sentó, con ella siempre encima y acarició su espalda con ambas manos, sujetándola desde el cuello hasta la cintura mientras seguía la cadencia suave de sus gemidos y escondía su rostro en el hueco del hombro de Rey. Ella se aferró a él, repitiendo en su oído esas palabras y todas las cosas tiernas que se le ocurrieron como si fuera alguna clase de hechizo, subiendo y bajando con él hasta que los dos alcanzaron la cima juntos por primera vez, cerrando así el ciclo natural del amor que, después de pasar mucho tiempo bajo tierra, justo acababa de empezar a florecer entre ellos.

Dee'ja Peak, un año después.

La camioneta apenas se sacudió cuando Ben encendió su motor. La mañana era fría y por primera vez en años, para sorpresa de todos en el pueblo, estaba nevando. Era tan temprano que cualquier viajero inexperto hubiera confundido ese amanecer con una noche eterna, porque la calidez del sol brillaba por su ausencia. Pero Ben había presenciado tantos que sabía mejor que nadie las ventajas de madrugar y el lugar al que viajaba valía la pena el sacrificio.

Sentía un poco de nostalgia por Grimtaash, su compañero fiel ahora en manos de alguien más. Pero no resultaba cómodo ni adecuado para su nuevo estilo de vida, ni para el resto de los viajeros con los que compartiría nuevas experiencias.

La noche anterior había cargado su bicicleta, mucha comida y ropa junto con algunos libros. Esos nunca faltaban, a pesar de que no iba a dejar que ella tuviera tiempo de leerlos. Una cola blanca y anaranjada se sacudió en el reflejo del retrovisor y un ladrido de bienvenida acompañó a Rey, que acababa de subir en el asiento del copiloto.

—¿Listo para dar la vuelta al mundo?

Ben capturó sus labios en un largo y profundo beso, luego pisó el acelerador y se despidió de Dee'ja Peak, de la casa del árbol, de los recuerdos dulces y también de los amargos. Una parte de sus almas quedaría plantada en el huerto de Rey, en el hogar que ahora compartían.

—Hasta el día en que regresemos.

🍃🍃🍃🍃🍃FIN🍃🍃🍃🍃🍃

Muchas gracias por leer esta historia, que iba a ser un One Shot (que se me fue de las manos, como siempre). Fue bastante difícil llegar hasta aquí, después de varios intentos fallidos por llegar a escribir un lemon decente. Les diré como dato curioso que elegí esta canción casi por error en el evento, era mi segunda opción, pero me enamoré de ella, de su cadencia y de su letra. Gracias a las chicas de Discord por alentar a Luba en su camino hacia el lado oscuro del smut y a Princesa Solo por estar siempre al pie del cañón alentando y fangirleando, por prestarme a Ian y leer todo lo que escribo, incluso los prompts que aún no salen a la luz (además de que fallingforyou es una de sus canciones favoritas). También agradezco todas las horas de sueño que Ben y Rey me robaron, porque los amo. Gracias a ti por leer 3