Capítulo III
La oficina en la que se encontraba estaba horriblemente decorada "los hombres tienen un gusto horrible" pensó para sus adentros mientras sus ojos recorrían el espacio, escaneando posibles salidas, posibles armas o sitios de seguridad; nunca se podía ser lo suficientemente precavida. La oscuridad del espacio le recordó un poco a Wesker y a su asqueroso gusto, pocas luces, todo negro y a la cantidad de veces que se había tropezado con los objetos que estaban allí gracias a la falta de iluminación.
Ada se reclinó en el asiento, había sido llamada por su organización para ultimar detalles de su misión, pero al parecer iba a tener más tiempo libre del que deseaba.
—Entonces… ¿debo esperar dos meses para el golpe? — dijo levantando una ceja, fingiendo incredulidad. Había gato encerrado.
—Así es, aunque nuestras fuentes son confiables, debemos estar cien por ciento seguros de que Neumann es el hombre y de que no es simplemente una tapadera para algo aún más grande y más peligroso — el hombre del otro lado del escritorio encendió un cigarrillo y ofreció uno a la espía que lo aceptó sin problemas. — Como sea, si realmente Neumann está preparando BOWs podremos quedarnos con sus muestras una vez que lo mates y si realmente está preparando una cura… podremos quedarnos con ella también y mejorarla.
—Creo que les importa más que Neumann muera que su trabajo en sí — respondió suavemente y esbozando una fina sonrisa al momento que soltaba el humo del cigarrillo. Una micro expresión de sorpresa apareció en el rostro de su interlocutor. Lo sabía; había un puto león encerrado.
—Neumann debe avanzar con cualquiera sea su investigación, luego nos encargaremos de lo que quede. Es necesario que tengamos bajo nuestro poder las investigaciones de este tipo para poder proteger el mundo, ¿o es que crees que podríamos tolerar otro brote como el que tuvimos? La humanidad está al borde de la perdición, Ada.
—¿El gobierno está consciente de que está permitiendo la fabricación de armas biológicas en su territorio? — preguntó, casi como si no entendiera que pasaba en la misión. El hombre frente a ella se acomodó el nudo de la corbata. Puto mentiroso.
—El gobierno dio la orden. No está dispuesto a negociar con terroristas, así que creen que la mejor defensa es tener un buen ataque, aunque jamás admitirán que trabajan en la fabricación de estas armas; es por eso que la premisa global es que están invirtiendo en curas e investigación de prevención.
—Entiendo, debes saber que esta será mi última misión — dijo mirándole a los ojos mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero de cristal que estaba en medio de la mesa.
—¿Vas a jubilarte? — bufó el hombre, como si hubiese dicho una ridiculez. —¿Qué vas a hacer?, ¿mudarte al campo, tener una maldita huerta?
Ella lo fulminó con la mirada. Realmente no había pensado que haría luego de su retiro.
—Te sorprendería
—Vaya que sí. Bien, piénsalo; el destino de tu gente no es morir de viejos ¿sabes? Te mereces una muerte gloriosa, en una misión. Tu gente, son como los gladiadores, una muerte fuera de la arena es deshonrosa. — el hombre tenía un brillo especial en sus ojos cafés mientras se deleitaba con la idea de la muerte… de la muerte de aquellos que vivían y morían solo para servirles.
—¿Has oído de Espartaco?
—Vi la película… — respondió y Ada rodó los ojos.
—Los gladiadores eran esclavos, muchos de ellos prefirieron morir como personas libres antes que morir en las arenas. La idea de una muerte gloriosa viene del privilegio. — sin tener más interés en continuar la conversación, la mujer se levantó del asiento y se dirigió a la salida. No necesitaba el permiso de ese idiota para irse.
—Piénsalo — repitió mientras Ada cerraba la puerta tras de sí.
Maldito cerdo americano. Si ella no fuera una persona civilizada seguramente le habría mostrado a ese estúpido el color de sus intestinos. Ya quería retirarse y mandar a esa piara de cerdos corporativos, gubernamentales, a todos a la mierda.
Ese hijo de puta había dicho algo cierto, ¿Qué haría luego de su retiro? No es como que los espías puedan retirarse como lo hace un médico, un maestro o un abogado, no hay huertas para ellos, no hay casas en el campo con porches blancos; en cierta forma ella realmente nunca había pensado en el futuro, nunca había proyectado nada más allá de mantenerse con vida y terminar una misión, y la verdad es que ella era jodidamente buena para mantenerse con vida.
Esa noche, apoyada en el balcón de su austero y alejado apartamento, mientras fumaba, recordó el concepto de "muerte gloriosa" y como en la milicia china la idea de morir resultaba tan normal, natural, sus compañeros abrazaban la muerte como un destino inexorable y sí, es cierto que todos mueren, todos deben morir en algún momento, pero ella en esos momentos no veía nada glorioso o digno en la muerte. Tenía miedo de morir.
Tanatofobia. Así se llamaba el miedo a la muerte, ciertamente era un miedo estúpido, pero no se avergonzaba de tenerlo porque lo enfrentaba constantemente y era su miedo lo que hacía que saliera con vida de tantas situaciones complicadas a las que se había enfrentado. Su miedo a la muerte era mucho mayor a su amor por la vida. La muerte era un estado sin dudas absoluto, pero la vida, siempre tenía posibilidades. Incluso cuando las posibilidades sean malas (como enfrentarte a un lagarto mutante subterráneo, o a un científico loco mutante) siempre existe la chance de que algo sea diferente, oh, pero la muerte… no.
Intentó recordar como fue que su miedo a morir disfrazado de ganas de vivir le hizo tomar la decisión que marcaría su vida. Desertar del ejército chino le había costado más de una cicatriz, más de un dolor de cabeza, más de una noche sin dormir, mirando sobre su hombro, segura de que pronto llegarían por ella a matarla… y vaya que lo intentaron. Lo intentaron por años, seguros de que Ada estaba vendiendo sus secretos a otros gobiernos. Paranoicos de mierda. Como si una chica de veintiún años tuviera acceso a esa información. Sonrió. De haber podido lo hubiese hecho sin lugar a dudas, pero no tenía la experiencia como para negociar con otras naciones, sólo tenía el talento de matar y de vivir.
Ella trató de pensar en como hubiesen funcionado las cosas si se hubiese quedado en el ejército, quizás habría podido retirarse con honores, quizás la habrían matado. La jovencita de dieciocho años que se había enlistado estaba enamorada de su país y tenía tantos sueños y esperanzas de hacer de China un lugar mejor. Niña tonta. Todas esas fantasías habían muerto junto con aquella niña y estaban enterrados en el alma de la mujer junto con todos sus recuerdos, sus pecados, sus emociones, junto a cada persona que hubiese sido mínimamente importante en su vida… todos menos uno.
—Algo me dice que nos volveremos a ver pronto — suspiró, como si él a lo lejos, donde quiera que estuviese, pudiese oírla.
Nuevamente en el interior de su apartamento se desvistió y se contempló frente al espejo largo apoyado en el piso, observó su cuerpo desnudo, acarició su hombro y su antebrazo, sintió los músculos de su figura atlética que se pegaban a su piel y mostraban su presencia, fuerte pero delicada; acarició también las cicatrices de rasguños, balas, cortes y quemaduras que se aclaraban en su piel y parecían brillar a la luz de la luna. Sus dedos se deslizaron también por sus pechos pequeños y otrora más turgentes que mostraban el claro paso del tiempo en su cuerpo, sus rosados pezones reaccionaron a su tacto y la reacción le arrancó un leve suspiro. Hacía mucho que no se veía a sí misma y sabía por qué. Sus finos dedos continuaron su recorrido por sus costillas y llegaron a aquella enorme cicatriz que casi le había costado la vida en 1998. La cicatriz de Ada.
—Ada — pronunció el nombre con sus labios, pero el sonido jamás salió. Ese no era su nombre real, obviamente. Pero había sido la identidad que más tiempo se había quedado con ella y ya no recordaba quién había sido en el pasado, sus nombres anteriores, sus identidades, ya no lo sabía. Recordaba todas sus misiones, pero no las identidades que adoptaba para ellas, no los personajes que creaba. Recordaba su pasado en la milicia, pero no el nombre con el que la llamaban. Recordaba a veces el rostro de su madre, pero no el nombre que había elegido para ella; ¿Por qué Ada se había quedado?, ¿por qué Ada no se iba como el resto? Ella lo sabía.
Gracias por llegar hasta aquí.
